Te encontré gracias a tu voz. - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Una vida nueva lejos del dolor
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9: Una vida nueva, lejos del dolor.
9: Una vida nueva, lejos del dolor.
Apenas llegó la medianoche, Marcia tomó la mochila que había preparado en secreto, cargó a Alan en brazos y salió sin mirar atrás.
No sabía exactamente a dónde ir, solo tenía clara una cosa: si se quedaba en Ecuador, tarde o temprano Tifany la encontraría.
El camino hacia el aeropuerto se hizo eterno; cada carro que pasaba le parecía sospechoso, cada sombra la hacía temblar.
Abrazaba a Alan con desesperación mientras él, medio dormido, murmuraba palabras sin sentido.
Cuando por fin llegó, sintió que el corazón iba a estallarle.
Preguntó apresurada por cualquier vuelo que saliera esa noche; no importaba el destino, el idioma ni el país.
Solo quería huir.
La respuesta fue directa: Italia, el único vuelo nocturno con asientos disponibles.
Tragó saliva y compró los boletos.
El cielo era tan grande… quizá allí nadie la encontraría.
Durante el vuelo, no pudo dormir.
Miraba por la ventanilla el cielo oscuro y repasaba mentalmente todo lo que dejaba atrás: su niñez en la playa, las risas con José, su voz, su olor a mar… pero también los gritos, el desprecio, el odio silencioso de Tifany, el testamento robado y la verdad brutal de no ser hija de quienes siempre creyó.
Abrazó a Alan con fuerza.
Él dormía tranquilo, ajeno al miedo.
En voz baja le susurró que todo estaría bien, aunque ella no tenía idea de qué sería de sus vidas.
Cuando el avión aterrizó en Italia, sintió que entraba a otro mundo.
El idioma sonaba rápido y melódico, las señales estaban llenas de palabras desconocidas y el bullicio del aeropuerto la envolvió por completo.
Alan miraba todo con los ojos muy abiertos, aferrado a su mano.
Marcia respiró profundo y caminó sin rumbo, buscando un lugar donde empezar.
A la salida, la noche italiana la recibió con luces cálidas.
En un inglés básico preguntó por un sitio económico para dormir.
Una anciana, con gesto amable, le indicó una pequeña pensione.
Marcia agradeció con una sonrisa tímida y caminó hasta el edificio antiguo de paredes claras y escaleras estrechas.
El dueño apenas hablaba inglés, pero logró entenderla.
Viendo a la joven madre con el niño dormido, le ofreció una habitación sencilla: una cama, una ventana a la calle y un baño compartido.
Cuando cerró la puerta, Marcia se dejó caer en la cama abrazando a Alan… y finalmente lloró.
Lloró en silencio, agotada, rota, pero al mismo tiempo aferrada a la esperanza.
Mientras tanto, en Ecuador, al amanecer Tifany descubrió que Marcia y el niño habían desaparecido.
Su rostro se desfiguró por la rabia.
Golpeó la mesa y llamó a Óscar.
Estaba furiosa, no por la hija que decía haber perdido, sino por el negocio que se desmoronaba: el dinero que recibiría por venderla, el trato con la pareja extranjera que compraría a Alan.
Tras unos minutos, sin embargo, respiró hondo y se encogió de hombros.
Al menos —pensó— se había librado de una molestia.
En Italia, los días pasaron lentos y duros.
Cada mañana Marcia salía con Alan tomado de la mano, caminando entre calles empedradas, plazas con palomas y cafeterías donde el olor a café lo llenaba todo.
Preguntaba en cada tienda, restaurante o local si necesitaban ayuda, pero la barrera del idioma era enorme.
Muchos la rechazaban antes siquiera de escucharla.
Aun así no se rendía: su hijo dependía de ella.
Por las noches, Alan se dormía primero.
Marcia se quedaba mirando el techo, recordando a José y sus palabras: “No hay mar que no pueda cruzarse con valentía.” Cantaba bajito para no sentirse tan sola.
Esa voz era su refugio.
Una tarde, mientras caminaban por una plaza, Alan la miró y preguntó: —Mami, ¿aquí vamos a vivir para siempre?
Ella sonrió con los ojos húmedos.
—Vamos a vivir donde la vida nos permita, mi amor… pero siempre juntos.
Alan la abrazó por la cintura.
Y en ese gesto, Marcia comprendió que, pese al miedo, poseía algo invaluable: el amor de su hijo… y la fuerza para seguir adelante.
Así, entre calles desconocidas y un idioma que aún no comprendía, Marcia empezó el capítulo más incierto de su vida.
Lejos de Atacames, lejos del mar que la vio crecer, pero con la esperanza de construir un futuro donde nadie la humillara, donde su hijo pudiera ser libre… sin imaginar que el destino aún guardaba sorpresas para ambos: algunas dolorosas, otras llenas de luz.
El camino apenas comenzaba.
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