Terra Nova Online: El Ascenso del Jugador Más Fuerte - Capítulo 701
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Capítulo 701: Gran entrada
(POV de Leo)
Con cada paso que daba, Leo sentía que recuperaba un poco más de sensibilidad en las piernas, como si la vida volviera a infiltrarse gradualmente en sus nervios dañados. Su hombro derecho, aunque lejos de estar completamente curado, se había recuperado lo suficiente para otorgarle un rango de movimiento limitado que, sintió, era bastante para continuar.
Su cuerpo seguía maltrecho y lejos de su máximo rendimiento, pero Leo sabía que tenía que arreglárselas con lo que tenía.
No necesitaba la perfección; solo necesitaba que su cuerpo le diera lo suficiente para, de algún modo, superar el tramo final de su misión.
Lenta, pero firmemente, se acercó a la puerta de entrada oeste del castillo, con sus agudos ojos escudriñando los alrededores en busca de cualquier señal de peligro.
Esta entrada era la ruta más cercana a los aposentos del Emperador y, con todo a lo que se había enfrentado hasta el momento, sabía que las probabilidades de que no estuviera vigilada eran escasas. Por eso, por pura cautela, pegó la oreja a la puerta antes de abrirla para ver si oía algo.
Y, afortunadamente, tal y como sospechaba, en cuanto pegó la oreja a la puerta, unos débiles ruidos llegaron a sus oídos.
Conversaciones ahogadas y el inconfundible jadeo de varios hombres se filtraban a través de la pesada puerta, haciendo que Leo se tensara de inmediato.
«Definitivamente, hay una emboscada esperándome al otro lado», pensó con gravedad mientras retrocedía para examinar la arquitectura circundante, analizando la situación.
Finalmente, sus ojos se fijaron en el marco sobre la puerta, que identificó como el lugar perfecto para tender una emboscada a los emboscadores.
*Clanc*
Sin dudarlo, sacó una daga y la clavó en la pared justo encima de la entrada y, a continuación, con una facilidad adquirida por la práctica, se izó y se posó en silencio sobre la puerta, con el cuerpo en perfecto equilibrio.
Con la mano libre, se agachó y entornó la puerta, solo un poco.
*Criic—*
*Bum*
*Fush*
*¡FUSH!*
En el momento en que la puerta se abrió con un crujido, el caos estalló. Un torrente de ataques —bolas de fuego, púas de hielo, dagas arrojadizas y jabalinas— brotó de entre las sombras, rasgando el aire hacia el espacio vacío frente a la puerta.
Los labios de Leo esbozaron una leve sonrisa de suficiencia mientras, agazapado en lo alto, observaba cómo la emboscada se desarrollaba inofensivamente bajo sus pies.
«Exactamente como esperaba», pensó con frialdad, apretando con más fuerza la empuñadura de su daga mientras se preparaba para convertir a los cazadores en presas.
—A mi señal, pequeño… —dijo, rascándole el cuello a Dumpy para prepararlo para lo que iba a suceder.
*Bum.*
*Bum.*
Los soldados salieron en masa por la puerta oeste del castillo, al principio con cautela, girando la cabeza en todas direcciones y empuñando con fuerza sus armas.
El grupo inicial, de una media docena, escudriñó la zona, y su confusión era evidente al no conseguir localizar a Leo.
—¿Dónde está? —murmuró uno de ellos, con la voz ligeramente temblorosa—. Se suponía que tenía que estar justo aquí…
Otro soldado lo silenció con un gesto, con la mirada aguda recorriendo el lugar. —Sepárense. Está por aquí, en alguna parte. ¡Encuéntrenlo!
Entonces, con el paso de los segundos, fueron saliendo más soldados, un flujo constante de botas que resonaban contra el costoso suelo de mármol, mientras el contingente crecía hasta alcanzar varias docenas.
Se movían en grupos, cubriéndose mutuamente los puntos ciegos mientras se desplegaban por el patio. Pero, a pesar de sus esfuerzos, no encontraron nada más que un silencio inquietante.
Sin embargo, era de esperar, pues Leo seguía agazapado en silencio sobre la entrada, completamente invisible gracias a [Desvanecer].
Sus labios esbozaron una sonrisa de depredador mientras observaba el caos que se desarrollaba debajo, pues sabía que el enemigo no hacía más que caer en su trampa al salir así a su alrededor, dándole la espalda.
«No son más que cerditos indefensos…», pensó, empuñando con fuerza un par de dagas mientras fijaba la vista en los soldados desprevenidos que había debajo.
A partir de entonces, todo fue un juego de paciencia. En el momento en que sintió que el grupo se había dispersado lo suficiente, Leo pasó a la acción.
*Chas, chas.*
En una rápida sucesión, Leo lanzó dagas con una precisión absoluta hacia los desprevenidos soldados; cada una de ellas daba en el blanco con una puntería letal.
Apenas una fracción de segundo transcurrió desde que el primer soldado se desplomó con un arma alojada en el cuello hasta que, un instante después, cayeron nueve más, y sus cuerpos sin vida golpearon el suelo en una nauseabunda sinfonía de golpes sordos.
Estallaron los gritos cuando los soldados restantes se dieron la vuelta bruscamente, con las armas en alto.
—¡Ahí arriba! Es… —intentó advertir uno, pero otra daga lo silenció a media frase, y el caos más absoluto se desató en el patio.
Leo se movía como un fantasma, cambiando de posición más rápido de lo que sus ojos podían seguir.
El incesante torrente de dagas que salía de sus manos era implacable; cada golpe de muñeca se cobraba una vida, y en cuestión de instantes, casi veinte soldados yacían inmóviles en el suelo.
—Ribbit…
Desde el otro lado del patio, Dumpy se unió a la contienda. La colosal rana de pantano soltó un croar grave y su diminuta figura avanzó con paso pesado mientras su garganta se hinchaba de forma amenazadora.
*¡FUSSSSH!*
Entonces, con una potente expulsión, desató un chorro de veneno altamente corrosivo contra un grupo de soldados que se había congregado.
Los gritos de agonía llenaron el aire mientras los soldados alcanzados por el espray tóxico se retorcían en el suelo, con sus armaduras y su carne disolviéndose de forma espantosa. Por su parte, los que lograron evitar el chorro inicial retrocedieron aterrorizados, con la moral por los suelos.
—¡Retirada! ¡Reagrúpense dentro! —gritó uno de los soldados supervivientes, pero sus palabras se vieron truncadas cuando una daga le atravesó el corazón.
Sin embargo, cumpliendo su orden, los últimos rezagados empezaron a retroceder hacia la puerta del castillo, con una desesperación evidente en sus movimientos.
—Cierren la puerta… No dejen entrar al monstruo —ordenó uno de ellos, y los soldados intentaron atrancarla en cuanto entró el último, pero Leo no se lo permitió.
Justo cuando el último hombre entraba, Leo abrió la puerta de una patada con gran estilo y entró en el castillo real con aire arrogante, matando a un par de hombres nada más cruzar el umbral.
—Bueno, caballeros, a partir de aquí me las arreglo solo. Gracias por abrirme la puerta… —dijo Leo mientras avanzaba con pasos mesurados, y sus dagas brillaban de forma amenazadora en sus manos.
Los soldados que quedaban apenas tuvieron tiempo de reaccionar, pues Leo se abrió paso entre ellos como una fuerza de la naturaleza; cada tajo y cada estocada abatía a un oponente.
Al final, los últimos cayeron en rápida sucesión, y sus gritos de dolor se desvanecieron en el silencio mientras Leo se abría paso entre sus filas, creando un río de sangre para conmemorar su entrada en el castillo real.
—Tú eres el siguiente…, ¡Emperador! —dijo mientras avanzaba con calma hacia la estancia del Emperador, sin dejar a su paso más que huellas ensangrentadas.
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