TerraMonsters - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Capitulo 15 Conexión Del Pasado VI
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15: Capitulo 15: Conexión Del Pasado VI 15: Capitulo 15: Conexión Del Pasado VI El atardecer fluía en un silencio apacible.
En lo profundo de un bosque denso, los rayos naranjas del sol apenas atravesaban las copas de los árboles.
El canto solitario de una rana rompía la quietud.
Un saltamontes, inmóvil a pocos centímetros, titubeó antes de dar un salto… ¡Zas!
Una lengua larga y húmeda lo atrapó en el aire.
La rana, sin perder tiempo, lo tragó entero y de un brinco desapareció entre los matorrales justo cuando el rugido de un motor militar retumbó en la distancia.
Un vehículo militar avanzaba con dificultad por una carretera secundaria cubierta de tierra, rocas y baches.
Cada salto de las ruedas hacía vibrar la cabina.
—Izquierda —ordenó Stiches, con el mapa desplegado sobre sus piernas.
Hiro, al volante, avanzando en silencio y giró el timón hacia la ruta señalada.
Sus ojos no dejaban de escanear los alrededores con tensión.
—¿Qué hora es, Rei?
—preguntó Stiches sin apartar la vista del camino.
Rei, sentada en la parte trasera, miró su reloj digital.
—Cinco y cuarenta y tres de la tarde —respondió con voz tranquila.
— ¿Cuánto falta para llegar?
—preguntó Hiro sin girar la cabeza.
—Gira a la derecha —dijo Stiches de inmediato.
Apenas Hiro dobló, algo surgió de entre los arbustos.
¡CHOCAR!
El vehículo se sacudió violentamente.
Un golpe seco, metal y carne chocando con brutalidad.
—¡Mierda!
—exclamó Stiches.
Hiro frenó de golpe y saltó fuera del vehículo.
Avanzó rápidamente hacia el frente con la mano ya sobre la empuñadura de su lanza.
Allí, en medio del camino, yacía un venado herido.
El animal respiraba con dificultad, los ojos desorbitados por el dolor, las patas temblando mientras trataba de levantarse inútilmente.
—Pobre animal… —murmuró Hiro con pesar.
Sin vacilar, desenvainó la lanza que perteneció a su padre.
La hoja brilló por un instante con la luz dorada del atardecer, y con un solo movimiento, Hiro apuñaló el cráneo del venado, dándole una muerte rápida y digna.
Detrás de él, Stiches se acercó a Rei.
—¿Estás bien?
Ella avanzaba en silencio, todavía aturdida por el impacto.
De pronto, Rei entrecerró los ojos, observando algo a lo lejos entre los árboles.
—Chicos… ¿Eso no es el Sector B?
Hiro y Stiches alzaron la vista.
A través de la neblina del bosque, emerge una estructura colosal del paisaje: enormes muros de concreto, cubiertos de musgo, se alzaban como una muralla impenetrable.
Dos torres de vigilancia se elevan en los extremos, con reflectores girando lentamente como ojos que no duermen.
—Hemos llegado… —susurró Stiches con una mezcla de alivio y tensión.
Hiro volvió al volante.
El motor rugió de nuevo y el vehículo, maltrecho pero funcional, avanzó hacia la entrada.
El Sector B los esperaba.
Frío.
Silencioso.
Vigilado.
Sector B El vehículo militar se detuvo frente a una enorme compuerta metálica custodiada por torres silenciosas.
No había guardias a la vista.
Solo silencio… y un botón oxidado incrustado en una caja de comunicación empotrada en una columna.
—Iré yo —dijo Hiro, con determinación.
Stiches y Rei asintieron en silencio.
Hiro descendió del vehículo y caminó con paso firme hacia el panel.
Observó brevemente el entorno: no se escuchaban pájaros, ni insectos… solo el crujido de sus botas contra la grava.
Apretó el botón.
Un breve zumbido eléctrico… luego una voz áspera emergió del altavoz: —Centro de vigilancia del Sector B.
Informe su presencia.
—Aquí Hiro.
Somos soldados enviados desde la fortaleza principal.
—respondió con voz clara y segura.
Siguió un momento de tenso silencio.
Solo se escuchaba el leve murmullo del motor aún encendido.
—¿Solo tres soldados?
—preguntó la voz, dudosa.
-Si.
La fortaleza principal se está enfrentando a una oleada de ataques.
La situación allá es crítica.
—dijo Hiro, sin titubear.
Una breve pausa… luego un resoplido.
—Vaya mierda…
Entren de una vez.
Con un estruendo mecánico, la puerta de la fortaleza se abrió lentamente, revelando un camino recto hacia el interior.
Hiro regresó al vehículo, subió al asiento del conductor y aceleró.
Avanzaron por el camino polvoriento, cruzando finalmente el umbral del Sector B.
A medida que el vehículo se adentraba, el trío observaba a su alrededor: Campos de cultivo se extendían a lo lejos, algunos abandonados, otros aún activos.
Tres personas apenas visibles reconocían vegetales de la tierra.
—No hay mucha gente… —murmuró Rei desde la parte trasera, con la mirada fija.
—Se acerca la noche.
Deben estar escondidos en sus casas —respondió Hiro, sin apartar la vista del camino.
La sensación de vacío pesaba sobre el ambiente.
Finalmente llegaron al centro de vigilancia: una construcción de dos pisos, sobria, funcional, de concreto gris con algunas ventanas selladas por metal.
A un lado, un pequeño estacionamiento techado para vehículos blindados.
Hiro aparcó el vehículo.
Los tres descendieron y se dirigieron a la entrada principal.
Hiro tocó la puerta dos veces.
Unos segundos después, la puerta se abrió con un leve chirrido.
Quien los recibió fue un hombre de mediana edad, con un espeso bigote, lentes horribles y rostro cansado.
Vestía un chaleco táctico desabrochado sobre un uniforme algo sucio.
—Si me mandaron solo tres soldados… —dijo, con tono sarcástico y sonrisa resignada— …es porque esta isla ya está a nada de convertirse en un jodido infierno.
Se hizo a un lado y les permitieron el paso.
El trío cruzó el umbral.
El sector B había comenzado.
El interior del Centro de Vigilancia del Sector B estaba impregnado por un olor rancio a humedad y metal viejo.
El suelo crujía levemente con cada paso del trío, y las paredes, manchadas de óxido y hollín, reflejaban el paso del tiempo y el abandono.
El hombre que los recibió caminaba con paso relajado, casi indiferente, hacia una pequeña cocina al fondo.
Los tres soldados se quedaron en la sala principal: una mesa metálica, algunas sillas arrumbadas, y una pantalla rota al fondo que una vez debió servir como sistema de monitoreo.
Las luces parpadean con una intermitencia molesta.
—¿Cuál es su nombre, señor?
—preguntó Rei, rompiendo el silencio con una voz tímida pero firme.
El hombre giró apenas el rostro mientras abría un armario oxidado.
—General Ford.
El último soldado vivo en este sector —dijo sin ninguna emoción, como si ya lo hubiera aceptado hacía tiempo.
Ford sacó un par de tazas, una bolsa de café maltrecho y comenzó a hervir agua en una pequeña hornilla.
Mientras lo hacía, el silencio que seguía era espeso, incómodo… casi irrespirable.
Stiches dio un paso atrás, mirando con incredulidad a Hiro y Rei.
—No me jodas… —murmuró, entendiendo de inmediato lo que eso implicaba.
Solo un soldado.
Una defensa.
Cero refuerzos.
Hiro puso una mano sobre su hombro, intentando calmarlo.
—Tranquilo, Stiches… No saquemos conclusiones aún.
Rei , de pie y en silencio, tenía las manos empapadas en sudor.
Una gota le bajó por la frente hasta la ceja.
Su corazón palpitaba con fuerza, pero no podía permitirse flaquear.
No ahora.
— ¿Al menos tenemos algo de armas disponibles?
—preguntó finalmente, buscando una rendija de esperanza.
El general Ford volvió con tres tazas de café humeante.
Sus pasos eran lentos, y al llegar, dejó una taza frente a cada uno como si sirviera el desayuno en un campo de batalla olvidado.
Le dio un sorbo a la suya y miró fijamente a Rei.
—Lamento decirte esto, mocosa… pero incluso las armas desaparecieron.—¿Qué?
—susurró Rei, con un tono quebrado.
—Sí… —asintió Ford con pesar forzado—.
Se fueron junto con los soldados.
Uno por uno.
Primero los patrulleros, luego los del muro, después los ingenieros…
Hasta los que se escondían debajo del sótano.
Todos acabaron muertos o huyeron.
Y cuando huyen, se llevan lo que pueden.
—Pero…
esto es una fortaleza, ¿no?
—dijo Stiches, incrédulo—.
¿Cómo puede no haber ni una maldita pistola oxidada?
Ford se encogió de hombros, tomando otro sorbo de su taza.
—Porque esto ya no es una fortaleza.
Es una tumba con muros altos.—Entonces… —empezó Rei, sin poder terminar la frase.
Ford la interrumpió con voz grave, cansada pero cargada de desprecio.
—Parece que ustedes sabían de la situación… y aún así se atrevieron a venir aquí.
¿Por qué?
Hiro levantó la mirada.
Sus ojos, aunque tranquilos, ocultaban la rabia contenida.
—Nuestros superiores nos obligaron —respondió con firmeza—.
Nos enviaron como “reconocimiento avanzado”.
Dijeron que aún quedaban soldados aquí.
Que había recursos.
Que necesitaban recuperar comunicación con este sector.
Ford soltó una carcajada estruendosa .
Fue seca, burlona, tan fuerte que hizo eco entre las paredes vacías.
—¡Esos imbéciles!
—exclamó, golpeando su taza sobre la mesa—.
Lo único que quiere es sobrevivir a la costa de la vida de los demás.
El trío quedó en silencio.
Las palabras del general colgaban en el aire como cuchillas.
Ford los miró uno por uno, su expresión endureciéndose.
—Solo somos escudos de carne para ellos.
Números que pueden reponer.
Recurso desechable.
Ellos no sienten tristeza.
Ni culpa.
Ni empatía por los que mueren allá afuera mientras ellos se esconden tras muros más horribles y puertas más blindadas.—Pero eso… eso no puede ser todo.
¿Cómo sobrevivieron aquí?
—preguntó Rei, apenas en un susurro.
Ford se sentó pesadamente sobre una de las sillas.
Apoyó los codos sobre la mesa, como si toda su fuerza le pesara encima.
—¿Sobrevivir?
No sobrevivimos.
Aguantamos.
— ¿Y los civiles?
—intervino Stiches.
—Los pocos que quedan —asintió Ford—.
Los que no escaparon o no fueron arrastrados por la noche.
Solo unos cuantos agricultores se niegan a dejar sus tierras.
Pero ya no quedan médicos.
Ni mecánicos.
Ni personal técnico.
Si algo se rompe, queda roto.
Si alguien enferma… se muere.
Rei tragó saliva con dificultad.
—¿Qué hay de los monstruos?
Ford se reclinó, mirando al techo como si buscara una respuesta más allá de las palabras.
—Vienen en la noche.
No todos los días, pero lo hacen.
A veces se escuchan gritos en la niebla.
A veces ves figuras pasar frente a la muralla.
Uno cree que está a salvo detrás de estas paredes… pero es solo cuestión de tiempo.—¿Y usted?
¿Cómo ha logrado quedarse con la vida?
—preguntó Hiro, director.
El general lo miró con una mezcla de respeto y desencanto.
—Porque yo no juego a ser héroe.
Porque me escondo cuando toca.
Porque dispara primero si algo se mueve.
Y porque estoy cansado , Hiro.
No tengo miedo a morir, pero aún me resisto a hacerlo por culpa de la estupidez de otros.
Se sirvió otro poco de café y suspiro.
—Los soldados que estaban aquí… eran buenos.
Jóvenes, algunos con apenas 18 años.
Murieron esperando ayuda que nunca llegó.
Igual que ustedes ahora.
El silencio se volvió más espeso aún.
—Y si…
¿reforzamos las defensas?
—intentó decir Rei, aferrándose a la idea de resistir.
Ford sonrió con tristeza.
—¿Con qué?
Ford se puso de pie.
—Síganme.
Les mostraré las habitaciones de arriba.
Dudo que duerman bien esta noche, pero si van a quedarse… más vale que sepan dónde esconderse cuando la oscuridad caiga.
Los tres soldados lo siguieron en fila.
Subieron por una escalera angosta, oxidada y chirriante.
El segundo piso estaba igual de descuidado, pero al menos tenía camas con colchones viejos.
—El cuarto del fondo es mío.
Elijan entre los otros dos.
Si escuchan golpes esta noche… no abran.
Sea lo que sea, déjenlo afuera —dijo Ford, sin mirarlos.
—Y si pide ayuda?
—preguntó Rei, nerviosa.
Ford se giró, clavando su mirada en ella.
—Entonces con más razón no lo abran.
Y con eso, se encerró en su habitación.
El grupo quedó tranquilo en el pasillo.
Afuera, el viento comenzaba a soplar con más fuerza.
Un leve zumbido eléctrico indicó que la energía estaba flaqueando.
La noche se acercaba.
Y con ella… ellos.
8:00 PM de noche: Rei comenzó a desplegar el mapa del sector, concentrado en los detalles, mientras Stiches fumaba un porro con una expresión de resignación.
Hiro, sentado en la cama, pensaba en cómo defenderse de ese monstruo… uno más inteligente que los Xerp.
—Intenté contactar a los superiores y… adivinen qué —dijo Stiches, arrojando el cigarro apagado a la basura—.
Nada.
Rei observó el gesto de Stiches, suspensó y volvió a fijar la vista en el mapa.
—Hiro, según la gente de este sector, las zonas con más ataques están relacionadas con el Terreno 1 del sector —comentó, señalando un punto en el mapa, apenas a unos metros de su posición.
—Quinientos metros —murmuró Hiro, analizando el mapa que Rei le mostraba.
Stiches se asomó a la ventana: todo estaba oscuro, apenas iluminado por algunas farolas.
A lo lejos, distinguió una torre de vigilancia abandonada.
—Mañana deberíamos preguntar a la gente si sabe algo sobre esa maldita cosa —dijo cerrando la ventana, para luego dejarse caer sobre su cama.
— ¿Vamos a tener que ir casa por casa?
—preguntó Rei.
-No.
De hecho, Ford me contó antes de dormir que hay un botón en la sala de Control y Seguridad.
Lo presionas y todos en el sector se reúnen —explicó Hiro, mientras acomodaba su lanza y se recostaba.
—Dulces sueños… ojalá no despierte con esa cosa encima mía —comentó Stiches con sarcasmo, cerrando los ojos.
Rei soltó una pequeña risa.—Descansen, chicos.
Mañana tenemos un trabajo jodido.
Hiro apagó la luz de la habitación, caminó hasta su cama y se dejó caer sobre ella.
“Ojalá pueda morir de forma natural… y no como ellos”, pensó antes de cerrar los ojos.
3:00 AM: Un sonido estruendoso, como si un objeto pesado hubiera caído, resonó en la oscuridad.
Hiro abrió los ojos de golpe.
Se incorporó ligeramente, escaneando la habitación con la mirada.
Stiches y Rei seguían durmiendo profundamente; Al parecer, el ruido no había sido lo bastante fuerte para romper su sueño.
Con cuidado de no despertar a nadie, Hiro se levantó de la cama y caminó hasta la puerta.
Giró lentamente la manija y salió al pasillo.
El eco de aquel sonido parecía venir de la habitación de Fod, al fondo del corredor.
Miró a su alrededor: nada fuera de lo común… por ahora.
Avanzó despacio, cada paso pesado sobre el suelo silencioso, hasta quedar frente a la puerta de Ford.
Inspirado hondo, levantó la mano para tocar… y se detuvo.
No sabía si era por miedo a encontrarse con esa cosa , o por la incomodidad de recibir una queja de Ford a mitad de la noche.
Sin embargo… algo no cuadraba.
Si el objeto se había caído, ¿por qué no había escuchado ningún movimiento, ni siquiera un murmullo?
Tal vez Ford dormía tan profundamente que ni lo notó.
“Estoy exagerando” , pensó Hiro.
Decidió dar media vuelta y volver a su habitación.
Mientras recorría el pasillo, su mente comenzó a divagar: “¿Qué estará pasando en la fortaleza principal… y… con mi madre?” Abrió la puerta.—Hola— —¡Mierda!
—dijo Hiro, casi gritando.
Era Rei, que estaba despierta, sentada en su cama.—Lo siento, si te asusté —dijo ella, con una sonrisa tranquila.
—Rei… joder, ¿desde cuándo estás despierta?
—preguntó Hiro, aún recuperando el aliento.
—Escuché que alguien cerró la puerta y me desperté.
Cuando miré a mi alrededor, noté que no estabas.
Hiro suspira.—Escuché algo, como si se hubiera caído un objeto en la habitación de Ford.
Quería preguntar si estaba bien, pero… creo que estoy exagerando.
Rei emitiendo con suavidad.—Está bien, Hiro.
Eso solo significa que te preocupas por la gente, incluso si la conoces hoy.
Hiro volvió a entrar y Rei cerró la puerta detrás de él.—No voy a permitir que más gente muera, Rei… no por esos monstruos asquerosos —dijo Hiro, recordando las imágenes imborrables de sus compañeros muriendo de formas horribles, mientras él solo podía mirar.
—Y no sucederá… porque tenemos un líder aquí —respondió Rei, con determinación.
Ambos se acostaron a dormir.
Hiro, un poco más tranquilo, cerró los ojos.
El silencio reinó… hasta que Stiches comenzó a roncar como un motor averiado.
“Mierda” , pensó Hiro, con cara de póker.
6:00 a.
m.
Las luces del amanecer comenzaron a filtrarse lentamente por las ventanas cubiertas de la habitación.
Un rayo de sol logró colarse entre las cortinas, proyectándose directamente sobre el rostro de Hiro.Abrió los ojos, sintiendo el calor en la piel.
Bostezó, se estiró y observó a su alrededor: Rei y Stiches aún dormían profundamente.
Con pasos silenciosos, se levantó y se dirigió al baño.
Dentro, se lavó las manos y la cara.
Tomó su cepillo de dientes, puso un poco de kolino y comenzó a cepillarse, enjuagándose con agua antes de escupir en el lavamanos.
Lavó el cepillo, lo dejó en orden y se secó con una toalla.
Al salir, miró de reojo la habitación de Ford: la puerta seguía cerrada.
Frunció el ceño y decidió bajar a la cocina.
Allí encontró varios sobres de café, paquetes de galletas y mantequilla en la refrigeradora.
Puso agua a hervir y preparó su café con mantequilla, mientras acomodaba las galletas en la mesa.
Fue entonces cuando escuchó pasos en las escaleras.
—Señor Ford, quisiera saber si—Hiro se detuvo al ver que no era Ford, sino Stiches.
—Joder… nunca me había sentido tan cómodo durmiendo, incluso sabiendo que estamos enfrentando algo desconocido.
¿Será la cama?
Me sentí como un bebé —dijo con ironía.
Hiro lo observó un momento.—¿Pasa algo, Hiro?
Veo que ese viejo aún no despierta.
—Sí… pensé que estaría despierto desde temprano.
—Hermano, ¿y por qué no le tocas la puerta?
Seguro está soñando que los monstruos dejaron de existir —respondió Stiches, encogiéndose de hombros.
Hiro subió las escaleras y en el camino se cruzó con Rei.—Buenos días, Hiro —dijo ella, bostezando.
—Buenos días, Rei.
Abajo hay galletas con mantequilla.
¿Podrías vigilar la tetera mientras despierto a Ford?
—Entendido —respondió Rei, bajando las escaleras y saludando a Stiches de paso.
Hiro llegó frente a la puerta de Ford.—Ford, abre la puerta —dijo, golpeando suavemente—.
Necesitamos saber más sobre el sector B.
Silencio.
—¿Ford?
¿Estás despierto?
—insistió, pero no obtuvo respuesta.
Suspiró y golpeó un poco más fuerte.
Aún nada.
En la cocina, Rei apagó la tetera y comenzó a servir el café.
Desde allí, se escuchaban los golpes de arriba.—Vamos a desayunar y el viejo aún no aparece —comentó Stiches, masticando una galleta.
—¿No será que… le pasó algo?
—preguntó Rei, algo inquieta.
Stiches dejó la taza y se levantó.—Voy a ver.
—¡Ford, responde!
—gritó Hiro, cada vez más convencido de que algo no estaba bien.
—Ese viejo no responde… —dijo Stiches al llegar.
—Sabía que lo de ayer no era normal —murmuró Hiro.
—¿Ayer?
¿Qué pasó ayer?
—preguntó Stiches.
Hiro explicó rápidamente que la noche anterior había escuchado un golpe fuerte en la habitación de Ford, pero que pensó que estaba exagerando.
¡PUM!
Stiches lanzó una patada que reventó la puerta.
En la cocina, Rei se detuvo con la taza en la mano al escuchar el estruendo.
Subió apresurada.—¿Qué fue ese ruido?
¿Qué está pasando?
Cuando llegó, vio a Stiches y Hiro paralizados, con el rostro desencajado.
Se acercó… y casi vomita.
El cadáver de Ford yacía en la cama.
Su piel estaba marchita, seca… como una momia.
El rostro congelado en una mueca de dolor indescriptible.
—Sus… putas costillas están saliendo de la piel… —balbuceó Stiches, aterrado.
Hiro dio media vuelta y salió de la habitación sin decir una palabra.—¡Hiro, espera!
¿A dónde vas?
—preguntó Rei.
Pero él no respondió.
—Oh… mierda —susurró Stiches antes de salir corriendo al baño para lavarse los ojos.
8:00 a.
m.
Stiches, Rei y Hiro estaban afuera, observando cómo dos personas —un hombre y una mujer— terminaban de enterrar el cadáver de Fod.La tierra caía pesada sobre el ataúd improvisado, y el aire estaba cargado de un silencio incómodo.
—Otra víctima más de ese monstruo… —dijo el hombre, sacudiéndose las manos tras echar la última palada.
La mujer se giró hacia el trío.—¿Ustedes no escucharon nada, verdad?
—Bueno… —respondió Stiches—.
Ayer, antes de su muerte, escuché un sonido fuerte en su habitación.
Pensé que era solo un objeto que se había caído, pero al analizar la escena… nos dimos cuenta de que fue por la ventana rota.
—Lo raro —intervino Rei— es que un ruido así debería haber despertado a Fod.
—Exacto —asintió Stiches—.
Y aquí viene lo aterrador… cuando revisé el cadáver para tomar una pequeña muestra de sangre, me di cuenta de que no había nada de sangre.
Cero.
Pero encontré un agujero en su pecho.
Hiro frunció el ceño.—¿Qué quieres decir con eso?
—Tengo una hipótesis… —Stiches tomó aire antes de continuar—.
Tal vez Fod no gritó porque la cosa que lo atacó tiene un mecanismo en su cuerpo… posiblemente en la cola, por la forma del agujero.
Algo que paraliza o silencia a la presa para matar sin llamar la atención.
El hombre habló con voz grave:—Lamento interrumpir, pero lo que me sorprende es que el cuerpo siga aquí.
Normalmente, esa cosa se lo habría llevado.
La mujer asintió en silencio.
—¿Cuáles son sus nombres?
—preguntó Hiro.
—Me llamo Víctor —respondió el hombre—.
Y ella es mi esposa, Charlotte.
—Bien, Víctor, Charlotte… —Stiches encendió un cigarrillo—.
Si tengo razón, el cadáver no desapareció porque Hiro estuvo cerca de la puerta.
Aunque no llegó a tocarla, la criatura debió percibir su presencia y decidió alejarse para no hacer ruido.
—Tiene sentido —comentó Hiro—.
Pero, díganme, ¿saben algo del sector B?
Charlotte sonrió con un deje de orgullo.—Desde que llegamos a esta isla, conocemos el sector B como la palma de nuestra mano.
—Actualmente seguimos siendo un número considerable de personas… si no me equivoco, unas treinta —añadió Víctor.
—Sin embargo —continuó Charlotte—, solo dieciséis están disponibles para ayudar.
Incluyéndonos a nosotros y a ustedes, seríamos veinte en total.
—¿Hay alguna manera de reunirlos sin ir casa por casa?
—preguntó Rei.
—Antes teníamos una campana en la plaza para avisar, pero… después de los últimos incidentes, nadie quiere salir de sus casas —respondió Víctor.
—Era de esperarse —comentó Stiches, soltando el humo lentamente.
—Podemos usar el carro militar para ir casa por casa —propuso Hiro.
—¿Y dónde los reuniremos?
—preguntó Stiches.
—En el centro de control —dijo Hiro, saliendo casi corriendo hacia el estacionamiento, donde descansaba un vehículo militar polvoriento.
Rei se volvió hacia la pareja.—Señor Víctor, señora Charlotte… ¿pueden acompañarnos al centro de control y organizar todo para que esta misma noche podamos cazar al monstruo?
Víctor cruzó los brazos, serio.—No suelo confiar en estas cosas… pero mi esposa está embarazada.
En unos meses dará a luz, y no quiero que mi hijo nazca con un monstruo al acecho.
—Me alegra escucharlo.
¿Y cómo se llamará?
—preguntó Rei.
—Se llamará Talón —dijo Charlotte, acariciando su vientre con una sonrisa suave.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com