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TerraMonsters - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Capitulo 16 Putrefacto
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16: Capitulo 16: Putrefacto 16: Capitulo 16: Putrefacto 20:00 horas La expresión de Talón era un retrato de asco y repudio.

Sus ojos se clavaban en un paisaje sin vida: los restos de lo que alguna vez fueron campos, ahora convertidos en páramos silenciosos.

Entre la maleza marchita y el suelo cuarteado y reseco, yacía el cadáver en división de lo que parecía ser un mamífero.

Su forma era grotesca, hinchada y deformada por los gases de la putrefacción.

Moscas de un tamaño anormal revoloteaban sobre la carne, demasiado grandes para considerarse naturales, y gusanos blanquecinos asomaban por las grietas de la piel muerta.

El niño frunció el ceño y apartó la mirada con brusquedad.

No quería seguir observando.

Apretando los labios, Talon apresuró el paso, siguiendo de cerca al grupo.—Qué asco… —murmuró en voz baja.

Mientras tanto, Sakeichi e Ian fueron detenidos frente a lo que alguna vez fue una casa.

O mejor dicho, lo que quedaba de ella: un montón de escombros devorados por la humedad y el tiempo.

— ¿Qué sucedió aquí?

—preguntó Sakeichi, con la voz cargada de desconcierto.

Stiches, que caminaba cerca, escuchó la curiosidad de los niños.

Giró el rostro hacia ellos, y con tono grave respondió:—Esto era uno de los tantos sectores de la villa campesina… Aquí se producía la ganadería.

La explicación no ofrecía consuelo.

El grupo continuó avanzando con cautela por la carretera.

A su alrededor no quedaba rastro de vida: no había árboles, no había aves, ni siquiera insectos más allá de las moscas y cucarachas que correteaban entre los restos podridos.

A lo lejos, entre la neblina persistente —menos densa que horas atrás, pero aún suficiente para dar al entorno un aire espectral—, se erguía una fuente abandonada.

En el centro, una estatua de un ángel, tallada con una belleza que habría sido sobrecogedora… si no estuviera cubierta por manchas oscuras, como si algo putrefacto se hubiera escurrido por su mármol.

Un buitre descansaba sobre la cabeza de la estatua.

Cuando notó la presencia de los viajeros, desplegó sus alas y se alejó volando, desapareciendo en la niebla.

El hedor era insoportable.

Una mezcla nauseabunda de cadáveres en análisis flotaba en el aire y se colaba en los pulmones de todos.

Ian se cubrió la nariz con la manga y, entrecerrando los ojos, divisó lo que parecía un bulto de carne y huesos dispersos en el suelo.

Su garganta se cerró.—No… no me gusta este lugar —susurró con un temblor en la voz.

Rei caminaba al frente, cargando a Estrellita, la pequeña del grupo.

La niña arrugaba la cara, haciendo muecas de asco, quejándose con inocencia, como si no alcanzara a comprender por completa la magnitud de la pestilencia.

—Qué puto asco es esto… —gruñó Stiches, escupiendo al suelo.

Varias personas del grupo asintieron en silencio, incapaces de soportar el olor.

Algunos se tapaban los oídos, como si esperar bloquear el sonido también ayudara contra el hedor.

Cuando se acercaron a la fuente, vieron que aún contenía agua.

Pero el líquido ya no era claro.

El agua estaba contaminada, teñida de un verde espeso como moco.

Flotaban en ella restos irreconocibles: fragmentos de algo que pudo ser carne, o quizás vísceras.

Nadie se atrevía a tocarla.

Stiches se volvió hacia Hiro, que caminaba con el ceño fruncido.—Hiro, tenemos que encontrar un lugar donde pasar la noche.

La recorrida fue demasiado larga.

Necesitamos descansar… —hizo una pausa, respirando el aire pestilente—.

Pero con este olor de mierda, no hay ningún sitio adecuado.

En ese instante, un frío salió de la garganta de Talón.

Una rata cruzó corriendo junto a su pierna.—¡Mierda!

—gritó el niño, sobresaltado.

Rei lo reprendió con un gruñido, sin girar la cabeza.—Talón, no te distraigas.

Muévete más rápido.

Con refunfuños, el chico obedeció y aceleró el paso hasta acercarse al resto.

El grupo avanzó unos metros más, cuando una silueta empezó a formarse entre la bruma.

Una estructura, rectangular y sólida, emergencia de la neblina.

Hiro entrecerró los ojos; Rei y Stiches también reconocieron de inmediato el lugar.

—Es la zona de control… —murmuró Rei.

Era un edificio donde antaño se administraba el sector.

El hallazgo encendió una chispa de esperanza entre todos.

—¡Por ahí!

—gritó uno de los viajeros.

El grupo entero se dirigió hacia la construcción.

—¿Crees que sea seguro, Hiro?

—preguntó alguien, caminando junto al líder.

Hiro no respondió de inmediato.

Se limitó a observar la estructura, sus muros manchados y ventanas quebradas.

A un costado, había un estacionamiento desierto, donde dos vehículos militares permanecían abandonados, cubiertos de polvo y óxido.

Stiches, acompañado de otro hombre, empujó la puerta de la zona de control.

El chirrido metálico resonó como un grito en el silencio.

Al entrar, un olor sofocante a polvo los hizo toser.

El interior revelaba una sala amplia: sillones carcomidos, una mesa enorme con varias sillas derrumbadas.—Mira —señaló el hombre junto a Stiches.

En una esquina de la pared, un rastro de sangre seca.

Stiches frunció el ceño.—Parece que nadie sobrevivió aquí… —susurró.

Se dirigieron a la cocina.

Abrieron cajones: cubiertos oxidados, platos sucios cubiertos de polvo.

Nada útil.

El hombre cerró la refrigeradora con un golpe seco.—Vacía.

Los puntos probablemente abrieron el grifo.

Un líquido verdoso, espeso como baba, empezó a gotear.

Se apartó con asco.—Una mierda… —escupió al suelo—.

Pero al menos podemos quedarnos una noche.

Subieron las escaleras, revisando el segundo piso.

Había tres habitaciones, cada una con dos camas viejas, cubiertas de polvo y telarañas.

Al final del pasillo estaba la sala de control.

El compañero de Stiches se dirige hacia allá.—Voy a revisar esto.

Puntadas, en cambio, bajó para inspeccionar el baño.

Allí lo recibió un espectáculo igual de deplorable: retiros sucios, lavabos quebrados.

Aunque al menos, dentro de la taza, había agua.

Turbia, pero no verde como moco.

Un consuelo estúpido, pensó.

Al salir, notó algo extraño en un rincón del pasillo.

Una puerta oculta, casi cubierta por polvo y telarañas.

Intrigado, se acercó y la abrió.

Una oscuridad espesa lo recibió.

Una escalera descendía hacia un sótano profundo.

Buscó con la mano y encontró un interruptor.

Con un chasquido eléctrico, la luz se encendió y reveló la bajada.

Respirando hondo, Stiches comenzó a descender.

En la sala de control, el joven de cabello rojo revisaba las computadoras.

Todas estaban muertas.

La frustración se le notaba en el rostro.—Ni una funciona… —golpeó la mesa con rabia.

Sobre el escritorio descansaba una radio portátil.

La levantó y trató de encenderla, pero no respondió.

Al girarla, descubrió que le faltaban las pilas.—¡Maldita sea!

Arrojó la radio a un lado y se dejó caer sobre la cama cercana.

En la mesa de noche, había una pequeña cruz de piedra.

La tomó con ambas manos, cerrando los ojos con fuerza.

Movió los labios, rezando un Avemaría.

Una súplica ahogada por el silencio del lugar.

Cuando abrió los ojos, notó algo pegado en la pared.

Un trozo de periódico, amarillento, arrancado y fijado con cinta vieja.

Se levantó para leerlo.

El título estaba escrito en letras grandes y negras: “TERCERA GUERRA MUNDIAL” Debajo, una descripción breve: “Las potencias mundiales del continente declaran la guerra por la lucha de territorios y minerales”.

El joven apretó los dientes.—Malditos… —murmuró, apartándose del papel con el corazón encogido.

Zona de estacionamiento Rei y un grupo de personas se acercaron a los dos vehículos militares abandonados.

La esperanza brilló por un instante en sus rostros, pero se desmoronó rápidamente cuando comenzó la inspección.

Ambos vehículos estaban en buen estado: carrocería entera, llantas resistentes, interiores sorprendentemente conservados.

Sin embargo, al revisar los depósitos de combustible, la decepción fue inevitable.

Vacíos.

—No hay gasolina… esto no sirve para nada —dijo un hombre, frustrado, cerrando la tapa del tanque con un golpe seco.

Rei se sentó en el asiento del conductor de uno de ellos, sus manos descansando sobre el volante.

Por un momento, imaginó lo fácil que sería arrancar y huir de ese lugar maldito.

Pero la ilusión se esfumó enseguida.—Maldita sea… —murmuró entre dientes, golpeando suavemente el volante—.

Ojalá en la zona de control quede algo de gasolina.

Con un suspiro resignado, salió del vehículo y se reunió nuevamente con el grupo.

Fuera de la estructura La neblina había comenzado a disiparse, dejando al descubierto el terreno seco y vacío.

Ian observaba la puerta de la zona de control con impaciencia.—Oigan, ¿por qué no entramos de una vez?

—preguntó, moviéndose nervioso de un pie al otro.

Hiro negó con la cabeza, con calma pero firmeza.—Primero debemos esperar la señal de Stiches y del otro explorador.

Si el interior está en condiciones aceptables y hay camas, entraremos.

Hasta entonces, mantenemos guardia afuera.

Talón, cansado y fastidiado, dejó escapar un resoplido exagerado.—No me molestaría dormir en el suelo.

Sakeichi lo miró con desdén y replicó:—¿Acaso quieres oler como huevo podrido en la mañana?

—¡Cállate!

—respondió Talon, frunciendo el ceño.

Ian, con una sonrisa nerviosa, se interpuso entre ambos.—Ya, ya, dejen de discutir.

No estamos en la escuela.

Los tres niños siguieron lanzándose miradas, atrapados en una discusión que parecía infantil, pero que, en un lugar como ese, tenía un aire extraño de gravedad.

Hiro, observándolos, dejó escapar una risa breve, un alivio pasajero en medio del ambiente opresivo.

Luego, con un gesto serio, volvió a enfocar su mirada en la entrada de la estructura.—Por cierto… —pensó en voz baja—, olvidé el nombre del hombre que entró con Stiches.

¿Cómo se llamaba?

La duda lo incomodó.

No era común que olvidara algo así.

Dentro de la estructura — El sótano Stiches avanzaba con cautela por las escaleras que descendían hacia el sótano.

El aire era pesado, cargado de polvo acumulado durante años.

Cada paso crujía bajo su bota, como si las tablas mismas se resistieron a ser pisadas después de tanto silencio.

Al llegar al fondo, la luz del interruptor iluminó una escena inesperada: montones y montones de cajas.

Estaban apiladas en filas desordenadas, cubiertas por telarañas, la mayoría selladas con cinta amarillenta por el paso del tiempo.

Stiches se agachó y comenzó a revisar una por una.

La primera, vacía.

La segunda, igual: solo polvo y madera carcomida.—Vamos… tiene que haber algo… —masculló con frustración.

Pasaron los minutos y la revisión se volvió tediosa.

La mayoría no contenía nada de valor.

Sin embargo, entre la monotonía encontré lo primero útil: una caja con pilas intactas.

No eran muchas, pero suficientes para darle un respiro al grupo.

En otra caja, encontré una botella metálica.

El olor inconfundible de gasolina lo tocó en cuanto la destapó.—Joder… —sonrió, aliviado—.

Esto sí que servirá.

El hallazgo le devolvió algo de energía.

Continuó abriendo cajas hasta que, en una de las últimas, encontró algo aún más valioso: un mapa de la villa campesina.

Estaba arrugado, con manchas de humedad, pero todavía legible.

Lo desplegó con cuidado bajo la luz parpadeante del sótano.

Allí estaban marcados los distintos sectores: A, B, C y D.

Los puntos repasó el trazado con los dedos y recordaron con claridad dónde se encontraban: Sector B.

—Estamos aquí… —murmuró.

El Sector B estaba cerca de los sectores C y D, zonas secundarias, casi abandonadas.

Pero lo preocupante era la distancia con el Sector A , señalado en el mapa con trazos horribles.

Ese lugar era el sector más alto, importante y cercano al baluarte principal.

Guardó el mapa dentro de su chaqueta, asegurándose de que no se dañara.—Hiro tiene que ver esto.

Se dispuso a subir, pero en ese instante, un sonido metálico resonó en el fondo del sótano.

Como si algo hubiera caído detrás de las cajas.

Los puntos se detuvieron en seco.

La luz del foco titiló por un segundo, proyectando sombras alargadas.

El aire se volvió más frío.

—…¿Hola?

—dijo, con la voz ronca, empuñando su cuchillo por instinto.

Nadie respondió.

Solo el eco de su voz rebotando en las paredes húmedas.

El silencio era tan profundo que hasta sus propios latidos parecían atronadores.

Stiches dio un paso adelante, apartando una caja.

El ruido volvió a escucharse: un raspado suave, como uñas arrastrándose contra la madera.

El estómago se le revolvió.

No era un animal cualquiera.

No sonaba como rata ni como insecto.

Sonaba… humano.

Tragó saliva y levantó el cuchillo, tensando cada músculo.—Mierda… Silencio… Los puntos se quedaron inmoviles.

El eco de aquel raspado extraño aún vibraba en sus oídos.

La respiración se le aceleró, sus dedos apretaron con fuerza la empuñadura de su pistola.

Con un movimiento rápido, su brazo robótico se extiende, levantando el arma hacia la oscuridad entre las cajas.

— ¿Quién anda ahí…?

—susurró con la voz rasgada.

El sótano guardó silencio.

Solo el goteo lejano y el zumbido débil del foco iluminaban la tensión.

De pronto— “¡¡¡GRRRRAAAAHHHH!!” Un chillido monstruoso desgarró el aire.

De entre las cajas, una figura salió disparada como una bestia desatada.

Un Xerp .

La criatura se balanceó sobre Stitches.

Su piel estaba cubierta de llagas, su mandíbula desencajada se abría mostrando hileras de dientes irregulares y afilados.

¡ESTALLADO!

El disparo retumbó en el sótano cerrado.

La bala impactó directamente en el ojo de la bestia, reventándolo en un chorro viscoso.

El monstruo se enfrió, pero su embestida no se detuvo.

El cuerpo del Xerp chocó contra Stiches con una fuerza brutal, derribándolo al suelo.

El aire se le escapó de los pulmones mientras la criatura caía sobre él, clavando sus garras contra el suelo.

Los puntos reaccionaron de inmediato: su brazo robótico se alzó y atrapó el cuello del monstruo.

Los engranajes internos del brazo chirriaron, apretando con fuerza.

El Xerp gruñía, agitándose, mientras su mandíbula abierta buscaba la garganta de Stiches.

El hedor de su aliento podría lo envuelto.

Dientes afilados se cerraban cada vez más cerca de su rostro.

—¡Joder…!

—Stiches apretó los dientes, resistiendo.

El ojo sangrante del monstruo lo miraba con furia.

Fue entonces cuando Stiches notó algo: el Xerp solo tenía un brazo.

El otro había sido arrancado, quizás en alguna batalla anterior.

Pero ese único brazo restante era suficiente.

El monstruo lo levantó y, con violencia, trató de atrapar la cara de Stiches.

Sus garras se acercaban a centímetros de sus ojos.

Stiches ya no tenía la pistola en la mano.

El arma había caído al suelo tras la embestida.

El cuchillo también estaba fuera de alcance, perdido entre las cajas.

Con el corazón latiendo a mil por hora, Stiches alzó su otra mano humana y detuvo la garra del monstruo en seco, sujetándola con desesperación.

El chirrido metálico de su brazo robótico se mezclaba con el crujido de huesos mientras ambas fuerzas chocaban.

El sudor corría por su frente, sus músculos ardían de tensión.

—¡AAAAHHHHH!

—gritó con toda su fuerza, el sonido de pura rabia y supervivencia.

Las fauces de la criatura seguían bajando, cada vez más cerca de su rostro.

Puntos, con ambos brazos resistiendo, rugía desesperado: —¡¡AYUDAAAA!!

El sótano quedó en un silencio pesado, apenas interrumpido por la respiración entrecortada de Stiches, que forzaba con el Xerp.

El monstruo rugía con la mandíbula desencajada, y la baba negra caía sobre el rostro del hombre que apretaba con todas sus fuerzas el cuello de la criatura usando su brazo robótico.

Su brazo humano, en cambio, le dolía tanto que casi lo sentía partirse en cada intento de resistir la embestida del monstruo.

El dolor le arrancaba gruñidos desesperados mientras la mandíbula del monstruo se acercaba peligrosamente a su rostro.

—¡Aghhh…!

¡Ayuda!

—gritó Stiches, sintiendo que en cualquier momento sus fuerzas cederían.

Pero en el sótano nadie lo escuchaba.

Afuera, tampoco.

Estaba completamente solo contra aquella cosa.

De pronto, un sonido retumbó entre las paredes de concreto.

¡BANG!

¡BANG!

¡BANG!

El Xerp se enfrió desgarradoramente cuando cinco balas le atravesaron el cráneo.

Su cuerpo convulsionó, rodó por el suelo y se agitó en un espasmo de agonía, mientras los disparos continuaban, implacables, hasta vaciar el cargador.

El aire se impregna de pólvora y sangre putrefacta.

Un hombre, jadeante, con el rostro sudado, sostenía la pistola humeante.—Mierda… pensé que llegaba tarde.

Stiches, con el cuerpo temblando por el dolor y la adrenalina, se levantó lentamente, apoyándose en la pared.—Puta madre… un Xerp en esta zona abandonada… —jadeó, pasándose la mano por la frente—.

¿Es que acaso estos malnacidos predicen la llegada de alguien?

Ambos salieron del sótano dejando atrás el cadáver destrozado del monstruo.

una hora después El lugar olía todavía a pólvora y sangre.

Hiro inspeccionaba sin descanso cada rincón del sótano, su linterna recorriendo cajas y tuberías oxidadas.—No hay ninguna señal de un Xerp oculto —dijo finalmente, con voz firme.

A su alrededor estaban Rei, Stiches, aún con el brazo dolorido, y el hombre que había intervenido.

El resto del grupo ya había ingresado en la estructura de control, alejándose del escenario del ataque.

Hiro se giró hacia el desconocido de cabello rojo, que observaba en silencio.—Oye, gracias por salvarlo —dijo Hiro, mirándolo con seriedad—.

Y dime… ¿cuál es tu nombre?

Lo olvidé.

El hombre, aún con el sudor marcando su frente y el arma descargada en la mano, respondió con voz seca:—Me llamo Hanzo .

Stiches, todavía con el brazo robótico algo chisporroteando por la tensión del combate, le dio una palmada en el hombro a Hanzo, la palmada sonó metálica.

—Hanzo, si algún día tengo un hijo, me aseguraré de que lleve tu nombre —dijo con una sonrisa cansada, medio jadeando, pero con ese humor negro que nunca lo abandonaba.

Hanzo levantó las cejas sorprendidas, luego soltó una carcajada incrédula.

—eh…..

gracias supongo —contestó riéndose.

Rei, que iba unos pasos detrás, se llevó la mano a la cara y murmuró: —parece que incluso al borde de la muerte aún sigues con tu humor grotesco Stiches.

Hiro, serio como siempre, los miraban por encima del hombro mientras subían las escaleras del sótano.

Pero cuando vio que Stiches, a pesar del dolor y la sangre, todavía podía bromear, no pudo evitar curvar un poco la comisura de sus labios.

Al final, las risas de Stiches y Hanzo resonaron en aquel pasillo húmedo y abandonado,  En la sala: Stiches, Hanzo, Rei y Hiro estaban sentados alrededor de la mesa.

Tras analizar y discutir, llegaron a una conclusión: había una manera de llegar al sector A.

—Hiro, mencionaste que encontraste pilas —dijo Hanzo, mostrando una radio sin energía.

—Estupendo, Hanzo —respondió Stiches, tomando las pilas y encajándolas en el dispositivo.

—Mañana en la mañana partiremos rumbo al sector A.

Debemos acomodarnos todos, incluso si quedamos pegados como sardinas —anunció Hiro con voz firme.

Mientras tanto, Rei sostenía la botella de gasolina entre sus manos, mirándola con intriga.

—Por cierto, ¿para qué servirá la radio?

Digo, se supone que ya no debería haber nadie que responda… —preguntó Rei con desconfianza.

Stitches ya había colocado las pilas.

Encendió la radio, presionó el transmisor y habló con tono militar: —Aquí soldado Stiches, repito, soldado Stiches.

Espero una señal.

La radio se mantuvo en silencio, emitiendo solo estática.

Hasta que, de repente— —…¿Aló?

—se escucha una voz distorsionada.

Todos se quedaron helados, el aire de la sala se volvió pesado.

No era solo que alguien había respondido… era esa voz.

Stiches abrió los ojos con incredulidad, sintiendo cómo la piel se le erizaba.

—¡¿Castro…?!

—dijo, casi sin aliento.

Hubo una pausa.

Luego la voz replicó, más clara: —…Espera un momento…

Stiches, ¿eres tú?

El silencio dominó la sala, y por primera vez en mucho tiempo, todos sintieron algo distinto al miedo: la chispa de lo imposible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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