TerraMonsters - Capítulo 17
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Capítulo 17: Capitulo 17: Conexión Del Pasado VII
La zona de control estaba repleta de gente. Había de todo: desde niños asustados hasta ancianos que apenas podían sostenerse en pie. Sin embargo, en la sala principal —donde se discutían las propuestas para acabar de una vez por aquel monstruo que devoraba sin dejar rastro a sus víctimas— solo se encontraban adultos jóvenes, en su mayoría entre los veinte y treinta años. La presencia masculina era notoriamente mayor que la femenina.
En una habitación apartada, Stiches, Hiro y Rei conversaban en voz baja. La noche caería pronto, y con ella llegaría también la carnicería desatada por aquel monstruo que se llevaba vidas como si nada.
Cuando el trío bajó finalmente a la sala, todos los presentes ya los estaban esperando.
—No puedo creerlo… —masculló uno de los adultos, su rostro tenso y la voz cargada de incredulidad—. El baluarte principal solo nos envió a tres soldados… ¡y todavía jóvenes!
—Cálmate, es mejor que nada —respondió una mujer con expresión seria, aunque el cansancio se reflejaba en sus ojos—. Ford está muerto. No nos queda otra opción más que confiar en ellos.
Las miradas se posaron sobre los tres recién llegados. El aire en la sala era denso: desconfianza, nerviosismo y hasta cierto desdén emanaban de la multitud.
Rei apretó los labios y murmuró:
—Esto no es bueno…
Stiches, con voz calmada, trató de apaciguarla:
—Ser soldado significa esto, Rei. No te sorprendas.
Un silencio incómodo se extendió por unos segundos. Hasta que, desde el fondo, una voz áspera y amarga rompió la quietud:
—¿Y bien? ¿No van a decir nada?
Hiro dio un paso al frente.De pronto, ¡PLAP! —el sonido seco de una bofetada resonó en la sala—.Todos quedaron atónitos. Incluso Rei y Stiches abrieron los ojos con incredulidad.
El hombre que había recibido el golpe se tambaleó, y la furia se dibujó en su rostro. Estaba a punto de lanzarse contra Hiro, pero este le sujetó el hombro con fuerza, inmovilizándolo en el acto.
—¿Qué mier…? —alcanzó a decir el adulto, pero Hiro lo interrumpió elevando aún más la voz.
—¡Escúchame bien y claro! —tronó su grito, tan firme que acalló la sala por completo—.El único enemigo que tenemos aquí es ese monstruo. Ese maldito ser está esperando que nos dividamos, que nos perdamos en la desconfianza, que creamos que no tenemos solución ni esperanza… ¡Eso es lo que quiere!
Los presentes guardaron silencio. El eco de sus palabras parecía golpear más fuerte que la bofetada misma.
Hiro apretó aún más el hombro del hombre, clavando en él una mirada severa. Respiró hondo y alzó la voz para que todos lo escucharan:
—Es obvio que no somos soldados experimentados. No tenemos las mejores armas, y sí… todos ustedes están con pavor, lo sé, lo puedo ver en sus rostros.
La sala permanecía en silencio absoluto, los murmullos se habían apagado por completo.
—Pero escúchenme bien —continuó Hiro, su voz firme —: necesito que crean en nosotros. Porque si ustedes lo hacen, entonces nosotros también podremos creer en nosotros mismos… y en que podemos hacer la diferencia en esta pesadilla.
El eco de sus palabras resonó entre las paredes. El ambiente, cargado antes de desconfianza y miedo, ahora vibraba con un peso distinto: una chispa de esperanza que no estaba allí un instante atrás.
El silencio que había dejado la voz de Hiro fue roto de pronto por Stiches, que dio un paso adelante junto a él.
—Y si vamos a morir… —dijo con firmeza, clavando sus ojos en todos los presentes—, ¡que sea peleando!
El murmullo de sorpresa recorrió la sala como un relámpago.
Stiches apretó los puños, y su tono se volvió aún más duro:
—Pero si quieren vivir… entonces obedezcan.
Un silencio denso se extendió. Nadie se atrevía a replicar. Incluso aquellos que antes habían mostrado desdén desviaron la mirada, como si la voz de Stiches hubiera puesto un peso insoportable sobre sus hombros.
Rei, detrás de ellos, observaba con el corazón latiendo con fuerza. Por primera vez desde que llegaron, la balanza del miedo empezaba a inclinarse hacia el coraje.
Rei no se quedó atrás. Dio un paso al frente, su voz tembló al inicio, pero poco a poco se volvió clara y firme, como un eco que resonaba en cada rincón de la sala.
—No lo hagan por orgullo… ni por ego —dijo, mirando a cada uno con seriedad—. Háganlo para proteger a quienes aman.
Un murmullo distinto surgió esta vez. No era de queja ni de reproche, sino un suspiro contenido, una emoción que muchos habían intentado reprimir.
Rei, con los ojos brillando, continuó:
—No somos héroes. No necesitamos serlo. Pero si dejamos que el miedo nos paralice… entonces esa criatura no solo nos arrebatará la vida, sino también la última oportunidad de proteger lo que nos queda.
El ambiente ya no era el mismo: las palabras de Hiro, Stiches y Rei se habían encadenado, transformando el miedo en un fuego pequeño pero real dentro de cada uno.
De entre la multitud, una voz quebrada rompió el silencio.
—Perdí a mi esposa… por esa cosa —dijo un hombre con el rostro desencajado y los ojos vacíos, como si la vida se le hubiera drenado del alma—. Entonces… ¿qué debo hacer?
El ambiente se volvió aún más denso. Nadie respondió. El dolor en aquella voz era tan profundo que parecía arrastrar consigo a todos.
Rei dio un paso hacia él. Su mirada no era de lástima, sino de una firmeza tranquila. Se detuvo frente al hombre y habló con suavidad, pero con una fuerza que atravesaba la desesperación.
—Entonces lucha —dijo—. Lucha para que otras personas no pasen lo mismo que tú.
El hombre levantó la vista, sorprendido por las palabras. No respondió, pero la chispa de algo —ira, esperanza, o tal vez ambas— volvió a brillar en sus ojos apagados.
Un anciano se levantó entre la multitud, su voz áspera y cansada.
—No dudo de que ustedes quieran ayudar… pero el problema son las armas. Las que tienen ustedes tres son solo para su propio uso, y nosotros… nosotros apenas contamos con estas malditas horcas —dijo, levantando una en el aire con amargura.
El sonido metálico del hierro contra el suelo resonó cuando la apoyó, y un silencio pesado cayó sobre la sala.
Entonces Hiro alzó la voz con calma:
—¿Cuántas tienes?
El anciano lo miró confundido.—¿Perdón?
—Quiero saber si todos aquí tienen esas horcas —repitió Hiro, con firmeza.
Una mujer lo interrumpió desde un costado, indignada:
—¡Oye, muchacho! ¿Acaso estás diciendo que usemos esas cosas como armas contra un ser impredecible? ¿Un monstruo que desaparece personas sin dejar rastro?
Stiches dio una calada a su cigarrillo, exhaló el humo y habló con frialdad:
—La horca puede pinchar, ¿no es así? Entonces ya tienen su defensa personal.
El murmullo creció, algunos incrédulos, otros pensativos. El anciano bajó la mirada y respondió con un suspiro resignado:
—El problema es que solo hay dos docenas de estas… nada más.
La tensión en la sala volvió a apretarse como una soga en el cuello.
—Bien… empecemos a quitar piezas —dijo Hiro con voz firme—. Los niños y los ancianos no pueden ocupar las horcas. Serán los adultos quienes tengan que usarlas.
Al instante, un grupo de niños y ancianos se fue apartando hacia un rincón, sus rostros marcados por el miedo y la impotencia. El sonido de pasos arrastrados y susurros quebrados llenó la sala mientras los adultos recibían las armas.
La distribución fue rápida pero cargada de tensión. La mayoría de las horcas terminaron en manos de hombres jóvenes y adultos, aunque también había cinco mujeres que se armaron con decisión. Entre los designados se encontraba Víctor.
Charlotte se acercó a él, con los ojos empañados. Lo abrazó con fuerza y, antes de soltarlo, besó sus labios temblorosos.—Cariño… ten cuidado, por favor.
Víctor le acarició la mejilla con ternura y apoyó la mano sobre su vientre.—No te preocupes, amor. Todo esto… todo esto es para que nuestro bebé esté protegido.
Charlotte cerró los ojos y murmuró apenas audible, como si rezara:—Mi pequeño Talón…
Mientras todos se organizaban y el ambiente se llenaba de respiraciones tensas, Hiro, Stiches y Rei abandonaron la sala. Al llegar a la habitación, cerraron la puerta con fuerza. Por primera vez desde que habían llegado, dejaron escapar un largo suspiro.
Era la respuesta de sus cuerpos a una presión insoportable, como si hubiesen resistido bajo el peso de una montaña.
—Dios… —murmuró Rei, llevándose una mano al pecho—. Creí que me iba a desmayar ahí mismo.
Los tres se miraron en silencio.
Stiches empezó a reír, pero no de manera divertida, sino amarga, como si hubiera probado una comida con una presentación horrible pero con un sabor delicioso.
—Mierda, por un momento me volví un frío de mierda al decir eso —murmuró Stiches, recordando lo que había dicho sobre las horcas como defensa personal.
—No es mala idea lo de las horcas, a decir verdad —comentó Hiro.
—No jodas, Hiro. Esos monstruos… para matarlos de verdad se necesitan las armas que tenemos nosotros —respondió Stiches.
—Por eso es que ellos no van a bajar la guardia, y nosotros vamos a matarlos —replicó Hiro, logrando que Rei y Stiches le prestaran atención.
—Escúchenme lo que voy a decir —añadió Hiro con seriedad.
Treinta minutos después
En la reunión, ya todos estaban listos para acabar con el monstruo que acechaba en la oscuridad. Sin embargo, Hiro tenía un plan que incluía algo extremo: un señuelo. Al principio no sonaba tan grave, pero lo era; alguien debía estar en el campo de cosechas para atraer al monstruo, mientras los demás permanecerían ocultos y camuflados alrededor, listos para atacar.
—¿Quién será el señuelo? —preguntó Hiro en voz alta.
Nadie respondió. Nadie quería ser la carnada de un monstruo.
—Yo seré —dijo de pronto una voz.
Todos voltearon a mirar. Era un hombre adulto, el mismo que Rei había mencionado antes: aquel que había perdido a su pareja por culpa de esas criaturas.
—No tengo nada que perder. Si mi vida implica que esa cosa muera, entonces que así sea —dijo con una voz cargada de ira y tristeza.
Nadie replicó. Todos asintieron en silencio, respetando su decisión.
Mientras tanto, los que no irían al campo —por diversos motivos— se encargarían de la zona de control. Allí tendrían acceso a las cámaras gracias a una torre de vigilancia cercana, que les permitiría seguir los movimientos de la criatura y coordinar el ataque.
Con todo acordado, comenzó el plan para matar a la bestia.
8:00 PM
La noche había caído, y el sector quedó sumido en un silencio inquietante, donde solo el canto de los grillos prevalecía. En el centro del campo, un hombre armado con una horca se mantenía firme, caminando lentamente de un lado a otro, esperando la llegada del monstruo. A su alrededor, ocultos en diferentes puntos, se encontraban Rei, Stiches, Víctor, Hiro y varios más, todos preparados para emboscar a la criatura.
En la zona de control, Charlotte y un pequeño grupo observaban atentos la computadora en buen estado que transmitía las imágenes de las dos cámaras de seguridad. La primera mostraba al señuelo en medio del campo; la segunda enfocaba a un grupo de los cazadores, entre ellos Rei.
Los que estaban en el terreno se mantenían ocultos desde la distancia, enterrados hasta el torso en la tierra, con solo la cabeza y el pecho expuestos, aguardando el momento indicado.
El plan era simple en papel: la zona de control debía detectar cualquier rastro de movimiento con ayuda de la visión nocturna de las cámaras, y alertar a Hiro si el monstruo se acercaba al señuelo.
—¿Por qué no aparece? —susurró alguien junto a Stiches.
Éste no respondió.
Charlotte, con una taza de té entre las manos, no podía disimular los nervios. Su mirada se desviaba constantemente hacia la pantalla donde aparecía Víctor.
El señuelo, cansado de la espera, apretó los dientes y murmuró con rabia:
—Maldito…
Luego gritó a todo pulmón, haciendo retumbar el eco en el campo:
—¡Sal de ahí, bastardo!
Charlotte tomó la radio con manos sudorosas.
—Hasta ahora no identificamos ninguna aparición, Hiro.
Hiro asintió en silencio, conteniendo la tensión. El sudor le resbalaba por la frente.
—No sé ustedes, pero yo siento que algo muy malo está a punto de pasar… —murmuró una mujer cercana.
Rei la escuchó, y aunque no dijo nada, compartía esa sensación amarga en el estómago.
Charlotte, casi en un susurro, se dejó llevar por la frustración:
—Maldita sea…
Ya era medianoche, y aún no había señales del enemigo.
De pronto, un crujido metálico estremeció el lugar.
El sonido provenía de las cámaras.
Charlotte dio un respingo al ver que ambas se apagaban de golpe.
—Oh, mierda… ¡Hiro!
—¿Qué sucede? —preguntó Hiro, con el arma levantada y los ojos fijos en la oscuridad.
—Las cámaras fueron destruidas —respondió Charlotte con voz quebrada.
Antes de que Hiro pudiera reaccionar, un grito desgarrador llenó la noche.
Todos miraron hacia la fuente del alarido. No era el señuelo quien había caído, sino otro de los cazadores ocultos. Una de esas cosas había aparecido de la nada y, con rapidez brutal, hundió su cola en la cabeza del hombre, matándolo al instante.
—¡Hijo de puta, te voy a matar! —rugió el señuelo, alzando su horca con furia.
Un estruendo seco resonó. Algo cayó encima del señuelo, aplastándolo contra el suelo. Hiro sintió que el control de la situación se le escapaba de las manos, y no solo él: Stiches y Rei también experimentaron un miedo helado recorriéndoles la columna.
No era uno… eran dos monstruos.
La criatura que había caído sobre el señuelo ni siquiera utilizó su cola; con sus enormes manos aplastó la cabeza del hombre, reduciéndola a nada.
Un chillido agudo y antinatural salió de su garganta.
—¡Mierda! —gritó Stiches.
De inmediato abrió fuego. Las balas iluminaron la oscuridad con destellos breves, pero el único resultado fue el cuerpo destrozado del señuelo. El monstruo desapareció tan rápido como había aparecido, dejando a todos desconcertados.
No hubo tiempo para procesar lo ocurrido: nuevos gritos irrumpieron en la oscuridad.
El primer monstruo se abalanzó sobre tres personas armadas con horcas. Con un movimiento de su cola, arrancó el arma de las manos de un hombre y, en el mismo instante, le atravesó el estómago, succionando su sangre con una violencia grotesca.
Una mujer intentó lanzarse contra la criatura, clavando su horca, pero el monstruo reaccionó en un parpadeo: liberó el cuerpo de la víctima aún moribunda y enrolló la cola alrededor de la cabeza de la mujer, aprisionándola con fuerza.
La batalla había comenzado… y el plan ya estaba hecho pedazos.
Un gruñido grave retumbó en la oscuridad.
Segundos después, otro rugido más agudo, áspero, como un chillido de metal desgarrándose, se mezcló con el eco de la noche.
Entonces vinieron los gritos. No eran alaridos genéricos, eran voces humanas quebrándose en desesperación:
—¡Ahhh! ¡Me está agarrando, suéltenme!—¡Nooo, por favor, ayúdame!—¡Está detrás, detrás!
Todo se había convertido en un infierno. En el campo reinaba el caos absoluto; las personas estaban dispersas, incapaces de localizar a esas cosas que aparecían y desaparecían como sombras asesinas. Cada ataque era un relámpago de muerte.
Hiro se encontraba con tres personas cuando, de repente, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Agáchense!
Él y dos más se lanzaron al suelo de inmediato. La última no lo hizo. En un parpadeo, una de las criaturas emergió como una ráfaga y embistió al hombre, arrastrándolo consigo hacia la oscuridad. Solo quedaron sus gritos desgarradores… y luego, un silencio sepulcral.
—¡No, no, no, no! —gritó Charlotte desde la zona de control, rompiendo en llanto. Varios de los presentes la acompañaban con sollozos, incapaces de hacer nada. El plan se había ido al demonio.
—¡Hiro, tenemos que hacer algo! —vociferó Víctor, blandiendo su horca en todas direcciones, intentando pinchar el aire, como si pudiera anticipar los movimientos de los monstruos.
La desesperación se propagaba como una plaga. Personas caían una tras otra como moscas, y el llanto se mezclaba con los alaridos. Algunos sostenían sus horcas temblando, incapaces de decidir si atacar o correr.
Hiro miró alrededor, desbordado por la impotencia. Aquella escena le recordaba la misión en los subterráneos, donde también se había sentido inútil, incapaz de salvar a nadie. Y ahora, otra vez, esa sombra de fracaso lo envolvía.
De pronto, recibió un golpe en el rostro que lo tiró al suelo.
Era Stiches, que se mantenía agachado disparando hacia la nada.
—¡Despierta, idiota! —le gritó con furia, mientras jalaba el gatillo una y otra vez, tratando de acertar a esos monstruos que se desvanecían y reaparecían como espectros imposibles de atrapar.
Hiro parpadeó, aturdido. En ese instante, como si el tiempo se detuviera por un segundo, su mente viajó atrás, a las palabras de su madre cuando le habló sobre el fracaso y sobre su padre. Recordó cada palabra, cada enseñanza… y entonces entendió lo que debía hacer.
Con una fuerza nacida del instinto, gritó con voz tronante:
—¡¡¡Formación!!! ¡¡Formación!!
Su voz rompió el caos como un rayo.
—¡Reúnanse en el centro, agrúpense! —volvió a rugir, corriendo él mismo hacia el punto central del campo.
Stiches, aunque desconcertado, lo siguió de inmediato. Rei, que había escuchado la orden, también se movilizó hacia el centro. Uno a uno, los demás, como si hubieran despertado de un trance, comenzaron a obedecer. Corrían desesperados, tropezando, llorando, pero con la urgencia de sobrevivir, como máquinas respondiendo al grito de Hiro.
En medio de la oscuridad, el grupo comenzó a reagruparse, rodeados por el eco de los monstruos que chirriaban y se deslizaban invisibles en la noche.
El verdadero enfrentamiento estaba a punto de comenzar.
Todos estaban reunidos en el centro, sin entender realmente qué hacer más que alzar sus horcas con manos temblorosas. El miedo se palpaba, el sudor resbalaba por las frentes, los ojos iban de un lado a otro buscando una sombra, un movimiento, cualquier rastro. Los chillidos de los monstruos retumbaban alrededor, cuando la voz de Hiro se alzó entre el caos:
—¡Formación de tortuga! —gritó con todas sus fuerzas.
—¿Qué? —balbuceó un hombre sin comprender.
—¡Quiero decir que levanten sus horcas como una barricada! —rugió Hiro.
Las personas obedecieron, rodeando el centro en todas las direcciones: este, oeste, sur y norte, con las horcas apuntando hacia fuera como púas de un animal acorralado que se defiende de sus depredadores.
—¡Arriba también! —añadió Rei.
De inmediato, los que quedaban levantaron sus horcas hacia lo alto, creando una especie de erizo humano, una esfera de puntas metálicas que buscaba tapar cualquier ángulo de ataque.
La tensión apenas dio tiempo para respirar.
Un monstruo apareció de frente y, con su cola, perforó el brazo de un hombre, que soltó la horca con un grito desgarrador. Los que estaban junto a él reaccionaron de inmediato, apuñalando a la criatura con sus horcas. Lograron hundir varias puntas en su carne, pero la resistencia del monstruo era brutal. Chilló con furia, mientras Stiches abría fuego directo a su torso.
El monstruo se sacudió violentamente y, con un latigazo de su cola, enrolló la pierna del herido y lo arrastró hacia la oscuridad en cuestión de segundos.
—¡No es suficiente, Hiro! —gritó Stiches, manteniendo su puesto en la formación de emergencia.
Hiro miró a su alrededor, jadeante, con los ojos abiertos de par en par. Sus manos se apretaron sobre la lanza que aún no había usado. Medía dos metros, y en su base tenía un mecanismo: un botón que, al ser presionado después de clavar la punta, liberaba una descarga eléctrica capaz de paralizar al objetivo. Justo debajo, otro botón extendía la lanza aún más, permitiendo mantener la distancia. Hiro sabía lo que debía hacer.
Un rugido estremeció la tierra.
El monstruo embistió con violencia, derribando a cinco personas de golpe, lanzándolos por el aire como muñecos. Su cola atrapó la pierna de otro y lo arrastró chillando hasta desaparecer en las sombras.
—¡Aguanten! —rugió Hiro, preparándose para el siguiente ataque.
Otro rugido, más fuerte.
El segundo monstruo irrumpió con aún más brutalidad, destrozando la formación, arrojando a más de cinco personas al suelo. Era evidente: ya habían aprendido cómo romper la defensa.
—¡Ahora! —gritó Hiro, viendo la oportunidad cuando uno de los monstruos quedó expuesto.
¡PLACK!
La lanza atravesó su torso. Hiro apretó el botón.
¡GHHRAAAARRRGHH!
El monstruo chilló de forma inhumana, sacudiéndose como un animal rabioso mientras la electricidad recorría cada fibra de su cuerpo. Hiro, con un rugido de pura adrenalina, presionó el segundo botón: la lanza se extendió aún más, empujando al monstruo hacia atrás, obligándolo a retroceder varios metros mientras seguía electrocutándose.
—¡Rei, Stiches, disparen! —vociferó con furia, los músculos tensos al máximo.
Los disparos se desataron sin control. Rei y Stiches descargaron sus armas como locos, y las balas impactaban sobre la criatura en pleno espasmo. Sus gritos se volvieron desgarradores, su cuerpo se retorcía en un baile grotesco de dolor.
—¡No se queden parados, cúbranlo! —ordenó Víctor, levantando su horca y gritando a los demás que volvieran a la formación.
Segundos después, la electricidad de la lanza se agotó. Hiro retiró el arma con fuerza, acortando su extensión. El monstruo, con varias partes de su cuerpo destrozadas por las balas, finalmente se desplomó al suelo, muerto.
El grupo apenas tuvo tiempo de reaccionar.
¡BOOM!
El cuerpo del primer monstruo cayó de lleno sobre varios de ellos, aplastando a algunos contra el suelo. Tenía al menos cinco horcas clavadas en el cuerpo, pero aún así seguía moviéndose, concentrado únicamente en destruir la formación.
—¡Maldito! —espetó Rei, incorporándose mientras disparaba sin parar—. ¿Cómo es posible que esas cosas primitivas sean tan astutas?
Víctor y los demás forcejeaban por levantarse mientras el monstruo avanzaba con un chillido desgarrador, arrastrando su enorme cuerpo herido como si nada pudiera detenerlo.
El monstruo se lanzó contra un hombre cercano, atravesando su espalda con la cola y levantándolo en el aire como si fuera un muñeco. Con un violento latigazo, lo arrojó contra otro que intentaba atacarlo con una horca, estrellándolo contra el suelo.
En un salto imposible, la bestia trepó la torre de vigilancia y, sin dudar, se impulsó hacia el cielo, cayendo directo hacia Rei.
—¡Cuidado! —rugió Hiro, abalanzándose sobre ella. Ambos rodaron por el suelo, esquivando por apenas centímetros el impacto brutal de la criatura. Rei parpadeó aturdida, incapaz de reaccionar.
Del humo y polvo levantado, el monstruo volvió a saltar, cayendo directo sobre ellos.
¡PLACK!
La lanza de Hiro lo atravesó en el aire. Lo había mantenido a distancia gracias al mecanismo de extensión. Sin perder un segundo, presionó el botón de electricidad…
Nada. La lanza había agotado toda su energía en la descarga anterior.
—¡Mierda…! —murmuró Hiro, justo cuando la criatura chilló, arrancó la lanza de su cuerpo y, con fuerza inhumana, levantó a Hiro en el aire. En un movimiento seco, lo arrojó contra la torre de vigilancia. El impacto resonó en todo el lugar, y Hiro cayó al suelo, aturdido, con la lanza aún en su mano.
—¡Hirooo! —gritó Rei, furiosa, descargando su pistola contra el monstruo. Las balas silbaban, pero la criatura esquivaba cada una con reflejos sobrenaturales. Varias personas con horcas intentaron embestirla, pero el monstruo simplemente desapareció en las sombras otra vez.
Nadie sabía dónde estaba, hasta que Víctor gritó con desesperación:
—¡HIROOOO!
Todos voltearon. El monstruo estaba frente a Hiro, sosteniéndolo por el torso. Sus garras lo mantenían elevado mientras la cola se alzaba, a centímetros de atravesarle el corazón.
Rei y Stiches se quedaron helados, a punto de gritar, sabiendo que su amigo iba a morir.
“¿Maldita sea… así será mi final?” pensó Hiro, sintiendo la muerte cerca.
¡BANG!
El disparo resonó con fuerza. La cola del monstruo salió volando, cercenada, y cayó a pocos metros. La bestia rugió con un alarido insoportable, soltando a Hiro mientras su sangre negra manaba a borbotones.
¡BANG! ¡BANG!
Dos nuevos disparos destrozaron sus patas, haciendo que la mole cayera pesadamente al suelo.
—¿Qué… qué pasó? —susurró uno de los sobrevivientes, incrédulo.
Todos miraron hacia el horizonte.
Allí, entre la neblina y la luz débil de la luna, se distinguía un grupo que avanzaba: niños, ancianos y Charlotte. Pero delante de ellos, caminaba un hombre joven, de porte militar, con una altura cercana a 1.70. Llevaba un uniforme táctico, un rifle extraño que no se parecía a ningún modelo conocido, y lo más perturbador: una máscara de calavera que cubría todo su rostro.
—Parece que llegué justo a tiempo —dijo con voz firme y grave.
Charlotte lo seguía con el resto del grupo. Hiro, Stiches, Rei y los demás, exhaustos y ensangrentados, empezaron a caminar hacia él, rodeando al monstruo caído.
—Gracias por salvarme —dijo Hiro, enderezándose y saludando con respeto.
—Es mi trabajo —respondió el hombre sin titubear—. Mi nombre es Castro, soldado élite del Baluarte. Fui enviado aquí para verificar el sector B.
Stiches le estrechó la mano con fuerza.—Me alegra que hayas venido justo a tiempo… en este momento de mierda.
Rei, aún con la adrenalina recorriéndole el cuerpo, miró a Hiro con el rostro ruborizado.—Gracias por salvarme también.
Hiro le sonrió suavemente.—De nada, Rei.
El ambiente se relajó por primera vez en horas. Algunos lloraban en silencio, otros respiraban aliviados. Aunque pesaba el recuerdo de los caídos, todos pensaron que al fin había terminado.
Un rugido los devolvió a la realidad.
El monstruo, aún vivo, se impulsó de golpe contra Castro, que estaba de espaldas.
¡PLACK!
El sonido metálico resonó. Una lanza atravesó al monstruo desde el costado. Era la de Hiro, que lo había detenido en el último segundo. La criatura chilló, pero aún intentó arrancarla.
—¡Acaben con este maldito! —vociferó Hiro con furia.
Las personas se lanzaron en masa, atravesándolo con horcas una y otra vez. El monstruo rugía de dolor, agitando sus brazos desesperadamente.
¡BANG! ¡BANG!
Castro disparó con precisión quirúrgica, volándole ambas manos. La criatura, sin posibilidad de defenderse, fue consumida por la furia del grupo.
Pinchazo tras pinchazo. Grito tras grito. La desesperación acumulada se convirtió en rabia, y cada estocada fue más brutal que la anterior. Hasta que finalmente, la bestia quedó inerte, retorcida en el suelo, muerta de una vez por todas.
Hiro retiró su lanza, jadeando.
—Ahora no te debo nada —dijo con una sonrisa dirigida a Castro.
Castro lo miró fijo desde detrás de la máscara y respondió con calma:—Qué bromista.
Stiches y Rei estallaron en una risa nerviosa, y los demás soltaron sus últimas lágrimas de alivio. Lentamente, el grupo emprendió el camino de regreso a la zona de control, dejando atrás el campo cubierto de cadáveres… y la primera victoria sobre aquellas bestias.
1 hora después…
Todos regresaron a sus respectivas casas.En la zona de control, Charlotte aún abrazaba con fuerza a Victor, todavía temblando por el shock de lo que habían visto en las cámaras y por el miedo de perder a su esposo. Él, aunque también afectado, intentaba consolarla con palabras suaves.
En otra mesa, Rei, Stiches, Hiro y Castro estaban reunidos, conversando en voz baja.
—Dígame, Castro… —preguntó Stiches, con el ceño fruncido—. ¿Fue enviado solamente para inspeccionar?
Castro, que hasta ese momento permanecía serio y callado, suspiró antes de responder:
—En un principio, sí. Los superiores me enviaron para verificar el estado del Sector B. Mientras conducía rumbo al Sector A, vi a varias personas alistándose. Me acerqué a preguntar por qué, y el responsable de la zona de control me dijo lo siguiente: “Todo está perdido. Nos iremos lejos por culpa de la ignorancia del Baluarte hacia sus propios sectores”.
Los cuatro lo miraban atentos, y Castro continuó con un tono grave:
—El problema es que el Baluarte está perdiendo el control. No solo en el subterráneo donde se administra el agua… En las noches aparecen más monstruos. Cada vez más. Los soldados han disminuido tanto que han empezado a obligar a ciudadanos que nunca quisieron combatir a convertirse en soldados de la noche a la mañana.
Hiro apretó los dientes, golpeando la mesa con el puño, pero se contuvo.
Castro siguió:
—Cuando llegué al Sector B y vi todo vacío, pensé que la zona ya estaba perdida. Estaba por retirarme en el vehículo cuando alguien golpeó la puerta… era una mujer: Charlotte. Me pidió ayuda desesperada. Me habló de su esposo, que estaba combatiendo contra los monstruos.
Se detuvo un momento, mirando a Victor y Charlotte al otro lado de la sala.
—La verdad… —añadió con sinceridad— tuvieron mucha suerte. Si no hubiera sido por esa mujer, la ayuda nunca habría llegado.
Un silencio incómodo llenó la mesa. Nadie sabía qué responder.
“¡Al carajo el baluarte, tenemos que irnos como lo hizo el sector A!” —dice Stiches con rabia.
Todos lo miraron sorprendidos, menos Castro, que ya se esperaba algo así.
—Pero Stiches… no tendremos las armas necesarias, se nos están agotando —dice Rei, con un tono preocupado.
—¿No escuchaste lo que dijo Ford antes de morir, Rei? —gruñó Stiches, clavando la mirada en él—. Los superiores nos usan como carne de cañón. Y con lo que dice Castro, queda más claro: están forzando a personas civilizadas a convertirse en soldados.
Castro suspira, cansado:—Entiendo que no está bien… pero no tenemos otra opción. La gente debe aprender a la fuerza a defenderse.
—¡No podemos irnos, Stiches! —interrumpió Hiro con fuerza.
Stiches lo miró, desconcertado:—¿Y por qué no, Hiro?
—Porque mi madre aún está en el baluarte… y no pienso irme sin ella.
El silencio cayó como un golpe de martillo. Nadie se atrevió a responder.
Stiches resopló con frustración, pero al final apretó los dientes y dijo:—Bien. Vamos por tu madre… y luego nos largamos de ahí.
Castro se inclinó hacia adelante, la voz grave:—Lamento decirles que, si llegan al baluarte y los superiores se enteran de que siguen vivos, no los dejarán salir. La situación está jodida. Ahora mismo están llamando a todos los sectores a reforzar la defensa del baluarte… pero como en el caso del sector A, la mayoría ya rechazó la orden y se están largando con lo que tienen.
Nadie respondió. El silencio pesaba.
Finalmente Stiches estalló, golpeando la pared con el puño:—¡Bien! ¡Vamos al maldito baluarte, entonces!
Hiro bajó la cabeza, agradecido en silencio.
—Alisten sus maletas, nos vamos —ordenó Castro. Antes de salir hacia el vehículo, se giró hacia Charlotte y Víctor—. Por cierto, ustedes están a cargo del sector B luego de la muerte de Ford, ¿verdad?
Charlotte y Víctor asintieron con seriedad.
—Entonces díganme: ¿irán al baluarte o se largarán?
Charlotte lo pensó unos segundos, mordiéndose el labio.—No lo sé… pero tampoco quiero quedarme en el baluarte. Lo más seguro es que nos iremos de aquí.
—Entendido —respondió Castro, retirándose.
Hiro se acercó a Charlotte, con un tono sincero:—Charlotte… gracias por avisarle a Castro lo que estaba pasando. Por eso… el vehículo militar que está en el estacionamiento se los dejaremos a ustedes. Queda a su cargo.
Charlotte lo miró en silencio, y asintió con firmeza.
Hiro guardó su lanza con calma, sin decir palabra. El silencio lo acompañaba mientras se retiraba hacia el pasillo.
Stiches, en cambio, se quedó unos segundos más. Caminó hacia Víctor y, con ese humor negro que no podía evitar, le lanzó:—Oye, Víctor… más te vale que sepas tranquilizar a tu crío en las veladas de noche.
Charlotte lo miró entre molesta y sorprendida, mientras Víctor soltaba una risa breve, aunque acto seguido le plantó un coscorrón en la cabeza a Stiches.—Idiota… —gruñó Víctor con una sonrisa cansada.
Stiches, frotándose el golpe, se alejó riéndose por lo bajo.
Rei, antes de retirarse, se acercó con calma a Charlotte. Su voz fue suave, seria, casi solemne:—Deseo con todo corazón que tu hijo tenga una vida tranquila.
Charlotte lo miró con los ojos brillantes, asintiendo agradecida. Victor también inclinó la cabeza en señal de respeto.
—Gracias… de verdad —susurró Charlotte.
Rei no dijo nada más; se giró y salió, cerrando la puerta con un gesto sereno.
El trío —Rei, Stiches e Hiro— se reunió en el vehículo militar de Castro. Una vez dentro, el motor rugió con fuerza. Castro miró por el retrovisor, comprobando que todo estaba en orden, y lentamente arrancó.
El vehículo se fue alejando del sector B a paso constante, sus luces perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Dejo este mensaje porque en unos dias ya empezaran mis estudios de la universidad el horario es muy cargado :(.
Pero intentare actualizar la historia en lo que pueda no se desesperen si me demoro demasiado.
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