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TerraMonsters - Capítulo 18

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18: Capitulo 18: Búsqueda 18: Capitulo 18: Búsqueda Sakeichi e Ian caminaban por los pasillos, donde había varias puertas.

Habían salido para ir al baño y hacer sus necesidades higiénicas.

Era de noche y todos estaban descansando y durmiendo.

Mientras regresaban caminando, no podían evitar preguntarse por los comportamientos raros de Talon.

—Ian, ¿estás pensando lo mismo que yo?

—preguntó Sakeichi, mientras Ian tardó un momento en responder.

—Sí… yo también me doy cuenta de lo extraño que se está poniendo Talon —mencionó.

Siguieron caminando y, al llegar a la puerta de su habitación, rápidamente abrieron para entrar.

Lo primero que vieron fue a Talón descansando, acostado de espaldas.

—Aún sigue pensativo —murmuró Sakeichi a Ian.

—Sí… desde que entramos en esta villa de campesinos, él siempre se preguntaba qué cosas lo relacionaban —dijo Ian, sentándose en la otra cama.

—Si saben que están hablando de mí, ¿por qué no mejor se duermen?

—dijo Talon.

Los dos niños lo miraron enseguida; Talon los observaba con amargura.

Siempre había sido alguien distante y de pocas palabras, el que menos expresaba sus emociones o pensamientos, pero cuando hablaba, era sobre algo importante.

—Talon, ¿te ves pensativo?

¿Pasa algo?

—dijo Ian, pero Talon simplemente mostró de nuevo esa cara de “no quiero responder, por más que me des manzanas”.

—¿Talon, es algo de tu pasado?

—preguntó Sakeichi, hablando de manera tranquila y seria, intentando entender por lo que estaba pasando Talon.

—¡Obvio que sí!

—alzó la voz Talon, retrocediendo un poco frente a ambos niños.

No era el volumen de su voz lo que impresionaba, sino el tono, que parecía un poco quebrado.

—Tú al menos pudiste ver a tus padres, Sakeichi; en cambio, yo nací con ambos muertos —dijo Talon con amargura.

—En realidad, no pude conocer a mi madre —respondió Sakeichi.

—Eso no quita que conociste y querías mucho a tu padre —dijo Talon, con los ojos un poco brillosos.

—Y tú ni siquiera pareces importarle si tienes padres o no —dijo Talon a Ian, quien se quedó en silencio.

—En realidad sí… pero, ¿por qué mencionas esto?

—preguntó Ian.

—Lo menciono porque… —murmuró Talon, recordando fragmentos de su pasado.

Flashback: Gritos, disparos, carne desgarrándose, gruñidos y frases como: —¡Ayúdenme!

—¡Mi hijo, por favor!

—¡Charlotte, nooo!

Fin del flashback —Estoy recordando poco a poco lo sucedido —dijo Talón, soltando pequeñas lágrimas.

Ian y Sakeichi se miraron.

En sus ojos se reflejaba tristeza y compasión.

A pesar de lo jóvenes que eran los tres, ya estaban adaptándose al entorno peligroso y cruel en el que vivían día a día.

—Voy a ir al baño —dijo Talon, levantándose y saliendo de la habitación.

—Talon está grave… ¿deberíamos seguirlo?

—preguntó Sakeichi.

Ian negó con la cabeza.—Es mejor que le dejemos espacio —respondió mientras se acomodaba para dormir.

Sala —¡Castro!

No puede ser… ¿estás vivo?

—exclamó Hiro con sorpresa.

Stiches y Rei también estaban atónitos.

No podían creer que un viejo conocido, al que habían dado por muerto tras el incidente en el baluarte, estuviera aún con vida.

—Dejemos las sorpresas y emociones, Hiro… aghhh, mierda… estoy en una situación difícil —la voz de Castro sonaba cargada de dolor y rabia.

—¿Dónde estás, Castro?

—preguntó Stiches.

—En el sector A.

Estoy escondido en la zona de control.

Se me está acabando la munición y no tengo suministros de comida —se quejó con un tono desgastado.

—¿Hay Xerps a tu alrededor?

—intervino Rei.

—Sí… aunque eliminé a unos cuantos, creo que todavía siguen esperándome —respondió Castro con dificultad.

De pronto, un fuerte estruendo retumbó en el canal de comunicación, justo desde la ubicación que Castro mencionaba.

¡Bang!

—¡Ahggg, mierda, casi me sorprenden!

—gritó Castro con desesperación.

—Resiste, Castro.

Iremos por ti —dijo Hiro con firmeza.

—No me jodas, Hiro… ¿es porque te salvé el culo aquella vez, no?

—rió entre jadeos, mientras de fondo se escuchaban objetos cayendo.

—Eres importante, al igual que nosotros —replicó Hiro, poniéndose de pie con decisión.

Se dirigió hacia las escaleras, pero Rei se le interpuso.—¡Espera, Hiro!

Eso podría ser demasiado peligroso.

Hiro la miró fijamente.—Castro es un soldado increíble que nos ayudó en una situación jodida.

Tenemos que hacerlo —sentenció.

Rei suspiró, incapaz de oponerse del todo.

Pasaron dos horas.

Hiro ya estaba en la sala junto a todos los demás, incluyendo a Sakeichi, Talon e Ian.

Estrellita, la pequeña, aún seguía dormida; apenas era una niña que recién podía caminar.

La discusión sobre rescatar al soldado llamado Castro dividía opiniones: algunos consideraban que arriesgarse era demasiado peligroso, otros que salvarlo era una obligación, especialmente si lo ordenaba el líder.

El debate seguía, cargado de tensión, entre la lealtad, el miedo y la esperanza.

Sector A Castro estaba en un lugar oscuro.

A su lado, su rifle descansaba con apenas unas cuantas balas disponibles.

Su ropa militar estaba cubierta de polvo, suciedad y manchas de sangre seca; ni siquiera sabía si era suya o de algún monstruo.

La radio, su única conexión con el exterior, yacía a un lado, completamente agotada por la falta de baterías.

—Mierda… no pensé que volvería a tener una luz de esperanza —murmuró, con voz ronca.

Arriba se escuchaban pasos.

El eco retumbaba sobre su cabeza como si algo —o alguien— lo estuviera buscando.

Castro permanecía escondido en el sótano, encerrado en la oscuridad, con el estómago gruñendo por el hambre.

—Aguanta un poco más, soldado Castro —se dijo a sí mismo, soltando un suspiro cargado de irritación y cansancio.

Mientras intentaba calmar su respiración, los recuerdos empezaron a invadirle.

Recordó su niñez… los días en que aún era un niño y fue forzado a convertirse en soldado.

En aquel entonces, el número de monstruos que atacaban la isla aumentaba cada mes, y el gobierno necesitaba carne de cañón joven para sostener la defensa.

Castro, apenas con seis años, aprendió a sostener un rifle antes que un lápiz.

Nunca volvió a ver a sus padres.

Pensó, con el paso del tiempo, que tal vez habían muerto devorados por los monstruos… o peor aún, que los superiores habían impedido deliberadamente su regreso.

—Putos cobardes… —murmuró con rencor, apretando los dientes.

El eco de sus propias palabras se perdió entre las sombras del sótano.

Allí, donde el aire olía a óxido, sudor y desesperación, Castro sintió el peso del pasado sobre sus hombros.

No sabía si viviría para ver otro amanecer.

Sector B La conversación no llegó a buen término.

El primer problema eran los vehículos militares: solo contaban con dos, y el trayecto del Sector B hacia el Sector A era largo y peligroso.

El segundo obstáculo era el número de personas; no todos podrían subir a los transportes sin comprometer los suministros o la seguridad.

Tras varios minutos de debate, Hiro tomó la decisión final.—Iré con algunos hombres.

El resto se quedará aquí —dijo con voz firme—.

Si en veinticuatro horas no regresamos… continúen sin mí.

El silencio fue absoluto.

Nadie se atrevió a contradecirlo.

Hiro salió al exterior, revisando su arma con precisión.

El viento soplaba entre los edificios semidestruidos, y el sonido metálico del cargador al encajar resonó con un eco seco.

De pronto, sintió una mano sobre su hombro.—Iré contigo —dijo una voz suave pero decidida.

Era Rei.

Hiro la miró sorprendido, girando apenas la cabeza.—¿Tú?

¿Por qué?

—preguntó, incrédulo.

Sabía que en misiones de alto riesgo, quien solía acompañarlo era Stiches, su co-líder y hombre de confianza.

Rei, en cambio, era una veterana, respetada, pero no era habitual verla en campo abierto desde hacía tiempo.

—Eres importante para todos… y también para mí —respondió ella, sin apartar la mirada.

Hiro parpadeó, sin saber qué contestar.

En su rostro se mezclaban la sorpresa y algo más que no quería mostrar.

Detrás de una ventana cercana, Stiches y Hanzo observaban la escena en silencio.

—¿Crees que Hiro la dejará ir con él?

—preguntó Hanzo, cruzado de brazos.

Stiches, que fumaba tranquilamente, soltó el humo y respondió sin mirar.—Hiro le salvó la vida hace tiempo… justo aquí, en este mismo lugar.

—Hizo una pausa antes de añadir—.

Ella no lo ha olvidado.

Hanzo asintió, comprendiendo la situación.

En otra ventana, Sakeichi, Talon e Ian también espiaban la escena.

—La señora está enamorada de Hiro —susurró Ian con una sonrisa traviesa.

Talon le dio un leve golpe en la cabeza.—Claro que no, idiota.

—Ian se sobó el golpe, que no fue fuerte pero sí humillante.

—¿Cómo que no?

—refunfuñó Ian.

Sakeichi, que los observaba con su habitual expresión neutra, intervino con voz tranquila:—Creo que no es amor… solo compañerismo.

—Hizo una pausa breve y añadió, mirando hacia la ventana—.

Pero a veces, el compañerismo duele más que el amor.

Sakeichi observó desde la ventana cómo Rei subía al mismo vehículo militar que Hiro.

Los motores rugieron, levantando polvo y hojas secas del suelo.

Ambos transportes comenzaron a avanzar hacia el Sector A, desapareciendo lentamente entre la neblina y las ruinas.

Talon cruzó los brazos, con una expresión seria.—Están arriesgando demasiado por una sola persona… —murmuró, sin apartar la vista.

Ian, que estaba al lado suyo, respondió con entusiasmo:—¡Pero Talon!

Dijiste que Castro era un soldado muy fuerte, ¿no?

¡Seguro puede ayudarnos un montón!

Talon bufó.—Eso dije, pero una cosa es fuerte… y otra es tener ganas de morir.

Ian lo miró pensativo, como si procesara sus palabras con lentitud.—Entonces… ¿Hiro tiene ganas de morir?

Talon se giró con el ceño fruncido.—¡No, idiota!

¡Significa que están arriesgándose!

Ian se encogió de hombros.—Ah… pensé que era una metáfora rara.

Sakeichi, sentado en una silla vieja, los observaba con su cara de siempre: neutral.—Metáfora o no, creo que Hiro no dejaría a un compañero atrás —comentó con calma.

Ian asintió enérgicamente.—¡Eso mismo!

Como cuando Talon no me dejó en el baño aquel día.

Talon giró la cabeza lentamente.—Te dejé, Ian.

Te dejé media hora ahí adentro.

—¡Ah, cierto!

Pero volviste, eso cuenta como compañerismo, ¿no?

—respondió Ian con una sonrisa triunfante.

Sakeichi se llevó una mano al rostro, conteniendo una risa.—Sí, compañerismo del tipo “me olvidé de ti y volví por culpa”.

Talon suspiró.—No sé si preocuparte o golpearte.

—¿Por qué no las dos cosas?

—dijo Ian, riendo mientras corría hacia la cocina antes de que Talon lo alcanzara.

Sakeichi los miró con una media sonrisa.

Por un momento, la tensión se desvaneció.

Aunque sabían que Hiro y Rei estaban en peligro, aquellos instantes de simpleza les recordaban que, a pesar de todo, seguían siendo solo chicos intentando sobrevivir en un mundo roto.

Sector A El ruido de los motores militares resonaba entre las ruinas.

Dentro de los vehículos, las expresiones eran serias, concentradas; todos sabían que cualquier sonido podría ser el último que oyeran.

—Disculpe, señor Hiro —dijo uno de los soldados desde el asiento trasero—, pero si no encontramos rastro del soldado Castro en los próximos minutos… deberíamos retirarnos.

Los demás asintieron en silencio.

La tensión era palpable.

Hiro, con la mirada fija en la carretera llena de escombros, respondió con voz firme:—Nos retiraremos… cuando yo lo diga.

Nadie volvió a hablar.

El sonido del motor y el roce de las ruedas contra la grava eran lo único que rompía el silencio.

A su lado, Rei sostenía su arco, ya preparado, con las flechas eléctricas listas para disparar en cualquier momento.

Sus ojos recorrían el entorno, atentos a cada sombra.

De pronto, un grito.—¡Cuidado!

¡CRASH!

El vehículo delantero chocó violentamente contra algo.

Los cuerpos se sacudieron con fuerza, el sonido metálico se mezcló con un rugido grave y un golpe seco.

Rei y Hiro cerraron los ojos por el impacto.

Al abrirlos, vieron una mancha de sangre salpicada en la ventana delantera.

—¡Todos afuera, rápido!

—ordenó Hiro.

Saltó del vehículo con el rifle en mano.

Frente a él, yacía un Xerp en el suelo, aparentemente muerto.

Sin embargo, algo lo hizo detenerse: el cuerpo tenía múltiples agujeros de bala, marcas limpias y profundas.

Se agachó, examinando una de ellas.—Balas de rifle… —murmuró con seriedad—.

Esto significa que Castro está cerca.

Rei se acercó, apuntando hacia los techos y edificios destruidos.

El viento soplaba fuerte, arrastrando el olor metálico de la sangre.—Si está vivo… no debe estar muy lejos —dijo ella, en voz baja.

Sector B Mientras tanto, en el refugio, el ambiente era más tranquilo.

La pequeña Estrellita jugaba en el suelo con unos crayones gastados, dibujando figuras torcidas y coloridas.

A su lado, Sakeichi la animaba con una sonrisa leve.

—Muy bien, Estrellita.

Ese parece… un sol, ¿no?

—preguntó.

La niña asintió con energía, mostrando los dientes pequeños mientras seguía coloreando sin preocuparse por nada más.

En otro rincón, Talon e Ian discutían por la comida.—¡Te comiste mi parte, idiota!

—reclamó Talon, señalando el plato vacío.—¡No es cierto!

Era comida huérfana, sin dueño —respondió Ian con tono inocente.

—¿Comida huérfana?

¡Eso ni siquiera existe!

—Talon intentó golpearlo, pero Ian esquivó ágilmente, riendo.

Sakeichi los miró de reojo y suspiró.—Si el fin del mundo no los mata, lo hará su estupidez —dijo, aunque en su voz había un dejo de cariño.

En la sala, Stiches, Hanzo y varios más aguardaban en silencio.

El reloj marcaba el paso de las horas, cada segundo más pesado que el anterior.

Hanzo, para romper el silencio, se giró hacia Stiches.—Dime algo, Stiches… ¿te contaron cómo empezó todo este apocalipsis?

Stiches se quedó mirando el suelo, pensativo, antes de contestar con su tono grave.—Ni mis padres lo saben.

—Encendió un cigarrillo y exhaló el humo lentamente—.

No esperes que yo sepa algo más allá de que esas cosas aparecieron… durante la Tercera Guerra Mundial.

El silencio volvió.

Solo se oía el sonido de la respiración y el lápiz de cera de Estrellita deslizarse sobre el papel.

Sector A Hiro, Rei y el resto del escuadrón avanzaban con cautela entre los restos de los edificios.

El aire estaba cargado de polvo y el suelo, cubierto de casquillos oxidados y charcos de agua sucia.Todos sabían que el silencio era un enemigo tanto como los monstruos que los acechaban.

—Atentos —ordenó Hiro, con voz firme.

Los soldados asintieron, cada uno cubriendo un ángulo distinto.

Sus pasos eran lentos, casi sincronizados, mientras escaneaban las calles destruidas en busca de algún rastro de Castro.

De pronto, un sonido aterrador rompió el silencio: un rugido gutural, húmedo, tan cercano que hizo que todos apuntaran instintivamente hacia las ventanas de una casa derrumbada.

—¡Contacto!

—gritó uno de los hombres.

Desde la oscuridad, un Xerp se lanzó con una velocidad inhumana, embistiendo al soldado antes de que este pudiera reaccionar.

El hombre disparó por reflejo, pero las balas rebotaron contra el cuerpo del monstruo.

En cuestión de segundos, el Xerp lo derribó y hundió sus fauces en su cuello, desgarrando carne y hueso.

El grito fue desgarrador.

—¡Fuego, fuego!

—ordenó Hiro.

El escuadrón respondió de inmediato: una ráfaga de disparos iluminó la calle.

Rei, manteniendo la calma, tensó la cuerda de su arco y disparó una flecha eléctrica que impactó directamente en el ojo del monstruo.

¡ZAAAP!

El Xerp rugió mientras su cuerpo se convulsionaba violentamente, desprendiendo chispas azules y humo.

Dos soldados corrieron hacia el herido y lo arrastraron fuera del alcance de la criatura.

—¡Aguanta, vamos, aguanta!

—gritó uno de ellos.

Pero ya era demasiado tarde.

El cuerpo del hombre quedó inmóvil, con los ojos abiertos y una expresión de puro terror.

Hiro no esperó órdenes.

Corrió hacia el Xerp, giró su lanza con precisión y, de un solo movimiento, decapitó al monstruo.

La cabeza rodó por el suelo mientras el cuerpo se desplomaba lentamente.

El silencio volvió, solo interrumpido por el zumbido de la electricidad que se disipaba en el aire.

Uno de los soldados se arrodilló junto al cuerpo del compañero caído.—Mierda… está muerto —dijo con voz quebrada.

Hiro respiró hondo, observando los restos del enemigo.—Revisen la zona.

Si hay uno, puede haber más.

No bajen la guardia —ordenó con tono gélido.

Rei bajó su arco, mirando de reojo el cadáver del soldado.—aun faltan mas….

—susurró.

De pronto, un rugido se escuchó a lo lejos… luego otro… y otro más.

—Mierda… vienen más —susurró uno de los soldados, apretando el gatillo con las manos temblorosas.

Desde los escombros, tres Xerps emergieron como bestias hambrientas.

Sus cuerpos eran delgados pero musculosos, cubiertos de piel roja y heridas abiertas.

Sus bocas se abrían dejando ver filas de dientes irregulares que chasqueaban con ansias.

—¡Fuego!

—gritó Hiro.

El estruendo de los rifles llenó la calle.

Las balas impactaban, arrancando pedazos de carne viscosa, pero las criaturas seguían avanzando.

Una de ellas se lanzó contra un soldado, derribándolo.

El Xerp le rompió el brazo de un mordisco.

El grito fue desgarrador; la sangre salpicó el pavimento en un arco rojo.

El hombre intentó arrastrarse, pero la criatura hundió las garras en su abdomen, abriéndolo de un tirón.

Las ráfagas continuaron.

Rei disparó otra flecha eléctrica que impactó a uno de los Xerps en el pecho.

El cuerpo se arqueó, las venas se iluminaron por dentro como si ardieran, y la criatura cayó retorciéndose mientras la piel se carbonizaba.

El segundo Xerp saltó sobre el capó del vehículo, hundiendo las garras en el metal como si fuera mantequilla, y se lanzó hacia Hiro.

El comandante giró la lanza y la hundió en el cuello del monstruo, atravesándolo hasta clavarla en el asfalto.

El cuerpo del Xerp tembló, pero no cayó.

Con un rugido gutural, la criatura estiró su brazo retorcido y agarró la cabeza de Hiro con ambas manos, apretando con una fuerza descomunal.

El sonido del casco crujiendo se mezcló con un gemido de dolor.

—¡Agh…!

—Hiro apretó los dientes, sintiendo cómo su cráneo parecía partirse por dentro.

Las venas de su cuello se marcaron; el dolor era tan agudo que sus piernas temblaban.

De repente, se escuchó un chasquido seco, seguido del silbido de una flecha.

El proyectil impactó directo en la cabeza del Xerp.

Un estallido de electricidad recorrió su cuerpo, las chispas iluminaron sus venas negras, y la criatura empezó a convulsionar violentamente antes de caer, arrastrando a Hiro con ella.

Ambos cayeron al suelo, con el olor a carne quemada llenando el aire.

Hiro respiró con dificultad y alzó la vista.

Frente a él, Rei sostenía el arco, aún apuntando, el humo saliendo del extremo de la flecha.

—Gracias… Rei… —dijo Hiro con voz ronca, apoyándose en su lanza para levantarse.

Rei sonrió apenas, pero no alcanzó a responder.

Un ruido detrás de ella heló la sangre de todos.

El tercer Xerp estaba justo a sus espaldas, su sombra gigantesca cayendo sobre ella.—¡CUIDADO!

—gritó Hiro.

Antes de que Rei pudiera girarse, se escuchó un disparo seco y limpio.

El sonido resonó entre los muros destruidos.

El Xerp se detuvo en seco… y su cuerpo se desplomó como un muñeco roto, un agujero humeante en la frente.

La sangre oscura goteó lentamente hasta formar un charco.

Todos miraron hacia el origen del disparo.

A unos metros, de pie sobre los restos de un muro semiderruido, estaba Castro, con su rifle apoyado en el hombro y una sonrisa ladeada.

—Gracias por venir a rescatarme… ahí tienen su recompensa —dijo con sarcasmo, bajando del muro con un salto ágil.

Hiro resopló, aliviado pero molesto.—Siempre tan agradecido, ¿eh, Castro?

—dijo mientras Rei bajaba el arco.

Castro se acercó al grupo rápidamente, revisando los alrededores con precisión militar.—Escuchen, aquí cerca hay dos vehículos militares más —señaló hacia el este—.

Los motores todavía funcionan.

Uno de los soldados corrió a verificar.—¡En efecto, están operativos!

Pero antes de que pudieran relajarse, un nuevo rugido sacudió el aire.

Luego, gritos.

Muchos.

—¡Vienen más Xerps!

¡Una docena por lo menos!

—gritó alguien  Castro cargó su rifle con calma, observando el horizonte lleno de polvo y siluetas distorsionadas corriendo a cuatro patas.—Entonces es hora de largarse —dijo con frialdad—.

Hiro asintió.—¡Todos a los vehículos!

¡YA!

Los motores rugieron.

los 4 vehículos militares en marcha.El grupo subió de prisa mientras las primeras criaturas aparecían entre las sombras, sus ojos rojos brillando con furia.

Rei miró por la ventanilla, viendo cómo una de ellas saltaba hacia atrás del convoy.—¡Nos siguen!

Castro apuntó desde la torreta del segundo vehículo y abrió fuego sin piedad.

Las balas impactaban con fuerza, arrancando miembros, cabezas, y salpicando sangre negra por toda la carretera.

El aire se llenó del olor a hierro y carne podrida.

Los Xerps gritaban, algunos explotaban por los impactos, otros seguían avanzando con los cuerpos destrozados.

Hiro miró por el espejo retrovisor y murmuró con el ceño fruncido:—Malditos… cada vez vienen más rápido.

Castro se giró brevemente hacia él, sin dejar de disparar.—Bienvenido a Sector A, comandante.

El infierno está abierto las veinticuatro horas.

La noche había caído sobre el Sector B.

El cielo estaba cubierto por nubes pesadas, y el único sonido que rompía el silencio era el murmullo del viento colándose entre los restos de edificios.

Dentro del refugio, el ambiente era tenso.

Hanzo se asomó por la ventana, mirando el horizonte oscuro y vacío.—Ya es hora de dormir… y no regresan —dijo con voz grave, cruzando los brazos.

Stiches estaba sentado en una silla, fumando en silencio.

El cigarro ya se había consumido hasta casi tocarle los dedos, pero él ni se daba cuenta.—… —No respondió.

Solo exhaló humo y observó el suelo con mirada perdida.

En una esquina, Ian, Sakeichi y Talon se miraban entre sí, inquietos.

El reloj marcaba casi medianoche, y aún no había señales de Hiro ni de Rei.

—¿Y si los atraparon?

—susurró Ian, tragando saliva.—Cállate, idiota —replicó Talon, aunque su tono no era de enojo, sino de miedo contenido.

Sakeichi, serio, giró la cabeza hacia la puerta de acero.—No podemos asumir nada… pero la demora es mala señal —dijo con voz baja.

El aire se volvió más denso.

Todos permanecieron en silencio durante un largo minuto, hasta que un ruido lejano los sacó de sus pensamientos.

Vrumm… vrummmm… El sonido de motores rompió la calma.

Hanzo fue el primero en reaccionar.—¿Escucharon eso?

—preguntó, moviéndose hacia la ventana.

Los demás corrieron detrás de él, y al mirar por las rendijas de metal, sus ojos se abrieron de sorpresa.

A lo lejos, entre la oscuridad, cuatro vehículos militares avanzaban lentamente, las luces delanteras iluminando el polvo del camino.

—¡Vehículos!

—gritó Ian emocionado— ¡Son ellos, tienen que ser ellos!

El refugio entero cobró vida.

Varios salieron a la entrada principal mientras las máquinas se acercaban rugiendo.

Cuando las luces finalmente los alcanzaron, vieron las siluetas de Hiro y Rei bajando del primer vehículo.

Ambos cubiertos de sangre, polvo y sudor… pero vivos.

Y entre ellos, caminando con paso tranquilo y una sonrisa confiada, Castro.

Stiches, al verlo, dejó caer el cigarro y soltó una carcajada.—No me jodas… —dijo mientras caminaba hacia la puerta—.Hace cuánto tiempo no te veía Castro pensé que estabas muerto.

Castro levantó una mano a modo de saludo.—Morirme no estaba en mis planes todavía —respondió con tono burlón.

Los soldados del refugio comenzaron a aplaudir y vitorear.

Algunos lloraron de pura descarga emocional.El aire olía a aceite de motor, pólvora y alivio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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