TerraMonsters - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Capitulo 19 Conexión Del Pasado VIII
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19: Capitulo 19: Conexión Del Pasado VIII 19: Capitulo 19: Conexión Del Pasado VIII El sonido del motor rugía entre las densas áreas verdes.
A toda velocidad, un vehículo militar avanzaba por el camino.
Al volante, un soldado con una máscara de calavera: Castro.
Detrás de él, tres soldados más: Stiches, Hiro y Rei.
—Los sectores dejaron de responder a los llamados de emergencia del baluarte.
Tal parece que van por su propio camino —mencionó Castro sin mirar a los tres soldados, que mostraban reacciones distintas.
—Bruh…
esos cabrones.
En vez de tener el culo pegado a la silla, deberían agarrar una pistola y aportar algo —murmuró Stiches con desdén.
Castro no respondió; siguió concentrado en conducir.Hiro, en silencio, mostraba un rostro agotado por la reciente experiencia contra aquellos monstruos.
Gran parte de su cuerpo estaba cubierto de vendajes.
Rei también tenía algunos vendajes, aunque menos graves.
Su actitud era de cansancio, pero se mantenía alerta, procesando lo ocurrido en el sector: el plan que casi se arruina y el hecho de que Hiro estuvo a punto de morir.
Stiches masticaba chicle, no por gusto, sino para aliviar el estrés tras aquella experiencia de vida o muerte.
Las palabras del fallecido soldado Ford resonaban todavía en su mente, especialmente lo que dijo sobre los superiores.
—La situación está jodida para todos nosotros —dijo Castro mientras a lo lejos ya se distinguía el baluarte—.
Cada vez hay más monstruos en la isla.
Toda persona está obligada a portar un arma o cualquier cosa con la que pueda defenderse.
Los tres soldados lo escuchaban con atención.
—Ayer hubo un enfrentamiento entre soldados experimentados y reclutas contra un grupo de Xerp.
Las bajas fueron considerables, pero logramos eliminar al grupo —continuó Castro.
Estaba por añadir algo más cuando una mano lo tomó bruscamente del hombro.
Era Hiro.
—Dime si mi madre no estuvo ahí —su voz temblaba, una mezcla de nervios y rabia.
Castro no respondió de inmediato, observando el rostro de Hiro reflejado en el espejo retrovisor.
—¡Respóndeme!
¡¿Mi madre estuvo ahí o no?!
—gritó Hiro, fuera de sí.
Rei y Stiches lo sujetaron, intentando calmarlo, mientras Castro respondía con un tono frío: —Tu madre se llama Samantha, ¿verdad?
—¡DIME SI EST—!
—Está viva —interrumpió Castro.
Esas palabras bastaron para que la tensión de Hiro se disolviera en un instante.
El soldado se desplomó en silencio, respirando agitadamente.
—Está herida por un corte, pero lograron atenderla a tiempo.
Ahora está en casa, a la espera de otra emergencia —añadió Castro, retomando la vista al frente.
El vehículo continuó su camino, acercándose al baluarte.
Dos soldados armados los esperaban en la entrada principal, listos para darles acceso.
La noche se acercaba, y el vehículo militar ingresó en el baluarte.Lo que los soldados vieron era un panorama digno de una pesadilla: personas transportando cuerpos con heridas graves, civiles llorando desconsolados, y soldados discutiendo acaloradamente con los pocos sobrevivientes.
—Me faltó añadir que el ataque ocurrió anoche, justo cuando ustedes estaban en el sector eliminando a esos seres que desaparecían personas —mencionó Castro mientras el vehículo se alejaba de aquella escena trágica.
—Castro…
—llamó Hiro, atrayendo su atención.—¿Qué quieres?
—respondió el conductor sin apartar la mirada del camino.
—Necesito que me lleves a mi casa…
quiero ver a mi madre.
Castro alzó una ceja, sin mostrar emoción alguna.
—Los superiores nos necesitan ahora —replicó con firmeza.
El comentario hizo que Stiches apretara los dientes.
Su paciencia comenzaba a agotarse, y Rei tuvo que ponerle una mano en el hombro para calmarlo.
—Solo dame unos minutos, por favor —pidió Hiro con la voz cargada de urgencia.
Castro detuvo el vehículo de golpe.—¿Acaso no entiendes lo que estoy diciendo?
—su tono frío tensó el ambiente.
Stiches, sin contenerse más, lo agarró del hombro con brusquedad.—¡Unos putos minutos no van a joder a nadie, Castro!
—soltó con rabia.
Rei asintió en silencio, apoyando a sus compañeros.
Castro permaneció quieto unos segundos, respirando hondo antes de responder:—Diez minutos.
Esas palabras bastaron para aliviar a Hiro.
Sin perder tiempo, el vehículo militar giró hacia la dirección de su casa, mientras la oscuridad de la noche terminaba de envolver el baluarte.
Samantha estaba en la cocina friendo unos huevos, calculando el momento exacto en que el arroz cocido estaría en su punto.
Llevaba un parche en el ojo y el brazo lleno de rasguños que ya cicatrizaban.
A su lado, sobre la mesa, descansaba su teléfono apagado.
—¿Dónde estás…?
—murmuró para sí misma.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro mientras apagaba la cocina.
Sirvió la comida con movimientos lentos: un plato de arroz con huevo frito para ella, y otro para alguien que debía ocupar la silla vacía frente a ella.
Esa silla que miraba con tristeza.
Había participado en la batalla contra los Xerp.
Uno de esos Monstruos la había alcanzado, hiriéndola en el ojo y dejándole marcas profundas en el cuerpo.
Fue llevada al hospital, donde lograron salvarla.
Sin embargo, lo que más la atormentaba era el paradero de su hijo.
Nunca lo vio durante la lucha en el baluarte.
Había escuchado que fue enviado a otra misión justo antes del desastre.
Cuando intentó comunicarse con el servicio de atención, solo recibió respuestas frías y voces saturadas por la cantidad de llamadas de emergencia.
—Hiro…
hijo…
no otra vez…
—su voz se quebró mientras miraba al techo, conteniendo el llanto.
TOC, TOC, TOC.
El sonido en la puerta la sobresaltó.
Samantha se levantó de inmediato, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y caminó hacia la entrada.
Había escuchado rumores de que podía haber otra emergencia…
pero al abrir la puerta, lo que vio la dejó sin palabras.
Frente a ella estaba una figura que conocía demasiado bien.
—Madre…
—dijo una voz temblorosa.
—Hijo…
—susurró ella, con los ojos anegados.
Por un instante, el mundo pareció detenerse.
Ambos se miraron…
y luego se abrazaron con fuerza, sin contener las lágrimas, dejando que todo el miedo y el dolor acumulado se desvanecieran en aquel reencuentro.
Samantha abrazó a su hijo como si temiera que se desvaneciera entre sus brazos.
No habían llegado noticias de Hiro desde el día de su patrulla, y cada minuto sin respuesta era una aguja clavándose en su mente.
El silencio era insoportable.
La posibilidad de que él nunca regresara… la asfixiaba.
Años atrás, cuando Hiro aún crecía dentro de ella, Samantha esperaba todas las noches frente a la puerta.
Su pareja regresaba siempre tarde, con el uniforme rasgado, la piel marcada por cortes frescos.
A veces le temblaban las manos al abrir la puerta.
A veces ni siquiera podía hablar, pero aun así la abrazaba con fuerza, como si ella fuese lo único real en ese mundo devorado por monstruos.
—¿Otra misión dura?
—preguntaba ella, intentando sonreír.
Él no respondía.
Solo apoyaba la frente en su hombro y exhalaba como si con ese suspiro expulsara la muerte que había visto.
Hasta que un día no llegó.
Samantha buscó respuestas desesperada.
Al entrar en la base, un oficial la obligó a sentarse.
Su mirada fue fría, casi mecánica.
—Lo lamento.
Hubo un ataque.
Su esposo… murió en servicio.
Ella sintió un bloqueo, un vacío.
Apenas escuchó el resto.
—Solo recuperamos su arma —dijo el oficial, dejando caer una lanza manchada.
Aún tenía rastros de carne seca.
El sonido metálico retumbó como un trueno en su mente.
Ahora, el miedo regresaba con cada recuerdo.
Hiro estaba desaparecido.
Los pasos que escuchó en la puerta helaron su sangre.
Un superior entró, acompañado de dos soldados.
—Señora Samantha Yareen, por orden del Alto Mando, debe alistarse inmediatamente —declaró sin emociones.
—¿Y mi hijo?
¿Dónde está Hiro?
¡Dígame que sigue vivo!
—No tenemos registro.
Ningún rastro.
—Ni siquiera la miró a los ojos.
—¡Busquen entonces!
¡Él está allá afuera!
¡No voy a ir a ninguna—!
No terminó.
Dos soldados la sujetaron de los brazos.
Su grito se quebró como vidrio.
—No tienen elección.
Nadie tiene.
—sentenció el superior.
El campo de batalla era una pesadilla hecha real.
No hubo entrenamiento, no hubo preparación.
Lanzaron armas como si repartieran herramientas para cavar tumbas.
—Apunten y disparen.
Eso es todo lo que necesitan saber —dijo un soldado veterano con una risa amarga, casi loca.
Samantha sostenía el rifle con manos temblorosas.
El suelo vibraba.
Los Xerp surgieron de entre la niebla.
Cuando atacaron, nadie gritó primero.
Fue el sonido de huesos rompiéndose, carne desgarrada, y cuerpos cayendo sin poder defenderse.
Uno de los reclutas lloraba mientras disparaba sin apuntar.
—¡Aléjense!
¡No se acerquen!
¡NO SE ACERQUEN!
—gritaba, hasta que su escopeta mató a dos civiles accidentalmente.
Un Xerp cayó sobre él desde arriba y lo arrancó en dos como si fuera papel.
La sangre cayó sobre Samantha, caliente y espesa.
Ella apenas pudo ver nada cuando uno de ellos se abalanzó hacia su rostro.
—¡No!
—giró instintivamente, pero la garra atravesó su ojo de lado.
Un dolor hiriente, cegador, la derribó al suelo.
El monstruo le abrió la mandíbula frente a la cara.
El olor a carne muerta la hizo vomitar, pero antes de que la mordiera, un disparo lo atravesó.
—¡No mires!
¡Corre!
—aulló un soldado desconocido, con el rostro empapado en lágrimas, disparando sin ver a qué.
Ella no obedeció.
Huyó.
Tropezando con cuerpos, resbalando en sangre, intentando no escuchar los gritos mezclados con crujidos de huesos.
Cuando llegó a la base, aún con el ojo sangrando, el aire estaba quieto.
Los monstruos estaban muertos.
El silencio era peor que los gritos.
Y mientras la atendían, solo pensaba en una sola cosa: —Hiro… no me dejes sola… —susurró con un hilo de voz.
Hiro notó que su madre estaba silenciosa, con la mirada perdida, atrapada en pensamientos que él ya conocía.
Dio un paso más cerca y habló suavemente.
—Madre… ¿estás bien?
Samantha parpadeó, como si hubiera regresado de un lugar lejano.
Miró a su hijo, ocultando el temblor en su pecho.
—Sí… solo pensamientos.
Nada más.
Hiro entendió exactamente lo que eso significaba.
No era nada.
Era todo.
Era miedo, pasado y dolor.
—No tengo mucho tiempo —continuó—.
Debo ir a una reunión obligatoria con mis compañeros y los superiores.
La voz de su madre se quebró antes de siquiera intentar contenerla.
—No quiero perderte, Hiro… Él se quedó inmóvil por un segundo.
Después, sin pensarlo, la abrazó con fuerza.
Un abrazo que hablaba de promesas sin palabras.
—No me vas a perder, mamá.
Yo tampoco quiero perderte.
Samantha apretó los labios, luchando contra el llanto que se amontonaba detrás de sus ojos.
CLACK!
el sonido de la puerta abriendose se escucho.
Una voz interrumpió el momento, cortando el aire como un cuchillo.
—Lamento arruinar lo emotivo, pero debemos retirarnos, Hiro.
Era Castro.
Detrás de él, Stiches y Rei esperaban, inquietos.
—Debo irme, mamá —dijo Hiro.
Samantha solo asintió con un esfuerzo visible.
—Cuídate… y vuelve.
Él le dio un beso en la mejilla antes de marcharse con Castro.
Cuando la puerta se cerró, el silencio quedó pesando como una condena.
Samantha soltó el aire que había retenido sin darse cuenta y se dejó caer en el sillón.
Extendió la mano hacia la mesa y tomó una fotografía: ella embarazada y su pareja… sonriendo, como si el mundo hubiera tenido futuro.
Entonces, sin poder contenerse, dejó que las lágrimas corrieran.
Una pregunta fría, amarga, reptó por su mente como veneno: “¿Por qué tenían que aparecer estos monstruos?
El vehículo militar se detuvo frente a la entrada del baluarte.
La compuerta trasera se abrió con un golpe metálico y Hiro, Castro, Stiches y Rei descendieron junto con otros soldados que iban llegando en distintos camiones.
El ambiente pesaba.
Nadie hablaba.
Mientras caminaban hacia la base, podían ver más reclutas y civiles recién obligados a vestir uniformes demasiado grandes para ellos.
Rostros exhaustos, ojeras, heridas mal curadas… como si la guerra los hubiera moldeado a golpes.
Al entrar al salón principal, encontraron un panorama sombrío: filas de sillas, la mayoría ya ocupadas, y al frente, tres superiores murmurando entre sí, con otros mandos sentados detrás, todos con esa expresión rígida, seria, distante.
Como si fueran espectadores de la miseria ajena.
El grupo se sentó.
Poco a poco el lugar se llenó.
Cuando ya no quedaban asientos vacíos, los superiores dejaron de murmurar, y uno de ellos tomó el micrófono.
—Bienvenidos a otra reunión amarga —dijo con un tono seco—.
Como saben, estamos atravesando una de las peores etapas desde que este baluarte se fundó.
Los monstruos no han dejado de atacar: el sector subterráneo cayó, las zonas blindadas fueron infiltradas, y nuestras defensas exteriores están debilitándose.
La falta de personal militar nos obliga a tomar civiles a la fuerza para cumplir el rol de soldados.
El hombre respiró hondo, listo para seguir, pero una voz lo interrumpió desde la multitud: —¿Y cuándo van a hacer algo ustedes?
—gritó un soldado con furia contenida— ¡Nosotros estamos muriendo mientras ustedes se quedan arriba, bien protegidos, sin arriesgar ni un dedo!
Antes de que el superior pudiera responder, otro soldado se levantó y escupió su rabia: —Hemos perdido compañeros, hermanos… ¡y ustedes nunca tuvieron la dignidad de darles un funeral de honor!
¡Ni una mísera ceremonia!
Los reclamos comenzaron a multiplicarse.
Murmullos se volvieron gritos.
Stiches ya estaba de pie, listo para alzar la voz también, pero Castro le sujetó el brazo.
—No ahora —susurró—.
No vale la pena morir por una palabra.
—¡Silencio!
—rugió el superior en el escenario, el eco de su voz resonando por todo el recinto.
Los reclamos se apagaron como fuego ahogado en agua.
—Tenemos una solución —anunció— para terminar con todo esto.
Nadie dijo nada.
Nadie respiró siquiera, hasta que una mano se levantó con calma.
Era Hiro.
—¿Crearon un arma poderosa?
—preguntó con la esperanza incrustada en la voz.
La respuesta lo cortó como una cuchillada.
—No.
La solución… es escapar de esta isla.
El silencio que siguió no fue normal.
Fue pesado.
Profundo.
Asfixiante.
—¿Escapar?
—murmuró Rei, incrédula.
Stiches soltó una risa amarga, casi ahogada.
—¿Eso es lo mejor que tienen?
—bufó— ¿Correr?
El superior continuó sin mirarlo.
—Esta isla no resistirá mucho más.
Los monstruos avanzan.
Solo hemos encontrado una opción viable: construir un barco reforzado y abandonar el baluarte.
Buscar otro territorio seguro.
—¿Territorio seguro?
No me jodas —escupió Stiches, apretando los dientes.
—¿Cuándo estará listo el barco?
—gritó otro soldado desde el fondo.
Los superiores guardaron silencio unos segundos, intercambiando miradas incómodas.
Al final, uno con gafas debidamente alineadas—Robert—respondió: —En tres días.
Exactamente el sábado.
Realizaremos la evacuación de la isla.
Les pedimos paciencia y resistencia.
Aún falta un ochenta por ciento del barco por completar.
Necesitamos toda la fuerza posible para terminarlo antes de que caigan las últimas defensas.
En ese momento, otro de los mandos, Rhyner, se inclinó hacia un compañero y preguntó en voz que muchos escucharon: —Oye, ¿sabes dónde está Rooney?
Rooney era el único capaz de reforzar armas y armaduras.
Vivía aislado en la torre del centro.
—Le enviamos un mensaje a su buzón de voz para asistir hoy, pero parece que lo ignoró —respondió el superior.
El hombre del micrófono tomó un libro.
Lo abrió, lo levantó, y leyó en voz firme: —Como dice Éxodo 17:12: “Y las manos de Moisés se cansaban; y tomaron una piedra y pusieron la debajo de él, y se sentó sobre ella; y Aarón y Hur sostenían sus manos… así estuvo firme hasta que puso el sol.” Luego cerró el libro y finalizó: —Con esto, se da por concluida la reunión.
Los superiores salieron sin mirar atrás.
Los soldados no se calmaron.
No hubo esperanza.
Solo quejas, susurros airados, desesperación contenida.
Stiches, Rei, Castro y Hiro entendieron algo sin necesidad de decirlo: la confianza entre soldados y superiores estaba rota.
Ellos también se retiraron, ahora con una misión tan miserable como necesaria: resistir lo suficiente para que el barco estuviera terminado… y huir como si eso fuera salvación.
Pero una pregunta flotaba sobre todos: ¿Qué garantía había de que existiera un territorio seguro?
Si el mundo entero parecía haber sido devorado por esos monstruos… una plaga que parecía sacada de la misma Biblia.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES VersoOscuro Otro Capitulo y si……
es corto pero mejor que no publicar nada.
tengo un horario muy ocupado asi que hacer este capitulo me tranquiliza.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com