TerraMonsters - Capítulo 22
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Capítulo 22: Capitulo 22: Conexión del pasado IX
El Baluarte se encontraba sumido en un silencio profundo. Los rumores sobre la evacuación de la isla, debido al aumento de monstruos, ya se habían confirmado. Muchas personas civiles, obligadas por los superiores y con la promesa de tener derecho a escapar de la isla, debieron cumplir turnos de vigilancia para evitar un ataque sorpresa durante el plan.
Hiro se encontraba en la zona militar, esperando a alguien. Estaba sentado, rodeado de tanques estacionados y otros en movimiento, mientras soldados caminaban de un lado a otro; la mayoría de ellos apenas eran civiles armados.
—Aquí está —dijo una voz.
Hiro se dio la vuelta y vio a la persona que esperaba: un anciano de rostro severo, que sostenía lo que parecía ser la lanza de Hiro.
—¿Agregaste las modificaciones? —preguntó Hiro.
El anciano asintió con la cabeza.
—Ahora esta bella arma ya no electrocutará a los monstruos. En su lugar, recargará energía cuando se incruste en la carne del enemigo, provocando una explosión. El metal de la punta es lo suficientemente resistente y receptivo como para soportar y redirigir la detonación —explicó el anciano, entregándole la lanza.
Hiro la tomó, observando con atención los cambios.
—Muchas gracias —dijo.
El anciano murmuró antes de marcharse:—No lo hice yo, chico. Agradece al señor Rooney.
Luego desapareció entre la multitud, mientras Hiro continuaba inspeccionando su arma.
Mientras tanto…
—¡Abre la puerta, Rooney! —gritó una voz impulsiva, perteneciente a un hombre con bigote.
—Ese tipo nunca sale a la luz, ya parece un maldito Conde Drácula —se quejó una mujer.
Ambos, vestidos como superiores, caminaban por un pasillo tecnológico buscando a Rooney para la instalación de componentes importantes del barco que se estaba construyendo.
Entonces se escuchó una voz cansada desde el interior.
—¿Ahora qué desean?
—Rooney, abre la puerta. Tengo los planos del barco que estamos construyendo —dijo el hombre del bigote.
La puerta se abrió y ambos entraron. El lugar parecía un laboratorio científico: computadoras por todos lados, herramientas y dispositivos avanzados. A los superiores no les importó el entorno; se centraron en un hombre sentado, concentrado en su trabajo.
—Ni siquiera dicen buenos días —murmuró Rooney, tomando una taza de café y bebiendo un sorbo.
—Rooney, necesito que veas esto —dijo la mujer.
Rooney se giró. Su aspecto era el de un joven adulto de unos veinticinco años, con el cabello desordenado y un rostro marcado por el cansancio.
Observó los planos del barco.—Eso será fácil —dijo.
Antes de que los superiores respondieran, los interrumpió:
—¿Todos van a entrar en ese barco?
—¿Eh? —respondió el hombre del bigote.
—Digo si todos los del Baluarte van a entrar —aclaró Rooney.
—Obvio que sí. Entraremos todos —respondió la mujer con firmeza.
Rooney sonrió, no de manera burlona, sino cansada.—Ojalá… eso espero.
En ese momento, los tres escucharon el llanto de un bebé.
—¿Qué demonios…?—Mierda…
Rooney se levantó de inmediato y se dirigió a una puerta lateral. Al abrirla, se veía una cuna en el centro de la habitación, con un bebé llorando. Rooney lo tomó con cuidado y comenzó a mecerlo.
—Ya, ya… todo estará bien. Papá está aquí —susurró.
La mujer y el hombre del bigote lo miraron, incrédulos.
—¿Desde cuándo tenías un…? —comenzó a decir el hombre, pero fue interrumpido.
—Eso no les incumbe —dijo Rooney con firmeza.
Cuando el bebé se calmó, lo acomodó de nuevo en la cuna y luego se giró hacia los superiores.
—Mañana por la mañana implementaré lo que dicen los planos. Después de eso, no quiero más pedidos de ustedes —dijo, con una mirada molesta.
Ambos, confundidos por su actitud, asintieron.
—Bien… entonces así será —dijeron antes de retirarse.
Cuando se fueron, Rooney suspiró profundamente mientras observaba a su bebé dormir. Luego giró la mirada: vio una cruz, después una Biblia, y finalmente una fotografía que le resultó familiar y dolorosa.
Se acercó.
En la imagen aparecía él de niño, junto a otro niño de su misma edad. Ambos sonreían y llevaban una cruz colgada al cuello.
—Hermano… —murmuró Rooney, mientras una lágrima recorría su rostro.
Rooney tomó un pañuelo que estaba sobre una mesa cercana y comenzó a limpiarse las lágrimas con lentitud. Mientras lo hacía, los pensamientos se agolpaban en su mente, todos relacionados con su hermano: un hombre profundamente creyente, alguien que agradecía a Dios incluso por el pan más simple que compartían en la mesa.
Rooney soltó un suspiro cansado y giró la cabeza hacia la cuna donde dormía su bebé. Al verlo, el recuerdo de su esposa —o mejor dicho, la madre de su hijo— volvió a aparecer. A decir verdad, Rooney la despreciaba. No porque hubiera sido una mala madre; al contrario, apenas había tenido tiempo de serlo antes de morir, cuando el bebé aún contaba sus primeros días de vida. La despreciaba porque ella había sido una de las razones que lo llevaron a caer en la tentación, a alejarse del camino que una vez creyó correcto.
—Realmente doy asco… —murmuró Rooney, observando con melancolía el pequeño cuerpo que descansaba en la cuna, ajeno al peso de los pecados y culpas de su padre.
Permaneció unos segundos en silencio, escuchando la respiración tranquila del bebé, como si ese sonido fuera lo único puro que aún existía en su mundo.
El sol terminó de ocultarse y la luna apareció, brillando con intensidad en el cielo nocturno. Las luces de las torres del Baluarte se encendieron una a una, iluminando el ambiente con un resplandor artificial que apenas lograba disimular la oscuridad que lo rodeaba todo.
En una de las torres de vigilancia, Hiro, Rei y Stiches permanecían atentos, observando cualquier movimiento extraño. Sobre una mesa improvisada descansaban una radio, varias barras energéticas y bebidas bien frías.
—Por lo que escuché, mañana en la noche estarán listos los complementos finales para el barco de escape —comentó Stiches mientras bebía con calma.
—¿Acaso afuera no estarán los mismos monstruos repugnantes con los que nos hemos enfrentado aquí? —preguntó Rei, soltando un suspiro.
—Lo más seguro es que sí —respondió Hiro mientras comía una barra energética—, pero parece que no hay otra opción.
Rei bajó la cabeza, pensativa.—Ojalá afuera exista un lugar seguro… un lugar protegido.
Stiches apretó la lata vacía con fuerza hasta deformarla.—No existe un lugar completamente seguro, Rei. Si lo hubiera, no tendríamos que huir de esta isla que los superiores pintaron como un paraíso.
Hubo un breve silencio, interrumpido solo por el viento y los sonidos lejanos del Baluarte.
—Pero, oigan… seguimos vivos, ¿no? Eso importa —dijo Hiro con una sonrisa tranquila—. De seguro Dios todavía nos ama.
Rei y Stiches lo miraron en silencio durante unos segundos. Luego, casi al mismo tiempo, ambos soltaron una risa suave, cansada, pero sincera.
—Joder, Hiro, sin duda tienes razón. No por nada sobrevivimos a ese incidente del subterráneo —dijo Stiches, tomando otra lata de bebida fría.
—Mierda, no me hagas acordar de eso —respondió Hiro, riéndose un poco, con un tono nervioso.
En ese momento, una voz mecanizada rompió la calma.
—Los superiores solicitan la presencia del soldado Hiro en la base militar.
Los tres abrieron los ojos con sorpresa y giraron la cabeza al mismo tiempo. La voz provenía de la radio que descansaba sobre la mesa.
—Repito: el soldado Hiro debe presentarse de inmediato en la base militar. Código 0034.
—¿Eso es bueno o malo? —preguntó Rei con seriedad.
—Que yo sepa, cuando mencionan el código 0034 es algo urgente —respondió Stiches, frunciendo el ceño.
Hiro permaneció en silencio, con la mirada fija en la radio, procesando lo que acababa de escuchar. Pasaron unos segundos antes de que soltara un suspiro profundo y se pusiera de pie.
—Bueno… tendré que ir —dijo finalmente.
Hiro comenzó a bajar las escaleras, mientras una pregunta no dejaba de rondarle la cabeza:¿Por qué lo llamaban?
Intentó encontrar una respuesta, pero solo pudo reducirlo a dos posibilidades. Tal vez querían felicitarlo… o quizá se trataba de un ascenso.
Stiches y Rei observaron cómo Hiro desaparecía de su vista. Stiches no pudo evitar decir:
—Algo de esta llamada no me cuadra.
Rei lo miró con el ceño fruncido.—¿Por qué dices eso?
Stiches tardó unos segundos en responder. Luego, tomando una gaseosa, dijo con seriedad:
—No confíes en los superiores.
Minutos después, Hiro llegó al campamento militar. Había pocos soldados; algunos estaban ocupados en sus tareas, mientras varios tanques se desplazaban lentamente. Mientras caminaba, alguien tocó su hombro.
—Finalmente llegaste —dijo una voz.
Hiro se dio la vuelta y, al ver el uniforme, supo de inmediato que se trataba de un superior.
Era el superior Rhyner.
Hiro respondió con un saludo militar. Rhyner habló con voz firme:
—Tengo que decirte algo importante, pero necesitamos ir a un lugar privado.
Luego le dio la espalda y añadió:
—Acompáñame.
Hiro parpadeó, confundido, y comenzó a seguirlo. A lo lejos, el superior Robert observaba la escena con los brazos cruzados, fumando en silencio mientras veía a ambos alejarse.
Pasaron unos minutos hasta que Hiro y Rhyner caminaron por un largo pasillo metálico. Finalmente llegaron a una habitación oscura. Rhyner presionó un botón y el foco del techo iluminó el lugar.
Había una mesa y dos sillas.
—Siéntate, tenemos que hablar —dijo Rhyner, indicando una de las sillas.
Hiro obedeció y se sentó frente a él, con una expresión de ansiedad que no pudo ocultar.
Ambos permanecieron en silencio durante unos segundos, hasta que Rhyner fue el primero en hablar.
—¿Sabes que dentro de poco zarparemos de esta isla con el barco que estamos construyendo? —preguntó.
—Afirmativo —respondió Hiro.
El superior sonrió.
—Bien. Verás, este barco contiene un arsenal de armas de emergencia, por si somos emboscados por esos monstruos de mierda.
Hiro intentó responder, pero Rhyner levantó la mano, indicándole que aún no había terminado.
—El barco también cuenta con un tanque de gasolina que ya está siendo rellenado. Tendrá la capacidad suficiente para durar mucho tiempo en el océano —continuó.
—No solo eso —añadió—, contará con varias habitaciones de buena calidad para las personas.
Hiro hizo una leve señal para hablar. Rhyner asintió con la cabeza.
—Bueno… me alegra escuchar todo eso. ¿Cuándo zarpamos? —preguntó Hiro.
—Zarpamos mañana, soldado Hiro —respondió Rhyner mientras encendía un cigarro—. Además, quiero felicitarte por tu misión exitosa en el Sector B.
Hiro sonrió, dispuesto a agradecer, pero Rhyner continuó:
—Lo único malo fue que permitiste que las personas del Sector B no ayudaran a la causa del Baluarte.
—Ellos decidieron eso… y no podía obligarlos —respondió Hiro, titubeando un poco.
Rhyner sonrió de manera fría.
—Bien. Entonces, Hiro, quiero proponerte algo —dijo—. Queremos que formes parte de los superiores.
Los ojos de Hiro se abrieron con sorpresa. Jamás imaginó escuchar algo así, y menos viniendo de un superior como Rhyner.
Ser superior significaba mejores beneficios, mayor autoridad y la posibilidad de cambiar las cosas desde dentro…
—Y necesitamos que te quedes aquí hasta mañana —añadió Rhyner.
Hiro dejó de pensar de golpe.
—¿Perdón? ¿Me está diciendo que debo quedarme aquí? —preguntó.
Rhyner asintió, ya sin sonrisa, con una mirada tranquila pero firme.
—Bueno, entonces, si me permite… —dijo Hiro, sacando su teléfono—. Quisiera avisar a mi madre y a mis compañeros sobre la noticia.
—No es necesario, soldado Hiro —respondió Rhyner—. Un superior ya se encargó de notificarles tu ascenso.
—¿Los notificó… ahora? —preguntó Hiro.
Rhyner asintió nuevamente.
Hiro sonrió con felicidad. Todo su esfuerzo había dado frutos. Ahora su voz tendría peso, podría ayudar, organizar mejor las cosas, participar en reuniones donde los superiores planificaban y ejecutaban ideas importantes.
Pero entonces recordó a alguien.
A Ford.
Antes de su muerte catastrófica, Ford había mencionado cosas sobre los superiores. Comentarios inquietantes. Advertencias claras.
Los superiores buscan el beneficio propio.
Hiro levantó la mirada.
—Tengo una pregunta —dijo.
Rhyner frunció levemente el ceño, pero luego respondió con calma:
—Habla.
Hiro dudó un segundo antes de preguntar:
—¿Toda la gente de aquí… entrará en el barco?
Rhyner guardó silencio durante unos segundos. El humo del cigarro subía lentamente, llenando la habitación con un olor amargo. Luego, habló.
—No.
La palabra cayó pesada, seca.
Hiro parpadeó.
—¿…Cómo que no? —preguntó, creyendo haber escuchado mal.
Rhyner exhaló el humo con calma.
—No toda la gente entrará en el barco.
—¿Quiénes no? —la voz de Hiro comenzó a tensarse—. Hay civiles, niños, personas heridas… usted dijo que el barco estaba preparado.
—Está preparado —respondió Rhyner—, pero no para todos.
Hiro apretó los puños.
—Entonces ¿para quiénes sí?
Rhyner apoyó los codos sobre la mesa.
—Para los útiles. Para los que aportan algo real. Soldados, técnicos, científicos… no bocas inútiles.
El silencio se rompió con un golpe seco.
Hiro se levantó de la silla de un tirón.
—¿Acaba de llamar inútiles a esas personas? —su voz temblaba, no de miedo, sino de rabia—. ¡Ellos han sobrevivido igual que nosotros!
Rhyner sonrió, sin emoción.
—Sobrevivir no es lo mismo que merecer continuar.
—¡Esa gente confió en el baluarte! —gritó Hiro—. ¡Usted les prometió protección!
—Yo no prometí nada —respondió Rhyner con frialdad—. La esperanza es un lujo que solo algunos pueden permitirse.
Hiro dio un paso al frente, golpeando la mesa con ambas manos.
—¡Esa no es protección, es una maldita selección!
Rhyner se puso de pie lentamente.
—Cuidado con tu tono, Hiro. Aún no eres superior.
—Y jamás lo seré si tengo que pensar como usted —escupió Hiro.
Rhyner apagó el cigarro contra la mesa.
—¿Crees que este mundo se mantiene con buenas intenciones? —dijo con voz baja—. El baluarte cayó por idealistas como tú.
Eso fue suficiente.
Hiro lanzó el primer golpe.
El puño impactó en el rostro de Rhyner, haciéndolo retroceder un paso. La silla cayó al suelo con estruendo. Rhyner respondió de inmediato, devolviendo el golpe al abdomen de Hiro, sacándole el aire.
—¡Maldito ingenuo! —rugió Rhyner.
Hiro se abalanzó sobre él, ambos rodaron por el suelo, golpeándose sin contención. La mesa se volcó, los objetos cayeron al suelo. Hiro logró montar a Rhyner y lo golpeó una, dos veces más.
—¡No los dejaré morir! —gritó— ¡No mientras yo respire!
La puerta se abrió de golpe.
—¡Hiro, basta!
Robert entró a la habitación con expresión dura. No dudó ni un segundo.
Un golpe seco, directo a la sien.
El mundo de Hiro se apagó.
Su cuerpo cayó al suelo, inconsciente.
Rhyner respiraba con dificultad, acomodándose mientras se levantaba lentamente.
Robert miró a Hiro en el suelo y luego a Rhyner.
—Lo siento… pero se estaba saliendo de control —dijo con voz grave.
Rhyner observó el cuerpo inconsciente de Hiro y sonrió apenas.
—No… —respondió—. Solo estaba mostrando quién no merece subir al barco.
Hiro despertó con un dolor punzante en la cabeza.
Intentó moverse, pero el cuerpo le respondió con lentitud, como si cada músculo pesara el doble. Un gemido escapó de sus labios. El frío del suelo le atravesaba la espalda.
Parpadeó varias veces hasta que su vista logró enfocarse.
Barras metálicas.
Una celda.
El silencio era tan denso que podía escucharse su propia respiración. No había guardias, ni voces, ni pasos. Solo él.
Hiro se incorporó con dificultad, apoyándose contra la pared. Fue entonces cuando la vio.
Una hoja de papel doblada, apoyada cuidadosamente cerca de la reja.
Con el corazón acelerado, estiró el brazo y la tomó. Reconoció de inmediato la letra: firme, elegante… superior.
Leyó.
“Gracias por tus aportes, soldado.No olvidaremos tu nombre.”
Sus manos comenzaron a temblar.
—Cobardes… —murmuró.
Arrugó la nota con fuerza y la lanzó contra la pared. El sonido del papel golpeando el metal resonó más de lo que esperaba.
—¡Hijos de puta! —gritó Hiro, comenzando a golpear la pared con una furia descontrolada.
Cada impacto resonaba en la celda como un disparo. El metal vibraba, sus nudillos ardían, pero no le importaba. Golpeó una y otra vez, hasta que el dolor se volvió insoportable.
Entonces lo entendió.
Habían sido engañados.Usados como herramientas.Desechados sin remordimiento.
—¡Bastardos de mierda! —rugió, con la voz rota por la rabia.
Siguió golpeando hasta que sus fuerzas se agotaron. Sus manos temblaban, ensangrentadas, y finalmente cayó de rodillas. El llanto escapó de su pecho sin que pudiera detenerlo.
Hiro apoyó la frente contra las barras de la celda. Las lágrimas corrían por su rostro mientras apretaba los dientes, intentando contener un odio que ya no cabía dentro de él. Pensó en Rei, en Stiches… en su madre.
—Lo siento… —susurró con la voz quebrada—. Tenían razón.
Cerró los ojos con fuerza.
Ford.
Stiches.
Siempre lo advirtieron. Y él no quiso ver.
En una sala apartada se encontraban Rhyner y Robert, sumidos en un silencio pesado después de lo ocurrido.
—Rhyner… —murmuró Robert.
No obtuvo respuesta.
—¿Qué hacemos con el soldado Hiro? ¿Lo dejaremos encerrado ahí dentro? —preguntó finalmente.
Rhyner levantó la mirada y, tras un suspiro cansado, respondió:
—Es obvio que se quedará aquí. Ya escogió su decisión.
—Vaya… qué cruel —comentó Robert mientras encendía un cigarro—. ¿Lo dejarás morir sin siquiera despedirse de sus amigos o de su madre?
—No es crueldad, Robert. Es inteligencia —respondió Rhyner con frialdad—. Si lo dejamos ir, no dudará en revelar la información. Eso provocaría un conflicto tan grande que acabaríamos matándonos entre nosotros.
Las palabras hicieron que Robert asintiera lentamente.
—Si hubiera aceptado, ahora estaría en el barco junto a su madre —continuó Rhyner—. Pero el vínculo que formó con Rei y Stiches complicaba todo.
Robert apagó el cigarro y frunció el ceño.
—¿Y no podías mentirle? Incluso engañarlo. Al final, su madre estaría a salvo… y ella habría aceptado.
Rhyner se levantó de su asiento. Antes de salir, se detuvo y dijo algo que Robert no esperaba.
—Crees que lo que hice fue honestidad… pero en realidad fue un poco de venganza.
Robert abrió los ojos con incredulidad.
—¿Qué quieres decir?
Rhyner cerró los ojos y respiró hondo.
—Mi padre y el padre de Hiro eran grandes amigos. Ambos fueron de los mejores soldados que tuvo el baluarte. No solo por su eficacia matando monstruos, sino porque eran tácticos, inteligentes.
Robert escuchaba con atención.
—A veces regresaban a casa después de las misiones. Jugaban, reían… parecían otras personas —la voz de Rhyner comenzó a temblar—. Pero un día discutieron. No recuerdo bien por qué, solo sé que tenía que ver con que el padre de Hiro estaba seduciendo a mi madre… aun teniendo pareja.
Rhyner apretó los puños.
—Estaba borracho. Todo se salió de control. Llegaron a los golpes… y en un empujón mi padre cayó y se golpeó la cabeza contra el borde de la mesa. Yo estaba escondido. Lo vi todo. Mi padre no volvió a levantarse… y ese maldito huyó.
Robert guardó silencio.
—¿Y qué pasó después? —preguntó con cautela.
—No lo sé —respondió Rhyner—. Era un niño. No entendí que mi padre había muerto en ese momento. Mi madre tampoco supo lo que ocurrió.
Su voz se llenó de rabia.
—Cuando entendí que estaba muerto, todo se vino abajo. Y para colmo, días después dijeron que el padre de Hiro había muerto por los monstruos.
Robert se levantó y le apoyó una mano en el hombro.
—¿Y tu madre?
—Desapareció —respondió Rhyner en voz baja—. Nunca volvió.
Sin decir nada más, Rhyner salió de la sala.
Robert se quedó solo, mirando la oscuridad.
—Vaya… —murmuró—. Hay heridas que nunca cicatrizan. Y pecados que terminan cargando los hijos.
Cerró la puerta tras de sí, dejando la habitación sumida en la oscuridad absoluta.
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