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TerraMonsters - Capítulo 9

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Capítulo 9: Capitulo 9: Conexion Del Pasado III

Después del fracaso de la misión en el subterráneo, donde se administraban las aguas para el baluarte, la zona fue sellada hasta nuevo aviso, ya que no se pudo determinar cuántos de esos xerp habitaban en el área. Los superiores enviaron equipos robóticos para explorar la zona e identificar cuántos monstruos residían allí y por dónde lograron ingresar. Durante los recorridos, calcularon un promedio de 30 monstruos por cada misión; sin embargo, estos seres no atacaban a las máquinas robóticas. Pero, cuando los robots entraban en la zona de oscuridad total, donde el equipo de Hiro fue atacado, los monstruos comenzaron a destruirlos como si intentaran evitar que se explorara más ese lugar.

Hablando de Hiro y el Soldado Venenoso, ambos se encontraban en una habitación de la zona militar. Desde que entraron, no dijeron nada, solo se escuchaba un silencio estremecedor. Sabían que lo vivido había sido algo traumático, una experiencia que no podrían sacar de sus mentes. Hiro intentó mirar a su compañero, quien, con la mirada perdida, observaba en otra dirección, ocultando el terror bajo su máscara.

“Lo siento”, dijo Hiro con un tono angustiado, rompiendo el pesado silencio y tratando de llamar la atención del Soldado Venenoso.

“¿Por qué?”, respondió este, mirando a Hiro, quien tenía el rostro lleno de impotencia.

“Es que… me quedé congelado, sin hacer nada, mientras ustedes luchaban sin cesar. A pesar de que sabían que iban a morir, pelearon con honor, mientras que yo…” Hiro se detuvo, las lágrimas empezaron a caer de sus ojos, reflejando el dolor y la frustración que sentía.

“¿En serio crees que fue tu culpa?”, dijo el Soldado Venenoso, su tono calmado, sin ira ni rencor. “La situación se nos escapó de las manos. No tiene nada que ver contigo, Hiro”, añadió, mientras se quitaba la máscara, revelando el rostro de un soldado joven, con señales de un trauma leve.

“Pero no pude ni siquiera agarrar el arma… Empecé a sentirme un cobarde”, dijo Hiro, comenzando a calmarse un poco, aunque la ira aún no se había disipado por completo. Su voz era temblorosa, y sus ojos reflejaban la lucha interna que enfrentaba.

El Soldado Venenoso, observando la angustia de Hiro, comprendió lo que estaba viviendo. A pesar de no haber mostrado nunca signos de vulnerabilidad, sabía que todos, incluso los más fuertes, tienen sus momentos de duda. Él también había enfrentado esos pensamientos, esa sensación de inutilidad que acompaña a la parálisis en momentos críticos.

Tomó una respiración profunda y, con una mirada serena, comenzó a hablar. Su tono era suave, pero con una firmeza que mostraba años de experiencia y sabiduría adquirida a través de la lucha y las cicatrices emocionales que llevaba.

“Hiro, ¿sabes qué es lo que más me impresiona de ti?” comenzó, su voz baja, pero cargada de una intensidad que lograba captar la atención sin esfuerzo. “Es tu capacidad para reconocer lo que sientes, tu honestidad contigo mismo. Muchos, en tu lugar, habrían intentado ocultarlo, habrían hecho todo lo posible por disimularlo. Pero tú no lo haces. Y eso, Hiro, eso es lo que te convierte en algo mucho más grande que simplemente un soldado.”

Hiro levantó la mirada, confundido, pero algo dentro de él comenzó a calmarse. A pesar de la confusión en su mente, las palabras del Soldado Venenoso lograban penetrar en su angustia.

“Todos los que hemos estado en combate hemos enfrentado momentos de miedo. De parálisis. De pensar que no podemos seguir adelante”, continuó el Soldado Venenoso, sus palabras cargadas de una sinceridad que Hiro no esperaba. “Lo que no entiendes, Hiro, es que no es la acción en sí lo que define a un hombre. No son las batallas ganadas ni las victorias que se pueden contar. Lo que realmente te define, lo que te da valor, es cómo enfrentas tus propios demonios, esos que aparecen en los momentos más oscuros.”

El Soldado Venenoso hizo una pausa, mirando al frente, como si estuviera rememorando algo de su propio pasado. Hiro no interrumpió, sabiendo que cada palabra de su compañero era una oportunidad para aprender.

“Lo que viviste allí… lo que experimentaste… no es algo que se pueda superar de inmediato. Nadie podría haber reaccionado de manera perfecta. Los monstruos que enfrentamos no solo nos atacan con garras y colmillos, nos atacan con el miedo, con el caos. Y eso, eso es lo que te hizo dudar, lo que te hizo paralizarte”, dijo el Soldado Venenoso, su voz cargada de empatía. “Pero te puedo asegurar algo, Hiro. El hecho de que estés aquí, que te estés enfrentando a esos sentimientos, significa que no eres un cobarde. Lo que me preocupa más, lo que me aterrorizaba cuando era más joven, no era el monstruo frente a mí. Era la idea de rendirme. De dejarme llevar por el miedo y no luchar más. Eso sí sería el verdadero fracaso.”

El Soldado Venenoso se acercó a Hiro, y aunque su mirada era profunda y grave, su tono se suavizó aún más, buscando transmitir algo más allá de la dureza de la guerra.

“Es natural sentir miedo. Es natural dudar. Pero eso no te define. Lo que te define es lo que haces después. Lo que decidas hacer, a partir de este momento, es lo que te hace un hombre de honor. A veces, incluso cuando no podemos tomar el control de la situación, lo que realmente importa es cómo respondemos a lo que nos pasa.”

Hiro, por primera vez desde que había comenzado a hablar, se sintió un poco más tranquilo. Las palabras del Soldado Venenoso parecían calmar su mente, disipando en parte la niebla de autocrítica que lo había envuelto. Sin embargo, aún quedaba una sensación de incomodidad, como si algo faltara. Como si las palabras, por muy acertadas que fueran, no pudieran borrar todo el dolor.

El Soldado Venenoso, al percatarse de eso, continuó.

“¿Sabes por qué te hablé de mis propios miedos, Hiro?” dijo, mientras observaba al joven soldado. “Porque todos tenemos una historia que contar. Todos tenemos algo que nos define más allá de la guerra. En mi caso, fue el dolor de perder a alguien importante, el miedo a no ser suficiente. Pero lo que aprendí, lo que siempre trato de recordar, es que no podemos definirnos por lo que perdemos. Tampoco por lo que no hacemos en el momento. Lo importante es lo que elegimos hacer después. Es lo que marca la diferencia. Y si tú te permites seguir adelante, si eliges luchar de nuevo, eso te hará más fuerte que cualquier monstruo.”

Hiro lo miró, una mezcla de gratitud y duda en sus ojos. “Pero… ¿y si no soy suficiente? ¿Y si en el futuro me vuelvo a paralizar? ¿Y si…?”

El Soldado Venenoso lo interrumpió con una sonrisa leve, pero cálida.

“Eso es lo que te digo, Hiro. Es una batalla constante. No se trata de ser perfecto. Se trata de seguir adelante. A veces te caerás, otras veces no sabrás qué hacer. Pero siempre habrá una nueva oportunidad. Lo único que no podemos hacer es rendirnos antes de tiempo. La vida, la guerra, nos ponen a prueba, pero nunca olvides que cada prueba, por difícil que sea, nos hace más fuertes.”

Hiro, por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo en su interior comenzaba a sanar. La carga de la culpa que había estado llevando durante tanto tiempo parecía un poco más ligera. Quizás no podía cambiar lo que había sucedido, pero podía decidir cómo seguir adelante.

“Gracias”, murmuró Hiro, su voz apenas audible. “De verdad… gracias por hablarme así.”

El Soldado Venenoso asintió, colocando su mano en el hombro de Hiro con una fuerza calmada, como un recordatorio de que no estaba solo en esa batalla. “No me agradezcas, joven. Esto es solo lo que me hubiera gustado escuchar cuando yo era como tú. Sigue adelante, y verás cómo todo lo que hoy parece imposible, se vuelve más soportable con el tiempo.”

Ambos se quedaron en silencio, no por incomodidad, sino porque las palabras ya no eran necesarias. A través de esa conversación, algo había cambiado en Hiro, algo que lo impulsaba a seguir adelante, aunque no tuviera todas las respuestas. El Soldado Venenoso, al compartir su experiencia y su sabiduría, había sembrado una semilla en su mente. Una semilla que, con el tiempo, crecería y lo haría más fuerte.

El silencio que los envolvía ya no era tan pesado como antes. Era un silencio compartido, un silencio que hablaba de comprensión, de cicatrices que no se borran pero que se aprenden a llevar.

En ese momento, Hiro sabía que el verdadero desafío no era enfrentarse a los monstruos, sino a sus propios miedos internos. Y aunque el camino no sería fácil, tenía ahora algo mucho más importante: la determinación de seguir adelante, paso a paso, con el apoyo de aquellos que entendían lo que significaba realmente ser un soldado.

“Por cierto, ¿cuál es tu nombre?”, preguntó Hiro, con una ligera curiosidad en su voz, ya que hasta ese momento había conocido a su compañero solo como “el Soldado Venenoso”.

El Soldado Venenoso lo miró fijamente por un momento, como si la pregunta le tomara por sorpresa. Luego, con una ligera sonrisa que se asomó en su rostro, respondió:

“Me llamo Stiches.”

El nombre resonó en el aire, un nombre tan peculiar y directo como el propio hombre. Stiches, quien parecía un enigma por su actitud distante y su fachada dura, había revelado algo más: su identidad, algo tan fundamental, tan humano. Hiro, al escuchar su nombre, pudo ver una nueva faceta de Stiches, una que ya no era solo un soldado enmascarado, sino alguien con una historia, con una vida más allá de la guerra.

“Stiches…” repitió Hiro, asimilando el nombre. Un leve destello de comprensión cruzó por su mente. “¿Por qué ese nombre?”

Stiches hizo una pausa, y aunque su rostro no mostraba mucha emoción, sus ojos parecían reflejar una profundidad que Hiro no había notado antes. Finalmente, respondió, su tono algo más bajo, como si la pregunta hubiera tocado una fibra sensible.

“Es un apodo que me pusieron hace mucho tiempo. Cuando era más joven, estuve en una misión donde muchos de mis compañeros cayeron. El campo de batalla fue brutal, y… bueno, después de todo, me quedé con una gran cantidad de cicatrices. No solo físicas, sino también emocionales. Al final, me llamaron ‘Stiches’ porque, de alguna manera, representaba lo que hacía en ese momento: seguir cosiendo mi vida y las vidas de los demás con hilos rotos, tratando de recomponer lo que se había destruido.”

Hiro escuchaba en silencio, sintiendo una conexión inesperada con Stiches. Aquel nombre no solo era un apodo de guerra, sino un recordatorio de las cicatrices, las pérdidas y las reconstrucciones que formaban parte de la vida de cualquier soldado. “Así que, literalmente, ‘coses’ todo lo que puedes salvar”, dijo Hiro con un leve suspiro, sintiendo una extraña mezcla de respeto y tristeza por su compañero.

“Sí”, dijo Stiches, mirando al frente, como si las palabras lo llevaran a un lugar distante en su mente. “Al principio, intentaba repararlo todo. Pensaba que si lograba curar las heridas de otros, podría sanar las mías también. Pero con el tiempo, me di cuenta de que no se trata solo de coser lo visible. A veces, las heridas más profundas no son las que se ven a simple vista. Las cicatrices internas son las que más duelen.”

El silencio que siguió a esas palabras fue pesado, pero no incómodo. Hiro comprendió que, al igual que él, Stiches llevaba consigo su propio dolor, su propia carga invisible. Sin embargo, también entendió que esa carga no lo había vencido. Al contrario, lo había forjado en algo más fuerte.

“Stiches, ¿cómo lograste… seguir adelante?”, preguntó Hiro, casi en un susurro, como si temiera que la respuesta pudiera ser demasiado para él.

Stiches lo miró directamente a los ojos, y aunque su rostro no mostraba mucha emoción, sus palabras eran claras y firmes.

“Es un proceso largo, Hiro. No hay una respuesta rápida. Pero cada vez que logras dar un paso, por pequeño que sea, te acercas un poco más a sanar. Y cuando ves a alguien más en la misma situación, sabes que no puedes dejar que se caigan. Tienes que levantarlos, aunque a veces sientas que tú también necesitas ser levantado. En la guerra, nadie se salva solo.”

Hiro asintió lentamente, sintiendo que la comprensión de Stiches le estaba brindando algo muy valioso: la esperanza de que el camino hacia la sanación no es fácil, pero es posible, y lo más importante, no tiene que recorrerse en soledad.

“Gracias, Stiches”, dijo Hiro, su voz más suave ahora, con un tono de agradecimiento que, hasta ese momento, no había logrado expresar completamente.

Stiches simplemente asintió, su mirada firme y su expresión tranquila, pero en sus ojos brillaba algo más que una simple aceptación. Era la certeza de que, a pesar de todo, ambos seguirían adelante.

En ese momento, la puerta de la sala se abrió de golpe, y dos superiores entraron con paso firme. Ambos llevaban placas que reflejaban sus nombres. Uno de ellos, un hombre de cabello blanco como la nieve, era Rhyner. El otro, un hombre de tez morena y rostro serio, era Robert. Ambos se dirigieron hacia la mesa, se sentaron frente a Hiro y Stiches, y comenzaron a hablar con la autoridad que los caracterizaba.

Rhyner fue el primero en romper el silencio, su tono profesional pero cargado de preocupación. “Bueno, parece que tendremos que poner el suministro de agua en un tiempo indefinido”, comenzó, mirando a Hiro y Stiches con seriedad. “No sabemos cuántos monstruos habitan en el subterráneo, y no podemos arriesgar más vidas en una zona que aún desconocemos. No después de los varios ataques que hemos sufrido en las fronteras, donde se encuentra nuestro muro de defensa.”

Robert, que se había quedado en silencio observando a ambos soldados, añadió con firmeza, dejando claro el peso de sus palabras. “A todo esto, necesitamos saber si ustedes tienen la mente lista para seguir peleando. Entiendo que lo vivido ha sido traumático, pero los monstruos no dan tregua. Necesito saber de inmediato si van a seguir en esta misión o si van a renunciar.”

Las palabras de Robert cayeron como una pesada carga en la habitación. Hiro miró a Stiches, buscando algo, alguna señal, pero lo único que vio fue la mirada seria y calculadora de su compañero. Stiches no parecía perturbado por la pregunta directa; su rostro era el mismo de siempre, aunque sus ojos reflejaban una ligera comprensión de lo que estaba en juego. Hiro, por su parte, no sabía cómo responder de inmediato. La pregunta le dolía, como una herida que no había sanado del todo. La guerra, la misión, la constante amenaza de la muerte… todo eso estaba en juego. Pero lo que más lo atormentaba era la incertidumbre de su propia capacidad para seguir adelante.

Rhyner observó a ambos soldados en silencio, aguardando una respuesta. Hiro sintió la presión, su respiración se hizo más pesada. Sabía que su respuesta no solo determinaría su destino, sino el de todos aquellos que dependían de su fuerza, de su voluntad.

Finalmente, fue Stiches quien habló, rompiendo el silencio incómodo que se había formado en la sala. Su voz, como siempre, era baja y controlada, pero había algo en ella que denotaba un entendimiento profundo de la situación.

“Los monstruos no esperan a que estemos listos”, dijo, mirando a Rhyner y Robert con firmeza. “Y nosotros tampoco podemos darnos el lujo de esperar. No sé si estamos completamente preparados, pero no tenemos otra opción más que seguir luchando. Si de algo sirve, no tenemos la intención de rendirnos.”

Rhyner asintió con seriedad, evaluando las palabras de Stiches, mientras Robert lo observaba con una mirada crítica. Hiro sentía que las palabras de su compañero le daban un poco de claridad, pero aún no estaba seguro de sí mismo. La duda lo seguía como una sombra.

“¿Y tú, Hiro?” preguntó Rhyner, dirigiéndose directamente a él, como si esperara una respuesta diferente, pero igualmente firme.

Hiro, que había estado mirando las manos sobre la mesa, levantó la vista hacia Rhyner. Su rostro seguía siendo un reflejo de angustia, pero sus ojos mostraban algo más: determinación. Aunque el miedo y la incertidumbre seguían allí, había algo que se despertaba dentro de él, algo que lo empujaba a seguir adelante.

“Yo…” Hiro vaciló por un momento, buscando las palabras correctas. “Lo que vivimos… no se olvida. Pero sé que si me quedo atrás, si me rindo ahora, el sacrificio de mis compañeros no habrá valido la pena. Si esto es lo que se espera de nosotros, si necesitamos luchar, entonces lucharé. No puedo dejar que el miedo me controle. Pero necesito tiempo. Necesito encontrar un propósito en todo esto.”

Robert, al escuchar esas palabras, frunció ligeramente el ceño, pero no dijo nada. En cambio, Rhyner observó con más detenimiento a Hiro, como si estuviera evaluando más que sus palabras.

“Te daremos el tiempo que necesites, Hiro”, dijo Rhyner finalmente, su tono más suave. “No esperamos que todos estén listos de inmediato. Lo que importa es que estás dispuesto a seguir luchando. Y eso, en este mundo, es más que suficiente.”

“Pero no olvides”, agregó Robert con voz grave, “que el enemigo no espera. Nosotros sí podemos esperar, pero no sabemos cuánto tiempo tendremos antes de que el siguiente ataque llegue. Así que lo más importante ahora es que encuentres ese propósito lo más rápido posible. La guerra no tiene paciencia.”

Stiches asintió en silencio, mirando a ambos superiores con una expresión que ya no mostraba indecisión. Había una resolución en su mirada que Hiro comenzó a comprender. Era como si la experiencia de Stiches le hubiera enseñado a aceptar la guerra tal como es, sin adornos ni expectativas. “Hiro, este es el momento. Aquí no hay decisiones fáciles, pero si seguimos adelante, lo haremos juntos.”

Hiro, inspirado por las palabras de su compañero, asintió lentamente. “Sí, lo haremos juntos”, murmuró.

Rhyner y Robert se intercambiaron una mirada, satisfechos con las respuestas que habían recibido. Sin embargo, la tensión en el aire no desapareció por completo. Sabían que las siguientes horas serían cruciales, que la incertidumbre que aún pesaba sobre Hiro no se desvanecería de inmediato. Pero lo que sí sabían era que, al menos por el momento, tenían a dos soldados dispuestos a seguir adelante, a pesar de las cicatrices, a pesar del miedo.

“Bien”, dijo Rhyner, poniéndose de pie. “Entonces, se prepararán para la siguiente misión. Tendremos que abordar la situación del subterráneo con más cautela. No podemos permitirnos cometer más errores.”

Robert también se levantó, su expresión aún seria. “Nos reuniremos nuevamente en unas horas para planear la siguiente etapa. Espero que estén listos.”

Cuando los dos superiores se dirigieron hacia la puerta, Stiches se levantó y asintió en silencio. Hiro, aunque aún con dudas en su mente, se levantó también. Sabía que no tenía todas las respuestas, pero al menos había encontrado algo más importante: un propósito renovado, una razón para seguir luchando.

Mientras Rhyner y Robert salían de la sala, los pasillos del complejo militar estaban sumidos en un silencio denso, que reflejaba la gravedad de la situación. Las luces tenues parpadeaban, proyectando sombras largas sobre las paredes. Ambos se dirigieron hacia una zona más privada, donde podrían hablar sin que sus palabras fueran escuchadas por otros soldados. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, Rhyner se detuvo por un momento, como si estuviera recopilando sus pensamientos.

Finalmente, fue Rhyner quien rompió el silencio. “La situación está cada vez más fuera de control”, dijo, su voz grave. “Estamos perdiendo soldados, los suministros se están agotando más rápido de lo que esperábamos. El túnel subterráneo está mucho más complicado de lo que imaginamos, y no sabemos cuánto más podemos seguir luchando en ese frente.”

Robert, quien caminaba a su lado, se detuvo y sacó un cigarro de su bolsillo. Lo encendió con calma, dejando que el humo se elevara en espirales hacia el aire. No dijo nada de inmediato, pero la expresión de su rostro mostraba que estaba sopesando las palabras de su compañero. Sabía que la situación era crítica, y aunque su actitud relajada contrastaba con la tensión en el aire, comprendía perfectamente la gravedad de la situación.

Rhyner dio un paso adelante, su mirada fija en el suelo como si tratara de encontrar una respuesta que no estaba allí. “Si seguimos por este camino, Robert, tendríamos que evacuar a todos. Reubicarnos, buscar un nuevo refugio. No es lo que quería, pero… el costo de mantener este lugar seguro es demasiado alto. La gente… la gente está empezando a perder la fe. Y yo no puedo permitir que eso pase. No después de todo lo que hemos hecho para llegar hasta aquí.”

Robert inhaló una bocanada de humo y exhaló lentamente, sus ojos fijos en las llamas del cigarro. “Entiendo lo que dices, Rhyner. La situación es insostenible. Pero no sé si todos los superiores van a estar de acuerdo con evacuar. Nos han estado presionando para que mantengamos esta posición, y mover a toda la gente… eso sería un golpe para la moral de todos. No es solo un cambio físico, es un golpe psicológico también. La gente se siente atrapada aquí.”

Rhyner asintió lentamente, como si las palabras de Robert lo hicieran reflexionar aún más. “Lo sé, lo sé”, dijo con tono sombrío. “Pero si seguimos así, no vamos a tener ni hombres ni recursos para seguir. Los monstruos están golpeando las fronteras con una ferocidad que no habíamos anticipado. Si no tomamos una decisión ahora, lo que queda de este refugio se desmoronará. Y ya no se trata solo de las pérdidas en el campo de batalla. Se trata de lo que estamos sacrificando para mantenerlo en pie.”

Robert apagó el cigarro en el suelo, sus ojos fijos en Rhyner mientras hablaba. “No tienes que explicarme. Entiendo la presión que sientes, el peso de las decisiones. Pero también sé que las órdenes que recibimos no son fáciles de cambiar. Hay demasiados intereses involucrados. La política, los recursos, la logística… Todo eso juega en contra cuando se trata de mover una operación como esta.”

Hubo un largo silencio entre ambos. La tensión entre ellos era palpable. Rhyner parecía estar luchando con algo interno, como si una parte de él no estuviera listo para admitir que la situación había llegado tan lejos. “Si seguimos como hasta ahora, corremos el riesgo de perderlo todo. No solo la base. Puede que perdamos la guerra. Y no puedo permitirme ser responsable de eso”, dijo Rhyner, mirando a Robert con una sinceridad que no solía mostrar.

Robert, con un gesto lento, se cruzó de brazos. “Lo entiendo. Y tú no estás solo en esto. Pero la verdad es que tomar una decisión de evacuación no es algo que dependa solo de nosotros. Necesitamos el respaldo de los demás superiores. Si no están de acuerdo, estaremos atrapados en una lucha interna que solo empeorará las cosas.”

Rhyner asintió, su rostro lleno de tensión. “Lo sé. Por eso estoy preocupado. Si llegamos a ese punto, no estoy seguro de que todos estén dispuestos a hacer lo que sea necesario. Algunos de ellos son más… pragmáticos. Pero yo no puedo arriesgarme a ver más vidas sacrificadas por algo que, a estas alturas, no podemos salvar.”

Hubo otro silencio, más pesado que el anterior. Finalmente, Robert habló de nuevo, con un tono algo más suave. “Rhyner, entiendo tu preocupación por todos, pero también lo entiendo por… ella.”

Rhyner levantó la mirada de inmediato. Su rostro se suavizó por un breve momento al mencionar a su esposa, como si las palabras de Robert hubieran tocado un punto sensible. “No quiero perderla, Robert. No puedo. Lo que estamos haciendo, todo esto… es por ella. Porque si fallamos aquí, si no encontramos una salida, perderemos más que solo nuestras vidas. Perderemos la esperanza. Y no puedo permitir eso.”

Robert asintió lentamente, comprendiendo la carga emocional detrás de las palabras de Rhyner. Sabía que la motivación de Rhyner no solo era profesional, sino personal. “Sé lo que significa para ti”, dijo con tono grave, “pero también sé que, en este punto, no hay garantías de que cualquier decisión nos salve. Hacemos lo que podemos, con lo que tenemos. Y no todos los sacrificios se pueden evitar, Rhyner.”

Rhyner respiró profundamente, buscando algo de claridad en medio de la tormenta que se desataba en su mente. “Lo sé, Robert. Lo sé. Pero por ella… por todos los que aún están luchando, haré lo que sea necesario. Incluso si eso significa ir en contra de los demás superiores.”

Robert, aunque comprendía la determinación de Rhyner, sabía que la situación era mucho más compleja de lo que parecía. “No estamos en un lugar para tomar decisiones solitarias”, dijo finalmente, mirando a Rhyner con seriedad. “La guerra no es solo sobre ganar batallas, es sobre saber cuándo retirarse y cuándo avanzar. Si seguimos sin recursos y sin apoyo, evacuar puede ser la única opción.”

Rhyner no respondió de inmediato. El peso de sus palabras lo había dejado pensativo, aunque su mirada no se apartaba del frente. Sabía que la decisión que tomaran en las próximas horas definiría no solo el futuro de la base, sino el destino de todos los que quedaran atrás.

Con un suspiro pesado, Rhyner dio un paso hacia la puerta, su voz llena de determinación. “Nos reuniremos con los demás superiores. Lo que decidan, lo aceptaré. Pero si no estamos todos de acuerdo en evacuar, tendremos que hacer todo lo posible para mantener lo que queda. Por todos los que siguen luchando. Por ella.”

Robert asintió, su expresión grave mientras seguía a Rhyner hacia la salida. “Por todos”, murmuró.

La conversación terminó en ese punto, pero ambos sabían que lo que quedaba por venir no sería fácil. La incertidumbre seguía pesando sobre ellos, pero también había algo más: una determinación compartida. La guerra no tenía compasión, pero tampoco la tenían ellos para rendirse.

La noche había caído como un manto oscuro sobre la ciudad, y la tensión en la base aún rondaba la cabeza de Rhyner. Había pasado el día en interminables discusiones con los superiores, tratando de conseguir un consenso sobre la situación que parecía empeorar con cada hora que pasaba. La amenaza de los monstruos, la escasez de suministros, las pérdidas humanas… todo parecía estar cayendo sobre él, y la presión lo estaba consumiendo lentamente. Sin embargo, a pesar de la carga emocional y mental que llevaba sobre sus hombros, al final de la jornada, Rhyner pudo contar con un pequeño respiro.

Cuando llegó a casa, la puerta estaba ligeramente entreabierta. Sin decir una palabra, empujó la puerta con suavidad, y al instante, una figura apareció en el umbral. La luz cálida de la lámpara sobre la mesa iluminaba su rostro, revelando a una mujer de cabellera oscura y ojos llenos de dulzura, una mujer que siempre había sido su refugio en medio de la tormenta. Su nombre era Elena, su esposa, quien lo miraba con una sonrisa suave y acogedora.

“Amor, qué bien que llegaste”, dijo Elena, su voz un susurro cálido que parecía contrastar con el mundo de caos que Rhyner acababa de dejar atrás. “Te había preparado justo la cena”, agregó, con una sonrisa que irradiaba una serenidad que él tanto necesitaba en esos momentos.

Rhyner la observó, sintiendo cómo la tensión en su cuerpo comenzaba a desvanecerse lentamente. El peso de las decisiones difíciles y las conversaciones llenas de incertidumbre se desmoronaban momentáneamente frente a la calidez de su hogar y la presencia de su esposa. Sin decir nada, él asintió con una sonrisa cansada pero genuina.

“Gracias, Elena”, respondió, su tono suavizándose al verla. Aunque su mente estaba llena de preocupaciones, en ese instante, parecía que todo se detenía. La incertidumbre y el estrés de las discusiones de ese día desaparecían por completo cuando estaba con ella. Era una especie de refugio que le permitía olvidarse, aunque fuera por un rato, de la guerra, las pérdidas, y las decisiones que lo atormentaban.

Elena lo observó con una mezcla de cariño y preocupación. Había notado su agotamiento desde que él entró en la casa. Aunque él no lo decía, ella conocía bien el peso que cargaba Rhyner sobre sus hombros. Sabía lo que él enfrentaba cada día, las decisiones difíciles que tenía que tomar, las vidas que dependían de sus elecciones. Y, aún así, ella le sonreía, le ofrecía su amor incondicionalmente, sabiendo que, aunque él no pudiera dejar su carga completamente en la puerta, al menos podía encontrar algo de paz en su compañía.

“Te veo cansado”, dijo Elena, acercándose a él. “¿Quieres hablar de lo que sucedió hoy?”

Rhyner negó con la cabeza, pasando una mano por su rostro. “Hoy fue un día largo, Elena. Demasiado largo”, admitió, dejando escapar un suspiro pesado. “Las discusiones con los superiores no llevaron a nada… todo parece ir de mal en peor. Estamos perdiendo hombres, los suministros están agotándose, y la situación en el subterráneo… es más grave de lo que pensábamos.”

Elena escuchaba en silencio, su mirada fija en él, entendiendo sin necesidad de palabras lo que él estaba atravesando. Había aprendido a leer a su esposo con el paso de los años, a notar los pequeños detalles en su lenguaje corporal que indicaban lo que realmente sentía.

“No tienes que cargar con todo esto solo, Rhyner”, dijo con suavidad, colocando una mano sobre su hombro en un gesto reconfortante. “Sé que todo esto es difícil, pero recuerda que tienes un hogar. Tienes un lugar al que puedes regresar, un lugar donde puedes ser tú mismo, sin tener que ser el comandante. No necesitas darme explicaciones, solo… sé que siempre estaré aquí para ti.”

Rhyner la miró por un momento, tocado por sus palabras. La tensión en su cuerpo comenzó a ceder bajo el toque suave de su esposa. En su mente seguían rondando las decisiones difíciles, las dudas sobre si seguir luchando, si evacuar, si sacrificar más vidas por la causa, pero cuando la miraba a ella, algo en su interior se calmaba. Elena siempre había sido su roca, el ancla que lo mantenía firme incluso cuando todo a su alrededor parecía tambalear.

“Es difícil no sentirse atrapado, Elena”, dijo finalmente, su voz quebrada por la vulnerabilidad que rara vez mostraba. “El peso de las decisiones me está aplastando. No quiero perder a la gente que está luchando, pero tampoco sé cuánto más puedo soportar. Cada día siento que estamos más cerca de un punto de no retorno… y temo que no haya vuelta atrás.”

Elena lo abrazó entonces, rodeándolo con sus brazos de manera firme pero suave, como si tratara de transmitirle algo de la tranquilidad que él necesitaba. “Lo sé”, susurró, “sé que es difícil. Pero no tienes que ser el único en cargar con todo eso. Yo te apoyo, siempre. Y aunque las cosas estén oscuras, siempre habrá luz, incluso si parece pequeña. No dejes que el peso de todo lo que está pasando te haga olvidar que tienes algo por lo que seguir adelante.”

Rhyner cerró los ojos, respirando profundamente, dejándose envolver por el calor de su esposa. A veces, las palabras no eran necesarias. El abrazo, la presencia de Elena, era suficiente para darle un respiro, aunque fuera por unos momentos. En esa pequeña burbuja de paz, no tenía que ser el líder, no tenía que tomar decisiones que afectaran a tantas vidas. Solo era un hombre, un esposo, con la mujer que amaba a su lado.

Finalmente, se apartó ligeramente, mirando a Elena con una sonrisa débil pero sincera. “Gracias, amor. No sé qué haría sin ti.”

Elena le devolvió la sonrisa, sus ojos brillando con cariño y comprensión. “Lo sé, Rhyner. Y tú nunca tendrás que hacerlo.”

Ambos se dirigieron hacia la mesa, donde la cena ya estaba preparada. Aunque la incertidumbre seguía acechando a Rhyner, y el futuro era incierto, al menos en ese momento, con su esposa a su lado, podía encontrar algo de calma. Algo que le recordaba que, a pesar de todo lo que estaba en juego, aún había razones para seguir adelante.

Después de la cena, el ambiente en la casa de Rhyner y Elena era tranquilo, aunque la sombra de las preocupaciones del día aún flotaba en el aire. Ambos se sentaron en el comedor, relajados por un momento, después de haber compartido una comida sencilla pero reconfortante. Elena había preparado su plato favorito, y a pesar del peso de los eventos recientes, la calidez del hogar parecía hacer que la carga de la guerra se desvaneciera, aunque solo fuera por unas horas.

Rhyner, mientras tomaba un sorbo de agua, miraba a su esposa, pensativo. Ella había notado la distancia en su mirada, la preocupación que no terminaba de irse, pero también vio que el solo hecho de estar allí, juntos, parecía darle algo de paz. Elena, con una sonrisa suave, se levantó para recoger los platos, pero antes de hacerlo, se detuvo y miró a Rhyner con una expresión seria pero cálida.

“Rhyner”, comenzó, su voz suave, casi como si estuviera midiendo cada palabra. “Hay algo que quiero decirte, algo en lo que he estado pensando últimamente.”

Rhyner la miró, intrigado, y dejó su vaso de agua sobre la mesa, prestando atención a las palabras que ella iba a compartir. “¿Qué pasa, Elena?” preguntó, con tono suave, su curiosidad despertada.

Elena se quedó en silencio por un momento, como si estuviera buscando la manera correcta de expresar lo que tenía en mente. Finalmente, después de un suspiro, dejó de lado los platos y se acercó a él. Se agachó un poco para quedar a su altura, tomando sus manos entre las suyas.

“Si algún día las cosas mejoran”, dijo con suavidad, “si llegamos a encontrar un lugar más seguro, si logramos erradicar a los monstruos que nos acechan, quiero que sepas que hay algo que he estado imaginando… algo que siempre he deseado.”

Rhyner frunció el ceño levemente, no estaba seguro de lo que iba a escuchar, pero la seriedad en el rostro de Elena le decía que no era algo trivial. “¿Qué es, amor?”

Elena sonrió con ternura, una sonrisa cargada de esperanza. “Quiero tener un hijo, Rhyner”, dijo en voz baja, pero llena de determinación. “He estado pensando en esto mucho. En el futuro, en un lugar donde estemos a salvo… en un mundo donde podamos vivir sin miedo. Y he estado pensando en cómo llamarlo.”

Rhyner la miró en silencio por un momento, sus ojos se suavizaron. La idea de un hijo en medio de todo lo que estaban viviendo, en medio de la guerra, parecía una contradicción, pero al mismo tiempo, le llenó el corazón de una emoción que no podía describir. Un hijo representaría una nueva esperanza, algo por lo que valdría la pena seguir luchando.

“¿Un hijo?” repitió Rhyner, como si estuviera procesando la idea. “Es una idea hermosa, Elena, pero… ahora mismo estamos tan lejos de eso… con todo lo que está pasando, no sé… no sé si podemos pensar en eso.”

Elena apretó suavemente sus manos, como si quisiera transmitirle su seguridad, su confianza en el futuro. “Lo sé, Rhyner. No estamos allí todavía, y sé que la situación es incierta. Pero es algo que quiero para nosotros, para el futuro. Algo que me da fuerzas para seguir adelante. Y si algún día logramos encontrar ese refugio, ese lugar donde podamos vivir en paz, quiero que recordemos que en medio de todo esto, tenemos la oportunidad de crear algo hermoso.”

Rhyner, aunque preocupado por el futuro inmediato, no pudo evitar sentir un nudo en el estómago ante sus palabras. La idea de un hijo, de un futuro donde todo esto terminara, le dio una mezcla de esperanza y temor. A pesar de que la guerra y la incertidumbre seguían siendo lo más inmediato en sus vidas, la idea de crear una familia, de darle un futuro a una nueva vida, lo hizo pensar por un momento en lo que realmente estaba luchando.

“¿Tienes algún nombre en mente?” preguntó Rhyner, suavizando su expresión.

Elena asintió, sus ojos brillando con una mezcla de emoción y ternura. “Sí… siempre he pensado en un nombre. Si es un niño, quiero llamarlo Sakeichi.”

Rhyner la miró, sintiendo una oleada de calidez en su pecho al escuchar ese nombre. Era un nombre fuerte, lleno de carácter y significado, pero también tierno, como un susurro de esperanza en medio de todo lo que enfrentaban.

“Sakeichi”, repitió Rhyner en voz baja, probando el sonido. “Es un hermoso nombre. Significa algo para ti, ¿verdad?”

Elena sonrió, su rostro iluminado por una luz suave y serena. “Sí. ‘Sake’ significa ‘alivio’, ‘consuelo’ en japonés, y ‘ichi’ significa ‘uno’. Es como un recordatorio de que, incluso en los tiempos más oscuros, uno puede encontrar consuelo, esperanza, y comenzar algo nuevo. Sakeichi sería nuestro primer consuelo en este mundo roto, nuestro primer paso hacia un futuro mejor.”

Rhyner sintió una extraña paz invadirlo al escuchar las palabras de Elena. A pesar de todo lo que enfrentaban, a pesar de los monstruos que acechaban y de la guerra interminable, ella seguía creyendo en la posibilidad de un futuro mejor, en la posibilidad de algo hermoso, algo que pudiera perdurar más allá de la destrucción que los rodeaba.

“Me gusta mucho”, dijo Rhyner, con una sonrisa suave. “Sakeichi. Será un nombre digno para un futuro mejor.”

Elena, sintiendo la fuerza de sus palabras, se acercó y le dio un suave beso en la mejilla. “Lo sé, Rhyner. Lo sé.”

En ese momento, Rhyner pudo ver un futuro más allá de la oscuridad, un futuro donde, tal vez, la paz y la esperanza no fueran solo sueños lejanos, sino una realidad alcanzable. No sabía cuándo ni cómo llegaría ese momento, pero por primera vez en mucho tiempo, la idea de un hijo, de un futuro compartido con Elena, le dio una razón más para seguir luchando.

“Sakeichi”, pensó, como un susurro en su corazón. En medio de la tormenta, esa pequeña semilla de esperanza era lo que necesitaba para seguir adelante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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