The Big Bang Theory: Un Nuevo Leonard [Español] - Capítulo 10
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10: Capítulo 10 – Adios 10: Capítulo 10 – Adios Capítulo 10 – Adiós Leonard se despertó temprano, cuando la luz apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas del hotel.
El silencio de la habitación era profundo, interrumpido solo por el murmullo lejano de la ciudad que despertaba.
Sintió una presión cálida en el pecho.
Bajó la mirada y la vio: Joyce, desnuda, dormida sobre él, con el cabello desordenado extendido como un abanico sobre su piel.
Su respiración era tranquila, acompañada, y cada movimiento leve recordabale que la noche anterior había cambiado algo entre ellos.
Leonard permaneció quieto, sin querer romper el momento.
La sensación era extraña: mezcla de calma y vértigo, como si estuviera atrapado entre la intimidad recién descubierta y las preguntas que no podía formular.
Observó el rostro de Joyce, relajado, sin la intensidad inquisitiva que solía mostrar en sus conversaciones.
Dormida, parecía otra persona, más vulnerable, más cercana.
El tiempo se detuvo unos segundos.
Leonard pensó en lo improbable de la situación: una química brillante, un espía oculto bajo esa fachada, y él, un físico experimental que había aprendido a esquivar preguntas con humor.
Ahora no había bromas, no había evasivas.
Solo ella, descansando sobre él, como si el mundo entero se hubiera reducido a esa habitación.
— Leonard se incorporó apenas, sintiendo el peso de las sábanas y el calor de un cuerpo enredado a su lado.
Bajó la mirada: Joyce dormía, desnuda, envuelta en las telas como si fuera parte de ella, respirando con calma.
“Qué hermosa espía”, pensó Leonard, divertido.
“Mi vida ahora es irreal… pero eso lo hace emocionante”.
No se sintió atado.
Al contrario, la escena le resultaba ligera, casi cómica.
“Libre, sin presión” se dijo, y soltó una risa breve, contenida para no despertarla.
Era como observar un experimento extraño: él, el físico experimental, en un hotel con una mujer que jugaba a ser encantadora incluso dormida.
Joyce se movió, girando en la cama como si buscara algo en sueños.
Su mano lo sujetó con suavidad, sin abrir los ojos.
Leonard la miró con calma, inclinándose para besarle la espalda.
“Tengo que irme.” dijo Leonard en voz baja, casi un susurro.
Ella permaneció con los ojos cerrados, apenas esbozando una sonrisa que parecía más un gesto automático que una respuesta consciente.
Fría, pero encantadora incluso en ese estado.
Leonard se levantó despacio, jugando el papel de ingenuo enamorado.
El gesto parecía real, convincente, aunque sabía que era solo parte de la actuación.
Se vistió con calma, ajustando la camisa y el saco, sin prisa pero con decisión.
Antes de salir, la miró una última vez: enredada entre las sábanas, inmóvil, como si el mundo entero no existiera fuera de esa habitación.
Leonard irritante, tranquilo, analítico, divertido con la idea de que su vida se había convertido en algo tan improbable.
Abró la puerta y salió temprano, dejando atrás la habitación, la cama y Joyce.
— Punto de vista de Joyce Kim La puerta se cerró con un clic suave.
Apenas el sonido se apagó, Joyce abrió los ojos.
Permaneció quieta unos segundos, escuchando el silencio que dejaba la partida de Leo.
El aire aún estaba cargado del calor de la noche, y las sábanas enredadas alrededor de su cuerpo eran prueba de la intensidad que acababa de vivir.
Se giró lentamente, exhalando con cansancio.
Estoy agotada, pensé.
¿Cómo demonios un físico experimental pudo dejarme así?
Ella, entrenada para resistir, para controlar cada situación, se encontraba rendida, con el cuerpo pesado y la mente aún vibrando por lo ocurrido.
Sonrió apenas, una sonrisa fría pero encantadora.
Sabía que Leonard no era ingenuo, que detrás de sus bromas y su aparente torpeza había cálculo.
No es tonto, se dijo.
Pero eso no importa.
Confío en mi plan.
Su misión seguía intacta: acercarse, seducirlo, robar su investigación.
Y sin embargo, había algo que no podía negar: había disfrutado.
Más de lo que esperaba.
Magnífico amante, pensó, recordando la energía intensa, la fuerza inesperada en cada gesto.
No era solo su cuerpo —robusto, firme, sorprendente bajo la ropa formal—, era la manera en que se entregaba, como si cada movimiento fuera definitivo.
Joyce se acomodó entre las sábanas, cerrando los ojos por un instante.
Esto debía ser solo una misión, se recordó.
Pero dormir con él era diferente.
Extraño.
Inesperado.
Había sentido placer real, un disfrute que no solía permitirse.
Y eso la desconcertaba.
Leo es manejable, pensó, con frialdad.
Útil.
No dejaré que esto me distraiga.
Sin embargo, la pregunta seguía rondando en su mente: ¿cómo un físico experimental, alguien que pasa sus días entre espectros y ecuaciones, pudo agotarla tanto?
Ella, una agente entrenada, acostumbrada a controlar cada situación, había terminado de rendirse.
Se levantó despacio, caminando hacia la ventana.
La luz de la mañana iluminaba la habitación, revelando el desorden: ropa en el suelo, zapatos olvidados, la cama revuelta.
Todo era evidencia de la intensidad de la noche.
Joyce lo miró con calma, analizando cada detalle.
Debajo de esa fachada formal, Leo es un hombre con un físico envidiable, pensó.
Y eso lo hace aún más interesante.
Se recostó de nuevo, dejando que el cansancio la envolviera.
No había apego ni romanticismo en su mirada, solo cálculo.
Pero tampoco podía negar lo evidente: había disfrutado enormemente.
Y esa contradicción la divertía.
Magnífico amante, repitió en su mente, con una mezcla de frialdad y satisfacción.
Y aún así, solo una pieza más en mi misión.
—- Leonard abrió la puerta del departamento con calma.
El aire familiar lo recibió: el murmullo de la televisión encendida y el crujido de cereal en el sofá.
Sheldon estaba sentado erguido, con el control remoto en una mano y un recipiente en la otra.
La mirada fija en la pantalla, pero con la precisión de alguien que había estado esperando.
Sin girar del todo, Sheldon habló: “Calculé tu hora de llegada.
Mi estimación fue exacta.” Leonard dejó las llaves sobre la mesa y sonriente, cansado pero divertido.
“Estaba con alguien.” dijo Leonard, sin dar más detalles.
Sheldon asintió, como si la información encajara en un registro invisible.
“No pregunté.
Pero agradezco la información.
Actualizaré mis estadísticas.” Leonard soltó una risa breve y, en lugar de sentarse, caminó directo hacia el pasillo.
“Me voy a bañar y cambiar.” dijo Leonard, desapareciendo hacia su habitación.
Sheldon no insistió.
Volvió la atención al televisor y al cereal, como si nada hubiera ocurrido.
El departamento recuperó su rutina: Sheldon con sus cálculos y Leonard con su silencio, cada uno en su propio mundo.
— El tiempo se deslizó con rapidez.
En cuestión de semanas, Leo y Joyce habían tejido una rutina propia.
No era algo planeado, pero las citas se sucedieron con naturalidad: primero una salida al cine, luego un restaurante, más tarde un hotel discreto.
Cada encuentro tenía su propio ritmo, y juntos lograban que lo cotidiano se transformara en algo memorable.
No era un romance ingenuo ni un idilio improvisado.
Ambos sabían que jugaban papeles.
Joyce, la encantadora espía, calculaba cada movimiento.
Leo, el físico experimental, aparentaba ingenio, pero detrás de cada sonrisa había análisis.
Sin embargo, lo que los mantenía juntos no era la mentira, sino la química.
Una conexión inesperada que hacía que cada encuentro se sintiera inevitable.
— La primera salida fue al cine.
La película elegida era una comedia ligera, sin pretensiones, pero entre ellos la trama se volvió secundaria.
Joyce se inclinaba hacia Leo para hacer comentarios en voz baja, y él respondía con frases rápidas que arrancaban sonrisas.
En la penumbra de la sala, sus manos se rozaban de vez en cuando.
No era un gesto calculado, sino espontáneo, como si el contacto fuera más interesante que lo que ocurriría en la pantalla.
Joyce, acostumbrada a medir cada detalle, se sorprendió de lo natural que resultaba.
Al salir, camine por la calle iluminada.
Las luces de los anuncios, el murmullo de la gente, todo parecía lejano.
Lo importante era la conversación que mantenían, ligera y divertida.
Joyce lo miró con una sonrisa que no necesitaba disimulo.
“Lo curioso es que contigo hasta una película mala se siente entretenida.” Leo encogió los hombros, relajado.
“Tal vez porque no estamos viendo la película.
Estamos viéndonos a nosotros.” Ella río suavemente.
En ese instante entendió que lo sorprendente no era su físico ni su energía, sino la facilidad con la que se entendían.
— Un par de días después, se encontraron en un restaurante discreto.
La mesa estaba llena de platos sencillos y copas de vino.
Joyce lanzaba preguntas con un aire inquisitivo, y Leo respondía con humor, desviando lo suficiente para mantener la conversación ligera.
“Siempre esquivas las preguntas serias.” dijo Joyce, mirándolo fijamente.
Leo sonrió, relajado.
“Solo cuando las preguntas son demasiado serias para una cena.” La respuesta la hizo reír, y la tensión se disipó.
Entre risas y comentarios, el ambiente se volvió íntimo.
No necesitaban grandes confesiones; bastaba con el intercambio ágil de palabras para que la cena se sintiera especial.
Los meseros pasaban, las luces cálidas envolvían la sala, y ellos parecían ajenos a todo, concentrados únicamente en su propio juego.
Joyce se inclinaba hacia él, Leo respondía con frases que parecían improvisadas pero que siempre encajaban.
La conversación fluía como si llevaran años conociéndose.
— Las noches en hoteles se convirtieron en el terreno más intenso de su relación.
Habitaciones cálidas, luces tenues y un silencio que pronto se rompía con risas y murmullos.
Joyce, acostumbrada a controlar cada situación, terminaba agotada después de estar con Leo.
Cada encuentro era distinto, pero siempre igual de intenso.
La sincronía entre ellos hacía que todo fluyera sin esfuerzo.
Las sábanas quedaban enredadas, la ropa olvidada en el suelo, y la madrugada los sorprendía entrelazados, exhaustos.
Joyce se descubría extasiada, rendida, como si hubiera cruzado un límite que no esperaba.
Lo que la desconcertaba no era la fuerza de Leo, sino la manera en que lograban entenderse tan bien.
Cada gesto parecía anticipar al otro, cada movimiento encajaba como si hubieran ensayado.
Joyce, entrenada para resistir y controlar, se encontró rendida después de cada encuentro.
No era la fuerza de Leo lo que la desconcertaba, sino la manera en que lograban sincronizarse.
Cada movimiento parecía anticipar al otro, cada gesto encajaba como si hubieran ensayado.
La química era tan evidente que convertía cada noche en un torbellino.
Las sábanas quedaban enredadas, la ropa olvidada en el suelo, y la madrugada los sorprendía exhaustos.
Joyce, que solía dormir ligera y alerta, se descubría cayendo en un sueño profundo, como si su cuerpo no pudiera más.
Leo, tranquilo, la abrazaba con una calma que parecía infinita.
— Los días no eran menos intensos.
Paseaban por la ciudad sin prisa, deteniéndose en escaparates, comentando trivialidades, compartiendo risas.
En esquinas oscuras, se besaban sin preocuparse por la gente alrededor.
Una tarde, se sentaron en un banco del parque, observando a las parejas que pasaban.
El aire fresco, las luces de la ciudad y el murmullo de la gente se convertían en el telón de fondo de su propia historia.
No necesitaban hablar demasiado; bastaba con estar juntos para que todo pareciera tener sentido.
En otra ocasión, camine por un puente iluminado.
Joyce se detuvo a mirar el reflejo de las luces en el agua, y Leo se acercó, rozando su mano con la suya.
Fue un gesto sencillo, pero cargado de complicidad.
Ella lo miró, y sin necesidad de palabras, ambos entendieron que la química entre ellos era innegable.
— Una noche, la espontaneidad los llevó más allá.
Entre risas y miradas cómplices, terminaron escondidos en un arbusto del parque.
Fue breve, intenso, absurdo, pero también divertido.
La adrenalina del momento, el riesgo de ser descubiertos, convirtió aquella escena en una de las más memorables de la semana.
Joyce, que siempre calculaba cada paso, se dejó llevar por la risa.
Leo, parecía relajado, disfrutar de la improvisación.
El contraste entre ellos hacía que todo fuera más emocionante.
Al salir, aún riendo, caminan de la mano por el sendero oscuro, como si nada pudiera romper la burbuja que habían creado.
— No todo eran hoteles o locuras nocturnas.
Hubo también momentos sencillos: desayunos compartidos en cafeterías pequeñas, conversaciones en librerías, caminatas bajo la lluvia.
Cada escena, por más cotidiana que fuera, se transformaba en algo especial gracias a la química que los unía.
En una ocasión, se refugiaron en una tienda para escapar de un aguacero.
Joyce, con el cabello mojado y la ropa pegada a la piel, lo miró con una mezcla de cansancio y diversión.
Leo, sin perder la calma, le ofreció su saco.
Ella lo aceptó, y en ese gesto simple se reveló la complicidad que los mantenía juntos.
— El comedor estaba lleno de estudiantes, el murmullo de conversaciones mezclado con el ruido de charolas y cubiertos.
Leonard se sentó con su bandeja, un sándwich y café, mientras Sheldon ya estaba alojado con su cereal en caja, Howard con una hamburguesa grasa y Raj con su ensalada.
“¡Leonard, ya los vieron juntos demasiadas veces!
¿Qué pasa con Joyce Kim?” dijo Howard, con una sonrisa traviesa.
“Nos llevamos bien, ya.” dijo Leo, levantando la vista y finciendo indiferencia.
“Vamos, hombre.
No me digas que no hay más.
¿Detalles?
¿Consejos?
Enséñame a ligar como tú.” dijo Howard, inclinándose hacia él con picardía.
“Después, Howard.
Ahora estoy comiendo”.
dijo Leo, soltando una risa breve y sacudiendo la cabeza.
“¡Eso es lo que quiero!
El método Hofstadter para conquistar mujeres hermosas.” dijo Howard, haciendo un gesto exagerado de engaño pero sin dejar de sonreír.
“Las relaciones solo les quitan tiempo.
Mientras ustedes pierden horas en cenas y paseos, yo avanzo en mi investigación.” dijo Sheldon, sin levantar la vista de su cereal.
“Claro, Sheldon, porque nada dice ‘vida plena’ como desayunar cereal solo y calcular horarios de llegada”.
dijo Howard, rodando los ojos.
“Yo…
yo creo que Joyce es muy bonita”.
dijo Raj, murmurando apenas audible mientras miraba su ensalada.
“Raj, tú ni siquiera puedes hablar con mujeres sin alcohol.” dijo Howard, mirándolo con burla amistosa.
“Bueno…
pero puedo pensarlo.” dijo Raj, encogiéndose de hombros y bajando la mirada.
Leonard sonoro, divertido por la dinámica.
No dio más detalles, no explicó nada.
Se limitó a morder su sándwich y dejar que la conversación siguiera su curso.
Howard insistía con bromas, Sheldon criticaba las relaciones, Raj se perdía en sus inseguridades.
Era la rutina de siempre, solo que ahora con Joyce como tema central.
— La puerta de la cafetería se abrió y Joyce entró.
Caminaba segura, con una sonrisa amable que parecía iluminar la sala.
Su presencia captó la atención de inmediata; Se notaba que controlaba la escena social con naturalidad.
Se acercó a la mesa, saludando con un gesto ligero.
“Leonard, ¿quieres que comamos algo en privado?” dijo Joyce, mirándolo directamente.
Los chicos se lanzaron miradas cómicas entre sí, como si compartieran un chiste silencioso.
Howard levantó las cejas con envidia, Raj abrió los ojos y se quedó mudo, y Sheldon apenas giró la cabeza.
“No olvides que tu me llevas a casa.” dijo Sheldon, con total seriedad, como si fuera lo único relevante en la conversación.
Leonard irritante, atrapado entre la invitación de Joyce y las reacciones de sus amigos.
— El sol de la tarde entraba por los ventanales del pasillo.
Leonard caminaba detrás de Joyce, aún con la bandeja de comida que ella había insistido en llevar.
No era un gesto casual: Joyce había propuesto comer juntos en privado, y el laboratorio se convirtió en el lugar perfecto.
Al abrir la puerta, Leonard dejó que ella entrara primero.
El laboratorio estaba iluminado por la luz blanca de los monitores, pero esa tarde no había experimentos ni cálculos.
Las mesas llenas de cables y papeles se transformaban en un comedor improvisado.
“Así que este es tu reino”, dijo Joyce, con una sonrisa ligera mientras dejaba la comida sobre la mesa.
“Más bien es donde paso demasiadas horas”, dijo Leonard, acomodándose las lentes.
Joyce se sentó con naturalidad, desplegando los recipientes.
Había elegido platos sencillos, pero el gesto era lo importante: comer juntos, lejos de las miradas curiosas de la cafetería.
“Me gusta más así”, dijo Joyce, probando un bocado.
“Sin ruido, sin gente alrededor.” Leonard sonoro, tomando su vaso.
“Es cierto.
Aquí nadie interrumpe.” dijo Leonardo.
La conversación fluyó ligera.
Entre bocados y comentarios, el ambiente se volvió íntimo.
No había pizarras ni fórmulas que interrumpieran, solo la sensación de estar compartiendo un momento privado en un lugar que normalmente era frío y técnico.
— Joyce se inclinó hacia él, apoyando el codo en la mesa.
“¿Siempre trabajas hasta tan tarde?” dijo Joyce, con voz suave.
“Cuando hay algo que vale la pena, sí.” dijo Leonard, mientras bebía un sorbo de su refresco.
Ella lo miró fijamente, y por un instante el laboratorio dejó de ser un espacio de trabajo.
La luz de la tarde entraba por la ventana, iluminando sus rostros, y el silencio se cargaba de algo más que comida compartida.
Joyce rozó su mano con la suya, un gesto mínimo pero cargado de intención.
“Tal vez deberías distraerte un poco.” dijo Joyce.
Leonard sonrojándose, como si hubiera estado esperando esa frase.
“Tal vez.” dijo Leonard.
—- Joyce se inclinó hacia Leonard y lo besó.
El gesto fue natural, inevitable.
Leonard respondió sin dudar, tranquilo, pero con firmeza.
El beso se prolongó.
Sus labios se buscaban una y otra vez, más intensos cada vez.
Las risas cortas rompían el silencio del laboratorio.
Joyce lo empujó suavemente contra la mesa, y Leonard se dejó llevar.
Las manos empezaron a recorrer hombros, brazos, rostros.
Caricias rápidas, otras más lentas.
La ropa comenzó a caer sin esfuerzo: primero la chaqueta, luego la camisa que se abrió botón por botón, un zapato olvidado junto a la mesa.
Cada prenda quedó en el suelo como parte del escenario.
El laboratorio estaba iluminado por la luz dorada de la tarde que entraba por los ventanales y el brillo frío de los monitores.
El contraste hacía que cada movimiento resaltara: la sombra de Joyce inclinada sobre Leonard, el reflejo de sus gestos en la pantalla.
Las respiraciones se aceleraban.
El roce de la ropa contra el suelo, el sonido de las sillas moviéndose, los murmullos entre ellos llenaban el espacio.
No había palabras largas, solo frases cortas, apenas audibles, que acompañaban la energía del momento.
Joyce lo miraba de cerca, con intensidad.
Leonard mantenía la calma, pero sus manos respondían con seguridad.
La cercanía se volvió absoluta.
El laboratorio, con cables y pizarras alrededor, se transformó en un lugar íntimo.
Lo que normalmente era frío y técnico ahora estaba lleno de calor, de movimiento, de atracción evidente.
La ropa en el suelo, las miradas sostenidas y las respiraciones entrecortadas marcaron lo que estaba ocurriendo.
No hacía falta decirlo: habían cruzado el límite.
— Leonard reconoció su ropa con calma.
La camisa estaba en el respaldo de una silla, los zapatos junto a la mesa, la chaqueta en el suelo.
Se vestía sin prisa, abrochando cada botón como si nada lo apurara.
Joyce, aún cerca de la mesa, lo observaba en silencio.
Su mirada era tranquila, pero sus manos se movieron con discreción.
Del bolso sacó una pequeña memoria USB, común, sin detalles llamativos.
La sostuvo unos segundos, esperando el momento oportuno.
Leonard estaba de espaldas, ajustando su camisa.
Joyce aprovechó.
Se inclinó hacia la computadora, conectó el USB en el puerto y abrió la carpeta que había dejado accesible.
La pantalla mostró la transferencia inmediata.
Los archivos comenzaron a copiarse uno tras otro.
Joyce miraba fijamente el monitor, asegurándose de que todo quedaría guardado.
Para ella, esos datos eran auténticos, información sensible que debía obtener.
Nadie sospechaba que eran falsos.
El clic del dispositivo, el zumbido breve del sistema, llenaron el silencio.
Leonard lo oyó.
Quizás lo notó.
Pero no reaccionó.
Continuó vistiéndose, ajustando sus lentes, recogiendo los papeles de la mesa.
Joyce retiró el USB con la misma discreción con la que la había conectado.
La guardó en su bolso, sin alterar su expresión.
El archivo estaba copiado.
La trampa había funcionado… o al menos eso creía.
Leonard se giró lentamente, mirándola con calma.
No dijo nada.
Solo molestando.
— El aire de la tarde era distinto fuera del laboratorio.
Joyce caminaba junto a Leonard, pero su paso era más rápido, más decidido.
Había cumplido su “misión” y ahora necesitaba cerrar el capítulo.
Se detuvo en medio del pasillo, giró hacia él y lo miró con una sonrisa que parecía sincera, aunque escondía distancia.
“Leonard…
tengo que irme.” Él la observó, tranquila, sin mostrar sorpresa.
“¿Irte?” -preguntó con voz serena.
Joyce bajó la mirada un instante, como si buscara la mejor forma de decirlo.
“Me asignaron un proyecto en otra ciudad”.
Hizo una pausa, y añadió con un tono más personal: “Necesito enfocarme en mi carrera… y, la verdad, no estoy lista para algo serio.” Las palabras flotaron en el aire.
Leonard las escuchó sin drama, sin reproches.
Solo ascendiendo, como si hubiera esperado algo parecido.
“Lo entiendo”, dijo Leonard, con calma.
Joyce dio un paso hacia él.
El silencio se volvió intenso.
Lo besó con fuerza, un beso largo, profundo, cargado de todo lo que no se iba a decir.
Leonard correspondió, sin prisa, como si quisiera guardar ese instante en la memoria.
Cuando se separaron, Joyce no dijo nada más.
Se giró y comenzó a caminar.
Su figura se alejaba con decisión, sin mirar atrás.
Leonard la siguió con la mirada unos segundos.
No había tristeza en su rostro, ni dramatismo.
Ajustó sus lentes, respiró hondo y, antes de girar hacia otra dirección, sonriendo.
Era una sonrisa breve, llena de diversión.
— El motor del auto sonaba constante mientras Leonard conducía de regreso al departamento.
La ciudad se iluminaba poco a poco, y Sheldon, en el asiento del copiloto, miraba por la ventana con gesto pensativo.
No tardó en romper el silencio.
“¿Y Joyce?” preguntó, director.
Leonard mantuvo la vista en el camino.
“Se fue.” respondió con calma.
Sheldon giró hacia él, frunciendo el ceño.
“Sabes que quería robarte tu trabajo, ¿verdad?” Leonard soltó una risa breve.
“Sí.
Era una espía norcoreana”.
Sheldon parpadeó varias veces, procesando la frase.
“¿Cuándo lo supiste?” Leonard ajustó sus lentes, sin perder la serenidad.
“Desde que la conocí.” Sheldon lo miró con atención, y esta vez fue más incisivo.
“Entonces dime… ¿por qué saliste con ella?” Leonard sonrió, divertido.
“Bazinga.” Sheldon lo observó con desaprobación.
“Eso no se aplica aquí.” Leonard se río solo, disfrutando del momento.
El auto avanzó unos metros más en silencio, hasta que Sheldon volvió a hablar.
“Yo lo noté cuando mostró un interés excesivo en tus investigaciones.
Nadie normal pregunta tanto por tus cálculos.” Leonard asintió, aún sonriendo.
“Exacto.
Por eso preparé la computadora.
Dejé una carpeta accesible, llena de datos falsos, ligeros, diseñada para parecer auténticos.
Ella creyó que había conseguido algo valioso.
En realidad, copió lo que yo quería que copiara”.
Sheldon lo miraba con atención, procesando cada palabra.
“Entonces… ¿todo fue un engaño?” Leonard sonoro, esta vez con más amplitud.
“Sí.
Ella pensó que me estaba manipulando, pero en realidad yo la estaba guiando”.
Sheldon se acomodó en el asiento, cruzando los brazos.
“Eso es… sorprendentemente astuto para ti”.
Leonard soltó otra risa breve.
“Hay que divertirse en la vida, Sheldon, aunque no lo entiendas”.
Sheldon lo miró con gesto serio, incapaz de captar la ligereza.
Leonard, en cambio, siguió conduciendo con calma, disfrutando de la ironía de la situación.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Charly8Villan Perdon por el retraso, mi trabajo real no me dejo tiempo entre otras cosas, adios Joyce Kim, no quise alargar demasiado la relacion porque no seria de importancia proximamente.
De igual manera, llegando al canon, las cosas seran mas rapidas y de mejor calidad.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com