The Big Bang Theory: Un Nuevo Leonard [Español] - Capítulo 11
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11: Capítulo 11-Conociendo a Kenichi 11: Capítulo 11-Conociendo a Kenichi Capítulo 11-Conociendo a Kenichi Era sábado, fin de semana.
Leonard abrió los ojos lentamente, dejando que la luz del sol se filtraba por las persianas lo despertara por completo.
Se estiró en la cama, soltando un suspiro largo.
“Qué bien dormí”, murmuró, con voz ronca, mientras se frotaba los ojos.
Se quedó unos segundos mirando el techo, disfrutando del silencio del departamento.
No había alarmas de laboratorio, ni llamadas de Sheldon, ni pendientes urgentes.
Solo un sábado tranquilo.
Se levantó despacio, caminó hasta el armario y sacó unos pantalones cortos deportivos.
Se los puso frente al espejo, girando un poco para mirarse de lado.
“¿Cómo me lucen estos cortos?”, preguntó en voz baja, como si alguien pudiera responderle.
Se encogió de hombros y sonriendo.
“Bueno, suficiente para un sábado.” Eligió una camiseta gris y unos tenis cómodos.
Mientras se ponía la chaqueta ligera, volvió a hablarse: “Hoy no hay trabajo, ni Sheldon, ni laboratorio.
Perfecto.” En la cocina, sirva un vaso de agua.
Bebio de un solo trago y dejo el vaso en el fregadero.
“Con esto basta.
No necesito más.” Tomó las llaves del auto y salió del departamento.
El aire fresco de la mañana lo recibió en la calle.
El vecindario estaba tranquilo: algunos vecinos pasaban a sus perros, un par de ciclistas pasaban por la avenida, y los cafés comenzaban a abrir.
Leonard caminó hasta su auto, lo subió y se acomodó en el asiento.
Subió el estéreo.
La música llenó el interior del vehículo: Green Day — Boulevard of Broken Dreams.
Leonard subió un poco el volumen y comenzó a cantar, siguiendo la letra completa, sin pausas ni comentarios.
Su voz se mezclaba con la de Billie Joe Armstrong, y por unos minutos el coche se convirtió en escenario privado.
Cantó cada verso, cada estribillo, golpeando suavemente el volante con los dedos al ritmo de la guitarra.
“Camino por un camino solitario El único que he conocido No sé a dónde va Pero es mi hogar y camino solo…” Golpeaba el volante con los dedos, siguiendo el ritmo.
“Camino por esta calle vacía En el bulevar de los sueños rotos Donde la ciudad duerme Y yo soy el único y camino solo…” Su voz se elevaba en el estribillo, casi gritando, disfrutando de la energía.
“Mi sombra es la única que camina a mi lado.
Mi corazón superficial es lo único que late.
A veces deseo que alguien allá afuera me encuentre.
Hasta entonces camino solo…” Leonard cerró los ojos un instante, dejándose llevar por la música, y luego volvió a mirar el camino.
“Ah-ah, ah-ah, ah-ah, ah-ah Ajá, ajá, ajá, ajá…” El coche vibraba con la canción, y Leonard cantaba con fuerza, sin preocuparse por cómo sonaba.
“Estoy caminando por la línea Eso me divide en algún lugar de mi mente.
En la frontera Del borde y donde camino solo…” El estribillo regresó y Leonard lo cantó con más energía, golpeando el volante como si fuera una batería.
“Mi sombra es la única que camina a mi lado.
Mi corazón superficial es lo único que late.
A veces deseo que alguien allá afuera me encuentre.
Hasta entonces camino solo…” La canción fue llegando a su cierre, y Leonard bajó la voz, cantando las últimas líneas con calma.
“Camino solo, camino solo…
Camino solo, camino un…” El último estribillo resonó en el auto, y Leonard lo acompañó hasta el final.
“Mi sombra es la única que camina a mi lado.
Mi corazón superficial es lo único que late.
A veces deseo que alguien allá afuera me encuentre.
Hasta entonces camino solo…” Cuando terminó la canción, Leonard bajó la voz y dejó que el silencio llenara el auto.
Se río para sí mismo.
“Bueno, Leo, al menos cantas mejor que Sheldon.
Esto es mejor que discutir física cuántica a las ocho de la mañana”.
El trayecto hacia Pasadena fue relajado.
El tráfico era mínimo, y Leonard disfrutaba de la sensación de manejar sin prisas.
La ciudad se despertaba lentamente: los ciclistas pasaban por las avenidas, los semáforos cambiaban con calma, y los primeros rayos de sol iluminaban los edificios.
El paisaje cambiaba a medida que avanzaba.
Las calles del centro quedaron atrás, y poco a poco aparecieron edificios más bajos, tiendas locales y casas con jardines cuidados.
Leonard miraba a través del parabrisas, disfrutando de la calma.
Después de unos veinte minutos, llegó a su destino.
El letrero lo confirmó: “Dojo Shirahama– Artes Marciales “.
El edificio era sobrio, con fachada sencilla y puertas de madera.
No había luces llamativas ni carteles modernos, solo un lugar que parecía dedicado a la disciplina y la práctica.
Leonard estacionó el auto, apagó el motor y respiró hondo.
“Bueno, aquí estamos.
Gimnasio de artes marciales…se dijo, sonriendo.
Se bajó del coche y caminó hacia la entrada.
—– Leonard entró al gimnasio con paso seguro, aunque con la curiosidad de quién pisa terreno nuevo.
El lugar estaba lleno de energía: golpes contra sacos, voces que daban instrucciones, respiraciones fuertes.
El olor a sudor y tatami recién limpiado lo envolvió.
Un hombre alto, de tez sólida y mirada firme, se acercó.
Vestía un gi blanco impecable y un cinturón negro que hablaba por sí solo.
“Bienvenido.
Soy Kenichi Shirahama.
¿Primera vez aquí?” Leonard ascendió y extendió la mano.
“Sí.
Me llamo Leonard…
aunque prefiero que me digan Leo.” Kenichi estrechó su mano y lo miró de arriba abajo.
Se notaba que estaba evaluando cada detalle.
El físico de Leo era sorprendente: hombros anchos, brazos marcados, buena postura.
No parecía un principiante débil, más bien alguien con condición y fuerza, pero sin la técnica pulida de un artista marcial.
“Ya veo”, dijo Kenichi con una ligera sonrisa.
“Tienes buena base física.
Se nota que entrenas, aunque no en artes marciales.
¿Qué buscas aquí?” Leo se encogió de hombros, relajado.
“Quiero aprender a pelear.
La fuerza ya la tengo, pero me falta saber cómo usarla.
No me interesa competir, ni trofeos.
Solo quiero técnica, quiero potencia real.” Kenichi ascendió, divertido por la franqueza.
“Eso es interesante.
La mayoría llega buscando salud o medallas.
Tú ya tienes condición, lo que te falta es dirección.
Me intriga ver hasta dónde puedes llegar.” Leo sonrió.
“Pues aquí estoy.
Si me enseñas, prometo darlo todo.
Y si al final me veo más impresionante, tampoco me quejo”.
Kenichi soltó una risa breve.
“Eso viene solo.
Lo importante es que aprendas a mover tu cuerpo con precisión.
La fuerza sin técnica es como tener un coche potente sin saber manejarlo”.
Leo levantó las cejas.
“Entonces enséñeme a conducir.” Kenichi lo miró con seriedad, pero con un brillo curioso en los ojos.
“Muy bien, Leo.
Vamos a probar qué tan lejos puedes llegar.
Tienes la condición, tienes la fuerza.
Ahora quiero ver cómo responde cuando empieces a aprender de verdad”.
—— Leo se paró en el centro del tatami.
Su camiseta gris marcaba unos hombros anchos, brazos definidos y un torso sólido.
Parecía un atleta de élite, alguien que había pasado años entrenando…
aunque en realidad nunca había pisado un dojo.
Su físico imponía, pero sus movimientos todavía eran torpes, sin técnica.
Kenichi lo miró con atención, cruzando los brazos.
“Interesante.
Tienes cuerpo de peleador, pero los ojos de alguien que nunca ha peleado.
Vamos a probarte”.
Leo sonoro, levantando el pulgar.
“Listo.
Aunque si me haces quedar como un novato, recuerda que al menos me veo impresionante.” Kenichi soltó una risa breve.
“Cinco pruebas.
Fuerza, velocidad, reacción, aguante…
y una última sorpresa.
Quiero ver qué tan lejos puede llegar alguien con tu físico.” ––– Primera prueba: Fuerza Kenichi señaló un saco pesado.
“Golpéalo como si quisieras romperlo.” Leo lanzó un puñetazo y el saco se balanceó con violencia, el gancho metálico chirrió.
Luego una patada que hizo que varios alumnos se giraran a mirar.
Kenichi arqueó las cejas.
“Eso es potencia pura.
Si supieras técnica, ese saco estaría en el suelo.” Leo sacudió las manos, satisfecho.
“Bueno, al menos impresioné a la audiencia”.
––– Segunda prueba: Velocidad Kenichi levantó un cronómetro.
“Diez golpes seguidos, lo más rápido que puedas.” Leo se lanzó con una ráfaga de puños.
Su físico respondía como una máquina bien aceitada: músculos tensos, golpes explosivos.
El saco se movía frenético.
Kenichi miró el tiempo.
“Muy rápido.
Tus brazos son como pistones.
Falta precisión, pero la velocidad está ahí.” Leo jadeó, sonriendo.
“Y yo que pensaba que solo era rápido para abrir bolsas de papitas.” ––– Tercera prueba: Reacción Kenichi tomó un palo acolchado.
“Voy a lanzarte golpes.
Solo esquiva.
Quiero ver tus reflejos.” Leo levantó las manos, nervioso.
“¿Y si me pegas?” Kenichi sonrió.
“Entonces aprenderás.” El primer golpe pasó rozando su hombro, Leo se movió a tiempo.
El segundo lo esquivó con un giro torpe, pero efectivo.
El tercero lo evitó con un salto hacia atrás que arrancó risas de los alumnos.
Kenichi bajó el palo.
“Tienes reflejos naturales.
Tu cuerpo responde, aunque tu mente aún duda.
Eso se corrige.” Leo levantó las manos.
“Lo importante es que sigo guapo.” ––– Cuarta prueba: Aguante Kenichi lo mandó a hacer una rutina más exigente que simples vueltas al tatami.
“Quiero ver cuántas aguantas de verdad.
Vas a hacer un circuito: veinte flexiones explosivas, treinta sentadillas profundas, diez burpees, y luego correr diez minutos sin parar.
Todo seguido, sin descanso”.
Leo arrancó con fuerza.
Las flexiones parecían fáciles al principio, su cuerpo respondía como una máquina.
Las sentadillas las hicieron con potencia, bajando hasta el fondo y subiendo con velocidad.
Los burpees lo hicieron sudar, pero no perdió el ritmo.
Cuando comencé a correr, parecía que podía seguir horas: pasos largos, respiración controlada, músculos tensos pero firmes.
Al décimo minuto, seguía corriendo con la misma intensidad.
Los alumnos que miraban se sorprendieron; no era común ver a alguien mantener ese nivel sin entrenamiento marcial previo.
Kenichi lo observaba con atención, con una sonrisa apenas visible.
“Impresionante.
Tu cuerpo aguanta más de lo que esperaba.
No es solo fuerza, es resistencia real.” Leo terminó el circuito y se dejó caer sentado, jadeando pero todavía con energía en la mirada.
“Diez minutos…
sentí que fueron veinte.
Pero mírame, todavía sonrío.
Aunque si me pides repetirlo, ahí sí me desmayo.” Kenichi río.
“Eso es lo que quiero ver.
No solo músculo, también aguante.
Con técnica, esto puede convertirse en algo serio.” ––– Quinta prueba: Equilibrio y control Kenichi colocó un cojín en el tatami.
“Última prueba.
Quiero que te pares en un pie sobre esto y mantienes la guardia.
Si pierdes el equilibrio, vuelves a empezar.” Leo levantó una ceja.
“¿Esto es entrenamiento o circo?” Kenichi lo miró serio.
“Equilibrio es todo.
Vamos.” Leo subió al cojín, levantó un pie y puso los puños en guardia.
Al principio tambaleó, pero luego se estabilizó.
Su físico parecía hecho para sostenerse.
Aguantó más de un minuto antes de bajar.
Kenichi asintió, satisfecho.
“Tienes fuerza, velocidad, reflejos, resistencia y equilibrio.
Tu cuerpo es impresionante, pero aún no sabes usarlo.
Eso me intriga.
Quiero ver hasta dónde puedo llevarte.” Leo irritante, todavía sudando.
“Pues aquí estoy.
Con físico de superhéroe y técnica de principiante.
Enséñeme a pelear.” Kenichi le dio una palmada en el hombro.
“Eso haré.
Y créeme, va a ser interesante.” — Kenichi terminó de observar a Leo tras las cinco pruebas.
El sudor le corría por la frente, pero su respiración seguía firme.
El físico estaba ahí: hombros anchos, brazos sólidos, piernas potentes.
Lo que faltaba era dirección.
“Muy bien, Leo”, dijo Kenichi con voz firme.
“No vamos a esperar.
Empezamos ahora mismo con Muay Thai.
Quiero ver cómo usas esa fuerza en combate real.” Leo se levantó, todavía jadeando, y ascendiendo.
“Vamos.” ––– Kenichi lo puso a saltar cuerda durante quince minutos.
Al principio Leo mantenía un ritmo constante, pero pronto el sudor le empapaba la camiseta.
La cuerda golpeaba el suelo con cadencia, y cada salto mostraba la potencia de sus piernas.
“Más rápido”, ordenó Kenichi.
Leo aceleró, los saltos se volvieron más cortos y explosivos.
El sonido de la cuerda era un latido constante en el tatami.
Cuando terminó, respiraba fuerte, pero no se doblaba.
“Buen control”, comentó Kenichi.
“Tus piernas responden bien.
Ahora vamos con movilidad.” Lo hizo desplazarse en círculos, cambiando de dirección, siempre en guardia.
Leo se movía con potencia, aunque aún rígido.
––– Kenichi se colocó frente a él.
“Pierna izquierda adelante, derecha atrás.
Brazos arriba, codos cerca del cuerpo.
La barbilla baja.
Esta es tu base.” Leo adoptó la postura.
Su cuerpo parecía hecho para sostenerla, aunque al principio se notaba la falta de costumbre.
“Más relajado”, corrigió Kenichi.
“No es estatua.
Debes estar listo para moverte.” Leo ajustó la posición, flexionando las rodillas.
“Así es mejor”, dijo Kenichi.
“Mantén esa guardia.
Vamos a trabajar golpes básicos.” ––– Kenichi levantó los guantes.
“Jab rápido con la mano adelantada.
Cross fuerte con la mano de atrás.
Uno-dos.” Leo lanzó el primer jab, potente pero demasiado pesado.
La cruz, en cambio, sonó sólida contra los guantes.
“Potencia tienes”, dijo Kenichi.
“El jab no es martillo, es aguijón.
Hazlo rápido.” Leo repitió, más ligero.
El movimiento empezó a fluir.
“Ahora combina.
Quiero cien repeticiones.” Leo trabajó durante varios minutos, golpe tras golpe, sudando cada vez más.
Su físico le permitía mantener la potencia, pero la precisión aún era irregular.
––– Kenichi lo llevó al saco.
“Muay Thai vive de las piernas.
Patada circular.
Usa la cadera.” Leo lanzó la primera patada, brutal, el saco se balanceó con violencia.
“Bien, pero falta giro.
Más cadera.” Leo probó de nuevo, girando el cuerpo.
El golpe sonó más limpio.
“Eso es.
Ahora cincuenta repeticiones por pierna.” Leo empezó a lanzar patas una tras otra.
El sudor caía en el tatami, pero cada golpe era más firme.
Su físico parecía diseñado para ese movimiento: potencia pura, aunque aún sin la fluidez de un peleador experimentado.
––– Kenichi se acercó.
“Ahora armas cortas.
Codos y rodillas.” Le mostró cómo levantar el codo en diagonal.
Leo imitó el movimiento, al principio torpe, luego más natural.
El impacto contra el saco era seco, contundente.
“Bien.
Ahora rodillas.
Agarra el saco y sube la rodilla con fuerza.” Leo sujetó el saco y levantó la rodilla.
El golpe fue sólido, se repitió una y otra vez hasta que la respiración se volvió pesada.
Kenichi asintió.
“Tus rodillas son armas.
Con técnica, serán devastadoras.” ––– Kenichi lo puso a unir todo: jab, cross, patada, rodilla, codo.
“Quiero ver cómo encadenas.
No es solo golpear, es ritmo.” Leo empezó con jab-cross, luego patada, rodilla, codo.
Al principio desordenado, pero poco a poco más fluido.
Su físico hacía que cada golpe fuera explosivo, aunque la coordinación aún era irregular.
“Más control”, dijo Kenichi.
“No corras.
Encuentra el ritmo.” Leo se ajustó, respirando entre cada golpe, y la combinación empezó a fluir mejor.
––– Kenichi se puso los guantes y se enfrentó a Leo.
“Vamos a probar en movimiento.
Yo ataco, tú responde.” Leo levantó la guardia.
Kenichi lanzó un jab, Leo lo bloqueó.
Luego de una cruz, Leo retrocedió.
Kenichi lanzó una patada, Leo la esquivó con un paso lateral.
“Bien”, dijo Kenichi.
“Ahora ataca tú.” Leo lanzó un jab cruzado, luego una patada.
Kenichi bloqueó, pero el impacto lo hizo retroceder un paso.
“Potencia impresionante”, comentó.
“Si aprendes técnica, serás peligroso”.
Leo respiraba fuerte, pero mantenía la guardia.
“Entonces enséñeme a usarla.” ––– La sesión se extenderá por más de tres horas.
Kenichi lo hizo repetir combinaciones, trabajar en el saco, practicar desplazamientos.
Cada ejercicio era exigente, diseñado para pulir la fuerza bruta en movimientos útiles.
Leo terminó empapado en sudor, los músculos tensos, pero todavía de pie.
Se sentó en el tatami, agotado pero satisfecho.
Kenichi lo miró con seriedad.
“Tienes físico de élite.
Lo que falta es técnica y control.
Muay Thai te dará eso.
Cuando domines el ritmo en pie, pasaremos al Jiu-jitsu.
No sirve de nada aprender llaves si no sabes mantenerte firme primero.” Leo ascendiendo, respirando hondo.
“Entendido.” Kenichi le dio una palmada en el hombro.
“Buen comienzo.
Esto apenas empieza.” ––– Leo abrió la puerta del departamento y entró todavía con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor del entrenamiento.
Los chicos estaban reunidos frente al televisor, cada uno con un control en la mano, absortos en un videojuego de disparos.
Howard levantó la vista de inmediato.
“¡Vaya!
¿Dónde estaban demonios?
Pareces que vienes de una misión secreta.
Estábamos a punto de mandar un grupo de rescate.” Leo dejó la mochila en el sofá y se sirvió un vaso de agua.
“Estuve en un dojo.
Me uní a un lugar de artes marciales y vengo de entrenar.
Muay Thai, tres horas de golpes, patadas y rodillas.
Estoy molido.” Raj abrió los ojos, sorprendido.
“¿Un dojo?
No tenías pinta de ese tipo de persona…
aunque ahora sí la tienes.” Howard lo miró de arriba abajo, exagerando la expresión.
“Molido, dice…
si yo esos tuviera brazos, no necesitaría gimnasio, solo camisas ajustadas.
Seguro que con ese físico te dejarías entrar gratis a cualquier fiesta.” Leo irritante, cansado pero divertido.
“Pues de momento lo único que me dejó fue dolor en las piernas.
Aunque admito que impresiona un poco.” Sheldon, sin apartar la vista del televisor, intervino con tono crítico.
“Impresionar no es un objetivo científico.
Has desperdiciado tres horas que podrías haber invertido en lectura, investigación o incluso en mejorar tu habilidad en este juego.
El tiempo es un recurso finito, Leo.” Leo se recargó en la pared y lo miró con calma.
“¿Sabes qué, Sheldon?
Tú mismo fuiste el que puso los roles.
Dijiste que tú eras el listo, Howard el simpático, Raj el amigo extranjero…
y yo, Leonard, el músculo.
Así que estoy cumpliendo mi parte.” Sheldon se detuvo un momento, pensativo, mientras su personaje permanecía congelado en la pantalla.
“El concepto de distribución de roles es aceptable.
Un equipo eficiente requiere diversidad de funciones.
Si decide ser el músculo, entonces tu entrenamiento no es un desperdicio, sino una inversión en la estructura grupal.” Howard levantó las manos como si celebrara un gol.
“¡Eso!
El músculo del equipo.
Aunque yo sigo diciendo que deberías usarlo para abrir frascos difíciles y cargar muebles pesados.” Leo rio.
“Eso también entra en el contrato”.
Raj, que había estado escuchando en silencio, sonriendo con sinceridad.
“Me alegra que lo hagas, Leo.
Cuidar de uno mismo es importante.
No todos tenemos la disciplina para eso.” Leo se dejó caer en el sillón, agotado pero satisfecho.
“Gracias, Raj.
Al menos alguien aprecia que me esté rompiendo el cuerpo por el bien común”.
Howard lo miró de nuevo, con tono burlón.
“Por el bien común…
claro.
El bien común de tus selfies en el espejo.” Leo le lanzó un cojín sin fuerza, todavía riendo.
“Ya verás cuando te toque mudanza.
Ahí sí vas a agradecer tener músculo en el equipo.” ––– REFLEXIONES DE LOS CREADORES Charly8Villan Hola, que les digo, una disculpa por no cumplir con el horario, pero prioridades, trabajo y otros compromisos sobre mi hobbie.
Pero bueno aqui estamos de regreso
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