The Big Bang Theory: Un Nuevo Leonard [Español] - Capítulo 18
- Inicio
- Todas las novelas
- The Big Bang Theory: Un Nuevo Leonard [Español]
- Capítulo 18 - 18 Capítulo 18 – Editorial Ciencia y Cartas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: Capítulo 18 – Editorial, Ciencia y Cartas 18: Capítulo 18 – Editorial, Ciencia y Cartas Capítulo 18 – Editorial, Ciencia y Cartas Leo entró a la oficina de Marta con una carpeta bajo el brazo.
El lugar estaba lleno de estanterías repletas de ejemplares y en el centro, una mesa de cristal donde ella lo esperaba con gráficos impresos y una laptop abierta.
“Leo, justo a tiempo,” dijo Marta, ajustándose los lentes.
“Vamos a revisar las cifras del segundo volumen de *Los Juegos del Hambre*.” Leo se acomodó en la silla frente a ella.
“¿Cómo van las ventas?” Marta giró la pantalla hacia Leo.
En ella se mostraban barras ascendentes, comparando el primer volumen con el segundo.
“Las cifras son sólidas.
El segundo volumen tuvo un arranque más fuerte que el primero.
El boca a boca está empujando las ventas.
Mira aquí: en las primeras seis semanas ya superó el ritmo del debut.” Leo arqueó las cejas, impresionado.
“Eso es…
increíble.
No esperaba que creciera tan rápido.” Marta sonrió con satisfacción.
“Es lo que pasa cuando una saga engancha.
El público ya está invertido en los personajes y quieren saber qué sigue.
Además, las reseñas han sido positivas.
La crítica habla de un segundo libro más maduro, con mayor tensión política y emocional.” Leo se inclinó hacia los gráficos, analizando las líneas.
“¿Y qué dicen los números internacionales?” Marta hojeó la carpeta.
“Europa está respondiendo muy bien, especialmente Alemania y España.
En Latinoamérica también hay un repunte: México y Argentina muestran un crecimiento notable.
El mercado juvenil está devorando la saga.” Leo se recostó en la silla, pensativo.
“Entonces…
¿esto asegura el tercero?” Marta lo miró con una sonrisa calculada.
“Más que asegurar, lo exige.
La editorial quiere que el tercer volumen esté listo lo antes posible.
El momentum es fuerte, y no podemos dejar que se enfríe.” Leo suspiró, consciente de la presión.
“Eso significa que tengo que acelerar la escritura.” Marta asintió.
“Exacto.
Pero no te preocupes, tienes apoyo.
Lo importante es mantener la calidad.
El público espera que el tercer libro supere al segundo.” Leo miró otra vez los gráficos, con una mezcla de orgullo y responsabilidad.
El éxito era real, pero también lo era la carga que venía con él.
— La reunión con Marta había terminado en un tono positivo.
Las cifras del segundo volumen de *Los Juegos del Hambre* eran sólidas, incluso mejores de lo esperado, y la editorial estaba más que satisfecha.
Sin embargo, Leo no había venido únicamente a hablar de ventas.
Había algo más que llevaba semanas preparando, un proyecto distinto, más ligero, más cercano a los niños que a los adolescentes y adultos que devoraban su saga distópica.
Cuando Marta cerró la carpeta de gráficos y se recostó en su silla, Leo aprovechó el momento.
“Hay algo más que quiero mostrarte,” dijo, con un tono que mezclaba entusiasmo y nerviosismo.
Marta arqueó una ceja, curiosa.
“¿Algo más?
¿Qué tienes escondido, Leo?” Leo abrió su mochila y sacó un manuscrito encuadernado, junto con una carpeta llena de hojas sueltas.
Sobre la mesa, colocó primero el manuscrito, con el título escrito en letras grandes: *Hotel Transylvania*.
Luego, con cuidado, extendió varias ilustraciones en papel: dibujos de personajes caricaturescos, monstruos simpáticos, un castillo gótico convertido en hotel, y escenas llenas de humor.
“¿Hotel Transylvania?” repitió Marta, tomando el manuscrito entre sus manos.
“¿Es…
una saga infantil?” Leo asintió, sonriendo.
“Sí.
Es una historia pensada para niños y familias.
Quiero explorar un tono más ligero, más divertido.
Después de tanto tiempo escribiendo sobre luchas, sacrificios y distopías, necesitaba algo que me devolviera la frescura.” Marta hojeó las primeras páginas, leyendo en silencio.
Sus ojos se movían rápido, pero de vez en cuando se detenía en una línea, sonreía, y volvía a avanzar.
Luego miró uno de los dibujos: un vampiro alto y elegante, con capa y sonrisa exagerada, que parecía más un anfitrión de hotel que un villano.
“¿Este es el protagonista?” preguntó, señalando la ilustración.
“Sí,” respondió Leo.
“Se llama Drácula, pero no es el típico monstruo aterrador.
Aquí es el dueño de un hotel para criaturas sobrenaturales.
Su misión es darles un lugar seguro donde puedan descansar, divertirse y sentirse aceptados.
Es un personaje cómico, exagerado, pero con un corazón enorme.” Marta hojeó otra ilustración: una niña pequeña con coletas y ojos grandes, vestida con un vestido oscuro.
“¿Y ella?” Leo sonrió.
“Es Mavis, la hija de Drácula.
Ella representa la curiosidad, la rebeldía y la inocencia.
Es la que conecta con los niños, porque quiere explorar el mundo más allá del hotel y descubrir qué hay afuera.” Marta pasó a la siguiente hoja y se encontró con un chico joven, con mochila y expresión despistada, dibujado junto a Mavis.
“¿Y este?
No parece un monstruo.” Leo se inclinó hacia adelante, animado.
“Es Johnny.
Él es humano, un mochilero que llega por accidente al hotel.
Representa la mirada del lector: alguien normal que entra en un mundo extraordinario.
Su relación con Mavis es clave, porque a través de él ella descubre lo que hay más allá del hotel.
Johnny aporta frescura, humor y humanidad.
Es el contraste perfecto con Drácula y los demás monstruos.” Marta lo miró con interés, sonriendo.
“Eso es brillante.
Los niños se van a identificar con Johnny, porque es el puente entre lo cotidiano y lo fantástico.” Leo asintió.
“Exacto.
Johnny equilibra la historia.
Sin él, todo quedaría encerrado en el mundo de los monstruos.
Con él, se abre la puerta a la aventura.” Marta apoyó el manuscrito sobre la mesa y cruzó los brazos, pensativa.
“¿No crees que pueda chocar con tus otros trabajos?
La editorial está apostando fuerte por *Los Juegos del Hambre*.
No queremos que el público piense que estás disperso.” Leo negó con la cabeza, seguro.
“No lo creo.
Son públicos distintos.
Los adolescentes y adultos que leen la saga distópica no van a confundirse con un libro infantil.
Y los niños que lean *Hotel Transylvania* pueden crecer y, más adelante, interesarse en mis otros trabajos.
Es como abrir una nueva puerta.” Marta hojeó otra ilustración: un hombre lobo con traje de botones, cargando maletas y tropezando con su propia cola.
“Este personaje es genial,” dijo, riendo.
“Tiene un aire torpe pero encantador.” Leo asintió.
“Es Wayne, el hombre lobo.
Es padre de familia, agotado por sus hijos hiperactivos.
Representa el humor cotidiano, el cansancio de la vida moderna, pero en clave monstruosa.” Marta hojeó más páginas del manuscrito, leyendo fragmentos en voz baja.
“‘El Hotel Transylvania abrió sus puertas con un rugido de bienvenida.
Vampiros, momias, hombres lobo y zombis entraban cargando maletas, buscando habitaciones con vista al cementerio.'” Sonrió.
“Esto es brillante, Leo.
Tiene humor, tiene ritmo, y los niños van a adorarlo.” Leo respiró aliviado.
“¿Entonces te gusta?” Marta lo miró con entusiasmo.
“Me encanta.
Tiene potencial enorme.
Los personajes son memorables, el concepto es fresco, y el tono es perfecto para un público infantil.
Además, las ilustraciones ayudan mucho.
¿Quién las hizo?” “Yo mismo,” respondió Leo, un poco tímido.
“No soy un artista profesional, pero quería dar una idea visual de cómo imaginaba a los personajes.” Marta lo miró con admiración.
“Pues están muy bien.
No son perfectos, pero transmiten la esencia.
Y eso es lo que importa.” Leo se recostó en la silla, relajado.
“Me alegra que lo veas así.
Tenía miedo de que pensaras que era una distracción.” Marta negó con la cabeza.
“Al contrario.
Creo que es una oportunidad.
La editorial siempre busca expandirse a nuevos públicos.
Y tú ya tienes un nombre fuerte gracias a *Los Juegos del Hambre*.
Eso te da ventaja.” Leo sonrió, sintiendo cómo la emoción crecía.
“¿Crees que pueda ser un éxito?” Marta lo miró con firmeza.
“Estoy segura.
Tiene todos los elementos: humor, personajes entrañables, un concepto atractivo.
Y además, tú ya tienes credibilidad como autor.
Eso abre puertas.” Leo bajó la mirada hacia el manuscrito, acariciando la portada.
“Entonces…
¿qué hacemos?” Marta se inclinó hacia él, con una sonrisa cómplice.
“Lo presentamos a la editorial.
Vamos a moverlo como tu nuevo proyecto paralelo.
Y si todo sale bien, *Hotel Transylvania* puede convertirse en una saga infantil de referencia.” Leo sintió un nudo en la garganta, mezcla de nervios y felicidad.
“Gracias, Marta.
En serio.
No sabes lo que significa para mí que lo apoyes.” Ella le dio una palmada en el brazo.
“Confío en ti, Leo.
Tienes talento, y ahora estás demostrando que puedes moverte en distintos géneros.
Eso es lo que hace grande a un escritor.” — Cambio de escena – Sala del departamento La sala estaba iluminada por el resplandor de las pantallas.
Los cuatro chicos se encontraban sentados con sus laptops abiertas, inmersos en el mundo de **World of Warcraft**.
El sonido de teclas y clics llenaba el ambiente, acompañado por las voces emocionadas que narraban cada movimiento.
Howard, con los ojos fijos en la pantalla, anunció con tono épico: “Muy bien, unos pocos metros más y…
aquí estamos muchachos.
Las puertas de Elzebob.” Sheldon y Raj se inclinaron hacia adelante, casi al unísono.
“Oh cielos,” dijeron, con mezcla de nervios y emoción.
Leo, relajado pero concentrado, sonrió.
“No se alteren.
Esto es lo que hemos estado haciendo las últimas 97 horas.” Howard levantó la voz, como si fuera el comandante de la misión.
“No se asusten, pero hay una multitud de goblins armados del otro lado de la puerta, vigilada por la espada de Frostmourne.” Leo reaccionó rápido.
“Guerreros mágicos, suban sus varitas.” “Listo para atacar,” dijo Sheldon, mientras tecleaba con precisión.
“Raj, destruye la entrada,” ordenó Howard.
“Volando entradas,” respondió Raj, presionando con rapidez las teclas: control, shift, B.
El sonido de una explosión retumbó en los altavoces, seguido de la aparición de una horda de goblins que se abalanzaba sobre ellos en el videojuego.
“¡Dios mío, son muchos goblins!” exclamó Raj, con gesto de lucha.
“No te quedes parado, acuchíllalos y muévete,” gritó Howard, golpeando el teclado con fuerza.
“Manténganse en formación,” ordenó Leo, levantándose un poco del sofá, como si estuviera dentro del campo de batalla.
“Leo, tienes uno atrás,” gritó Howard.
“Lo tengo bajo control, lo aplastaré ahora,” respondió Leo, con rapidez en sus movimientos.
Raj, emocionado, levantó la voz.
“¡Yo lo tengo, Leo!
Esta noche regaré mi prado con sangre de goblin.” Leo lo miró con seriedad.
“Raj, no, es una trampa.
Nos están rodeando.” “¡Me tienen!” gritó Raj desesperado, golpeando las teclas sin éxito.
Howard reaccionó de inmediato.
“Sheldon, tienen a Raj.
Usa tu encanto para dormir…
¡Sheldon!
¡Sheldon!” Sheldon se levantó del sillón con la laptop en mano, como si fuera un arma.
“¡Tengo la espada Frostmourne!” gritó con voz triunfal.
Pero justo en ese instante, el personaje de Leo apareció en pantalla y tomó la espada antes que Sheldon, arrebatándosela en el último momento.
“¡Leonard!!!” gritó Sheldon, mirándolo con indignación.
“¡Tenemos la espada!!!” exclamó Leo, levantando los brazos como si hubiera ganado una batalla real.
Los cuatro se lanzaron juntos contra la horda, masacrando goblins en una lluvia de hechizos, espadazos y explosiones digitales.
La sala se llenó de gritos, risas y el sonido frenético del juego, como si estuvieran librando una guerra épica desde sus laptops.
— La partida había terminado.
Sheldon cerró su laptop con gesto indignado y miró a Leo.
“¡Me robaste mi momento!
La espada Frostmourne era mía.” Leo se recostó en el sofá, riendo.
“A la otra, Sheldon, sé más rápido.” Howard soltó una carcajada mientras Raj aún respiraba agitado por la intensidad del juego.
En ese instante, unas risas se escucharon afuera, en el pasillo.
“Parece que Penny llegó,” comentó Howard, levantando la vista.
“Deberías llevarle el correo que dejaron aquí,” dijo Sheldon sin apartar la mirada de la pantalla.
“Está bien,” respondió Leo, levantándose y tomando los sobres que estaban sobre la mesa.
Abrió la puerta justo a tiempo para ver a Penny subir las escaleras junto a un chico.
Ambos reían, ajenos a todo.
Leo los observó con calma, una sonrisa tranquila en el rostro.
“Vaya…
no perdieron tiempo.” Penny se detuvo un segundo, incómoda al verlo allí.
Su sonrisa se apagó un poco, como si la situación la hubiera tomado por sorpresa.
“Hola, Leo.
Él es Doug.
Doug, él es mi vecino Leo.” Doug extendió la mano con naturalidad.
“¿Qué tal, hermano?” Leo lo miró un instante antes de responder.
Sus ojos recorrieron a Doug de arriba abajo: la ropa casual, la postura confiada, la sonrisa fácil.
Tras esa breve evaluación, Leo estrechó su mano.
“Un gusto,” dijo, soltándola primero.
Penny, aún con gesto incómodo, miraba la interacción como si temiera que se volviera tensa.
Leo giró hacia ella y le entregó los sobres.
“El cartero dejó tu correo en nuestro departamento.” “Gracias…” dijo Penny, tomando el correo con una sonrisa breve, todavía algo nerviosa.
Leo dio un paso atrás, manteniendo el mismo tono ligero.
“Bueno.
Que disfruten la noche.” Se dio la vuelta para entrar a su departamento.
“Leo, espera,” dijo Penny, con un dejo de urgencia en la voz.
Pero Leo no se detuvo.
Cerró la puerta tras de sí, dejando a Penny y Doug en el pasillo.
— Penny se quedó mirando la puerta del departamento de Leo unos segundos más, como si esperara que se abriera de nuevo.
El silencio del pasillo contrastaba con las risas que hacía apenas un instante la acompañaban.
Doug la giró con suavidad, colocándose frente a ella.
“¿Entonces…
me vas a invitar a pasar?” preguntó con una sonrisa confiada, acercándose un poco.
Penny abrió la boca para responder, pero se detuvo.
En su mente apareció el recuerdo del beso de días atrás.
Doug se inclinó despacio, seguro de sí mismo, buscando sus labios.
Penny giró el rostro antes de que se tocaran.
No fue brusco ni incómodo, solo claro.
“Oye…
me caes bien,” dijo en voz baja.
“Pero hoy no.” Doug parpadeó, sorprendido por la firmeza tranquila de sus palabras.
“¿Somos amigos entonces?” preguntó, medio en broma, intentando suavizar el momento.
Penny asintió, con una sonrisa breve pero sincera.
“Sí.
Solo eso.” Doug soltó una pequeña risa incómoda y dio un paso atrás.
“Está bien…
otra noche.” Ella lo observó mientras bajaba las escaleras, escuchando el eco de sus pasos perderse en el edificio.
Cuando finalmente desapareció, Penny volvió a mirar la puerta cerrada de Leo.
Esta vez, no dijo nada.
— Cambio de escena – Sala del departamento Leo entró al departamento de nuevo, cerrando la puerta tras de sí.
Los chicos lo miraron desde el sofá, aún con las laptops encendidas.
“¿Cómo te fue con Penny?” preguntó Howard, con una sonrisa curiosa.
“Todo bien, le entregué el correo y me despedí.
Parecía que estaba de cita con un chico,” dijo Leo tranquilo mientras se sentaba en el sofá y bebía de una botella de agua.
“¿¡Cita!?
¿Cómo se veía, tenía minifalda, vestido, tanga?!” preguntaba Howard, más interesado de lo normal.
Leo se rió, negando con la cabeza.
“Vamos, Howard, no seas asqueroso.” “¿Y no te molestó?” preguntó Raj con curiosidad, inclinándose hacia adelante.
“Penny no es mi novia,” respondió Leo con calma.
“Puede salir con quien quiera.” “Si fuera yo, estaría muerto de celos,” comentó Raj, sincero.
Leo lo miró y luego señaló a Howard.
“Mira a Howard, ya se ve envidioso y ni siquiera conoce al tipo.” “No entiendo,” intervino Sheldon, ajustándose los lentes.
“Estadísticamente hablando, Leo ha salido con mujeres considerablemente más compatibles que Penny.
Por ejemplo, colegas universitarias con intereses intelectuales similares.
Entonces, ¿por qué te importaría perder una opción con menor proyección a largo plazo?” Howard negó con la cabeza, riendo.
“No es así como funciona, Sheldon.
No se trata de cuántas opciones tienes, sino de a cuál le das valor.” Leo levantó una mano, deteniéndolos antes de que la discusión se alargara.
“Miren, chicos.
Sí, me interesó Penny.
Pero si no estamos en la misma sintonía, no pasa nada.
Solo no me voy a quedar esperando.” Alzó su botella de agua y sonrió.
“Así que propongo ordenar más comida y continuar con la siguiente partida.
Por los hermanos.” Los chicos alzaron sus botellas de jugo y refresco, respondiendo al unísono: “¡Por los hermanos!” La sala se llenó de risas y el sonido de teclas, listos para sumergirse en otra batalla digital.
— Cambio de escena – Laboratorio de Leo La luz de la mañana entraba por las ventanas del laboratorio entre las 8:00 y las 9:00 a.m.
El espacio estaba impecable: superficies metálicas relucientes, estanterías ordenadas y equipos encendidos en modo estable.
El zumbido constante de los sistemas de ventilación y los monitores encendidos marcaban el ritmo del lugar.
Leo trabajaba solo en su estación.
Frente a él, sobre la mesa principal, descansaba una lámina delgada, casi transparente, conectada a electrodos.
Los sensores de presión y conductividad enviaban datos en tiempo real a una pantalla lateral, donde gráficas multicolores se movían con precisión.
El material no era grafeno puro.
Leo lo había bautizado como **Graphene-Reinforced Polymer Composite (GRPC)**.
Se trataba de grafeno integrado en una matriz polimérica flexible, diseñado para conservar la conductividad eléctrica del grafeno y, al mismo tiempo, aumentar su resistencia mecánica y reducir su degradación con el uso.
El objetivo era claro: un material que pudiera salir del laboratorio y entrar en la industria.
Leo activó la grabadora de voz.
“Registro del experimento número veintisiete.
Compuesto Graphene-Reinforced Polymer Composite.
Proporción ajustada tras los resultados del ensayo anterior.” Aplicó presión controlada sobre la lámina.
Los sensores respondieron de inmediato.
En la pantalla, las gráficas subieron y se estabilizaron en un rango constante.
“El material mantiene conductividad constante incluso bajo deformación.
No se observa fractura estructural ni pérdida significativa de señal.” Cambiando la configuración del equipo, aumentó la carga.
Los electrodos enviaron más energía al compuesto.
Las gráficas mostraron un incremento en la resistencia y se estabilizaron en valores superiores a los ensayos previos.
“El compuesto supera los valores estándar de resistencia en materiales conductores flexibles.
La degradación es mínima tras ciclos repetidos de estrés.” Leo ajustó los parámetros de los sensores y observó los datos en la pantalla.
Los valores se mantenían dentro de los márgenes esperados.
“El comportamiento es consistente.
El material puede producirse en capas, no requiere condiciones extremas y es compatible con procesos industriales.” Apagó la grabadora.
Retiró los electrodos con cuidado y colocó la lámina en un contenedor etiquetado con el nombre **GRPC – Ensayo 27**.
Cerró el registro en la computadora y guardó los archivos de datos en la carpeta correspondiente.
Se quedó mirando el contenedor unos segundos, verificando la etiqueta.
Luego levantó las manos con satisfacción y celebró en voz baja: “Perfecto, se logró.
Más dinero llegando.” Con una sonrisa breve, apagó los equipos uno por uno y dejó el laboratorio en orden.
La muestra quedó asegurada en la estantería principal, lista para el siguiente paso.
— Cambio de Escena – Oficina de Leo Media mañana.
La oficina de Leo está iluminada por la luz que entra por la ventana.
El pizarrón está lleno de ecuaciones a medio borrar, trazos de operadores y símbolos de integrales.
Sobre el escritorio hay libros abiertos: *Mecánica Cuántica Avanzada*, *Open Quantum Systems*, *Estadística Aplicada*.
Leo está sentado frente a la computadora, mientras Sheldon, de pie, sostiene un plumón y ya ha invadido el pizarrón con nuevas ecuaciones.
Sheldon habla primero, directo: “El problema de la decoherencia no es que no sepamos describirla.
Es que seguimos tratándola como una pérdida, no como una dinámica.” Leo no discute, pregunta: “¿Dinámica en qué sentido?
Porque cuando interactúas con el entorno, la información se dispersa.” Sheldon empieza a escribir las ecuaciones estándar de sistemas abiertos: operadores de densidad, términos de disipación, aproximaciones markovianas.
Leo observa, pero niega con la cabeza.
“Sí, pero esas ecuaciones asumen un entorno idealizado.
El entorno real tiene memoria,” responde Leo.
Sheldon se detiene.
Pausa breve.
Molesto pero interesado, Sheldon replica: “Eso implicaría abandonar el supuesto markoviano.” Leo asiente.
“Exacto.
La mayoría de modelos simplifican el entorno para que el cálculo sea manejable.” Sheldon cruza los brazos.
“La física no debería simplificarse solo porque el cálculo es incómodo.” Leo sonríe apenas.
Se levanta y toma el plumón.
En el pizarrón reescribe el sistema, añade términos de retroalimentación y marca interacciones repetidas con el entorno.
“Si el entorno conserva parte de la información, la decoherencia no es instantánea ni irreversible.” Sheldon frunce el ceño.
“Estás sugiriendo que la pérdida de coherencia puede ser parcial.” Leo responde: “O modulable.” Silencio.
Sheldon borra una parte del pizarrón con fuerza y empieza a escribir más rápido.
“Entonces no hablamos de colapso, hablamos de transferencia controlada de información.” Leo se inclina sobre el escritorio.
“Y eso cambia cómo entendemos el tiempo de coherencia.” Sheldon se gira lentamente.
“Eso tendría implicaciones directas en computación cuántica.” Leo añade: “Y en mediciones.” Se alternan escribiendo, interrumpiéndose, corrigiéndose sin levantar la voz.
Discuten puntos clave: – entornos no markovianos – memoria del entorno – decoherencia como proceso dinámico – límites del modelo tradicional Sheldon concluye: “El sistema no pierde coherencia.
La redistribuye.” Leo completa: “Y bajo ciertas condiciones, puede recuperarla parcialmente.” Sheldon se queda inmóvil.
Deja el plumón.
“Eso no es una corrección menor.” Leo guarda silencio.
Sheldon continúa, más bajo: “Es una reformulación.” Leo asiente.
Leo vuelve a la computadora.
Empieza a escribir mientras Sheldon dicta.
Título provisional del trabajo: “Decoherencia cuántica en sistemas abiertos con entornos no markovianos.” Leo escribe la última línea.
Sheldon se queda de pie, observando el pizarrón.
“No me agrada que esta idea sea tan buena.” Leo sonríe.
— Cambio de Escena – Departamento de Sheldon Los chicos entraban al departamento, dejando sus cosas en la mesa mientras Leo se dirigía a la cocina para preparar algo de comer.
“Leo, no hay internet,” le dijo Sheldon.
“Bueno, porque no sacan un juego de mesa para pasar el rato en lo que regresa,” respondió Leo mientras comenzaba a sacar ingredientes.
Leo abrió el refrigerador y colocó sobre la barra tortillas de maíz, un recipiente con pollo deshebrado, una olla con salsa verde ya preparada, crema espesa y un plato con queso rallado.
También sacó un refractario limpio y lo dejó listo para armar el platillo.
Encendió el sartén y lo dejó calentar a fuego medio.
Vertió unas gotas de aceite y comenzó a pasar las tortillas una por una, apenas unos segundos por lado, para que quedaran suaves y flexibles.
Con movimientos seguros, tomó cada tortilla, colocó una porción de pollo en el centro y la enrolló con precisión.
Las fue acomodando en el refractario, alineadas en filas ordenadas.
Cuando el refractario estuvo lleno, Leo tomó la olla con salsa verde.
La salsa estaba hecha con tomates verdes cocidos, cebolla, ajo y chiles, todo molido y sazonado.
Vertió la salsa sobre las enchiladas, asegurándose de cubrirlas por completo.
El color verde brillante se extendió sobre las tortillas, impregnando el pollo y dándole un aspecto apetitoso.
Después añadió crema, distribuyéndola con cuidado para que se mezclara con la salsa sin cubrirla por completo.
Finalmente, espolvoreó queso rallado por encima, generoso y uniforme, sabiendo que el horno se encargaría de fundirlo y dorarlo.
Encendió el horno y lo dejó precalentar unos minutos.
Luego colocó el refractario dentro y cerró la puerta.
El calor comenzó a trabajar de inmediato, derritiendo el queso y mezclando los sabores.
El departamento empezó a llenarse de un olor delicioso: maíz, pollo, salsa verde y queso fundiéndose.
Howard levantó la cabeza.
“Qué bien huele.” Raj se inclinó hacia la cocina.
“Sí, huele delicioso.” Sheldon, sin apartar la vista del horno, comentó también: “Definitivamente huele bien.” Leo revisó el horno.
El queso estaba burbujeante, formando una capa dorada en la superficie.
La salsa verde se mezclaba con la crema, creando un contraste de colores que hacía que el plato se viera aún más apetitoso.
— Los chicos se acomodaron en la mesa.
Sheldon extendió el tapete de duelo con precisión, Howard barajó sus cartas de manera exagerada y Raj revisó su deck con nerviosismo.
El olor de las enchiladas suizas que Leo preparaba en la cocina empezaba a llenar el lugar.
Decidieron jugar Yu-Gi-Oh!.
Cada uno presentó su mazo con naturalidad: Sheldon eligió **Monarcas**, confiado en su estilo de control absoluto; Howard sacó su mazo de **Cyber Dragon**, orgulloso de sus máquinas poderosas; Raj mostró su deck **Naturia**, defensivo y molesto, dependiente del ritmo del duelo.
Leo, mientras cocinaba, comentó que él tenía su mazo de **HÉROES**, pero que en esta partida solo sería espectador.
El duelo comenzó.
Sheldon abrió con un Monarca mediante tributo, destruyendo una carta del campo y tomando la iniciativa.
Howard respondió con Cyber Dragon en invocación especial, preparando una fusión, pero Sheldon lo detuvo con una carta de control.
Raj bajó un pequeño monstruo Naturia y colocó dos cartas boca abajo, estableciendo una defensa discreta.
Sheldon mantuvo la presión, tributando de nuevo y limpiando parte del campo, confiado en su estrategia.
Howard logró fusionar un Cyber Dragon poderoso y lanzó un ataque directo, pero Raj activó una trampa Naturia que anuló el golpe.
El ritmo del duelo cambió: las cartas Naturia empezaron a limitar los recursos de Sheldon, mientras Howard presionaba con máquinas grandes.
Poco a poco, Sheldon perdió control.
Raj activó una carta que restringía los tributos, impidiendo que Sheldon invocara como quería.
Howard aprovechó y lanzó un ataque decisivo.
Los puntos de vida de Sheldon cayeron a cero.
Howard levantó los brazos en triunfo, mientras Raj miraba sus cartas con una mezcla de orgullo y sorpresa.
Sheldon recogió su mazo con gesto molesto, observando el campo como si buscara una explicación lógica a lo ocurrido.
— Leo sacó el refractario del horno y lo colocó sobre la mesa.
El queso gratinado todavía burbujeaba, formando pequeñas burbujas doradas que explotaban suavemente en la superficie.
El aroma de las enchiladas suizas llenó todo el departamento, mezclando el olor del maíz de las tortillas con la salsa verde y la crema.
Los chicos se acercaron de inmediato.
Howard fue el primero en servirse, tomando un bocado grande y cerrando los ojos un instante.
“Siempre es un deleite tu comida, Leo.
Ya estaba esperando este momento desde la última vez.” Raj, con una sonrisa, probó también y asintió con entusiasmo.
“Sí, ya me moría de ganas de comer esto otra vez.
No hay nada como tus enchiladas.” Sheldon, más reservado, cortó con el tenedor y probó con calma.
“La consistencia se mantiene.
Exactamente igual de buenas que las anteriores.
Es superior a cualquier comida rápida, incluyendo McDonald’s.” Leo sonrió, satisfecho.
No necesitaba decir nada más; verlos disfrutar era suficiente.
La mesa se llenó de risas y comentarios mientras comían juntos, recordando otras ocasiones en las que habían compartido el mismo platillo.
Era parte de su rutina, un momento que todos esperaban con ansias.
Cuando terminaron, Howard ya estaba sacando su mazo de cartas.
Sheldon acomodaba el suyo con precisión matemática, Raj revisaba nervioso sus cartas y Leo se levantó para traer su propio deck.
Esta vez jugarían en equipos: **Leo y Howard contra Sheldon y Raj**.
— REFLEXIONES DE LOS CREADORES Charly8Villan Como lo ven?
Cuando alguien te dice que no esta lista para una relacion, y luego la vez con alguien mas, la verdad es que solo no estaba disponible para ti.
Y cuando alguien no se interesa, no lo fuerzas, disfrutas la vida, sigues como si nada y te diviertes.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com