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The Big Bang Theory: Un Nuevo Leonard [Español] - Capítulo 20

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20: Capitulo 20 – Cita 20: Capitulo 20 – Cita Capítulo 20 – Cita La mañana siguiente Chelsea despertó despacio, con el cuerpo pesado y una sensación agradable de cansancio recorriéndole los músculos, mucho casi no sentia las piernas.

No abri los ojos de inmediato.

Se quedó ahí unos segundos, respirando, dejando que la memoria de la noche anterior regresara en fragmentos tibios.

Al girarse, algo llamó su atención.

Junto a la cama había un carrito con una bandeja perfectamente acomodada.

Café humeante.

Jugo.

Pan, fruta, algo dulce.

Un desayuno que no parecía improvisado, sino pensado.

Frunció el ceño, confundida, justo cuando escuchó un ruido suave a su espalda.

Se giró.

Ahí estaba él.

De pie, sin prisa, en ropa interior.

Alto, seguro, con ese cuerpo que ahora reconocía demasiado bien.

Leo la observaba con una sonrisa tranquila, como si verla despertar fuera parte del plan.

“Ya despertaste, pensé que te tomaría más tiempo”, dijo Leo, acercándose.

Antes de que pudiera responder, se inclinó y la besó.

No fue un beso intenso, sino lento, cercano, lo suficiente para terminar de despertarla por completo.

“Mmh…” murmuró ella al separarse, apoyándose en un codo.

Lo miró unos segundos más, en silencio.

“Mira, Leo…” comenzó, con voz baja.

“La pasé fantástico…

como ninguna otra vez…

pero tengo novio.

Y lo amo, aunque sea un idiota…” Leo no se tensó.

No desvió la mirada.

Solo molestando.

“Lo sé”, respondió con naturalidad.

“Sé que lo de ayer fue liberación.

Lo necesitabas.” Se sentó a su lado, rodeándola con un brazo mientras tomaba una pieza del desayuno.

“Y no me molesta haber sido eso para ti.” Le acercó la comida, como si fuera lo más normal del mundo.

“Una mujer tan hermosa pasando por cosas así…

lo mínimo que puedo hacer es consolarla.” Chelsea sintió un cosquilleo recorrerle la espalda.

No era incomodidad.

Era memoria.

Su cuerpo grabando exactamente lo que esas manos habían hecho durante la noche.

Tragó saliva.

Dudó un segundo.

Pero el cuerpo no miente.

Cuando Leo volvió a besarla, esta vez más cerca, más lento, Chelsea cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo.

Sus manos se movieron solas, aferrándose a él, como si la decisión ya estuviera tomada mucho antes de que su cabeza intentara discutirla.

El resto…

no hizo falta decirlo.

— Horas más tarde fuera del Hotel Leo salía del hotel y recordó la buena despedida que le dio Chelsea; ella le dijo que lo llamaría la siguiente vez que lo necesitara, y Leo rió antes de despedirse con una nalgada.

Leo detuvo un taxi y partió al departamento —- El taxi se detuvo frente al edificio poco antes del mediodía.

Leo bajó con paso ligero, cerró la puerta y avanzó hacia la entrada.

Vestía relajada, con la camisa algo desordenada, pero con una sonrisa amplia en el rostro.

Al entrar, comenzó a subir las escaleras.

Sus pasos eran rápidos, acompañados por su voz que se elevaba en un canto alegre: “Oh feliz día…oh feliz día…” La melodía se repetía mientras ascendía, tarareando y entonando fragmentos reconocibles: “Cuando Jesús me lavó…

cuando Jesús me lavó…

lavó mis pecados…” Leo movía la cabeza al ritmo, levantando la voz en cada estribillo.

El canto llenaba el espacio, claro y vibrante, marcando su entusiasmo.

“Oh feliz día…oh feliz día…” Al llegar al siguiente piso, siguió cantando con energía, sin detenerse: “Él me enseñó a…

observar, luchar y orar…

luchar y orar…” Su voz se mantenía firme, constante, mientras avanzaba hacia su departamento.

Finalmente, frente a la puerta, entonó una última vez, con fuerza y ​​alegría: “Oh feliz día…oh feliz día…” — Leo llegó a la puerta de su departamento y, justo cuando iba a sacar las llaves, escuchó un ruido detrás de él.

Al girarse, vio a Penny que abrió la puerta de su propio departamento.

“Hola, Penny, buenos días”, dijo Leo con una sonrisa amable y relajada.

“Hola, Leo, buenos días.

¿Saliste temprano?” preguntó ella, sosteniendo la puerta entreabierta y mirándola con curiosidad.

“Sí, me tocó revisar unos pendientes, pero ahora sí me toca disfrutar de mi descanso”, respondió Leo con tono tranquilo.

Penny ascendió, como si la respuesta le pareciera lógica.

Leo giró hacia su puerta, listo para entrar.

“Bueno, te dejo continuar tu día”, añadió, mientras introducía la llave en la cerradura.

“Espera, Leo”, lo detuvo Penny, dando un paso hacia él.

“Sabes, quería aprovechar e invitarte a cenar esta noche.” Leo se giró de nuevo, arqueando una ceja.

“¿Una cena?

¿Con los chicos?” preguntó, con un tono curioso.

Penny negó suavemente con la cabeza, mirándola directamente.

“No, me refería a una cena tú y yo, solos.” Leo la miró por un segundo, pensativo.

“No es por ser indiscreto, Penny, pero…

¿no estabas saliendo con Doug?

Sería raro, ¿no?” Ella suspir, cruzando los brazos con gesto firme.

“Mira, Leo, te fuiste sin dejarme decirte.

Doug es un amigo que conocí, no es mi liga.” Leo ladeó la cabeza, con una sonrisa leve pero incrédula.

“Penny, no hace falta ser adivino.

Me tomó un segundo ver que Doug quiere algo contigo y que a ti parece interesarte.

Yo no quiero estar en medio de ustedes.” Penny lo miró con seriedad, su voz subió un poco.

“Leo, si quisiera estar con él no estaría hablando contigo.

Aceptas la cita o no.” Leo soltó una risa breve, levantando las manos en señal de rendición.

“Me encantaría.

Entonces, hoy a las ocho, ¿te parece?” Penny ampliamente, la molestia desapareciendo de su rostro.

“Sería perfecto.” Leo se acercó, todavía sonriendo, y finalmente abrió la puerta de su departamento.

Penny lo observó unos segundos más, antes de entrar al suyo con expresión satisfactoria.

— Sheldon estaba sentado en la sala, viendo la televisión con su postura habitual, de frente y concentrado en la pantalla.

“Buenos días, Sheldon”, saludó Leo al entrar, con tono amable.

“Buenos días.

Howard te estuvo esperando, de nuevo envidioso de tu estilo de vida”, respondió Sheldon sin apartar demasiado la vista del televisor.

Leo soltó una risa ligera.

“No lo culpo, supongo que vivo su sueño, algo que él podría mejorar un poco.” Luego agregó, con naturalidad: “Oh sí, Sheldon, hoy cenaré con Penny, así que no estará con ustedes”.

Sheldon giró apenas la cabeza, arqueando una ceja.

“Habías dicho que no estarías detrás de ella.

Además, ¿no acabas de tener coito con otra chica?” Leo lo miró con calma, sin perder la sonrisa.

“Sí, eso dije, y sí lo tuve.

Pero no lo estés diciendo si no lo preguntan.

Y yo no invité a Penny, ella me invitó a mí”.

Sheldon se acercó, volviendo la atención a la televisión.

“Está bien entonces.” Leo se acomodó en el sillón, relajado, mientras la conversación quedaba zanjada.

— Cambio de escena – Horas más Tarde Leo salió de su apartamento luciendo impecable, con una camisa bien ajustada y un aire seguro.

Caminó hasta la puerta de Penny y tocó suavemente.

Ella abrió casi de inmediato, apareciendo con un vestido elegante que resaltaba su figura y la hacía ver muy hermosa.

“Luces hermosa, Penny”, dijo Leo con una sonrisa sincera, admirando su belleza.

“Gracias, igual tú te ves muy bien”, respondió ella, mirándolo con atención y mordiendo ligeramente su labio en un gesto coqueto.

Leo inclinó la cabeza, curioso.

“Bueno, ¿cuál es el plan?

¿A dónde te gustaría ir?” Penny alarmantemente y esperó su propuesta.

“Bueno, hay un restaurante italiano que disfruto mucho y me encantaría llevarte a probar.

¿Así que nos vamos?” dijo Leo con entusiasmo.

“Perfecto”, contestó Penny, feliz con la idea.

Ambos bajaron juntos por el edificio.

Al llegar al auto de Leo, él se adelantó para abrirle la puerta con un gesto caballeroso.

Penny rió suavemente y bromeó: “Hoy salí con un caballero.” Leo sonriente, cerró la puerta tras ella y rodó el auto para subir al asiento del conductor.

Subió el motor, y juntos se dirigieron al restaurante, la noche apenas comenzando para ellos.

— Cambio de escena – Restaurante italiano El auto de Leo se detuvo frente al restaurante.

Era un lugar elegante pero acogedor, con luces cálidas que iluminaban la entrada y un letrero clásico en letras doradas.

Leo apagó el motor, bajó primero y rodeó el coche para abrir la puerta del lado de Penny.

Ella salió despacio, con una sonrisa nerviosa, ajustando el vestido mientras miraba alrededor.

El aire olía a pan recién horneado y especias italianas.

Leo la observó un instante y le ofreció su brazo con naturalidad.

“Vamos”, dijo con tono tranquilo.

Penny ascendió, todavía un poco nervioso, y caminaron juntos hacia la entrada.

— El interior del restaurante estaba lleno de mesas de madera pulida, manteles blancos y velas encendidas.

El murmullo de conversaciones suaves se mezclaba con la música italiana que sonaba de fondo.

Un mesero los recibió con una sonrisa profesional y los guió hasta una mesa junto a la ventana.

Penny se acomodó en la silla, cruzando las piernas y jugando con la servilleta entre sus dedos.

Su voz salió ligera, como si quisiera disimular la tensión.

“Es bonito el lugar…

¿vienes seguido?” Leo irritante, apoyando un brazo en el respaldo de su silla.

“Sí, me gusta mucho.

La comida es excelente y el vino mejor aún.

Además, siempre ponen buena música.” Penny rió suavemente, aunque todavía se notaba cierta rigidez en sus gestos.

Leo lo percibió y decidió romper el hielo con una broma ligera.

“Eso sí, espero que no seas de las que piden pizza con piña, porque aquí me miran mal si lo hago.” Ella lo miró sorprendida y luego soltó una carcajada.

“No, tranquilo.

No soy fan de la piña en la pizza”.

El mesero les entregó la carta.

Leo la tomó primero y señaló algunos platillos.

“Te recomiendo el risotto con champiñones, es cremoso y delicioso.

También los ravioles rellenos de ricotta son muy buenos.

Y de vino…

un tinto suave, perfecto para acompañar”.

Penny lo escuchaba con atención, confiando en sus recomendaciones.

“Me parece bien, el risotto suena perfecto.

Y el vino…

confío en ti.” Leo ascendió y pidió al mesero.

La conversación se mantuvo ligera, con risas pequeñas y comentarios sobre el ambiente.

Penny empezó a relajarse, sus gestos se volvieron más naturales, y las miradas entre ambos se prolongaban un poco más.

Hubo silencios, pero no incómodos.

Eran pausas en las que simplemente se miraban, sonriendo, como si no hiciera falta llenar cada segundo con palabras.

— La charla derivó poco a poco hacia recuerdos recientes.

Penny, con voz más baja, mencionó el beso que habían compartido antes.

“Sobre lo que pasó…

cuando nos besamos…” Leo la miró con calma, esperando que continuara.

Hubo un breve silencio, apenas roto por el sonido de platos en otras mesas.

Penny sospechó.

“Sé que puede parecer raro.

Y también está Doug…” Leo apoyó los codos en la mesa, sin perder la serenidad.

“No quiero estar en medio de nada, Penny.

No juzgo ni presiono.

Solo quiero que las cosas estén claras”.

Ella lo miró directamente, con expresión sincera.

“Doug no es mi pareja.

Es un amigo, nada más.

Contigo me siento diferente.” Leo asintió despacio.

“Está bien.

No hace falta promesas ni explicaciones largas.

Solo quería que lo dijeras tú.” La tensión se mantuvo unos segundos, pero no era negativa.

Era el tipo de tensión que surge cuando se dicen cosas necesarias.

Ambos se escuchaban más de lo que hablaban, atentos a cada gesto, cada palabra.

Penny bajó la mirada un instante, luego volvió a sonreír.

“Gracias por no hacerlo complicado.” Leo también sonrió.

“Así es mejor.” — La comida llegó en ese momento, sirviendo como pausa natural.

El risotto humeante desprendía un aroma delicioso, y el vino tinto brillaba en las copas.

El ambiente volvió a relajarse.

Leo probó un bocado y comentó con humor.

“¿Ves?

Te dije que era bueno.

Si no te gusta, me lo quedo yo.” Penny Río, probando también.

“No, está delicioso.

No te lo voy a dejar.” El coqueteo se volvió más evidente.

Comentarios suaves, sonrisas largas, miradas sostenidas.

Penny ya no estaba nerviosa; su postura era relajada, sus gestos naturales.

Leo seguía tranquilo, seguro, disfrutando del momento.

Las copas de vino se vaciaban poco a poco.

La conversación se movía sin rumbo fijo: películas, música, anécdotas simples.

No había necesidad de profundizar demasiado.

En un momento, las miradas se encontraron y se sostuvieron más de lo habitual.

Penny escuchando, Leo también.

El silencio se volvió íntimo.

El beso ocurrió de forma natural.

Sin prisa, sin esconderse.

Breve, íntimo, suficiente para marcar la conexión.

— El beso terminó despacio, sin torpeza, pero cargado de intensidad.

Los labios se separaron con suavidad, como si el momento se resistiera a terminar.

Penny fue la primera en apartarse, respirando hondo, con una sonrisa nerviosa que intentaba disimular la agitación.

Sus mejillas estaban sonrojadas, sus ojos brillaban y sus manos jugueteaban con el borde de la servilleta.

“Quizá…

sea mejor irnos”, dijo en voz baja, no como una huida, sino como una forma de contener lo que acababa de suceder.

Leo la miró divertido, tranquilo, sin discutir.

Su sonrisa era serena, sus ojos reflejaban calma.

No necesitaba palabras largas, solo un gesto.

Levantó la mano y llamó al mesero con discreción.

“¿Nos trae la cuenta, por favor?” dijo con tono amable.

El mesero ascendió y se alejó.

La mesa quedó en silencio, pero no era incómoda.

Era un silencio cómodo, lleno de miradas y sonrisas pequeñas.

Penny bajó la mirada y luego la levantaba, encontrándose con los ojos de Leo.

Él respondió con una sonrisa breve, suficiente para mantener la conexión.

El murmullo del restaurante seguía alrededor: conversaciones en otras mesas, el sonido de cubiertos, la música italiana suave de fondo.

Pero para ellos, todo parecía lejano.

El mesero regresó con la cuenta.

Leo la tomó sin dudar, sacó la billetera y pagó con rapidez.

Penny lo observaba, todavía con esa sonrisa nerviosa, pero más relajada.

“Gracias”, dijo ella, mientras él firmaba el recibo.

Leo ascendió, guardó la billetera y se levantó.

Penny lo siguió, acomodando su vestido antes de ponerse de pie.

— Salieron del restaurante juntos.

La puerta se cerró detrás de ellos y el aire nocturno los envolvió.

La calle estaba iluminada por faroles, con algunos autos pasando y el murmullo lejano de la ciudad.

Caminaron de lado a lado, hablando poco.

Las palabras eran escasas, pero la energía del beso seguía presente, flotando entre ellas.

Sus pasos eran sincronizados, sus gestos tranquilos.

Penny miró hacia adelante, pero de vez en cuando giraba la cabeza para observarlo.

Leo mantenía la calma, con una sonrisa ligera en los labios.

Al llegar al auto, Penny se detuvo.

Se giró hacia él, con una expresión decidida.

Sin decir nada, lo volvió a besar.

Esta vez con más decisión, con más fuerza.

Sus labios se encontraron de nuevo, y el beso fue más intenso, más seguro.

Se separaron riendo suavemente, con la respiración agitada.

Penny bajó la mirada, todavía sonriendo, mientras Leo la observaba con calma.

Ella abrió la puerta del auto y subió primero, acomodándose en el asiento con un gesto rápido.

Leo se quedó un instante afuera, sonriendo, antes de rodear el coche y subir al asiento del conductor.

Subió el motor, miró a Penny de reojo y sonó otra vez.

Ella lo miró también, con una expresión que mezclaba nervios y alegría.

El auto se puso en marcha, alejándose del restaurante, mientras la noche seguía su curso.

— El viaje de regreso se vuelve una burbuja aparte.

La ciudad pasa como un fondo borroso detrás del parabrisas y la música suena baja, apenas un pulso que acompaña la respiración.

No hay prisa por llenar el silencio; es de esos que pesan bonitos, cómodos.

Él suelta un comentario tonto sobre la canción, ella sonríe sin mirarlo del todo, y esa sonrisa basta para aflojar lo que venía apretado desde antes.

En un semáforo, las manos se buscan casi por inercia.

Primero el roce de los dedos, luego el gesto decidido de entrelazarlos por un segundo más de lo necesario.

No dicen nada, pero el mensaje está ahí: una promesa contenida.

Cuando el auto vuelve a moverse, no se sueltan de inmediato; es una pequeña rebeldía, íntima, que les acelera el pulso.

Al llegar al edificio, el motor se apaga y el mundo parece quedarse afuera.

El ascensor tarda, y ese tiempo suspendido se llena de miradas que ya no esquivan.

Hay cercanía, calor, la electricidad justo antes del contacto.

Cuando las puertas se abren, caminan juntos por el pasillo como si el espacio se hubiera encogido, hombro con hombro, respiraciones que se sincronizan.

—- Caminan juntos por el pasillo, tomados de la mano.

No van rápido ni lento.

El sonido de sus pasos llena el espacio.

“¿Todo bien?”, dice Leo, rompiendo el silencio, casual.

Penny asiente sin mirarlo.

“Sí…

solo hacía frío afuera.” “Aquí ya no”, responde él, con media sonrisa.

Llegan frente a la puerta.

Penny se detiene.

Saca las llaves y tarda un segundo más de lo normal.

Leo no la apura, solo la observa.

Ella alza la vista.

“¿Quieres pasar?” “Claro”, contesta Leo, tranquilo, como si fuera lo más natural.

Entra.

Penny deja las llaves sobre la mesa sin ordenarlas.

Leo cierra la puerta detrás de ellos.

El clic de la cerradura suena más fuerte de lo esperado.

“¿Quieres algo?

¿Agua, cerveza…?”, pregunta ella mientras se quita la chaqueta.

“Después”, dice Leo.

Se quedan de pie, a poca distancia.

Penny cruza los brazos un instante y luego los baja.

Leo da un paso al frente.

Ella no retrocede.

“Te ves tensa”, comenta él.

“Tú no ayudas”, responde Penny, casi sonriendo.

Leo se acerca más.

Su mano va a la cintura de ella, firme, segura.

Penny respira hondo y apoya una mano en su pecho, sintiendo el calor bajo la camisa.

“Así está bien”, murmura.

Leo inclina la cabeza y la besa.

No es apresurado, pero tampoco suave del todo.

Penny responde enseñada, acercándose más, pegándose a él.

Sus manos suben por la espalda de Leo y se cuelan bajo la tela, lentas, marcando el camino.

“Oye…”, dice Leo entre besos.

“No hables”, contesta Penny.

Ella lo empuja apenas contra la pared.

No con fuerza, solo lo justo.

Leo sonríe contra su cuello y baja el rostro, besándola ahí, despacio.

Penny cierra los ojos y deja escapar un sonido bajo, contenido.

“Leo…”, dice su nombre, corto.

Las manos de él bajan, recorren sus costados y se apartan un segundo antes de seguir.

Penny lo aprieta más contra ella, clara, directa.

“No te detengas.” Leo no lo hace.

La vuelve a besar, ahora con más intensidad, mientras sus cuerpos se ajustan, sin prisa, pero con una evidente intención de seguir.

—- [Se omiten 50 mil palabras] REFLEXIONES DE LOS CREADORES Charly8Villan Dar la oportunidad, a veces si y a veces no, depende de la persona.

Que piensan ustedes?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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