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The Big Bang Theory: Un Nuevo Leonard [Español] - Capítulo 7

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7: Capitulo 7 – Verdadero Doctor 7: Capitulo 7 – Verdadero Doctor Capitulo 7 – Verdadero Doctor El teléfono sonó en la sala, interrumpiendo el murmullo del televisor.

Leo lo tomó con calma, aunque en su interior ya intuía de qué se trataba.

“Leo, soy Marta, de la editorial,” dijo la voz al otro lado.

“Quería informarte que hoy se realizó la primera transferencia de regalías.

Ya deberías poder verla reflejada en tu cuenta.” Leo se enderezó en el sofá.

“¿Las regalías de los primeros meses?” “Exacto,” respondió Marta.

“Tus tres novelas llevan cuatro meses en circulación y los números son extraordinarios.

Te los comparto: – The Hunger Games: 42,000 ejemplares vendidos.

– The Fault in Our Stars: 36,000 ejemplares vendidos.

– Gone Girl: 30,000 ejemplares vendidos.

En total, 108,000 copias en apenas cuatro meses.

Es un debut impresionante.” Leo se quedó en silencio unos segundos, procesando la cifra.

“Más de cien mil copias…” murmuró.

Marta continuó: “Con el precio promedio de 20 dólares por ejemplar, las ventas brutas superan los **2.1 millones de dólares**.

Tus regalías, según el contrato, representan el 20%.

Eso significa que hoy se transfirieron aproximadamente 432,000 dólares a tu cuenta.” Leo respiró hondo.

“Gracias por avisarme, Marta.” Colgó el teléfono y caminó hacia su escritorio.

Encendió la computadora portátil, esperó a que el sistema cargara, y abrió la página del banco.

Tecleó su usuario y contraseña, con el corazón latiendo más rápido de lo normal.

La pantalla mostró el saldo actualizado.

Leo se quedó mirando los números, incrédulo.

El monto era real, tangible, mucho más grande de lo que jamás había imaginado tener en su cuenta.

“Cuatrocientos treinta idos mil dólares…” murmuró.

“Todo por las palabras que escribí.” Se recostó en la silla, dejando que la emoción lo envolviera.

Recordó las noches largas escribiendo, las dudas, el cansancio.

Recordó cómo había pensado que quizá nadie leería sus historias.

Y ahora, cuatro meses después, más de cien mil personas las habían comprado.

El apartamento estaba en silencio, pero dentro de Leo todo era ruido: orgullo, alivio, incredulidad.

Miró el sofá nuevo, el televisor, y pensó que cada detalle de ese hogar estaba conectado con su transformación.

“Este es solo el inicio,” se dijo.

“No soy solo físico.

No soy solo escritor.

Soy alguien que puede construir algo más grande.” — El laboratorio estaba en silencio, iluminado por la luz blanca de los fluorescentes que colgaban del techo.

Las mesas metálicas estaban cubiertas de cables, detectores y manuales abiertos, y en el aire flotaba el olor persistente de café viejo mezclado con el calor de los equipos.

Leo se acomodó en la silla frente al espectrómetro infrarrojo, encendió la computadora y esperó a que el sistema cargara.

El zumbido del ventilador llenó la sala, acompañado por el parpadeo del monitor CRT.

Comenzó con la calibración del espectrómetro, ajustando la sensibilidad de los detectores y verificando la alineación de las lámparas de referencia.

Cada ajuste quedaba registrado en su libreta de laboratorio, con anotaciones precisas sobre la hora, la temperatura ambiente y las condiciones del equipo.

El procedimiento era rutinario, pero indispensable: sin una calibración adecuada, los datos carecerían de valor.

El espectro de hidrógeno apareció en la pantalla como una curva limpia, confirmando que el sistema estaba listo para trabajar.

Con el equipo calibrado, cargó los archivos de datos provenientes del servidor central de Spitzer.

Los espectros de las estrellas jóvenes en Tauro se desplegaron en la pantalla como gráficas complejas, llenas de picos y valles.

Cada curva representaba la huella espectral de un elemento químico, y Leo se concentró en las líneas más débiles, aquellas que apenas se distinguían en el ruido de fondo.

Aplicó filtros matemáticos para reducir la interferencia, ajustó los parámetros de resolución y comenzó a identificar las señales de litio.

La presencia de este elemento era crucial: su intensidad servía como indicador de la edad estelar, ya que el litio se destruye rápidamente en procesos de fusión nuclear.

El trabajo era minucioso.

Cada línea debía ser medida con precisión, cada valor anotado en tablas que incluían la longitud de onda central, la intensidad relativa respecto a la línea de hidrógeno y la relación señal/ruido.

Los gráficos impresos mostraban las curvas espectrales con las líneas resaltadas, y Leo los organizaba en carpetas que serían parte del informe final.

Mientras analizaba los datos, comparaba los resultados con modelos teóricos de evolución estelar disponibles en las bases de datos de Caltech.

Los algoritmos de correlación calculaban el grado de coincidencia entre los espectros observados y los modelos simulados, y los resultados confirmaban que las estrellas analizadas tenían edades comprendidas entre cinco y diez millones de años.

La jornada avanzaba sin interrupciones.

El silencio del laboratorio permitía una concentración absoluta, y Leo cambiaba de tarea con naturalidad: de la calibración al análisis, del análisis al registro, del registro a la comparación con modelos.

Cada paso era parte de un proceso continuo, sin cortes ni pausas, como si el trabajo fluyera de manera orgánica.

Cuando encontraba una correlación clara, ajustaba los parámetros y volvía a graficar, buscando confirmar la consistencia de los resultados.

Cuando detectaba una anomalía, revisaba los procedimientos de calibración y repetía las mediciones, asegurándose de que no hubiera errores sistemáticos.

La documentación era exhaustiva.

Redactaba informes técnicos que describían el equipo utilizado, los procedimientos de calibración, los métodos de análisis y los resultados obtenidos.

Cada informe incluía tablas, gráficos y conclusiones preliminares, y era archivado en el sistema interno de Caltech para garantizar la reproducibilidad del experimento.

El rigor era parte esencial de su trabajo: cada dato debía estar respaldado por un procedimiento claro, cada conclusión debía ser verificable por otros investigadores.

El ambiente del laboratorio reforzaba la sensación de aislamiento.

Las paredes estaban cubiertas de pizarras con ecuaciones y diagramas, los estantes contenían manuales de instrumentación y cajas de componentes electrónicos, y las pantallas mostraban datos en tiempo real.

El zumbido constante de los equipos era la única compañía, y Leo trabajaba durante horas sin interrupciones, avanzando paso a paso en su investigación.

La soledad no era un obstáculo, sino una condición necesaria para la concentración.

Al final de la jornada, los resultados preliminares confirmaban su hipótesis inicial: la intensidad de las líneas de litio podía utilizarse como un indicador preciso de la edad de las estrellas jóvenes.

Los datos mostraban una correlación consistente, respaldada por modelos teóricos y observaciones previas.

Era un avance significativo, aunque no revolucionario, y representaba una contribución real al campo de la astrofísica experimental.

Leo apagó el espectrómetro, guardó los archivos en disquetes y cerró la computadora.

El laboratorio quedó en silencio, con los equipos apagados y las pantallas en negro.

Caminó hacia la puerta con la libreta bajo el brazo, consciente de que había dado un paso importante en su investigación.

El trabajo experimental era lento y exigente, pero cada resultado obtenido era una pieza más en el rompecabezas del universo.

Para él, esa era la verdadera recompensa: construir conocimiento real, basado en datos y experimentos, que otros podrían verificar y ampliar.

—- El laboratorio estaba en silencio, pero en la mesa de trabajo de Leo había un nuevo orden: las carpetas con gráficas impresas, las tablas de resultados y la libreta de anotaciones se habían convertido en la materia prima de un manuscrito científico.

La investigación sobre las estrellas T Tauri en Tauro, basada en espectros infrarrojos del telescopio Spitzer, debía tomar forma en un artículo que pudiera ser evaluado por la comunidad académica.

Leo comenzó por estructurar el documento.

El título debía ser claro y técnico: Infrared Spectral Analysis of Young Stellar Objects in Taurus.

En la primera página, redactó el resumen con frases concisas: el objetivo del estudio, la metodología experimental, los resultados preliminares y la conclusión principal.

El lenguaje era sobrio, sin adornos, diseñado para transmitir información con precisión.

El cuerpo del artículo se organizaba en secciones.

En la introducción, citó trabajos recientes publicados en ApJ en 2005, como los estudios sobre la edad del cúmulo AB Doradus y los colores de las estrellas T Tauri.

Explicó cómo su investigación se insertaba en ese contexto, aportando un método experimental más preciso para estimar la edad estelar mediante la intensidad relativa de las líneas de litio.

La sección de metodología detallaba el equipo utilizado: el espectrómetro infrarrojo, los detectores calibrados, las lámparas de referencia y los procedimientos de corrección atmosférica.

Cada paso estaba descrito con rigor, desde la calibración inicial hasta el procesamiento de los datos con algoritmos de reducción de ruido.

El objetivo era garantizar la reproducibilidad del experimento: cualquier investigador debía poder replicar los resultados siguiendo las instrucciones.

Los resultados ocupaban varias páginas.

Tablas con longitudes de onda, intensidades relativas y relaciones señal/ruido se acompañaban de gráficos que mostraban las curvas espectrales con las líneas de litio resaltadas.

Leo incluyó comparaciones con modelos teóricos de evolución estelar, mostrando cómo sus datos coincidían con edades estimadas entre cinco y diez millones de años.

La precisión del método quedaba demostrada en la consistencia de los resultados.

La discusión analizaba las implicaciones.

Explicaba que la presencia de litio en las estrellas jóvenes era un indicador confiable de su etapa evolutiva, y que su método ofrecía una herramienta práctica para estudios futuros.

Reconocía las limitaciones: la necesidad de datos de alta resolución, la influencia del ruido de fondo, la dependencia de modelos teóricos.

Pero también destacaba la contribución: una forma experimental de estimar la edad estelar con mayor exactitud.

La conclusión cerraba el artículo con una frase clara: La intensidad relativa de las líneas de litio en espectros infrarrojos constituye un indicador robusto de la edad de estrellas T Tauri, ofreciendo una herramienta experimental complementaria a los modelos teóricos existentes.

Leo revisó el manuscrito varias veces, corrigiendo detalles, ajustando tablas, verificando referencias.

Cada cita debía estar en formato correcto, cada figura numerada, cada sección coherente.

El proceso era lento, pero necesario: un artículo científico debía ser impecable en su forma y en su fondo.

Cuando estuvo satisfecho, preparó el archivo final y lo guardó en un disquete.

Desde la computadora del laboratorio, accedió al sistema de envío de manuscritos de The Astrophysical Journal.

El formulario pedía datos básicos: título, autores, afiliación, resumen.

Leo completó cada campo con cuidado, adjuntó el archivo y presionó el botón de envío.

La pantalla mostró un mensaje: Submission received.

Manuscript ID: ApJ-2005-1127.

Leo se recostó en la silla, dejando escapar un suspiro.

El artículo estaba en manos de los revisores.

Ahora comenzaba la espera.

Los días siguientes transcurrieron entre nuevas tareas en el laboratorio y la ansiedad por la respuesta.

Sabía que el proceso de revisión podía tardar semanas, incluso meses.

Los revisores analizarían cada detalle, cuestionarían la metodología, pedirían aclaraciones.

Era parte del rigor académico.

Mientras tanto, Leo continuaba trabajando en otros proyectos, pero cada vez que encendía la computadora, revisaba su correo esperando noticias.

La tensión era constante: la posibilidad de rechazo estaba siempre presente, pero también la esperanza de aceptación.

Finalmente, una tarde, recibió un correo del editor.

El asunto decía: Review Results – Manuscript ApJ-2005-1127.

Abrió el mensaje con el corazón acelerado.

Los revisores habían enviado sus comentarios: el artículo era sólido, la metodología clara, los resultados consistentes.

Pedían algunas correcciones menores: ampliar la discusión sobre las limitaciones, incluir referencias adicionales a estudios previos, ajustar la presentación de una tabla.

Leo leyó cada comentario con atención, tomó notas y comenzó a trabajar en las correcciones.

El proceso era meticuloso: responder a cada observación, justificar cada decisión, mejorar cada detalle.

En pocos días, envió la versión revisada.

Semanas después, recibió la confirmación: Your manuscript has been accepted for publication in The Astrophysical Journal.

Leo se quedó mirando la pantalla, incrédulo.

Su nombre aparecería en una revista científica de prestigio, junto a investigadores de todo el mundo.

Era su primera publicación formal, el resultado de meses de trabajo experimental en solitario.

Apagó la computadora y salió del laboratorio.

El campus estaba iluminado por el sol de la tarde, y Leo caminó con paso firme, consciente de que había dado un paso decisivo en su carrera científica.

—– El correo electrónico llegó en la mañana, con el encabezado institucional de Caltech.

Leo lo abrió en la computadora del laboratorio, y la pantalla mostró un mensaje firmado por el decano de la Facultad de Física y el director del departamento.

“Estimado Dr.

Hofstadter,” comenzaba la carta.

“Queremos expresarle nuestras más sinceras felicitaciones por la reciente aceptación de su artículo en The Astrophysical Journal.

Su trabajo sobre el análisis espectral infrarrojo de estrellas jóvenes en Tauro representa una contribución significativa al campo de la astrofísica experimental y refleja el rigor y la excelencia que caracterizan a nuestra institución.” Leo leyó cada línea con atención.

El texto continuaba: “La publicación de este estudio no solo valida la calidad de su investigación, sino que también fortalece la posición de Caltech como líder en la exploración del universo.

Nos enorgullece contar con usted entre nuestros investigadores, y confiamos en que este logro será el primero de muchos que marcarán su carrera académica.” El mensaje cerraba con una firma digital: Dr.

Richard C.

Atkinson, Decano de la Facultad de Física Dr.

Michael Turner, Director del Departamento de Física Experimental Leo se recostó en la silla, dejando que las palabras resonaran en su mente.

El título “Dr.

Hofstadter” aparecía repetidamente en la carta, y aunque sabía que era un reconocimiento formal, también lo sentía como un símbolo de pertenencia.

No era solo un estudiante o un investigador en formación: era un físico experimental con nombre propio en las revistas científicas y con el respaldo de su universidad.

El reconocimiento institucional tenía un peso distinto al de las ventas de sus novelas.

Las regalías eran un éxito personal, un triunfo creativo; pero la felicitación de los directivos era un sello académico, una validación de su lugar en la comunidad científica.

Leo imprimió la carta y la colocó en una carpeta junto a sus gráficos y tablas.

Era un recordatorio tangible de que su esfuerzo en el laboratorio, las noches de calibración y análisis, habían dado frutos.

—- Sheldon se sentó en su escritorio, con la revista científica abierta frente a él.

El título del artículo aparecía en letras sobrias: Infrared Spectral Analysis of Young Stellar Objects in Taurus.

Sus ojos recorrieron las primeras líneas con rapidez, absorbiendo cada detalle.

El lenguaje técnico le resultaba familiar, pero lo que captó su atención fue el nombre en la lista de autores: Dr.

Leonard Hofstadter.

Sheldon arqueó una ceja.

“Interesante,” murmuró para sí, aunque su tono estaba cargado de esa mezcla de escepticismo y sorpresa que lo caracterizaba.

Comenzó a leer con detenimiento.

La introducción citaba trabajos recientes sobre estrellas T Tauri y cúmulos estelares, referencias que Sheldon conocía bien.

La metodología describía el uso del espectrómetro infrarrojo y los procedimientos de calibración, detallados con precisión experimental.

Sheldon pasó las páginas con rapidez, buscando inconsistencias, errores, cualquier punto débil que pudiera señalar.

Encontró las tablas con longitudes de onda y las gráficas de intensidad relativa del litio.

Se detuvo, ajustó sus lentes y observó con atención.

Los resultados eran claros, consistentes, y la correlación con los modelos teóricos estaba bien fundamentada.

Sheldon apoyó la espalda en la silla y cruzó los brazos.

“Aceptable.

Muy aceptable.” En su mente, la palabra resonaba como un reconocimiento.

Para él, la teoría siempre había sido la cúspide de la ciencia, y los experimentos eran apenas herramientas de validación.

Pero en este caso, debía admitir que el trabajo experimental de Leo aportaba algo real: una metodología precisa, un resultado verificable, una contribución tangible al campo.

Continuó leyendo la discusión.

Leo había señalado las limitaciones del método, había reconocido la dependencia de modelos teóricos y la necesidad de datos de alta resolución.

Sheldon asintió con aprobación.

“Bien.

No exagera.

No pretende que su descubrimiento sea revolucionario.

Es honesto en sus conclusiones.

Eso lo hace más sólido.” Al llegar a la conclusión, Sheldon cerró la revista y se quedó en silencio unos segundos.

Miró el nombre de Leo otra vez.

“Dr.

Hofstadter,” pensó.

“Nunca imaginé que ese título le quedaría tan bien.

No es un teórico, no es un visionario, pero es un experimentalista competente.

Y ahora, publicado en ApJ.

Eso lo coloca oficialmente en la comunidad científica.” Sheldon se levantó, caminó hacia la pizarra y escribió el título del artículo en la esquina, como si fuera un recordatorio.

Lo miró unos segundos y luego añadió una nota: “Metodología experimental válida.

Resultados consistentes.

Contribución aceptable.” Para cualquiera, esas palabras sonarían frías.

Pero en el lenguaje de Sheldon, eran un elogio.

—– La carta llegó con el membrete oficial del Departamento de Defensa de los Estados Unidos.

El sobre era grueso, sellado, y llevaba la marca de “Confidencial”.

Leo lo encontró sobre su escritorio en el laboratorio, entregado por un mensajero que no dio más explicaciones.

Al abrirlo, leyó las primeras líneas: “Estimado Dr.

Leonard Hofstadter, El Gobierno de los Estados Unidos, a través de la Oficina de Investigación Avanzada en Propulsión, reconoce su reciente publicación en The Astrophysical Journal y su destacada trayectoria en física experimental.

Nos dirigimos a usted para solicitar su colaboración en un proyecto de máxima prioridad nacional: el desarrollo de un nuevo combustible para cohetes, destinado a mejorar la eficiencia y seguridad de los sistemas de lanzamiento espacial.” El documento detallaba los objetivos: crear un combustible con mayor densidad energética, capaz de reducir el peso de los cohetes y aumentar su alcance; minimizar los riesgos de explosión durante el almacenamiento y transporte; y garantizar que pudiera ser producido con recursos accesibles en territorio nacional.

Leo repasó cada párrafo con atención.

El texto era claro: no se trataba de un experimento académico, sino de un proyecto estratégico, con implicaciones militares y espaciales.

El gobierno lo estaba invitando a formar parte de un círculo reducido de científicos encargados de diseñar la próxima generación de propulsión.

El encargo incluía acceso a instalaciones especializadas, financiamiento ilimitado para materiales y equipos, y la posibilidad de trabajar con ingenieros de la NASA y del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL).

Pero también imponía condiciones estrictas: confidencialidad absoluta, reportes periódicos, y la obligación de entregar resultados verificables en plazos definidos.

Leo dejó la carta sobre la mesa y miró el espectrómetro apagado.

Su mente comenzó a proyectar escenarios: mezclas de compuestos líquidos y sólidos, experimentos de combustión controlada, análisis de estabilidad térmica.

Sabía que el reto no era solo científico, sino también práctico: un combustible debía funcionar en condiciones extremas, desde el frío del espacio hasta la presión del lanzamiento.

El documento cerraba con una frase contundente: “Su experiencia en experimentación rigurosa y su capacidad para innovar lo convierten en el candidato ideal.

Esperamos su respuesta inmediata.

Atentamente, Dr.

William Carter, Director de la Oficina de Investigación Avanzada en Propulsión.” Leo guardó la carta en su carpeta personal.

El título “Dr.

Hofstadter” aparecía una vez más, pero ahora no era solo un reconocimiento académico: era una llamada a servir en un proyecto que podía cambiar el rumbo de la exploración espacial.

—- Dos semanas despues El laboratorio había cambiado.

Ya no era solo un espacio para espectroscopía estelar; ahora estaba equipado con nuevos instrumentos enviados bajo órdenes gubernamentales: cámaras de combustión selladas, sensores de presión de alta precisión, sistemas de ventilación reforzados y un módulo de seguridad con alarmas conectadas directamente al centro de control.

Cada pieza llevaba etiquetas oficiales, y el acceso estaba restringido con cerraduras electrónicas.

Leo comenzó con lo esencial: caracterizar los compuestos que podrían servir como base para un combustible experimental.

En la mesa de trabajo había muestras de hidracina estabilizada, peróxidos concentrados y polímeros energéticos de última generación.

Cada frasco estaba marcado con códigos de seguridad y acompañado de fichas técnicas que describían su densidad energética, temperatura de ignición y riesgos asociados.

El primer paso fue medir la estabilidad térmica.

Colocó pequeñas cantidades de los compuestos en cápsulas metálicas y las introdujo en un calorímetro diferencial de barrido.

La pantalla mostró curvas de descomposición a medida que la temperatura aumentaba.

Algunas mezclas liberaban energía demasiado rápido, lo que las hacía peligrosas para almacenamiento prolongado.

Otras mostraban una liberación más controlada, con picos de energía que podían aprovecharse en condiciones de combustión.

Registró cada dato en su libreta: temperatura de inicio de reacción, calor liberado por gramo, tiempo de estabilidad.

Los números eran fríos, pero detrás de ellos estaba la posibilidad de un avance estratégico.

El siguiente procedimiento fue probar la combustión en condiciones controladas.

Usando una cámara sellada, introdujo pequeñas cantidades de los compuestos seleccionados y aplicó una chispa eléctrica.

Los sensores registraron la presión generada, la velocidad de combustión y la temperatura alcanzada.

La primera prueba produjo una explosión breve, demasiado violenta para ser útil.

La segunda mostró una combustión más estable, con una curva de presión que se mantenía constante durante varios segundos.

Leo ajustó las proporciones, mezclando polímeros energéticos con oxidantes líquidos.

El objetivo era encontrar un equilibrio: suficiente energía para impulsar un cohete, pero con estabilidad para evitar accidentes en tierra.

Cada prueba era un riesgo calculado, y por eso trabajaba con cantidades mínimas, apenas gramos de material.

La documentación era exhaustiva.

Cada experimento quedaba registrado en informes técnicos, con tablas de resultados y gráficas de presión y temperatura.

Los documentos eran enviados encriptados al centro de investigación gubernamental, bajo protocolos de confidencialidad estrictos.

El ambiente del laboratorio era distinto al de sus investigaciones astronómicas.

Aquí no había silencio contemplativo, sino tensión constante.

Cada chispa podía ser peligrosa, cada error podía tener consecuencias graves.

Los sistemas de seguridad estaban siempre activos, y Leo trabajaba con guantes, gafas y un traje resistente a químicos.

Al final de la jornada, había identificado dos mezclas prometedoras: una basada en peróxido concentrado combinado con polímeros energéticos, y otra en una variante estabilizada de hidracina con aditivos que reducían su volatilidad.

Ambas mostraban curvas de combustión estables y densidad energética superior a los combustibles convencionales.

Guardó las muestras en contenedores sellados, apagó los equipos y cerró el laboratorio con las cerraduras electrónicas.

Caminó hacia la salida con la libreta bajo el brazo, consciente de que había dado el primer paso en un proyecto que no solo era científico, sino estratégico.

El gobierno esperaba resultados, y él estaba dispuesto a entregarlos.

— REFLEXIONES DE LOS CREADORES Charly8Villan Como seria para alguien pasar algo asi, de imaginarlo es interesante y emocionante

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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