The Big Bang Theory: Un Nuevo Leonard [Español] - Capítulo 8
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8: Capitulo 8 – Joyce Kim 8: Capitulo 8 – Joyce Kim Capitulo 8 – Joyce Kim Leo salió del laboratorio con paso lento, todavía con la sensación del cansancio acumulado en los hombros.
Había pasado toda la mañana entre cálculos, ajustes de equipos y anotaciones interminables, y el reloj ya marcaba las dos de la tarde.
Decidió darse un respiro y caminar hasta el comedor de la universidad, buscando un momento de pausa en medio de la rutina.
El comedor estaba en su habitual bullicio de mediodía: bandejas chocando, conversaciones cruzadas, estudiantes repasando apuntes mientras comían, y el olor de la comida flotando en el aire.
Leo tomó una bandeja y se sirvió lo que había disponible.
La comida era regular, sin nada especial, pero aceptable para saciar el hambre.
Se acomodó en una mesa libre, cerca de la ventana, dejando su libreta a un lado como si aún no pudiera desprenderse del trabajo.
Sheldon no estaba allí; demasiado ocupado en sus propios cálculos y teorías para salir del laboratorio.
Raj y Howard habían decidido comer temprano, y ya no quedaba rastro de ellos en el comedor.
Eso dejaba a Leo solo, aunque para él no era ningún problema.
La soledad le resultaba cómoda, casi necesaria, un espacio donde podía ordenar sus pensamientos sin interrupciones.
Mientras comía en silencio, observaba el ir y venir de la gente alrededor.
El murmullo constante se mezclaba con el sonido metálico de los cubiertos y el crujir de las bandejas.
Afuera, la luz del mediodía entraba por los ventanales, iluminando el comedor con un resplandor cálido.
Leo se permitió unos minutos de calma, disfrutando de la pausa, consciente de que pronto volvería al laboratorio y a la exigencia de sus experimentos.
— El comedor estaba lleno de voces y bandejas chocando, pero Leo disfrutaba de la tranquilidad de su mesa.
Eran las dos de la tarde, y después de una mañana intensa en el laboratorio, se permitía un descanso.
La comida era regular, nada memorable, pero suficiente para acompañar sus pensamientos.
Mientras masticaba lentamente, su mente se alejaba de espectros y combustibles para enfocarse en otro terreno que lo intrigaba: las inversiones.
Observaba el mundo como quien analiza un espectro estelar: cada mercado era una curva, cada burbuja un pico que podía anticipar un colapso.
En 2006, veía señales que para otros pasaban desapercibidas.
El auge inmobiliario, impulsado por hipotecas fáciles y especulación, le parecía una curva demasiado perfecta, demasiado acelerada.
Sabía que cuando una variable crece sin fundamento sólido, tarde o temprano colapsa.
El mercado de la vivienda está inflándose, pensaba, y cuando estalle, quienes estén preparados podrán aprovecharlo.
Su mirada se desplazaba hacia la tecnología.
El recuerdo de la burbuja puntocom aún estaba fresco, pero Leo intuía que lo que venía sería distinto.
Google ya mostraba un modelo de negocio sólido, Apple estaba a punto de revolucionar la comunicación con un dispositivo que integraría teléfono, música e internet, y las redes sociales comenzaban a germinar como un fenómeno cultural.
La próxima década será de plataformas digitales, reflexionaba.
Quien invierta en ellas ahora estará en el centro de un cambio global.
La energía era otro punto clave.
El petróleo seguía caro, y las discusiones sobre alternativas se intensificaban.
Para Leo, el futuro estaba en la transición hacia fuentes limpias y en la innovación de combustibles más eficientes.
Sabía que las empresas que apostaran por la energía solar, eólica y baterías avanzadas tendrían un papel central en el mundo que venía.
La energía será el nuevo oro, se decía, y no solo por necesidad, sino por estrategia.
Mientras daba otro bocado, pensaba en los mercados emergentes.
China crecía a un ritmo vertiginoso, India se consolidaba como potencia tecnológica, y América Latina ofrecía recursos naturales que serían cada vez más demandados.
Para él, eran como estrellas jóvenes: inestables, pero con un potencial enorme.
Quien sepa leer sus trayectorias podrá anticipar su brillo.
La comparación con la física experimental era inevitable.
Las inversiones eran experimentos a gran escala: se formulaba una hipótesis, se observaban los datos, se tomaban decisiones, y luego se verificaban los resultados.
El riesgo era parte del proceso, igual que en el laboratorio.
No había certeza absoluta, solo probabilidades y patrones.
Leo pensaba también en diversificación.
No bastaba con apostar todo a una sola burbuja; había que distribuir los recursos, como quien calibra varios detectores para obtener una visión completa del espectro.
Inmobiliario, tecnología, energía, mercados emergentes: cada uno representaba una curva distinta, y la combinación podía ofrecer estabilidad frente a la volatilidad.
—– Leo terminó su almuerzo en el comedor, la comida era aceptable y el ambiente bullicioso lo dejaba tranquilo.
Mientras recogía los últimos bocados, su mente se apartó de números y experimentos para divagar en algo completamente distinto: esquiar.
Nunca lo había hecho en su vida anterior.
En Latinoamérica, donde había sido un trabajador promedio, eso no era lo común; las vacaciones eran más bien playas, visitas familiares o simplemente descansar en casa.
La nieve y los deportes de invierno eran imágenes lejanas, casi exclusivas de películas o revistas.
Ahora, sentado en Pasadena, con otra vida y otras posibilidades, la idea le parecía divertida.
Imaginaba la escena: él con un traje de esquí, torpe al principio, cayendo en la nieve mientras intentaba mantener el equilibrio.
Howard seguramente presumiría que lo hacía mejor que todos, aunque terminaría rodando cuesta abajo.
Raj estaría emocionado, pero nervioso, tratando de no perder el control.
Y Sheldon…
bueno, Sheldon probablemente se quejaría de la falta de lógica en deslizarse por una pendiente helada, pero aun así acabaría en el suelo, con los brazos extendidos como si estuviera demostrando un principio físico.
La idea lo hizo sonreír.
No era un plan inmediato, pero sí una posibilidad que ahora podía considerar.
Un viaje en invierno, una estación de esquí cercana, un fin de semana fuera del laboratorio.
No necesitaba lujo, solo la experiencia de estar en la nieve, de compartir algo distinto con sus amigos, de reírse juntos de las caídas y los intentos fallidos.
—- Leo permanecía sentado en la cafetería, con la bandeja ya vacía frente a él y la libreta cerrada a un lado.
El murmullo de estudiantes y profesores seguía llenando el ambiente, pero él se encontraba en su propio mundo, divagando con calma.
Después de pensar en inversiones y en la posibilidad de esquiar, su mente se desplazó hacia otra idea que lo entusiasmaba: comenzar una colección de cómics y mangas.
En su vida anterior, aquello había sido un lujo imposible.
El sueldo de un trabajador promedio en Latinoamérica apenas alcanzaba para lo básico, y las ediciones importadas eran caras y difíciles de conseguir.
Ahora, sentado en Pasadena, con otra vida y otras posibilidades, podía permitirse pensar en armar una colección desde cero, empezando por los clásicos que siempre había admirado.
Imaginaba las estanterías llenándose poco a poco.
Primero, los tomos de Dragon Ball, con las portadas coloridas y la historia que marcó generaciones.
Luego, los volúmenes iniciales de One Piece, con Luffy y su tripulación en las primeras aventuras, piezas que algún día serían vistas como historia pura del manga.
Después pensaba en los cómics estadounidenses.
Superman, el héroe fundacional, con reediciones de Action Comics y sagas modernas que mostraban su evolución.
Batman, con arcos imprescindibles como Year One o The Dark Knight Returns, historias que definieron al Caballero Oscuro.
Y por supuesto, Linterna Verde, con sus sagas cósmicas que mezclaban ciencia ficción y mitología, especialmente la etapa de Geoff Johns que tanto había leído en reseñas.
La idea lo hacía sonreír.
No era una compra inmediata, sino un plan, un mapa mental de lo que quería construir.
Una colección que mezclara manga y cómic, Oriente y Occidente, lo que había marcado su juventud y lo que ahora podía disfrutar con calma.
—- Leo seguía sentado en la cafetería de la universidad, con la bandeja ya vacía frente a él y la libreta cerrada a un lado.
El murmullo de estudiantes y profesores llenaba el ambiente, pero él estaba abstraído en sus pensamientos, divagando sobre inversiones, colecciones de cómics y hasta la posibilidad de esquiar por primera vez.
Era un momento de pausa, un descanso merecido después de horas en el laboratorio.
De pronto, algo lo sacó de su ensimismamiento.
La silla frente a él se movió suavemente, arrastrada por alguien que acababa de llegar.
Levantó la mirada y la vio: una joven asiática, muy hermosa, con una bandeja de comida en las manos.
Su presencia fue inmediata, como si la luz del mediodía se hubiera concentrado en esa figura.
Ella lo miró con una sonrisa ligera y dijo: “¿Está ocupada la silla?” “No, adelante”, dijo Leo.
La joven colocó la bandeja sobre la mesa y se sentó frente a él.
El movimiento fue sencillo, pero para Leo significó un cambio en el ritmo de su día.
Hasta ese momento había estado solo, divagando en silencio; ahora tenía compañía inesperada.
Ella se acomodó, tomó los cubiertos y, antes de empezar a comer, se presentó con amabilidad: “Soy Joyce Kim, estudiante de posgrado en el departamento de Química”, dijo ella.
Leo sonrió.
Joyce Kim…
claro, sé quién eres.
Una espía norcoreana.
Pero eso no me quita el apetito ni las ganas de conversar.
Al contrario, si alguien así decide sentarse conmigo, lo mínimo que puedo hacer es disfrutarlo.
Sí que es hermosa.
[La imagino como Jamie Chung ] “Leo, del departamento de Física”, dijo él, con tono seguro.
Joyce acomodó su bandeja y comenzó a comer con calma.
Después de unos minutos de silencio compartido, lo miró con curiosidad.
“¿Hace mucho que estás en la universidad?
Yo soy nueva aquí, todavía me estoy acostumbrando al ambiente”, dijo Joyce.
Leo levantó la vista, sorprendido por la pregunta.
“Sí, llevo ya un tiempo en Caltech.
El departamento de Física puede ser bastante absorbente, pero uno se acostumbra”, dijo Leo.
Ella sonrió, como si la respuesta le diera pie a seguir indagando.
“Debe ser interesante.
Aunque imagino que también es agotador”, dijo Joyce.
Leo pensó en silencio, divertido.
Seguro quieres saber más, pero yo prefiero hacerte reír.
Joyce lo observaba con atención, inclinándose un poco hacia adelante.
“Me gusta conocer gente de otros departamentos.
Física y química no están tan lejos, ¿no crees?” dijo ella.
“Bueno, depende.
En física experimental pasamos mucho tiempo calibrando equipos y midiendo espectros.
En química, supongo que pasan más tiempo mezclando cosas que pueden explotar”, dijo Leo con una sonrisa.
Ella rió suavemente.
“Exacto.
Aunque a veces también explotamos de cansancio”, dijo Joyce.
La conversación se fue alargando.
Joyce hacía preguntas sobre la universidad, los profesores, los laboratorios, y Leo respondía con calma, dejando que la charla fluyera.
Ella tenía un tono ligero, juguetón, y cada tanto lanzaba frases con un matiz coqueto.
“Dicen que los físicos son muy serios, pero tú no pareces tan serio”, dijo Joyce.
Leo se encogió de hombros.
“Bueno, trato de serlo en el laboratorio.
Aquí en la cafetería, supongo que puedo relajarme un poco”, dijo Leo.
Joyce lo miró con picardía.
“Eso me gusta.
Un físico que sabe cuándo dejar de ser serio.” Leo, intentando seguirle el juego, soltó un chiste torpe.
“¿Sabías que los físicos somos como los electrones?
Siempre buscamos la forma más estable…
aunque a veces terminamos en órbitas equivocadas”, dijo Leo.
Ella lo miró, fingiendo estar seria, y luego estalló en risa.
“Eso fue terrible…
pero me hizo reír”, dijo Joyce.
Leo sonrió, satisfecho.
Perfecto, si esta espía se ríe de mis chistes, entonces todo va bien.
El almuerzo continuó, y Leo se dio cuenta de que estaba disfrutando de la compañía.
No era solo la conversación, sino la energía que Joyce transmitía.
Había en ella una mezcla de inteligencia y encanto que lo mantenía atento.
Y pensar que yo venía a comer solo…
ahora estoy en una comedia romántica improvisada con una espía.
Joyce hablaba de sus primeras impresiones en la universidad, de lo difícil que era adaptarse, y de cómo buscaba compañía para no sentirse perdida.
Leo respondía con comentarios sencillos, a veces con humor, y se dejaba querer por el tono coqueto de ella.
“Me alegra haberte encontrado aquí.
No es tan común ver a alguien dispuesto a conversar en medio del almuerzo”, dijo Joyce.
“Supongo que tuve suerte de que movieras esa silla”, dijo Leo.
Ella lo miró con una sonrisa que parecía esconder algo más.
“Tal vez no fue suerte.
Tal vez fue intención”, dijo Joyce.
Leo pensó en silencio.
Definitivamente sabe cómo jugar con las palabras.
Y yo…
me estoy dejando llevar.
Los minutos pasaban rápido.
Entre risas, comentarios sobre la universidad y pequeños chistes, la conversación se convertía en un intercambio ligero y agradable.
Joyce coqueteaba con naturalidad, y Leo respondía sin exagerar, manteniendo el equilibrio entre humor y seriedad.
En ese punto, Leo notó que la charla apenas comenzaba a tomar un tono distinto.
Joyce parecía disfrutar del juego de palabras, y él, confiado, se dejaba arrastrar por la dinámica.
La cafetería seguía llena de voces y bandejas, pero para ellos era como si el ruido se hubiera desvanecido.
—- El bullicio seguía alrededor, pero para Leo y Joyce la cafetería se había convertido en un rincón aparte.
La conversación fluía con naturalidad, y cada minuto parecía acercarlos más.
Joyce jugaba con las palabras, lanzando preguntas que parecían inocentes pero que tenían un matiz curioso, casi investigativo.
“¿Qué tipo de proyectos haces en Física?
He escuchado que trabajan con cosas muy complejas”, dijo Joyce, inclinándose hacia adelante.
Leo sonrió.
Ahí está, la parte de la espía.
Pero no voy a darle nada concreto.
“Bueno, depende del día.
A veces calibramos equipos, otras veces analizamos espectros.
Es como cocinar, pero con menos sabor y más números”, dijo Leo, con tono ligero.
Ella rió suavemente.
“Entonces necesitas paciencia.
Yo no podría con tantas repeticiones.” Leo levantó las cejas.
“Créeme, yo tampoco podría con los compuestos de química.
Al menos mis experimentos no explotan en la cara…
la mayoría de las veces”, dijo Leo.
Joyce lo miró con interés, como si buscara un detalle más.
“¿Y trabajas en algo que tenga aplicaciones fuera de la universidad?” dijo ella.
Leo pensó en silencio.
Claro que quieres saber más.
Pero yo no soy policía ni héroe, y tampoco voy a darte un informe.
Mejor te doy una respuesta amplia.
“Todo lo que hacemos tiene aplicaciones.
La física siempre termina en algo útil: desde telescopios hasta celulares.
Aunque si me preguntas, yo solo quiero que los números cuadren”, dijo Leo, con una sonrisa.
Ella lo observó unos segundos, como midiendo sus palabras, y luego cambió el tono a uno más juguetón.
“Me gusta cómo lo dices.
Parece que disfrutas lo que haces.” Leo asintió.
“Sí, disfruto.
Aunque disfruto más cuando alguien me hace preguntas interesantes mientras almuerzo”, dijo Leo, mirándola con picardía.
Joyce sonrió, inclinándose un poco hacia él.
“¿Así que soy interesante?” Leo se encogió de hombros, divertido.
“Bueno, no todos los días una química hermosa decide sentarse conmigo.
Eso ya es interesante”, dijo Leo.
Ella rió, bajando la mirada por un instante.
“Sabes decir las cosas de manera que suenan bien.” Leo pensó.
Claro, y tú sabes preguntar de manera que suena casual.
Pero yo también sé jugar este juego.
La charla continuó con bromas y comentarios ligeros.
Joyce preguntaba sobre su rutina, sobre cuánto tiempo pasaba en el laboratorio, sobre si tenía colegas con los que trabajaba de cerca.
Leo respondía con generalidades, nunca entrando en detalles, pero siempre con humor.
“¿Pasas más tiempo en el laboratorio que en cualquier otro lugar?” dijo Joyce.
“Probablemente sí.
Aunque últimamente paso más tiempo en la cafetería…
pero solo cuando hay buena compañía”, dijo Leo, mirándola directamente.
Ella sonrió, divertida.
“Eso suena como un cumplido.” “Lo es”, dijo Leo.
Los minutos pasaban rápido.
Entre risas, comentarios sobre la universidad y pequeños chistes, la conversación se convirtió en un intercambio ligero y agradable.
Joyce coqueteaba con naturalidad, y Leo respondía sin exagerar, manteniendo el equilibrio entre humor y seriedad.
En un momento, Joyce dejó el tenedor y lo miró directamente.
“He escuchado tu nombre.
Dicen que publicaste en The Astrophysical Journal”, dijo Joyce.
Leo asintió, sin darle demasiada importancia.
“Sí, hace poco.
Fue mucho trabajo, nada más”, dijo Leo.
Ella sonrió, inclinándose ligeramente hacia adelante.
“Eso es impresionante.
No todos logran publicar ahí.” Leo bajó la mirada, con una sonrisa tranquila.
“Bueno, supongo que tuve suerte.
Aunque prefiero no hablar de eso mientras almuerzo.
La comida se pone celosa”, dijo Leo, bromeando.
Joyce rió, sacudiendo la cabeza.
“Tienes una manera muy curiosa de esquivar las preguntas.” Leo pensó.
Exacto.
Y así seguirá siendo.
No voy a darte nada más, pero sí voy a seguir disfrutando de la charla.
Finalmente, Joyce recogió su bandeja y se levantó.
Antes de irse, lo miró con una sonrisa que parecía prometer futuros encuentros.
“Bueno, Leo, fue un buen almuerzo.
Espero que podamos repetirlo pronto”, dijo Joyce.
“Claro, cuando quieras”, dijo Leo.
Ella le guiñó un ojo antes de alejarse.
Leo la siguió con la mirada, consciente de que aquella charla había sido más que una simple conversación de cafetería.
Había sido un encuentro inesperado, lleno de matices, y que dejaba abierta la posibilidad de futuros momentos compartidos.
Leo pensó en silencio.
Joyce Kim, la espía.
Y yo aquí, riendo y bromeando como si nada.
Supongo que así es mejor: dejar que el juego siga su curso.
— POV de Joyce Kim Salí de la cafetería con la bandeja vacía en las manos y todavía con la sonrisa en los labios.
No era común que una conversación ligera me dejara tan intrigada.
Leo…
doctor en Física Experimental.
Eso ya lo sabía.
Lo que no esperaba era que fuera tan encantador.
Me había preparado para un encuentro rutinario: acercarme, presentarme como estudiante de posgrado, hacer preguntas simples, tantear el terreno.
Lo normal en una misión de infiltración.
Pero él no reaccionó como los demás.
No se mostró incómodo ni evasivo, tampoco presumido.
Respondió con calma, con humor, y de alguna manera logró que yo terminara riendo más de lo que planeaba.
Su manera de esquivar preguntas fue impecable.
No dio detalles, nunca se comprometió con nada específico, pero tampoco sonó sospechoso.
Al contrario, parecía disfrutar del juego.
Cada respuesta era amplia, ingeniosa, como si estuviera acostumbrado a que lo interrogaran y hubiera aprendido a convertirlo en una broma.
Eso me desconcertó.
Y luego estaba su presencia.
Alto, atractivo, con esa seguridad natural que no necesita imponerse.
No era el típico académico encerrado en su mundo; era social, carismático, alguien que podía hacerte sentir cómoda en cuestión de minutos.
Esa mezcla es peligrosa.
Un hombre así no solo atrae miradas, también genera confianza.
Y la confianza es lo que más necesito para cumplir mi misión.
Me repito que debo mantener la distancia, que no puedo dejarme llevar por lo superficial.
Pero es difícil ignorar lo que transmite.
Su sonrisa, sus chistes malos que de alguna manera funcionan, la forma en que me miró directamente cuando dijo que la buena compañía hacía la cafetería más agradable…
todo eso me hizo olvidar por un momento que estaba trabajando.
No sé cuánto sabe realmente.
No sé si sospecha de mí.
Pero sí sé que no es un hombre común.
Su inteligencia se nota en cada palabra, en cada pausa.
Y aunque mi objetivo es investigarlo, ahora mismo lo único que pienso es que quiero volver a sentarme frente a él.
Quizás fue suerte.
O quizás fue intención.
Pero lo cierto es que hoy conocí a alguien que puede ser mucho más complicado de lo que imaginaba.
—- REFLEXIONES DE LOS CREADORES Charly8Villan Aqui empieza la imaginacion a trabajar, huele a quemado mi cerebro, pero va bien.
Que hermosa que era o es Jamie Chung
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