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The Forgotten Son of Ice - Capítulo 64

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Capítulo 64: Capitulo 63

[Eiren]

La cuchara volvió a rozar mis labios, tibia, con ese olor suave que me recordaba al hogar.

No protesté.

Llevaba días, quizás semanas, sin tener algo tan simple como una sopa en la boca.

Mi madre Luneth, la sostenía con ambas manos, con ese cuidado exagerado que uno usa cuando teme que lo que sostiene se rompa al mínimo movimiento.

—Despacio, amor… —me dijo en voz baja, soplando antes de ofrecerme otra cucharada—. Está caliente aún.

Asentí apenas, dejando que la sopa pasara.

Tenía hambre, sí, pero también esa pereza que viene cuando el cuerpo aún no se acostumbra a estar despierto.

Cada movimiento parecía pedir permiso al siguiente.

—¿Así está bien? —preguntó ella, como si lo que importara fuera mi aprobación.

—Sí… —respondí con la voz ronca, casi un murmullo—. Está buena… mamá.

Ella se detuvo un segundo.

Vi cómo sus labios temblaban un poco antes de sonreír.

No sé si fue porque la llamé “mamá” o porque me oyó decir algo más largo que una sola palabra.

De cualquier forma, su sonrisa me bastó.

A mi alrededor, la habitación se sentía demasiado llena.

Mi padre, el duque Nareth Vyrenthal, estaba de pie al otro lado de la cama.

No decía nada, pero su mirada lo hacía todo: mezcla de orgullo, alivio, y ese desconcierto que solo alguien que no sabe cómo acercarse puede tener.

Sivelle estaba sentada junto a la ventana, con las manos en el regazo, mirándome de vez en cuando.

Sonreía, pero sus ojos rojos delataban que había llorado no hace mucho.

A su lado, Niva e Isen —los mellizos— se asomaban intentando no hacer ruido, aunque no podían evitar moverse inquietos, como si quisieran venir a abrazarme pero temieran romper algo en el proceso.

Y luego… mi otra familia.

Mi verdadero refugio todos esos años.

Liana, mi madre adoptiva, se mantenía cerca de Luneth, observando con ternura y cierta nostalgia.

Roderic tenía los brazos cruzados, pero sus ojos brillaban con orgullo.

Joren estaba detrás de él, intentando no parecer emocionado, pero lo conocía demasiado bien como para no ver su sonrisa escondida.

Alenya y Miriel se asomaban un poco desde la puerta, casi como si les diera miedo entrar demasiado.

El contraste era tan extraño.

Dos mundos que antes parecían imposibles de juntar… ahora respiraban en el mismo aire.

No sabía qué sentir.

Al fondo, acostado en silencio junto a la chimenea, estaba él: el dragón-lobo.

Nadie parecía entender del todo qué hacía ahí, pero nadie se atrevía a sacarlo tampoco.

Dormía, o fingía hacerlo.

De vez en cuando, su cola se movía apenas, como si vigilara en sueños.

Tomé otra cucharada.

Y otra.

Mis brazos aún no me obedecían del todo, así que no intenté hacerlo yo mismo.

Era más fácil dejar que mi madre me alimentara, aunque me diera algo de vergüenza tener a todos mirando.

—No tienes que quedarte mirándome comer… —murmuré, apenas audible.

—Oh, pero claro que sí —dijo Sivelle con una risa suave—. No todos los días vemos al gran “hermano perdido” comiendo como un pajarito.

—Sivelle —la reprendió nuestra madre con tono maternal.

—¿Qué? —dijo encogiéndose de hombros—. Es cierto. Míralo, parece que una cucharada lo duerme.

—Podrías probar tú dormir un mes entero y ver cómo te sientes —replicó Liana, medio divertida.

—Liana tiene razón —añadió Nareth con voz grave—. Deja que coma tranquilo.

Sivelle levantó las manos, rindiéndose.

—Está bien, está bien… solo digo que verlo así me da ternura.

—¿Ternura o culpa? —preguntó Isen, ganándose una mirada de su hermana.

No pude evitar soltar una risa leve, aunque se convirtió más en un suspiro que en algo sonoro.

Era extraño reírme así, con tanta gente mirándome.

Pero… se sentía bien.

Mientras tanto, mis ojos se desviaron hacia la puerta.

Dos figuras estaban allí, quietas, observando la escena con serenidad.

Cabello rubio, ojos verdes…

Parecidas, pero no iguales.

La más joven me resultaba familiar al instante.

Miya.

La guardiana de Sivelle.

Siempre la recordaba acompañándola cuando éramos más chicos, cuidándola con una paciencia que rozaba lo sobrenatural.

Pero la otra…

La otra me paralizó.

Su rostro lo había visto antes.

No en persona, sino en aquel recuerdo distorsionado, justo antes de caer del acantilado.

Entre el caos y los gritos, su figura aparecía.

Mariela.

La guardiana de mi madre.

No sabía cuál era su relación exacta, pero era evidente que compartían algo más que la sangre de su linaje mágico.

Eran… similares de una manera difícil de explicar.

Energías distintas, pero entrelazadas.

No pregunté nada.

No me atrevía.

Apenas podía procesar todo lo que veía, mucho menos empezar a hablar de recuerdos que todavía dolían más de lo que entendía.

—¿Quieres más? —preguntó mi madre Luneth, interrumpiendo mis pensamientos.

—Sí, un poco… —dije.

Ella asintió, sirviendo otra cucharada.

El sonido del metal contra el plato fue casi hipnótico.

—Tu apetito es buena señal —comentó Roderic con voz firme, pero amable—. Ya pronto estarás caminando.

—Espero que no tan pronto —intervino mi madre Liana sonriendo—. Déjenlo descansar al menos un día sin que le midan el pulso veinte veces.

—Liana —rió mi madre Luneth, avergonzada—, es mi hijo.

—Y también mío —respondió ella suavemente—. Por eso te lo digo. Si lo exiges demasiado, no sanará tan rápido.

Mi madre Luneth bajó la mirada, aceptando la corrección.

Era la primera vez que veía a las dos hablar así, como si se conocieran desde hace años… y quizás, en cierto modo, sí lo hacían.

—No me molesta… —intervine con voz baja—. No me molesta que me cuide.

Mi madre Luneth alzó la vista, sorprendida.

—¿De verdad?

—Sí… —murmuré—. Hace mucho que nadie me llama “hijo”.

El silencio que siguió fue tan espeso que podía sentirlo en la piel.

Nadie habló durante varios segundos.

Solo se escuchó el crepitar del fuego y el sonido de la cuchara contra el cuenco.

Finalmente, mi madre dejó la sopa a un lado y tomó mi mano con ambas suyas.

—Nunca volverás a pasar hambre, mi amor —susurró—. Nunca más.

No supe qué responder.

Solo cerré los ojos y apreté sus dedos débilmente, sintiendo que, por primera vez en años, mi corazón y mi cuerpo estaban… en el mismo lugar.

Entonces fue Isen, el primero en romper el silencio.

Lo hizo con esa impulsividad suya, con esa franqueza que a veces cortaba como un cuchillo sin querer.

—Hermano Neyreth… —dijo de repente, con la voz cargada de curiosidad y una sombra de reproche apenas disimulada—. Si estabas vivo… ¿por qué no regresaste?

El aire pareció detenerse.

Las risas suaves, los murmullos, el crepitar del fuego… todo se congeló.

Solo el sonido distante del viento contra las ventanas seguía recordándonos que el mundo existía.

Sentí el peso de todas las miradas sobre mí.

La de mi madre Luneth , cálida y temblorosa.

La de mi padre Nareth, firme pero expectante.

Las de mis hermanos, que buscaban una respuesta que ni yo sabía cómo darles.

Bajé la vista a mis manos.

Aún estaban entrelazadas con las de mi madre Luneth, tan suaves y frágiles, pero sujetándome como si al soltarme pudiera desaparecer otra vez.

Mis dedos temblaban.

—No lo sé… —dije al fin, con un hilo de voz.

Sentí mi garganta cerrarse, como si las palabras dolieran al salir—. No lo sé, Isen. No recuerdo todo aún.

Isen frunció el ceño, pero no dijo nada.

Solo esperó.

Los demás también lo hicieron.

—Mi memoria… —continué despacio— todavía está incompleta. Hay cosas que vienen y van, imágenes, voces… fragmentos que no encajan del todo. No tengo una respuesta para eso. Pero… —miré la sopa frente a mí, las manos, el fuego— …sé que lo intenté una vez.

Niva alzó la cabeza con suavidad, como si tuviera miedo de romper el momento.

—¿Intentaste regresar? —preguntó ella, con la voz tan baja que casi no la escuché.

Asentí.

—Sí… pero no sé por qué no lo hice. Algo… me lo impidió. O alguien.

Solo recuerdo el deseo de hacerlo, pero no el motivo de por qué me detuve.

El silencio volvió.

Hasta que mi madre Luneth habló, con un tono que me hizo mirarla directamente.

—¿Acaso fue esa orden a la que pertenecías la que te impidió volver?

Me quedé quieto.

El corazón me dio un vuelco, como si su pregunta hubiera despertado algo dentro de mí.

Alcé la vista, sorprendido, mirándola directamente.

—¿Cómo… sabes eso? —pregunté, sintiendo el pulso subir en mis manos.

Luego giré mi rostro hacia Liana, mi otra madre, con una mezcla de duda y desconcierto—. ¿Tú se lo dijiste?

Mi madre Liana negó con firmeza, con esa calma que siempre la acompañaba.

—No, Eiren… —dijo despacio—. No fui yo.

Volví a mirar a Mi madre Luneth.

Ella respiró hondo, sosteniendo mi mirada sin apartarla.

—Lo supe por alguien —respondió finalmente—. Un joven que encontramos en la ciudad del oeste, hace unos meses.

—¿Un joven? —repetí.

—Sí. Uno que se hacía llamar Kyot.

Mi cuerpo se tensó.

El nombre cayó sobre mí como una losa.

Sentí una punzada en el pecho, una corriente fría recorriéndome la espalda.

—¿Qué… dijiste? —murmuré, apenas audiblemente.

—Kyot —repitió ella, mirándome con cautela—. Él estaba hablando de ti. Dijo tu nombre, y Mariela lo escuchó. Nos acercamos, lo interrogamos, y… nos contó todo.

—¿Todo? —pregunté, el tono de mi voz bajando, conteniéndose.

Mi madre Luneth asintió.

—Todo, hijo. Desde que llegaste a la orden… casi muerto, siendo un niño. Nos contó cómo te entrenaron, cómo creciste allí. Cómo… eliminaste a las tres casas nobles responsables del ataque de aquella noche.

El aire se volvió espeso.

Nadie habló.

Ni siquiera los mellizos respiraban con normalidad.

—También nos dijo —continuó ella, sin apartar la mirada— que en algún momento te marchaste de esa orden. Que regresaste después, sin dar explicación alguna… y que tiempo después, un hombre… llamado Miller… te tendió una trampa. Te inculparon de traidor. Y que esa traición fue lo que terminó… —su voz se quebró un poco— …dejándote malherido. Y sin memoria.

Mi respiración se volvió irregular.

Las palabras me golpeaban una a una, como si cada sílaba reabriera una herida.

Mi pecho ardía.

Mis dedos apretaron los de mi madre sin darme cuenta, y el mana se filtró sin control.

El plato frente a mí se cubrió de escarcha en un instante.

El vapor del caldo se detuvo.

Una fina capa de hielo lo selló por completo.

—Ese idiota… —susurré con la voz temblorosa, llena de rabia contenida—. Kyot no tenía el derecho de contar eso.

Mi madre Luneth quiso tocarme el hombro, pero mi padre Nareth se adelantó.

Su voz fue grave, tranquila, como quien intenta poner los pies sobre tierra firme.

—Yo no estaba presente cuando ese chico le contó esa historia a tu madre —dijo el duque, mirándome con seriedad—. Pero debo admitir… me alegra haberla escuchado.

—¿Alegrarte? —pregunté, incrédulo.

—Sí —respondió él sin titubear—. Porque estoy seguro de que tú nunca la hubieras dicho por tu cuenta. Y al menos ahora, sabemos una parte de lo que viviste.

Lo miré fijamente.

No supe si quería discutirle o agradecerle.

Mi pecho seguía ardiendo, pero su voz, firme y honesta, tenía ese efecto extraño que calmaba el caos.

—Tal vez no lo habría dicho… —murmuré al fin, bajando la mirada—. No porque no quisiera, sino porque… no sabría por dónde empezar. Hay cosas que aún no puedo enfrentar.

Mi madre Luneth acarició mi mejilla con cuidado, sus dedos tibios contra mi piel fría.

—No tienes que hacerlo ahora, amor —susurró—. No hay prisa. Cuando estés listo… cuando tu corazón lo esté… entonces nos lo dirás.

La tensión en mi cuerpo comenzó a ceder, poco a poco.

El hielo del plato se agrietó, derritiéndose lentamente.

Suspiré.

Apreté un poco las sábanas, intentando no volver a mirar el plato.

Mi madre Luneth rompió el silencio, con ese tono suave que tenía cuando trataba de contener mil preguntas.

—Neyreth… —dijo despacio—, hay algo que sí quiero saber. ¿Cómo hiciste para eliminar el sello que recibiste… por mí?

La miré.

Podía ver el leve temblor en sus manos. No era miedo… era culpa.

Tragué saliva y bajé la vista a mis dedos.

—Recuerdo un poco —dije al fin—. No todo… pero algo. Fue gracias al líder de la orden. No recuerdo su nombre… o si siquiera me lo dijo alguna vez.

—¿El líder te ayudó con el sello? —preguntó mi padre, Nareth, inclinándose hacia adelante.

Asentí.

—Él y algunos magos. Me dijeron qué hacer, cómo mover mi mana, qué recitar. Logré eliminar una parte del sello… pero nunca desapareció por completo.

—¿Viviste con él todo ese tiempo? —interrumpió Sivelle, con una mezcla de incredulidad y tristeza.

—Sí. Y a veces… el sello bloqueaba mi mana por completo. —Respiré hondo—. Cuando no lo hacía, aprovechaba la grieta que dejaba. Esa pequeña fractura me bastaba para canalizar algo de poder. Con el tiempo, aprendí a controlarlo… aunque el precio era alto.

—¿Y lograste deshacerlo completamente tú solo? —preguntó Liana, con una voz suave pero llena de orgullo contenido.

Negué con la cabeza.

—No del todo. Hice varias sesiones con la orden, para debilitarlo más, pero… nunca se fue por completo. Hasta hace unos meses. —Cerré los ojos un segundo, intentando recordar con claridad—. Después de pelear con Kyot… cuando quedé inconsciente… algo despertó en mí. Recordé lo que los magos hacían cuando trabajaban el sello, los cantos, los flujos de energía. Y lo repetí. Solo que… lo potencié.

—¿Potenciaste? —repitió Sivelle, arqueando una ceja.

—Sí. Moví mi mana y recité los cánticos… pero añadí algo más. —Sonreí apenas, con cansancio—. Un método que creé yo mismo.

Mi padre entrecerró los ojos.

—¿Cómo que creaste?

Me rasqué la nuca, algo avergonzado.

—Bueno… hace poco más de un año, cuando recuperé mi magia, tuve que volver a aprender a controlarla. Y un amigo de mi familia adoptiva, Garren, me dio un libro. Dijo que lo encontró en un monasterio abandonado.

—¿Abandonado? —preguntó Luneth, con cierta desconfianza.

—Segun a como lo describe, fue más bien destruido. —Suspiré—. El libro era de manipulación mágica, pero… las instrucciones eran absurdas, parecían acertijos. Me tomó meses entenderlo, pero al final descubrí lo que intentaba enseñar.

Hice una pausa y levanté una mano, dejando que un poco de mana fluyera. Un hilo de hielo comenzó a formarse entre mis dedos, girando lentamente.

—De ahí nació lo que llamo “Nodos”. Los creé desde cero, porque en realidad… no existen. No hay registros de ellos en ningún texto. Son una red interna dentro del flujo de mana, puntos que controlan su dirección, forma y densidad.

Todos me observaban, atentos, incluso los mellizos que rara vez callaban.

—Los nodos me permiten moldear mi mana sin cánticos, sin círculos ni runas. Solo… moviéndolo. Lo demás es visualización.

Moví el hielo frente a mí y lo dejé girar, formándose en un patrón geométrico, un triángulo dentro de otro.

—Esto es lo que llamo Primera Variación. —El aire se enfrió un poco, y un leve escalofrío recorrió la habitación.

—Neyreth, no uses tu magia —me advirtió mi madre Luneth, con una mezcla de preocupación y autoridad.

Pero la ignoré, aunque suavemente.

—Tranquila. Solo un poco. —Sonreí apenas.

El hielo se expandió en un círculo perfecto, flotando.

—La Segunda Variación potencia las reacciones de cada hechizo al impacto. —Sentí un tirón en el pecho, el mana consumiéndose rápido. Cerré los ojos un momento, respirando hondo.

—La Tercera Variación… —dije entre dientes, moviendo los nodos en mi interior, cruzando los flujos—. La llamé Icefire.

El hielo sólido empezó a deformarse. No se derretía, pero se movía como si ardiera. El aire se iluminó con una tonalidad azulada y blanca.

—No quema… pero congela —murmuré, alzando un dedo.

Apunté hacia la chimenea y liberé una pequeña descarga. El fuego se congeló al instante, junto con parte de los ladrillos. Un silencio absoluto llenó el cuarto.

—Por los dioses… —susurró Sivelle—. Esa fue la magia que usaste contra las bestias, ¿verdad? Y contra la mujer de negro.

No respondí de inmediato. El silencio fue suficiente respuesta.

Desde la puerta, la voz de Mariela interrumpió.

—Esa cantidad de mana… es enorme, joven Neyreth. Eso no es un simple hechizo.

Asentí, bajando la mano.

—Mi familia adoptiva —dije despacio—, Liana, Roderic, Joren, Alenya y Miriel… ellos ya sabían de los nodos. Sabían lo que podían representar. Pero nunca se los contaron a nadie más.

—¿Por qué? —preguntó mi padre.

—Porque es demasiado peligroso. —Miré mis manos, notando que temblaban ligeramente—. Ese libro… no era normal. Garren lo encontró entre ruinas que parecían más… arrasadas que abandonadas. Y si algo he aprendido, es que lo desconocido siempre atrae miradas. Buenas… y malas.

Mi madre Luneth frunció el ceño.

—¿Y aun así decidiste usarlo?

—Sí. —La miré con firmeza—. Porque era la única forma de liberarme del sello. Y de entender lo que soy.

El hielo frente a mí se desvaneció lentamente, convirtiéndose en vapor helado.

—Lo mantuve en secreto. A veces lo usaba para entrenar, pero no seguido. Los nodos drenan demasiado. —Solté una risa cansada—. Hubo días en que quedaba inconsciente… uno o dos días enteros. Liana me prohibía entrenar cuando pasaba eso. Me enfermaba seguido.

El silencio volvió, pero no era incómodo. Era pesado, sí, pero lleno de algo distinto… comprensión, quizá.

Mi padre se cruzó de brazos, observándome con algo entre orgullo y preocupación.

—Nodos, huh… —murmuró—. Has caminado por senderos que nadie más ha visto.

—Lo sé —respondí con una sonrisa débil—. Y sinceramente… no sé si volvería a hacerlo.

Mi madre Luneth se acercó despacio, sentándose a mi lado. Su mano fría se posó sobre la mía.

Cerré los ojos.

Mi respiración seguía algo irregular. Los dedos me dolían; los nodos aún zumbaban por dentro como si cada vena tratara de acostumbrarse al flujo que acababa de forzar.

De pronto, sentí la mano de mi madre Liana sobre el hombro. Su toque era cálido, distinto al de Luneth. Había en él algo tranquilizador… un tipo de cuidado que uno sólo encuentra cuando alguien te ha visto morir de fiebre y levantarse a medias con la misma terquedad.

—Neyreth —dijo en voz baja, con ese tono que usaba cuando no sabía si preocuparse o maravillarse—, ¿de casualidad ya puedes hacer tu cuarta variación?

Levanté apenas la mirada hacia ella. Sonreí, cansado.

—Sí… puedo —admití—. Pero no es algo que use seguido. Es de un solo uso… me drena demasiado, incluso más que la tercera variación.

Mi padre Nareth frunció el ceño, cruzándose de brazos.

—¿Una cuarta variación? —preguntó con curiosidad y un leve asombro—. ¿Cuál es esa?

Inspiré hondo. No sabía si mostrarlo era buena idea, pero… ya estaban aquí todos. No tenía nada que esconder.

Abrí la mano.

El aire se tornó gélido otra vez. Sentí los nodos despertar dentro de mí, uno por uno, conectándose con un tirón que dolía más de lo que quería demostrar.

El icefire volvió a formarse, azul y blanco, chispeando suavemente.

Pero esta vez, los nodos comenzaron a entrelazarse con una pulsación distinta. Cada conexión era un latido eléctrico, un golpeteo en mis sienes.

—Esto… —murmuré entre dientes, mientras el hielo vibraba y el fuego azul cambiaba de tonalidad—. Es la Cuarta Variación.

El icefire comenzó a chispear, transformándose. Las llamas se torcieron, volviéndose una corriente viva. El sonido del fuego se apagó, reemplazado por el crepitar de electricidad pura.

Un rayo blanco recorrió la habitación, saltando desde mi mano al aire.

—No lo controlo del todo aún —advertí, intentando mantener la concentración—. No como al icefire. Esa variación puedo usarla varias veces… pero esto…

El aire se estremeció. Pequeños filamentos eléctricos bailaban sobre mis dedos, mezclados con escarcha.

—Esto… sólo una vez. Y cuando lo hago… el cuerpo lo resiente.

—¿Y por qué? —preguntó Joren desde un lado, casi en susurro, como si temiera interrumpir el flujo.

—Porque me sobrepasa. —Cerré los ojos—. En el bosque… cuando luché contra esa mujer de negro, ya había usado el icefire demasiadas veces. Superé lo que podía resistir. Pero aun así… —una descarga blanca se escapó, haciendo que la chimenea crujiera y el aire oliera a ozono—, lo usé tres veces más. Tres.

El relámpago blanco se desvaneció, dejando tras de sí sólo el aroma metálico y una presión dolorosa en mis sienes. Apagué mis nodos. Todo dentro de mí se apagó con ellos.

Un calor súbito recorrió mi rostro. Alcé la mano instintivamente y vi la mancha roja. Sangre.

—¡Neyreth! —gritó Liana, acercándose de inmediato con un pañuelo.

—Estoy bien —mentí, dejando que me limpiara la nariz—. Siempre pasa cuando lo fuerzo demasiado.

Mi padre Nareth observaba en silencio, con expresión dura, pero no de enojo. Era… respeto. Y miedo.

—Has cambiado la propiedad misma de tu magia —dijo finalmente—. Hielo que se vuelve fuego… y luego electricidad. ¿Eres consciente de lo que hiciste?

—Lo soy. —Asentí lentamente—. No fue intencional al principio. Ocurrió solo… como si el mana se adaptara. El hielo es solo la base; las demás formas son… expansiones de ese control.

Liana asintió con suavidad, como si ya lo esperara.

—Sabía que lo intentarías, incluso cuando dijiste que primero dominarías la tercera.

Solté una pequeña risa sin humor.

—Tú sabes que no puedo evitarlo.

Literalmente todo.

Mi padre Nareth se acercó, poniéndose de pie frente a mí. Su sombra se proyectó sobre la cama.

—Has cruzado líneas que ni siquiera los antiguos magos se atrevieron a tocar —dijo con voz grave—. Y, sin embargo… lo hiciste.

Me encogí de hombros.

—Alguien tenía que hacerlo. —Una risa breve se me escapó, ahogada por el cansancio.

Miriel, desde un rincón, habló por primera vez.

—Si lo que vi hoy es solo una fracción de lo que puedes hacer… entonces entiendo por qué ese sello te limitaba.

—Sí —dije, recostándome con cuidado—. Y por eso mismo… lo odié. Durante años.

Liana me limpió la sangre con cuidado, su voz era un susurro maternal.

—Odiarlo no te hará libre, hijo. Pero controlarlo… eso sí.

Sonreí apenas.

—Entonces supongo que aún tengo trabajo por hacer.

Nareth exhaló lentamente, mirándome con un orgullo contenido.

—Si alguna vez alguien duda de quién eres, Neyreth… muéstrales lo que acabamos de ver. Nadie podría negar tu linaje después de eso.

Luneth le lanzó una mirada, entre reproche y cariño.

—No digas eso, Nareth. Prefiero que viva… no que pruebe su sangre con su magia.

Reí suavemente.

—Tranquila, madre. Hoy… ya tuve suficiente prueba.

Y finalmente, el mundo comenzó a girar un poco más rápido de lo que podía seguir. La magia drenó lo poco de fuerza que me quedaba.

Antes de perder el sentido, lo último que escuché fue la voz de Liana, tan cercana como un susurro de hielo.

—Descansa, hijo mío… tus nodos pueden esperar.

[Duquesa Luneth]

El silencio pesaba más que el aire mismo.

Neyreth dormía otra vez, su respiración apenas audible, el rostro pálido y una delgada línea de sangre seca bajo la nariz. Sus párpados temblaban, como si aún soñara con aquello que su cuerpo no podía sostener despierto.

Nadie hablaba.

Ni Roderic, ni Liana, ni los niños.

Y yo entendía por qué.

Porque lo que acabábamos de ver… no era algo que el mundo de los magos debería poder hacer.

Me quedé sentada al borde de la cama, observando el movimiento leve de su pecho, el vaivén de la manta sobre él, recordando cada instante desde que lo recuperé, desde que supe que mi hijo seguía vivo.

Pero ahora, mientras lo veía dormir con ese cansancio tan profundo, me di cuenta de algo: su vida ya no era solo suya. Era el resultado de una mezcla imposible entre dolor, magia y supervivencia.

Respiré hondo.

—Así que… eso eran los “nodos” —susurré, apenas para mí misma.

Liana levantó la mirada, su expresión tranquila, aunque sabía que dentro de ella hervía la preocupación.

—Sí —respondió al fin, en voz baja—. Por eso no te lo contamos, Luneth. No porque desconfiáramos… sino porque ni nosotros terminamos de entenderlo del todo.

Asentí, comprendiendo más de lo que quería.

—Magos que usan círculos sin cánticos… o cánticos sin círculos, los hay. —Pasé una mano por el cabello de Neyreth, con cuidado de no despertarlo—. Pero nunca he oído hablar de alguien que no necesite ningún medio. Que solo mueva su mana con… visualización.

Roderic intervino, apoyando las manos en la baranda del dosel.

—El libro que Garren encontró… trata de manipulación elemental… —sacudió la cabeza—, está escrito con teorías que rayan en lo imposible.

—Y aun así… —dije— mi hijo lo hizo.

Liana sonrió levemente.

—Eso es lo que más miedo da. Que lo haya hecho. Que lo haya conseguido.

Volví la vista hacia ella.

—¿Por qué dices eso?

—Porque si alguien más intenta hacerlo… podría morir. —Su tono fue firme, pero triste—. Los nodos no son un simple conducto de mana. Son una red que atraviesa todo el cuerpo. Neyreth no los invoca, los creó dentro de sí. Su propio flujo mágico los reconoce como parte de él. Es una aberración hermosa, Luneth… pero sigue siendo una aberración.

Miriel, desde un rincón, habló apenas en un hilo de voz.

—Por eso lo manteníamos en secreto. No queríamos que alguien intentara replicarlo.

Observé otra vez a Neyreth. Su rostro se veía tan sereno, tan joven… y al mismo tiempo, había algo antiguo en él.

Recordé aquel día, tantos años atrás, el resplandor azul que lo envolvió cuando se interpuso entre mí y aquel hechizo.

Aquel sello…

—A veces pienso que el destino se burló de nosotros —murmuré, con la garganta apretada—. Ese sello… era para mí. Pero él se atravesó, y lo recibió.

—Sí. No fue el golpe, ni la caída. Fue el sello. Era un sello de supresión… dirigido a mi núcleo de mana. Si me hubiera alcanzado, mi flujo se habría colapsado en segundos. Pero Neyreth… —Tragué saliva—, Neyreth lo recibió por mí.

Liana asintió lentamente.

—Él nos lo contó. Hace unos meses, antes de marcharse del pueblo.

—Y lo recordaba —añadió Roderic—. Recordaba el momento exacto. Dijo que el hechizo lo marcó, pero que no lo destruyó… solo lo selló.

El silencio volvió a llenar el cuarto.

Mi pecho dolía con ese recuerdo. Esa noche, mis manos no fueron lo suficientemente fuertes. Sentí su peso resbalar, su grito… y el vacío tragándoselo.

Por años soñé con eso. Con el sonido de su voz llamándome, y mis dedos que no alcanzaban a sostenerlo.

Me obligué a respirar.

—Ese sello… su magia. Todo fue una cadena de errores. —Mis palabras apenas salían—. Y aun así, aquí está. Vivo. Cambiado, pero vivo.

Sivelle se acercó, con una sonrisa temblorosa.

—Y más fuerte que cualquiera de nosotros.

—Sí —susurré, apartándole un mechón de cabello de la frente—. Pero a qué costo.

Roderic suspiró, cruzándose de brazos.

—No te castigues, Luneth. Él eligió salvarte. Y eligió seguir vivo después de eso.

—Lo sé. Pero cuando lo vi usar esos nodos… —bajé la mirada a sus manos—. Era como si su cuerpo se desgarrara por dentro. ¿Cómo puede soportarlo?

Liana se sentó a mi lado.

—Porque no conoce otra forma de vivir. Para él, la magia no es solo poder. Es… su manera de respirar.

Esa frase me dejó sin palabras.

Volví a mirar a Neyreth, a mi hijo. Su rostro dormido tenía una expresión serena, pero sus dedos aún temblaban, incluso en reposo.

—Aun así —susurré—, me da miedo. Saber que lo que corre por sus venas podría matarlo algún día.

—Entonces enséñale a detenerse —dijo Liana suavemente—. No a contenerse, sino a descansar. Si hay alguien que pueda hacerlo, eres tú.

La miré, sorprendida por la ternura de su voz.

Y asentí.

—Lo haré. No pienso perderlo otra vez.

Y también sabía que en ese momento, todos —biológicos y adoptivos— compartíamos el mismo pensamiento: proteger a Neyreth, incluso de sí mismo.

Me incliné un poco más, besando su frente.

El toque de su piel estaba frío, como siempre, pero su pulso era fuerte.

—Duerme, mi sol —murmuré, apenas audible—. Que el frío no puede contigo.

Liana me miró, reconociendo las palabras de aquella vieja canción.

El silencio seguía reinando cuando Joren levantó la mano, algo titubeante.

—Disculpen —dijo, mirando a Nareth y luego a mí—, tengo una pregunta.

—Claro, muchacho —respondí con una sonrisa amable—. Dime.

—Bueno… —se acomodó en su asiento, buscando las palabras—. Si Neyreth puede soportar el invierno sin sentir frío, ¿eso tiene que ver con su linaje? Porque… cuando empezó el invierno, todos en el pueblo sufríamos por el hielo, pero él… él nunca se quejaba. A veces ni siquiera usaba capa, y su aliento ni salía en vapor como el de los demás.

Nareth lo observó con interés.

—Buena observación.

Sivelle, que había estado en silencio junto a los mellizos, fue quien respondió primero.

—En efecto, tiene que ver con el linaje. —Se enderezó con elegancia, cruzando las manos sobre su regazo—. Como mi padre explicó antes, la magia de hielo en nosotros, los Vyrenthal, es pura. Cuando un Vyrenthal despierta su magia por primera vez y aprende a controlarla dentro de sí, su cuerpo cambia. Se vuelve… inmune al frío.

—¿Inmune? —repitió Joren, sorprendido.

Sivelle asintió con naturalidad.

—Así es. El frío deja de afectarnos, porque ya no somos simples portadores del hielo… somos parte de él. —Una leve sonrisa cruzó sus labios—. En otras palabras, los Vyrenthal somos el frío mismo. Ninguno de nosotros puede enfermar por el invierno ni sentir el temblor del hielo.

Nareth intervino, con tono más grave:

—Salvo los mellizos —dijo, mirando de reojo a Niva e Isen.

La niña bajó la cabeza un poco, y su hermano fingió no escuchar.

Sivelle continuó por él:

—Nuestros hermanos pequeños todavía no la despiertan del todo. A su edad es normal. Todavía no dominan del todo la regulación interna de la energía, así que siguen siendo algo sensibles al frío intenso. Pero con entrenamiento… pronto serán inmunes también.

Luego se volvió hacia Liana y Roderic, con un gesto más amable.

—Y como dijiste tú antes, señora Liana… Neyreth también es inmune.

Liana asintió lentamente, recordando.

—Ahora que lo dicen… sí. Nunca lo vi tiritando en invierno, ni siquiera cuando salía sin abrigo a practicar. Todos nosotros estábamos helados, pero él parecía… cómodo.

Sivelle sonrió levemente.

—Eso confirma que el linaje está completo en él. Aunque no haya aprendido el control Vyrenthal, sus nodos deben haber cumplido un papel parecido: contener su mana y canalizarlo. Quizá no del modo que enseñamos nosotros, pero sí lo bastante bien como para mantenerlo estable.

—Pero no “bien” en el sentido correcto —añadió Nareth, mirando al joven dormido—. Lo hizo a su manera, y su cuerpo lo resintió. Los nodos lo ayudaron a sostener su magia, pero no a armonizarla. Por eso se fatiga y enferma… su flujo no se enfría, se congela.

Liana cruzó las manos, pensativa.

—Entonces… lo que lo protege, también lo daña.

Asentí despacio.

—Así es. Un equilibrio precario, pero impresionante.

Hubo un momento de silencio, roto luego por la voz de Liana, algo vacilante.

—Temo preguntar esto, pero… ustedes hablan de linajes, de sangre pura y casas antiguas… —Nos miró a Nareth y a mí, alternando la vista entre ambos—. Si ambos poseen magia de hielo, tienen el mismo cabello, los mismos ojos… ¿no son familia?

Por un instante me quedé quieta, y luego, sin poder evitarlo, solté una risa suave.

—Puedo imaginar lo que estás pensando, Liana. No, no somos primos ni nada por el estilo. No fue un matrimonio de “conservación de linaje”, como se hacía en los viejos tiempos. —Le dediqué una sonrisa divertida—. Pero entiendo la confusión.

—Entonces… ¿cómo es posible? —preguntó ella, curiosa.

—Verás —dije, acomodándome en la silla—. Aunque ambos poseemos magia de hielo, provenimos de ramas diferentes. Mi esposo, Nareth, desciende de la línea principal de los Vyrenthal. Su sangre es pura por parte de su padre… mi suegro. Yo, en cambio, pertenezco a otra casa antigua: la casa Averneir.

—¿Averneir? —repitió Roderic.

Asentí.

—Sí. Los Averneir también fueron una familia de linaje de hielo, pero separada de los Vyrenthal desde hace siglos. Compartimos origen elemental, pero nuestros flujos y métodos son distintos. En mi familia, el hielo se manifestaba más como cristal y reflejo, no como congelación. —Sonreí un poco, recordando—. Entre mis parientes, la mayoría heredó otros elementos menores, pero yo fui la única de mi generación en despertar el hielo verdadero… y, curiosamente, con un aspecto similar al de los Vyrenthal.

Sivelle intervino, algo divertida:

—Sí, madre siempre dice que eso confundía a los invitados en los banquetes.

Liana sonrió también.

—Entonces, tú eres Averneir y él es Vyrenthal… y juntos sus hijos heredaron ambos linajes de hielo.

—Exactamente —respondí—. Por eso son tan poderosos… y tan inestables. La unión de dos linajes puros del mismo elemento no es común. Potencia el mana, pero también lo vuelve volátil si no se aprende el control adecuado.

Nareth tomó la palabra, su voz grave resonando en la habitación:

—Y por eso el método de la casa Vyrenthal es vital. No es solo una técnica de combate o canalización. Es… supervivencia.

—Entonces Neyreth… —susurró Liana, mirando al muchacho dormido—. Él no solo tiene un linaje… tiene dos.

—Así es —dije suavemente—. La sangre Averneir corre por mis venas, y la de los Vyrenthal por las de Nareth. En él, ambas confluyen.

—Eso explica mucho —murmuró Roderic—. La estabilidad que tiene, la resistencia al frío… pero también el daño que se causa.

—Exacto —añadí—. Sus nodos son una invención prodigiosa, pero están sosteniendo un flujo que nunca debió mezclarse. Aun así… —miré a mi hijo y sonreí con ternura—, ha sobrevivido, ha crecido, y ha creado algo que ninguno de nosotros fue capaz de imaginar.

Nareth soltó un leve suspiro, entre orgullo y preocupación.

Todos guardaron silencio.

Fue entonces que una vocecita rompió la quietud.

—Ehh… —Miriel levantó la mano, encogiendo los hombros—. Yo no entendí nada. —Todos la miraron, y ella hizo una mueca divertida—. Pero creo que es algo bueno… ¿y malo al mismo tiempo?

Liana no pudo evitar reír suavemente.

—Eso suena bastante correcto, cariño.

—Bueno, es que hablaron de linajes y sellos y esas cosas que no entiendo —continuó Miriel, ladeando la cabeza—. Pero… también hablaron de familias, de sangre y todo eso. Y me dio curiosidad… ¿alguien de sus familias sabe que Neyreth está vivo?

El silencio volvió de golpe.

Mi respiración se detuvo un segundo. Miré a Nareth, y él me devolvió la mirada, con la misma expresión de sorpresa y… horror.

Y al mismo tiempo, dijimos:

—¡Es verdad!

Roderic arqueó una ceja.

—¿Verdad qué?

Nareth se pasó una mano por el cabello, incrédulo.

—No les contamos. Ni a nuestras familias. —Se volvió hacia mí—. ¿Luneth… tú tampoco dijiste nada cuando partiste al oeste?

Negué lentamente.

—No… —respondí, con la voz algo apagada—. Ni siquiera cuando salí del norte.

—Solo la marquesa Arianne sabía que había salido a buscarlo. —Suspiré—. Y cuando llegué a la ciudad del oeste… ni siquiera a ella le avisé que lo había encontrado.

—¡¿Ni siquiera a Arianne?! —exclamó Sivelle, sorprendida.

—No, querida. —Levanté la mirada hacia ella—. Supuse que cuando todo terminara… cuando él regresara, lo haríamos juntos.

Nareth resopló con un suspiro de culpa.

—Y yo no avisé a nadie tampoco. Mis padres… tus padres… —Se frotó la frente—. Por los dioses.

—Entonces… —dijo Sivelle con una ceja alzada—. ¿Nadie? ¿De verdad nadie pensó ni una sola vez en avisarles a los abuelos de que su nieto no estaba muerto?

Todos se quedaron callados.

Yo me cubrí la boca con la mano, y Nareth bajó la cabeza con un suspiro derrotado.

Niva, la melliza, levantó la mirada hacia su hermana.

—¿Y tú, Sivelle? —preguntó con inocencia—. ¿Tú les avisaste?

—¿Yo? —repitió Sivelle, parpadeando.

—Sí, tú —insistió Niva—. Siempre eres la que se acuerda de esas cosas.

Sivelle soltó un resoplido de risa nerviosa.

—Pues… no. También lo olvidé. —Se encogió de hombros, con una sonrisa culpable—. Supongo que la emoción de verlo otra vez me hizo olvidar la mitad de mis deberes formales.

Isen no pudo evitar reír.

—Entonces todos olvidaron lo más importante.

—Exacto —respondió Sivelle, llevándose una mano al pecho teatralmente—. Pero… puedo arreglarlo.

—¿Arreglarlo cómo? —preguntó Roderic, curioso.

Sivelle se giró hacia todos con una sonrisa traviesa, casi cómplice.

—Bueno, el banquete real será dentro de poco, ¿no? —dijo, con un brillo pícaro en los ojos—. Me parece el momento perfecto para dar la noticia.

—¿Qué noticia? —preguntó Joren, aunque la sonrisa ya se asomaba en su rostro.

—La de su regreso, por supuesto. —Sivelle extendió las manos, entusiasmada—. ¡Imaginen! La duquesa Luneth Vyrenthal reapareciendo en la capital después de años, acompañada por su esposo, el duque Nareth, y su hijo “perdido” regresando junto a ellos. ¡Sería el evento del año!

—Sivelle… —dije, reprimiendo una sonrisa—. No se trata de un espectáculo.

—No, madre, no un espectáculo —replicó ella con tono persuasivo—. Es… una reaparición. Después de tanto tiempo encerrada en el norte, el reino entero cree que te retiraste. Y Neyreth… —miró a su hermano dormido—, su nombre aún está en los registros como “fallecido”.

—Tiene razón —intervino Nareth, cruzando los brazos—. Legalmente, sigue muerto.

—Pues entonces —dijo Sivelle, dándole un golpecito a la mesa—, el banquete real sería el lugar ideal para anunciar su regreso y su restitución al registro Vyrenthal. Nadie podría ponerlo en duda, y la corona lo sabría de inmediato.

Liana sonrió, algo divertida.

—Y de paso todos se enterarían de que su madre no estaba loca después de todo.

Me llevé una mano al pecho, soltando una risa entre lágrimas.

—Sí… eso también sería un alivio.

—Además —continuó Sivelle, entusiasmada—, sería un hermoso regreso para ti, madre. Todos estos años encerrada en el norte, sin salir a ningún lado, sin asistir a un solo evento… Ya es hora de que vuelvas a brillar.

Nareth asintió despacio, mirando a su hija con un orgullo contenido.

—Y para él también. Después de todo lo que ha vivido… merece que el mundo lo vea como lo que es: un Vyrenthal.

—Y no solo eso —añadí suavemente, mirando a Neyreth, dormido y tranquilo—. Merece ser visto como nuestro hijo.

La habitación se llenó de un silencio distinto esta vez. No pesado ni incómodo, sino cálido.

De esperanza.

Roderic se cruzó de brazos y sonrió.

—Entonces, un banquete, ¿eh? Supongo que tenemos tiempo para prepararnos.

—Y para escribir unas cuantas cartas antes de eso —añadió Liana con tono práctico—, no vaya a ser que sus padres se desmayen al verlos en persona primero.

Todos rieron suavemente. Incluso yo.

****

[Eiren]

Desperté con la sensación conocida de pesadez en todo el cuerpo, como si aún estuviera sumergido en agua espesa.

Tardé unos segundos en recordar dónde estaba. La cama era demasiado cómoda, el aire demasiado limpio, y el silencio… demasiado ordenado para ser el cuarto del pueblo.

—Ah… —murmuré, parpadeando.

Ya habían pasado dos horas desde que desperté.

Dos horas después de haber dormido dos días enteros.

Si ya estaba agotado antes, aquella “pequeña demostración” de magia había sido la sentencia final.

Regaños hubo. Muchos.

“Con amor”, según ellos. Yo lo llamaría amenaza cariñosa.

La puerta se abrió suavemente y varias voces llenaron la habitación.

—Míralo —dijo una voz conocida, divertida—. Esta vez sí está despierto de verdad.

Giré un poco la cabeza.

Ahí estaban.

Keny, apoyado contra la pared con los brazos cruzados.

Kyle, de pie junto a la cama.

El marqués Shtile, erguido como siempre, y a su lado sus hijas: Maylen y Cloe.

—Vaya… —murmuré, forzando una sonrisa—. Entonces no fue un sueño.

—No —respondió el marqués con una leve inclinación de cabeza—. Es bueno verte despierto, Neyreth. Después de un mes dormido desde que llegaste a la capital… empezábamos a pensar que te gustaba demasiado la cama.

—No lo recomiendo —dije con voz cansada—. Duele más de lo que parece.

Cloe fue la primera en acercarse un poco más.

—Vinimos ayer —dijo en voz baja—. Pero no despertabas.

Maylen asintió.

—Pensamos volver hoy… y tuvimos suerte.

—Sí —añadió Cloe, mirándome con una sonrisa sincera—. Me alegra mucho verte despierto. Me preocupé bastante cuando no despertabas… excepto aquel día, justo después de salir del bosque. Abriste los ojos unos minutos y luego… volviste a dormir.

Fruncí el ceño, intentando recordar.

—Apenas… recuerdo eso. Solo… luces, voces… y luego nada.

—Eso fue lo que nos dijeron —respondió Kyle—. Que despertaste un momento y volviste a caer.

—Suena a mí —murmuré.

Maylen soltó una pequeña risa.

—Al menos sigues hablando igual.

La miré un poco mejor.

—Y tú… ¿cómo te ha ido con el entrenamiento?

Ella suspiró, cruzándose de brazos.

—Bien… y mal. Más mal que bien, si soy honesta. Nunca entrené mi cuerpo para soportar mi magia, así que ahora… —hizo un gesto vago—, duele todo.

—Te entiendo demasiado bien.

—Pero ya puedo usar hechizos decentes —continuó—. No son muy fuertes, pero al menos no termino en el suelo cada vez.

—Eso ya es un avance —dije, genuinamente aliviado—. Entrenar el cuerpo primero… es lo correcto.

Kyle carraspeó ligeramente, llamando la atención.

—Por cierto —dijo—, hablé con mi padre por cartas.

Keny levantó una ceja.

—¿Ya le contaste todo?

—Sí. —Kyle me miró—. Le expliqué lo del patrocinio… y que se canceló.

—Lo sé —respondí—. Mi madre me lo dijo el día que desperté.

Kyle asintió.

—También le expliqué que, a cambio, se formó una alianza entre los Vyrenthal, los Vion y los Shtile. Fue idea de tus padres.

El marqués intervino con tono calmado.

—Una decisión lógica dadas las circunstancias. Nadie perdió realmente.

—Bueno… —Keny se encogió de hombros—. Mi padre, el conde Vion, sí se decepcionó un poco.

Levanté la mirada hacia él.

—¿Mucho?

—Lo normal —respondió Keny—. Tenía expectativas, pero no se negó. Dijo que entendía la situación… y que te deseaba suerte.

—¿Suerte?

—Con tu reencuentro familiar —añadió—. Y con adaptarte a tu nueva vida.

Me quedé en silencio un momento.

“Nueva vida”.

—Eso suena más difícil que cualquier entrenamiento —murmuré.

Maylen sonrió con suavidad.

—Pero sigues vivo. Eso ya es bastante.

—Y despierto —añadió Cloe—. Que para nosotros ya es suficiente por ahora.

Keny se separó de la pared.

—Eso sí —dijo con seriedad fingida—. La próxima vez que decidas usar magia hasta desmayarte… avisa antes.

Solté una risa débil.

—Lo tendré en cuenta.

Kyle negó con la cabeza, divertido.

—Descansa, Neyreth. No intentes impresionar a nadie por un buen tiempo.

—Créeme —respondí, cerrando un poco los ojos—. Después de los regaños de hoy… no pienso hacerlo.

Las risas llenaron la habitación por un momento.

Me removí un poco en la cama, acomodándome mejor entre las almohadas.

—Oigan… —dije, mirando a todos—. ¿Qué pasó después de que llegamos a la capital?

El marqués Shtile fue el primero en responder. Su voz era tranquila, como si relatara un informe cuidadosamente memorizado.

—La primera semana fue… sorprendentemente calmada. Cada uno estaba recuperándose a su manera. Tú estabas inconsciente, por supuesto, y nosotros… —se llevó una mano al pecho— aún resentíamos lo ocurrido en el bosque.

Soltó una breve risa seca.

—Aunque sea joven, mi cuerpo ya no responde como antes. No poder usar magia por mi enfermedad me pasó factura. Los hechizos de refuerzo ayudaron, pero luchar sin tu afinidad principal siempre deja secuelas.

—Aun así, se movió bastante bien —añadió Keny, ladeando la cabeza—. Más de lo que admitiría.

—No exageres —refunfuñó el marqués.

—Entonces… —insistí—, ¿qué fue lo importante?

Kyle dio un paso adelante.

—Fuimos convocados.

—¿Convocados?

—A testificar —aclaró—. O más bien… a contar lo que ocurrió en el bosque.

Maylen frunció el ceño.

—Frente a los líderes de las órdenes.

—Las principales —continuó Kyle—. La Guardia de las Cadenas Rojas. Los Vigías del Alba. La Llama Silente y la Orden del Acero Pálido.

—Aunque —intervino el marqués— los Guardianes de las ordenes no estuvieron presentes el día del incidente ni el sub-capitan de La Guardia de las Cadenas Rojas. Solo estuvieron los sub-capitanes de las otras tres órdenes.

Sentí un leve escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Y qué preguntaron?

—Todo —respondió Cloe sin rodeos—. La mujer de negro. Las bestias. Qué les hizo exactamente… o qué les alteró. Y, por supuesto…

Kyle me miró fijamente.

—El dragón.

Mi vista se desvió casi de inmediato al fondo de la habitación.

Ahí estaba. Enroscado como un enorme lobo, respirando con tranquilidad, completamente ajeno a la conversación.

—Preguntaron qué pasó con él —dijo Keny—. Por qué apareció… y por qué desapareció.

—Les dijimos la verdad —añadió el marqués—. Que llegó contigo… y que se fue poco después de ayudar. Que abandonó el campo de batalla cuando la situación se calmó.

Asentí despacio.

—Eso fue exactamente lo que pasó.

Maylen inclinó la cabeza, curiosa.

—¿Y ese lobo…?

—Vino conmigo —respondí sin pensar demasiado—. Junto con el dragón.

—¿Un regalo? —bromeó Cloe.

—O una maldición —murmuré.

—¿Se quedó contigo por voluntad propia? —preguntó Maylen.

Miré de nuevo al dragón-lobo, luego suspiré.

—Eso parece. No sé por qué… pero decidió quedarse.

Hice una pausa y añadí, con una mueca:

—Y preferiría que nadie me pregunte cómo encontré al dragón.

—¿Tan malo fue? —preguntó Keny, divertido.

—No fue miedo —respondí de inmediato—. Fue… humillante.

Las cejas se alzaron al unísono.

—No pregunten —dije rápido—. Es casi traumático. No por lo que hizo… sino por cómo me trató cuando nos encontramos.

Cloe rió por lo bajo.

—Eso suena peor que una batalla.

—Lo fue —confirmé sin dudar.

Luego algo más me vino a la mente. Fruncí el ceño y miré a todos.

—Hay algo que quiero preguntarles.

El ambiente se tensó un poco.

—¿Por qué… —dije con cuidado— le contaron a mi familia biológica sobre mi plan?

Sobre ir tras las personas que nos atacaron hace años.

Keny fue quien respondió, serio esta vez.

—Yo creí que era lo correcto.

—No era tu derecho —dije, sin dureza, pero firme.

—Lo sé —admitió—. Pero era algo que debían saber. Especialmente si, después de casi una década, regresabas con tu familia… y decidías marcharte de nuevo sin decir nada.

Kyle asintió.

—No queríamos que se repitiera lo mismo.

Guardé silencio unos segundos.

—Está bien —dije al final—. Ya pasó. Pero no quiero que vuelva a repetirse algo así.

—Lo entendemos —dijo el marqués con solemnidad.

—Además —añadió Kyle—, tu familia ya tiene un plan para ti.

Lo miré con cansancio.

—¿Otro más?

—Este es importante —respondió—. Planeaban decírtelo cuando estuvieras más despierto.

—Dilo de una vez.

Kyle sonrió.

—Van a revelar oficialmente que sigues vivo.

Sentí que el aire se me atascaba en el pecho.

—¿Qué?

—En el banquete real —continuó—. Dentro de un mes.

—¿Un mes…? —repetí.

—Sí —dijo Keny—. Y por si no te lo habían dicho…

Kyle tomó la palabra de nuevo.

—No le dijimos a los capitanes de las órdenes quién eras realmente.

—¿Cómo?

—Para ellos —explicó—, el mago de hielo que llegó con el dragón fue Eiren. Un patrocinado del marqués Shtile y del conde Vion.

Mis ojos se abrieron un poco más.

—¿Incluso…?

—Incluso los sub-capitanes que estuvieron en el bosque —confirmó el marqués—. Los que te vieron pelear.

—Aceptaron guardar el secreto —añadió Kyle—. Sabían que tarde o temprano se sabría… pero accedieron a esperar.

—Hasta el banquete —murmuré.

—Exacto —dijo Keny—. En un mes, todo se hará público.

Me recosté un poco más en la cama, soltando un suspiro largo.

—Genial… —murmuré—. Entonces tengo un mes para aprender a estar vivo otra vez… antes de que todo el reino lo sepa.

Cloe sonrió con suavidad.

—Al menos no estarás solo esta vez.

Miré a todos los presentes… y luego, al fondo, al dragón-lobo dormido.

—Eso espero —susurré.

Parpadeé un par de veces, todavía procesando lo del banquete, cuando Maylen carraspeó suavemente.

—Ah… Neyreth —dijo, jugueteando con sus dedos—. Como las inscripciones a la academia mágica ya pasaron, tendremos que esperar hasta la siguiente oportunidad.

—Eso ya me lo imaginaba —respondí con calma—. No es como si pudiera correr a inscribirme después de casi dos meses en coma.

Ella asintió.

—Así que… tendré bastante tiempo para prepararme.

Hizo una pausa, respiró hondo.

—Y para cumplir nuestro trato.

Fruncí el ceño.

—¿Nuestro… trato?

Maylen me miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.

—¿De verdad no lo recuerdas?

—La verdad… no —admití—. Mi memoria es un desastre selectivo últimamente.

Kyle también frunció el ceño.

—¿Qué trato?

Maylen se sonrojó de inmediato, desde las mejillas hasta las orejas.

—E-es que… —balbuceó—. Fue el día que él nos salvó. A mí, a Cloe y a mi padre… cuando nos atacaron hace unos meses.

Mi mente dio un pequeño salto.

—Ah… eso sí lo recuerdo. Más o menos.

—Después de eso —continuó Maylen, cada vez más avergonzada—, quisimos darte una recompensa. Algo… adecuado.

—Y yo me negué —añadí—. No quería nada físico.

—Exacto —dijo ella—. Y entonces yo… —tragó saliva— yo propuse entregarte mi mano en matrimonio.

Silencio.

Un silencio tan absoluto que juraría que incluso el dragón-lobo dejó de respirar por un segundo.

—…¿Qué? —dije al fin.

Kyle abrió la boca. Luego la cerró. Luego volvió a abrirla.

—¿Disculpa?

Y Keny…

Keny primero se quedó quieta.

Luego llevó una mano a su boca.

Luego empezó a temblar.

—Pff—

—¿Q-qué…?

—JAJAJAJAJAJAJAJA—

Keny estalló en carcajadas tan fuertes que tuvo que apoyarse en la pared para no caerse.

—¡¿MATRIMONIO?! —rió— ¡¿ASÍ, SIN MÁS?!

—¡Keny! —le reclamó Kyle, aunque su expresión estaba entre el shock y la incredulidad—. ¿Eso es verdad?

Yo me llevé una mano a la cara.

—Ahora recuerdo por qué me burlé —murmuré.

Maylen se sonrojó aún más.

—¡N-no fue así! —se defendió—. ¡En ese momento me pareció lógico! Nos salvaste la vida, eras fuerte, misterioso, y yo pensé que—

—Que era una idea terrible —interrumpí con suavidad.

Ella bajó la mirada.

—Sí… eso dijiste.

—Y tenía razón —añadí—. No porque tú no valgas la pena, Maylen. Sino porque ofrecer tu mano como pago por haber sido salvada no es justo para ti. Ni honorable.

Keny seguía riéndose, ahora casi sin aire.

—¡Dioses, esto es lo mejor que me ha pasado hoy!

—Cállate o te congelo la lengua —le advertí sin mirarla.

—¡JAJA— ay! —tosió—. Vale, vale…

Kyle se frotó la sien.

—¿Y entonces… qué trato quedó?

Maylen respiró hondo.

—Él dijo —explicó— que si quería devolverle algo… debía volverme fuerte.

Levantó la mirada hacia mí.

—Que no necesitara que alguien me defendiera.

Que dejara de pensar que mi valor dependía de que alguien me salvara.

Asentí lentamente.

—También le dije —continué— que evitara esas “furiosas vergüenzas”.

La miré de reojo.

—Ofrecerte como recompensa… no es algo que vuelva a aceptar. De nadie.

Maylen sonrió, tímida pero sincera.

—Por eso quiero entrenar. Aprovechar este tiempo.

—Quiero cumplir eso… no por ti, sino por mí.

Cloe se acercó y le puso una mano en el hombro.

—Yo creo que lo harás.

Kyle suspiró, aún procesándolo todo.

—No puedo creer que no supiéramos nada de esto.

—Mejor así —murmuré—. Yo tampoco lo recordaba… y hubiera preferido seguir así.

Keny volvió a reír, más suave esta vez.

—Aun así… —dijo—, admito que es una historia increíble.

Me miró con una sonrisa ladina.

—Nuestro héroe rechazando matrimonios y creando métodos mágicos imposibles.

Me dejé caer un poco más en la cama.

—Estoy demasiado cansado para ser una leyenda —gruñí.

—Así que, por favor… nadie más me proponga matrimonio mientras esté medio muerto.

Maylen rió bajito.

—Lo prometo.

El dragón-lobo soltó un gruñido bajo, como si se burlara.

—Ni tú te rías —le murmuré—. Esto no te concierne.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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