The Forgotten Son of Ice - Capítulo 67
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Capítulo 67: Capitulo 66
[Eiren]
El aire del jardín era fresco, limpio, con ese aroma a flores heladas que solo el norte sabe tener. Las mesas estaban repartidas sin un orden rígido, como si nadie hubiese querido imponer estructura a algo que todavía estaba aprendiendo a existir.
Yo estaba sentado con mis dos madres.
Todavía me parecía extraño pensarlo así, pero no incómodo.
Luneth estaba a mi izquierda, erguida incluso sentada, con esa presencia suya que llenaba el espacio sin necesidad de palabras. Liana, a mi derecha, tenía una manta ligera sobre los hombros y una taza caliente entre las manos, observándome de vez en cuando como si necesitara confirmar que seguía ahí.
—No tienes que quedarte despierto si estás cansado —dijo Liana en voz baja.
—Lo sé —respondí—. Pero quiero ver esto un rato más.
Ella sonrió, suave, sin insistir.
Un poco más allá, mi padre biológico, Nareth, estaba en otra mesa con Sivelle y Joren. No hablaban mucho, pero cuando lo hacían, Sivelle gesticulaba como siempre, y Joren escuchaba con atención casi reverente. Verlos juntos todavía me producía una sensación extraña, como observar una escena que sabía que me pertenecía, pero desde fuera.
Los Shtile ocupaban otra mesa: el marqués con Maylen y Cloe. Maylen hablaba animadamente, aunque cada tanto lanzaba miradas rápidas hacia mí… o quizá hacia el centro del jardín.
Los Vion estaban un poco más apartados. Keny reía por algo que Kyle acababa de decir, y ambos parecían más relajados que en días anteriores.
Pero mis ojos volvían una y otra vez al centro del jardín.
Miriel, Alenya, Isen y Niva corrían alrededor del dragón-lobo, todavía con esa mezcla de valentía y asombro que solo los niños tienen. Al principio les había tomado un buen rato acercarse. Pasos cortos, manos temblorosas, risitas nerviosas.
Ahora parecía… distinto.
El lobo estaba echado de lado, enorme, ocupando más espacio del que cualquier criatura normal debería, pero con el cuerpo relajado, la cola moviéndose lentamente sobre la hierba.
Y entonces lo hizo.
Con una delicadeza imposible para su tamaño, tomó a Isen por la ropa, justo del cuello de la túnica, y lo levantó del suelo.
—¡AH! —gritó Isen, antes de empezar a reír a carcajadas.
El lobo lo sacudió suavemente, de un lado a otro, sangoloteándolo como si fuera un muñeco de trapo.
—¡Bájalo! ¡Bájalo! —reía Niva, sin dejar de saltar alrededor.
—¡Otra vez! —pidió Miriel, aplaudiendo.
—¡Más alto! —añadió Alenya, completamente olvidada del miedo inicial.
Isen no dejaba de reír, pataleando en el aire.
—¡Estoy volando! ¡Estoy volando!
El dragón-lobo soltó un resoplido que, si no lo conociera, habría jurado que era una risa.
—Eso… —murmuró Luneth a mi lado—. Eso es nuevo.
—Sí —admití—. Normalmente no hace eso conmigo.
Liana soltó una pequeña risa.
—Creo que les ha tomado cariño.
Observé con atención. No solo era cuidado; era algo más. El lobo bajó a Isen con suavidad, empujándolo luego con el hocico para que corriera. Cuando Niva tropezó, una pata enorme apareció de inmediato para estabilizarla sin tocarla realmente.
Mariela y Miya caminaban alrededor, en círculos constantes, alertas. Desde fuera parecían niñeras vigilantes, pero yo sabía que cada movimiento suyo estaba calculado. Aun así, incluso ellas parecían… menos tensas.
—Nunca pensé que vería a Mariela así —dije en voz baja.
Luneth siguió mi mirada.
—Ni yo —respondió—. Está relajada. Eso dice mucho.
—¿Crees que él…? —empecé, dudando.
—Sí —dijo Luneth, sin que tuviera que terminar—. Está feliz.
Esa palabra me golpeó de una forma inesperada.
Feliz.
Miré de nuevo al dragón-lobo. A su tamaño reducido. A su forma distinta. A la manera en que se inclinaba para que Miriel pudiera tocarle la frente, cómo cerraba los ojos cuando Alenya se apoyaba contra su costado.
Sentí algo apretarme el pecho.
—Nunca pensé que terminaría así —confesé—. Después de todo.
Liana apoyó su mano sobre la mía.
—Nadie lo planea —dijo—. Pero a veces… el infierno también termina llevándote a un lugar donde puedes respirar.
Isen volvió corriendo hacia nosotros.
—¡Eiren! —gritó—. ¡Mira, me volvió a levantar!
El dragón-lobo alzó la cabeza, mirándome directamente. Sus ojos brillaban con esa inteligencia antigua que conocía demasiado bien.
Y por un instante, sin palabras, sentí ese pulso familiar.
Ese ritmo compartido.
—Sí —murmuré—. Ya vi.
Me quedé en silencio cuando mamá Luneth habló. No fue de golpe, ni con solemnidad; fue como si eligiera cada palabra con cuidado, esperando que no se me rompieran entre las manos.
—Eiren —dijo, usando mi nombre con esa suavidad que aún me descoloca—. Hace un par de días, cuando volviste a quedarte dormido… hablamos entre todos.
Parpadeé.
—No… no lo recuerdo.
—Lo sé —asintió—. Por eso te lo cuento ahora. No es algo urgente, pero sí importante. Familiar.
Liana se acomodó un poco más cerca de mí, sin decir nada. Solo estuvo ahí.
—Hace un par de días —continuó Luneth—, cuando volviste a quedarte dormido… hablamos entre nosotros.
Asentí despacio.
—De acuerdo.
Ella respiró hondo.
—Ya te habrás dado cuenta —dijo— de que durante el invierno… no sentiste el frío como lo haría alguien normal.
—Sí —respondí—. Pensé que era por la magia. O por mis nodos.
—Eso es lo que creíste —dijo—. Y no estás del todo equivocado… pero tampoco estás en lo correcto.
Incliné un poco la cabeza.
—Explícame.
Luneth entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Tú, tu padre Nareth, Sivelle, los mellizos… y yo —empezó— pertenecemos a un linaje puro.
Parpadeé.
—¿Puro… como en…?
—No —me interrumpió de inmediato—. No como estás pensando. No hay cruces entre primos, ni hermanos, ni nada parecido. Eso no tiene nada que ver con esto.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Bien.
—Cuando hablamos de linaje puro —continuó— hablamos de una línea mágica que no se ha fragmentado. Ha habido muchos cruces, muchas uniones… pero siempre siguiendo una sola raíz.
Liana asintió levemente.
—Una continuidad —añadió—. No aislamiento.
—Exacto —confirmó Luneth—. Y en ambas familias —la mía… y la de tu padre—, esta es la primera generación con sangre completamente pura.
Me quedé en silencio.
—Eso… —murmuré— suena importante.
—Lo es —respondió ella—. Porque la sangre pura no es solo un concepto genealógico. Afecta al cuerpo. A la magia. A cómo interactúan entre sí.
Miré mis manos.
—¿Y eso explica… el frío?
—Sí —dijo—. Al menos en parte.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Quienes poseen sangre pura y afinidad con el hielo… pueden ser parte del hielo.
Alcé la mirada de golpe.
—¿Parte…?
—No lo sienten como algo ajeno —explicó—. El frío no los rechaza. No los daña. No los invade. Simplemente… está.
Liana habló entonces:
—Por eso no reaccionas como alguien sin magia… ni como alguien con magia que aún siente el frío.
—Pensé que era resistencia —dije—. Algo que había ganado.
—No es algo que se gane —respondió Luneth con suavidad—. Es algo que se despierta.
Guardé silencio unos segundos.
—¿Y Sivelle? —pregunté.
Luneth sonrió apenas.
—Sivelle… y los mellizos —dijo— poseen ambas sangres puras mezcladas.
Parpadeé otra vez.
—¿Ambas?
—Mi linaje —continuó— y el de tu padre no comparten la misma raíz. Son sangres puras distintas.
—Y cuando se mezclan… —empezó Liana.
—…no se anulan pero se sobrepone ante la otra y se potencian.
Sentí un escalofrío que, irónicamente, no fue de frío.
—Eso significa —dije despacio— que…
—Que sus habilidades con la magia de hielo son únicas —confirmó—. Más precisas. Más profundas. Más eficientes que las de otros miembros de ambas familias.
Miré hacia donde Sivelle estaba sentada con Nareth, riendo por algo que Joren acababa de decir.
—¿Y yo? —pregunté.
Luneth me sostuvo la mirada.
—Tú también.
Tragué saliva.
—Pero… yo no crecí aquí. No entrené como ellos.
—Y aun así —dijo— desarrollaste tus habilidades.
—Incluso con el sello —añadió Liana.
Asentí.
—Eso… sí.
—Y está bien —continuó Luneth—. No fue un error. Sobreviviste. Aprendiste. Te adaptaste incluso sin haber despertado tu magia por completo.
—Entonces… —dije— ¿qué está mal?
Luneth dudó un segundo.
—Nada —respondió—. Pero hay cosas incompletas.
Señaló mi pecho suavemente.
—Tu sangre es una mezcla. Más fuerte. Más intensa.
—Y por eso —añadió Liana— requiere control.
Exhalé despacio.
—¿Los nodos…?
—No son la raíz del problema —dijo Luneth—. Te ayudaron, sí. Te dieron estructura. Te permitieron usar lo que tu cuerpo no sabía manejar aún.
—Pero no es la forma correcta —añadió—. No para lo que tú eres.
Me llevé una mano a la nuca.
—Creí que soportar el frío… venía de ahí.
—No del todo —respondió ella—. Viene de haber despertado tu magia.
Hizo una pausa.
—Tus nodos ayudaron a canalizarla… pero no a armonizarla.
—¿Y eso explica… —murmuré— por qué siempre termino inconsciente?
Luneth asintió.
—Estás forzando algo que debería fluir.
—Como usar una armadura para sostener el cuerpo —añadió Liana— en lugar de fortalecer los músculos.
Me quedé callado un largo rato.
—Entonces… —dije al fin— ¿qué debería haber hecho?
—Nada distinto a lo que hiciste —respondió Luneth con firmeza—. Hiciste lo que pudiste con lo que tenías.
Sus ojos se suavizaron.
—Pero ahora… ya no estás solo. Y ya despertaste.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Luneth sonrió. Una sonrisa distinta. Decidida.
—Cuando te recuperes —dijo— aprenderás el método de la familia.
—¿Cuál?
—El mismo que usó Sivelle para controlar su mezcla —asintió—. Para no enfermar. Para no perder el conocimiento cada vez que usa su magia.
Miré a Sivelle otra vez.
—¿Ella…?
—No fue inmediato —dijo Luneth—. Le tomó tiempo. Mucho control. Mucha disciplina.
Liana apoyó una mano sobre la mía.
—Y luego —añadió— podrás acoplar ese método a tus nodos.
Mis ojos se abrieron un poco más.
—¿Eso es posible?
—Probablemente —respondió Luneth—. Y si lo logras…
—Podrías ser más fuerte de lo que ya eres —dijo Liana—. Pero, más importante…
—Podrás controlar tus habilidades —terminó Luneth—. Evitar resultados no deseados. Evitar que tu cuerpo colapse.
Exhalé lentamente.
—Así que… —murmuré— todo este tiempo pensé que había encontrado la solución… cuando solo era un parche.
—Uno ingenioso —corrigió Luneth—. Pero temporal.
Me recliné un poco en la silla.
—Supongo que eso explica muchas cosas.
Luneth me miró con atención.
—¿Te molesta?
Negué despacio.
—No —respondí con sinceridad—. Me alivia.
Levanté la vista hacia el jardín, hacia los niños riendo con el dragón-lobo.
—Pensé que estaba roto —dije—. Que simplemente… no podía más.
Luneth tomó mi mano.
—No estás roto, hijo —dijo—. Solo estabas despertando sin guía.
Apreté sus dedos con cuidado.
—Entonces… aprenderé.
Ella sonrió.
—Eso esperaba oír.
Algo… no estaba bien.
Al principio pensé que era el aire. Una presión distinta, como cuando el clima cambia sin avisar. Pero no, no era eso.
Era el maná.
Lo sentí antes de verlo. Una alteración mínima, casi imperceptible, como una vibración fuera de ritmo. El jardín seguía igual: risas, voces, el crujir leve de las hojas. Y aun así… algo se había tensado.
El maná se volvió más luminoso.
No luz. No exactamente.
Era como si el mundo respirara más hondo.
Mis ojos se fijaron en un punto, entre dos árboles, a varios metros de distancia. Allí flotaba una mota diminuta, apenas visible. No brillaba como magia común. No pulsaba.
Era maná condensado.
Mi nuca se tensó de golpe.
Mis instintos, esos que nunca aprendí, solo desarrollése encendieron como una alarma rota.
Entonces todo ocurrió a la vez.
Sentí el maná colapsar, concentrarse en un solo punto, como si algo invisible lo estuviera comprimiendo. Y justo después…
Una presión helada rodeó mi cuello.
No manos. No cuerdas.
Algo peor.
Me levanté de golpe.
Mis nodos se encendieron violentamente, enviando una punzada de dolor que me recorrió la columna, pero no me detuve. El hechizo salió instintivo, crudo, sin forma elegante: dirigí la descarga exacta al punto donde había sentido la condensación.
—¡Neyreth! —alcancé a escuchar a Luneth.
Dos explosiones retumbaron casi al mismo tiempo.
La primera: mi magia, estallando el aire con un rugido de hielo comprimido.
La segunda: donde yo había estado sentado segundos antes.
La mesa se partió. Astillas volaron. El suelo se hundió.
El jardín entero estalló en caos.
—¡Ataque! —gritó alguien.
Miya y Mariela reaccionaron al instante. Sus manos se alzaron, y el viento rugió alrededor de los niños, formando una barrera compacta que los empujó hacia atrás, lejos del centro. El dragón-lobo gruñó, profundo, salvaje, colocándose frente a ellos con el lomo erizado y los colmillos al descubierto.
Sivelle ya estaba de pie.
El duque Nareth y la duquesa Luneth se movieron al mismo tiempo que ella, el aire a su alrededor cristalizándose. El frío descendió como una marea contenida.
—¡¿Dónde?! —exigió Nareth.
Keny y Kyle encendieron sus llamas casi por reflejo, el fuego ardiendo vivo alrededor de sus brazos, sus miradas clavadas en la dirección donde había lanzado el hechizo.
Pero entonces…
Algo se movió.
Demasiado rápido.
Detrás de mí.
Mis nodos respondieron antes que mi mente. Giré el flujo y hice estallar hielo desde mi espalda, una detonación corta pero brutal. Al mismo tiempo, clavé el pie contra el suelo y púas de hielo surgieron en abanico, rasgando la tierra.
Con un movimiento de mi mano, el jardín se convirtió en un campo de hielo. El césped desapareció bajo una capa cristalina, los árboles se cubrieron de escarcha, el aire se volvió cortante.
Otra vibración.
A la derecha.
Choqué mis manos con fuerza. El sonido fue seco, metálico. Luego apreté los dedos como si estuviera rompiendo algo invisible entre mis palmas.
El hielo explotó.
Fragmentos afilados salieron disparados en todas direcciones, formando una muralla caótica que se interpuso entre mi familia, los niños y cualquier cosa que se moviera allí dentro.
Entonces lo sentí.
Justo frente a mí.
Algo descendía. Rápido. Letal.
Directo a mi torso.
No pensé.
Dejé que mis instintos tomaran el control.
Púas de hielo brotaron desde todo mi cuerpo, atravesando el espacio inmediato como una explosión defensiva. Al instante siguiente, estallaron, y el aire fue absorbido hacia el centro.
Un tornado de hielo se formó alrededor de mí.
Giraba con violencia, arrancando hojas, fragmentos de suelo, restos de magia dispersa. Todo lo que entraba… quedaba atrapado.
Y entonces.
Encendí mi tercera variación.
Icefire.
El frío cambió.
El tornado de hielo se incendió.
No con fuego normal. Era azul pálido, blanco en los bordes. El hielo ardía mientras congelaba, una contradicción imposible. La temperatura cayó de golpe. El sonido se apagó, como si el mundo estuviera siendo sellado.
Todo lo que estuviera dentro de ese tornado… no saldría ileso.
Sentí resistencia.
Algo luchaba.
De pronto..
Un corte limpio.
El tornado se partió en dos, la rotación colapsó, el Icefire se dispersó en fragmentos ardientes que se apagaron al tocar el suelo.
—¡Diablos! —escuché una voz femenina—. ¡Mi espada!
Di un paso atrás, aún en guardia.
—Está bien, está bien —dijo la misma voz, ahora más clara, más cerca—. Me rindo, me rindo.
El hielo se asentó.
El maná volvió a su flujo normal.
Frente a mí, emergiendo entre la escarcha rota y el suelo congelado, estaba una mujer joven.
Cabello rojizo, recogido de forma descuidada, mechones sueltos cubiertos de escarcha. Ojos rojos intensos, brillantes incluso sin magia activa. Su abrigo estaba dañado, y en su mano sostenía lo que quedaba de una espada… o lo que había sido una.
Me observaba con una mezcla de fastidio y asombro.
—Vaya —murmuró—. Sí que exageras cuando te asustas.
Escuché inhalaciones contenidas detrás de mí.
—No puede ser… —susurró Luneth.
—¿Ella…? —Sivelle dio un paso al frente, entrecerrando los ojos.
Nareth frunció el ceño, incrédulo.
—Capitana…
La mujer suspiró y alzó una mano en señal de paz.
—Relájense, duque, duquesa —dijo—. Si quisiera hacerles daño, no habría avisado… tanto.
Sivelle dejó escapar una risa incrédula.
—¿Estás loca? ¡Casi matas a medio jardín!
La mujer sonrió de lado.
—Vamos, Sivelle. Solo estaba probando algo.
Mi corazón seguía golpeando con fuerza.
—¿Quién… eres? —pregunté, sin bajar la guardia.
Ella me miró entonces directamente.
Sus ojos se afilaron.
—Ah… —dijo despacio—. Así que tú eres.
Se enderezó, clavó la espada rota en el suelo y se llevó una mano al pecho.
—Mi nombre es Rhaella. Rhaella Notch, herdera del Ducado Notch.
—Tambien soy la Capitana de la Guardia de las Cadenas Rojas —anunció.
El silencio que siguió fue denso.
[Sivelle]
—¡Au! ¡Au! ¡Madrina, espera…!
Paf.
El sonido de la mano abierta resonó en el jardín ya medio destruido, y por primera vez desde que Rhaella apareció como un proyectil suicida, el caos… era doméstico.
—¡¿En qué estabas pensando?! —la voz de mi madre, la duquesa, estaba cargada de hielo puro, aunque curiosamente ninguno salió disparado—. ¿Atacar un jardín Vyrenthal? ¿Frente a niños? ¿Frente a él?
Paf.
—¡Madrina, por favor! —Rhaella se dobló un poco hacia adelante, llevándose una mano a la espalda—. ¡Me duele! ¡Me duele de verdad!
—Te duele poco —respondió mi madre sin el menor remordimiento— para el desastre que acabas de causar.
No pude evitar soltar el aire por la nariz.
Clásico.
A unos pasos de distancia, Liana y Joren sostenían a Neyreth, que estaba claramente al límite. Sudaba, la respiración irregular, el cuerpo tenso como si aún esperara otro ataque. Joren lo sujetaba por los hombros, firme pero cuidadoso, mientras Liana mantenía una mano en su espalda.
—Respira —le decía ella—. Ya terminó. Estás a salvo.
Yo sabía que esa “demostración intensa” que acababa de hacer… no era nada.
Nada comparado con lo que vi en el bosque.
Y aun así, había sido suficiente para congelar medio jardín, levantar un tornado de Icefire y partir el maná como si fuera tela mojada.
Levanté la vista justo cuando mi padre avanzó unos pasos.
El duque alzó una mano.
Solo una.
Y el hielo respondió.
Las capas congeladas comenzaron a retirarse como si obedecieran una coreografía perfecta: el suelo recuperó su color, los árboles soltaron la escarcha sin romper una sola rama, las púas se replegaron, el aire dejó de cortar. Era… elegante. Preciso.
Impresionante.
Miré a mi padre de perfil.
Su rostro estaba serio, concentrado… pero lo conocía demasiado bien. Sus labios temblaban apenas, como si estuviera luchando contra una sonrisa que no debía mostrar.
Se tragó saliva.
Lo vi.
Estaba emocionado.
Siempre lo estaba cuando veía buena magia. Pero esto… esto era distinto. Desde el bosque, desde que Neyreth volvió a existir frente a nosotros, mi padre parecía más vivo. Más feliz.
—Increíble… —murmuró para sí mismo, creyendo que nadie lo oía.
Yo sí.
Volví a mirar a Rhaella justo cuando ella intentaba enderezarse.
—Madrina, ya, en serio —se quejó—. Me duele la espalda, el orgullo y creo que algo más se rompió además de mi espada.
Paf.
—Eso es por la espada —dijo mi madre—. Y esto…
Paf.
—¡Auch!
—…por no pensar.
Rhaella se llevó ambas manos a la espalda y me lanzó una mirada suplicante.
—Sivelle, dile algo.
—No —respondí sin dudar—. Te lo ganaste.
—Traidora.
—Imprudente.
Mi madre suspiró, pero aún no había terminado.
—Y cuando tu padre se entere de esto… —añadió con voz peligrosamente calmada.
Rhaella se congeló.
—No —dijo lentamente—. No, no hace falta llegar a eso.
—Claro que hace falta —respondió mi madre—. Porque tú no viniste a “saludar”.
Rhaella apretó los dientes.
—Vine a confirmar algo.
Eso me hizo alzar una ceja.
—¿Confirmar qué? —pregunté.
Rhaella se giró, por fin mirando hacia Neyreth.
Sus ojos rojos se suavizaron.
—Después de la reunión —dijo—. En la que tú estuviste… y los demás involucrados en el incidente del bosque.
Sentí un nudo en el estómago.
—En los informes —continuó— apareció un nombre nuevo. “Eiren”. Uno de los pilares defensivos.
Mi madre frunció el ceño.
—Rhaella…
—Y supe —la interrumpió— que ese chico estaba aquí.
Me miró directamente.
—Así que vine a verlo.
Silencio.
—Y en cuanto lo vi —añadió, con una sonrisa pequeña, honesta— supe que eras tú.
Neyreth alzó un poco la cabeza, confundido.
—¿…yo?
Rhaella parpadeó.
—¿Eh?
Me adelanté un paso.
—Rhaella —dije con cuidado—. Él… no recuerda todo.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo que no…?
Se quedó callada.
Miró a Neyreth otra vez. Más despacio. Más atenta.
—…espera —murmuró—. No me miras como antes.
Mi madre cerró los ojos un segundo.
—Luego hablaremos de eso —dijo—. Con calma. Y sin explosiones.
Rhaella suspiró.
—Genial —masculló—. Vine a ver a mi primo perdido y casi lo mato.
—Casi —corregí.
Me encogí de hombros.
—Y eso porque fue amable.
Rhaella soltó una risa nerviosa.
—Siempre fuiste exagerado, Ney…
Se detuvo.
Me miró.
—…Eiren.
No sonrió esta vez.
—Supongo —dijo más bajo— que tengo muchas cosas que escuchar.
Mi madre finalmente bajó la mano.
—Y muchas explicaciones que dar —añadió.
Rhaella asintió.
—Sí, madrina.
Luego miró a Neyreth una vez más.
—Pero me alegra —dijo—. De verdad.
***
El sol ya estaba más bajo cuando todo se calmó de verdad.
Había pasado tiempo. No sabía decir cuánto exactamente, pero lo suficiente para que el jardín dejara de sentirse como un campo de batalla y volviera a parecer… un jardín Vyrenthal, aunque con cicatrices nuevas y memorias más viejas removidas.
Rhaella estaba de rodillas sobre el césped.
Literalmente.
Con la espalda recta, los dientes apretados y varios bloques de hielo perfectamente tallados descansando sobre sus manos extendidas. No pequeños. No simbólicos. Bloques de verdad. Fríos. Pesados.
—Esto es tortura —murmuró entre dientes.
—Esto es disciplina —respondió mi madre sin mirarla, sentada con una calma aterradora en una silla cercana—. Y te estás moviendo.
Rhaella gimió apenas y volvió a tensarse.
Yo estaba sentada a un lado, observándola con una mezcla peligrosa de lástima y satisfacción.
Se lo merecía.
Había escuchado todo.
Todo lo que se podía escuchar.
El incidente de hace diez años.
Cómo Neyreth sobrevivió cuando todos lo dieron por muerto.
El ataque años después que lo dejó al borde de la muerte.
La amnesia.
Liana y su familia encontrándolo y cuidándolo.
El regreso.
El bosque.
Saltamos, deliberadamente, la parte de la Orden.
Había límites. Incluso para ella.
Rhaella había permanecido en silencio casi todo el tiempo. Demasiado silencio para alguien como ella.
Hasta que explotó.
—…No —dijo al fin, mirando al cielo—. No. Esto es demasiado.
Mi madre alzó una ceja.
—¿Demasiado qué?
—¡Demasiada aventura para diez años! —exclamó Rhaella—. ¡Diez! ¡Yo me lesioné el hombro una vez y lo sigo contando como tragedia personal!
Neyreth, Eirene, estaba recostado unos metros más allá, en una camilla improvisada. Un mago curativo revisaba su pulso, su respiración, el flujo de maná. No tenía heridas visibles; era su condición física lo que preocupaba. El desgaste. El despertar.
Dos meses en coma no eran poca cosa.
Él giró un poco la cabeza hacia Rhaella, con una sonrisa cansada.
—Lo siento —dijo—. Supongo que… me excedí.
—¡¿Excederte?! —Rhaella lo miró con indignación—. ¡Te moriste, sobreviviste, te atacaron, te borraron la memoria, regresaste con un dragón y ahora casi destruyes un jardín entero!
Hizo una pausa.
—Y eso sin contar lo que claramente no nos están diciendo.
Mi madre carraspeó.
—Concéntrate en el hielo.
Rhaella apretó los labios.
—Sí, madrina…
Hubo un momento de silencio.
Luego Rhaella habló más bajo.
—No tenía forma de saber lo de la amnesia —dijo—. De verdad no la tenía.
Neyreth asintió despacio.
—Lo sé.
Ella lo miró con atención renovada.
—Pero fue… bueno verte —añadió—. Después de creer que estabas muerto diez años.
Sonrió de lado.
—Además —continuó—, estás más guapo.
Yo ahogué una risa.
—Rhaella… —advirtió mi madre sin voltear.
—¡Es verdad! —se defendió ella—. No hay forma de negarlo.
Miró a Neyreth de arriba abajo, evaluándolo sin pudor.
—Y no me mires así, Sivelle. Tiene gran parte de la hermosura de mi madrina.
Silencio.
Pesado.
—…Eso fue un halago —añadió rápidamente—. A ti. A las dos. Un cumplido sincero. De corazón.
Mi madre se levantó.
Rhaella palideció.
—Ah. Maldición.
Mi madre se detuvo frente a ella.
—¿Sabes cuál es el problema, Rhaella?
—¿Mi lengua? —intentó.
—Tu impulsividad —respondió—. La misma que te hizo atacar sin confirmar. La misma que casi provoca una tragedia.
Rhaella bajó la mirada.
—Sí, madrina.
—Y aunque agradezco —continuó mi madre— que hayas venido por preocupación…
Le dio un golpe más en la espalda. Seco. Controlado.
—…eso no te exime.
—¡Auch! —Rhaella se encogió—. ¡Eso dolió más que los bloques!
—Bien.
Yo suspiré y me levanté, acercándome a Neyreth.
—No mires —le dije en voz baja—. Solo respira.
Él obedeció.
—¿Siempre es así? —preguntó.
—Solo cuando alguien intenta matarte sin avisar —respondí.
Rhaella nos miró de reojo.
—Oigan… —dijo—. Aun así…
Hizo una pausa, seria por primera vez.
—Me alegra que estés vivo.
Neyreth la miró.
Y aunque no recordaba todo…
—Gracias —dijo.
Rhaella sonrió.
Mi madre fue la primera en romper el silencio que quedó después de las risas cansadas y los suspiros largos.
—Rhaella —dijo con voz medida—. Dime algo con sinceridad.
Rhaella, todavía de rodillas y con los bloques de hielo sobre las manos, alzó la vista con cautela.
—Si es para que me caiga otro golpe, al menos avise.
—¿Quién más sabe de Neyreth? —preguntó mi madre—. O, para ser más precisa… ¿quién más sospecha?
Rhaella parpadeó.
—¿De él como él? —señaló vagamente hacia Neyreth—. ¿O de todo?
—De su identidad —aclaró mi madre—. De que no está muerto.
Rhaella negó despacio con la cabeza.
—Nadie.
Mi padre, que había estado escuchando en silencio, levantó ligeramente una ceja.
—¿Nadie? —repitió—. ¿Ni siquiera dentro de tu orden?
—No —respondió Rhaella con firmeza—. Yo lo supuse sola.
Acomodó un poco los hombros, soportando el peso del hielo.
—Mi sub-capitán no participó en la incursión al bosque del Este —continuó—. Así que no tuve información directa. Solo los informes oficiales… los de los sub-capitanes de las otras tres órdenes.
Hizo un gesto de desagrado.
—Y esos informes eran… incompletos.
—Convenientes —añadí.
Rhaella asintió.
—Exacto. Pero aun así… —miró a Neyreth— cuando leí el nombre “Eiren” y vi las descripciones… algo no cuadraba.
Mi madre la observó con atención.
—¿Y el rey?
Rhaella hizo una mueca.
—Eventualmente se enterará —dijo—. Siempre lo hace.
—Lo sé —respondió mi madre con calma—. Por eso planeo anunciar su regreso en el banquete real.
Hubo un breve silencio.
—¿En un mes? —preguntó Rhaella.
—En un mes.
Rhaella ladeó la cabeza, pensativa.
—No es mala idea —admitió—. Oficial, público, imposible de ocultar después.
Sonrió de lado.
—Aunque prepárate para los rumores.
—Siempre los hay —respondió mi madre sin inmutarse.
—Sí, pero esta vez serán peores —insistió Rhaella—. Más cuando te vean a ti.
Mi madre alzó una ceja.
—¿A mí?
—Diez años —dijo Rhaella—. Diez años sin aparecer en reuniones políticas, eventos oficiales, ni siquiera encuentros sociales importantes.
Hizo un gesto amplio.
—La duquesa Luneth Vyrenthal reapareciendo de pronto, con un hijo que oficialmente estaba muerto… eso va a arder más que cualquier incendio provocado.
—Nunca me importaron los rumores —dijo mi madre con sencillez.
—Lo sé —respondió Rhaella—. Pero igual van a existir.
Yo crucé los brazos.
—Entonces que hablen.
Rhaella sonrió.
—Esa es la actitud Vyrenthal que recordaba.
Se quedó callada un segundo.
Luego frunció el ceño.
—Pero… —añadió— hay algo que no entiendo.
Mi madre la miró.
—¿Qué cosa?
Rhaella respiró hondo.
—¿Por qué no nos lo dijiste antes?
El aire pareció tensarse un poco.
—Casi un año —continuó— desde que saliste del norte a buscarlo.
Miró directamente a mi madre.
—Si nos lo hubieras dicho… habría movilizado a toda la Guardia de las Cadenas Rojas. Lo habríamos buscado, protegido y traído a salvo.
—Lo sé —respondió mi madre sin dureza—. Precisamente por eso no lo hice.
Rhaella parpadeó.
—¿Qué?
—Quería discreción —dijo mi madre—. La mayor posible.
Mi padre asintió lentamente.
—Mover una orden entera habría llamado demasiada atención.
—Exacto —continuó mi madre—. No se lo dije a nadie.
Rhaella abrió los ojos con sorpresa.
—¿A nadie?
—A nadie —repitió—. Ni a mis padres. Ni a mis suegros.
—¿Ni siquiera…? —Rhaella dudó—. ¿A los tuyos?
—Tampoco.
Rhaella soltó el aire despacio.
—Eso es… extremo.
—Era necesario —respondió mi madre—. Solo una persona lo sabía.
—¿Quién? —preguntó Rhaella.
—La marquesa Arianne —dije yo.
Rhaella me miró.
—¿Ella?
—Sí —asintió mi madre—. Sabía que salí a buscarlo. Nada más.
—¿No sabe que ya lo encontraste? —preguntó Rhaella.
—No —respondió mi madre—. Aún no.
Rhaella negó lentamente con la cabeza.
—Vaya… —murmuró—. Eso sí es jugar a largo plazo.
Miró a Neyreth una vez más.
—Supongo que ahora todo va a cambiar.
—Sí —dijo mi madre—. Pero esta vez, con él aquí.
Rhaella apretó los labios, luego sonrió con resignación.
—Bueno —dijo—. Al menos ahora sé que no estoy loca por haberlo reconocido.
Mi madre la miró de reojo.
—No —admitió—. Pero sigues castigada.
Rhaella gimió.
—Por supuesto que lo estoy.
Yo no pude evitar sonreír.
—Y tú —dijo, girando la cabeza hacia mí—. ¿Cómo vas con tus estudios?
Parpadeé.
—¿Mis estudios?
—Sí —insistió—. Academia, evaluaciones, rangos… esas cosas aburridas pero necesarias.
Solté un suspiro corto.
—Están en pausa.
Rhaella alzó una ceja, claramente interesada.
—Eso no suena a algo que dirías sin una buena razón.
—Porque la hubo —respondí—. Mi madre me envió un informe.
Mi madre no intervino, solo escuchó.
—¿Un informe? —preguntó Rhaella.
—De dónde estaba Neyreth —continué—. Y junto con eso… una orden directa.
Rhaella sonrió lentamente.
—Ah.
—”Ve por él” —imité el tono serio de mi madre—. Sin retrasos.
—Clásico —murmuró Rhaella.
—Él estaba en el Este en ese momento —seguí—. Con el conde Vion.
Kyle levantó la cabeza un segundo, como si confirmara mentalmente el recuerdo, y luego volvió a lo suyo.
—Así que fui —dije—. Ya sabes el resto.
Rhaella dejó escapar una risa breve.
—Bosque del Este, mujer de negro, bestias alteradas… y Neyreth haciendo cosas imposibles.
—Exacto —respondí—. Después de eso, no hubo forma de volver a la academia como si nada.
—Tiene sentido —asintió Rhaella—. Pero ahora que él está aquí…
—Ahora tengo que regresar —terminé por ella—. No puedo seguir posponiéndolo.
Rhaella me observó con atención.
—Entonces… —dijo— ¿en qué nivel estás ahora?
Me crucé de brazos.
—Me evaluaron.
—Por supuesto que lo hicieron.
—Y me colocaron en el rango de Custodios.
Rhaella chasqueó la lengua.
—Nada mal.
—No es el rango final —añadí—. Cuando me gradúe, harán otra evaluación.
—¿Crees que subas?
—Probablemente —respondí con calma—. Dependerá de qué tanto control demuestre… no solo poder.
Rhaella sonrió de lado.
—Siempre tan responsable.
La miré con ironía.
—No necesito preguntarte en qué rango estás tú.
Rhaella levantó la barbilla, orgullosa, a pesar de seguir con los bloques de hielo sobre las manos.
—Capitana de orden —dijo—. Y no por caridad.
—Nunca lo dudé —respondí.
—Oh, créeme —añadió—. Muchos sí.
Hizo una mueca.
—”La heredera del Ducado Notch”, decían. “Claro, seguro le regalaron el puesto”.
—Idiotas —murmuré.
—Completos —asintió—. Así que tuve que demostrarlo.
—¿Cómo? —pregunté, aunque ya tenía una idea.
Rhaella sonrió con evidente satisfacción.
—A golpes.
—Por supuesto.
—Uno por uno —continuó—. Evaluaciones, duelos, simulacros reales.
Flexionó un poco los dedos bajo el hielo, haciendo crujir los bloques.
—Les pateé el trasero a todos esos idiotas.
No pude evitar reír.
—Elegante como siempre.
—Gracias —dijo con falsa modestia—. Fue agotador, pero necesario.
—¿Y ahora te respetan? —pregunté.
—Ahora me obedecen —respondió—. Que es mejor.
Miró los bloques de hielo y suspiró.
—Aunque admito que esto —levantó ligeramente las manos— es un precio alto por la curiosidad.
Mi madre la miró sin compasión.
—Te metiste sin permiso en una residencia ducal —dijo—. Espiaste. Provocaste una reacción mágica.
—Solo un poco —protestó Rhaella.
—Casi causas un desastre —añadió mi padre.
—Pero fue emocionante —dijo Rhaella.
—Otro bloque —advirtió mi madre.
—¡No, no, ya entendí! —se quejó—. Silencio absoluto.
La observé un momento.
Capitana joven. Poderosa. Castigada como una niña.
Sonreí.
—Cuando vuelva a la academia —dije—, tal vez nos crucemos en una evaluación conjunta.
Rhaella me miró, ojos brillantes.
—Eso me gustaría.
—Pero esta vez —añadí— intenta no atacar por sorpresa.
Rhaella rió.
—No prometo nada.
—Oye —dijo Rhaella de pronto, ladeando la cabeza—. Ya que estamos hablando de rangos…
La miré.
—¿Sí?
—¿En qué nivel está Neyreth?
Parpadeé una vez.
Luego giré la mirada casi al mismo tiempo que mi madre hacia donde estaba él.
Neyreth seguía sentado en el banco de piedra, con el sanador mágico arrodillado frente a él, terminando de trazar los últimos sellos luminosos sobre su pecho y brazos. Estaba sudando, el cabello pegado a la frente, pero su respiración ya era más estable. Liana estaba cerca, vigilando cada gesto del sanador con atención quirúrgica.
—Buena pregunta —murmuré.
Rhaella sonrió, interesada.
—Lo digo en serio. Porque con lo que vi hace rato… —hizo un gesto amplio con la cabeza, señalando vagamente el jardín medio rehecho— eso no fue precisamente nivel bajo.
—No —admití—. No lo fue.
Me crucé de brazos, pensativa.
—El problema —continué— es que ahora que lo pienso… no tengo la menor idea.
Rhaella abrió los ojos con sorpresa.
—¿Cómo que no tienes idea?
—Literalmente —respondí—. Ninguna.
—Vamos, Siv —dijo—. Tú siempre sabes estas cosas.
—Esta vez no —negué—. Porque Neyreth no encaja bien en los parámetros normales.
Mi madre no intervino. Solo escuchaba.
—Mira —dije, levantando una mano—. Técnicamente, los rangos son ocho.
Rhaella asintió.
—Sí, sí, eso lo sé.
—Despertar —empecé—. Gente que apenas siente el mana.
—Niños, aprendices —añadió Rhaella.
—Luego Canalizadores —seguí—. Ya pueden mover mana de forma consciente.
—Básico —asintió.
—Modeladores —continué—. Los que ya dan forma real a la magia.
—Ahí es donde empieza lo divertido.
—Después vienen los Dominantes —dije—. Control sólido, combate real, variaciones propias.
—Muchos soldados buenos se quedan ahí —comentó.
—Quinto rango: Custodios —dije, señalándome con el pulgar—. Donde estoy yo ahora.
Rhaella sonrió.
—Nada mal.
—Luego Maestros —añadí, mirándola a ella—. Que es donde estás tú.
Rhaella infló un poco el pecho, orgullosa, aun con los bloques de hielo en las manos.
—Requisito mínimo para sub-capitanes y capitanes —dijo—. Aunque muchos nunca deberían haber llegado ahí.
—Después vienen los Arcontes —seguí—. Gente que ya no solo domina su magia, sino que la impone al entorno.
—Monstruos —murmuró Rhaella.
—Y finalmente —terminé— Anclas.
Rhaella silbó bajo.
—Los que sostienen regiones enteras con su presencia mágica.
—Exacto —asentí.
Hubo un breve silencio.
—Entonces… —dijo ella despacio— ¿dónde lo pondrías?
Miré de nuevo a Neyreth.
El sanador retiró las manos, suspiró aliviado y dijo algo en voz baja que no alcancé a escuchar. Liana asintió y le agradeció. Neyreth levantó un poco la vista, claramente agotado, pero consciente.
—Sinceramente —dije—, ahora mismo no lo sé.
Rhaella frunció el ceño.
—¿Ahora mismo?
—Sí —respondí—. Porque acaba de despertar de casi dos meses en coma. Su cuerpo todavía se está adaptando. Su mana también.
—Pero lo que mostró… —insistió.
—Lo que mostró —la interrumpí— no fue su estado normal.
Rhaella me observó con atención.
—¿Entonces?
—Si lo analizo solo por lo que vi en el bosque —continué—, lo pondría en Custodios.
—¿Como tú?
—Como yo —asentí—. O incluso rozando Maestro.
Rhaella abrió la boca.
—¿En serio?
—En serio —respondí sin dudar—. Pero eso fue en condiciones extremas. Herido.
Exigiéndose más de lo que debía.
—Eso suele bajar el rendimiento, no subirlo —señaló.
—Con Neyreth no siempre funciona así —dije con una pequeña sonrisa torcida.
Rhaella soltó una risa.
—Claro que no.
—Ahora mismo —continué—, está inestable. Su control todavía no es constante. Así que evaluarlo hoy sería injusto… y peligroso.
Rhaella apoyó la espalda contra el banco, pensativa.
—Entonces, básicamente…
—Básicamente —dije—, Neyreth es una incógnita.
—Eso suena a problemas —sonrió ella.
—Siempre lo ha sido —respondí.
Rhaella miró de nuevo hacia él.
—Bueno —dijo—. Sea lo que sea… no es un simple Dominante.
—No —negué—. Eso seguro que no.
Neyreth levantó la cabeza justo en ese momento, como si hubiera sentido que hablábamos de él.
—¿Qué? —preguntó, con voz cansada—. ¿Por qué me miran así?
Rhaella sonrió con inocencia exagerada.
—Nada —dijo—. Solo decidiendo en qué categoría de desastre entras.
Él suspiró.
—Genial.
Yo sonreí.
—Descansa —le dije—. Ya tendremos tiempo de poner etiquetas después.
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