The Forgotten Son of Ice - Capítulo 69
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Capítulo 69: Capitulo 68
[Eiren]
El castigo terminó con un último chasquido seco de hielo deshaciéndose.
Rhaella retiró las manos con un gemido exagerado, frotándose las palmas mientras mi madre, la duquesa Luneth, la observaba con esa expresión implacable que no admitía réplica.
—Aprendido —dijo Rhaella rápido—. Muy aprendido.
—Más te vale —respondió mi madre—. Y la próxima vez, anuncias tu presencia.
—Sí, madrina…
Rhaella se puso de pie, sacudiéndose el césped de las rodillas. Luego se giró hacia mí. Ya no tenía esa sonrisa descarada de antes; ahora era más… sincera.
—Oye —dijo—. Siento haberte atacado así, de la nada.
Negué con la cabeza, todavía algo mareado por el gasto de mana.
—No fue el peor recibimiento que he tenido —respondí.
Eso le arrancó una risa breve.
—Aun así —añadió—, te debo una espada.
Levantó una ceja.
—Ese hechizo tuyo… la hizo polvo.
—Te daré una —dije sin pensarlo demasiado—. Una buena.
Sus ojos brillaron.
—Trato hecho —sonrió—. Entonces mañana… o pasado mañana, volveré.
Miró a mis padres.
—Dependerá de si mi padre viene conmigo.
Mi padre asintió.
—Será bienvenido.
—Lo imagino —respondió ella—. Después de todo esto… tendrá muchas preguntas.
Rhaella respiró hondo, y por un momento volvió a mirarme. Como si buscara confirmar que realmente estaba ahí.
—Me alegra verte vivo, Neyreth —dijo—. De verdad.
Sentí un nudo extraño en el pecho.
—A mí también —respondí.
Ella se giró entonces hacia el resto.
—Bueno —anunció—. Me retiro antes de que mi madrina decida que el castigo fue insuficiente.
—Considera eso una sabia decisión —dijo Luneth con calma.
Rhaella rió, saludó con la mano y se alejó por el sendero principal, todavía frotándose las manos.
Después de eso, el ambiente empezó a moverse de nuevo.
El marqués Shtile se acercó con Maylen y Cloe a ambos lados. Las dos inclinaron la cabeza con cortesía.
—Duquesa —dijo el marqués—. Nos retiraremos por hoy. Hay asuntos que atender.
—Lo entiendo —respondió mi madre—. Pero…
Miró a Maylen.
—Si no tienes demasiado que hacer, puedes venir cuando gustes. Te vendrá bien entrenar un poco.
Los ojos de Maylen se iluminaron.
—¿De verdad?
—Miya o Mariela pueden ayudarte con la magia de viento —añadió mi madre—. Ambas tienen experiencia.
Miya, que estaba cerca, asintió con una sonrisa tranquila. Mariela hizo lo mismo, más seria.
—Sería un honor —dijo Maylen con entusiasmo contenido.
Cloe sonrió.
—Yo también vendría —añadió—. Aunque solo sea a mirar.
El marqués Shtile inclinó la cabeza con gratitud.
—Lo agradezco mucho, duquesa.
—Esta casa siempre está abierta para aliados sinceros —respondió ella.
Keny y Kyle se acercaron después.
—Nosotros también nos retiramos —dijo Kyle—. Hay informes que revisar.
—Y cosas que reparar —añadió Keny, mirando de reojo el jardín aún marcado por el hielo—. Muchas cosas.
—Tal vez no nos veamos en unos días —continuó Kyle—, pero…
Keny me miró directamente.
—No te mueras otra vez, ¿sí?
Solté una risa baja.
—Haré lo posible.
—Más te vale —sonrió ella.
Se despidieron, y poco a poco el jardín quedó más tranquilo.
Cuando los vi alejarse, sentí el cansancio caerme encima de golpe. No solo físico. Emocional.
Me apoyé un poco en el respaldo del banco, respirando hondo.
Mi madre Luneth fue la primera en acercarse. No dijo nada al principio; simplemente pasó mi brazo por encima de sus hombros con naturalidad, como si lo hubiera hecho toda la vida. Del otro lado, Liana tomó mi otra mano con cuidado, casi con miedo de apretarme demasiado.
—Despacio —murmuró Liana—. No tienes que demostrar nada ahora.
—No estoy… —intenté decir.
Mis piernas flaquearon apenas un poco. Suficiente para que ambas lo notaran.
—Sí, sí lo estás —dijo Luneth con calma—. Y eso está bien.
Me dejaron apoyarme en ellas mientras caminábamos de regreso a la mansión. El jardín quedó atrás, sumido en sombras y en los últimos restos de humedad donde antes hubo hielo.
Dentro, los pasillos estaban iluminados solo por lámparas bajas. El silencio era distinto aquí: más íntimo.
Liana suspiró.
—No puedo creer todo lo que pasó hoy —dijo—. Primero despiertas… y luego esto.
—No fue mi intención causar problemas —respondí.
—Lo sé —dijo ella enseguida—. Nunca lo es contigo.
Luneth no habló hasta que llegamos a la escalera principal. Ahí se detuvo, obligándome a detenerme también.
—Neyreth —dijo, mirándome con seriedad—. Como madre, ya te diría que descanses y no pienses más en ello esta noche.
Hizo una breve pausa.
—Pero como maga… debo advertirte algo.
Liana guardó silencio de inmediato, aunque se quedó a mi lado.
—Tal vez ya lo sientas —continuó Luneth—. O tal vez lo sepas, incluso sin poder explicarlo.
Fruncí el ceño.
—¿Sentir qué?
—Tu propio cuerpo —respondió ella—. No como antes.
Me vinieron a la mente las astillas de hielo saliendo de mi piel, el frío recorriéndome por dentro.
—Lo de Rhaella… —dije.
—Exacto —asintió—. Usaste tu cuerpo como medio del hechizo.
Liana tragó saliva.
—¿Eso es malo? —preguntó—. Otros magos hacen cosas así, ¿no?
Luneth giró el rostro hacia ella, suavizando un poco la expresión.
—Sí. Muchos lo hacen —admitió—. Canalizan su elemento a través de la piel, los músculos, incluso los huesos.
Volvió a mirarme.
—Pero Neyreth no es un mago ordinario.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—Ya me lo explicaste —murmuré.
—Y aun así debo repetirlo —dijo Luneth—. Lo que hiciste fue instintivo… y peligroso.
—Pero funcionó —repliqué—. No sentí dolor.
—Ese es precisamente el problema —respondió ella sin dureza—. No siempre lo sentirás cuando algo vaya mal.
Liana frunció el ceño.
—No entiendo mucho de magia más allá de lo que explicaste y escuché —dijo con honestidad—, pero… ¿qué tiene de distinto?
Luneth respiró hondo.
—Sus nodos —dijo—. Esos… mecanismos que aún no comprendo del todo.
Me miró con una mezcla de fascinación y preocupación.
—Pueden ayudarte a hacer cosas increíbles, Neyreth. Lo que vimos hoy es prueba de ello.
—Entonces… ¿por qué es tan peligroso? —pregunté.
—Porque al usarlos así —explicó—, tu cuerpo deja de ser solo un canal… y se convierte en parte del hechizo.
El silencio se volvió pesado.
—Si algo se desestabiliza —continuó—, no es mana lo que se quema. Eres tú.
Liana apretó mi mano con fuerza.
—Eso no me gusta —dijo en voz baja.
—A mí tampoco —admitió Luneth—. Por eso debes ser cuidadoso.
Reanudamos la caminata, subiendo las escaleras con lentitud.
—Incluso cuando aprendas el método Vyrenthal —añadió Luneth—, tendrás que tener más cuidado que cualquier otro.
—¿No se supone que ese método es más seguro? —pregunté.
—Para magos normales —respondió ella—. Para ti… es una herramienta. Y cualquier herramienta mal usada puede volverse un arma contra su dueño.
Llegamos frente a mi habitación. Luneth abrió la puerta con un gesto.
—No te digo esto para asustarte —dijo, mirándome a los ojos—. Te lo digo porque sigues vivo. Y quiero que lo sigas estando.
Liana sonrió débilmente.
—Y porque todavía tienes que aprender a caminar sin desmayarte cada cinco pasos.
Solté una pequeña risa cansada.
—Haré mi mejor esfuerzo.
—Eso es todo lo que te pedimos —dijo Luneth—. Por ahora, descansa.
Me ayudaron a sentarme en la cama. Cuando se dispusieron a irse, las vi detenerse un segundo en la puerta.
Dos madres.
Dos miradas distintas.
La misma preocupación.
***
La tarde siguiente llegó con objeciones. Muchas.
Que aún estaba débil.
Que acababa de despertar de un coma.
Que mi mana no estaba estable.
Que no debía forzar nada.
Las escuché todas.
Y aun así, para mí no había alternativa.
—No voy a entrenar —les dije al final—. Voy a meditar.
Eso, curiosamente, fue lo único que logró detener la discusión.
Meditar no sonaba peligroso. No implicaba hechizos, ni nodos, ni hielo, ni fuego. Solo… estar quieto.
Y aun así, algo en mi interior insistía en que debía hacerlo.
No era una corazonada nueva. Era un eco.
Una voz antigua, rota en fragmentos, que no lograba recordar del todo, pero que reconocía como propia.
Si alguna vez dudas… vuelve al silencio.
Eso me lo había dicho él.
El líder de la orden a la que pertenecí.
No veía su rostro con claridad. Solo una figura alta, inmóvil, con una presencia tan pesada como tranquilizadora. Siempre serio. Siempre observando más de lo que hablaba.
No confíes en tu poder cuando estás roto.
Confía en tu centro.
Lo había hecho muchas veces antes.
O… eso sentía.
Ahora lo hacía porque mi cuerpo lo pedía a gritos.
Sivelle fue quien terminó llevándome.
—Si vas a insistir —dijo mientras caminábamos—, al menos hazlo en un lugar adecuado.
Atravesamos un ala de la mansión que no había visto antes. Pasillos más amplios, muros reforzados con runas apagadas, el aire ligeramente más denso.
—Esta es una de las salas de entrenamiento —explicó—. Se usa tanto para práctica física como mágica.
Abrió una gran puerta.
El interior era amplio y circular. El suelo estaba cubierto por un patrón de piedra pulida, con líneas que formaban círculos concéntricos. No había armas, ni focos, ni catalizadores visibles.
Solo espacio.
Silencio.
Respiré hondo.
—Es… perfecta.
Sivelle me miró de reojo.
—No vas a usar magia —dijo, más como advertencia que como pregunta.
—No —respondí—. Ni nodos. Nada.
—Te creo —dijo—. Pero igual me quedaré cerca.
Asentí.
Caminé hasta el centro del círculo y me senté en el suelo, cruzando las piernas con cuidado. Mi cuerpo protestó de inmediato; los músculos aún se sentían pesados, como si no fueran del todo míos.
Demasiado débil.
La idea no me frustró. Me resultó… clara.
Cerré los ojos.
No busqué mana. No lo llamé. No lo empujé.
Solo respiré.
Inhalar.
Exhalar.
Al principio, todo era ruido.
Mi corazón latiendo demasiado rápido. El recuerdo del jardín. El hielo. El fuego. La mirada de Luneth. Las palabras de Liana.
Las dejé pasar.
No las persigas.
No las rechaces.
El silencio empezó a formarse poco a poco, como un lago después de una tormenta.
Y ahí lo sentí.
No mis nodos.
No mi magia.
Yo.
Algo pequeño. Compacto. Presente.
Frágil… pero intacto.
Empieza desde aquí.
No supe si ese pensamiento era mío o un recuerdo.
Pero obedecí.
***
[Liana]
Hacía girar el cuchillo de cocina entre mis dedos, pasándolo del mango a la hoja con un movimiento que me salía casi solo. No era un truco, era costumbre. Algo que hacía desde siempre cuando cocinaba, cuando pensaba, cuando necesitaba mantener las manos ocupadas para que la cabeza no se me fuera a lugares incómodos.
El golpe seco del cuchillo contra la tabla marcaba el ritmo mientras cortaba verduras.
Tac.
Tac.
Tac.
Era… lo único que podía hacer en este lugar.
Desde que llegué a la capital, hace ya un mes, mi mundo se había reducido a caminar despacio, sentarme derecha y aceptar ayuda que no pedí.
El mismo día que llegamos, ni siquiera nos dejaron tocar el polvo del camino.
—Por favor, acompáñenos —había dicho una sirvienta con una sonrisa imposible de rechazar.
Un baño.
No, el baño.
Una tina enorme, flores flotando en el agua, perfumes caros que me mareaban, al menos una docena de manos alrededor como si fuera de cristal. Yo solo quería quitarme el barro y dormir.
Y eso había sido solo el inicio.
El duque había dado la orden:
Trátenlos como parte de la familia ducal.
Nadie se atrevió a cuestionarlo.
Ni siquiera yo.
Desde entonces, cada intento mío por hacer algo normal terminaba igual.
Tomaba una escoba: alguien me la quitaba con delicadeza.
Quería acomodar mi cama: “No se moleste, señora”.
Me inclinaba para arrancar una mala hierba del jardín: “Por favor, aléjese, puede lastimarse”.
¿Lastimarme… con una hoja?
Apreté la mandíbula.
Al principio pensé que era cosa de los primeros días. Que se les pasaría.
No se les pasó.
Un mes después, seguía sintiéndome como un mueble caro al que nadie quiere mover por miedo a rayarlo.
Solo había una excepción.
Cocinar.
Literalmente le supliqué a Luneth.
—Si no me dejas hacer algo, voy a explotar —le dije, sin rodeos.
Ella me miró un largo momento. Luego suspiró, derrotada.
—Muy bien —aceptó—. Pero solo la cocina. Y con supervisión.
Acepté sin dudar.
Así que aquí estaba.
Jugando con el cuchillo, cortando, mezclando, probando sabores, fingiendo que esta enorme cocina no era más grande que la casa en la que había vivido casi toda mi vida.
El olor de los alimentos me calmaba un poco.
El sonido. El calor del fuego.
Era real. Tangible.
No como todo lo demás.
Porque fuera de aquí… no podía hacer nada sin que alguien me observara.
No nos tenían encerrados, eso era cierto. Podíamos salir, recorrer la capital, ver mercados, plazas, calles.
Pero siempre con guardias.
Muchos.
Demasiados.
Hombres armados delante, detrás, a los lados.
Miradas atentas, pasos sincronizados.
Personas apartándose al vernos pasar.
La primera vez que salimos así, regresé con dolor de cabeza.
La segunda, con ganas de gritar.
Después de eso, casi no salimos.
Giré el cuchillo una vez más y lo clavé en la tabla, con un golpe un poco más fuerte de lo necesario.
Exhalé lentamente.
—Solo un rato más… —murmuré para mí misma.
Cocinar.
Cortar.
Moverme.
Mientras pudiera hacer eso, mientras mis manos siguieran ocupadas, el estrés no me ganaría.
Al menos… no hoy.
No podía negar que para algunas personas todo aquello era… divertido.
Alenya y Miriel, por ejemplo, lo estaban disfrutando más de lo que yo creí posible.
Apenas una semana después de haber llegado, Luneth había hecho traer a un sastre.
No, varios sastres.
Y diseñadoras.
Y ayudantes.
Y cajas. Muchas cajas.
—Es necesario —había dicho la duquesa con total calma—. No pueden presentarse en la capital sin ropa adecuada.
Yo ya estaba retrocediendo un paso.
—Estoy bien con lo que tengo —respondí de inmediato—. De verdad.
No funcionó.
La sala se llenó de telas, colores, cintas y voces emocionadas. Vestidos extendidos como si fueran alas, joyas brillando bajo la luz, telas tan finas que me daba miedo tocarlas.
Me sentí fuera de lugar al instante.
—Pruébese este, señora Liana —dijo una de las diseñadoras, sosteniendo un vestido con bordados de plata y cristales que debían costar más que todo lo que había ganado en años.
Negué con la cabeza.
—No —respondí, quizá demasiado rápido—. Es… demasiado.
Y lo era.
Demasiado brillante.
Demasiado ostentoso.
Demasiado caro.
Para mis ojos, todo aquello parecía exagerado, casi ridículo. Como si la ropa gritara mírame antes incluso de que la persona entrara en la habitación.
No era para mí.
Pero mis hijas…
Alenya reía mientras giraba con un vestido nuevo, mirándose en el espejo con una mezcla de timidez y emoción. Miriel observaba cada detalle, tocando las telas con cuidado, preguntando cosas, fascinada por la atención.
—Mamá, mira —me llamó Alenya—. ¡Tiene bolsillos!
Eso sí me arrancó una sonrisa.
Sivelle y Niva también estaban allí, ayudando, opinando, riendo. Parecían disfrutarlo de verdad, como si ese mundo les perteneciera desde siempre.
Yo, en cambio, me quedé sentada la mayor parte del tiempo, con las manos juntas, esperando que terminara.
En la sala contigua estaban Joren, Roderic, el duque e Isen.
No los veíamos, pero los escuchábamos.
Risas masculinas, comentarios exagerados, algún golpe seco contra la mesa. Podía imaginar perfectamente lo que ocurría: bromas, apuestas absurdas, quizá Isen quejándose de tener que medirse nada.
Curiosamente, eso me resultó más fácil de soportar que todo el brillo a mi alrededor.
Al final, acepté… pero a mi manera.
Vestidos sencillos.
Colores apagados.
Sin adornos, sin cristales, sin bordados innecesarios.
Ropa que no gritara quién era yo, sino que simplemente… me permitiera estar.
Las diseñadoras parecieron un poco decepcionadas, Luneth me miró con una mezcla de comprensión y resignación, pero nadie insistió más.
Cuando todo terminó y las cajas fueron retiradas, me quedé mirando mis manos.
Seguían siendo las mismas.
Tal vez no pertenecía a ese mundo, pero tampoco iba a dejar que me aplastara.
Mientras pudiera elegir, aunque fuera un poco, seguiría siendo yo.
El ritmo del cuchillo se detuvo.
No por un sonido fuerte, sino por algo… distinto.
Pasos.
No.
No eran pasos humanos.
Eran más pesados, más amplios, con un peso que hacía vibrar apenas el suelo de piedra. Me giré despacio, aún con el cuchillo en la mano, y lo vi.
El lobo.
O mejor dicho… el dragón.
Aún me costaba pensarlo así, incluso después de que ayer nos enteráramos de la verdad. Que esa criatura que había dormido cerca de Eiren, que había jugado con los niños, que había protegido el jardín, no era simplemente un animal mágico.
Era un dragón antiguo.
En forma de lobo.
Su pelaje plateado reflejaba la luz de la cocina como si estuviera hecho de metal pulido. Era enorme, del tamaño de un caballo… no, más grande aún. Sus patas apoyadas con una naturalidad inquietante, como si el mundo estuviera diseñado para soportar su peso.
Se sentó frente a mí.
Se sentó.
La cola se agitó lentamente contra el suelo, golpeando con un thump suave y rítmico. Inclinó la cabeza hacia un lado, observándome con ojos atentos, demasiado inteligentes para ser los de un animal común.
Luego… su mirada bajó.
Directa.
A la barra.
Al pollo.
Seguí su vista y suspiré.
—No —dije de inmediato, sin dureza, pero firme—. Eso no.
El dragón-lobo volvió a mirarme, como si no hubiera entendido… o como si estuviera evaluando mis posibilidades de ceder.
—No puedes —continué, señalando el pollo—. Es para todos. Y además, ya te dieron de comer hace rato.
Silencio.
Luego, el pecho de la criatura se infló apenas y soltó un bufido grave, vibrante, que resonó en la cocina como un pequeño trueno contenido.
Bufh.
No fue un rugido.
Fue… indignación.
Lo miré fijamente, cruzándome de brazos sin soltar el cuchillo.
—No me mires así —le advertí—. No funciona conmigo.
La cola dejó de moverse por un segundo.
El dragón-lobo ladeó un poco más la cabeza, como si estuviera reconsiderando la estrategia. Luego volvió a mirar el pollo. Y después a mí.
Soltó otro bufido, esta vez más suave, casi ofendido.
—Ni lo intentes —añadí—. No voy a caer en eso.
Por alguna razón, tuve la clara sensación de que me estaba juzgando.
Y peor aún…
De que estaba planeando algo.
El dragón-lobo se tensó de golpe.
La cabeza se giró hacia la ventana con una rapidez antinatural, las orejas erguidas, el cuerpo incorporándose en un solo movimiento fluido. Un gruñido bajo y profundo salió de su garganta, no amenazante… sino alerta.
Se me heló el estómago.
—¿Eh…? —murmuré, instintivamente bajando el cuchillo.
Solo lo había visto ponerse así cuando algo lo perturbaba de verdad.
—Tranquilo… —intenté decirle, dando un paso hacia él—. ¿Qué pasa?
No me miró.
Dio media vuelta, caminó un par de pasos, volvió a gruñir y entonces lo escuché yo también.
Pasos.
No dentro de la mansión.
Afuera.
El sonido claro de cascos, varios, acompasados… y luego el crujido inconfundible de un carruaje deteniéndose.
Me quedé quieta un segundo.
—Alguien llegó… —susurré.
Deslicé la cacerola fuera del fuego con cuidado, apagando la llama. Me limpié las manos en el delantal sin pensarlo demasiado y me dirigí a la salida de la cocina. El dragón-lobo se movió conmigo, caminando a mi lado como una sombra enorme y plateada.
—No hagas nada —le pedí en voz baja—. Solo vamos a ver qué pasa.
No respondió, pero tampoco se adelantó.
Mientras avanzábamos por los pasillos, lo vi.
Un mayordomo joven, impecable, caminando con prisa contenida.
—Disculpa —lo llamé—. ¿Quién ha llegado?
Se detuvo de inmediato al verme, haciendo una reverencia breve, aunque su mirada se fue inevitablemente hacia la criatura a mi lado.
—Ha llegado el duque Notch, señora —respondió—. Ya lo están recibiendo en la entrada principal.
Asentí.
—Gracias.
El mayordomo se retiró casi de inmediato, como si no quisiera quedarse más tiempo del necesario junto al dragón.
Seguimos caminando.
Los pasillos parecían más largos de lo normal, y el eco lejano de voces confirmaba que había movimiento en la mansión. Cuando llegamos a una de las salas laterales, encontré a varios reunidos.
—Ah —dijo Roderic al verme—. Aquí estás.
Joren estaba apoyado en una columna, Alenya sentada en uno de los sillones con Miriel a su lado. Todos parecían… esperando.
—La duquesa pidió que permaneciéramos aquí —explicó Joren—. Dijo que mandaría a alguien por ti a la cocina.
Parpadeé.
—Yo… iba a quedarme allá —admití—, pero el lobo se alteró. Y luego escuché los caballos.
Alenya miró a la criatura con curiosidad.
—Entonces él también lo sintió.
El dragón-lobo se sentó cerca de la puerta, atento, vigilante, como si esa no fuera una sala de espera, sino una línea de defensa.
Miriel sonrió apenas.
—Parece que tenemos más guardianes de los que pensábamos.
Yo tragué saliva, cruzando las manos frente a mí.
—Así que… es el duque Notch.
Nadie lo negó.
[Luneth]
La puerta principal estaba abierta de par en par.
El aire de la tarde entraba con suavidad al vestíbulo, moviendo apenas las cortinas altas, y frente a mí todo estaba exactamente como debía estar: los mayordomos alineados a la derecha, las sirvientas a la izquierda, posturas rectas, miradas al frente, la coreografía perfecta de una casa ducal recibiendo a otra.
A mi lado estaba Nareth, firme como siempre, con esa quietud que solo tienen quienes esconden emoción bajo capas de control. Un poco más atrás, Isen y Niva observaban con atención, demasiado curiosos para fingir indiferencia.
Sivelle no estaba.
Había insistido en quedarse en el ala de entrenamiento acompañando a Neyreth, y por una vez no se lo discutí. Él la necesitaba más que una bienvenida formal.
El sonido de los cascos se detuvo frente a la entrada.
El carruaje negro con el emblema de Notch se abrió paso hasta quedar frente a nosotros.
La puerta se abrió.
Primero descendió él.
El Duque Notch.
Cabello rojizo como el fuego viejo, ojos rojos intensos que parecían evaluar el mundo incluso antes de pisar el suelo. Su piel morena estaba marcada por cicatrices que apenas se adivinaban bajo la ropa formal: líneas en el cuello, una en la clavícula, otra asomando por la muñeca. Cicatrices reales, no decorativas.
Sonreí apenas.
Siempre igual. Un guerrero incluso vestido de noble.
Luego descendió ella.
La Duquesa Seraphine Notch.
Cabello negro lacio, perfectamente arreglado, ojos café profundos, piel blanca como porcelana. Su porte era elegante, medido, cada gesto calculado… pero no frío. Nunca lo había sido.
Y por último, Rhaella.
Con ropa adecuada esta vez: vestido oscuro, botas limpias, capa bien colocada. Nada del uniforme de capitana. Parecía, al fin, una heredera ducal.
Cuando sus miradas se cruzaron con la mía, lo sentí de inmediato.
La sorpresa.
Seraphine fue la primera en reaccionar.
—…Luneth.
Su voz no cambió, pero sus ojos sí.
Notch parpadeó una sola vez, lento.
—Por los cielos —murmuró—. Así que no era un rumor.
Avancé un paso.
—Notch. Seraphine. —Incliné la cabeza con respeto—. Bienvenidos a mi hogar.
Hubo un segundo de silencio incómodo.
Seraphine fue quien lo rompió.
—No sabíamos que estabas aquí —dijo, mirándome de arriba abajo como si confirmara que era real—. Rhaella no mencionó nada.
Giré apenas el rostro hacia mi ahijada.
Rhaella desvió la mirada.
—Bueno… —empezó—. No me pareció… relevante.
—¿No relevante? —repitió Kaelric, arqueando una ceja—. ¿Que tu madrina, la duquesa del Norte, esté en la capital después de diez años?
—Padre…
—Rhaella —dijo Seraphine con voz suave, pero peligrosa—. ¿Qué más no nos pareció “relevante”?
Rhaella tragó saliva.
Yo suspiré despacio.
—No la castiguen por eso —intervine—. Fui yo quien pidió discreción.
Los dos duques me miraron al mismo tiempo.
—¿Discreción? —repitió Kaelric—. Luneth, te aislaste del mundo durante una década. Solo recibíamos cartas, breves, medidas. Y ahora resulta que estás aquí.
—Las circunstancias lo exigieron —respondí con calma.
Seraphine dio un paso hacia mí, observándome con detenimiento.
—Te ves… distinta.
Sonreí apenas.
—Tú también.
Ella soltó una pequeña risa incrédula.
—Eso no responde nada.
—Nunca lo hace —añadió Kaelric, cruzándose de brazos—. Es su especialidad.
Nareth dio un paso adelante entonces.
—Notch —saludó—. Seraphine.
El duque Notch lo miró y sonrió con más amplitud.
—Nareth Vyrenthal. —Asintió—. Sigues teniendo esa cara de pocos amigos.
—Y tú sigues hablando demasiado —respondió Nareth sin perder la compostura.
Isen soltó una risa que intentó disimular.
Niva observaba a Rhaella con curiosidad abierta.
Seraphine volvió su atención a mí.
—Rhaella tampoco nos dijo por qué venía —dijo—. Solo que debía hacerlo. Urgente.
Miré a mi ahijada de nuevo.
—Tampoco les dijo que vino sin anunciarse —añadí.
—¡Eso fue una decisión táctica! —se defendió Rhaella—. Además, quería ver con mis propios ojos si…
Se detuvo.
Cerró la boca.
Notch la miró con atención.
—¿Si qué?
—Nada —respondió demasiado rápido.
Seraphine suspiró.
—Rhaella…
—Después —intervine—. Hablaremos de todo después.
Hice un gesto hacia el interior de la mansión.
—Por ahora, entren. Han viajado. Descansen. Habrá tiempo para explicaciones.
Notch me sostuvo la mirada unos segundos más, como si quisiera decir algo… o preguntar demasiado.
Finalmente asintió.
—De acuerdo —dijo—. Pero no creas que lo olvidaremos.
Seraphine sonrió con suavidad.
—Es bueno verte, Luneth. De verdad.
—Lo mismo digo —respondí.
Mientras avanzaban al interior, noté cómo Rhaella me miraba de reojo, nerviosa, como si cargara un secreto demasiado grande para seguir ocultándolo.
Y no se equivocaba.
Porque aún no sabían lo más importante.
Ni que él estaba aquí.
Ni que el pasado que creían enterrado acababa de despertar.
El paso se volvió más relajado una vez que dejamos el vestíbulo atrás.
Notch caminaba junto a Nareth, hablando en voz baja; dos duques, dos viejos conocidos midiendo palabras como si fueran piezas de ajedrez. Un poco más atrás, Seraphine caminaba a mi lado, su andar elegante apenas alterado por la evidente curiosidad que le hervía por dentro.
Rhaella iba unos pasos delante, con Isen colgado de un brazo y Niva del otro, como si fueran sacos de trigo particularmente habladores.
—¡Rhaella! —protestó Isen, riendo—. ¡Vas muy rápido!
—No voy rápido —respondió ella sin esfuerzo—. Ustedes pesan poco.
—¡Eso no es un cumplido! —dijo Niva, aunque no soltó el brazo.
Seraphine los observó con una sonrisa suave antes de volver la mirada hacia mí.
—De verdad no pensé volver a verte fuera del norte —dijo—. Después de tantos años… creí que, si había algún evento importante, solo veríamos a Nareth. Como siempre.
—Lo sé —respondí—. Yo misma pensé que sería así.
—Entonces —continuó—, ¿qué haces aquí, Luneth?
No fue una pregunta inquisitiva. Fue genuina.
Respiré hondo.
—Hace casi un año salí del norte —dije—. Por algo importante. Algo que requería mi presencia… y mi investigación personal.
Seraphine frunció el ceño apenas.
—¿Un año? —repitió—. ¿Y no dijiste nada?
—No —admití—. Y sí, sé cómo suena.
—¿Arianne lo sabía? —preguntó enseguida.
—Sí. —Asentí—. La visité hace unos meses, en la ciudad del oeste.
Seraphine se detuvo un segundo al caminar.
—¿Y a nosotros?
La miré de reojo.
—Lo olvidé.
Ella parpadeó.
—…¿Olvidaste avisarnos?
—Olvidé avisarles a ustedes. —Suspiré—. Olvidé avisarle a mis padres. Y a los padres de Nareth también.
—Luneth… —murmuró, entre sorprendida y divertida—. Eso es imperdonable.
—Lo sé —respondí sin discutir—. Pero pronto lo sabrán todo. Solo… quiero presentarles a unas personas primero.
Seraphine me observó unos segundos más y luego negó con la cabeza, sonriendo.
—Nunca cambias.
Seguimos caminando hasta llegar a la sala donde había pedido que esperaran.
Mariela y Miya estaban apostadas a ambos lados de la puerta. Al vernos, inclinaron ligeramente la cabeza.
—Duques —saludó Miya.
Mariela abrió la puerta con cuidado.
Dentro estaban Liana, Roderic, Joren, Alenya y Miriel. Conversaban en voz baja, pero se pusieron de pie de inmediato al vernos entrar.
Los duques de Notch se detuvieron en seco.
—¿…? —Notch entrecerró los ojos—. Luneth, ¿quiénes son ellos?
Liana y su familia se inclinaron de inmediato.
—Es un honor —dijo Roderic con respeto.
Di un paso al frente, soltándome un poco del brazo de Seraphine.
—Notch, Seraphine —dije—. Permítanme presentarles a la familia Higles.
Me giré apenas, colocando una mano suave sobre el hombro de Liana.
—Ella es Liana Higles —continué—. Él es su esposo, Roderic. Y sus hijos: Joren, Alenya y Miriel.
Kaelric los observó con atención.
—¿Higles? —repitió—. No reconozco el nombre.
—No son nobles —aclaré—. Pero son… importantes.
Antes de que pudiera decir algo más…
Grrrrr.
El sonido fue bajo, profundo, vibrante.
Desde el fondo de la sala, el dragón-lobo avanzó un paso, el pelaje plateado erizándose, los ojos fijos en Notch. Su postura no era de ataque… pero sí de alerta absoluta.
Seraphine se tensó de inmediato.
—¿Qué es eso…? —susurró.
Notch dio un paso al frente, instintivo, y el mana de fuego se encendió alrededor de su mano.
—Atrás —dijo con voz firme.
—¡No! —intervine al instante.
Di un paso entre ellos y levanté una mano.
—Notch, no.
El dragón-lobo gruñó de nuevo, más fuerte esta vez.
Me giré hacia él.
—Tranquilo —dije con voz clara—. Está bien. No hay peligro.
El lobo ladeó la cabeza apenas, sin dejar de mirar al duque.
—No es una amenaza —añadí—. Tú magia es desconocida para él, eso es todo.
El gruñido disminuyó poco a poco.
Notch bajó la mano lentamente, aunque el fuego seguía latente.
—¿Me estás diciendo —dijo despacio— que esa cosa entiende lo que dices?
—Sí —respondí sin dudar—. Y que no es peligrosa.
—Luneth… —empezó Seraphine.
—Confía en mí —la interrumpí—. Por favor.
El dragón-lobo dio un paso atrás y se sentó, aunque sin apartar del todo la mirada.
El silencio fue pesado durante unos segundos.
Finalmente, Notch exhaló.
—Cada vez que vengo a esta casa —murmuró—, el mundo deja de tener sentido.
No pude evitar sonreír.
—Aún no han visto nada —respondí.
Y eso… era solo la verdad.
Le dirigí una mirada breve a una de las sirvientas.
Ella asintió de inmediato y se inclinó con respeto.
—Ya enviamos a alguien a traerlos, mi duquesa.
Seraphine frunció ligeramente el ceño.
—¿Traer a quién?
—A Sivelle —respondí—. Y a alguien más.
Notch alzó una ceja.
—¿Sivelle? —repitió—. ¿No debería estar en la academia?
—Debería —admití—. Pero tuve que retirarla un tiempo. Me estaba ayudando con algo… importante. Ya se está preparando para regresar.
Seraphine miró a Notch y ambos se encogieron de hombros al mismo tiempo.
—Contigo —dijo ella—, ya no me sorprende nada.
Nos acercamos entonces a Liana y a su familia.
Notch fue el primero en hablar.
—Somos Mich Notch y Seraphine Notch —dijo con una inclinación formal—. Duques del Sur.
Seraphine sonrió con calidez.
—Si Luneth y Nareth los consideran importantes —añadió—, entonces también lo son para nosotros.
Liana se tensó visiblemente.
—No… no es necesario —dijo apresurada—. De verdad. No somos nada especial. Y por favor, no sean tan formales con nosotros.
Miró a su alrededor, incómoda.
—Las diferencias de clase siguen existiendo… ustedes no tienen por qué—
—No hay ningún problema —la interrumpió Seraphine con suavidad—. Yo también fui plebeya alguna vez.
Liana parpadeó, sorprendida.
—¿De verdad?
—De verdad —respondió ella—. Así que estamos en la misma línea.
Roderic se aclaró la garganta.
—Roderic Higles —dijo—. Mucho gusto.
—Joren —saludó su hijo mayor.
—Alenya —añadió la del medio.
—Miriel —dijo la menor con una sonrisa tímida.
Mich asintió, observándolos con atención.
—Entonces… —dijo—, ¿qué hacen aquí? ¿Cómo se conocieron?
Antes de responder, levanté una mano.
—Sentémonos primero —propuse—. Esta historia no se cuenta de pie.
Una vez acomodados, Kaelric volvió a mirarme.
—Ahora sí —dijo—. ¿Qué te hizo salir del norte, Luneth? ¿Fue algún cargamento? ¿Un artefacto? ¿Algo lo suficientemente importante como para abandonar tu aislamiento?
Abrí la boca para responder.
Las puertas se abrieron.
El sonido fue suave, pero el efecto no.
—¡Tía! —se escuchó primero.
Sivelle entró con paso ligero, deteniéndose al ver a los duques.
—Tío, tía —saludó con naturalidad—. Llegaron rápido.
—Sivelle —dijo Seraphine con una sonrisa genuina—. Has crecido.
—Eso dicen —respondió ella con una media sonrisa.
Intercambiaron algunas palabras más, breves, hasta que sentí el cambio en el aire.
No el aire.
El mana.
Se volvió denso. Familiar.
Levanté la vista hacia la puerta.
Él apareció entonces.
Cabello plateado con mechones negros aún húmedos, una toalla descansando sobre sus hombros. Su piel brillaba ligeramente por el sudor, los ojos celestes atentos, cansados… vivos.
Neyreth.
Mich dejó de respirar por un segundo.
Seraphine se llevó una mano al pecho sin darse cuenta.
Neyreth se detuvo al verlos. Su cuerpo reaccionó antes que su mente; pude verlo en la tensión de sus hombros, en la forma en que su mana se acomodó instintivamente.
Me puse de pie.
Caminé hasta él despacio, como si el momento pudiera romperse.
Me detuve frente a Neyreth y puse una mano sobre su brazo.
—Después de diez años —dije, con la voz firme solo por costumbre—. Después de buscarte durante el último año…
Me giré hacia los duques.
—Lo encontré.
El silencio fue absoluto.
—Él es Neyreth —continué—. Mi hijo.
Seraphine negó lentamente con la cabeza.
—No… —susurró—. Eso es imposible.
Mich se levantó de golpe.
—Neyreth murió —dijo—. Lo vimos en los registros. Búscanos por…
—Nunca se encontró —respondí—. Y nunca estuvo muerto.
La mirada del duque tembló.
—¿Estás diciendo…?
—Que la única razón por la que salí de mi aislamiento —dije—, por la que dejé el norte… fue él.
Neyreth tragó saliva, mirando de uno a otro, sin entender del todo el peso de lo que acababa de caer sobre la sala.
—Yo… —empezó.
Le apreté el brazo con suavidad.
—Está bien —le dije—. Ya hablaremos después.
Mich se pasó una mano por el rostro.
—Diez años —murmuró—. Diez años creyendo que estaba muerto…
Seraphine fue la primera en moverse.
No caminó.
Casi corrió.
—No… no, no, no… —murmuraba mientras se acercaba—. Esto no puede ser…
Se detuvo justo frente a Neyreth y, sin pedir permiso, lo tomó de los brazos. Luego de los hombros. Después del pecho, como si necesitara confirmar que era real. Que no iba a desvanecerse.
—Es imposible… —dijo, alzando la vista para mirarlo al rostro—. De verdad eres tú…
Sus manos temblaban.
—Estás diferente —añadió, con una risa ahogada—. Más grande… más… —lo evaluó sin pudor—. Más lindo. Mucho más hecho un hombre. Dioses, estás enorme.
Antes de que Neyreth pudiera reaccionar, Seraphine lo abrazó con fuerza, sin importarle el sudor ni la toalla húmeda sobre sus hombros.
—Es un milagro —repitió—. Un milagro de verdad. Estás vivo…
Neyreth se quedó rígido un segundo. Pude sentirlo incluso desde donde estaba. Ese instante en el que su cuerpo no sabía qué hacer.
Mich no tardó en seguirla.
—Maldita sea… —dijo con la voz quebrada—. Un maldito milagro.
Se colocó frente a él y lo tomó de ambos hombros, apretando con fuerza.
Y entonces lo abrazó también.
Mich no medía su fuerza. Nunca lo había hecho. El abrazo fue tan intenso que Neyreth se elevó apenas del suelo.
—Tiene músculo —dijo el duque, casi riendo—. Y altura. Mucha altura.
Lo soltó apenas para observarlo mejor.
—Se parece tanto a ti, Luneth… —dijo—. Y a Nareth. Ese porte… —sus ojos bajaron a su cabello—. Y ese cabello… plata, pero con negro ese color negro, ¿De dónde salió?
Seraphine asintió con entusiasmo.
—Sí… sí, exactamente eso.
Entonces lo vi.
La mirada de Neyreth.
No era rechazo.
Era desconcierto.
Sus hombros se tensaron. Su cuerpo se encogió apenas, como si no supiera dónde colocar las manos, qué hacer con tanta cercanía, con tanto peso emocional cayendo de golpe.
Fue suficiente.
Me moví de inmediato y me coloqué entre ellos con un gesto suave pero firme.
—Basta —dije con calma—. Lo siento.
Seraphine parpadeó, dándose cuenta recién entonces.
—¿Luneth…?
—Perdónenos —continué—. Sé que esperaban otra reacción, pero…
Miré a Neyreth un segundo antes de seguir.
—Neyreth tiene amnesia.
El silencio fue inmediato.
—¿Amnesia…? —repitió Mich lentamente.
—Recuerda muy poco de sí mismo —expliqué—. Debido a circunstancias que no entraremos ahora.
Seraphine llevó una mano a su boca.
—Entonces… ¿no nos…?
—No —respondí con suavidad—. No como creen.
Neyreth bajó un poco la mirada.
—Lo siento —dijo él, con voz sincera—. De verdad.
Seraphine negó con la cabeza de inmediato.
—No, no —dijo—. No tienes que disculparte. Dioses… no.
Respiró hondo, obligándose a calmarse.
—Fue encontrado —continué— por la familia Higles. En un estado terrible, hace un par de años. Ahí supieron que no recordaba nada. Vivió con ellos durante dos años.
Miré a Liana y Roderic un instante, agradecida.
—Esa historia… la contaremos después.
Mich apretó los labios, conteniéndose.
—Entonces… —dijo con voz grave—. Está vivo. Aquí. Pero herido de una forma distinta.
—Sí —asentí—. Y necesita tiempo.
Seraphine dio un paso atrás, esta vez con cuidado, mirándolo con una mezcla de emoción y respeto.
—Está bien —dijo—. No vamos a forzarlo.
Sus ojos brillaban, pero su voz era firme.
—El milagro no se va a ir a ningún lado.
Neyreth levantó la vista lentamente.
—Gracias —dijo.
—Sivelle —dije, girándome hacia ella—, ¿puedes acompañar a Neyreth a su habitación? Que se limpie y descanse un poco. Aquí lo esperaremos.
Sivelle asintió de inmediato.
—Claro.
Neyreth dudó un segundo, luego inclinó un poco la cabeza.
—Con permiso… —dijo, educado, antes de girarse.
Salió junto a Sivelle, sus pasos perdiéndose por el pasillo. Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a caer, pesado, expectante.
Seraphine fue la primera en hablar.
—Luneth… ¿cómo es que…?
Levanté la mano antes de que terminara la pregunta.
—Siéntense —dije con calma—. Todos.
Los duques obedecieron, aún tensos. Nareth se colocó a mi lado. Rhaella abrazó a Isen y Niva con más fuerza de lo normal. Liana respiró hondo, como preparándose para algo que había contado pocas veces… y nunca a personas así.
—Ayer —continué— no les contamos nada. Ni siquiera a Rhaella. No era el momento. Pero ahora sí.
Miré a Liana.
—Empieza tú.
Liana tragó saliva y asintió.
—Fue… hace casi dos años —comenzó—. Un día después de una tormenta muy fuerte.
Roderic apoyó una mano sobre la de ella.
—Había llovido toda la noche —añadió él—. Río arriba. Cuando llueve así, el río baja sucio… con escombros.
Seraphine frunció el ceño.
—¿Escombros…?
—Troncos, ramas, restos de carretas viejas —dijo Liana—. A veces cosas peores.
Respiró hondo.
—Esa mañana, todo el pueblo fue al río. Es costumbre bañarnos allí cuando el calor aprieta. Fue entonces cuando lo vimos.
—Flotando —dijo Roderic, con voz grave—. Entre la suciedad.
Mich se inclinó hacia adelante.
—¿Flotando… vivo?
—Apenas —respondió Roderic—. Si no lo hubiéramos visto en ese momento, el río se lo llevaba.
—Tenía el cuerpo atrapado entre maderas —continuó Liana—. Y sangre… muchísima sangre.
Seraphine llevó una mano al pecho.
—Dioses…
—Yo grité —admitió Liana—. Pensé que estaba muerto.
—Pero uno de los hombres del pueblo vio que se movía —dijo Roderic—. Entonces entramos varios al agua.
—Lo sacaron —continuó ella—. Entre cuatro. Era pesado… incluso inconsciente.
Rhaella susurró:
—¿Estaba herido…?
Liana asintió.
—Flechas —dijo—. Tenía flechas incrustadas en el cuerpo. Dos en el costado. Una en la pierna.
Nareth apretó la mandíbula.
—Y quemaduras —añadió Roderic—. Quemaduras viejas y nuevas. Como si hubiera pasado por fuego… o magia.
Kaelric cerró los puños.
—¿Cuántas heridas…?
—Demasiadas —respondió Liana—. Algunas abiertas desde hacía días… otras más recientes. Estaba frío. Pálido. Apenas respiraba.
Seraphine negó con la cabeza, incrédula.
—¿Cómo… cómo sobrevivió?
—No lo sabemos —dijo Liana con honestidad—. Solo sabemos que lo llevamos al pueblo.
—Nuestro médico —añadió Roderic—. No tiene magia. Solo manos y conocimiento.
—Trabajó durante horas —continuó ella—. Sacando flechas. Limpiando heridas. Cerrando lo que se podía cerrar.
—Pensamos que no lo lograría —dijo Roderic—. Varias veces.
El silencio se hizo denso.
—Pero vivió —dije yo, finalmente.
Liana asintió, con los ojos brillosos.
—Vivió.
—Tardó días en despertar —continuó—. Y cuando lo hizo…
—No sabía quién era —dijo Roderic—. Ni su nombre. Ni de dónde venía.
Seraphine susurró:
—Neyreth…
—Para nosotros fue Eiren —dijo Liana—. Así lo llamamos. Porque necesitaba un nombre.
Rhaella los miró con los ojos muy abiertos.
—¿Y…?
—No podía moverse —explicó Liana—. Apenas hablar. No tenía a dónde ir.
—Así que se quedó —dijo Roderic—. Primero por necesidad.
—Luego porque quiso —añadió ella.
Liana sonrió con tristeza.
—Y porque nosotros… ya no supimos cómo dejarlo ir.
Miró a sus hijos un instante.
—Lo cuidamos. Y con el tiempo… lo adoptamos.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Seraphine cerró los ojos, dejando escapar una lágrima silenciosa.
Mich respiró hondo, apoyando los codos en las rodillas.
—Entonces… —murmuró—. Mi sobrino estuvo al borde de la muerte… y nosotros nunca lo supimos.
—No —dije suavemente—. Pero ahora lo saben.
Liana respiró hondo antes de continuar. Sus manos temblaban un poco, y Roderic volvió a entrelazar sus dedos con los de ella.
—Durante dos años enteros —dijo— Eiren no recordó nada. Nada de antes del río. No tenía pesadillas, no preguntaba… solo vivía.
Seraphine murmuró:
—Como una hoja en blanco…
—Sí —asintió Liana—. Ayudaba en lo que podía. Aprendía rápido. Era… bueno.
Miró a Joren.
—Hasta que pasó lo del almacén.
Joren apretó los labios un segundo antes de hablar.
—Como siempre —dijo—, después de la cosecha llevábamos los costales al almacén del pueblo.
Mich frunció el ceño.
—¿Solos?
—No —respondió Joren—. Días antes habían llegado soldados… de algún noble. También mercenarios y aventureros.
—Entre ellos estaba Garren —añadió Roderic—. Un viejo amigo de la familia.
—Él nos dijo —continuó Liana— que habían visto movimientos raros. Una posible ola de bestias.
Nareth murmuró, serio:
—Eso no se ignora.
—No lo hicimos —dijo Roderic—. Pero el pueblo no tenía a dónde ir. Solo esperábamos que no pasara nada.
Joren tragó saliva.
—Ese día… Eiren y yo llevábamos los últimos costales. Entramos al almacén.
—Y ahí estaba —dijo Liana, cerrando los ojos—. La bestia.
Seraphine se llevó una mano a la boca.
—¿Dentro…?
—Sí —asintió Joren—. Grande. Rápida. No sé cómo entró.
—Nos atacó —continuó—. Corrimos, pero volvió a embestir.
—Eiren me gritó —la voz de Joren se quebró un poco—. Me dijo que me fuera.
Rhaella se tensó.
—¿Que lo dejaras?
—Porque yo estaba más cerca del caballo —dijo Joren—. Podía salir a pedir ayuda a los aventureros.
—Y entonces… —Joren cerró los ojos— la bestia me alcanzó.
—Cayó del caballo —dijo Liana, con la voz apretada—. De cabeza.
Mich apretó los dientes.
—La bestia iba a matarlo —continuó Joren—. Se lanzó hacia mí.
—Pero Eiren… —abrió los ojos— se movió.
—Nunca lo había visto moverse así —dijo Joren—. Fue… demasiado rápido.
—Golpeó a la bestia —añadió—. Con fuerza suficiente para lanzarla lejos.
Nareth exhaló lentamente.
—Sin magia… —murmuró.
—Eso creíamos —respondió Joren.
—Me gritó otra vez —continuó—. Que corriera. Que no mirara atrás.
—Y esta vez… le hice caso.
Liana apretó los labios.
—Logró salir —continuó—. A medio camino se encontró con los aventureros que ya venían.
—Yo… —Joren bajó la mirada— me desmayé apenas dije que Eiren estaba en peligro.
Roderic tomó la palabra.
—Garren se lo llevó al pueblo para tratarlo —dijo—. Y yo… fui con los aventureros al almacén.
Miró a Mich directamente.
—No soy mago. No soy soldado. Pero eran mis hijos.
Mich inclinó la cabeza en señal de respeto.
—Cuando llegamos… —continuó Roderic— todo estaba congelado.
Seraphine abrió los ojos de par en par.
—¿Congelado…?
—Árboles —dijo—. El suelo. La fachada del almacén.
—Y la bestia —añadió Liana—. Muerta. Hecha hielo.
—Eiren estaba ahí —continuó Roderic—. Inconsciente. Herido.
El silencio pesó.
—Lo llevamos de regreso —dijo Liana—. El médico volvió a tratarlo.
—Pero no despertó —añadió Roderic—. Dos semanas.
Seraphine negó lentamente con la cabeza.
—Dos semanas…
—Durante ese tiempo —continuó Liana— la ola de bestias llegó.
Nareth frunció el ceño.
—¿Y él…?
—No estuvo —dijo ella—. Cuando todo terminó…
—Eiren despertó —añadió Roderic—. Gritando.
Liana cerró los ojos al recordarlo.
—La habitación estaba helada —dijo—. Las paredes. El suelo. El aliento se veía.
—Y eso que el invierno aún estaba lejos —añadió Joren.
Rhaella murmuró:
—Entonces…
—Entonces supimos —dijo Liana— que Eiren tenía magia.
Todos me miraron.
Sentí ese tirón en el pecho de nuevo, el mismo de siempre.
—Suena irreal —dije al fin—. Lo sé.
Seraphine me observaba con atención.
—Pero yo… lo sentí.
Mich frunció el ceño.
—¿Sentiste… qué?
—Un tirón —dije—. Fuerte. Abrupto.
Apreté mi propio pecho.
—Como si algo me arrancara el aire.
Nareth tensó los hombros.
—Una ola de emociones —continué—. Dolor. Miedo. Frío.
—El dolor de Neyreth —susurró Seraphine.
Asentí.
—Lo sentí como si fuera mío.
El silencio se volvió denso.
—En ese momento —continué— creí que era otro episodio de mi trauma.
Miré al suelo un instante.
—Pero cada vez que esa sensación regresaba… era más real.
Alcé la vista.
—Yo sentí ese dolor como mío —dije al fin, rompiendo el silencio—. Y ustedes saben que entre Neyreth y yo… había algo único.
Seraphine asintió despacio.
—No favoritismo —añadí de inmediato—. Nunca lo fue. Era un lazo. Real.
Mich apretó la mandíbula.
—Por ese lazo —continué— pude sentirlo. Siempre. Cada vez.
Miré mis manos.
—Eso me decía que seguía vivo. Respirando en algún lugar del mundo.
Rhaella frunció el ceño.
—¿Y nadie te creyó…?
Solté una risa breve, amarga.
—¿Creerme? —negué—. Cada vez que tenía uno de esos episodios me descolocaba. Me volvía inestable. Para todos era solo… mi trauma hablando.
Nareth habló con voz grave:
—Hasta que dejó de ser solo tu voz.
Asentí.
Liana retomó la historia.
—Después de que Eiren despertó… —dijo—, las cosas no fueron fáciles.
—La hija de un conde —intervine—. Keny.
—Sí —asintió Liana—. Era aventurera. Se interesó en Eiren cuando supo lo del almacén.
Seraphine ladeó la cabeza.
—¿Por su magia?
—Porque notó que tenía maná —respondió Liana—. Y bastante.
—Ella nos ayudó —continuó—. Trajo estabilizadores. Pócimas curativas.
—Ayudaron mucho —añadió Roderic—. Pero…
—La fiebre no se iba —dijo Liana—. Frío. Siempre frío.
Se detuvo de pronto.
Me miró.
Como pidiendo permiso.
Yo asentí en silencio.
Liana tragó saliva.
—Después de despertar… Eiren empezó a tener pesadillas.
—Recuerdos distorsionados —añadió Joren—. Así les decíamos.
—Se levantaba llorando —continuó Liana—. Gritando que era un asesino.
Seraphine se llevó una mano al pecho.
—Decía que había matado personas —continuó—. Que se veía a sí mismo peleando… contra otros.
Nareth cerró los ojos.
—Una vez —añadió Liana— dijo que alguien lo estaba entrenando.
Mi respiración se volvió lenta.
—Y una noche… —la voz de Liana tembló— se levantó peor que nunca.
—Dijo que había visto a una mujer —continuó—. Ojos celestes… casi blancos.
Seraphine me miró.
—El cielo estaba oscuro —siguió Liana—. Llovía.
—Él colgaba de la mano de esa mujer —dijo—. Y ella lo llamaba Neyreth.
El silencio fue absoluto.
—Pensó que ese era su nombre —susurró Liana—. Y que la mujer era su madre.
No pude evitar cerrar los ojos.
—Luego dijo que caía —continuó—. De un acantilado.
—Y todo se volvía oscuro.
Rhaella murmuró:
—Dioses…
—Los recuerdos seguían viniendo —continuó Liana—. Fragmentos.
—Keny —añadió— le dejó más estabilizadores. Un libro de pócimas para recuperar energía.
—Le propuso un patrocinio —dijo Roderic—. Del conde Vion, del Este.
Kaelric alzó una ceja.
—¿Y se fue?
—Sí —asintió Liana—. Lo dejó todo con Eiren.
—Garren también —añadió—. Le dio cosas para ayudarlo.
—Con el tiempo —dijo Roderic— entrenó. Mejoró.
Hice un gesto con la mano.
—Pero… —dije.
Roderic asintió.
—Ellos ya nos contaron —continué— que Garren le habló de un método de manipulación mágica.
Mich frunció el ceño.
—No lo conocíamos —dije—. Y era inestable.
Nareth habló:
—Porque Neyreth ya había despertado su sangre pura.
Seraphine inhaló con fuerza.
—Sin el método Vyrenthal —continué— su cuerpo no podía sostenerlo.
—Ese método desconocido —añadí— siempre lo dejaba enfermo.
—Días —dijo Liana.
—A veces semanas —añadió Joren.
Roderic retomó.
—Cuando el invierno estaba a la mitad… llegó un grupo de aventureros.
—Entre ellos —dijo— había alguien que conocía a Eiren de antes.
Mi espalda se tensó.
—Pelearon —continuó—. Los campos quedaron destruidos.
—Se fueron al bosque —añadió—. Fue un caos.
—Eiren quedó muy mal —dijo Liana—. Inconsciente otra vez.
—La fiebre helada regresó —añadió Roderic—. Escarchaba toda la habitación.
Seraphine susurró:
—Los estabilizadores ya no funcionaban…
—Tuvimos que inyectarlos —dijo Liana—. No beberlos.
—Y cuando empeoró —añadió— supimos que si se quedaba… congelaría el pueblo.
Rhaella abrió los ojos.
—¿Lo sacaron…?
—Sí —asintió Roderic—. Lo dejamos afuera. En la nieve.
Mich frunció el ceño.
—Nunca se quejó del frío —dijo Joren—. Ni una sola vez.
—Esperamos —continuó Roderic— que el frío lo ayudara.
—Y funcionó —dijo Liana.
—Despertó —añadió— tiempo después.
—Y dijo —continuó— que tenía un sello en el cuerpo.
Mi respiración se cortó.
—Esa noche —dije— uno de los magos iba a sellarme.
Todos me miraron.
—Neyreth se interpuso —continue.
—Recibió el hechizo por mí.
Seraphine apretó los labios.
—Eso fue lo que lo llevó al borde del acantilado. Lo sostuve apenas.
—Hasta que uno lanzó un rayo y cayó.
Liana asintió.
—Eso mismo nos contó Eiren cuando despertó —dijo.
—Dijo que había eliminado el sello.
Nareth respiró hondo.
—Ese día —dijo— dejamos de pensar que Luneth deliraba.
Mich levantó la vista.
—Esa tarde —continuó Nareth— yo, Luneth, Sivelle… y los mellizos… Sentimos el mismo tirón.
El silencio fue total.
—Ahí supimos —dije— que seguía vivo.
Seraphine susurró:
—Por eso saliste del norte…
—Sí —asentí—. Por eso lo busqué.
—Fui de pueblo en pueblo —continué—. Siguiendo rumores de hace diez años.
—Fantasmas —dije—. Nada actual.
—Hasta la ciudad del oeste —añadí.
Seraphine me miró.
—Con Mariela —continué—. Visitando a Arianne.
—Y ahí —dije— lo escuché.
—Un nombre.
—Neyreth.
Mich se inclinó hacia adelante.
—¿El mismo hombre…?
Asentí.
—El mismo.
—Mariela y yo lo seguimos —continué—. Le hicimos preguntas.
Respiré hondo.
—Y ahí empezó el interrogatorio.
Miré la puerta por donde Neyreth había salido antes.
—El joven nos dijo que conocía a Neyreth porque habían pertenecido a la misma orden —continué.
Mich entrecerró los ojos.
—Pero sí dijo algo más —añadí—. Que, según lo que se decía, Neyreth había traicionado a esa orden.
Seraphine abrió la boca, indignada.
—Eso es absurdo.
—Lo es —respondí sin dudar—. Pero esa fue la versión que corrió.
Liana intervino con suavidad:
—Eiren recordó esa parte… tiempo después.
Todos giraron hacia ella.
—No fue una traición voluntaria —dijo con firmeza—. Fue inculpado.
Roderic asintió.
—Un plan —continuó Liana—. Algo orquestado.
—Cuando lo emboscaron —añadió—, Eiren ya había eliminado a muchos miembros de la orden.
Rhaella frunció el ceño.
—¿Entonces…?
—Eso fue parte del complot —respondí—. Una “prueba”.
—Un favor forzado —añadí— al hombre que lo inculpó. Así podían señalarlo como traidor sin discusión.
Mich apretó los puños.
—Malditos…
—Cuando el joven me dijo dónde había estado Neyreth —continué—, partí de inmediato.
Respiré hondo.
—Pero llegué tarde.
Seraphine bajó la mirada.
—Meses tarde —añadí—. Neyreth ya no estaba ahí.
—Había decidido ir al Este —dije—. Aceptar el patrocinio del conde Vion.
—Y ahí entró Sivelle.
—Ella era la más cercana al Este —expliqué—. No había tiempo que perder.
—La enviamos —continué— a encontrarse con Neyreth.
—Él viajaba con los hijos del conde Vion —añadí—. Keny y Kyle.
—Y con un marqués —dije—. Shtile.
—Neyreth lo rescató tiempo atrás —continué—. A él y a sus dos hijas.
Seraphine exhaló lentamente.
—Así que el encuentro era inevitable…
—Lo era —dije—. Sivelle y Neyreth debían encontrarse.
Mich habló entonces:
—Pero ya sabemos lo que pasó en el bosque del Este.
—Sí —asentí—. Ya debieron recibir el informe.
—Tres sub-capitanes —continuó Mich—. De órdenes distintas.
—Enviados a investigar una anomalía —añadió.
—Y se toparon con bestias —dijo Seraphine.
—Y con una mujer de negro —añadió Mich—. Controlándolas.
—Exacto —respondí.
—Sivelle venía de la capital —continué—. Se topó con ellos en plena batalla. Y se unió —dije con orgullo contenido.
—Desde el otro extremo del bosque —añadí— estaba Neyreth. Con los Vion y los Shtile.
Rhaella murmuró:
—Dos frentes…
—Ambos grupos se encontraron en el interior del bosque —dije.
—Pelearon juntos —continué—. Dos veces más. Contra las bestias —añadí—. Y contra la mujer.
Nareth habló por primera vez en un rato:
—Hasta eliminarla.
Asentí.
—Después de eso —dije—… Neyreth cayó en coma.
Seraphine cerró los ojos.
—Un mes entero —continué— solo para salir del bosque.
—Y otro mes aquí —añadí—. En la capital.
—Dos meses en total.
Rhaella susurró:
—Dioses…
—Despertó hace cuatro días —dije.
—Pero volvió a dormir dos más.
—Ayer —continué— fue cuando realmente despertó.
Mich levantó la vista.
—¿Y ahora?
—Ahora —dije— su cuerpo está inestable.
—Exigido —añadí—. Demasiado.
—Se está recuperando —continué.
—Hace un rato —dije— venía de entrenar con Sivelle.
El silencio se asentó sobre la sala.
—Y esa… —concluí— es toda la historia hasta ahora.
Seraphine se llevó una mano al pecho.
—Diez años —susurró.
Kaelric apretó los labios.
—Diez años creyéndolo muerto.
Miré hacia la puerta, sabiendo que Neyreth estaba al otro lado de la mansión.
—Y sin embargo —dije en voz baja—… está aquí.
—Vivo.
—Y eso —añadí— ya lo cambia todo.
Mich frunció el ceño de pronto, como si una pieza hubiera encajado tarde.
—Espera… —dijo despacio—. Eiren. Ese nombre apareció en los informes.
Todos lo miramos.
—¿Estás diciendo —continuó— que Eiren… era Neyreth?
Asentí.
—Sí —respondí.
Seraphine abrió los ojos, incrédula.
—¿Neyreth… con un dragón? —repitió, casi riendo por nervios—. Eso suena irreal.
Negó con la cabeza.
—Leí el informe —añadió—. Ese “Eiren”, que ahora sabemos que es Neyreth, mostró un liderazgo inigualable.
Rhaella se tensó.
—Decía que luchó solo —continuó Seraphine—. Uno a uno contra la mujer que controlaba a las bestias.
—Una mujer —remarcó— a la que ni los sub-capitanes con rango de Maestros pudieron hacerle frente.
Mich apretó la mandíbula.
—¿Cómo es posible?
—Por sus habilidades —respondí sin dudar—. Por supuesto.
—Neyreth nunca fue un mago común —añadí—. Y ahora… menos aún.
Hubo un silencio pesado, hasta que Mich habló de nuevo, esta vez con tono más frío.
—Entonces… ¿volverán a abrir el caso del ataque de hace diez años?
Seraphine asintió.
—Si lo hacen —dijo—, ayudaremos. Más de lo que ayudamos en ese entonces.
—Los responsables deben ser castigados —añadió— como corresponde.
Nareth negó con la cabeza.
—No es necesario.
Ambos duques lo miraron.
—Según lo que Luneth me contó —continuó Nareth—, Neyreth ya se encargó de ellos.
Rhaella abrió la boca.
—¿Cómo que… se encargó?
—Tres familias nobles —dije—. Del Este, del Sur y del Oeste.
—Orquestaron el ataque —continué—. El que nos hizo caer.
—Las eliminó por completo.
Seraphine palideció.
—¿Qué casas…?
—Mirthel —enumeré.
—Agthea.
—Setril.
El silencio que siguió fue absoluto.
Mich exhaló lentamente.
—Esas casas… —murmuró—. Cayeron en momentos distintos. Siempre se dijo que fue por conflictos internos o ataques externos.
—No lo fue —dije—. Fue Neyreth.
Seraphine se llevó una mano a la boca.
—Entonces…
—Según el joven que conocía a Neyreth —continué—, él se había ido de la orden a la que pertenecía.
—¿Expulsado? —preguntó Rhaella.
—No —respondí—. Con autorización.
—Se fue sin enemistad —añadí—. Sin problemas.
Mich frunció el ceño.
—¿Entonces por qué no regresó antes?
Seraphine asintió con fuerza.
—Si ya se había ido… ¿por qué no volvió?
Respiré hondo.
—Tiempo después —dije—, Neyreth regresó a esa orden.
—Todos se sorprendieron o eso me contó el joven —añadí—. Nunca explicó por qué volvió.
—Y la verdad… —miré a Nareth un segundo— nosotros tampoco lo sabemos.
Nareth continuó:
—No sabemos por qué no regresó cuando aún podía hacerlo.
—Antes de que lo inculparan —añadió—. Antes de casi matarlo. Antes de que perdiera la memoria.
Seraphine bajó la mirada.
—¿Y ahora?
—Ahora… —dije con honestidad— tampoco lo sabe. O tal vez lo sabe —añadí— y no quiere decirlo.
Rhaella tragó saliva.
—¿Crees que miente?
—No —respondí—. No a propósito.
—Pero hay cosas —continué— que ni siquiera él entiende de sí mismo.
Mich apretó los puños.
—Un niño cargando con decisiones que nadie más quiso tomar…
Seraphine cerró los ojos.
—Y pagando el precio.
Miré hacia el pasillo por donde Neyreth había salido antes.
—Aún hay huecos en su historia —dije en voz baja.
—Y cuando se llenen…
Levanté la vista hacia ellos.
—Nada volverá a ser simple.
Seraphine se giró entonces hacia Liana y su familia. Su postura cambió por completo: ya no era la duquesa del Sur, ni la mujer de mirada firme que había escuchado informes de guerra y política durante años.
Era… familia.
—Liana —dijo con voz suave—. Roderic.
Ambos se tensaron un poco, inseguros, y se inclinaron por reflejo.
—No —los detuvo ella al instante, levantando una mano—. No hace falta eso.
Liana dudó.
—Yo… no…
—Por favor —continuó Seraphine—. Déjeme decir esto.
Respiró hondo.
—Neyreth es como un sobrino para nosotros —dijo—. Desde que nació.
Mich asintió con gravedad a su lado.
—Lo vimos crecer —añadió—. Y perderlo… fue como perder a un hijo.
Seraphine volvió la mirada a Liana.
—Ustedes lo encontraron cuando estaba al borde de la muerte.
—Lo cuidaron —continuó—. Lo protegieron.
—Le dieron un hogar cuando no tenía ninguno.
Liana apretó las manos.
—Nosotros solo hicimos lo que cualquiera haría —dijo en voz baja—. Era un niño herido…
—No —interrumpió Seraphine con firmeza, pero sin dureza—. No cualquiera hace eso.
—No cualquiera arriesga su seguridad —añadió—. Ni su estabilidad.
—No cualquiera adopta a un extraño.
Roderic tragó saliva.
—Gracias —dijo Seraphine con un leve temblor en la voz—. Por todo.
Mich dio un paso al frente.
—Los Vyrenthal y los Notch somos prácticamente familia —dijo—. Y ustedes cuidaron de uno de los nuestros.
—Desde hoy —continuó—, la familia Higles contará con el respaldo del Ducado Notch.
Liana abrió los ojos.
—No importa el estatus social —añadió Mich.
—Ni si aceptan o rechazan la ayuda.
—Nuestra gratitud no cambia.
Seraphine asintió.
—Serán resguardados —dijo—. Ayudados.
—Porque cuidaron de nuestro sobrino.
Roderic negó con la cabeza, nervioso.
—De verdad, no es necesario…
Antes de que pudiera decir algo más, Rhaella dio un paso al frente.
Sin arrogancia.
Sin orgullo.
Se inclinó junto a sus padres.
—Como heredera del Ducado Notch, les agradezco.
—Gracias —dijo con claridad—. Por cuidar de mi primo.
Liana se llevó una mano a la boca, visiblemente afectada.
—Yo… —su voz se quebró—. Solo queríamos que viviera.
Seraphine sonrió, con los ojos brillantes.
—Y lo lograron.
—Eso —dijo— es más de lo que muchos nobles pueden decir.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue… cálido.
Familiar.
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