The Forsaken Ligth - Capítulo 14
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14: XVI.
El día en que el monstruo bajó la cabeza 14: XVI.
El día en que el monstruo bajó la cabeza Tener a Taph entre sus brazos lo mantenía vivo.
Dusekkar avanzaba con su cuerpo agotado, pero su alma revivía un poco más cada vez que ella respiraba cerca de su pecho.
Su pequeña ala rota colgaba débilmente, pero seguía allí.
Ella seguía allí.
Salieron de Glass Houses y entraron a un bosque que ninguno reconoció.
Un silencio grueso envolvía los árboles, como si el mundo contuviera el aliento por ellos.
A lo lejos, medio escondida entre lianas y madera podrida, había una construcción torpe: el intento fallido de un hotel, o tal vez una casa abandonada.
Tenía techo.
Eso era suficiente.
El grupo se internó en el claro, exhaustos.
Seguirían al amanecer, pero por ahora… necesitaban sobrevivir un día más.
Guest cargaba a Chance, quien bebía agua desesperadamente para aliviar el ardor que le quemaba la garganta.
Chance no apartaba los ojos de Elliot.
Esperaba.
Rogaba que despertara pronto.
—¿Está bien?
—preguntó por décima vez.
007 palpó el pecho de Elliot, escuchó su respiración, tranquila.
—Sí —respondió sin molestarse—.
Está bien.
Te lo prometo.
Entonces Elliot respiró fuerte.
Se agitó.
Despertó tosiendo en los brazos de 007.
—¡Elliot!
—la voz rota de Chance lo atravesó todo, dolor y amor mezclados en un único sonido.
007 la recostó con cuidado en un saco.
Noob trajo otro y lo extendió a su lado.
—Acamparemos aquí —ordenó Guest—.
Fogata en diez.
Elliot abrió los ojos, mareada.
No entendía cómo seguía viva.
Mafioso tenía todas las de ganar.
Su visión se aclaró… y vio el rostro que más detestaba: 007.
Pero él solo le ofreció un cantimplora.
—¿Quieres beber?
Te vendría bien.
Por primera vez, Elliot no lo fulminó.
No lo rechazó.
Solo bebió.
—Gracias… —murmuró.
Chance apretó los dientes.
Le ardió algo en el pecho.
Un pinchazo extraño, incómodo.
—Buen trabajo, 007 —dijo Chance, con una sonrisa falsa—.
Ahora puedes dejarnos solos.
007 no respondió.
Su silencio dijo más que cien palabras: No importa cuánto hiciera… jamás sería suficiente para ellos.
Entonces se alejó.
Chance acomodó su saco junto al de Elliot, uniendo ambas telas para formar una sola manta cálida.
Se recostó a su lado sin tocarla mucho; tenía miedo de dañarla.
Él casi había muerto.
Ella solo había perdido el conocimiento.
Pero aún así, Chance la trataba como si fuese de cristal.
Elliot alzó la mano y buscó la suya.
La tomó.
—¿Estás bien?
¿Necesitas algo?
—preguntó Chance, ansioso.
Ella se incorporó con un quejido leve al tocar su estómago, pero respiró hondo.
—Estoy bien.
¿Y tú…?
—sus ojos se humedecieron al ver su cuello rojo, marcado— Chance… ¿qué te hicieron?
Él desvió la mirada.
—Nada… solo me caí.
—Claro —sonrió ella débilmente—.
Te caíste contra Mafioso.
Se rió un poquito.
Y él se derrumbó en su regazo para dormir.
Por primera vez desde Glass Houses… descansó.
Guest regresó cargando troncos, acompañado de Shed, que llevaba apenas unas ramas.
—Despertaste —dijo Guest—.
¿Todo bien, pequeña?
—Creo que sí… ¿cómo salimos vivos?
Guest se giró hacia Taph, que sostenía a un pequeño conejo blanco.
—Gracias a él —dijo.
Elliot frunció el ceño.
—¿Ese conejo…?
—Gubby —respondió Guest—.
La mascota de Mafioso.
Gubby hizo una reverencia diminuta.
—¿Nos salvó un conejo?
—rió Elliot.
—Se podría decir que sí… —admitió Guest, avergonzado.
Gubby saltó al regazo de Taph y se acomodó ahí, como si ese fuera su hogar.
Dusekkar dejó de levitar.
Se sentó junto a Taph y observó.
Él la conocía demasiado bien para ignorar lo evidente: Las manos temblando.
Las alas recogidas.
La luz evitada.
El silencio… Un silencio triste, pesado, quebrado.
Taph acariciaba a Gubby como si su pelaje fuera lo único que la mantenía unida a este mundo.
Dusekkar se arrodilló.
No dijo nada.
Dejó que las manos hablaran por él.
“Estoy aquí.” Taph bajó la mirada, sus dedos apenas moviéndose, temblorosos.
Respiró hondo… y empezó a hablar con señas rotas.
“Ese hombre… me lastimó.” Su pecho se sacudió en un sollozo contenido.
Dusekkar no pidió detalles.
No necesitaba saber más.
Su mirada se volvió sombra y fuego.
Ella continuó: “Todos escuchaban… nadie hizo nada.” Dusekkar tomó sus manos, firme y tierno.
—Lo que pasó no te define.
Y no fue tu culpa.
Taph negó, avergonzada.
Él la abrazó.
Su cuerpo pequeño tembló bajo su pecho.
—Te protegeré siempre —susurró mientras vendaba su ala rota.
Ella le dedicó una seña mínima, torpe, pero genuina: “Gracias.” Por primera vez desde su cautiverio, respiró sin romperse.
Los días pasaron tranquilos.
Una tregua inesperada en medio del infierno.
Taph volvió a correr, a jugar.
Dusekkar y Gubby se volvieron su pequeño universo.
Shed quemó su comida, como era costumbre.
Chance casi le dispara a una lata y la salpicó, lo cual lo enfureció por tres segundos… hasta que probó la comida de la lata.
—Está deliciosa.
Te salvaste… por hoy.
Guest sonrió por primera vez en mucho tiempo.
Two Time le dio un codazo, burlón: —No lo arruines, jefecito.
Reír se sentía sacrílego.
Casi prohibido.
Como si el Espectro fuera a aparecer solo por escucharlos felices.
Pero rieron igual.
La noche los abrazó.
La fogata se quedó en sus últimas brasas.
Uno a uno, se rindieron al sueño.
Taph sostenía a Gubby contra su pecho, acariciándolo despacio.
Cada caricia decía: “Estás a salvo.” Hasta que Gubby abrió los ojos.
La miró.
Una pregunta muda brillaba en ellos: ¿Por qué sigo aquí?
Taph sintió el golpe en el corazón.
Gubby giró su cabecita hacia el bosque.
Una luz tenue parpadeaba entre los árboles.
Una figura grande.
Arrodillada.
Mafioso.
Taph retrocedió… Pero no despertó a nadie.
Algo en su alma sabía que no debía.
Gubby se levantó.
Por primera vez… no buscó refugiarse detrás de ella.
Se acercó.
Presionó su frente contra la suya.
Un adiós silencioso.
Taph negó con la cabeza, llorando.
Trató de tomarlo, quedárselo.
Quería que se quedara por siempre con ella.
Juntos contra el mundo.
Pero tristemente el conejito ya tenía a su familia.
Sus lágrimas entendían más que su mente.
Asintió, destrozada.
Gubby se alejó unos pasos.
Luego miró atrás.
La vió.
“Siempre serás mi familia.” Y corrió.
Taph cayó de rodillas, llorando sin ruido.
El vacío pesándole en el pecho.
Dusekkar despertó al escuchar un sollozo que jamás había escuchado antes.
Se acercó… y lo vio.
Entre los árboles: Mafioso, gigantesco, recogiendo a Gubby con una delicadeza casi… sagrada.
El monstruo… convertido en algo humano.
Mafioso avanzó hacia el campamento lentamente.
Sin armas.
Sin violencia.
Sin guardias.
Sin amenaza alguna, algo casi imposible para él.
Taph lo miró.
Mafioso la miró.
Ambos rotos.
Ambos supervivientes.
Él se arrodilló y agachó la cabeza.
Un gesto humilde.
Una disculpa muda.
Gubby imitó el gesto, como un pequeño maestro enseñándole a perdonar.
Taph dio un paso y lo devolvió.
Una tregua entre dos almas dañadas.
Mafioso se levantó.
Respiró hondo, intercambiaron miradas una última vez y se dió media vuelta.
Gubby subió a su hombro.
Miró atrás… y se despidió con una patita.
Dusekkar abrazó a Taph mientras ella temblaba suavemente.
—No lo perdiste, Taph… —susurró— Él solo volvió a casa.
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