The Forsaken Ligth - Capítulo 7
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7: VII.
Magia y alas caídas 7: VII.
Magia y alas caídas —Al parecer no hay nada… ni nadie.
¿Pero tú también sentiste esa presencia, verdad?
—preguntó Dusekkar.
Taph asintió desde la ventana, inquieta, escondida en su pequeño nido improvisado.
—Debió ser por lo que pasó con Two Time —intentó calmarla él—.
Hablaremos después, ¿sí?
Mejor esperemos aquí.
Me estoy congelando.
Dusekkar dio la vuelta al refugio, mirando el cielo una última vez.
Entonces una mano lo sujetó del hombro y lo estampó contra la pared.
—Oh, Dusekkar.
Ser celestial… divino… Ah, cierto —sonrió Mafioso—, ya no lo eres.
Lo lanzó contra la casa.
Sus secuaces lo sujetaron de inmediato, arrancándole el bastón.
—Registra la casa —ordenó mientras recogía el bastón—.
Deben de llegar pronto.
Rápido.
Examinó el arma unos segundos.
—Tan frágil… ¿me enseñas a usarlo antes de morir?
—preguntó con un tono casi humorístico antes de tirarlo lejos.
Dusekkar apretó los dientes.
Su impotencia lo consumía.
—Señor… hay trampas alrededor —avisó uno de los hombres.
—Son cables y minas subespaciales.
Actívenlas desde lejos y entren.
A lo mucho los dejará ciegos un rato.
A lo lejos, el grupo escuchó las explosiones.
La risa y las bromas murieron al instante.
Todos corrieron hacia el refugio.
Mientras corría, Chance vio de reojo a uno de los hombres.
Reconoció el uniforme negro.
Su pasado.
Su pesadilla.
Aquella pandilla que creía haber dejado atrás en la vida anterior… estaba aquí.
El mundo se encogió.
Los recuerdos se afilaron como cuchillos.
Y sin que nadie lo notara, se detuvo.
Retrocedió.
Huyó.
Guest llegó primero.
Empujó la puerta, atrapada por los cables.
—¡Taph!
—gritó.
La vio por la ventana, desesperada, tratando de despejar los cables que ella misma había tendido.
—¡Rodeen la casa!
—ordenó.
Los supervivientes intentaron entrar esquivando trampas.
Pero los hombres de Mafioso ya habían ingresado por la puerta trasera.
Dusekkar luchaba inútilmente por liberarse.
—Ella no les sirve… déjenla ir —dijo con voz quebrada.
—Lo sabemos, calabaza —respondió Mafioso, moviéndose a un lado—.
Pero tú estás muriendo… y necesitamos a alguien en mejores condiciones.
Se hizo a un lado, revelando a sus hombres sujetando a Taph con fuerza desmedida.
Dusekkar sintió el alma romperse.
Su expresión, por primera vez en siglos, fue de auténtico pánico.
Taph hacía señas desesperadas, rogando por ayuda en un idioma que sólo ellos entendían.
Pataleaba.
Golpeaba.
Se resistía con cada fibra de su ser.
Desde una colina cercana, más hombres lanzaron sogas.
Preparaban la huida.
En ese momento, Guest y los demás lograron entrar.
Y congelaron la escena.
Mafioso los vio llegar sin prisa.
Alzó a Taph un poco más.
—Cuando regresemos en unos días, quiero a Chance en una sola pieza.
Y si es posible… con un moño de regalo.
Si no hay intercambio… tendremos una nueva bufanda emplumada, ¿no crees, linda?
Arrancó una pluma del ala de Taph.
La observó.
Sonrió.
La dejó caer, justo sobre el torso de Dusekkar.
El silencio se volvió insoportable.
Entonces los hombres tiraron de una cuerda sobre los muros que marcaban el límite del lugar.
Levantaron a Mafioso con su prisionera.
Desaparecieron en segundos.
—¡Mafioso!
¡Cobarde, vuelve!
—rugió Shed, saltando inútilmente hacia la salida.
—¡Vengan!
—gritó 007 desde la otra esquina.
Corrieron.
Encontraron a 007 intentando levantar a Dusekkar, que temblaba entre sus brazos, devastado mental y físicamente.
—¿Qué esperan?
¡Ayúdenme!
—rugió.
Elliot corrió y lo ayudó a cargarlo.
—Gracias… —susurró 007.
—Cállate.
Ayudo a Dusekkar, no a ti —respondió ella, sin humor.
Shed terminó de despejar las trampas de Taph.
Two Time se quedó mirando la escena con inquietud, como si pudiera ver algo más profundo en Dusekkar.
007 y Builderman improvisaban comida, torpes con los nervios destruidos.
Noob y Guest hablaban afuera, en voz baja: estrategia, culpa, rabia.
Y Elliot… solo pensaba en una palabra.
Chance.
Su ausencia era un peso que nadie se atrevía a mencionar.
Nadie hablaba.
El silencio era un velorio.
Habían perdido tres miembros en una sola noche: Taph secuestrada.
Dusekkar casi muerto.
Y Chance… desaparecido.
Y aún faltaba la aparición del asesino de turno.
Elliot se sentó en un rincón, abrazándose los brazos.
Recordó una madrugada, semanas atrás, durante una guardia.
Ambos apenas podían mantenerse despiertos.
—¿Qué hiciste… para terminar aquí?
—preguntó ella sin mucha fuerza—.
Digo, todos estamos pagando algo.
Pero tú… deberías estar con tu familia.
Chance agachó la mirada.
Se tocó el cuello.
Suspiró vacío.
—Incluso antes de este infierno… siempre estuve solo.
Y esa soledad me empujó a buscar refugio donde no debía… Un “refugio” que se volvió tormento.
Me costó todo.
Sacó su moneda.
Reluciente.
Fría.
Letal.
—Mi pasado dejó de definirme hace tiempo, Elliot.
Y sí… suena enfermo, pero… una parte de mí está agradecida de estar aquí.
Ella frunció el ceño.
—¿Agradecido?
¿En este lugar?
¿Por qué?
Chance la miró, con esos ojos que parecían revelar más de lo que decía.
—Porque este mundo, sí, es un océano cruel… pero te encontré a ti.
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