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The strongest warrior of humanity - Capítulo 120

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  4. Capítulo 120 - 120 capitulo 120 mi vida como estudiante me está afectando
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120: capitulo 120 mi vida como estudiante me está afectando 120: capitulo 120 mi vida como estudiante me está afectando Ya había pasado una semana desde que Gojo me declaró oficialmente la guerra de bromas, y para ser honesto… esto se estaba saliendo de control.

Llevaba horas, días enteros, sin bajar la guardia.

Dormía mal, comía rápido, y aun así ese desgraciado siempre encontraba un punto ciego para hacerme caer.

Siempre.

Ambos terminamos hechos un desastre.

Y casi me mata, literalmente.

La última “broma” fue la gota que derramó el vaso: me echó veneno para ratas.

—¿¡Qué se cree ese idiota!?

—gruñí apretando los dientes—.

Presumido, arrogante, creyéndose el top global de las bromas… A mí nadie me gana.

O me daba su mejor broma… o yo le daba su merecido.

Pero incluso yo sabía que esto ya no era normal.

Tenía que pensar en algo antes de que todo se saliera de control.

— Días atrás… —¿En serio se te ocurre declararme la guerra?

—le pregunté, incrédulo.

—¿Es obvio o tengo que dibujártelo, baboso?

—respondió con una sonrisa descarada—.

Además, ¿qué más podría pasar?

No creo que nos matemos… ¿O prefieres que eso sea lo principal?

Tragué saliva.

Miré alrededor.

Las chicas nos observaban nerviosas.

—Gojo… no es necesario que vayas tan rápido.

Después te vas a arrepentir.

—¿Bromeas?

—bufó—.

Yo nunca me arrepiento cuando se trata de bromas.

Hizo una pausa.

Su expresión cambió.

—Pero no olvides algo —añadió—.

Hay cosas que aún no se han resuelto.

Fruncí el ceño.

—¿A qué te refieres?

—Me acabo de dar cuenta de que Melissa no ha venido a clases —dijo en voz baja—.

Y solo llegué a una conclusión: está con él ahora mismo.

—Ajá… ¿y eso qué tiene que ver con esto?

—No es eso, Miguel —respondió con un tono extraño—.

Solo… piensa.

Las cosas no están yendo bien.

Lo miré con atención.

—Gojo… ¿estás bien?

Desde hace rato te noto raro.

—Estoy perfectamente bien —respondió rápido—.

No tienes por qué preocuparte.

—No me mientas —le dije—.

Sé que estás sufriendo.

¿Por qué ocultas tu dolor?

¿Tu sufrimiento?

De pronto, gritó.

—¡Es algo que no entenderías!

El silencio cayó como una losa.

Arlette se acercó a él y tomó su mano con suavidad.

—Tranquilo… no te alteres —susurró—.

Pensé que ya lo habías superado.

No debes dejar que lo que pasó te destruya.

Hay que seguir adelante… aprender a vivir con el dolor.

Ella lo abrazó.

Y fue entonces cuando lo vi.

Gojo temblaba.

—Yo también estoy rota por dentro —continuó Arlette—.

Pero… tus abrazos me tranquilizan.

Desde aquel día… desde que vimos eso… no he podido olvidarlo.

Sus palabras hicieron que mi pecho se cerrara.

Gojo bajó la cabeza.

—Los vi morir… —murmuró—.

Uno por uno.

Su voz se quebró.

—Vi a Lucas… —continuó—.

Me miraba… con una sonrisa retorcida.

Levanté mi mano derecha en su recuerdo, como si pudiera alcanzarlo.

—Intenté salvarlo… —susurró—.

Pero lo único que vi… fue cómo lo masacraban frente a mí.

El silencio volvió a caer.

Ya no había bromas.

Ya no había risas.

Solo quedaba algo mucho más peligroso que una guerra de bromas: un dolor que Gojo llevaba escondiendo demasiado tiempo.

Los miré a ambos.

Se conocían bien, eso era evidente.

No dije nada.

Guardé silencio y decidí dejar que las cosas avanzaran por sí solas, aunque algo dentro de mí no terminaba de entender lo que estaba pasando.

De regreso a la actualidad… Caminaba por el pasillo de la academia observando a los estudiantes.

Reían, conversaban como siempre… y algunos hablaban mal de mí.

Ya no encontraba el problema en eso.

Desde el momento en que decidieron molestarme, las cosas solo fueron empeorando.

—Oh, vaya… pero si no es nada más y nada menos que Miguel.

Maldición… ¿Ahora qué quieren?

—¿Qué es lo que quieren de mí?

—pregunté con frialdad—.

Díganme, ¿qué buscan?

—Oh, vamos, no te alteres —respondió con una sonrisa molesta—.

Solo quería saludarte.

¿O ya no puedo hacerlo?

Era Alan, un estudiante de tercero.

No sabía qué planeaba, pero no me gustaba su mirada.

Había demasiadas personas observando.

Di un paso al frente con la intención de ignorarlo… y entonces sentí un empujón en el pecho.

Caí al suelo.

Las risas no tardaron en llegar.

Todos a mi alrededor se burlaban.

Apreté los puños.

Quería golpearlo.

Quería ponerlo en su lugar.

Pero antes de que pudiera levantarme, alguien apareció.

Un chico de cabello rojo se interpuso.

No venía solo.

Shirou estaba con él.

—Oye tú —dijo el pelirrojo con voz firme—, ¿con qué derecho molestas a este chico?

—¿Y tú quién eres para interrogarme?

—respondió Alan burlándose—.

¿Acaso no sabes quién es mi padre?

—¿Otra vez vas a empezar con eso?

—dijo Shirou con fastidio.

Ignoré a Alan por un segundo y caminé hacia el chico de cabello verde.

Le extendí la mano para ayudarlo a levantarse.

—¿Estás bien?

—pregunté.

Él asintió con una mirada tranquila.

—Solo ignora a ese payaso —dijo—.

Está usando sus influencias para hacerte sentir débil.

¿O no es así, Shirou?

Shirou dio un paso al frente.

—Debes saber algo —dijo con voz fría y desagradable—.

Hay personas peores de lo que aparentan.

Clavó su mirada en Alan.

—Y no me gusta… cuando alguien se aprovecha de los débiles.

El ambiente se volvió tenso.

Las risas se apagaron.

Los murmullos cesaron.

Por primera vez, Alan no sonreía.

Y yo entendí algo en ese momento: No estaba solo.Miré a los dos, pero algo me dejó helado… la expresión de Alan.

—Esto no se va a quedar así —dijo, furioso, con la voz temblorosa.

Bajé la mirada, envuelto en la oscuridad.

¿Débil… yo?

La pregunta resonó en mi mente.

¿Qué tiene de malo ser débil?

Mi padre siempre tuvo razón sobre mí.

Soy alguien que siempre termina llorando.

Para él fui una decepción total, porque nunca heredé nada de él, sino de mi madre.

Lo único que me enseñó a vivir con eso fue mi abuelo.

Siempre me animaba, siempre me decía que no debía sentirme mal ni deprimido.

Mi madre también me apoyaba… aunque cuando se trataba de mi talento en la esgrima, ella sufría por mi culpa, por no haber heredado nada de la familia Sasai.

Pero ella nunca me odió.

Me amaba tal como era, y eso la hacía sentirse orgullosa.

En cambio, mi padre… no siempre fue violento ni agresivo.

Todo cambió cuando descubrió que yo no tenía nada de valor para él.

Entonces comenzó a maltratar a mi madre.

Ella suplicaba que se detuviera, que no la lastimara.

Fue en ese momento cuando me levanté, lleno de valor.

No iba a permitir que le hiciera daño.

Tomé una espada de madera y corrí sin pensar, golpeándolo con todas mis fuerzas.

Algo extraño despertó dentro de mí… una naturaleza desconocida.

—¡Deja a mi madre en paz!

—grité—.

¡Ella no tiene la culpa de nada!

—¿Quién te crees para agredirla?

¡Solo los cobardes hacen este tipo de cosas!

—Antes no eras así… ¿por qué cambiaste?

¡Dímelo, padre!

El dolor de ver a mi madre sufrir me quebró por dentro.

Solté la espada y corrí a abrazarla.

Ella no tenía por qué pagar por algo que no había hecho.

—¿Ves lo que provocas?

—escupió él—.

Tu hijo fue capaz de golpear a su propio padre… incluso de insultarme.

Sentí una energía salir de él.

No quería voltear… pero cuando lo hice, tragué saliva.

En un parpadeo me golpeó.

Una patada directa al estómago me dejó sin aire.

Caí al suelo.

Le grité que se detuviera, pero no me escuchó.

Mi madre estaba horrorizada, viendo cómo intentaba matar a su propio hijo.

—Ahora dime, maldito mocoso de porquería —dijo—.

Nunca le faltes el respeto a los fuertes.

—No tienes valor, no tienes nada.

Das asco.

—Me da vergüenza tener un hijo tan inútil como tú.

Entonces dijo las palabras que terminaron de destruirme: —Ojalá no hubieras nacido.

Lloraba en silencio mientras seguía lastimándome.

Mi madre se interpuso para que no me golpeara más.

Yo no quería que ella se involucrara.

Tenía miedo de que ese desgraciado la lastimara.

No quería que su sonrisa se apagara.

Eso era lo único que me importaba.

No quería verla llorar.

No quería verla caer.

No quería que ninguna de sus lágrimas pagara por algo que jamás había cometido.

—Mamá… no tienes por qué hacerlo —dije con la voz quebrada.

Me costaba respirar, pero aun así me levanté una vez más.

No podía permitir que ella cargara con todo.

—No quiero que mi hijo sufra solo porque no heredó la esgrima de su padre —dijo ella, firme—.

¿Estás loco?

¿Cómo se te ocurre lastimar a tu propio hijo?

—¿Hijo?

—se burló él—.

¿Esa cosa que dices es realmente mi hijo?

—No me hagas reír, mujer estúpida.

Seguro me engañaste con alguien más… porque no se parece en nada a mí.

Mi madre apretó los dientes, llena de dolor y furia.

—¿Cómo te atreves a acusarme de algo que jamás hice?

—Es nuestro hijo, te guste o no.

Él no tiene la culpa de nada.

—Tú solo estás obsesionado con tener un heredero.

Él habló con una voz vacía, sin importarle nada.

Sus ojos… eso fue lo que más miedo me dio.

Mi madre temblaba, horrorizada y traumatizada.

Lo miré con desprecio y odio.

Era solo un niño… pero ya nada me importaba.

—¿Sabes, Miguel?

—dijo—.

Hay algo que olvidé decirte.

—No eres más que un fracaso.

Débil.

—Algún día morirás solo, y nadie se acordará de ti.

—Nunca encontrarás la paz, ni el amor, ni nada.

—Haré tu vida tan miserable que aprenderás a ser como yo.

—Eres patético.

Una vergüenza para la familia.

Una basura sin valor.

Se reía como un lunático.

Sus palabras eran crueles, pero tenía que soportarlo.

Lo hacía todo por mi madre.

No quería que se preocupara más por mí.

Cuando se fue, yo ya estaba muy mal.

Perdí el conocimiento.

Creí que iba a morir.

Mi madre corrió hacia mí y me abrazó con suavidad.

Lo único que dijo fue: —Perdóname… Sus lágrimas caían sobre mi rostro.

Apreté los dientes, lleno de rabia y frustración.

Había dejado de pensar cuando una voz me habló.

Era Kratos, el chico que me había defendido.

—No eres débil —asintió con la cabeza—.

Eres alguien fuerte.

No hagas caso a lo que digan los demás… sigue siendo tú mismo.

Me miró con una sonrisa tranquila, casi divertida.

Sonreí al escuchar esas palabras.

—Gracias… en verdad, gracias a ustedes dos.

Tomé la mano de Kratos para levantarme.

—Cielos… hay demasiados problemas aquí —dije—.

Deberíamos poner un orden, ¿no crees, Shirou?

—Lo mismo digo —respondió él con seriedad—.

Esto se está saliendo de control.

¿Y si hablamos con el consejo?

¿Crees que funcione con ellos?

—Yo diría que sí —respondí tras pensarlo—.

Confía… tengamos fe en que harán algo, al menos por ahora.

De pronto me detuve.

—Un momento, Kratos… Él giró a verme.

—Antes de irnos… quiero poner en su lugar a esa basura.

¿A dónde debería ir?

Miguel me devolvió la mirada.

Yo le sonreí con calma, una sonrisa serena pero firme.

—No te preocupes —le dije—.

Yo me encargo de ese tipo.

—Ustedes váyanse con mi hermana.

Yo los alcanzo en un momento.

Continuará

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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