The strongest warrior of humanity - Capítulo 125
- Inicio
- Todas las novelas
- The strongest warrior of humanity
- Capítulo 125 - 125 capitulo 125 al fin de vuelta al platinos del amanecer
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
125: capitulo 125 al fin de vuelta al platinos del amanecer 125: capitulo 125 al fin de vuelta al platinos del amanecer Punto de vista: Mío Amaya Reino Platinos del Amanecer.
Han pasado dos meses desde la última vez que visité este lugar.
Volver aquí me trajo recuerdos que no pedí.
Recuerdos de cuando Carlos y yo caminábamos por estas mismas calles.
Me sentía extraña.
Caminaba despacio, observando a la gente.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Como si el mundo siguiera adelante sin importarle lo que hemos perdido.
Entonces escuché mi nombre.
—¡Mío!
Me giré.
A unos metros de distancia venía una persona caminando hacia mí.
Era David.
—¿Eres tú?
—dijo con una sonrisa—.
Buenas tardes, diosa caída.
Fruncí el ceño.
—Oye… ¿qué te pasa?
—le reclamé—.
¿Por qué me dices diosa caída?
David rió, sin ninguna vergüenza.
—Bueno, es porque eres tan adorable que ni siquiera me puedo controlar —dijo—.
Además eres amable, linda… ¿cómo no llamarte diosa caída del cielo?
Se rió de su propio chiste.
Suspiré.
—En fin —continuó—.
Quería verte.
Quería saber cómo has progresado durante estos dos meses.
Lo miré con una sonrisa suave.
—Es verdad… he mejorado bastante —respondí—.
Gracias a ustedes pude ser alguien distinta.
Bajé un poco la voz, sonrojada.
—Y esta vez no planeo ser una carga para nadie.
David asintió, serio.
—Me alegra escuchar eso.
En verdad.
Suspiró.
—Ya ha pasado un tiempo desde que nuestro capitán dio su vida por nosotros.
Aún nos duele… pero aprendimos algo valioso.
Mi pecho se apretó.
—Sus palabras fueron exactamente como él las diría —continuó—.
“Todos tenemos que dar lo mejor de nosotros si queremos salir adelante, incluso cuando el dolor nos invade”.
Me miró fijamente.
—Eso no significa que seamos débiles solo porque es un dolor que nadie puede olvidar.
Esto es solo el comienzo de nuestras vidas.
Sus palabras caían una tras otra.
—Como caballeros… o caballeras —dijo—, debemos sentirnos orgullosos de quienes somos.
No importa cuántas veces caigamos.
Siempre debemos levantarnos una vez más.
Esas palabras me golpearon con fuerza.
Bajé la mirada.
Mis manos temblaban.
Tenía miedo.
Ese miedo que Carlos… No.
No quiero que él dé su vida por nosotros.
No quiero aceptarlo.
Me niego a pensar que pueda morir por alguien más.
Levanté la mirada lentamente.
David seguía hablando, pero yo apenas lo escuchaba.
Dolía.
Dolía la pérdida del capitán de los caballeros.
Pero gracias a ellos… aprendí algo.
Ya no tengo miedo.
Si debo morir, lo haré dando todo de mí.
Sin permitir que la muerte… ni el destino… me impidan ser quien soy.Antes de que David siguiera hablando, se detuvo.
Por unos segundos no dijo nada.
Solo me miró.
Su expresión cambió.
—¿Te encuentras bien?
—preguntó con preocupación.
Asentí despacio.
—Sí… estoy bien —respondí—.
Solo recordé algo que en verdad dolió mucho.
Lo siento.
Respiré hondo.
—¿Crees que puedas llevarme con las chicas?
David parpadeó un par de veces.
—¿Te refieres a Masha y Sasha?
Sonrió.
—No tengo problema con eso.
Vamos, de seguro están ansiosas por verte otra vez.
Desde la última vez que viniste con Carlos nos preguntábamos por qué lo seguías a todas partes.
Sentí que el corazón me dio un salto.
—A-ah… bueno… e-es porque con él me siento tranquila —dije.
Mi voz se volvió más baja.
Más torpe.
Sentí el calor subir por mis mejillas.
Mi cara debía estar roja como un tomate.
David no dudó ni un segundo.
—Entonces te gusta ese chico, ¿verdad?
—¡¿Q-qué?!
—exclamé.
—¡Y-yo, yo, yo…!
David levantó las manos, riendo.
—Vamos, no te asustes.
Es algo bastante obvio —dijo—.
Y la verdad… sería lindo que se lo dijeras.
Bajó un poco la voz.
—No es por ser chismoso, pero tienes una oportunidad con él.
Carlos siempre es serio, pero es amable con todos.
Frunció el ceño.
—Aunque tengo un mal presentimiento.
Siento que muchos quieren usarlo… como un juguete.
Como una simple herramienta.
Mis pasos se volvieron más lentos.
—¿Sabes cómo se siente eso?
—preguntó.
No respondí.
David suspiró.
—Los reinos están mal, Mío.
Llenos de corrupción.
Por eso dependemos tanto de nuestro rey.
Sonrió con tristeza.
—No es una mala persona.
Lo cuidamos porque es nuestro amigo.
Su mirada se perdió en el pasado.
—Cuando pasó lo de Henry… nunca lo había visto tan triste.
Tan solo.
Tragué saliva.
—¿Y sabes a qué me recordó esa soledad?
—continuó—.
Me miró.
—A Carlos.
Mi pecho se apretó.
—Él tiene algo que llama la atención.
Algo que no sabría explicar.
Puede parecer común… o raro.
Negó con la cabeza.
—A veces siento como si fuera… el mismo Dios.
Se quedó en silencio unos segundos.
—No sé qué estoy diciendo —añadió—, pero pronto lo entenderás.
Seguimos caminando.
—Cuando nos enfrentamos al Caballero Oscuro —dijo—, sentí la misma vibra en ambos.
Su voz se volvió grave.
—Una soledad que solo ellos podían entender entre sí.
Mis manos temblaron.
—Las personas son difíciles de comprender, Mío —continuó—.
Por eso… cuídalo.
No dejes que esa soledad lo aleje de ustedes.
Me miró con seriedad.
—Cada vez que se aleja, es mucho más difícil alcanzarlo.
Sus palabras estaban llenas de verdad.
Y dolían.
Sentí un nudo en el pecho.
Quería llorar.
Quería romperme.
Pensar en lo que Carlos pudo haber sentido me hacía daño.
Tengo miedo.
Mucho miedo de que en estos momentos él esté sufriendo.
Siempre me mira y dice: “No te preocupes por mí, estaré bien”.
“Estoy bien, en serio”.
“No me pasa nada”.
Pero cada vez que decía eso… yo sabía la verdad.
Él no estaba bien.
Estaba cargando con todo.
La culpa.
El peso.
Esa voz que lo acusa de no ser quien alguna vez quiso ser.
Es frustrante.
Demasiado.
Seguimos caminando hasta llegar al cuartel general.
Ahí estaba Masha, sentada, observando su espada.
Y Sasha, mirando por la ventana, perdida en sus pensamientos.
Pero cuando me vieron entrar por esa puerta… Todo cambió.
—¡MÍO!
Ambas corrieron hacia mí.
Y por primera vez en mucho tiempo… sentí que no estaba sola.
—¿Qué te trae por aquí?
—preguntó Sasha con un tono bastante amigable.
—La verdad… pasaba por aquí para seguir entrenando —respondí—.
Y de paso quería saber si hoy estaban libres para divertirnos un poco.
Ya saben… cosas de chicas.
Sasha sonrió, pero Masha fue la primera en preguntar lo que realmente importaba.
—Nos encantaría —dijo—, pero dime… ¿cómo está Carlos?
Su voz bajó un poco.
—Hace tiempo que no los vemos y me preocupa.
¿Sabes algo?
Tragué saliva.
—Por lo que sé… se fue de la academia por un tiempo —respondí—.
Dijo que regresaría durante el festival.
No me explicó los motivos.
Apreté las manos.
—Pero no puedo ocultarlo más, chicas… me duele verlo así.
No quiero que termine como… No terminé la frase.
Masha se acercó y pasó su brazo por mis hombros.
—Dilo —susurró—.
No te lo guardes.
Sé exactamente lo que intentas decir.
Respiré temblando.
—Carlos es ese tipo de persona —continuó Masha—.
Si alguien estuviera en peligro, él daría su vida sin dudarlo.
Levantó la mirada.
—Así como lo hizo Henry.
Ellos son la prueba de que no todo está perdido.
De que aún hay esperanza… incluso si cuesta una vida.
Sus palabras dolían.
—Y aunque me cueste admitirlo —añadió con una ligera sonrisa—, ese chico es mucho más veloz que yo.
Negó con la cabeza.
—Por eso lo llamo el Dios del Trueno.
No sé cómo un niño pudo desarrollar una técnica tan poderosa a esa edad.
Sasha suspiró.
—Últimamente han pasado cosas muy raras, Mío —dijo—.
Supimos del incidente en su academia… y no lo podíamos creer.
El ambiente cambió.
—Perdón, Masha —intervino David—, pero es verdad.
Su voz se volvió dura.
—Cada desgracia que ocurre parece girar alrededor de Carlos.
Me estremecí.
—Sé que está mal decirlo así —continuó—, pero ella tiene que saberlo.
En estos momentos, todos sus enemigos lo tienen en la mira.
Apretó los puños.
—Estamos en una crisis.
En una guerra.
David alzó la voz.
—Mío, Amaya… llevamos dos meses luchando contra el Imperio.
Han violado leyes, reglas del reino.
No solo secuestraron esclavos… también intentaron llevarse a Carlos para usarlo como arma.
—¡Una arma difícil de matar!
—gritó—.
—¿Sabes lo que habrían hecho si lo conseguían?
¡No tienes idea de lo que son capaces!
El silencio fue pesado.
—Por eso queremos protegerlo —dijo más bajo—.
Ya ha sufrido demasiado.
Respiró hondo.
—¿Sabes qué es lo peor?
Negué con la cabeza.
—Que él se culpa a sí mismo —continuó—.
Por haberse dejado manipular por un demonio abismal.
Su voz tembló.
—Por eso ustedes estuvieron al borde de la muerte.
Angélica lo sabía desde el principio… intentó investigar, pero dejó que las cosas pasaran.
Luego suspiró.
—No puedo culparla.
Ella también estaba preocupada por él.
Sabía exactamente cómo se sentía.
Sentí un escalofrío.
—E-espera… —dije—.
¿Ustedes conocen a Angélica?
—Claro —respondió David—.
Es nuestra nueva capitana.
—Hace unos meses fue enviada por petición de Josué Tanaka.
Angélica ahora forma parte de nosotros para investigar todo este caos.
Me quedé en silencio.
Demasiadas verdades.
Demasiado peso.
David estaba agotado.
No solo por Carlos… sino por todo lo que estaba ocurriendo en el mundo.
Pasaron algunos días desde que me quedé allí.
Esa noche la pasé con las chicas.
Hablamos.
Reímos.
Lloramos.
Nos burlamos de nuestras propias tonterías y traumas.
Hasta que Masha empezó a beber.
Demasiado.
—Ven aquí, niña caída del cielo —balbuceó—.
Ven a mis brazos… o si no yo iré por ti en la madrugadaaa… —¡Masha!
—gritó Sasha.
¡Pum!
Un golpe seco en la nuca.
Masha cayó dormida al instante.
Sasha y yo estallamos en risas.
Mientras la miraba dormir, entendí algo.
Podía pasar mi tiempo con amigas.
Podía reír a pesar del dolor.
Y eso… me hacía muy feliz.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, sentí que había personas que aceptaban mi dolor… y aun así decidían quedarse.Al día siguiente ya era viernes.
Desperté con un fuerte dolor de cabeza, aunque eso no fue lo que realmente me sacó del sueño.
La verdadera razón era Sasha, que no me dejó dormir en toda la noche.
Y bueno… de Masha ni hablemos.
Esa no duró nada dormida; solo despertó para morderme los dedos.
—¿Qué le pasa a esa tipa?
—murmuré—.
¿Se cree que soy un hueso o qué?
Como sea, debía levantarme, cambiarme de ropa y pensar qué haría hoy.
Tal vez practicar otra cosa… —¿Cómo qué?
—pensé en voz alta.
Sin darme cuenta, sentí unos brazos rodeándome por detrás.
—E-eh, oye… ¡suéltame!
—protesté.
—Solo cinco segundos más, Mío —susurró Sasha—.
Es que hueles tan bien… ¿qué perfume usas?
—¡Oye!
No me cambies el tema —respondí girándome—.
Y no seas tan pervertida como Masha.
Además, das más miedo cuando duermes.
Sasha rió suavemente.
—En fin, deberías arreglarte.
Recuerda que hoy tenemos que ir a ver a David.
Dijo que me enseñaría algo importante.
—Ah, es verdad —asentí—.
Pero bueno… tal vez te guste.
—¿Gustarme qué?
—Es un regalo hecho por nosotras.
Esperamos que te sea de utilidad.
Sasha finalmente me soltó… solo para quedarse dormida otra vez.
—Estas mujeres de hoy en día no duran nada —murmuré—.
Al menos yo sí soy decente.
—¿Decente?
Una risa sonó a mi lado.
Era Masha.
—¿Decente?
¿A poco eres de esas mujeres vírgenes?
—se burló—.
Jajaja, Dios, ¿qué haré contigo?
Me hiciste reír hoy.
—¡Oyeee!
—me sonrojé—.
¡Idiota, no lo digas en voz alta!
No quiero que se enteren.
—Qué mala eres, Masha… siempre humillando a la novata.
Ella sonrió.
—Es que eres tierna.
Cualquiera podría enamorarse de ti en unos instantes.
—Ya quisieras —dije frunciendo el ceño—.
En fin, ya es hora de que te cambies o de lo contrario… Una sonrisa peligrosa y tranquila apareció en mi rostro.
Sin dudarlo, Masha se quedó paralizada.
—D-diablo… —tragó saliva—.
Esta mujer da miedo… parece que tiene un lado malévolo.
—Debería hacerla enfadar más —pensé—.
A ver de qué es capaz.
Tres minutos después… Masha estaba atada contra la pared, con una manzana en la boca.
—¡Por un carajo, Mío!
¡Libérame o de lo…!
—¿Qué dijiste?
—me giré lentamente, con una mirada fría y una sonrisa inquietante.
—N-nada… —balbuceó—.
Todo bien… puedes irte.
Aquí me quedo.
Masha estaba horrorizada.
—Esta mujer está loca… —pensó.
—¡Sasha, ayúdame, bastarda!
—gritó—.
¿Dónde estás cuando más te necesito?
—Eso te pasa por andar molestándola —dijo Sasha con tono serio—.
Nunca te metas con una chica tan adorable y tierna… porque nunca sabes de lo que es capaz cuando se revela ante alguien.
Me crucé de brazos, aún con esa sonrisa tranquila.
—Igual Mío es un encanto —añadió—.
Es una pena que sea menor de edad… ¿te imaginas si tomara alcohol?
Una sonrisa peligrosa apareció en el rostro de Masha.
—Es verdad —rió—.
Sería mucho mejor… y mucho peor a la vez.
Sasha suspiró.
—Esta vez tienes razón, Masha.
Pero dime… ¿por qué estás así?
—¡Cállate, estúpida!
—gruñó Masha—.
¡Ayúdame a quitarme esto!
¿No ves que casi me deja con traumas?
Giraron ambas la mirada hacia mí.
—¿Tú qué piensas, Mío?
—preguntó Sasha—.
¿La ayudo o no?
Incliné ligeramente la cabeza, fingiendo pensarlo.
—Está bien… —dije con voz calmada—.
Solo dile que me pida perdón de rodillas.
Y con gusto la suelto.
Sasha tragó saliva.
—Maldición… creo que sí está enojada.
Se acercó a Masha y le susurró al oído: —Oye… ¿qué le dijiste a la niña?
—Bueno… —respondió Masha sin vergüenza—.
Le dije que era virgen, me reí y seguí hablando hasta que terminé así.
Sasha abrió los ojos.
—Cielos… eres alguien difícil de temer.
Ni David se atrevió a tanto.
—¡Cierra tu maldita boca y ayúdame!
—gritó Masha.
Suspiré.
—Está bien, te ayudaré.
Pero pedirás perdón, ¿te quedó claro?
—¡Sí, sí, ya lo sé!
—refunfuñó—.
No tienes que estar regañándome.
Unos minutos después, desaté las cuerdas y Masha pudo moverse al fin.
Se acomodó el cuello, aún temblando un poco.
—Pido disculpas —dijo—.
No pensé que te fueras a enfadar tanto.
Sonreí… una sonrisa tranquila, pero peligrosa.
—Así me gusta —respondí—.
Asustada.
Muy asustada.
Masha me miró horrorizada.
Yo, en cambio, me estaba muriendo de la risa por dentro.
Sabía que solo estaba actuando… pero aun así, no pude evitar sentirme feliz.
Me llevaba bien con ellas dos.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que ese dolor que cargaba no estaba solo.
Continuará
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com