The strongest warrior of humanity - Capítulo 157
- Inicio
- Todas las novelas
- The strongest warrior of humanity
- Capítulo 157 - Capítulo 157: capitulo 157 Eime será capaz de matarlo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 157: capitulo 157 Eime será capaz de matarlo
Punto de vista de Eime
Había pensado muchas veces en un momento como este…
Pero jamás creí que sería así.
¿De verdad ese dios se atrevió a decir que no estábamos a su altura?
Cuando liberé esa explosión, cuando dejé que mi poder se desbordara sin frenos, creí —aunque fuera por un segundo— que al menos lo había herido. Que algo, aunque mínimo, le había dejado marcado.
Pero no.
No le hice nada.
Lo comprendí en el instante en que el polvo se disipó y él seguía de pie.
—Protección divina… —pensé— devino de las mil sombras de la luz
Un poder sagrado que ya conocía demasiado bien.
Era normal para mí enfrentar cosas así… o al menos eso creía.
Mikoto me lo había dicho hace tiempo.
Mikoto…
Ella era distinta. Una buena chica. Un verdadero ejemplo incluso entre los dioses.
Hace treinta y dos años tuve la oportunidad de conocerla. Aún recuerdo su voz, tranquila, firme, como si nada pudiera quebrarla. Ese día… fui yo quien perdió el control.
Le hablé de la muerte de mi señor.
De Carlos.
Recuerdo que mis manos temblaban. Mi voz también.
Y ella solo me miró… sin juzgarme.
—No te sientas mal —me dijo— ese chico aún sigue con vida
Esas palabras se quedaron grabadas en mí.
—Tal vez haya muerto —continuó— pero les daré un método para que ustedes sigan teniendo conexión con él
Yo quería creerle.
Pero entonces añadió algo que me heló la sangre.
—No hay garantía de que él los recuerde
Apreté los puños aquel día.
Porque sabía lo que eso significaba.
Carlos era nuestro pilar.
Nuestra razón de existir.
Sin él… nada volvió a ser igual.
Y Yuki…
Ella fue quien más cambió.
Tenía que tenerlo en cuenta. Siempre.
Desde que ella mató a todos sin importar las consecuencias, el mundo empezó a llamarla de otra forma.
El Ángel Guardián Infernal.
Los dioses…
Los abismales…
Todos la buscan.
Todos le temen.
Y no es para menos.
Yuki ha masacrado a más de un millón de dioses y abismales a lo largo de los años. No fue por placer. Nunca lo fue.
Fue porque le arrebataron algo demasiado preciado.
Su líder.
Su razón.
Su luz.
Carlos Sánchez.
Él solo hacía lo correcto. Siempre.
Pero cuando lo ejecutaron…
Cuando lo borraron…
Nada volvió a ser igual.
Ni nosotros.
Ni Yuki.
Ni el mundo.
Y ahora… verlo aquí otra vez, peleando contra un dios de la guerra con el cuerpo destrozado, negándose a caer…
Sentí algo arder dentro de mí.
—No permitiré que vuelva a pasar —pensé
Aunque tenga que enfrentar al infierno entero.
Aunque tenga que romper las reglas.
Aunque tenga que morir.
Si este dios cree que puede repetir la historia…
Está terriblemente equivocado.No voy a permitir que él haga lo que quiera.
Aparecí frente a él, cara a cara.
Él me miró con una expresión amarga, cargada de irritación.
Yo le devolví la mirada con un desprecio absoluto.
Durante un instante ninguno de los dos parpadeó.
Me preparé para atacar.
Incliné mi postura con la espada, afirmando bien los pies sobre el suelo.
Respiré hondo, dejando que mi aura saliera sin restricciones, envolviendo el espacio a mi alrededor con una presión sofocante.
Corrí hacia él a una velocidad jamás vista.
El mundo a mi alrededor se distorsionó.
Él reaccionó al instante y me siguió.
Nuestras espadas chocaron con un estruendo brutal, el impacto sacudió el terreno como si el cielo mismo se hubiera partido en dos.
En el momento del choque, él se movió aún más rápido, intentando forzar el combate para ver quién de los dos resistiría más.
Di un paso atrás, giré mi cuerpo y usando Golpe Valiente con la hoja de mi espada, descargué toda la fuerza del ataque.
Lo arrojé hacia atrás.
Sin embargo, él levantó las rocas del suelo, haciendo que se elevaran y lo cubrieran por completo como una muralla improvisada.
No me detuve.
Avancé lo más rápido posible.
La diferencia entre nosotros era clara…
pero eso no era un problema para mí.
Porque yo aún no había liberado ni una fracción de mi verdadera fuerza.
Y él…
estaba a punto de descubrirlo. Vaya… no sabía que ese chico tenía aliados tan poderosos.
Pero eso ya no importa.
Lo más probable es que ella esté ocultando su verdadera fuerza.
Aun así, me sorprende… alguien como ella puede rivalizar contra un dios.
¿Acaso ella es una diosa?
La forma en la que se mueve…
cada ataque que me lanza…
no se compara con nada que haya visto antes.
Nadie.
En absoluto.
Está claro que solo está jugando conmigo.
Una sonrisa peligrosa se dibujó en su rostro.
Giró hacia atrás esquivando mi ataque con una elegancia humillante.
Yo le devolví la mirada con frialdad, pero incluso así lo entendí al instante.
Su velocidad…
era lo más sobrehumano que había presenciado.
Antes de que pudiera reaccionar, me golpeó con la pierna.
Salí disparado con una fuerza brutal, atravesando el aire y cayendo a más de sesenta metros del lugar, aún más lejos de la academia.
Me incorporé lentamente.
—Yo, Eime… —murmuré con voz grave— responde a mi llamado.
Alcé mi espada.
—Responde ante mi presencia absoluta.
Nunca te reveles ante mí… ni ante nadie.
El suelo comenzó a temblar.
—Yo invoco a mi fiel más fuerte…
de todos los reinos de las llamas…
del camino del infierno.
Un círculo de invocación apareció detrás de mí, ardiendo con símbolos antiguos.
La ceremonia se completó con éxito.
Había traído algo…
una identidad misteriosa.
Una presencia que hizo que incluso el aire se volviera pesado.
De aquel círculo emergió la criatura más peligrosa de todos los tiempos.
Medía más de tres metros, su cuerpo era una mezcla de músculo y armadura.
Portaba tres tipos de espadas, cada una emanando un aura distinta.
Era aterrador.
Pero para mí…
Era hermoso.
Sus ojos brillaban con determinación, como si hubiera renacido de las cenizas.
—Tu nombre es… —dije con firmeza— Emperor Armor.
Su armadura lo hacía aún más imponente.
Blandió sus dos espadas principales y, sin necesidad de palabras, entendió mi intención.
Él y yo nos movimos.
Nuestra velocidad superó todo límite humano.
Desaparecimos…
y aparecimos frente a él.
Lancé una ráfaga de ataques con mi espada, cada golpe cargado de poder absoluto.
Al mismo tiempo, Emperor Armor atacó, cruzando sus espadas y dejando múltiples cortes profundos.
La velocidad de ambos era simplemente imposible.
Incluso para un dios.
Era evidente…
Él estaba teniendo problemas para detenernos.Él me atacó.
Por pura intuición me agaché, esquivando el tajo por un margen imposible.
En ese mismo instante, como un destello, desaparecí.
Cuando reaparecí, estaba sobre él.
Aproveché el momento exacto en el que Emperor Armor atacó.
Cada golpe que le daba…
el dios de la guerra se adaptaba.
Eso no era normal.
Cuando lo enfrenté antes, jamás hacía eso.
Pero ahora… ahora que lo tenía frente a mí, entendí la diferencia.
Ya no estaba solo.
Ahora era parte de mi colección de armas destructivas.
Había esperado este momento durante demasiado tiempo.
Quería estrenarlo.
Quería demostrarle a mi líder que sí me tomo las cosas en serio.
Aun así…
me sorprendía.
Un dios de la guerra estaba teniendo problemas reales para detener a la bestia.
Eso me provocó una sonrisa peligrosa.
Entonces lo vi.
La brecha.
Un error mínimo…
pero suficiente.
Emperor Armor lo había forzado a una mala posición.
Su guardia estaba rota, su equilibrio comprometido.
Dejé de pensar.
Dejé de atacar físicamente.
Alcé la mano.
Comencé a conjurar.
Hechizos tras hechizos se formaron a mi alrededor, capas de símbolos ardiendo en el aire.
No valía la pena nombrarlos todos.
Demasiados.
Demasiado poder.
Así que solo lo resumí en uno.
Uno que englobaba destrucción pura.
—Erupción volcánica: golpe doméstico.
El suelo rugió.
La tierra se quebró desde sus pies, magma y presión explotaron hacia arriba como si el infierno mismo hubiera decidido emerger.
El aire se volvió irrespirable.
El calor era tan intenso que quemaba incluso sin tocar.
No era solo un ataque.
Era una sentencia.
Y esta vez…
ni siquiera un dios estaba seguro de sobrevivir.Carlos y Milin observaban en silencio.
Sus miradas estaban llenas de asombro.
Aquella mujer…
estaba peleando en serio.
—Vaya… —murmuró Carlos—. No pensé que llegaría a invocar algo tan poderoso.
—Esa criatura… —añadió con voz baja— es mucho más amenazante de lo que imaginé.
Por primera vez, su expresión cambió.
—Eime… has mostrado algo increíble. Has progresado mucho con el tiempo.
Milin apretó los puños.
—O-oye, Carlos… —su voz tembló—. ¿Quién es esa mujer? Dímelo. Exijo saberlo.
Carlos guardó silencio unos segundos.
—Más tarde te lo contaré —respondió al fin—. Al menos a ti y a mi hermana. Ustedes merecen una explicación.
—De todos modos… Tu padre tendrá que saber la verdad sobre lo que les pasó. Es un deber que debo cumplir.
Bajó la mirada.
—Milin… es mi culpa que ustedes hayan vivido esa experiencia.
Ella negó con la cabeza de inmediato.
—No —dijo con firmeza—. Nada de esto es tu culpa, Carlos.
—Solo hiciste lo que tenías que hacer. Estabas ocupado… y yo tenía mucho miedo.
Su voz se quebró apenas.
—No pensé que mi primer día de clases sería tan horrible… y lo siento mucho.
Carlos la miró con seriedad.
—No te disculpes —respondió—. No quiero que estés desanimada.
—Haré todo lo posible para que nadie vuelva a molestarte. Mantendré mi palabra.
Extendió la mano y la tomó con suavidad.
—Vamos… no seas tan desconfiada. Te lo dije, ¿no?
Milin levantó la vista.
—Confía en mí. Pronto encontrarás amigos que te apoyen.
—Y yo te ayudaré… porque somos amigos. Aunque apenas nos acabemos de conocer.
Ella permaneció en silencio.
No apartaba la mirada de él.
Su cuerpo temblaba.
El recuerdo seguía ahí.
La imagen de él arrancándose el corazón se había quedado grabada en su mente como una herida abierta.
No era solo miedo.
Era trauma.
Y lo sabía.
No estaba llorando.
No era eso.
Era algo más profundo.
Tengo miedo de que alguien muera…
Lo vi. Lo sentí. Lo experimenté.
No lo entendía.
¿Por qué alguien como él es tan amable conmigo?
¿Con una desconocida?
Las palabras de su padre resonaron en su mente.
Él es amable con todos.
Y esa es su mayor debilidad.
Ser traicionado.
Ser olvidado.
Pudrirse por dentro.
Una persona que camina con todas las espadas clavadas en el cuerpo,
cargando cadenas de juicio,
como si su existencia misma fuera una condena.
Y aun así…
Seguía extendiendo la mano.—Hay algo que debes saber, Milin —dije con voz baja—.
—Tu padre fue poseído por un dios antiguo. Él tampoco sabía lo que le hicieron… ni lo que le estaban haciendo.
Apreté los dientes.
—Por lo que he averiguado, los sacerdotes están envueltos en todo este problema.
—Tal vez… le hicieron lo mismo que a mi hermano.
Sentí un peso aplastando mi pecho.
—No puedo apartar de mi mente lo que él vivió… cómo fue torturado.
—Es algo que ni yo mismo quiero imaginar.
La miré por un segundo.
Ella me devolvió la mirada.
Sus ojos estaban decididos… demasiado decididos para alguien tan joven.
Era como si otra presencia me observara desde ahí.
No sabía quién era en realidad.
Y no era solo ella.
Era tímida. Nerviosa.
Pero para ser su primer día de clases… lo entendía todo demasiado bien.
Tenía miedo.
Miedo real de que alguien volviera a lastimarla.
Ahora lo comprendía.
—Así que esto era lo que querías, Kenzo… —pensé en silencio—.
—Querías que yo fuera amigo de tus hijas.
Para reparar un error del pasado.
Uno que ocurrió hace años… y que aún no se ha cerrado.
—Tus hijas estarán bajo mi cuidado —continué, como si él pudiera oírme—.
—También has estado investigando sobre Lucifer y el resto… puedo imaginar lo que has pasado.
Respiré hondo.
—Tu imagen está manchada, lo sé.
—Pero la voy a arreglar. Te lo prometo.
Mi mirada se endureció.
—Mi prioridad será la seguridad de tus hijas.
Cerré los ojos un instante.
—Gracias… por haberlas enviado hacia mí.
—Te prometo que les enseñaré a luchar.
Volví a mirar a Milin.
—Especialmente a tu hija menor.
—He notado que tiene problemas con el manejo de la espada. Un poco de entrenamiento no le vendrá mal.
Hice una pausa.
—Solo a ella.
—Merlin no lo necesita.
Una leve sonrisa apareció en mi rostro.
—Lo comprobé hace un momento. Es fuerte.
—Se nota que la has entrenado para proteger a su querida hermana menor.
Mi voz se suavizó.
—Y eso… eso es digno de una verdadera hermana.Me recuerda a mí.
Seguramente la responsabilidad ya pesa sobre sus hombros… y eso lo entiendo demasiado bien.
Eime luchaba sin contenerse.
La destrucción estaba al borde de un colapso masivo.
Cada estruendo era brutal, uno tras otro, sacudiendo el aire entre ella, el dios de la guerra y Emperor.
Retrocedió un paso.
Emperor crecía.
No de forma normal… sino antinatural.
Cada golpe.
Cada corte que el dios de la guerra le hacía a mi criatura solo lo volvía más fuerte.
—Se está adaptando… —murmuré.
Por suerte lo tenía domesticado.
Si no fuera así, sería un problema aún mayor.
Tenía otras armas. Muchas más.
Pero no era el momento de presumir.
No todavía.
—Dime una cosa, Daniel —dijo Eime, con la voz cargada de desprecio—.
—¿Qué es exactamente lo que quieren hacer ustedes?
El viento rugió a su alrededor.
—Creí que los dioses te habían advertido que jamás te metieras con nosotros.
—Pero parece que no lo hicieron.
Una sonrisa peligrosa cruzó su rostro.
—Vaya fracaso… los dioses son tan patéticos que me dan ganas de masacrarlos a todos.
Su aura se volvió más densa.
—Pero quién sabe cómo terminarán las cosas.
—Ten algo claro… espero que no huyas.
Alzó la espada.
—Si lo haces, te arrancaré esos ojos llenos de arrogancia.
Una risa desagradable salió de Daniel.
Una risa lenta, torcida.
—Los dioses como nosotros somos distintos —dijo—.
—No somos como los humanos ni como esos seres de otros lados.
Sus ojos brillaron con amargura.
—Cada persona es diferente.
—Yo era poderoso. Respetado.
Su voz se volvió más oscura.
—Hasta que me dieron un golpe de estado.
—Querían deshacerse de mí porque sabían que me volvía más fuerte que cualquier ser en el mundo.
El aire tembló.
—Por eso caí aquí.
—Para hacer lo que yo quisiera.
Sonrió.
—¿Has oído hablar del rey de los héroes?
Eime chasqueó la lengua.
—No.
—Y la verdad no sé mucho sobre los diez legendarios héroes.
Le apuntó con la espada.—Ni se te ocurra amenazarme, guardiana.
Su voz sonó cargada de desprecio.
—No sé cómo alguien como tú puede estar del lado de ese humano de ahí.
—Es inútil. Patético. Un bueno para nada.
—Al final sigue siendo débil.
Una carcajada retorcida salió de él, resonando como un eco enfermo entre los restos de la academia.
Y eso…
Eso no me gustó.
No me gustó en absoluto la forma en la que habló de mi señor.
Sentí cómo algo dentro de mí se quebraba y ardía al mismo tiempo.
La ira subió desde el pecho hasta la garganta.
—No vuelvas a pronunciarte así de él… —murmuré con una voz que ya no temblaba.
Emperor lo entendió al instante.
Sin necesidad de órdenes, avanzó.
Sus tres espadas brillaron al mismo tiempo, girando en un arco imposible.
El aire se rasgó.
Un ataque destructivo se formó frente a él y fue lanzado sin piedad.
Daniel apenas tuvo tiempo de reaccionar.
El golpe lo alcanzó de lleno.
Su brazo izquierdo salió volando, separado limpiamente del cuerpo.
La sangre salpicó el suelo, espesa, oscura, cayendo en gotas pesadas que podían verse incluso desde lejos.
Por un segundo…
Hubo silencio.
Luego, un grito.
Un grito desgarrador, lleno de dolor puro, tan brutal que heló la sangre.
El impacto fue tan repentino, tan mortal, que ni siquiera fue capaz de detectarlo a tiempo.
Su cuerpo se estremecía mientras retrocedía, con la respiración rota.
Por primera vez…
El dios de la guerra estaba herido de verdad.
Y en ese instante supe algo con absoluta certeza.
Esto ya no era solo una pelea.
Esto se había convertido en una ejecución que aún no decidía quién caería primero.
Ya estaba cansada.
Cansada de escuchar cómo un ser insignificante se atrevía a manchar el nombre de mi líder.
Ni siquiera pensé.
Parpadeé.
El mundo se quebró en un instante y aparecí frente a él.
Mi espada descendió sin misericordia, cortándole el brazo derecho antes de que pudiera reaccionar.
La sangre salió disparada en el aire.
—¡Aaaaaaah…!
No le di tiempo a caer.
Lo golpeé con toda mi fuerza, lanzándolo lo más lejos posible. Su cuerpo salió disparado como un proyectil, destrozando todo a su paso, dejando un rastro de ruina y grietas en el suelo.
Levanté mi espada.
Emperor respondió al llamado.
Sus llamas doradas rugieron como un sol condenado.
Al mismo tiempo, ambos lanzamos el ataque.
Mi corte y el suyo se fusionaron.
Una sola voluntad.
Una sola sentencia.
Las llamas doradas envolvieron el cielo y descendieron sobre él.
La explosión fue brutal.
El impacto recorrió todo el lugar, la ráfaga de viento sacudió la academia, quebró muros, levantó escombros y deformó el terreno. El aire vibraba con destrucción absoluta.
Todo temblaba.
Todo ardía.
No había duda.
No había vacilación.
Lo que estaba haciendo era claro incluso para mí.
—Si sigues respirando… —dije con frialdad— será porque aún no he decidido acabar contigo.
Mi aura se expandió sin contención, pesada, opresiva, dejando algo muy claro para cualquiera que pudiera sentirla.Si él se levantaba de eso…Entonces dejaría de ser una batalla.Y pasaría a ser una cacería.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com