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The strongest warrior of humanity - Capítulo 170

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  4. Capítulo 170 - Capítulo 170: Capitulo 170 a todo esto será algo más que un convicción
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Capítulo 170: Capitulo 170 a todo esto será algo más que un convicción

—¡Piensa todo lo que quieras, niña arrogante! —rugió la entidad, sus sombras retorciéndose violentamente contra las cadenas doradas de Yue—. ¿Tú qué sabrás de mí? ¿Acaso sabes cómo terminé de esta manera? Los humanos son tan frágiles que ni siquiera saben cómo vivimos nosotros; la vida que alguna vez creyeron ya no existe.

El Dios Nocturno clavó su mirada en los ojos de Yue, buscando desestabilizarla con desprecio. Pero algo salió mal en sus cálculos. Al mirar profundamente esas pupilas doradas, el terror lo invadió: recordó perfectamente al Dragón de la Felicidad, el ser más poderoso entre todos los dragones. Ver ese poder dorado mezclado con nuestro linaje nocturno era una aberración para él, una combinación de luz y sombra que no podía comprender ni dominar.

Frustrado, el Dios Nocturno giró su cabeza hacia mí con una mirada aterradora, una expresión de odio puro que parecía querer quemar mi existencia. —¡Tanaka Sánchez, no importa lo que haya en este mundo, no podrás hacer nada! —gritó con una voz que distorsionaba el espacio—. Créeme que no tendrás ninguna posibilidad de cumplir el sueño de todos, aunque cargues este peso tú solo.

—Es así como tú mismo estás creando tu propia tumba —continuó, soltando una carcajada histérica que resonó como cristales rotos—. ¡Jajajaja! ¡Jajajajaja! Siempre recuerda estas palabras: no eres más que una simple escoria sin prejuicios. ¡No puedes ni siquiera salvarte a ti mismo! Eres lo más débil que he conocido en toda mi larga vida.

Sus palabras golpearon mi mente como martillazos, intentando reabrir las heridas de mi inseguridad. Shiro apretó los dientes, lista para lanzarse sobre él por insultarme, pero yo levanté la mano para detenerla. Miré a Yue, que sostenía la Espada Separadora de Almas con una firmeza envidiable. La risa del Dios Nocturno seguía llenando el vacío, pero para mí ya solo era ruido de fondo.

—Hablas mucho para ser alguien que está a punto de ser expulsado por una “débil escoria” y su hija —dije con una voz fría y cortante, ignorando el temblor de mis manos. Yue asintió, elevando la espada hacia el cielo del Reino Temporal. La hoja comenzó a emitir un zumbido agudo, sintonizándose con el latido de mi propio corazón. El tiempo de las palabras se había agotado; el Dios Nocturno había cometido el error de subestimar el vínculo que nos unía.

Yue no dudó. Con un movimiento fluido y letal, la Espada Separadora de Almas cortó el aire, cercenando el vínculo metafísico que permitía al Dios Nocturno poseer a Carlos. El derecho de ocupación fue anulado de golpe. Pero antes de desvanecerse, una sonrisa retorcida y aterradora resonó en el vacío: —Nos volveremos a ver en la guerra… estaré deseando nuestro encuentro en persona. ¡Jajaja!

El Reino Temporal comenzó a deshacerse en partículas de luz negra. Antes de que el caos los consumiera, Yue y los 68 guardianes desaparecieron en las sombras para no dejar rastro de su intervención. Carlos, recuperando el control de sus extremidades, sintió el peso del agotamiento extremo. Gojo, siempre alerta, apareció justo a tiempo para sostenerlo antes de que cayera al abismo.

—Me alegro de que estés de vuelta, malagradecido —dijo Gojo con su tono habitual, aunque sus ojos reflejaban alivio—. Creí que no te volvería a ver. Han pasado cosas graves en la academia, pero veo que estás al límite. Te llevaré a mi casa; es momento de que hablemos seriamente. Por ahora, descansa.

A lo lejos, Sayu observaba las ruinas con el corazón encogido. A través de su visión, confirmó lo que más temía: el Dios Nocturno solo había usado a Carlos como un juguete cruel para sembrar muerte y dolor sin remordimientos. Esto se veía realmente mal; las consecuencias políticas y sociales para Carlos serían devastadoras.

—Supongo que ya debería regresar, ya no tengo nada que… —Sayu se interrumpió en seco. El frío acero de una hoja se posó contra su garganta con una precisión quirúrgica.

—¿Qué demonios? —susurró Sayu, el sudor frío recorriendo su nuca. Una voz familiar, pero con un matiz mucho más maduro y gélido, resonó detrás de ella.

—Vaya, no creí que tú también estuvieras aquí, Sayu.

Sayu se quedó en shock. Al girar lentamente los ojos, vio a Shiro. Pero no era la Shiro que conocía; era una versión adulta, con una presencia que emanaba milenios de batallas y una autoridad que aplastaba cualquier intento de resistencia. Sayu tragó saliva, comprendiendo que estaba frente a una entidad que trascendía su comprensión actual de la maestra.

—Lo mismo digo… ha pasado mucho tiempo desde que no nos vemos —logró decir Sayu, tratando de mantener la compostura a pesar de que sus rodillas temblaban—. Pero antes de que digas una palabra, ¿podrías quitar tu espada de mi garganta?

La Shiro adulta no cedió de inmediato. Sus ojos escudriñaban a Sayu como si buscara una traición oculta en su alma. El aire entre ambas estaba cargado de secretos que podrían cambiar el curso de la guerra que el Dios Nocturno acababa de prometer.

—Y bien, Shiro… —comenzó Sayu, tratando de recuperar el aliento—, te noto muy extraña. ¿Qué te trae por acá, Reina de los Demonios Nocturnos? ¿O debería llamarte la Asesina de Dioses Malditos?

Shiro soltó un suspiro cargado de fastidio, aunque no retiró su mirada gélida.

—¿Desde cuándo me pones esos apodos tan ordinarios? —respondió Shiro con desdén—. Pero dime algo, ¿por qué has venido tú aquí? ¿O es que, por casualidad, estás buscando una alianza con él?

Sayu frunció el ceño y se cruzó de brazos, soltando un bufido de indignación.

—¿Una alianza con él? ¿De qué hablas? Yo solo vine por una razón que no tiene nada que ver contigo. Sentí el poder del Dios Nocturno y vine a investigar… aunque tuve algunas complicaciones para verlo de cerca por culpa de ese idiota ignorante, el chico de cabello blanco y ojos azules —murmuró Sayu esto último en un susurro casi inaudible.

—¿Eh? ¿Dijiste algo? —preguntó Shiro, entrecerrando los ojos.

—¡¿Qué?! ¡Yo no he dicho nada! ¡Jejeje! —exclamó Sayu, ocultando su nerviosismo con una risa forzada.

Por dentro, Sayu era un torbellino de dudas. ¿Desde cuándo se ha vuelto tan fuerte?, pensó mientras analizaba la presión que emanaba de Shiro. Han pasado 500 años desde que nos conocimos, pero lo que siento ahora es como si mirara el reflejo de Carlos en ella. Se ha vuelto demasiado confiada… demasiado arrogante.

—Sabes, aunque hayan pasado muchos años, Shiro, debo advertirte algo sobre Astaroth —dijo Sayu, perdiendo toda rastro de broma en su voz—. Él regresará muy pronto. Con la Reliquia Sagrada de Dios, finalmente podrán revivirlo. Esta guerra no podrá evitarse. No sé qué están planeando Lucifer y Gabriel, pero ambos están tramando algo mucho más grande que una simple batalla.

Sayu bajó la mirada, y por primera vez, Shiro vio miedo real en sus ojos.

—A mí ya no me queda mucho tiempo; seré eliminada por ellos. Me tienen en la mira desde hace más de 200 años a causa del golpe de Estado de Amadeus. Esto va más allá de nuestras capacidades… ella, en primer lugar, no debió caer en el abismo; debió descansar en paz, y el hecho de que no fuera así es la prueba de nuestro fracaso.

Sayu dio un paso adelante, encarando a la guerrera.

—Te lo digo para que lo tomes en cuenta: los demonios no somos tan malos como piensas. También tenemos nuestro lado amoroso y no todos buscamos la destrucción. Pero Lucifer y ese maldito planean traer el caos absoluto al mundo. Yo no estoy de su lado, por eso quiero que tú y yo seamos aliadas. Es la única forma de detener esto, aunque sé que una alianza conmigo te resulte confusa.

Shiro la observó en silencio durante un largo segundo, procesando la magnitud de la traición celestial y la desesperación de su antigua enemiga.

—¿Eh? —soltó Shiro finalmente, con una mezcla de sospecha y asombro—. ¿Y por qué me dices todo esto justo ahora?,

«Ya veo…», pensó Shiro, sintiendo cómo el peso de los siglos le oprimía el pecho. «Parece que tú también has cruzado la línea de tus capacidades, Sayu. No solo es el peligro inminente; ellos planean devorarte y usarte como un sacrificio humano. ¿De verdad esto está bien? Me rehúso a aceptarlo. No puedo permitir que mi propia enemiga muera de una forma tan miserable».

Cerró los ojos, apretando el puño sobre la empuñadura de su espada. «Si me uno a ella, podría darle mi protección… pero, ¿qué pasaría si lo hago? ¿Todo seguiría igual o cambiaría algo en particular? ¿Seré capaz de mantener mi palabra? A veces me resulta insoportable tener que decidir esto sola. Si esto sigue así, el mundo que Carlos y yo conocemos va a cambiar para siempre, y nada volverá a ser lo mismo. Mi experiencia y la de él ya son lo suficientemente catastróficas como para añadir más leña al fuego».

De pronto, un recuerdo cálido y doloroso asomó en su mente. «¿Qué haría mi hermano mayor en esta situación? Él siempre lo resolvía todo… A veces lo extraño tanto que duele. No he logrado superarlo. Si lo viera ahora mismo, no podría contener las lágrimas. Siempre me trató como a una niña pequeña, aunque sé que soy mucho mayor de lo que aparento. Sus enseñanzas fueron las que me abrieron los ojos al verdadero mundo».

Una punzada de culpa le atravesó el corazón al pensar en el joven de ojos azules. «La carga que llevo por mis errores y mi egoísmo es inmensa. Arrastré a Carlos conmigo a una oscuridad en la que él no debía haber sufrido jamás… Todo por mi culpa».

Shiro exhaló un suspiro largo y pesado, abriendo los ojos con una nueva determinación. Miró a Sayu, quien esperaba una respuesta en medio de su propia desesperación.

—Está bien, Sayu —dijo Shiro con voz firme, aunque teñida de una melancolía que rara vez mostraba—. Acepto esa alianza. No por Lucifer, ni por Gabriel, sino porque ya me cansé de ver cómo este mundo devora a los que intentan hacer lo correcto. Si te quedas a mi lado, mi sombra será tu refugio. Pero prepárate… porque proteger a Carlos de lo que viene nos costará más de lo que estamos dispuestas a pagar.

—¿Pagar el precio? ¿A qué te refieres con eso? —preguntó Sayu, entornando los ojos—. ¿Acaso planeas pelear tú sola contra ellos? Sabes perfectamente que son mucho más fuertes que yo… aunque, en realidad, si usara todo mi poder, podría pisotearlos sin problemas. Pero debo mantenerme oculta, mi magia y mi verdadera fuerza no pueden ser reveladas todavía.

Sayu bajó la mirada hacia el horizonte, y una sonrisa genuina, casi nostálgica, apareció en su rostro. Hablar con Shiro de esta manera se sentía como si fueran amigas de toda la vida, un vínculo extraño forjado en el secreto.

—La fuerza no se trata solo de destruir, sino de quién la necesite —continuó Sayu—. Shiro, gracias por colaborar conmigo. No sabes cuánto te lo agradezco. Con esto, finalmente podría sacar a Amadeus de ese maldito infierno. Ella siempre fue el objetivo de Carlos; él quería ayudarla, y ahora sabemos que hay aliados poderosos despertando.

Mientras tanto, en una región remota donde la arena devora los recuerdos, dos figuras aparecieron en el horizonte. Una de ellas era una semi-humana bestia, de cabello blanco y ojos amarillos, alta y esbelta, que caminaba con la gracia de un depredador. A su lado, una chica de cabello rojo con puntas blancas mantenía una expresión amargada y seria.

—Oye, Zani, no creas que te vas a salvar de mí después de que todo nos saliera mal —dijo la pelirroja con tono cortante—. No sabes lo mal que me siento por esto.

—Vamos, Jins Shadow —respondió Zani con calma—, debes saber que no podemos hacer todo a la ligera. Es verdad que llevamos más de 12 años en este desierto, pero ¿qué tiene que ver eso con lo que pasó con nuestro maestro?

Jins caminaba con la cabeza baja, dejando que las sombras cubrieran su rostro. La amargura en su voz era palpable.

—Él siempre nos entrenaba… yo pasaba más tiempo con él. Sabes que soy más fuerte que todos los guardianes de nuestro maestro. ¿Recuerdas a Yuki? Esa mujer molesta… ella no es rival para mí. Desde que los derroté a todos, me tienen un gran respeto. Pero, ¿sabes qué es lo que más me duele de todo esto, Zani?

Zani suspiró, incapaz de negar el sentimiento que las unía. —No te lo puedo negar, Jins. Yo también lo extraño. Caímos en este mundo por eso, y gracias a Yuki logramos saber que él seguía vivo. Ya han pasado 7 años desde que nos reveló que había reencarnado. En ese momento… sentí una gran felicidad.

Las dos guerreras se detuvieron, mirando hacia la dirección donde la energía de Carlos acababa de estallar tras la batalla con el Dios Nocturno. El tiempo de esconderse en las arenas estaba llegando a su fin; las piezas del tablero de Carlos se estaban reuniendo, incluso aquellas que él creía perdidas en su vida pasada.

—Veamos qué nos depara el destino, Zani —dijo Jins, limpiándose el sudor de la frente—. Debemos encontrar un lugar donde descansar; me siento agotada tras días buscando una salida en este desierto que parece un laberinto sin fin.

Jins suspiró, dejando que los recuerdos fluyeran como arena entre los dedos. —Sabes, esto me recuerda a aquellos días en los que chocábamos por nuestras diferencias… y a cómo siempre te enojabas conmigo cuando yo estaba cerca de él. Pero no te lo tomes personal, solo escúchame: me siento extraña cuando estoy a su lado. Sé que está mal encariñarme; él mismo me lo advirtió: «Nunca te encariñes conmigo, Jins. No sabes cuándo me iré de tu lado ni cómo se siente estar solo en un mundo donde la vida humana pierde su valor cuando el ser más importante se marcha. Hay que aprender a valorar lo que tenemos mientras está aquí».

Jins recordó la imagen de Carlos en aquel entonces: suspirando con una sonrisa pálida y triste, tratando de romper el silencio de un dolor que terminaría por consumirlo.

Las palabras de Carlos resonaban como un testamento sagrado en la mente de sus alumnas:

«Jins, trata de comprender a las personas; no siempre serán tan amables como yo. Intenta llevarte bien con Zani; no quiero que mis dos grandes alumnas terminen odiándose cuando yo me vaya de sus vidas… Les deseo buena suerte; ambas están por encima de cualquier dios».

Él siempre había creído en ellas con una fe inquebrantable. «Tú eres la más fuerte, Jins, pero sé que Zani llegará a tu nivel pronto; ella tiene un potencial capaz de acabar con todos a la vez. Ambas serán grandes en el futuro, cuando yo deje de existir… pero quiero que me olviden por el resto de sus vidas».

Jins Shadow bajó la mirada, con el rostro endurecido por la rabia silenciosa. No podía aceptar esa respuesta; le parecía estúpida la idea de olvidarlo. Sus ojos reflejaban todo lo que sentía y vivía. A pesar de que ella tenía apenas 16 años y Carlos 32 en aquel tiempo, sabía que ese hombre poseía una fuerza capaz de superar a cualquier deidad.

Mientras tanto, en lo más profundo de su ser, Carlos se perdía en sus propios pensamientos, cuestionándose con una urgencia que le quemaba el pecho: «¿Realmente merezco tener este poder?». Se preguntaba con desesperación cómo fue que despertó esa fuerza nocturna a los 22 años. Sabía que sonaba tonto cuestionárselo ahora, pero la duda le carcomía el alma: ¿era un don o una maldición que lo condenaba a ver a todos partir?

El silencio volvió a reinar entre las dunas, pero la conexión entre el pasado de las alumnas y el presente del maestro se hacía más fuerte con cada paso. El desierto ya no solo era arena; era el escenario donde las piezas del destino estaban a punto de colisionar.

Shadow, con el corazón martilleando contra sus costillas, miraba a Carlos y veía en sus ojos un espejo a punto de estallar. Era el reflejo de un dolor que no gritaba, sino que se consumía en ese llanto silencioso que desgarra más que cualquier alarido. Era la soledad de alguien a quien la muerte le ha arrebatado la poca paz que logró construir.

—Eso es todo, Shadow… —murmuró Carlos, con una calma que aterraba—. Quiero que tú y Zani estén bien sin mí.

—¡Espera! —Shadow exclamó, forzando una sonrisa nerviosa que no lograba ocultar el miedo que le subía por la garganta—. ¿A qué te refieres? ¿A dónde vas? ¿Nos vas a abandonar? ¡No! Me rehúso a aceptar eso… por favor, quédate aquí con nosotras. No sabemos qué pasaría si…

Carlos giró lentamente, clavando su mirada en la de ella con una tristeza infinita. —No te preocupes. Sé que me olvidarán, y quiero ser olvidado. No quiero que ustedes mueran por mi culpa. Es mejor que me aleje de las personas más importantes para mí; no quiero verlas morir. Soy un ser humano que no acepta este destino… todo lo que pasa es por mi culpa.

Carlos apretó los puños, y su voz se quebró ligeramente al hablar de las sombras que lo perseguían. —¿Sabes cuántas personas han muerto ya? Muchísimas, más de las que pueden comprender. Cometí el peor error al confiarme de que con este poder podría cambiar el mundo, pero solo dejé que me convirtieran en un arma. Todos me ven como una herramienta destructiva, Shadow.

Hizo una pausa, recordando los campos de batalla y los clanes milenarios que habían reducido a cenizas. —Tú lo has visto. Sabes cómo me siento realmente. Esta es una herida mortal que no sanará. La humanidad no me ve como un ser humano, y tengo que seguir con esto, eliminando a quien sea “por el bien de todos”. Es una carga que no compartiré con ustedes.

De repente, la oscuridad en el rostro de Carlos se disipó para dar paso a una sonrisa amable y cálida, una que Shadow guardaría en su memoria como un tesoro sagrado. La miró directamente a los ojos, transmitiéndole una última chispa de esperanza.

—Algún día sabrás si encuentras esa respuesta que tanto buscas, Shadow —dijo suavemente—. Quiero que me prometas que te volverás más fuerte. Cuando alguien necesite ayuda, no dudes en dársela. No olvides lo que te he enseñado. Y dile a Zani… dile que será la mejor, pase lo que pase. Sé que llegará a mi nivel, o incluso lo superará.

Shadow se quedó allí parada, viendo cómo la silueta de su maestro se desdibujaba en los recuerdos del pasado, mientras en el presente, en el desierto real, una lágrima recorría su mejilla de 32 años.

Zani, que había estado observando a su compañera en silencio, notó cómo el cuerpo de Shadow temblaba bajo el peso de esos recuerdos. Sabía que para Jins, el pasado era una herida que nunca terminaba de cerrar, pero el presente no les permitía el lujo de la melancolía.

Zani se acercó y puso una mano firme en el hombro de Shadow, sacándola de aquel trance doloroso. Sus ojos amarillos brillaron con una intensidad salvaje mientras olfateaba el aire cargado de ozono.

—Jins, basta —dijo Zani con una voz autoritaria pero cargada de preocupación—. Sé que lo extrañas, y sé que sus palabras te duelen más que cualquier herida de combate, pero el maestro nos pidió ser fuertes. Y ahora mismo, esa fuerza es lo único que nos mantendrá vivas.

Shadow parpadeó, limpiándose la lágrima traicionera con el dorso de su mano enguantada. El aura amargada que la rodeaba se afiló, transformándose de nuevo en el instinto asesino que la caracterizaba. —¿Qué pasa, Zani? —preguntó, recuperando la compostura.

Zani señaló hacia el cielo, donde las nubes comenzaban a arremolinarse en un patrón antinatural, formando un círculo de sombras que bloqueaba la luz del sol.

—No estamos solas —susurró la semi-humana, mostrando sus colmillos en un gruñido sordo—. Esa energía… no es de este mundo. No son demonios comunes ni guardianes de clanes. Es una presión divina, fría y despiadada. Son los ejecutores de los que hablaba la profecía de Amadeus. Lucifer y Gabriel ya han enviado a sus perros de caza.

Jins Shadow levantó la mirada. A lo lejos, entre las dunas, se materializaron varias siluetas vestidas con armaduras de plata líquida que emitían un fulgor violáceo. Estaban rodeando su posición, cerrando el laberinto del desierto sobre ellas.

—Parece que no quieren que lleguemos al maestro —dijo Jins, desenvainando su arma mientras una sonrisa feroz y desafiante aparecía en su rostro—. Qué lástima por ellos. No saben que se están metiendo con las dos alumnas que él mismo puso por encima de los dioses.

Zani se agachó en una posición de ataque, sus garras extendiéndose y su poder latente empezando a resquebrajar el suelo bajo sus pies. —Tú te encargas de los de la izquierda, yo iré por los de la derecha. Demostrémosles que aunque el maestro nos pidió olvidarlo, nunca olvidamos sus lecciones de combate.

El primer ejecutor se lanzó desde una duna con la velocidad del rayo, pero Jins y Zani ya se movían como una sola entidad, un torbellino de cabello blanco y rojo que estaba a punto de teñir la arena de sangre celestial.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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