The strongest warrior of humanity - Capítulo 171
- Inicio
- Todas las novelas
- The strongest warrior of humanity
- Capítulo 171 - Capítulo 171: Capitulo 171 entre la verdad y el gran plazo del camino
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 171: Capitulo 171 entre la verdad y el gran plazo del camino
Gojo cruzó el umbral de su mansión cargando a un Carlos destrozado. Los sirvientes se materializaron en los pasillos, formando una fila perfecta de cabezas bajas. Gojo ni siquiera los miró, su mente era un campo de batalla.
«Parece que vinieron por su cuenta, no pensé que estarían tan atentos», pensó mientras subía las escaleras de mármol. «En fin, debo dejar a esta princesa toda golpeada en su habitación, no vaya a ser que su príncipe azul venga a reclamarla».
Se detuvo frente a la puerta, el peso de Carlos en su hombro recordándole la realidad. «Hay cosas que tengo que averiguar. Ese tipo que poseyó a este inútil se debilitó de algún modo. Tuve que pelear contra ese ser que nunca había visto en mi vida… es alguien aterrador».
Gojo apretó la mandíbula. No era una simple lucha. Era el inicio de una guerra infinita. «Ya tengo a dos en la mira: Lucifer y ese bastardo. ¿Pero cómo carajos resuelvo esto? Carlos será ejecutado si no encuentro una justificación. Lo de Lucifer no fue tan grave, pero lo de ese Dios… fue horrible. La academia está hecha un desastre».
Carlos recuperó el conocimiento con un espasmo. El dolor golpeó su cráneo, pero el instinto lo obligó a observar su entorno. Estaba en un cuarto de una elegancia insultante, techos altos y detalles en oro.
—¿Este es…? —balbuceó Carlos, intentando enfocar la vista.
—¡Bienvenido a mi casa, rata rompe-hogares! —La voz de Gojo cortó el aire con su habitual tono burlón—. Me alegro mucho que hayas despertado, niña masoquista.
Carlos saltó de la cama, ignorando el mareo, con el rostro encendido de furia.
—¡Ehhhhhh! ¡Déjate de tonterías, idiota! ¡Dime qué pasó! ¡¿Por qué estoy en tu casa?!
—Antes de que digas algo, hay que hablar sobre una cosa, pero antes… —Gojo se interrumpió en seco.
Una presión intimidante aplastó la habitación. La puerta se abrió para dar paso a una mujer alta, de ojos negros profundos y cabello negro claro. Su mirada era una mezcla de paz absoluta y un terror latente.
—Oh, vaya, vaya, vaya… tú debes ser el hijo de Hina Sánchez —dijo ella, su voz fluyendo como seda sobre cuchillas—. Me alegro mucho que estés aquí. Han pasado años desde que nos vimos. Sé que es difícil de recordar, pero yo soy quien vio el espectáculo de Kenzo y la humillación que le diste a una de las doce grandes familias.
Se acercó a Carlos con una elegancia depredadora.
—A decir verdad, sé lo que pasó ahora y qué bueno que estás aquí, hijo. Me alegro que hayas regresado, sé que…
—Madre, no vine aquí para quedarme, tú sabes el porqué… —intervino Gojo, su voz perdiendo toda la comedia anterior.
Malrath mostró un destello de disgusto, pero su rostro rápidamente formó una sonrisa cargada de un extraño nerviosismo.
—Bueno, como decía, no te he dicho mi nombre: me llamo Malrath Velkan. Y sí, mi hijo se apellida Akinori Velkan. Es algo raro, ¿verdad? La razón por la cual mi hijo está distante conmigo es sobre su hermana, Laura. Te contaré esto ahora, ya que no tengo nada que ocultar…
—¡Mamá! ¡No le digas nuestros problemas! —rugió Gojo.
—¡Guarda silencio, hijo!
En un instante, el aura de Malrath explotó. Una fuerza invisible sacudió las paredes del castillo, demostrando quién poseía el carácter más fuerte en esa familia. Gojo se quedó mudo, sometido por la mirada de la mujer que gobernaba aquel imperio de sombras. El aire se volvió irrespirable. La historia de Laura estaba a punto de salir a la luz.
La luz de las lámparas de cristal en la habitación pareció temblar ante el peso de las palabras de Malrath. Gojo permanecía en un rincón, con la mirada oculta y la mandíbula apretada, mientras su madre se acercaba a Carlos, dejando que la verdad fluyera como un veneno necesario.
—Carlos, todo esto empezó desde que ocurrió la tonta idea estúpida de mi esposo —comenzó Malrath, su voz cargada de un resentimiento antiguo—. Él no sabe cómo comprender a su hija. Laura nació con un talento y un poder mucho mayor que el de nosotros. A los cuatro años, ella también despertó su poder, al igual que el tuyo, solo que fue un año de indiferencia relevante.
Malrath caminó hacia la ventana, observando los dominios del castillo.
—Muchos creen que se trata del poder Infinity, pero no es así. Se trata de su determinación; su fuerza aumentaba cada vez más. Cuando cumplió los diecisiete años, todo cambió. Su padre quería que fuera la heredera de los Akinori… algo que ocurre entre las doce grandes familias. No es solo herencia o títulos, es una responsabilidad y una carga muy pesada.
Una sonrisa nerviosa y melancólica cruzó el rostro de Malrath al recordar el acto de rebeldía de su hija.
—Mi hija se fugó de casa. No sabemos dónde está ahora, pero se dice que la han visto enfrentándose a monstruos y deteniendo a nobles corruptos usando mi apellido, Velkan. Es complicado para mí, pero me siento feliz y aliviada de que se haya hecho tan fuerte. Ella siempre fue mi mayor tesoro… y no quiero que regrese por una razón muy delicada.
De pronto, el tono de Malrath se volvió gélido, clavando sus ojos negros en Carlos con una intensidad que lo hizo retroceder mentalmente.
—Como has oído, Carlos, hay un gran problema. Sé lo que has hecho: hiciste una alianza con los elfos, vampiros, enanos, semi-bestias y, sobre todo, con los dragones. Eso es algo que jamás debiste hacer. Conozco muy bien a esa gente… son aterradores. Y no hablo de Sage; hablo de un ser mucho más peligroso que, por ahora, se encuentra entrenando muy lejos de su ciudad natal.Malrath dio un paso hacia él, su aura presionando el pecho de Carlos.
—Niño, ¿sabes en qué problema meterás a tus padres con esto? Sé lo que pasó con el Reino Platinos del Amanecer y sobre el Imperio. Esta guerra ya ha ido demasiado lejos. Hace unos meses estalló otro conflicto y, lamentablemente, muchos de nuestros hombres murieron. Josué y las doce grandes familias saben perfectamente lo que pasó en esa masacre.El silencio que siguió fue sepulcral. Carlos procesaba la magnitud del desastre: no solo era un fugitivo de la academia, sino que sus alianzas políticas habían despertado a monstruos que incluso la madre de Gojo temía.
—Sé que lo que hiciste fue con buenas intenciones, pero todo tiene un precio —sentenció Malrath—. Además, sobre los abismales, los gigantes y los dioses… ese es otro tema que tú y yo hablaremos. Pero antes, hay algo que tu padre te dio, ¿no?
Carlos asintió con pesadez. —Te refieres al libro, ¿verdad?
—Así que ese payaso te lo dio —suspiró Malrath, frotándose el rostro con frustración—. Vaya que inteligente me saliste, Josué… le estás dando una responsabilidad muy pesada. Mira, presta mucha atención: por nada del mundo leas ese libro, y menos el apartado del Caballero Solitario. Si lo haces…
—Mamá, ¿qué estás ocultando? —interrumpió Gojo, su voz cargada de una frialdad cortante.
—No se los puedo decir. Solo escúchenme: pase lo que pase, no lo abran ahora. No quiero que vean lo que hay ahí.
El rostro de Malrath no mostraba autoridad, sino un miedo absoluto. Carlos, sumido en sus pensamientos, sintió un escalofrío: «Esto es lo más delicado que he enfrentado. No puedo ser yo mismo si esto sigue así… lo leeré cuando sea el tiempo adecuado».
—Mi hijo fue a investigar y un abismal apareció —continuó Malrath—. La batalla fue desgarradora. Si no fuera por él y por ese sabelotodo de Shirou…
—¿Conoces a Shirou? —preguntó Carlos, arqueando una ceja.
—Por supuesto. Siempre me molestaba cuando estaba con Hina y nuestros amigos. Desafortunadamente, ellos murieron en ese lugar. Me sentí tan mal… no solo por ellos, sino por los estudiantes.
Carlos comprendió entonces la ausencia de sus maestros. «Por eso Gojo no estaba en clases, y Shirou igual. El plan de Gabriel ha comenzado; planea una guerra que no se ha visto en mil años».
Mientras tanto, en las profundidades del Abismo, la realidad se resquebrajaba. Gabriel caminaba entre explosiones devastadoras provocadas por sus hechizos de combate. Cada estallido reducía todo a cenizas, dejando huecos capaces de aniquilar la tierra misma.
—Mis habilidades han mejorado gracias a esos sacrificios en la mazmorra —murmuró Gabriel con una sonrisa melancólica—. Todo está listo para traer de vuelta a Astaroth. Este es solo el comienzo de un nuevo anochecer… ¿o me equivoco, Laxus?
De entre las sombras surgió una figura imponente.
—Vaya jugada has hecho estos meses, gran Gabriel… o mejor dicho, Soberano Vhalgrim —respondió Laxus con voz cavernosa—. Parece que no eres el único que ha olvidado mi apodo. Soy el más antiguo de ustedes; he vivido una vida eterna sin encontrar nada que llamara mi atención.
Laxus se detuvo, sus ojos brillando con un hambre milenaria.
—Hasta que llegó la existencia del Dios Nocturno… o mejor dicho, Noctyrael. Ese humano que se convirtió en Dios fue algo grandioso. Ese loco mató a todos; razas enteras desaparecieron en aquella época. ¡Vaya festín de sangre fue aquel!
—Hablando de eso… —continuó Gabriel, observando cómo el humo se disipaba—, he investigado algunas cosas y esto va de maravilla. Ya conseguimos más aliados y los demás clanes están a nuestro favor. El mayor problema es…
Laxus lo interrumpió con un gesto de desdén. —Si no tienes el porqué decirlo… Las grandes razas están en estos momentos con Tanaka Sánchez. Parece que él está reuniendo a sus aliados más poderosos, pero eso no será posible; cada uno de ellos está siendo cazado en este preciso instante.
Una sonrisa retorcida se dibujó en el rostro de Laxus. La crueldad en sus ojos era milenaria. —Vaya, tú sí tienes más tiempo de lo normal. Ojalá fuera así… —suspiró, perdiéndose un segundo en sus pensamientos—. ¿Qué tan fuerte es ese mocoso? Tengo dudas de si en verdad resulta ser fuerte; valdría la pena, al menos, no matarlo de inmediato. Ahora que lo pienso… ¿qué pasará con Lucas? Ha pasado un tiempo desde que lo mandaste a esa misión. ¿Se puede saber de qué se trata?
Gabriel soltó una risa seca, una que carecía de cualquier rastro de humanidad.
—Oh, bueno… en realidad lo mandé a que vigilara al chico de cabello blanco. Ese tipo es un dolor de cabeza, me dio muchos problemas en la mazmorra. Es fuerte, Laxus. Si te enfrentas con él, no lo subestimes; es capaz de matar a quien sea a sangre fría. Puede parecer confiado, pero no olvides las debilidades de los demás… y Lucas es el punto clave para que Gojo pierda esa confianza de antes.
Gabriel miró hacia la dirección donde se encontraba la superficie, como si pudiera ver a través de las capas de tierra hasta la mansión Velkan.
—Veamos cuánto tiempo durarás con esa arrogancia, Akinori Gojo. Por cierto… me enteré de que la señorita Sayu salió del Abismo. ¿Se puede saber a dónde habrá ido?
—No tengo la menor idea de dónde carajos está esa patética —respondió Gabriel con desprecio absoluto—. Ni me interesa saberlo. Al final de cuentas, ella solo será un sacrificio más para nuestros planes. No vale la pena tenerla aquí de todos modos. Ten en cuenta algo, Laxus: si alguien intenta sabotear todo, no dudes en acabar con esa escoria.
El eco de la risa de Gabriel rebotó en las paredes de roca viva, una melodía de puro desprecio que parecía alimentar la oscuridad del Abismo.
—Sobre todo, no dejes a nadie con vida. ¿Te quedó claro, Laxus? —La voz de Gabriel era ahora un filo cortante—. No quiero errores. Sabes muy bien que necesito a todos nuestros ejércitos para la guerra que vendrá muy pronto. Además, Robert ya hizo su parte dejando un mensaje claro.
Gabriel caminó sobre las cenizas, deteniéndose un momento mientras recordaba las bajas en sus filas. —Es una pena que Ling haya muerto en batalla; era uno de los guerreros abismales más fuertes. No pensé que él sería capaz de acabar con él… ¿Qué pasaría si Shu se entera de esto?
Una risa cargada de ego y desprecio resonó por todo el lugar. —¡Jajaja! Me sorprende que ese infeliz sepa tanto sobre nosotros. ¿De verdad cree que nos matará uno por uno? Qué patético. ¿Cree que con ese poder podría hacer algo contra nosotros?
De pronto, el aire se volvió pesado, saturado de una energía que hacía gemir a la misma realidad. Una figura imponente emergió de la bruma oscura: un hombre musculoso, de una estatura colosal y una mirada penetrante capaz de hacer temblar los cimientos de cualquier mundo.
—Parece que ustedes están muy cómodos hablando —dijo Skorn.
Sus cuernos eran tan afilados que daban la impresión de poder atravesar el espacio mismo. Pero lo más aterrador no era su físico, sino lo que llevaba en su mano: Khaos.
La espada de Khaos, un arma legendaria forjada en los rincones más profundos del infierno, latía con un hambre antigua. Imbuida con el poder del caos y la destrucción absoluta, su hoja oscura y retorcida no reflejaba la luz, sino que la absorbía, dejando a su paso un rastro de sombras vivas y desesperación pura.
Skorn clavó la punta de Khaos en el suelo abismal, provocando una onda expansiva de energía negativa.
—Déjense de risas —sentenció Skorn, mirando a Gabriel y Laxus—. Si ese chico Carlos terminó con Ling, significa que el despertar de Noctyrael está más cerca de lo que sus burlas sugieren. Si no nos movemos ahora, el festín de sangre que tanto ansían será el de nuestros propios ejércitos.
—Vamos, no seas tan ingenuo, Skorn —dijo Gabriel con una calma gélida—. Todo va saliendo bien. Sobre los diez legendarios héroes, aún quedan sobrevivientes; debemos acabar con ellos. Si no lo hacemos, serán un problema mucho mayor. Supongo que esto no será suficiente, al parecer.
—No tienes por qué preocuparte por esos débiles —gruñó Skorn, apretando el puño—. Ni siquiera fueron capaces de matar al Dios Nocturno, mucho menos podrán hacernos frente a nosotros. Recuerda que Sara, la heroína de la esperanza, sigue desaparecida. No sabemos nada sobre esa humana.
—Tienes mucha razón —suspiró Gabriel, pero su mirada se volvió letal—. Skorn, te pediré un favor.
—¿Qué dijiste? ¿Desde cuándo pides favores, Gabriel? —respondió Skorn con desdén.
—Déjate de tonterías y hazlo. Tu misión será aniquilar a esa chica llamada Mio Amaya. Me di cuenta de algo: esa chica es muy valiosa para Carlos. Cuando lo hagas, quiero que me traigas, como mínimo, su cabeza. Quiero ver la reacción de Carlos… quiero verlo sufrir, quiero verlo quebrarse hasta quedar hecho pedazos. Sería tan placentero que me daría curiosidad saber de qué más es capaz. Quiero verlo sufrir de la manera más horrible posible.
Skorn se encogió de hombros, indiferente ante la crueldad de su aliado.
—Veo que sigues siendo el mismo de siempre. En fin, déjamelo a mí, igual no tengo nada que hacer ahora. Si me disculpan, tengo que entrenar para la guerra dentro de un año. Solo hay que vigilar.
Skorn se dio la vuelta y caminó sin mirar atrás, dejando solos a Gabriel y Laxus en la inmensidad del vacío.
Oculta entre las sombras de las rocas abismales, Amadeus escuchaba cada detalle. El horror se apoderó de ella al comprender la magnitud del plan: Sayu sería asesinada y masacrarían a todos sin piedad. El trauma de lo que estaba por venir la dejó paralizada, consciente de que el tiempo se agotaba para sus aliados en la superficie.
Mientras tanto, en la mansión, Malrath Velkan continuaba su advertencia, ignorando que el enemigo ya había marcado a Mio como su próximo objetivo.
—Sobre los Gigantes, hay que hablar primero —sentenció Malrath—. Hay historias que dejan claro que son los seres más poderosos de todos los mundos y de cada inframundo; enfrentarlos cuesta la vida. Se dice que hace millones de años hubo enemigos mucho más poderosos que nosotros, seres que aún no conocemos.
Malrath miró fijamente a Carlos, su voz volviéndose un susurro perturbador.
—Hina, tu madre, fue testigo de cómo acabaron con sus compañeros cuando fueron a explorar la zona. Fue algo espantoso. Reaccionaron de forma violenta al ver a tu madre con ese poder, como si conocieran perfectamente de dónde proviene. Carlos, esto es algo sumamente importante: no vayas a ese lugar.
Se acercó un paso más, su aura envolviendo al chico.
—Te lo digo porque hay cosas que no debes saber. Ahora solo eres un niño; alguien como tú no debe conocer el hecho de lo que hay detrás del poder de tu madre. Tu poder y el de ella son distintos. Al igual que el del Dios Nocturno… ustedes tienen algo sumamente distinto por lo tanto.
—Carlos, quiero pedirte un favor —dijo Malrath, con una voz que rozaba la súplica pero mantenía su peso de autoridad.
—Claro, por supuesto… ¿De qué se trata? —respondió Carlos, intrigado por el cambio de tono.
—Quiero que me ayudes a buscar a mi hija. Es urgente. No puedo dejar de pensar en lo que podría pasarle… te lo pido como la madre de Gojo: búscala.
Gojo, que había permanecido en un rincón sumido en sus propios demonios, estalló. Sus ojos brillaron con una mezcla de rabia y dolor contenido bajo su venda.
—¡Mamá! ¿Por qué le estás pidiendo esto a Carlos? ¡¿Por qué?! —exclamó, dando un paso al frente—. ¿Acaso no puedes dejar en paz a mi hermana?
La mirada de Malrath se volvió siniestra en un parpadeo, una advertencia fría que heló la habitación. —Hijo, ya basta. No hay tiempo. Además, él…
—Lo sé, Malrath —interrumpió Carlos, bajando la cabeza con una expresión desanimada—. Lo entiendo. Sé que por mi culpa murió mucha gente en la academia. Por mi culpa… lo único que puedo hacer es enfrentar las consecuencias.
Carlos apretó los puños, su resolución endureciéndose. Sabía que el tiempo jugaba en su contra, pero no podía huir para siempre.
—Pero antes, quiero participar en el festival del año. No puedo ignorar eso por ahora. Quedan tres meses; después de eso sabré sobre mi sentencia. Por ahora, tengo que irme de inmediato. Debo regresar a la academia y reparar el daño.
Carlos se giró hacia el cuya figura parecía más pesada que de costumbre bajo el techo de su propia casa.
—Gojo… es hora de irnos.
Gojo no respondió de inmediato. Miró a su madre, luego a Carlos, y finalmente hacia el vacío. La mención de Laura y la carga de los Akinori parecían haberlo anclado al suelo del castillo.
—¿Gojo? —insistió Carlos, notando el extraño silencio de su compañero.
—Ya veo. Así que estás ignorando todo, ¿no es así, Gojo? —dije en voz baja.
Caminé hacia él con paso lento. Al estar frente al hombre más fuerte que conocía, puse mis manos sobre sus hombros, sintiendo la tensión que lo recorría.
—Oye, todo estará bien. Si yo traigo a tu hermana, es una promesa. Sé que ella desearía que estuvieras orgulloso de ella. Yo sé perfectamente por qué lo hizo; si yo estuviera en su lugar, haría lo mismo. Una responsabilidad conlleva un gran peso en nuestras vidas, y no todos están destinados a cargar con él.
Asentí mirándolo fijamente, pero por dentro, una punzada de culpa me atravesaba. Una culpa que solo yo podía entender porque, en el fondo, él estaba pasando por lo mismo que yo. El destino nos había puesto en el mismo camino de soledad y poder.
«Trataré de ayudarlo…», pensé, hundiéndome en mis propias reflexiones mientras mis ojos se desviaban hacia una mesa cercana.
Allí descansaba una fotografía. En ella, un Gojo más joven sonreía junto a una persona que no conocía, pero la conexión entre ambos era evidente en la imagen: eran mejores amigos, quizás más que hermanos. Al ver la foto, noté cómo Gojo bajaba la mirada, ocultando sus ojos , tratando de contener el dolor más profundo que un ser humano puede albergar.
Era un dolor que no se podía curar con magia ni con fuerza; era el rastro de un destino que simplemente decidió ser cruel.
Malrath observaba la escena en silencio, viendo cómo el chico de Hina Sánchez lograba penetrar las defensas emocionales de su hijo.
—Gojo —dije finalmente, apretando ligeramente sus hombros para traerlo de vuelta a la realidad—. La academia nos espera, y tu hermana nos necesita en algún lugar de este mundo roto. No podemos quedarnos aquí mirando las cenizas del ayer.
Gojo soltó un suspiro tembloroso, ajustándose la venda con un gesto automático antes de recuperar, poco a poco, su postura rígida.
Gojo miró a Carlos fijamente. En ese momento, su mirada reflejó algo que Carlos reconoció de inmediato: la misma determinación y admiración que su hermana Laura solía proyectar. Era una conexión silenciosa, la comprensión mutua de la soledad de un caballero que entregó todo y se quedó sin nada.
Una sonrisa, esta vez más genuina, apareció en el rostro de Gojo.
—Está bien, Carlos, tú ganas. Hay que irnos. Hay cosas que debemos hacer si quieres que te salve, niña asustada.
Carlos guardó silencio por un segundo, asimilando la respuesta. Malrath los observó a ambos desde el centro del salón, y una sonrisa cálida, casi hermosa, suavizó sus facciones.
«Veo que ellos dos serán muy buenos amigos», pensó Malrath. «Me recuerda tanto a cuando conocí a Josué… pero…».
De pronto, un pensamiento oscuro la invadió. Se sintió profundamente alterada; mencionar ese nombre le resultaba cruel, casi insoportable. «Sigo pensando en lo que podría haberle pasado… ¿y si en verdad muriera?». Esa pregunta rebotaba en su mente sin encontrar salida. Malrath solo deseaba una cosa: que su hijo y su vieja amiga Hina no sufrieran por las sombras que acechaban a Josué.
Gojo se dio la vuelta, recuperando su postura imponente, listo para dejar atrás el castillo de su familia.
—No perdamos más tiempo —dijo Gojo, encaminándose hacia la salida—. El festival no esperará y la academia no se va a reconstruir sola.
Carlos asintió, sintiendo el peso del libro y la responsabilidad de la promesa que acababa de hacerle a Malrath. El destino de Laura, la amenaza de Gabriel y la sentencia que pesaba sobre su cabeza eran ahora una sola misión.
—Antes de que ustedes dos se vayan —dijo Malrath, manteniendo su voz fuerte—. Carlos, quiero hablar contigo a solas. ¿Crees que podrías regalarme esos minutos?
Ella estaba nerviosa, pero su rostro era indescifrable, como si lo que estaba a punto de decir fuera una herida abierta para ella misma. Gojo volteó a ver a su madre; la seriedad en su mirada fue suficiente. Él lo entendió y se retiró primero, dejándolos solos.
—Carlos, hay algo que quiero que sepas: por nada de este mundo dejes morir a tu padre —sentenció ella—. No dejes morir a nadie. Sé que esto será lo más doloroso y cruel, pero hay algo que me invade y me aterra decírtelo…
Carlos guardó silencio. Su rostro se desfiguró en una mueca de horror y miedo, revelando una tristeza profunda. Apretó los dientes para contenerse; no era la primera vez que escuchaba esas advertencias. Tras un suspiro, bajó la mirada y luego la levantó con una determinación renovada.
—Haré lo que esté a mi alcance. Haré todo lo que pueda —respondió Carlos—. No sé si logre lograrlo, pero… yo también tengo miedo de perder a alguien más. Esto me recuerda a alguien que me enseñó algo: ¿de qué sirve ser un caballero si no lo das todo? Él siempre mantenía esa sonrisa de orgullo. Él es mi ejemplo.
—Hablas de ese caballero, ¿no? —replicó Malrath—. Veo que estaría orgulloso de ver cómo alguien como tú lleva la magnitud del Caballero más fuerte de todos.
Malrath dio un paso hacia él, y su voz empezó a temblar al recordar algo aterrador.
—Hay algo más: se trata sobre la reina de los dragones, Sage. Es peligrosa; no la hagas enojar porque es capaz de destruirte. Pero hay alguien mucho más fuerte en ese reino. Esa persona no está aquí ahora, pero si te lo cruzas, ni se te ocurra enfrentarlo. Ni lo intentes si no quieres morir de la manera más cruel. Su nombre es… el Dios General Dragón.
Ella tragó saliva, el miedo era palpable.
—Él es más fuerte que el Dragón de la Felicidad. Ambos comparten un poder mágico que supera toda lógica; dos entidades por encima de los dioses. ¿Sabes lo que eso significa? Nadie puede enfrentarlos, excepto una persona… el Dios Nocturno. Hina me lo advirtió; él es mucho más fuerte que yo.
Malrath recuperó su faceta más dura, aunque la sombra de la guerra ya caía sobre ellos.
—No puedo quedarme atrás. La guerra llegará. Ahora estamos contra el Imperio. Josué me dio el informe: nuestros soldados fueron aniquilados por Robert, uno de los 14 abismales más fuertes del inframundo. Un conquistador que nunca ha perdido una batalla… Sin embargo…
Una mirada siniestra se dibujó en su rostro mientras clavaba sus ojos en Carlos.
—Tú mataste a uno, ¿no es así, Carlos Tanaka Sánchez? Sé de lo que eres capaz. Tu poder cada vez se vuelve más agresivo. Sería mejor que lo uses. Creo que ya tienes que irte. Nos veremos en la guerra dentro de muy poco. Yo tengo cosas que hacer.
Con esa última sentencia, Malrath se dio la vuelta para marcharse, dejando a Carlos con el peso de nombres que hacían temblar a los dioses y el eco de una masacre que apenas comenzaba.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com