The strongest warrior of humanity - Capítulo 172
- Inicio
- Todas las novelas
- The strongest warrior of humanity
- Capítulo 172 - Capítulo 172: capitulo 172 algo inesperado ocurrió
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 172: capitulo 172 algo inesperado ocurrió
Gojo estaba afuera, apoyado contra una de las columnas de mármol del castillo, esperando a que Carlos terminara su conversación con Malrath. El silencio del lugar le permitía hundirse en sus propios pensamientos, unos que se volvían más oscuros con cada segundo.
«¿En qué momento me volví tan fuerte?», se preguntó, mirando sus propias manos. «Desde que me enfrenté a Gabriel y ahora al Dios Nocturno, he notado que yo podría ser la causa por la cual no me han matado aún… ¿Será por eso? No tiene sentido para mí. Presiento que todo se va a venir abajo».
Suspiró, sintiendo el peso de los siglos sobre sus hombros. La situación de su hermana, la sombra de su padre, los problemas actuales y esa mezcla de culpa y resentimiento que cargaba como una armadura pesada. «Tarde o temprano llegará el día en que yo caiga… Pero no puedo rendirme ahora. Hay lugares que quiero conocer, y debo hacerme lo suficientemente fuerte para proteger a Arlette. Es la única manera… ellos deben estar tramando algo desde que…».
De pronto, Gojo se quedó callado. Sus sentidos, agudizados por años de combate, detectaron una presencia. Era peligrosa, algo que no había percibido antes porque ocultaba su maná con una maestría casi perfecta.
—¡Buuu!
Los ojos de Gojo se movieron como rayos, escaneando el entorno con una velocidad sobrehumana, pero no vio nada a su altura.
—Oye, tonto estúpido, viejo llorón patético… te estoy mirando y veo que te haces el más idiota de los idiotas
Gojo parpadeó, confundido, hasta que bajó la vista. Allí estaba Shiro. Tan pequeña que casi pasaba desapercibida, pero con una lengua tan afilada como siempre. Como dicen por ahí: mientras más chaparra, más agresiva.
—Oh, vaya, jajaja… No te había visto, Shiro —soltó Gojo, recuperando su tono burlón—. Parece que ya estás bien después de que te dieran una paliza.
—No seas tan ingenuo, Gojo —respondió Shiro, cruzándose de brazos con una expresión feroz—. No me dieron una paliza, mejor dicho casi me matan por mis tonterías. Pero como sea, logré librarme de esa situación. ¿Pero qué hay de ti? Te vi muy entretenido con él. No olvides que el Dios Nocturno es el ser más peligroso y fuerte que existe por el momento.
Shiro dio un paso adelante, su pequeña estatura no disminuía en nada la seriedad de su advertencia. El aire entre ambos se tensó; sabían que la tregua en ese castillo era solo el ojo del huracán.
—No es mi culpa que tú seas tan alto, Gojo —murmuró Shiro, desviando la mirada hacia el suelo—. Además, vine a ver cómo se encontraba Carlos. Sigo preocupada después de lo que pasó… no quiero que caiga en depresión, ya no más.
Gojo se quedó congelado. Aquella frase, «ya no más», resonó en su cabeza como una campana fúnebre. Un silencio profundo invadió sus pensamientos.
«¿A qué se refiere con “ya no más”?», se preguntó Gojo, sintiendo un nudo en el estómago. «¿Acaso hay cosas que están ocurriendo frente a mis ojos y ni siquiera me doy cuenta? Presiento que esto ya no es normal. Hay algo que está invadiendo a Carlos… algo que lo consume».
Gojo bajó la vista hacia Shiro y lo que vio lo dejó sin palabras. Los ojos de la pequeña guerrera brillaban con una tristeza absoluta, una pena tan antigua y pesada que parecía no pertenecer a alguien de su edad..
—Shiro… ¿qué pasa? ¿Por qué…? —Gojo intentó preguntar, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
—Oh, vaya, aquí están ustedes —la voz de Carlos interrumpió la pesadez del momento—. Ahora que lo pienso, ¿qué te trae por acá, Shiro?
Carlos cruzó el umbral de la puerta, saliendo del castillo con el peso de la conversación con Malrath todavía reflejado en sus hombros. Al ver a Shiro allí, su expresión de cansancio se transformó en una de curiosidad, aunque sus instintos seguían alerta.
Shiro dio un respingo, tratando de ocultar rápidamente el brillo de sus ojos y recuperando su fachada de chica dura, aunque el aura de melancolía seguía flotando a su alrededor. Gojo, por su parte, se quedó observando a Carlos de una manera distinta, analizando cada gesto, cada sombra en su rostro, buscando entender ese “ya no más” que Shiro había soltado como una advertencia silenciosa.
Gojo no se detuvo, ni siquiera se giró para ver la expresión de Carlos. Su voz, carente de su habitual sarcasmo, sonaba como el filo de una guadaña.
—Carlos. No sé qué te pasó, pero es la segunda vez que dos personas de las más poderosas de la tierra logran poseerte solo para que mates a personas inocentes. Te diré una cosa: si veo que alguien más intenta robarte, no me dejarás de otra más que matarte yo mismo. Por tu bien y por el mío.
Gojo apretó el paso, pero sus palabras seguían cayendo como martillazos.
—Es mejor que empieces a cambiar y dejes esa mierda que estás cargando. Solo harás que tú sufras y que las personas que te rodean, al preocuparse por ti, terminen muriendo. Así es la vida, Carlos. Nadie podrá depender de ti; ellos mismos tienen que superar sus propios límites. Somos Caballeros, pero no estamos preparados para hacerlo todo. Tú te comportas como alguien que no acepta perder…
Gojo se detuvo un instante, mirando el horizonte marchito.
—Lo que una vez juraste proteger, no podrás hacer nada, Tanaka. Este es el mundo que alguna vez soñé, que todo sería hermoso y sin maldad… pero donde quieras que vayas, siempre habrá personas que quieran destruir todo lo que amamos.
Carlos se quedó inmóvil, procesando la amenaza de muerte de su propio aliado. Luego, dirigió su vista a la pequeña figura que estaba a su lado.
—¿Shiro? Te noto muy nerviosa… antes no eras así. Bueno, después de que tuvimos problemas contra el Dios Nocturno que tomó mi cuerpo… la verdad no sé cómo lo hizo. Tal vez sea porque soy débil a medida que avanza mi alma. Pero eso será en otro momento.
Shiro no respondió de inmediato. Sus manos temblaban y evitaba la mirada de Carlos, como si temiera que, al verlo, encontrara de nuevo a la entidad aterradora que casi la aniquila. El peso de la culpa de Carlos se mezclaba con el miedo real de Shiro, creando una brecha de silencio en la entrada del castillo.
Solo era eso que te quería decirte se que han pasado tiempo desde que nos conocimos en la academia igual tu Shiro todos hemos cambiado por lo mucho que vi me asusté en verdad… No sabes cómo me dolió que ni siquiera me escucharas cuando te dije Shiro nooo solo hiciste que tú perdieras tus brazos.. y además quién carajos es esa chica de cabello rubio y que además estaba una criatura mucho más peligroso y monstruoso que jamás había visto.. Carlos hay cosas que nos has estado ocultando esperó que tengas una razón por la cual no quieres revelar nada en fin me iré a la academia para respetar y dar un pésame por las personas que han muerto por tu culpa y por dejar que él tomara control de tu cuerpo..
Gojo se había ido dejando a solos ellos dos. La mirada de Carlos estaba más claro estaba irritado molesto por las palabras de gojo akinori suspiro mirando a Shiro hay que irnos no quiero estar aquí su voz sonó cortante…
Esta bien por cierto cambiando el tema quiero que me acompañes a un lugar quiero decirte algo muy importante te parece bien si nos iremos con el reino Frostglen… Para distraernos un rato mientras ellos no te encuentren todo estará bien por mi parte..
Carlos sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. Aquella risa… era una frecuencia que su corazón reconocería incluso en el fin del mundo.
—Holi… vaya, jajaja, esto es hermoso, ¿verdad? —La voz de Shimizu acarició sus oídos con una calidez que le resultaba dolorosa—. La vista me recuerda mucho a aquellos días donde visitamos este lugar. Fue el día que tú y yo tuvimos un reencuentro tan agradable, ¿no?
Carlos finalmente se obligó a mirar. Shimizu estaba allí, radiante, con la misma luz en los ojos que él creía haber perdido para siempre tras su ejecución y el sellado de ella. El mundo entre la Vida Eterna y el Regresor colisionó en ese pequeño rincón de paz.
—Shiro… ¿Por qué? —balbuceó Carlos, con la voz quebrada, mirando a la pequeña Shiro y luego a Shimizu—. ¿Cómo es que tú…?
—Es algo difícil de explicar —respondieron ambas Shiros al unísono.
La Shiro pequeña dio un paso al frente, mientras la Shimizu adulta mantenía esa sonrisa melancólica.
—Carlos, no soy una extraña, ni tampoco una simple coincidencia —dijo la Shiro pequeña, su voz entrelazándose con la de su versión mayor—. Cuando fui sellada, el dolor y la desesperación de dejarte solo fueron tan grandes que mi alma se fracturó. Una parte de mí se quedó custodiando este reino, esperando el momento de volver a verte… y la otra, la más pequeña y rebelde, logró manifestarse en tu mundo para ser tu escudo.
Shimizu (la mayor) se acercó a Carlos, y aunque no lo tocó, su presencia emanaba un calor que calmaba el frío que el Dios Nocturno había dejado en su alma.
—Te trajimos aquí porque en el mundo exterior, el tiempo se agota. Gojo tiene razón en algo: te estás perdiendo a ti mismo. Pero se equivoca en que estás solo. Estamos aquí porque el Reino de Lucy es el único lugar donde tu alma puede sanar antes de la masacre que se avecina.
Carlos se encontraba en medio de la mayor revelación de su vida. La persona que más amaba y la compañera que lo seguía eran la misma esencia, dividida para sobrevivir a la tragedia.
—Te seré honesta —dijo Shimizu, su mirada perdiéndose en el horizonte del recuerdo—. Lo que ves aquí solo es un recuerdo de cuando visitamos este reino… ¿Recuerdas el Bosque de los Espíritus? Fue ahí donde todo comenzó con mi sello y luego tu ejecución en el Reino del Dios Demonio.
Ella bajó la vista, y por primera vez, Carlos vio una grieta en su invulnerabilidad.
—No hice prácticamente nada para salvarte. Me confié, dejando que él me tendiera una trampa para deshacerse de mí. Sabían que yo era una gran amenaza, al igual que la Iglesia o el Dios Nocturno. Tú y yo somos culpables de esta tragedia.
Pero de pronto, su tono cambió, recuperando esa chispa de determinación que siempre la caracterizó.
—Pero esta vez no dejaré que mueras otra vez. Por eso mi “yo” más pequeña… aunque, a decir verdad, tiene buenos ángulos. Me da envidia que ella pueda estar tan cerca de ti…
—¡Oh, vamos! No seas tan llorona, Shimizu —interrumpió la Shiro pequeña, cruzándose de brazos con orgullo—. Recuerda que gracias a mí creé un clon para que pudieras vivir libre por ahora. Pero dime, ¿cómo funciona ese poder que me has dado? Nunca lo había visto. ¿Cómo se llama?
Shimizu suspiró, y el aire alrededor de ella se volvió denso, casi eléctrico. La atmósfera del reino pareció encogerse ante la mera mención de su fuerza.—A decir verdad, ese poder se llama Kuromi —explicó Shimizu seriamente—. Es un poder derivado del Poder Nocturno, pero es difícil de explicar. Pasé más de un millón de años sellada… y a decir verdad, esto ya me da algo de miedo. Si ahora mismo hago un movimiento en falso, podría destruir todos los planetas y universos de otras dimensiones, de mundos desconocidos.
Miró a Carlos a los ojos, con una seguridad que resultaba aterradora.
—Esto me llevó a ser la más fuerte, alguien a quien nadie puede derrotar. Tal vez tú pierdas, Carlos, pero no hay nadie que pueda detenerme a mí. ¿Recuerdas cómo humillé a los abismales yo sola? En esa batalla no hubo nadie que pudiera vencerme… Solo Sayu fue capaz de hacerme frente, pero jamás pudo ganarme.
Mientras Shimizu hablaba de su poder absoluto, Carlos sentía cómo la presión en su pecho aumentaba. Estaba frente a la entidad que podía borrar la existencia misma, y esa entidad era la persona que más amaba. Sin embargo, el “remedio” de Kuromi parecía ser tan peligroso como la enfermedad de Gabriel.
En la distancia del recuerdo, el cielo del Reino de Lucy empezó a tornarse de un violeta oscuro. La conexión con el mundo real estaba empezando a tirar de ellos.
Parece que hay problemas muy serios dime algo Carlos aún tienes resentimiento hacia tu hermano mayor? Ha pasado un tiempo desde que Kronos y yo salimos mal por querer tener todo el control del continente, pero no creí que te usarán como una simple herramienta al igual que yo me usaron como una bomba nuclear jajaja que buen chiste verdad Carlos pero ya fuera de bromas. Eh notado que no has dominado nada pero si llegas perder el control de ti mismo por una perdida más o una herida sabes lo que pasaría verdad?
Si lo tengo más que claro que me mataras aunque te duela tendrás que hacerlo además no quiero perder mi humanidad prefiero ser asesinado en vez de convertirme en un monstruo.. ya estoy cansado hay culpas y penas que hay en este mundo me siento más patético que sería de mi si caigo ?
Ejem… Shiro carraspeó, rompiendo el ambiente que empezaba a sentirse demasiado cómodo.
—Perdón por interrumpir su momento amorío, pero hay algo que tengo que decir.
El silencio se tensó de inmediato.
—Dime algo —dijo Shiro—. ¿Quién era esa chica que mencionó Gojo?
—¿Te refieres a Eime…?
La voz de Shimizu se adelantó, firme, cargada de autoridad.
—Mejor te lo diré yo, mocosa. En realidad, ella es una guardiana de Carlos. Aunque no es la única.
Todos contuvieron la respiración.
—En total son sesenta y ocho guardianes. Cada uno a un nivel comparable al de un dios… o mejor dicho, seres capaces de derrotar a cualquiera sin importar qué método utilicen.
La presión en el ambiente aumentó.
—Ella es Eime. La chica que mencionó Carlos. La vi luchar contra personas mucho más poderosas que nosotros. Tiene un pasado horrible. Pero lo que más me sorprende es que pueda controlar a Emperor.
El nombre cayó como un golpe.
—Esa criatura no es normal. Cada vez que se acostumbra a sus rivales, se vuelve imposible de vencer. Incluso si usas todo tu poder, solo haces que se adapte aún más. Por eso es uno de los seres más peligrosos de todos los tiempos.
Un escalofrío recorrió a todos.
—Y aun así —continuó—, Eime no le llega ni a los talones a Emilia.
El aire pareció volverse más pesado.
—Esa mujer es capaz de matarte sin rencor alguno. Tiene el apodo de la Parca de la Muerte. No es un título simbólico. Ella es la muerte misma.
Las imágenes del pasado parecían filtrarse en sus palabras.
—Ha matado a más gente durante los años. Lo digo porque fui testigo de esa masacre. Tú lo sabes. Lo viste. Tus guardianes son algo digno de temer… pero mi mayor terror fue verla matar a los dioses caídos y a los antiguos.
La mirada de Shimizu se clavó en Carlos.
—Carlos, en verdad tienes gente poderosa. Pero dime algo… ¿por qué no los llamaste cuando te ejecutaron?
Carlos no respondió.
El silencio fue su única defensa.
Sabía la respuesta. Sabía que, si Emilia hubiera estado allí, nadie habría sobrevivido. No aliados. No amigos. No enemigos.
Ella era peor que Yuki.
Mucho peor.
¿Qué habría pasado si eso ocurría?
La pregunta quedó suspendida en el aire, sin respuesta.
En este mundo no habría quedado nada.
Solo polvo Y cenizas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com