The strongest warrior of humanity - Capítulo 175
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Capítulo 175: Capitulo 175 ¿esto será amor ?
—Acabemos con—
Yins se detuvo.
Algo cambió.
No era energía abismal.
No era oscuridad.
Era… desagradable.
Una presencia que no pertenecía a ese campo de batalla.
Giró bruscamente.
—¡Zani, aléjate de aquí ahora mismo!
Zani frunció el ceño, sin comprender del todo. —¿Qué—?
Pero ya era tarde.
El aire se comprimió.
El cielo, que aún estaba rasgado por la guerra, vibró como si una voluntad superior hubiera descendido sin anunciarse. La presión no era destructiva… era dominante. Autoritaria. Como si el espacio mismo reconociera a quienes acababan de llegar.
Varias siluetas emergieron entre la distorsión.
Angélica.
Saleh.
Melissa.
Alefa.
Hina.
Y finalmente…
Josué.
Habían llegado.
Sus miradas recorrieron el campo cubierto de cadáveres desintegrándose, restos de energía abismal aún flotando en el ambiente. El silencio se volvió pesado.
—¿Quiénes son ellos, Yins? —preguntó Zani en voz baja.
Yins apretó los dientes.
Mierda.
¿Por qué están aquí?
Ellos no deben saber nada sobre nosotras.
Su aura roja volvió a intensificarse instintivamente.
—Debo acabar con esto ahora mismo…
Pero no se refería al general.
Se refería a la situación.
Angélica dio un paso al frente, observando el lago de sombras que apenas comenzaba a desaparecer.
—¿Qué fue lo que hicieron…?
Saleh miró los restos en el suelo. —Esto no es una batalla común.
Josué no dijo nada.
Solo miró a Yins.
Directamente.
Como si intentara atravesar su máscara.
El general, aún recomponiéndose a la distancia, soltó una risa débil.
—Ah… así que ahora se complica.
Yins sintió la presión crecer.
No podía permitir que vieran demasiado.
No podían entender lo que realmente eran.
Porque si lo descubrían…
Todo cambiaría.
El cielo volvió a vibrar.
Y esta vez, la verdadera amenaza ya no era el enemigo.
Era la verdad.
Será mejor que cierres tu perra boca, maldita escoria.
No hubo advertencia.
No hubo movimiento.
Yins no levantó su espada.
No dio un paso.
Solo lo miró.
Un destello rojo cruzó sus pupilas.
El general intentó reaccionar… pero ya era tarde.
Su cabeza se separó de su cuerpo con un corte invisible, limpio, absoluto. No hubo sonido metálico. No hubo choque. Solo una línea perfecta que dividió su existencia en dos.
Su cuerpo permaneció de pie un segundo.
Luego las sombras del lago restante se alzaron como bocas abiertas.
Lo devoraron.
Carne.
Armadura.
Energía.
Nombre.
Todo fue tragado.
No quedó rastro.
Desapareció del mapa.
El silencio fue pesado.
Angélica dio un paso al frente, su energía elevándose en un impulso instintivo.
—¡¿Qué demonios fue eso?!
Intentó atacar.
Pero el lugar donde estaban Yins y Zani ya estaba vacío.
Desaparecieron.
Sin sonido.
Sin distorsión visible.
Como si nunca hubieran estado allí.
El viento sopló sobre el campo cubierto de ceniza negra.
Saleh apretó los dientes.
Melissa miró alrededor, intentando rastrear algún residuo de energía.
Hina dio un paso atrás.
Alefa no dijo nada.
Josué seguía mirando el punto donde Yins había estado.
El lago de sombras terminó de disiparse.
El cielo comenzó a cerrarse lentamente.
Solo quedaron cadáveres y silencio.
Y una sensación incómoda.
No habían presenciado una batalla.
Habían presenciado una ejecución.
Y lo peor…
Es que no sabían contra quién.
—¿Qué demonios acaba de pasar aquí? —dijo Alefa, asustada—. ¿Por qué todos están muertos? ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Por qué todos…?
—Alefa, es mejor que te calmes —respondió Angélica con voz firme mientras observaba el campo devastado—. Por lo que veo, no fue una simple batalla. Fue una masacre total. ¿Esas personas se enfrentaron contra un ejército ellas solas? Me sorprende… hay gente muy interesante.
Una sonrisa amarga, pero peligrosa, apareció en su rostro.
—Esto ya no es nada normal. Estar en este desierto ahora se siente como caminar en un camino sin fin.
—Esto no es nada común… —murmuró Saleh con mirada seria mientras apoyaba su lanza en el suelo, intentando rastrear energía residual—. Tienes razón, Angélica.
Cerró los ojos un instante, concentrándose.
—Intentaron buscarlas, pero no dejaron ningún rastro. Lograron ocultar su ubicación por completo… pero no importa. Por ahora sabemos algo.
Abrió los ojos lentamente.
—Las personas que están muertas… son abismales de nivel superior.
—¿Qué dijiste? —exclamó Hina, entrando en shock—. ¿En verdad esos son rango superior?
El viento levantó ceniza oscura a su alrededor.
Melissa apretó los puños.
Josué guardó silencio, observando las marcas en el suelo que aún brillaban débilmente con energía roja.
Alefa dio un paso atrás.
Si eso era cierto…
Entonces quienes habían estado allí…
No eran simples humanas.
Y el desierto ya no parecía un lugar vacío.
Parecía el inicio de algo que no podrían detener Más bien difícil la situación..
—Y esto no solo es el inicio de este día… en fin, como sea. Debemos investigar. ¿Qué te parece eso, Hina?
Silencio.
—¿Hina?
Ella no respondió de inmediato. Sus pupilas estaban dilatadas, fijas en un punto invisible del horizonte.
—Guarden silencio un momento… —dijo Angélica, frunciendo el ceño—. Puedo sentir una magia bastante siniestra… esto… espera… esto es…
Hina dio un paso atrás, el aire alrededor de ella vibrando ligeramente.
—Hina, espera un segundo… no me digas que esa presencia…
Los ojos de Hina temblaron.
—¡¿Cómo es posible…?! Esa persona que está ahí… es el general de los comandantes abismales… Marcial…
El nombre cayó como una losa.
El viento se volvió más frío.
Saleh tensó su agarre en la lanza.
Angélica entrecerró los ojos.
—Cambié de opinión. Melissa… dime algo. ¿Crees que puedas usar magia de teletransportación ahora mismo?
Melissa tragó saliva.
—Bueno… la verdad… nunca aprendí esa magia. Solo hay dos personas que pueden hacerlo. Saleh… y tu hijo.
—¿Eh? ¿A poco ya lo aprendió? —Hina soltó una risa nerviosa, casi orgullosa—. Vaya… se nota que lo sacó de mí. Aprende cualquier cosa con solo verla una vez.
Intentó sonar ligera.
Pero su voz no estaba estable.
—¿Pero a qué viene esto, Hina? —preguntó Angélica con seriedad.
Hina desvió la mirada hacia el horizonte infinito del desierto.
—Jejeje… nada, nada… solo estaba un poco nerviosa, eso es todo…
El silencio la obligó a continuar.
—Pero… es verdad… llevamos días en este desierto, ¿no? Bueno… para este lugar como tal sí. El tiempo aquí es extraño. A lo que voy es que… no logro entender lo que sentí en aquel lugar…
Su mano tembló ligeramente.
—Mi hijo estará bien… ¿verdad?
Nadie respondió.
El viento arrastró arena entre los cuerpos desintegrándose.
—Tengo miedo de que le pueda ocurrir algo… —su voz bajó—. Espero que Karen y Abrán estén bien también…
Sus ojos se humedecieron, pero no lloró.
—Aunque a Karen ya le dije que no le tenga miedo a la muerte… sé que es cruel. Y sí… es verdad. Yo también lo experimenté.
Su mirada se perdió.
—Esa lucha…
Su respiración se volvió más lenta.
—Lo recuerdo. Y lo seguiré recordando.
Ese dolor.
Ese momento donde sentí que lo perdía todo.
Donde jamás pude recuperar lo que se rompió dentro de mí.
Apretó los puños.
—Una madre puede entrenar a su hijo. Puede enseñarle a pelear. Puede enseñarle a sobrevivir… pero no puede enseñarle a no sentir miedo cuando lo imagina herido.
Angélica bajó la mirada.
Melissa apretó los labios.
Saleh guardó silencio.
El desierto ya no parecía infinito.
Parecía una prueba.
Y en algún lugar, más allá de la arena y la guerra…
Algo mucho más grande se estaba moviendo.
Y esta vez…
No era solo una batalla.
Era el destino de sus hijos lo que estaba en juego.El viento sopló con más fuerza, levantando remolinos de arena que giraban alrededor del grupo como si el desierto mismo quisiera escuchar lo que estaba por venir.
Hina cerró los ojos un momento. Intentaba calmar el temblor en su pecho, pero la sensación no desaparecía. No era miedo común. Era esa intuición profunda que solo una madre entiende. Esa conexión invisible que no necesita magia para activarse.
—No es solo preocupación… —susurró finalmente—. Es como si algo estuviera observándolo.
Angélica frunció el ceño.
—¿Marcial?
—No… —negó Hina lentamente—. Es algo más antiguo. Más pesado.
Saleh clavó su lanza en la arena.
—Si el general Marcial está aquí, entonces esto escala a otro nivel. No estamos hablando de simples comandantes abismales. Estamos hablando de la cúspide militar del abismo.
Melissa tragó saliva.
—Pero… si él está aquí… ¿qué estaba haciendo ese ejército entonces?
—Distracción —respondió Josué por primera vez, con voz firme—. Todo esto fue una distracción.
El grupo quedó en silencio.
La arena vibró levemente bajo sus pies. No era un temblor fuerte, pero sí constante. Como un latido enterrado bajo kilómetros de desierto.
Hina abrió los ojos de golpe.
—Ahí… ¿lo sienten?
Angélica asintió lentamente.
—Sí.
Una presión comenzó a expandirse en el ambiente. No era explosiva. Era progresiva. Como si alguien estuviera despertando y estirando su voluntad sobre kilómetros enteros.
El cielo se oscureció ligeramente, aunque no había nubes.
—Si Marcial realmente está aquí… —murmuró Saleh— entonces no vino solo a inspeccionar cadáveres.
Hina respiró profundo. Su miedo comenzó a transformarse en determinación.
—No importa quién sea. Si amenaza a mi hijo…
Sus ojos brillaron con una intensidad distinta.
—No habrá general. No habrá comandante. No habrá abismo que lo proteja.
Angélica sonrió apenas.
—Esa es la Hina que conozco.
El horizonte comenzó a distorsionarse a lo lejos. Una silueta inmensa se dibujaba entre la bruma del calor y la arena. No caminaba. El espacio parecía apartarse para permitirle avanzar.
Melissa dio un paso atrás.
—Eso… no es normal.
Josué ajustó su postura.
—Prepárense.
El desierto dejó de sentirse vacío.
Ahora se sentía como el escenario de algo inevitable.
Y mientras la figura avanzaba lentamente hacia ellos…
En otro punto del desierto, muy lejos de allí, una chispa roja atravesó el cielo.
Yins también lo había sentido.
—Por un demonio… lo que faltaba. Oye, Zani… parece que ellos la pasarán mal. ¿Será buena idea ayudarlos?
Zani la observó en silencio unos segundos antes de responder.
—Recuerda que no podemos hacerlo. Sabes por qué. Nos están cazando. Nos quieren ver muertas porque saben que, si nos reencontramos con Carlos… no podrían hacer nada contra nosotras.
Yins desvió la mirada hacia el horizonte, donde la presión seguía creciendo.
—Confío en que Yuki lo cuidará bien… pero si llega a fallar…
Su expresión cambió.
La dulzura desapareció.
—Mataré a todos. Sin importar lo que pase. Y lo sabes bien, Zani. No puedo dejar que estas cosas se salgan del control.
Una sonrisa apareció en su rostro.
No era cruel.
Era luminosa.
Su risa fue suave… hermosa. Tan clara que, por un instante, parecía capaz de iluminar incluso aquel desierto interminable.
Luego se dejó caer lentamente sobre la arena caliente, mirando el cielo distorsionado mientras el calor la envolvía.
—Esto no está tan mal… —murmuró—. Al menos no me siento sola cuando estoy contigo, Zani.
El viento movió ligeramente su cabello rojo y blanco.
—Parece que ya han pasado 32 años desde que él…
Su voz se quebró apenas, pero continuó.
—Pero tú me ayudaste a convertirme en alguien que pudiera seguir adelante. Y eso… te lo agradezco.
Zani guardó silencio, sentándose a su lado.
No hacía falta decir nada.
—Tu compañía es lo único que nos mantiene en pie.
El desierto seguía ardiendo.
A lo lejos, la presencia abismal continuaba creciendo.
Pero allí, en medio del calor y la guerra, había algo que no podían destruir.
No era poder.
No era magia.
Era lealtad.
Y mientras el mundo se preparaba para colapsar otra vez… ellas descansaban un instante más, sabiendo que, pase lo que pase, no volverían a enfrentarlo solas.
Yins permaneció recostada sobre la arena caliente, mirando el cielo que parecía arder sobre el desierto. El viento movía su cabello mientras sus dedos se cerraban lentamente sobre su pecho.
—Me siento extraña… —murmuró—. Hablar tanto de mi maestro… lo admiro tanto que estaría dispuesta a entregar mi vida por él.
Su respiración se volvió más lenta.
—No sé qué es este nudo que siento aquí…
Apretó la tela sobre su pecho.
—¿Será esto… amor?
La palabra le supo desconocida. Nueva. Vulnerable.
—Es la primera vez que me ocurre algo así… pero ¿cómo podría olvidar el tiempo a su lado? Su compañía… me hizo darme cuenta de cuánto me encariñé con él. De una manera especial.
Zani la escuchaba sin interrumpir.
—Sé lo que vivió. Sé cómo fue todo. Lo vi sufrir… y fue lo más doloroso que he presenciado. Pero aun así seguiste adelante.
Sus ojos brillaron suavemente.
—Porque tú eres el guerrero más fuerte que he conocido. Eres como esos cuentos antiguos… donde el caballero tiene que darlo todo de sí mismo. Porque si no prosperas, nunca mejoras. Y si logras tus objetivos con esfuerzo… entonces nada de lo que construiste será en vano.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Me siento orgullosa de ti.
El viento sopló más cálido.
—Eres mi gran maestro… y lo seguirás siendo. Nada cambiará eso.
Shadow levantó lentamente la mano hacia el cielo, como si intentara alcanzar una figura invisible más allá del horizonte.
—Ojalá pudiera verte…
Sus dedos temblaron apenas.
—Eres como la luz del sol… siempre ardiendo. Siempre guiando. Pero también llevas una oscuridad que te está consumiendo… poco a poco.
Su voz se volvió más baja.
—Y temo que, tarde o temprano… dejes de ser humano.
La arena se deslizó entre sus dedos cuando su mano cayó lentamente.
—Y aun así…
Cerró los ojos.
—Aunque el mundo te cambie… aunque la oscuridad te devore… yo seguiré a tu lado.
El desierto guardó silencio.
No era una confesión de debilidad.
Era una promesa.
Y en algún lugar lejano, bajo otro cielo, una llama roja ardía con la misma intensidad… sin saber que alguien, desde la distancia, sostenía su nombre como si fuera lo más sagrado del mundo.
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