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The strongest warrior of humanity - Capítulo 176

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Capítulo 176: Capitulo 176 tendría sentido sentarme así

Zani permaneció en silencio un momento, observando cómo Yins sonreía… pero con los ojos húmedos. Sabía que esa sonrisa era frágil. Sabía que por dentro se estaba quebrando.

Se acercó un poco más y apoyó una mano en su hombro.

—Oye, Yins… todo estará bien. Aún hay tiempo. No pierdas la esperanza. Lo volveremos a ver.

Su voz no era forzada. Era firme.

—Yo también lo extraño… mucho.

Una risa suave escapó de sus labios.

—Extraño cuando nos preparaba la comida… aunque… jajaja… sus comidas eran deliciosas, ¿sabes?

Yins soltó una pequeña risa entrecortada.

Ambas se quedaron mirando el cielo, recordando.

Los días antes de la tragedia.

Antes de la guerra contra la humanidad.

Antes de que todo se rompiera.

Cuando lo más difícil del día era entrenar hasta el anochecer y luego sentarse a comer lo que él había preparado con orgullo exagerado.

El desierto parecía menos pesado por un instante.

—Hay cosas que no podemos cambiar… —murmuró Yins—. Pero dime… ¿habrá alguna manera de saber dónde está? ¿O en qué lugar se encuentra ahora?

Zani frunció ligeramente el ceño.

—Esa es una buena pregunta…

Miró hacia el horizonte, pensativa.

—No lo sé con certeza. Pero si alguien puede saberlo… es Yuki.

Yins abrió los ojos con un pequeño destello de esperanza.

—¿Crees que ella lo sepa?

—Tal vez no exactamente dónde está… pero Yuki siempre ha estado un paso adelante. Si alguien puede rastrear su energía, o sentir su presencia a través del vínculo que comparten… es ella.

El viento sopló más suave.

—Entonces tendremos que preguntarle.

Yins se incorporó lentamente.

Ya no estaba llorando.

Pero tampoco estaba tranquila.

—Si aún hay tiempo… lo encontraremos.

Zani asintió.

—Y si no lo hay…

Las sombras alrededor de ambas vibraron ligeramente.

—Lo crearemos.

El sol comenzaba a descender lentamente en el desierto.

Pero la llama en sus corazones… seguía ardiendo.

Porque no luchaban solo por poder.

Luchaban por volver a casa.

El sol comenzó a descender lentamente, tiñendo el desierto de un rojo profundo, casi como si el cielo compartiera el color de los ojos de Yins.

Durante unos minutos, ninguna habló.

El silencio ya no era doloroso.

Era reflexión.

Yins observó sus propias manos.

—Han pasado treinta y dos años… —susurró—. Treinta y dos años desde que todo se rompió.

Zani la miró de reojo.

—Y sigues aquí.

—Sigo aquí… —repitió Yins—. Pero él… no sé en qué se ha convertido.

El viento levantó arena entre sus dedos.

—Si la oscuridad realmente lo está consumiendo… si deja de ser humano como dije…

Su voz tembló apenas.

—¿Y si cuando lo encontremos ya no nos reconoce?

Zani no respondió de inmediato.

Se levantó y extendió la mano hacia ella.

—Entonces se lo recordaremos.

Yins levantó la mirada.

—¿Recordarle?

—Sí. Quién es. De dónde viene. Quiénes estuvieron a su lado cuando no tenía nada. Aunque la oscuridad lo envuelva… eso no borra lo que vivió.

Yins bajó la mirada, pensativa.

—Él siempre cargó todo solo… incluso cuando decía que estaba bien.

—Por eso estamos vivas —respondió Zani con firmeza—. Porque alguien tenía que quedarse para traerlo de vuelta.

El cielo se oscurecía poco a poco.

A lo lejos, la presión abismal seguía creciendo… Marcial no era una amenaza pasajera. Era una señal.

—Primero debemos sobrevivir a lo que viene —dijo Zani—. Luego buscaremos a Yuki. Y después… iremos por él.

Yins se puso de pie finalmente.

Ya no había lágrimas.

Solo decisión.

—No permitiré que esta guerra decida su destino.

Las sombras a su alrededor se arremolinaron suavemente, obedientes.

—Si el mundo intenta convertirlo en un monstruo… entonces lucharé contra el mundo entero.

Zani sonrió apenas.

—Esa es la Yins que conozco.

El último rayo de sol desapareció detrás del horizonte.

La noche cayó sobre el desierto.

Pero en medio de la oscuridad, dos siluetas comenzaron a caminar.

No huían.

No se escondían.

Se preparaban.

Porque el próximo encuentro…

No sería solo una batalla.

Sería el inicio del reencuentro que llevaba treinta y dos años esperando. Y esos años serán recuperados..

Hace treinta y dos años…

El reino imperial parecía brillante desde lejos. Torres blancas, estandartes ondeando, calles llenas de gente. Pero en los rincones donde la luz no alcanzaba… la crueldad crecía como moho.

Una niña de apenas siete años caminaba descalza entre callejones húmedos.

Yins Shadow.

No tenía hogar.

No tenía familia.

No tenía nombre que importara.

Las personas pasaban junto a ella como si fuera basura arrastrada por el viento.

Algunos la miraban con desprecio.

Otros con indiferencia.

Nadie con compasión.

La lluvia era lo único constante.

Esa tarde llovía con fuerza. El agua caía sobre su cabello enredado y su ropa rota. Su estómago dolía tanto que sentía que algo la devoraba desde dentro.

Tenía hambre.

Demasiada hambre.

Para sobrevivir, tuvo que robar.

Entró en una pequeña tienda mientras el dueño discutía con un cliente. Sus manos temblorosas tomaron un flan de chocolate. Para cualquiera era un postre común. Para ella… era un tesoro.

Salió corriendo.

Se escondió en un callejón.

Lo miró con ojos brillantes.

Era hermoso. Suave. Perfecto.

Por un instante… fue feliz.

Pero esa felicidad duró segundos.

—Oh, mira eso… esa niña acaba de robar algo —dijo un caballero con armadura ligera, acercándose con otros tres hombres.

Sus botas resonaron sobre los charcos.

—Oye, mocosa. ¿Sabes que robar es un delito, verdad?

La sonrisa en su rostro era amarga. Arrogante.

Yins bajó la mirada, aferrando el flan contra su pecho.

—Yo… solo tenía hambre…

Su sombra pareció extenderse detrás de ella.

—Lo… siento…

No terminó la frase.

Uno de ellos la golpeó.

El impacto fue brutal.

La fuerza fue tan desmedida que su pequeño cuerpo salió disparado varios metros, chocando contra el pavimento. Sintió como si todo dentro de ella se rompiera al mismo tiempo.

Escupió sangre.

No podía respirar.

Sus huesos crujían de dolor.

Quería llorar.

—¿Por… qué hacen esto…? —susurró débilmente—. ¿Por qué ustedes…?

—¡Cállate, maldita mocosa! —gritó otro—. ¿Crees que nos interesa tu vida? Solo jugaremos un rato contigo.

Uno de ellos tomó el flan.

Lo pisoteó.

La crema y el chocolate se mezclaron con el barro.

Ellos se rieron.

Ella miró aquello como si hubiera perdido el único pedazo de luz que tenía ese día.

Intentó levantarse.

No pudo.

El miedo la paralizó.

No quería que la lastimaran más.

Pero continuaron.

Golpe tras golpe.

Puñetazo tras patada.

Su visión comenzó a oscurecerse.

Estaba perdiendo el conocimiento.

Estaba a punto de morir.

Entonces…

Una voz interrumpió la lluvia.

—Hey. ¿Ustedes qué creen que están haciendo?

Las botas se detuvieron.

—¿Por qué le hacen eso a una niña? ¿Acaso no tienen vergüenza?

Un hombre se encontraba detrás de ellos.

Cabello negro empapado por la lluvia.

Ojos azules como el cielo nocturno.

Cicatrices visibles en sus brazos.

Una espada descansaba en su mano como si fuera una extensión natural de su cuerpo.

Uno de los agresores se rió con desprecio.

—¿Tú qué vas a saber de vergüenza? No digas estupideces, pedazo de mierda. Lárgate o quieres que te pase lo mismo que a esa niña.

No terminó la frase.

Su cabeza cayó al suelo.

El cuerpo se convirtió en polvo antes de tocar el pavimento.

Los demás retrocedieron horrorizados.

—¿Cómo… es que tú…?

El hombre avanzó un paso.

—Será mejor que guarden silencio, malditas escorias.

Su voz no era alta.

Pero pesaba.

—Se creen todo lo que sea… pero ni siquiera son capaces de defenderse de mí. Yo soy quien decide quién vive… y quién muere.

—¡Estás bromeando, maldito monstruo!

Todos atacaron al mismo tiempo.

Magia. Espadas. Llamas.

El callejón explotó en fuego.

Por un instante… pareció que lo habían matado.

—Jajaja, ¿ves? Eso te pasa por est—

La risa se congeló.

De entre las llamas, él salió caminando.

Sin una herida.

Sin una marca.

El fuego se apartaba de su cuerpo como si lo obedeciera.

Sus ojos azules brillaban intensamente.

No había rabia.

No había esfuerzo.

Solo decisión.

El hombre que reía cayó de rodillas, temblando.

Porque entendió algo demasiado tarde.

Con esa mirada…

Para él…

Ya estaba muerto.

El hombre cayó de rodillas, incapaz de sostener la mirada de aquellos ojos azules que parecían contener el cielo… y el abismo al mismo tiempo.

—N-no… espera…

No hubo segunda oportunidad.

La espada se movió.

No se vio el corte.

Solo el sonido.

Un susurro en el aire.

Y luego… silencio.

Los cuerpos se deshicieron como ceniza arrastrada por la lluvia. El callejón quedó vacío, salvo por la pequeña figura tirada contra el suelo.

La lluvia seguía cayendo.

El hombre guardó la espada sin mirar atrás. Caminó lentamente hasta donde estaba la niña.

Yins apenas podía abrir los ojos.

Su visión era borrosa.

Solo distinguía una silueta oscura recortada contra la luz gris del cielo.

Él se arrodilló frente a ella.

—Oye… ¿sigues viva?

Su voz ya no era fría.

Era baja.

Casi… preocupada.

Yins intentó hablar, pero solo salió sangre de su boca.

Él frunció ligeramente el ceño al ver sus huesos torcidos, la respiración irregular.

—Qué molestia…

Pero no sonaba molesto con ella.

La levantó con cuidado, sorprendentemente suave para alguien que acababa de matar sin pestañear.

Ella temblaba.

Esperaba otro golpe.

Otro grito.

Otro desprecio.

Pero nada llegó.

En cambio, sintió calor.

Un calor distinto al de la fiebre o el dolor.

Magia.

Sus manos brillaron con un resplandor tenue mientras acomodaba los huesos rotos, cerraba heridas, detenía la hemorragia.

El dolor fue disminuyendo poco a poco.

Yins abrió los ojos un poco más.

Lo vio con claridad por primera vez.

Cabello negro pegado a su frente por la lluvia.

Ojos azules intensos.

Cicatrices en los brazos.

Un rostro serio… pero no cruel.

—¿Por qué…? —susurró ella con voz casi inaudible.

Él la miró unos segundos antes de responder.

—Porque me molestó.

No era una respuesta heroica.

No era un discurso noble.

Era simple.

Sincera.

La levantó en brazos.

Yins se tensó por reflejo.

—Tranquila. No voy a hacerte daño.

El tono era firme.

Definitivo.

Por alguna razón… le creyó.

La lluvia comenzó a disminuir mientras él caminaba fuera del callejón.

—¿Tienes a dónde ir?

Ella negó débilmente con la cabeza.

—¿Nombre?

—Y… Yins…

Él guardó silencio unos segundos.

—Bien, Yins. Desde hoy no volverás a robar para sobrevivir.

Ella lo miró confundida.

—¿Por… qué?

Se detuvo bajo un techo de piedra que los protegía de la lluvia.

La observó fijamente.

—Porque si vas a sobrevivir en este mundo… lo harás siendo más fuerte que todos ellos.

Sus ojos brillaron levemente.

—Y yo me aseguraré de eso.

Yins no entendía del todo lo que significaban esas palabras.

Pero algo dentro de ella… algo que llevaba años apagado…

Se encendió.

Por primera vez…

No se sintió sola.

No se sintió basura.

No se sintió invisible.

Esa noche no solo salvó su vida.

Cambió su destino.

Y el hombre que decía decidir quién vivía y quién moría…

Se convirtió en el primer hogar que Yins Shadow conoció.

El hombre la llevó lejos del bullicio del reino imperial. No hacia el centro brillante donde vivían los nobles… sino hacia las afueras, donde las montañas comenzaban a cubrir el horizonte y el viento soplaba más frío.

Su refugio no era un palacio.

Era una pequeña casa de madera y piedra, sencilla, firme, aislada.

Pero para Yins… era más de lo que jamás había tenido.

La dejó con cuidado sobre una cama improvisada.

—Descansa.

Ella seguía mirándolo como si en cualquier momento fuera a desaparecer.

Como si todo fuera un sueño.

Él encendió el fuego.

El sonido de la leña crepitando llenó el silencio incómodo.

Después de unos minutos, colocó algo sobre una mesa baja frente a ella.

Un plato.

Arroz caliente. Carne. Verduras.

Comida real.

—Come.

Yins lo miró, insegura.

—No tienes que robar aquí —dijo él sin mirarla directamente.

Ella tomó el plato con manos temblorosas.

La primera cucharada fue lenta.

La segunda más rápida.

La tercera desesperada.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que se diera cuenta.

No por el sabor.

Sino porque alguien… había cocinado para ella.

Él fingió no notar sus lágrimas.

Pero bajó la mirada unos segundos.

—No llores mientras comes. Te atragantarás.

Ella intentó limpiarse el rostro rápidamente.

—L-lo siento…

—Deja de disculparte por existir.

La frase fue directa.

Firme.

Yins se quedó quieta.

Nadie le había dicho algo así antes.

Esa noche durmió bajo un techo.

Sin miedo.

Sin golpes.

Sin hambre.

Al día siguiente… comenzó el entrenamiento.

No fue suave.

No fue fácil.

Él no la trató como una niña frágil.

La hizo correr hasta que sus piernas no respondían.

La hizo sostener posturas hasta que los músculos ardían.

Le enseñó a caer sin romperse.

A respirar bajo presión.

A observar antes de atacar.

Cada vez que caía, él decía lo mismo:

—Levántate.

Sin compasión exagerada.

Sin gritos.

Solo esa palabra.

Levántate.

Al principio ella lo odiaba un poco.

No entendía por qué alguien que la salvó era tan duro.

Hasta que una noche, mientras ella dormía, abrió los ojos por el frío.

Y lo vio.

Él estaba sentado afuera, bajo la nieve ligera, con la espada sobre las rodillas.

Vigilando.

Toda la noche.

Sin dormir.

Al día siguiente fingió que nada había pasado.

Pero Yins entendió.

No era frialdad.

Era protección.

Los años pasaron.

Ella creció.

Se volvió más fuerte.

Aprendió a usar la sombra como extensión de su cuerpo.

Aprendió a canalizar esa oscuridad que siempre la había acompañado.

Pero también aprendió algo más importante.

Disciplina.

Honor.

Control.

Un día, después de derrotarla en un combate de entrenamiento, él se detuvo antes de darle el golpe final.

—Bien hecho.

Solo dos palabras.

Pero Yins sintió que el mundo entero se iluminaba.

Porque ese hombre…

Ese guerrero que parecía invencible…

La había reconocido.

Fue entonces cuando empezó ese sentimiento extraño en su pecho.

No era solo gratitud.

No era solo admiración.

Era algo más profundo.

Más silencioso.

Más peligroso.

Treinta y dos años después, recostada en el desierto, recordando aquel primer plato de comida caliente…

Yins entendía por qué ese nudo nunca desaparecía.

Porque él no solo la salvó de morir.

Le dio un nombre que valía algo.

Le dio fuerza.

Le dio propósito.

Le dio un lugar en el mundo.

Y quizá…

También le dio el primer amor que jamás conocería.

El fuego crepitaba suavemente aquella noche.

Yins estaba sentada frente a él, con las manos apoyadas sobre sus rodillas, respirando aún con el ritmo agitado del entrenamiento.

Carlos la observaba en silencio.

—Yins… no debes dudar de ti misma.

Ella levantó la mirada, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿Por qué dices eso, Carlos? —preguntó, ladeando la cabeza—. A veces siento como si me estuvieras regañando…

Él soltó una pequeña exhalación por la nariz. No era risa… pero casi.

—Si te estuviera regañando, lo sabrías.

Ella hizo un pequeño puchero, pero guardó silencio.

Carlos miró hacia el fuego unos segundos, como buscando las palabras correctas.

—Hay algo que debo decirte. Y no sé cómo lo vayas a tomar.

El ambiente cambió ligeramente.

Yins se tensó.

—¿Qué ocurre?

—A partir de ahora… no entrenarás sola.

Ella parpadeó.

—¿Qué?

—Habrá alguien más aquí. Será tu compañera de ahora en adelante.

El corazón de Yins dio un pequeño vuelco.

¿Compartir entrenamiento?

¿Compartir espacio?

No sabía por qué, pero algo dentro de ella se encogió.

—¿Por qué? —preguntó en voz baja.

Carlos la miró fijamente.

—Porque la fuerza no solo se construye en soledad. Y porque necesitarás a alguien que entienda lo que eres… y lo que puedes llegar a ser.

Yins bajó la mirada.

No le gustaba la idea.

No quería perder su lugar.

Carlos se levantó.

—Está afuera.

La puerta de madera se abrió con un leve crujido.

Una figura entró.

Era una joven de .cabello blanco, y Sus ojos eran ojos amarillos, brillaban con intensidad felina. De su cabeza sobresalían orejas suaves y atentas. Su postura era firme, pero cautelosa.

Una semi humana.

Una mujer bestia.

Carlos habló con voz clara.

—Yins, ella es Zani.

La joven inclinó apenas la cabeza.

—Un gusto… supongo.

Su tono no era hostil. Pero tampoco cálido.

Yins la observó de pies a cabeza.

Podía sentir su energía.

Era fuerte.

Diferente.

—Ella entrenará contigo —continuó Carlos—. Y vivirá aquí.

El silencio se volvió pesado.

Yins apretó ligeramente los puños.

—¿Es fuerte? —preguntó sin apartar la mirada de Zani.

Zani alzó una ceja.

—Lo suficiente.

Carlos cruzó los brazos.

—No es una competencia.

Ambas respondieron al mismo tiempo:

—Lo es.

Carlos suspiró.

Por primera vez en mucho tiempo… una sombra casi divertida cruzó su rostro.

—Perfecto. Entonces mañana al amanecer, combate de prueba.

Zani mostró una leve sonrisa desafiante.

Yins sintió algo arder en su pecho.

No era odio.

No exactamente.

Era orgullo.

Era territorio.

Era miedo a ser reemplazada.

Esa noche, mientras Yins intentaba dormir, escuchó el suave sonido de pasos afuera.

Se levantó en silencio.

Desde la puerta entreabierta vio a Carlos… ajustando una manta sobre los hombros de Zani, que se había quedado dormida cerca del fuego.

El mismo gesto.

El mismo cuidado.

Yins sintió ese nudo en el pecho por primera vez.

No entendía lo que era.

Celos.

Miedo.

Inseguridad.

Solo sabía una cosa.

Si Zani iba a quedarse…

Entonces tendría que demostrar…

Que ella seguía siendo la más fuerte.

El amanecer llegó frío.

La neblina cubría el claro frente a la casa. El suelo estaba húmedo y el aire olía a tierra y metal.

Carlos ya estaba de pie cuando ambas salieron.

—Sin armas —dijo con calma—. Solo cuerpo y energía.

Zani estiró los hombros. Sus orejas felinas se movieron levemente, atentas a cada sonido.

Yins permanecía en silencio.

Pero su sombra… se movía inquieta bajo sus pies.

—Comiencen.

Zani fue la primera en lanzarse.

Rápida.

Demasiado rápida.

Yins apenas logró bloquear el primer golpe. La fuerza la hizo retroceder varios pasos.

Zani sonrió.

—Eres lenta.

Yins frunció el ceño.

Su sombra se extendió como una ola negra y envolvió el suelo. Zani saltó hacia atrás, evitando quedar atrapada.

—Interesante —murmuró.

Atacaron al mismo tiempo.

Golpe.

Bloqueo.

Rodillas contra costillas.

Garras rozando piel.

La sombra de Yins intentaba sujetar los tobillos de Zani, pero la semi humana se movía con agilidad animal, impredecible.

Carlos observaba sin intervenir.

Yins comenzó a respirar más pesado.

Zani no solo era fuerte.

Era instintiva.

En un descuido, Zani la derribó al suelo y presionó su brazo contra su cuello.

—Te dije que era suficiente —susurró cerca de su oído.

La sombra de Yins explotó hacia arriba, lanzando a Zani varios metros atrás.

Ambas quedaron de pie, heridas leves marcando sus brazos.

Silencio.

El aire vibraba.

Yins apretó los dientes.

No iba a perder.

No frente a ella.

La oscuridad alrededor de su cuerpo comenzó a densificarse. El suelo bajo sus pies se agrietó.

Carlos dio un paso adelante.

—Basta.

Su voz cortó la tensión como una cuchilla.

Ambas se detuvieron.

—No entrenan para destruirse entre ustedes —dijo con firmeza—. Entrenan para sobrevivir juntas.

Zani respiraba agitada, pero bajó la guardia.

Yins no lo hizo de inmediato.

Carlos la miró directamente.

—¿Vas a convertir cada vínculo en una amenaza?

La pregunta dolió más que el combate.

Yins bajó la mirada.

Zani limpió la sangre de su labio.

—No vine a quitarte nada —dijo finalmente—. Vine porque él me encontró igual que a ti.

Yins levantó la vista.

Zani continuó:

—Yo también estaba sola.

Eso cambió algo.

El silencio dejó de ser hostil.

Carlos cruzó los brazos.

—La guerra que se acerca no se gana con orgullo. Se gana con confianza.

Yins respiró profundo.

La sombra volvió a sus pies, tranquila.

Se acercó a Zani.

Hubo un segundo de tensión.

Luego extendió la mano.

Zani la miró… y la tomó.

El apretón no fue suave.

Fue firme.

Un acuerdo sin palabras.

Carlos observó la escena.

Sin sonreír.

Pero satisfecho.

Ese día no nació una amistad.

Nació algo más fuerte.

Respeto.

Y sin saberlo…

Aquel vínculo que comenzó con rivalidad…

Se convertiría, treinta y dos años después…

En la única razón por la que ambas seguirían vivas.Los días dejaron de sentirse como competencia.

El entrenamiento cambió.

Ya no era Yins contra Zani.

Era Yins y Zani contra Carlos.

Y eso… era infinitamente peor.

—Otra vez —decía él cada vez que las derribaba en menos de tres movimientos.

Aprendieron a cubrir los puntos ciegos de la otra.

Cuando Zani atacaba de frente, Yins envolvía el suelo con sombra.

Cuando Yins quedaba vulnerable tras usar demasiada energía, Zani intervenía con velocidad brutal.

Golpe.

Coordinación.

Respiración sincronizada.

Por primera vez… Yins no peleaba sola.

Una tarde, después de horas de combate, ambas quedaron tendidas en el suelo mirando el cielo.

—Oye, sombra —murmuró Zani, usando el apodo por primera vez—. Eres demasiado seria.

—Y tú demasiado ruidosa.

Zani soltó una risa suave.

—Te preocupas mucho por lo que él piensa.

Yins guardó silencio.

Zani giró la cabeza para mirarla.

—No te va a reemplazar.

Esa frase golpeó directo.

Yins apretó los labios.

—No es eso.

—Claro que lo es.

Silencio.

El viento movía la hierba alrededor.

Zani suspiró.

—Carlos no nos rescató para que compitiéramos por su aprobación. Nos rescató porque vio algo en nosotras.

Yins recordó aquel día bajo la lluvia.

Recordó el plato caliente.

Recordó el “levántate”.

—Él… me dio un lugar —susurró.

—A mí también.

Esa noche, mientras entrenaban bajo la luna, Carlos las observó pelear juntas contra una bestia invocada.

Ya no se interrumpían.

No dudaban.

Se movían como una sola unidad.

Cuando la criatura cayó, ambas quedaron de pie, espalda con espalda, respirando agitadas.

Carlos habló desde la sombra.

—Bien.

Solo una palabra.

Pero esta vez… no fue dirigida a una sola.

Fue para ambas.

Yins sintió algo distinto en el pecho.

No celos.

No miedo.

Orgullo compartido.

Con el paso de los años, el vínculo creció.

Zani era fuego.

Impulsiva.

Leal hasta la muerte.

Yins era oscuridad.

Calculadora.

Silenciosa.

Juntas… eran equilibrio.

Pero el mundo no se mantuvo en paz.

Los rumores comenzaron primero.

Reinos cayendo.

Criaturas que no pertenecían a ese plano.

La palabra “guerra” comenzó a escucharse con más frecuencia.

Una noche, Carlos regresó herido.

No gravemente.

Pero herido.

Yins fue la primera en verlo.

Su sangre sobre la nieve la paralizó por un segundo.

—¿Quién hizo esto? —preguntó con una calma peligrosa.

Carlos se sentó sin dramatismo.

—Esto recién comienza.

Zani apretó los puños.

—Entonces iremos contigo.

Carlos negó lentamente.

—Aún no.

La tensión se volvió espesa.

—¿Aún no? —repitió Yins.

—Si la humanidad va a sobrevivir… necesitará algo más que fuerza. Necesitará lo que ustedes están construyendo.

Zani frunció el ceño.

—No somos niñas.

Carlos la miró con esa intensidad que siempre imponía silencio.

—Precisamente por eso.

Esa fue la última noche en que entrenaron juntos los tres bajo la misma luna.

Días después…

Carlos desapareció en el frente de batalla.

Sin despedidas largas.

Sin promesas dramáticas.

Solo una frase antes de partir:

—Sobrevivan.

Treinta y dos años después…

En medio del desierto devastado por la guerra de la humanidad…

Yins cerró los ojos.

Zani permanecía a su lado.

Ambas más fuertes.

Más endurecidas.

Pero aún esperando.

—Lo encontraremos —dijo Zani en voz baja.

Yins miró el horizonte.

La sombra bajo sus pies se movió suavemente.

—Sí.

Porque si algo les enseñó el hombre que decidía quién vivía y quién moría…

Es que la esperanza…

También puede ser un arma.

El viento del desierto levantaba arena fina alrededor de ellas.

Zani mantenía la mirada fija en el horizonte, pero sabía que Yins no estaba hablando solo del presente.

—Pero sabes muy bien que hay cosas que no podemos olvidar, Zani…

Su voz no temblaba.

Pero pesaba.

Zani bajó ligeramente las orejas, un gesto que solo Yins entendía después de tantos años.

—Lo sé —respondió con suavidad—. Y tampoco deberíamos olvidarlas.

Yins cerró los ojos un instante.

Había cicatrices que no estaban en la piel.

—En fin… tenemos que irnos. Además está Angélica. Ella se las podrá arreglar por el momento.

Zani la miró de lado.

—¿Estás segura?

Yins asintió.

—Angélica no es débil. Si alguien puede mantener la barrera activa mientras nos movemos… es ella.

Zani cruzó los brazos.

—Aun así, si el frente imperial avanza más rápido de lo esperado—

—No lo hará —interrumpió Yins con firmeza—. No mientras su comandante siga subestimándonos.

Zani sonrió levemente.

Ahí estaba.

La Yins estratega.

La que no dudaba.

La que aprendió de Carlos a pensar tres movimientos adelante.

Pero el silencio volvió a caer entre ellas.

—Tenemos que ser muy cuidadosas de ahora en adelante —añadió Yins, bajando la voz—. Esto ya no es solo búsqueda. Nos están observando.

Zani olfateó el aire.

El instinto bestial seguía intacto.

—Sí… desde hace días.

No era paranoia.

Era experiencia.

La guerra había cambiado todo.

Las alianzas ya no eran claras.

Las traiciones eran moneda común.

Y el nombre de Yins Shadow empezaba a circular en demasiadas bocas.

—Si quieren venir por nosotras… —murmuró Zani, estirando los dedos como si ya sintiera el combate— que lo intenten.

Yins negó ligeramente.

—No. Eso es lo que buscan. Que reaccionemos.

Zani la miró.

—Entonces, ¿qué propones?

La sombra bajo los pies de Yins comenzó a expandirse suavemente, como una neblina oscura que apenas rozaba la arena.

—Nos moveremos por las ruinas del sector norte. Usaremos los túneles antiguos. Nadie vigila lo que creen destruido.

Zani soltó una pequeña risa.

—Sigues siendo aterradora cuando planeas.

—Aprendí del mejor.

Ambas guardaron silencio al mencionar lo que no necesitaba decirse.

Carlos.

El cielo comenzó a oscurecerse.

Era hora de moverse.

Zani ajustó las correas de sus guanteletes.

—Oye, Yins.

—¿Qué?

—Si lo encontramos… ¿qué vas a decirle?

La pregunta la tomó desprevenida.

Yins miró el horizonte rojizo.

Pensó en la lluvia.

En el flan pisoteado.

En el “levántate”.

En la última vez que lo vio partir sin mirar atrás.

Su voz fue casi un susurro.

—Nada.

Zani alzó una ceja.

—¿Nada?

—No hace falta.

Porque algunas conexiones no necesitan palabras.

Se entienden en silencio.

Y sin decir más, Yins dio el primer paso.

La sombra las envolvió a ambas.

Y desaparecieron entre la arena y la oscuridad.

La guerra aún no había terminado.

Y ellas tampoco.

El viento se volvió más frío.

La arena dejó de moverse por un instante, como si el mundo estuviera escuchando.

Yins hablaba sin detenerse. No era rabia. No era debilidad.

Era todo lo que había guardado durante años.

—Esta guerra no acabará… ¿sabes por qué? —su voz era firme—. Porque lo que empezó no fue una batalla de reinos. Fue traición.

Zani no interrumpió.

Sabía que cuando Yins hablaba así… no debía hacerlo.

—Solo éramos unas niñas. Y él tenía razón… éramos un estorbo en sus combates. —apretó los dientes—. Cuando supimos que lo traicionaron… sus propios aliados… su propio hermano…

El aire vibró.

—Ahí fue cuando me rompí.

Zani recordaba esa noche.

Yins entrenando hasta sangrar.

Hasta no poder levantar los brazos.

Hasta que el dolor físico fuera más fuerte que el interno.

—Lloré su muerte… aunque nunca vi el cuerpo. Me viste caer. Me viste destruirme. Cada entrenamiento. Cada lágrima. Cada matanza.

Zani cerró los ojos.

Sí.

La vio.

La sostuvo cuando nadie más lo hizo.

Yins levantó la espada hacia el cielo. La hoja reflejó la luz del atardecer como una promesa peligrosa.

—Entendí algo, Zani… el dolor y el amor son cosas distintas.

Su voz bajó.

—Pero aun así… lo traeré de regreso. Aunque yo caiga en batalla. Estoy dispuesta a darlo todo… por él.

El silencio que siguió fue pesado.

Luego, como si la tensión no fuera suficiente, Yins añadió:

—¿Te imaginas que esté saliendo con alguien?

Zani se tensó.

Muy ligeramente.

Pero Yins lo notó.

Las orejas felinas bajaron apenas un centímetro.

—No lo sé —respondió Zani con neutralidad forzada.

Entonces ocurrió.

Una sonrisa apareció en el rostro de Yins.

No era cálida.

No era dulce.

Era peligrosa.

Oscura.

—Créeme… a esa persona ni de loca la protegería.

El aire se volvió denso.

La sombra bajo sus pies se agitó con violencia.

Zani dio un paso adelante.

Su voz ya no era suave.

—Shadow.

Yins no apartó la mirada del horizonte.

Zani la tomó del brazo con firmeza.

—Escúchame bien.

Sus ojos dorados brillaron con intensidad felina.

—No entrenamos treinta y dos años para convertirnos en monstruos por celos.

La palabra cayó como un golpe.

Celos.

Yins frunció el ceño.

—No son celos.

—Entonces ¿qué son?

Silencio.

Zani bajó la voz.

—Lo amas. Eso no es una debilidad. Pero si tu amor depende de poseerlo… entonces no lo entendiste.

Yins apretó la espada.

Zani continuó:

—Él nos enseñó a elegir. A no dejarnos consumir por la oscuridad. Si está vivo… no te querría así.

Eso dolió más que cualquier herida.

La sonrisa siniestra desapareció lentamente.

La sombra volvió a calmarse.

Zani soltó su brazo.

—Si está con alguien… y es feliz… ¿lo destruirías solo porque no eres tú?

Yins no respondió de inmediato.

Su respiración se estabilizó.

Miró la espada.

Luego el cielo.

Luego a Zani.

—No lo sé.

Honestidad cruda.

Eso era más valioso que cualquier promesa.

Zani suspiró.

—Entonces todavía estás aprendiendo.

Yins guardó la espada.

—No pienso rendirme.

—Nunca te lo pediría.

El viento volvió a soplar.

La guerra seguía.

El pasado seguía ardiendo.

Pero algo había cambiado.

No era la promesa de traerlo de regreso.

Era entender que el amor no se demuestra destruyendo.

Se demuestra sobreviviendo.

Y si algún día lo encontraban…

La batalla más difícil no sería contra los enemigos.

Sería contra lo que guardaban dentro.

Yins carraspeó ligeramente, evitando mirar a Zani directamente.

—Como sea… hay que irnos. Escuché que hay una ciudad muy hermosa… creo que se llamaba la Ciudad Esmeralda. Tal vez podamos… pasar tiempo juntas.

La última parte salió más baja.

Más torpe.

Como si le costara más que levantar una espada.

Zani se quedó mirándola unos segundos.

Luego alzó una ceja.

—Oh, vaya… —su tono se volvió peligrosamente juguetón—. Así que quieres pasar tiempo de calidad conmigo.

Yins se tensó.

—No es eso. Solo es estratégico. Una ciudad grande es buen punto de información.

—Claro. Información. Paseos estratégicos. Conversaciones tácticas bajo la luna. Muy militar todo.

Yins sintió calor subirle al rostro.

Zani dio un pequeño paso más cerca.

—Es increíble. Treinta y dos años encerrada entrenando, rompiéndote huesos, evitando cualquier cosa que no fuera guerra… y ahora de repente quieres “salir”.

Se llevó una mano al pecho fingiendo sorpresa.

—Estoy conmovida.

Yins apartó la mirada.

—No te burles.

Zani sonrió dulcemente.

No con ironía.

Con cariño.

—No me burlo. Me gusta.

Eso la tomó desprevenida.

El viento movió el cabello de Yins.

Zani bajó la voz.

—Me gusta que quieras algo que no sea pelear. Me gusta que quieras estar conmigo… sin sangre de por medio.

Silencio.

Yins respiró hondo.

—No somos solo armas.

Zani negó suavemente.

—Nunca lo fuimos.

Un pequeño momento de calma se abrió entre ellas.

No tensión.

No rivalidad.

Solo… presencia.

—Además —añadió Zani con una sonrisa traviesa—, si es la Ciudad Esmeralda de la que hablas… dicen que es hermosa de verdad.

Ciudad esmeralda

—Torres verdes que brillan de noche. Jardines colgantes. Mercados llenos de música. —Zani inclinó la cabeza—. No parece un mal lugar para que dos guerreras que no saben descansar aprendan a hacerlo.

Yins la miró finalmente.

Más tranquila.

Más humana.

—Entonces iremos.

Zani sonrió.

—Pero una condición.

—¿Cuál?

—Nada de entrenar al amanecer.

Yins abrió la boca para protestar.

Zani se acercó y le dio un pequeño golpecito en la frente.

—Ni siquiera lo pienses.

Yins exhaló.

—Bien.

Zani entrecerró los ojos.

—Y tampoco vas a desaparecer en tu habitación durante horas.

—Eso es exagerado.

—Treinta y dos años, Shadow.

Yins no tuvo argumento.

Zani soltó una risa suave.

—Vamos a caminar por una ciudad. Comer algo que no sea raciones de campaña. Tal vez escuchar música. Tal vez… hablar de cosas que no duelan.

El silencio que siguió fue distinto.

Más ligero.

Yins sintió algo extraño en el pecho.

No era guerra.

No era dolor.

Era expectativa.

—Zani…

—¿Sí?

—Gracias.

La semi humana parpadeó.

Luego sonrió con una calidez que no tenía nada de batalla.

—Para eso estoy.

Y mientras el sol comenzaba a caer detrás del desierto devastado…

Por primera vez en treinta y dos años…

No caminaban hacia una guerra.

Caminaban hacia algo que se parecía A vivir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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