The strongest warrior of humanity - Capítulo 177
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Capítulo 177: Capitulo 177 no hay nada mejor que una conversación
El amanecer llegó frío.
La neblina cubría el claro frente a la casa. El suelo estaba húmedo y el aire olía a tierra y metal.
Carlos ya estaba de pie cuando ambas salieron.
—Sin armas —dijo con calma—. Solo cuerpo y energía.
Zani estiró los hombros. Sus orejas felinas se movieron levemente, atentas a cada sonido.
Yins permanecía en silencio.
Pero su sombra… se movía inquieta bajo sus pies.
—Comiencen.
Zani fue la primera en lanzarse.
Rápida.
Demasiado rápida.
Yins apenas logró bloquear el primer golpe. La fuerza la hizo retroceder varios pasos.
Zani sonrió.
—Eres lenta.
Yins frunció el ceño.
Su sombra se extendió como una ola negra y envolvió el suelo. Zani saltó hacia atrás, evitando quedar atrapada.
—Interesante —murmuró.
Atacaron al mismo tiempo.
Golpe.
Bloqueo.
Rodillas contra costillas.
Garras rozando piel.
La sombra de Yins intentaba sujetar los tobillos de Zani, pero la semi humana se movía con agilidad animal, impredecible.
Carlos observaba sin intervenir.
Yins comenzó a respirar más pesado.
Zani no solo era fuerte.
Era instintiva.
En un descuido, Zani la derribó al suelo y presionó su brazo contra su cuello.
—Te dije que era suficiente —susurró cerca de su oído.
La sombra de Yins explotó hacia arriba, lanzando a Zani varios metros atrás.
Ambas quedaron de pie, heridas leves marcando sus brazos.
Silencio.
El aire vibraba.
Yins apretó los dientes.
No iba a perder.
No frente a ella.
La oscuridad alrededor de su cuerpo comenzó a densificarse. El suelo bajo sus pies se agrietó.
Carlos dio un paso adelante.
—Basta.
Su voz cortó la tensión como una cuchilla.
Ambas se detuvieron.
—No entrenan para destruirse entre ustedes —dijo con firmeza—. Entrenan para sobrevivir juntas.
Zani respiraba agitada, pero bajó la guardia.
Yins no lo hizo de inmediato.
Carlos la miró directamente.
—¿Vas a convertir cada vínculo en una amenaza?
La pregunta dolió más que el combate.
Yins bajó la mirada.
Zani limpió la sangre de su labio.
—No vine a quitarte nada —dijo finalmente—. Vine porque él me encontró igual que a ti.
Yins levantó la vista.
Zani continuó:
—Yo también estaba sola.
Eso cambió algo.
El silencio dejó de ser hostil.
Carlos cruzó los brazos.
—La guerra que se acerca no se gana con orgullo. Se gana con confianza.
Yins respiró profundo.
La sombra volvió a sus pies, tranquila.
Se acercó a Zani.
Hubo un segundo de tensión.
Luego extendió la mano.
Zani la miró… y la tomó.
El apretón no fue suave.
Fue firme.
Un acuerdo sin palabras.
Carlos observó la escena.
Sin sonreír.
Pero satisfecho.
Ese día no nació una amistad.
Nació algo más fuerte.
Respeto.
Y sin saberlo…
Aquel vínculo que comenzó con rivalidad…
Se convertiría, treinta y dos años después…
En la única razón por la que ambas seguirían vivas.Los días dejaron de sentirse como competencia.
El entrenamiento cambió.
Ya no era Yins contra Zani.
Era Yins y Zani contra Carlos.
Y eso… era infinitamente peor.
—Otra vez —decía él cada vez que las derribaba en menos de tres movimientos.
Aprendieron a cubrir los puntos ciegos de la otra.
Cuando Zani atacaba de frente, Yins envolvía el suelo con sombra.
Cuando Yins quedaba vulnerable tras usar demasiada energía, Zani intervenía con velocidad brutal.
Golpe.
Coordinación.
Respiración sincronizada.
Por primera vez… Yins no peleaba sola.
Una tarde, después de horas de combate, ambas quedaron tendidas en el suelo mirando el cielo.
—Oye, sombra —murmuró Zani, usando el apodo por primera vez—. Eres demasiado seria.
—Y tú demasiado ruidosa.
Zani soltó una risa suave.
—Te preocupas mucho por lo que él piensa.
Yins guardó silencio.
Zani giró la cabeza para mirarla.
—No te va a reemplazar.
Esa frase golpeó directo.
Yins apretó los labios.
—No es eso.
—Claro que lo es.
Silencio.
El viento movía la hierba alrededor.
Zani suspiró.
—Carlos no nos rescató para que compitiéramos por su aprobación. Nos rescató porque vio algo en nosotras.
Yins recordó aquel día bajo la lluvia.
Recordó el plato caliente.
Recordó el “levántate”.
—Él… me dio un lugar —susurró.
—A mí también.
Esa noche, mientras entrenaban bajo la luna, Carlos las observó pelear juntas contra una bestia invocada.
Ya no se interrumpían.
No dudaban.
Se movían como una sola unidad.
Cuando la criatura cayó, ambas quedaron de pie, espalda con espalda, respirando agitadas.
Carlos habló desde la sombra.
—Bien.
Solo una palabra.
Pero esta vez… no fue dirigida a una sola.
Fue para ambas.
Yins sintió algo distinto en el pecho.
No celos.
No miedo.
Orgullo compartido.
Con el paso de los años, el vínculo creció.
Zani era fuego.
Impulsiva.
Leal hasta la muerte.
Yins era oscuridad.
Calculadora.
Silenciosa.
Juntas… eran equilibrio.
Pero el mundo no se mantuvo en paz.
Los rumores comenzaron primero.
Reinos cayendo.
Criaturas que no pertenecían a ese plano.
La palabra “guerra” comenzó a escucharse con más frecuencia.
Una noche, Carlos regresó herido.
No gravemente.
Pero herido.
Yins fue la primera en verlo.
Su sangre sobre la nieve la paralizó por un segundo.
—¿Quién hizo esto? —preguntó con una calma peligrosa.
Carlos se sentó sin dramatismo.
—Esto recién comienza.
Zani apretó los puños.
—Entonces iremos contigo.
Carlos negó lentamente.
—Aún no.
La tensión se volvió espesa.
—¿Aún no? —repitió Yins.
—Si la humanidad va a sobrevivir… necesitará algo más que fuerza. Necesitará lo que ustedes están construyendo.
Zani frunció el ceño.
—No somos niñas.
Carlos la miró con esa intensidad que siempre imponía silencio.
—Precisamente por eso.
Esa fue la última noche en que entrenaron juntos los tres bajo la misma luna.
Días después…
Carlos desapareció en el frente de batalla.
Sin despedidas largas.
Sin promesas dramáticas.
Solo una frase antes de partir:
—Sobrevivan.
Treinta y dos años después…
En medio del desierto devastado por la guerra de la humanidad…
Yins cerró los ojos.
Zani permanecía a su lado.
Ambas más fuertes.
Más endurecidas.
Pero aún esperando.
—Lo encontraremos —dijo Zani en voz baja.
Yins miró el horizonte.
La sombra bajo sus pies se movió suavemente.
—Sí.
Porque si algo les enseñó el hombre que decidía quién vivía y quién moría…
Es que la esperanza…
También puede ser un arma.
El viento del desierto levantaba arena fina alrededor de ellas.
Zani mantenía la mirada fija en el horizonte, pero sabía que Yins no estaba hablando solo del presente.
—Pero sabes muy bien que hay cosas que no podemos olvidar, Zani…
Su voz no temblaba.
Pero pesaba.
Zani bajó ligeramente las orejas, un gesto que solo Yins entendía después de tantos años.
—Lo sé —respondió con suavidad—. Y tampoco deberíamos olvidarlas.
Yins cerró los ojos un instante.
Había cicatrices que no estaban en la piel.
—En fin… tenemos que irnos. Además está Angélica. Ella se las podrá arreglar por el momento.
Zani la miró de lado.
—¿Estás segura?
Yins asintió.
—Angélica no es débil. Si alguien puede mantener la barrera activa mientras nos movemos… es ella.
Zani cruzó los brazos.
—Aun así, si el frente imperial avanza más rápido de lo esperado—
—No lo hará —interrumpió Yins con firmeza—. No mientras su comandante siga subestimándonos.
Zani sonrió levemente.
Ahí estaba.
La Yins estratega.
La que no dudaba.
La que aprendió de Carlos a pensar tres movimientos adelante.
Pero el silencio volvió a caer entre ellas.
—Tenemos que ser muy cuidadosas de ahora en adelante —añadió Yins, bajando la voz—. Esto ya no es solo búsqueda. Nos están observando.
Zani olfateó el aire.
El instinto bestial seguía intacto.
—Sí… desde hace días.
No era paranoia.
Era experiencia.
La guerra había cambiado todo.
Las alianzas ya no eran claras.
Las traiciones eran moneda común.
Y el nombre de Yins Shadow empezaba a circular en demasiadas bocas.
—Si quieren venir por nosotras… —murmuró Zani, estirando los dedos como si ya sintiera el combate— que lo intenten.
Yins negó ligeramente.
—No. Eso es lo que buscan. Que reaccionemos.
Zani la miró.
—Entonces, ¿qué propones?
La sombra bajo los pies de Yins comenzó a expandirse suavemente, como una neblina oscura que apenas rozaba la arena.
—Nos moveremos por las ruinas del sector norte. Usaremos los túneles antiguos. Nadie vigila lo que creen destruido.
Zani soltó una pequeña risa.
—Sigues siendo aterradora cuando planeas.
—Aprendí del mejor.
Ambas guardaron silencio al mencionar lo que no necesitaba decirse.
Carlos.
El cielo comenzó a oscurecerse.
Era hora de moverse.
Zani ajustó las correas de sus guanteletes.
—Oye, Yins.
—¿Qué?
—Si lo encontramos… ¿qué vas a decirle?
La pregunta la tomó desprevenida.
Yins miró el horizonte rojizo.
Pensó en la lluvia.
En el flan pisoteado.
En el “levántate”.
En la última vez que lo vio partir sin mirar atrás.
Su voz fue casi un susurro.
—Nada.
Zani alzó una ceja.
—¿Nada?
—No hace falta.
Porque algunas conexiones no necesitan palabras.
Se entienden en silencio.
Y sin decir más, Yins dio el primer paso.
La sombra las envolvió a ambas.
Y desaparecieron entre la arena y la oscuridad.
La guerra aún no había terminado.
Y ellas tampoco.
El viento se volvió más frío.
La arena dejó de moverse por un instante, como si el mundo estuviera escuchando.
Yins hablaba sin detenerse. No era rabia. No era debilidad.
Era todo lo que había guardado durante años.
—Esta guerra no acabará… ¿sabes por qué? —su voz era firme—. Porque lo que empezó no fue una batalla de reinos. Fue traición.
Zani no interrumpió.
Sabía que cuando Yins hablaba así… no debía hacerlo.
—Solo éramos unas niñas. Y él tenía razón… éramos un estorbo en sus combates. —apretó los dientes—. Cuando supimos que lo traicionaron… sus propios aliados… su propio hermano…
El aire vibró.
—Ahí fue cuando me rompí.
Zani recordaba esa noche.
Yins entrenando hasta sangrar.
Hasta no poder levantar los brazos.
Hasta que el dolor físico fuera más fuerte que el interno.
—Lloré su muerte… aunque nunca vi el cuerpo. Me viste caer. Me viste destruirme. Cada entrenamiento. Cada lágrima. Cada matanza.
Zani cerró los ojos.
Sí.
La vio.
La sostuvo cuando nadie más lo hizo.
Yins levantó la espada hacia el cielo. La hoja reflejó la luz del atardecer como una promesa peligrosa.
—Entendí algo, Zani… el dolor y el amor son cosas distintas.
Su voz bajó.
—Pero aun así… lo traeré de regreso. Aunque yo caiga en batalla. Estoy dispuesta a darlo todo… por él.
El silencio que siguió fue pesado.
Luego, como si la tensión no fuera suficiente, Yins añadió:
—¿Te imaginas que esté saliendo con alguien?
Zani se tensó.
Muy ligeramente.
Pero Yins lo notó.
Las orejas felinas bajaron apenas un centímetro.
—No lo sé —respondió Zani con neutralidad forzada.
Entonces ocurrió.
Una sonrisa apareció en el rostro de Yins.
No era cálida.
No era dulce.
Era peligrosa.
Oscura.
—Créeme… a esa persona ni de loca la protegería.
El aire se volvió denso.
La sombra bajo sus pies se agitó con violencia.
Zani dio un paso adelante.
Su voz ya no era suave.
—Shadow.
Yins no apartó la mirada del horizonte.
Zani la tomó del brazo con firmeza.
—Escúchame bien.
Sus ojos dorados brillaron con intensidad felina.
—No entrenamos treinta y dos años para convertirnos en monstruos por celos.
La palabra cayó como un golpe.
Celos.
Yins frunció el ceño.
—No son celos.
—Entonces ¿qué son?
Silencio.
Zani bajó la voz.
—Lo amas. Eso no es una debilidad. Pero si tu amor depende de poseerlo… entonces no lo entendiste.
Yins apretó la espada.
Zani continuó:
—Él nos enseñó a elegir. A no dejarnos consumir por la oscuridad. Si está vivo… no te querría así.
Eso dolió más que cualquier herida.
La sonrisa siniestra desapareció lentamente.
La sombra volvió a calmarse.
Zani soltó su brazo.
—Si está con alguien… y es feliz… ¿lo destruirías solo porque no eres tú?
Yins no respondió de inmediato.
Su respiración se estabilizó.
Miró la espada.
Luego el cielo.
Luego a Zani.
—No lo sé.
Honestidad cruda.
Eso era más valioso que cualquier promesa.
Zani suspiró.
—Entonces todavía estás aprendiendo.
Yins guardó la espada.
—No pienso rendirme.
—Nunca te lo pediría.
El viento volvió a soplar.
La guerra seguía.
El pasado seguía ardiendo.
Pero algo había cambiado.
No era la promesa de traerlo de regreso.
Era entender que el amor no se demuestra destruyendo.
Se demuestra sobreviviendo.
Y si algún día lo encontraban…
La batalla más difícil no sería contra los enemigos.
Sería contra lo que guardaban dentro.
Yins carraspeó ligeramente, evitando mirar a Zani directamente.
—Como sea… hay que irnos. Escuché que hay una ciudad muy hermosa… creo que se llamaba la Ciudad Esmeralda. Tal vez podamos… pasar tiempo juntas.
La última parte salió más baja.
Más torpe.
Como si le costara más que levantar una espada.
Zani se quedó mirándola unos segundos.
Luego alzó una ceja.
—Oh, vaya… —su tono se volvió peligrosamente juguetón—. Así que quieres pasar tiempo de calidad conmigo.
Yins se tensó.
—No es eso. Solo es estratégico. Una ciudad grande es buen punto de información.
—Claro. Información. Paseos estratégicos. Conversaciones tácticas bajo la luna. Muy militar todo.
Yins sintió calor subirle al rostro.
Zani dio un pequeño paso más cerca.
—Es increíble. Treinta y dos años encerrada entrenando, rompiéndote huesos, evitando cualquier cosa que no fuera guerra… y ahora de repente quieres “salir”.
Se llevó una mano al pecho fingiendo sorpresa.
—Estoy conmovida.
Yins apartó la mirada.
—No te burles.
Zani sonrió dulcemente.
No con ironía.
Con cariño.
—No me burlo. Me gusta.
Eso la tomó desprevenida.
El viento movió el cabello de Yins.
Zani bajó la voz.
—Me gusta que quieras algo que no sea pelear. Me gusta que quieras estar conmigo… sin sangre de por medio.
Silencio.
Yins respiró hondo.
—No somos solo armas.
Zani negó suavemente.
—Nunca lo fuimos.
Un pequeño momento de calma se abrió entre ellas.
No tensión.
No rivalidad.
Solo… presencia.
—Además —añadió Zani con una sonrisa traviesa—, si es la Ciudad Esmeralda de la que hablas… dicen que es hermosa de verdad.
Ciudad esmeralda
—Torres verdes que brillan de noche. Jardines colgantes. Mercados llenos de música. —Zani inclinó la cabeza—. No parece un mal lugar para que dos guerreras que no saben descansar aprendan a hacerlo.
Yins la miró finalmente.
Más tranquila.
Más humana.
—Entonces iremos.
Zani sonrió.
—Pero una condición.
—¿Cuál?
—Nada de entrenar al amanecer.
Yins abrió la boca para protestar.
Zani se acercó y le dio un pequeño golpecito en la frente.
—Ni siquiera lo pienses.
Yins exhaló.
—Bien.
Zani entrecerró los ojos.
—Y tampoco vas a desaparecer en tu habitación durante horas.
—Eso es exagerado.
—Treinta y dos años, Shadow.
Yins no tuvo argumento.
Zani soltó una risa suave.
—Vamos a caminar por una ciudad. Comer algo que no sea raciones de campaña. Tal vez escuchar música. Tal vez… hablar de cosas que no duelan.
El silencio que siguió fue distinto.
Más ligero.
Yins sintió algo extraño en el pecho.
No era guerra.
No era dolor.
Era expectativa.
—Zani…
—¿Sí?
—Gracias.
La semi humana parpadeó.
Luego sonrió con una calidez que no tenía nada de batalla.
—Para eso estoy.
Y mientras el sol comenzaba a caer detrás del desierto devastado…
Por primera vez en treinta y dos años…
No caminaban hacia una guerra.
Caminaban hacia algo que se parecía A vivir.
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