Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

The strongest warrior of humanity - Capítulo 179

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. The strongest warrior of humanity
  4. Capítulo 179 - Capítulo 179: Capitulo 179 Mi personalidad
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 179: Capitulo 179 Mi personalidad

El aire se volvió denso.

Carlos intentaba sonar firme, pero su voz traicionaba algo que pocas veces se le veía: nervios.

Frente a él, las dos Shiro no se movían… pero la presión en el ambiente era como si el cielo estuviera a punto de caer.

—Tranquilas —repitió, más para sí mismo que para ellas.

Sabía perfectamente lo que había hecho.

Bajar la guardia.

Dudar.

En combate, una fracción de segundo es suficiente.

Y ella lo aprovechó.

El sello no falló por falta de poder.

Falló por una grieta emocional.

Y eso era peor.

Carlos tragó saliva.

—¿Cómo saliste…?

No lo dijo en voz alta, pero la pregunta lo perseguía.

Los sellos de contención que había usado no eran improvisados. Eran estructuras complejas, ancladas a su propia energía vital. Para romperlos no bastaba con fuerza bruta.

Se necesitaba:

Conocimiento del núcleo del sello.

Resonancia compatible.

O… intervención externa.

Sus ojos se entrecerraron levemente.

Gabriel.

Si Gabriel se enteraba de que Shiro había escapado…

No se enfadaría.

Eso sería lo preocupante.

Gabriel pensaría.

Analizaría.

Y luego haría preguntas que nadie quería responder.

¿Por qué falló el sello? ¿Hubo interferencia? ¿Hubo duda en el ejecutor?

Y la última sería la más peligrosa.

Carlos sabía la verdad.

Dudó.

No quiso destruir completamente lo que había sido su alumna.

No quiso cruzar esa línea irreversible.

Y esa mínima compasión abrió una fisura.

Una de las Shiro inclinó apenas la cabeza, como si leyera sus pensamientos.

—Sigues pensando que fue un error técnico —dijo con una calma inquietante.

Carlos no respondió.

Porque no lo fue.

Fue humano.

Y en su mundo, lo humano se paga caro.

Si Gabriel lo supiera, no lo humillaría. No lo atacaría. Simplemente ajustaría el protocolo.

La próxima vez no habría margen emocional.

Carlos respiró despacio.

—No volverá a pasar.

Pero no estaba seguro de si hablaba del sello…

O de su duda.

Las dos Shiro avanzaron un paso.

No como amenaza.

Como recordatorio.

El pasado no está sellado.

Y las decisiones que se toman por amor, culpa o compasión…

Siempre tienen consecuencias.

Carlos enderezó la espalda.

Podía aceptar haber sido derrotado.

Podía aceptar el error táctico.

Lo que no sabía aún…

Era si podía aceptar que en el fondo, no quiso ganar del todo.

Shimizu estaba tan cerca que Carlos podía sentir el temblor en su respiración.

—Sé lo que estás pensando… —dijo ella—. Que si Gabriel regresa, en tu estado actual no podrás hacer nada.

Carlos no apartó la mirada.

—Tal vez no pueda pelear como antes —admitió—. Pero no es la primera vez que enfrento algo estando incompleto.

Ella frunció el ceño.

—Esta vez es distinto. Yo vi lo que hiciste. Lo mataste sin piedad… y aun así volvió todo a romperse. ¿Qué pasará ahora?

El recuerdo pesó en el aire.

Ling. Gabriel. El “otro”.

Nombres que no eran solo enemigos, sino cicatrices.

—No todos pueden volverse fuertes de la noche a la mañana —continuó Shimizu—. Tú tampoco. Y yo… yo ya viví demasiado. Guerra. Muertes. Promesas que no pude cumplir. No quiero que ella repita eso.

Miró de reojo a la otra Shiro.

—Prefiero sufrir yo… si eso le da a la pequeña Shiro una vida feliz.

Y entonces sonrió.

No era una sonrisa triste.

Era una sonrisa resignada.

Como alguien que ya decidió pagar un precio.

Carlos la abrazó sin pedir permiso.

No fue un gesto impulsivo.

Fue necesario.

—Shimizu Shiro… —su voz era baja—. Si quieres llorar, llora. Pero no voy a permitir que sigas creyendo que tu destino es sufrir para que otros vivan.

Ella tembló.

—Por favor… no sigas.

La palabra “promesa” parecía dolerle más que cualquier herida.

—Estoy cansada, Carlos. ¿No lo ves? Cada vez que alguien cae, siento que fue mi culpa. Cada vez que no soy suficiente… me odio más.

Carlos guardó silencio.

Porque él también conocía ese odio.

Ese diálogo interno que nunca descansa.

La otra Shiro habló por primera vez en un tono distinto.

—Las dos sentimos lo mismo. No pudimos proteger lo que debíamos. Y desde entonces creemos que todo lo que ocurre es consecuencia de eso.

Shimizu bajó la cabeza.

—Si soy más fuerte… nadie morirá.

Carlos negó lentamente.

—Eso no es fuerza. Eso es desesperación.

Ella levantó la mirada.

—Entonces dime qué hago.

—Acepta que no eres un dios —respondió con calma—. No controlas cada resultado. No puedes cargar con cada muerte. No puedes convertirte en escudo eterno.

Shimizu apretó los puños.

—Pero si no lo intento…

—Inténtalo —interrumpió él—. Pero no te destruyas en el proceso.

Silencio.

Pesado. Honesto.

Carlos apoyó su frente contra la de ella.

—No quiero que la pequeña Shiro viva feliz a costa de tu sacrificio. Quiero que ambas vivan. Que ambas encuentren algo más que guerra.

La otra Shiro dio un paso al frente.

—Si tú te condenas… yo no seré feliz. Seré una versión que sobrevivió gracias a tu martirio. Y eso no es vivir.

Shimizu respiró profundo.

Por primera vez no discutió.

Solo… dejó de resistir.

—Tengo miedo —susurró.

—Yo también —respondió Carlos.

Y ahí estaba la verdad.

No eran invencibles. No eran suficientes. No podían salvar a todos.

Pero tampoco estaban solos.

El peso seguía ahí.

La culpa no desapareció.

Pero ya no era un castigo silencioso.

Era algo que podían enfrentar juntos.

Y eso…

No resolvía la guerra.

Pero sí impedía que se destruyeran antes de que empezara.Shimizu no lo dijo con rabia.

Lo dijo como quien por fin deja caer una verdad que lleva siglos sosteniendo.

—Si Queen estuviera viva… yo no me habría convertido en esto.

El aire se volvió más frío.

Carlos no respondió de inmediato.

Porque sabía que esa frase no era sobre Queen.

Era sobre culpa. Sobre pérdida. Sobre el “qué hubiera pasado si…”.

La otra Shiro cerró los ojos un momento.

—Si Queen estuviera viva… —repitió en voz baja—, tal vez habríamos tenido a alguien que nos detuviera antes de cruzar ciertas líneas.

Shimizu apretó los puños.

—Ella sabía cómo mirarme sin miedo. Sin expectativas. Sin… decepción.

Carlos finalmente habló.

—¿Y estás segura de que ella querría verte así?

Shimizu levantó la mirada, molesta.

—No uses eso en mi contra.

—No lo estoy usando —respondió con calma—. Te estoy preguntando algo real.

Silencio.

Carlos continuó, más suave:

—Si Queen estuviera viva… ¿crees que querría que vivieras castigándote por lo que pasó?

La pregunta quedó suspendida.

Shimizu respiró con dificultad.

—Ella murió por protegerme..

—Y tú estás intentando morir lentamente por lo mismo.

Eso la hizo callar.

La otra Shiro habló con una firmeza distinta.

—Queen no te enseñó a sacrificarte hasta desaparecer. Te enseñó a proteger sin perderte.

Shimizu negó con la cabeza.

—No fui suficiente.

Carlos dio un paso más cerca.

—Quizá no. Pero nadie lo fue. Ni tú. Ni yo. Ni ella.

Las guerras no se pierden por una sola persona.

Y tampoco se ganan.

Shimizu cerró los ojos.

Por primera vez, sus hombros dejaron de estar tensos como si cargaran el mundo.

—No sé quién sería yo si ella siguiera aquí.

Carlos respondió sin titubear:

—Serías tú. Solo que con menos cicatrices innecesarias.

Silencio.

Queen no estaba viva.

Eso no iba a cambiar.

Pero la forma en que Shimizu estaba usando su recuerdo como castigo…

Eso sí podía cambiar.

La otra Shiro se acercó y tomó la mano de Shimizu.

—No te convertiste en esto por su muerte. Te convertiste en esto porque sobreviviste.

Y sobrevivir duele.

Carlos sostuvo su mirada.

—No eres un error creado por la pérdida.

Eres alguien que aún puede elegir qué hacer con ella.

Shimizu no lloró.

Pero por primera vez…

Dejó de aferrarse al “si ella estuviera viva” como si fuera la única versión válida de su existencia.

Y eso era el inicio de algo distinto.

No paz.

No todavía.

Pero sí… posibilidad. Shimizu no apartó la mirada esta vez.

La frase seguía flotando entre los tres, pero ya no tenía el mismo filo.

—Si Queen estuviera viva… —murmuró de nuevo, más suave—. Tal vez yo no habría tenido que aprender a ser tan fría.

Carlos negó con calma.

—No te volviste fría. Te volviste rígida.

Ella frunció el ceño.

—Es lo mismo.

—No —respondió él—. La frialdad es ausencia. Lo tuyo es contención. Sientes demasiado… y decidiste sellarlo para no romperte.

La otra Shiro observó en silencio.

—Cuando murió —continuó Shimizu— sentí que algo en mí también debía morir. Que si seguía siendo la misma, era una falta de respeto.

Ahí estaba el verdadero núcleo.

No era solo culpa.

Era lealtad distorsionada.

Carlos habló con firmeza tranquila:

—Convertirte en alguien que solo conoce guerra no honra su memoria.

—Entonces ¿qué la honra? —preguntó ella, casi desafiante.

—Vivir lo que ella quería proteger.

Silencio.

Las palabras no eran grandiosas.

Pero eran directas.

La otra Shiro apretó ligeramente la mano de Shimizu.

—Queen luchaba para que no tuviéramos que hacerlo eternamente.

Shimizu bajó la mirada.

—Pero si bajo la guardia… alguien muere.

Carlos dio un paso atrás, dejándole espacio.

—Eso no es verdad absoluta. Es trauma hablando.

Ella alzó la cabeza lentamente.

—No puedes garantizar que nadie muera.

—No —admitió él—. Pero tampoco puedes garantizar que todo sea tu culpa.

El mundo no gira sobre tu responsabilidad.

Y esa idea le dolía porque llevaba siglos creyendo lo contrario.

Shimizu respiró hondo.

—Tengo miedo de ser feliz.

Carlos no suavizó la verdad.

—Porque crees que no lo mereces.

Ella no respondió.

No hacía falta.

La otra Shiro habló con voz más clara que nunca:

—Yo no quiero una vida feliz construida sobre tu auto castigo. Si voy a vivir mil años más… quiero que tú también lo hagas sin odiarte.

Esa frase quebró algo invisible.

Shimizu cerró los ojos.

—No sé cómo dejar de odiarme.

Carlos respondió sin dudar:

—No lo dejas de golpe. Empiezas dejando de castigarte por cosas que estaban fuera de tu control.

—Eso suena simple.

—No lo es. Es lo más difícil que existe.

El viento movió suavemente el entorno.

No había batalla.

No había enemigos frente a ellos.

Solo heridas antiguas pidiendo espacio para sanar.

Carlos habló una última vez, sin imponerse.

—Queen no te convirtió en esto. La pérdida sí. Pero tú decides qué hacer ahora con esa pérdida.

Shimizu abrió los ojos.

Ya no estaban llenos de rabia.

Tampoco de resignación.

Había algo nuevo.

No esperanza completa.

Pero sí una grieta en el muro que había construido.

—Si intento vivir diferente… —dijo en voz baja—. ¿Y vuelvo a fallar?

Carlos respondió sin vacilar:

—Entonces fallaremos juntos. Pero no volverás a cargarlo sola.

La otra Shiro asintió.

Por primera vez, las dos no estaban compitiendo por quién sufría más.

Estaban compartiendo el peso.

Y en ese instante…

La guerra seguía existiendo.

Gabriel seguía siendo una amenaza.

El pasado no había desaparecido.

Pero Shimizu ya no estaba sola frente a él.

Y eso cambiaba todo.

El filo frío rozó la piel de Carlos.

No lo suficiente para cortar.

Lo suficiente para recordar.

Shimizu no temblaba ahora.

Sus ojos no estaban nublados por tristeza.

Estaban claros.

Demasiado claros.

—Será mejor que no hables como si entendieras todo —dijo con voz baja, peligrosa—. Tú también lo perdiste todo.

Carlos no intentó apartar la espada.

No porque no pudiera.

Sino porque entendía lo que estaba pasando.

—Fuiste traicionado por tus amigos. Por tu propio hermano —continuó ella—. Y después… mataste a todos. Reyes. Dioses. Clanes enteros. No fue defensa. No fue justicia. Fue obediencia.

La palabra cayó como un martillo.

Obediencia.

—Seguiste las órdenes de tu querido hermano mayor como un perro —escupió.

La otra Shiro no intervino.

Observaba.

Porque esto no era un ataque físico.

Era una herida abierta.

Carlos habló despacio.

—No estás equivocada.

Eso la descolocó un segundo.

Esperaba negación.

Orgullo.

Rabia.

—Maté más de lo que debía —continuó él—. Y durante un tiempo dejé de distinguir entre enemigo y obstáculo.

El filo presionó un poco más.

Una línea roja apareció en su cuello.

—¿Y ahora vienes a decirme que no me castigue? —susurró ella—. ¿Que no cargue con la culpa?

Carlos sostuvo su mirada.

No desafiante.

No suplicante.

Firme.

—Sí.

Shimizu apretó los dientes.

—Hipócrita.

—Tal vez.

Silencio.

El aire estaba a punto de romperse.

—Crees que no sé lo que es odiarme —continuó él—. Cada rostro que cayó por mi espada… los recuerdo. No los olvidé. No me enorgullezco.

—Pero lo hiciste.

—Sí.

La aceptación fue más violenta que cualquier defensa.

La otra Shiro dio un paso adelante.

—Entonces ¿por qué no te destruyes como ella quiere hacerlo?

Carlos no apartó la vista de Shimizu.

—Porque si me destruyo… todo lo que hicieron, todo lo que sufrimos, se vuelve inútil.

La espada tembló apenas.

—Eso suena conveniente.

—No. Suena práctico.

Carlos respiró con calma, aun con el filo en el cuello.

—Yo también fui manipulado. También obedecí. También crucé líneas que no debí cruzar. Pero quedarme atrapado en esa versión de mí no revive a nadie.

Shimizu susurró:

—Tú elegiste.

—Sí.

Esa palabra fue pesada.

—Y tú también elegiste cosas en la guerra. Cosas que no querías hacer.

Ella no respondió.

—La diferencia —continuó Carlos— es que yo dejé de creer que debía pagar eternamente por cada error.

—¿Y crees que eso te absuelve?

—No. Me permite seguir.

Silencio.

La sangre comenzaba a deslizarse lentamente por su cuello.

La otra Shiro habló con firmeza:

—Si lo matas… ¿eso aliviará tu culpa?

La pregunta atravesó la tensión.

Shimizu no respondió.

Porque sabía la verdad.

No lo haría.

Carlos dio un paso hacia la espada en lugar de alejarse.

El filo cortó un poco más.

—Si necesitas odiarme para no odiarte a ti misma… hazlo.

Eso sí la hizo temblar.

—Pero no confundas mi pasado con una excusa para destruirte.

Sus ojos se encontraron.

Dos personas que habían cometido errores irreparables.

Dos sobrevivientes de decisiones que no tenían vuelta atrás.

—No soy sabio —dijo él en voz baja—. Soy alguien que decidió dejar de obedecer.

El silencio se volvió insoportable.

La espada cayó al suelo.

No con fuerza.

Con agotamiento.

Shimizu retrocedió un paso.

No estaba furiosa.

Estaba desarmada.

No físicamente.

Emocionalmente.

—No te odio —susurró.

—Lo sé —respondió Carlos.

—Me odio a mí.

La otra Shiro se acercó lentamente.

—Entonces deja de intentar usar su pasado como permiso para castigarte.

El viento sopló entre ellos.

La guerra seguía existiendo.

Gabriel seguía siendo amenaza.

El pasado seguía manchado de sangre.

Pero algo había cambiado.Estaba enfrentando el reflejo de su propio dolor.Y él no retrocedió.No porque fuera invencible.Sino porque ya no estaba huyendo de quien fue.

El ambiente cambió.

No fue magia.

Fue presencia.

La presión que emanó de Carlos no era poder descontrolado… era contención liberada.

Su mirada ya no temblaba. Su voz no dudaba.

Era la voz de alguien que había caminado por el infierno y regresado sin pedir permiso.

—Te diré una cosa… y quiero que te calles ahora mismo.

No fue un grito vacío.

Fue autoridad.

Shimizu sintió esa antigua versión despertando.

Esa frialdad quirúrgica. Ese filo invisible.

Pero esta vez no era crueldad.

Era decisión.

—Sí. Cometí errores. Muchos. Y aun así sigo adelante. Tú misma lo dijiste.

El nombre cayó pesado.

—Henry.

El aire pareció detenerse.

—El capitán de los Caballeros Platinos del Amanecer dio su vida por mí. Por David. Por Sasha. Por Masha. Por Mío.

No había orgullo en sus palabras.

Había memoria.

—Él murió protegiéndonos. Y antes de eso… cuando estuve poseído por Lucifer… cuando perdí el control… cuando pensé que ya no merecía seguir… fue él quien me buscó.

Su voz bajó, pero no perdió fuerza.

—Me escuchó. Me sostuvo cuando yo no podía sostenerme.

Shimizu no apartó la mirada.

Carlos dio un paso adelante.

No agresivo.

Imponente.

—La muerte que más me dolió no fue la traición. No fue la guerra. Fue la suya.

Sus ojos brillaron con algo más oscuro que rabia.

Responsabilidad.

—Me dejó promesas. Cuidar de Melissa. Hacerla fuerte. Cambiar la corrupción en los reinos. No convertirme en el monstruo que otros querían que fuera.

Silencio.

—¿Crees que puedo darme el lujo de destruirme por culpa? —su voz vibró—. ¿Crees que puedo quedarme llorando eternamente?

Shimizu no respondió.

—No puedo. Porque él dio su vida creyendo que yo haría algo mejor con la mía.

Esa era la diferencia.

No negaba su pasado.

Lo cargaba con propósito.

—Así que dime tú —su voz se endureció—. ¿Vas a usar tu dolor como excusa para rendirte… o como razón para volverte más fuerte sin perderte?

El suelo parecía temblar.

No por poder mágico.

Por convicción.

La otra Shiro habló con calma:

—Él no está siendo egoísta.

Carlos apretó los puños.

—Claro que lo soy.

Esa admisión fue inesperada.

—Soy egoísta porque quiero cumplir mis promesas. Porque quiero ver a Melissa crecer. Porque quiero que este mundo deje de pudrirse. Porque quiero que ustedes vivan sin destruirse.

Respiró profundo.

La frialdad no desapareció.

Pero ahora estaba controlada.

—No te estoy pidiendo que ignores tu dolor. Te estoy exigiendo que no lo conviertas en tu identidad.

Shimizu sintió el peso de esas palabras.

No era desprecio.

Era desafío.

—Henry no murió para que yo me odiara —continuó Carlos—. Murió creyendo que yo sería mejor.

Su mirada se suavizó apenas.

—Queen tampoco murió para que tú te conviertas en un castigo viviente.

Silencio.

Pesado.

Real.

Carlos bajó ligeramente la intensidad de su presencia.

—Si quieres pelear contra Gabriel, lo haremos. Si quieres proteger a la pequeña Shiro, hazlo. Pero no vuelvas a usar mi pasado como escudo para esconder el tuyo.

Shimizu respiró hondo.

Por primera vez, no vio al monstruo.

Vio al hombre que decidió no seguir siéndolo.

Y eso…

Era mucho más aterrador.

Porque significaba que ella también podía elegir.

Y ya no tenía excusas.

El aire se volvió electricidad pura.

Carlos no gritó esta vez.

No necesitó hacerlo.

El “Dios del Rayo” no era solo un título.

Era un estado.

La espada de Shimizu desapareció en un destello, desintegrada antes de tocar el suelo. El cielo se cubrió de círculos arcanos, capas sobre capas, matrices infinitas girando como engranajes celestiales.

Más de un millón de hechizos.

No era exageración.

Era cálculo.

Cada uno apuntando a un punto vital distinto. Cada uno suficiente para borrar una ciudad. Juntos… suficientes para fracturar mundos.

La sonrisa torcida de Shimizu no desapareció.

—¿En serio planeas matarme?

Carlos la miró con ojos vacíos.

—No planeo. Ejecuto.

El suelo empezó a resquebrajarse bajo la presión.

—Recuerda algo —dijo ella—. Nunca pudiste vencerme en un uno contra uno.

—Tienes razón —respondió él con frialdad absoluta—. En un duelo limpio.

Los círculos mágicos descendieron un nivel.

La atmósfera gritó.

—Pero esto no es un duelo.

Un pulso eléctrico atravesó el horizonte.

—¿Crees que sobrevivirías a esto?

Por un instante, la memoria cruzó su mente.

Dioses antiguos ardiendo. Reinos cayendo. Cielos partidos.

—Esto me trae recuerdos —murmuró—. Cuando exterminé a los antiguos.

Su voz ya no era humana.

—¿Qué sentirías… si aplico eso contigo?

Shimizu sintió por primera vez algo que no era rabia.

Era instinto de supervivencia.

La otra Shiro avanzó.

Su aura emergió como sombra líquida, densa, opresiva.

No era más fuerte.

Era más estable.

—Detente. Ahora, Carlos.

Su voz no era súplica.

Era orden.

Los hechizos vibraron.

—No quiero que destruyas el Reino de Lucia.

Ese nombre atravesó la tormenta.

Lucia.

—Eres su caballero leal. ¿Crees que ella aprobaría esto?

Un segundo.

Solo uno.

Eso bastó para que la ejecución no se activara.

El cielo seguía armado.

El poder seguía listo.

Pero Carlos ya no estaba mirando a Shimizu.

Miraba algo dentro de sí.

El recuerdo de Henry. La promesa. Melissa. La corrupción que debía cambiar. El juramento.

Los círculos mágicos comenzaron a fracturarse… no por debilidad.

Por decisión.

El millón de hechizos se disipó como estrellas apagándose.

La presión cayó de golpe.

El silencio fue brutal.

Carlos seguía de pie.

Ojos fríos.

Pero conscientes.

—No confundas mi capacidad con mi intención —dijo finalmente.

Miró a Shimizu.

—Puedo destruirte.

No era arrogancia.

Era hecho.

—Pero no quiero convertirme otra vez en ese hombre.

La electricidad residual chisporroteó en el aire.

—Si cruzo esa línea por orgullo… entonces todo lo que dije antes es mentira.

Shimizu respiraba con dificultad.

Por primera vez había visto el límite real.

No el del combate.

El moral.

La otra Shiro sostuvo su mirada.

—Eso fue lo más peligroso que hiciste hoy.

Carlos asintió levemente.

—Lo sé.

El cielo volvió a su color normal.

Pero algo había cambiado.

Shimizu ya no sonreía.

Y Carlos ya no estaba descontrolado.

Había estado a un pensamiento de repetir la historia.

Y eligió no hacerlo.

Esa elección…

Valía más que cualquier hechizo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo