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The strongest warrior of humanity - Capítulo 180

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Capítulo 180: Capitulo 180 Comedias

El aire ya no crujía.

Solo quedaba el eco de lo que pudo haber sido.

Carlos soltó un suspiro largo y pesado, bajando apenas la cabeza.

—Como sea… si no queremos llamar la atención, Shiro, será mejor que regresemos.

Luego miró a Shimizu.

No con frialdad. No con autoridad.

Con cansancio.

—Y tú… —hizo una pausa—. Me pasé.

No era una disculpa elaborada.

Pero era honesta.

Shimizu infló las mejillas en un pequeño puchero, desviando la mirada.

—Hmpf… claro que te pasaste.

Dolió.

Claro que dolió.

Pero la sonrisa que apareció después no era fingida.

Era alivio.

—No te preocupes. Ya me siento un poco mejor.

Lo decía en serio.

No porque todo estuviera resuelto.

Sino porque algo había cambiado.

Carlos asintió.

—Aun así… debo tener más cuidado.

Shimizu lo observó con una expresión distinta.

Más analítica.

—Sí. Él hablaba en serio… —pensó—. Tendré que mantenerlo bajo control.

No como enemigo.

Como alguien que conocía el límite de su poder.

La otra Shiro dio un pequeño paso hacia atrás, su aura ya completamente calmada.

—Entonces volvamos antes de que alguien note la distorsión mágica.

Shimizu se giró.

—Yo tengo que irme.

Carlos alzó una ceja.

—¿A dónde?

—Con Sayu. Ya quedamos en algo.

Su tono cambió ligeramente.

Más estratégico.

—Vamos a ver cómo sacar a Amadeus de ese lugar donde no pertenece.

Eso hizo que Carlos se tensara apenas.

—¿Tienes un plan?

Shimizu sonrió de lado.

—No completo. Pero Sayu encontró algo interesante. Parece que el sello que lo mantiene allí no es absoluto… solo está mal anclado.

La otra Shiro cruzó los brazos.

—Eso suena peligroso.

—Lo es —admitió Shimizu—. Pero dejarlo ahí es peor.

Carlos la observó unos segundos.

Ya no veía a alguien autodestruyéndose.

Veía a alguien moviéndose.

—No hagas nada sola.

Ella rodó los ojos.

—Relájate. No planeo invadir otro plano sin respaldo.

—Eso dijiste la última vez.

—¡Oye!

La tensión se disipó por completo.

No estaban en paz.

No estaban libres de culpa.

Gabriel seguía siendo amenaza. Lucia seguía siendo un reino que proteger. Las promesas seguían pendientes.

Pero una vez en mucho tiempo…

No estaban peleando entre ellos.

Shimizu comenzó a caminar, pero se detuvo un segundo sin mirar atrás.

—Carlos.

Él respondió con un leve sonido.

—No te conviertas en ese hombre otra vez.

Silencio breve.

—No lo haré.

No fue dramático.

Fue firme.

Ella asintió y desapareció en un destello suave.

Carlos quedó mirando el lugar vacío.

La otra Shiro habló en voz baja:

—Estuviste a punto.

—Lo sé.

—¿Y ahora?

Carlos levantó la vista hacia el cielo ya despejado.

—Ahora cumplimos nuestras promesas.

Y esta vez…

Sin destruirnos en el proceso.

Shimizu se detuvo antes de desaparecer por completo.

Giró apenas el rostro, con esa expresión entre seria y burlona que siempre usaba cuando estaba preocupada pero no quería admitirlo.

—Antes de partir… Shiro, recuerda entrenar. Y usa bien el Kuromi.

La otra Shiro frunció el ceño.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Su tono cambió. Más técnico. Más antiguo.

—Ese poder no es simple energía oscura. El Kuromi va mucho más allá. Es una extensión de la voluntad… y si tu voluntad tiembla, él lo sentirá.

Carlos entrecerró los ojos.

—¿Poder nocturno?

Shimizu asintió.

—Es similar. Pero más invasivo. Ese tipo no ataca primero el cuerpo… atraviesa el alma. Observa. Espera. Si detecta una grieta emocional… la convierte en puerta.

La otra Shiro guardó silencio.

Eso no era exageración.

Lo habían visto antes.

—Si uno de ustedes se debilita mentalmente —continuó Shimizu—, las probabilidades de manipulación aumentan. Y créanme… ese destino no es rápido. Ni limpio.

Carlos cruzó los brazos.

—Hablas como si lo hubieras sufrido.

Una pausa mínima.

—Lo vi de cerca.

Eso bastó.

Luego, como si se diera cuenta de que estaba demasiado seria, hizo un puchero exagerado.

—Así que nada de travesuras, mocosos babosos.

La otra Shimizu —la más joven— infló las mejillas de inmediato.

—¡No somos mocosos!

—Claro que lo son.

Carlos soltó una pequeña risa por lo bajo.

Cada vez que Shimizu hacía ese puchero… perdía por completo la intimidación que intentaba proyectar.

Tenía un lado adorable que ni ella misma notaba.

Aunque…

—En ternura no le gana a Yue —murmuró Carlos casi sin pensar.

Las dos Shiro lo miraron.

—¿Ah sí? —dijeron al mismo tiempo.

Carlos levantó ambas manos.

—Solo digo hechos objetivos.

Shimizu giró el rostro con falsa indignación.

—Hmpf. Qué falta de respeto.

Pero estaba sonriendo.

No una sonrisa de resignación.

Una genuina.

—Entrenen. Fortalezcan su mente antes que su poder —añadió más suave—. El Kuromi no es para presumir. Es para resistir.

La otra Shiro asintió con seriedad real.

—Lo haré.

—Bien.

El viento se movió con suavidad alrededor de Shimizu.

Ya no había presión. No había tormenta. Solo advertencia y cuidado disfrazado de regaño.

—Nos veremos pronto —dijo finalmente.

Carlos la miró fijamente.

—No hagas nada imprudente con Sayu.

Ella sonrió de lado.

—Yo nunca hago nada imprudente.

Los tres sabían que era mentira.

Y eso hizo el momento más ligero.

Un destello oscuro la envolvió.

Y desapareció.

Silencio.

La otra Shiro miró a Carlos.

—¿De verdad Yue es más tierna?

Carlos fingió pensar.

—Es una competencia difícil.

Ella lo golpeó suavemente en el brazo.

Pero no había tensión.

Solo algo que se parecía peligrosamente a paz.

Por ahora.

Porque sabían que el enemigo no atacaría con fuerza bruta.

Atacaría cuando uno dudara.

Carlos apenas había terminado de decir “es hora de—” cuando sintió una presencia detrás.

Peligrosa.

Ofendida.

Muy ofendida.

—Oye, estúpido…

Esa voz no era la de una guerrera ancestral.

Era la de alguien claramente picada.

—Explícame algo. ¿Cómo que Yue es mucho más adorable que yo? ¿Es porque es semi dragón y mitad humana? ¿O solo porque es tu hija?

Carlos parpadeó una vez.

Error crítico detectado.

—Vamos, vamos, Shiro… no te alteres. No seas dramáti—

¡PAM!

El golpe en la nuca resonó limpio.

—¡Hijo de la—! ¡Que no soy dramática, viejo inútil!

Carlos se llevó la mano a la cabeza, girando lentamente.

—¿Viejo… inútil?

La otra Shiro cruzó los brazos, claramente ofendida pero intentando mantener dignidad.

—Primero comparaciones. Luego favoritismo. Y encima me llamas dramática.

—No dije favoritismo —respondió él con calma peligrosa—. Dije evaluación objetiva basada en—

—¡Cállate!

Otro intento de golpe. Esta vez Carlos esquivó por centímetros.

—Escucha, pequeña tormenta emocional—

—¡¿Pequeña qué?!

Carlos suspiró.

Error número dos.

—Mira… Yue es adorable porque cuando se enoja infla las mejillas y saca humo por la nariz. Literalmente humo. Es difícil competir con eso.

Shiro lo miró fijamente.

—Yo también puedo inflar las mejillas.

Lo hizo.

Carlos la observó unos segundos.

Se llevó la mano al mentón como si evaluara.

—… Sí, pero no hay humo.

Silencio.

La otra Shiro tembló.

—¿Entonces necesitas humo para considerar a alguien adorable?

Carlos intentó mantener la seriedad.

Falló.

—No es requisito obligatorio… pero suma puntos.

¡PAM!

Otro golpe en la nuca.

—¡Eres imposible!

Carlos retrocedió un paso, sobándose la cabeza.

—Por los dioses, solo fue una broma.

Shiro lo miró entre molesta y avergonzada.

—Además… —continuó él con tono más suave—. Que alguien sea adorable no significa que no sea peligrosa.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Eso qué significa?

—Significa que tú das más miedo cuando haces puchero que Yue cuando lanza fuego.

La tensión se rompió.

La otra Shiro intentó no sonreír.

Falló.

—¿Eso es un cumplido?

Carlos alzó los hombros.

—Es una observación estratégica.

Ella bufó.

—Sigo pensando que tienes favoritismo.

—Claro que lo tengo —respondió sin dudar—. Es mi hija.

Silencio.

—Pero eso no te quita nada.

Shiro bajó ligeramente la mirada.

—Hmpf… igual no soy dramática.

Carlos sonrió apenas.

—Claro que no.

—Y no soy menos adorable.

—Nunca dije que lo fueras.

Ella lo miró de reojo.

—Viejo inútil.

—Mocosa intensa.

Se quedaron en silencio unos segundos.

No había guerra. No había tormenta. Solo un intercambio torpe que sonaba peligrosamente… normal.

Y eso, para ellos, era más raro que cualquier..

Carlos se sobó la nuca, todavía resentido por el golpe.

—Esta mocosa… —murmuró—. Ahora que lo pienso, Natsuki una vez me dio unos golpes de la más alta calidad.

Shiro entrecerró los ojos.

Mala decisión.

—¿Ah sí?

Carlos siguió, cavando su propia tumba.

—En mis tiempos, Natsuki pegaba más que cualquiera. Sus puños eran como bombas atómicas.

Silencio.

Pesado.

—¿Ehh? —Shiro lo miró con desprecio creciente.

Carlos sintió el aura cambiar.

—… Esto se va a poner feo.

—Cuando lleguemos a la academia le diré todo a Gojo.

Carlos se rió.

Error crítico número tres.

—Uy, uy, sí, acúsame con tu mamá coco.

La atmósfera se congeló.

—Ese idiota que— si hasta a él lo tienes traumado —continuó, sin frenos—. Siempre lo maltratas, lo usas como saco de boxeo. La otra vez cuando me pidió ayuda terminó más muerto que yo.

Shiro dio un paso al frente.

Carlos sonrió con malicia innecesaria.

—No puedo evitar reírme cuando te amarró. Y antes de perder la consciencia dijo “faci—”

No terminó la frase.

El aura de Shiro explotó.

Oscura.

Densa.

—Repite eso.

Carlos levantó ambas manos.

—Con fines históricos, claro.

—Repite. Eso.

La otra Shiro, desde atrás, murmuró:

—Esto sí se puso feo…

Carlos intentó suavizar.

—Mira, era un comentario anecdótico sin intención maliciosa.

—Te burlaste.

—Me reí con cariño.

—Te burlaste.

—Un poco.

El suelo vibró.

—¡Y todavía mencionas cuando me amarró!

Carlos no pudo evitar sonreír otra vez.

—Fue técnicamente impresionante.

Silencio.

Shiro apareció frente a él en un parpadeo.

Golpe.

No mágico.

Directo al estómago.

Carlos se dobló ligeramente.

—Confirmo… —murmuró—. No pega como Natsuki… pero está cerca.

—¡¿SIGUES?!

Segundo golpe.

La otra Shiro intervino rápido.

—¡Basta los dos!

Carlos retrocedió, levantando una barrera mínima solo para evitar daño estructural.

—Escucha, pequeña tormenta nuclear—

—¡NO ME DIGAS ASÍ!

—Solo digo que cuando te enojas… eres adorable.

—¡ESO NO LO ARREGLA!

Carlos suspiró, finalmente serio.

—Está bien. Me pasé. No debí mencionarlo.

Shiro lo miró aún furiosa… pero dudando.

—Y tampoco debí comparar golpes. Fue innecesario.

Silencio.

—¿Entonces?

Carlos se enderezó.

—Entonces admito oficialmente que tus golpes son de categoría “riesgo continental”.

Ella intentó no sonreír.

Falló.

—Idiota.

—Sí.

La tensión bajó un poco.

Pero solo un poco.

Shiro lo señaló con el dedo.

—Y no vuelvas a mencionar lo de Gojo.

Carlos levantó una ceja.

—¿Por qué? ¿Te preocupa que se entere de quién terminó inconsciente?

Aura otra vez.

—Era una estrategia temporal.

—Claro.

—¡CARLOS!

La otra Shiro suspiró.

—En serio parecen niños.

Ambos se miraron.

—Fue él —dijeron al mismo tiempo.

Silencio.

Y luego…

Risa.

No elegante.

No digna.

Pero real.

Entre amenazas, traumas y guerras pendientes… seguían encontrando tiempo para discutir por tonterías.

Y eso, aunque ninguno lo diría en voz alta…

Era una señal de que todavía estaban vivos por dentro.

La risa se fue apagando poco a poco.

No porque el momento muriera.

Sino porque, por primera vez en toda la discusión… ninguno estaba realmente molesto.

Shiro cruzó los brazos, todavía fingiendo indignación.

—De verdad eres insoportable.

Carlos caminó a su lado como si nada hubiera pasado.

—Y tú exageras.

Ella lo miró de reojo.

—No exagero.

—Te ofendiste porque dije que Yue saca humo por la nariz.

—¡No fue solo eso!

—Ah, claro. También fue lo de Natsuki. Y lo de Gojo. Y lo de que casi te desmayas.

Silencio.

Shiro se detuvo.

—No me desmayé.

Carlos giró lentamente.

—Perdiste la consciencia estratégicamente.

La otra Shiro soltó una carcajada involuntaria.

—¡TÚ CÁLLATE!

Carlos levantó una ceja.

—¿Ves? Dramática.

La presión volvió apenas un segundo.

Pero esta vez no era peligrosa.

Era energía contenida sin intención de matar.

Shiro suspiró y siguió caminando.

—Cuando lleguemos a la academia… vas a entrenar conmigo.

Carlos parpadeó.

—¿Eso es una amenaza o una invitación?

—Es una advertencia.

—Hmm… interesante.

Ella se giró apenas.

—No uses esa voz.

—¿Qué voz?

—Esa voz de “esto será divertido”.

Carlos sonrió levemente.

—Siempre es divertido cuando intentas golpearme.

—Algún día te ganaré.

—Probablemente.

Shiro se detuvo otra vez.

—¿Probablemente?

—Si sigues entrenando y dejas de pelear por celos absurdos, sí.

La palabra “celos” flotó en el aire.

Silencio.

La otra Shiro miró a la versión principal con expresión divertida.

—Oh…

—¡NO SON CELOS!

Carlos empezó a caminar otra vez.

—Claro. Son “comparaciones estratégicas emocionales”.

—¡CARLOS!

Pero ya no había rabia verdadera.

Solo calor.

Vida.

Mientras el camino hacia la academia se extendía frente a ellos, la tensión de antes parecía lejana.

Shiro caminó unos pasos detrás.

Pensativa.

No por Yue.

No por Natsuki.

Ni siquiera por Gojo.

Sino por algo más simple.

Él podía haber destruido todo.

Y no lo hizo.

Eso pesaba más que cualquier broma.

Carlos habló sin voltear.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Aunque Yue saque humo… tú das más miedo cuando sonríes antes de atacar.

Shiro parpadeó.

—¿Eso es… otro intento raro de halago?

—Es un hecho.

Ella no respondió de inmediato.

Pero su expresión se suavizó apenas.

—Viejo inútil.

—Mocosa de mierda.

Caminaron en silencio unos segundos más.

La guerra seguía existiendo. Gabriel seguía observando. El poder nocturno seguía acechando.

Pero por ahora…

Solo eran tres figuras discutiendo tonterías camino a una academia.

Y esa normalidad imperfecta…

Valía más que cualquier victoria.

El viento soplaba entre columnas partidas.

El Ryouou Clannad ya no era un símbolo de formación… era un recuerdo herido.

Las risas murieron al instante.

Carlos se quedó quieto mirando el edificio principal destruido. No habló de inmediato. No podía.

Shiro fue la primera en romper el silencio.

—Lo viste… ¿verdad?

Ella lo miró directo a los ojos.

Sin orgullo. Sin máscara.

Carlos no apartó la mirada.

—Lo vi.

La palabra cayó pesada.

—Vi cómo el Dios Nocturno usó mi cuerpo para destruir la academia. Vi cómo perdiste tus brazos.

El aire se tensó.

—Y escuché… cómo Queen murió.

Shiro no respiró durante un segundo.

Carlos bajó apenas la voz.

—No pensé que terminaría así.

El recuerdo lo atravesó también.

—Mi hermano. Milin. Merlin. Todos fueron testigos cuando me atacó. Yo provoqué parte de eso… porque necesitaba entender el motivo.

Apretó los puños.

—Y cuando supe que Dani… el mismo Dani que odié tanto… estaba realmente muerto. Que solo el Dios de la Guerra lo había tomado como recipiente…

Su voz se quebró apenas.

—Escuchar su voz cuando estaba a punto de perder… eso dolió más que cualquier herida.

Shiro tragó saliva.

No era el único que había sufrido.

—Eime y Emperor lucharon hasta el final —continuó Carlos—. Me sorprende que sobrevivieran.

Sus ojos se afilaron.

—Emperor no es normal. Es una criatura que se adapta. No solo resiste… supera. Evoluciona frente a su rival.

Hizo una pausa.

—Eime casi muere para domarlo. Peleó hasta que su alma estuvo al límite. Y gracias a eso lo controló.

Silencio.

El viento arrastró polvo entre los escombros.

Pero entonces Shiro dijo lo que realmente le pesaba a él.

—¿Qué pasará contigo?

Carlos cerró los ojos un instante.

—Esa es la cuestión.

La sentencia.

El juicio.

El hecho innegable de que su cuerpo fue el arma que destruyó todo.

Aunque no fuera su voluntad.

—¿Crees que me ejecutarán?

No lo dijo con miedo infantil.

Lo dijo con aceptación adulta.

Shiro dio un paso hacia él.

—No fuiste tú.

—Pero fue mi poder.

—Fue una posesión.

—El resultado es el mismo.

Silencio otra vez.

Carlos miró el cráter central del patio.

—Si deciden ejecutarme… no me resistiré.

Shiro lo agarró del uniforme con fuerza.

—No digas eso.

—No huiré de las consecuencias.

Ella lo miró con rabia contenida.

—Eso no es noble. Es estúpido.

Carlos levantó una ceja.

—¿Ah sí?

—Sí. Porque todavía tienes promesas. Melissa. El reino de Lucia. Henry.

El nombre golpeó más fuerte que cualquier acusación.

—Si te ejecutan, el Dios Nocturno gana otra vez —continuó Shiro—. No por destruir la academia… sino por destruir lo que queda de ti.

Carlos no respondió.

Pero no apartó la mirada.

Ella se acercó un poco más.

—No eres el monstruo que hizo esto.

—Pero fui el recipiente.

—Y sobreviviste.

Eso lo hizo respirar más profundo.

—El juicio vendrá —dijo finalmente—. Y lo aceptaré.

—Acepta responsabilidad, no sacrificio inútil.

Silencio.

Las ruinas los rodeaban como testigos mudos.

Carlos miró el lugar donde antes estaba el salón principal.

—Si me dan la oportunidad… reconstruiré esto.

No como penitencia.

Como promesa.

Shiro suavizó la expresión.

—Entonces pelea por eso cuando llegue el momento.

—¿Pelear contra el consejo?

—Pelear por seguir vivo.

Carlos soltó una exhalación lenta.

Por primera vez desde que llegaron… el peso no era culpa.

Era decisión.

—Si intentan ejecutarme —dijo con calma—, tendrán que demostrar que soy más peligroso vivo que muerto.

Shiro sonrió apenas.

—Y eso no será tan fácil.

El viento sopló otra vez.

Las ruinas seguían ahí.

Pero también ellos.

Y mientras estuvieran de pie…

La historia no había terminado.

El silencio entre las ruinas se volvió más íntimo.

Carlos no retiró la mirada del suelo.

—Pero yo… te hice daño. Maté a todos los estudiantes con ese ataque… aunque fuera él quien lo ejecutó. Tú le rogaste que se detuviera, Shiro… y fue demasiado tarde.

Su voz ya no tenía ironía. Ni orgullo.

Solo culpa.

—Fui un idiota. Si mi alma no hubiera sido tan débil… esto no habría ocurrido.

Shiro no respondió con palabras inmediatas.

Tomó su mano.

Firme.

Cálida.

Carlos levantó la vista.

La mirada que encontró no tenía reproche.

Era… hermosa.

No por dulzura vacía.

Sino por decisión.

—Todo lo que pasó no es tu culpa.

Su tono fue suave, pero no frágil.

—No tienes que cargar con ese peso tú solo.

Carlos apretó los dientes.

—Pero fui el recipiente.

—Fuiste la víctima también.

Ella dio un paso más cerca.

—¿Crees que para mí fue fácil verte poseído? Verte atacar sin poder alcanzarte… escuchar cómo tu voz no era tuya…

Carlos cerró los ojos un segundo.

Shiro continuó:

—Gojo también luchó contra él. Y ahora lo tienen en la mira. Sabes cómo es… siempre llama la atención.

Una leve sonrisa cruzó su rostro.

—Pasó lo mismo con Lucifer. Cuando dijo “te lo dije, ¿no? Que yo te vencería”… eso no era poder. Era frustración.

Carlos abrió los ojos.

—Lucifer estaba frustrado.

—Sí. Porque no te quebraste del todo.

El viento movió los restos de tela y polvo alrededor.

—El Dios Nocturno hizo lo mismo —añadió Shiro—. Intentó romperte desde adentro.

Carlos respiró más lento.

—¿Qué fue exactamente lo que te dijo… la mamá de Gojo? Akinori.

Shiro parpadeó apenas.

Recordar ese momento era distinto.

Más frío.

Más calculado.

—Akinori no gritó. No acusó.

Carlos la miró atento.

—Ella me miró… y dijo algo muy simple.

Shiro imitó el tono sereno de aquella mujer:

—“Si cargas la culpa que no te pertenece, el enemigo habrá ganado dos veces.”

Carlos quedó inmóvil.

—También dijo que el verdadero peligro no es que te posean… sino que tú decidas que mereces desaparecer por ello.

Las palabras golpearon más fuerte que cualquier juicio.

—Akinori sabe lo que es perder —continuó Shiro—. Y sabe lo que es seguir adelante sin odiarse por sobrevivir.

Carlos bajó la mirada hacia sus manos.

Temblaban apenas.

—¿Y si mi alma sí fue débil?

Shiro negó suavemente.

—No fue débil. Fue atacada por algo que existe para corromper.

Se inclinó un poco más hacia él.

—Débil sería rendirse ahora.

Silencio.

—Tú luchaste incluso cuando estabas perdiendo el control. Yo lo vi.

Carlos recordó fragmentos.

Oscuridad. Voces. Resistencia mínima. Pero resistencia al fin.

—El hecho de que todavía te duela… significa que no eres el monstruo que crees.

El viento sopló otra vez entre las ruinas.

—Si el consejo quiere juzgarte, que lo haga —dijo Shiro con calma—. Pero no voy a permitir que te juzgues antes de tiempo.

Carlos la observó en silencio.

Ya no veía solo destrucción alrededor.

Veía a alguien que eligió quedarse.

—Entonces dime algo —murmuró él.

—¿Qué?

—Si me condenan… ¿te quedarás?

Shiro no dudó.

—Sí.

No fue dramático.

Fue absoluto.

Entre escombros, culpa y memoria…

Esa respuesta sostuvo más que cualquier hechizo.

Y por primera vez desde que llegaron…

Carlos no se sintió solo frente al juicio que venía.

El aire se quebró antes que la voz.

—¡Carlos!

Se quedó inmóvil.

Esa voz… no estaba llena de rabia.

Estaba rota.

Natsuki corrió hacia él sin detenerse. Sus lágrimas caían sin control, mezclando dolor, alivio y algo que parecía miedo de que desapareciera otra vez.

Lo abrazó con fuerza.

No como guerrera. No como rival.

Como alguien que estuvo a punto de perderlo para siempre.

Carlos no reaccionó de inmediato.

Sus brazos tardaron un segundo en moverse.

Pero cuando lo hicieron… la abrazó también.

Alrededor, el resto llegó en silencio.

Karen. Hiko. Yue.

Miguel. Lucia. Gojo. Mael.

Los ojos de Lucia no tenían odio.

Tenían algo peor.

Decepción.

María. Kratos. Arlette. Mei. Shirou. Freya. Mio. Kimberly. Farid. Kevin. Abrán.

Merlin. Milin. Yuri.

Y por último…

Charlotte.

Todos estaban ahí.

No como enemigos.

Como testigos.

Natsuki apretó más fuerte.

—Idiota… —susurró entre lágrimas—. Pensé que te había perdido.

Carlos sintió cómo el peso en su pecho aumentaba.

No por acusación.

Por amor.

Por dolor compartido.

Lucia dio un paso al frente.

Su voz fue firme.

—Lo que ocurrió… destruyó esta academia. Mató a nuestros estudiantes.

El silencio cayó como sentencia.

Carlos bajó la cabeza.

—Yo…

No había excusa suficiente.

No había explicación que borrara los nombres.

Gojo lo observó serio.

No había burla en su expresión.

Solo análisis.

Y algo más profundo.

Miguel cerró los ojos un instante.

Mael desvió la mirada hacia las ruinas.

Yue… Yue no lloraba.

Pero sus pequeñas manos estaban apretadas con fuerza.

Carlos sintió que el mundo se hacía pequeño.

—Yo no estaba en control… —logró decir finalmente—. Pero eso no cambia el resultado.

Natsuki se separó apenas para mirarlo.

—No fue tu voluntad.

—Fue mi cuerpo.

Silencio.

Merlin habló primero.

—El consejo ya deliberó.

Las palabras atravesaron el aire.

Milin bajó la mirada.

Yuri apretó los labios.

Charlotte no apartó los ojos de él.

Lucia respiró profundo.

—Hay quienes piden ejecución.

El mundo se congeló.

Natsuki giró de golpe.

—¡¿Qué?!

Kratos cruzó los brazos.

—Y hay quienes entienden que fue posesión divina.

Gojo dio un paso al frente.

—El problema no es si fue tu culpa.

Carlos levantó la mirada lentamente.

—Es si volverá a pasar.

Silencio absoluto.

Esa era la verdadera pregunta.

No la culpa.

El riesgo.

Lucia sostuvo su mirada.

—Si el Dios Nocturno puede usar tu alma como puerta… sigues siendo un objetivo.

Carlos asintió despacio.

—Lo sé.

Natsuki volvió a abrazarlo, esta vez temblando.

—No dejaré que te ejecuten.

Miguel habló con voz baja pero firme.

—No depende solo de nosotros.

Shiro dio un paso al frente.

—Entonces dependerá de lo que él haga ahora.

Todos miraron a Carlos.

No como monstruo.

No como víctima.

Como decisión.

Carlos respiró hondo.

Miró las ruinas.

Miró a cada uno.

Y finalmente habló.

—Si creen que soy un peligro… demostraré que soy la única arma capaz de detenerlo.

No arrogante.

No desafiante.

Resuelto.

—No pediré perdón por sobrevivir. Pero asumiré la responsabilidad de que esto no vuelva a ocurrir.

Silencio.

Largo.

Pesado.

Pero diferente.

Ya no era solo juicio.

Era expectativa.

Lucia no apartó la mirada.

—Entonces prepárate.

Porque lo que viene…

No será un simple veredicto.

Será una prueba.

Y esta vez…

No contra un dios.

Sino contra la confianza de todos los que aún eligieron mirarlo con tristeza…

En lugar de odio.

El viento levantó polvo entre los escombros.

Nadie habló durante varios segundos.

No porque no tuvieran algo que decir…

Sino porque todo lo importante ya estaba en el aire.

Lucia fue la primera en romper el silencio.

—El Consejo Supremo se reunirá al amanecer.

Su voz era firme. Gobernante. Pero debajo… había conflicto.

—No será una reunión simbólica. Será un juicio real.

Carlos asintió.

No tembló.

—¿Qué opciones están sobre la mesa?

Kratos respondió esta vez.

—Tres.

El ambiente se tensó.

—Ejecución inmediata.

Natsuki apretó los puños.

—Sellado permanente de tu alma.

Yue dio un paso atrás, asustada.

—O libertad condicional bajo vigilancia absoluta… con una prueba de control espiritual.

Carlos no apartó la mirada.

—¿Prueba?

Gojo habló, serio como pocas veces.

—Te enfrentarán a una manifestación fragmentada del Dios Nocturno. Forzarán una resonancia.

Shiro frunció el ceño.

—Eso es peligroso.

Merlin asintió.

—Si tu alma aún tiene grietas… él puede intentar cruzar otra vez.

Silencio.

Carlos lo entendió.

No era un juicio político.

Era un experimento.

—Si fallo… —dijo con calma.

Lucia no suavizó la respuesta.

—No te darán segunda oportunidad.

Natsuki lo tomó del brazo.

—No tienes que aceptar eso.

Carlos la miró.

Luego miró a todos.

—Si no acepto… siempre seré una bomba latente.

Miguel asintió lentamente.

—Es cierto.

Yuri habló en voz baja.

—Si lo superas… nadie volverá a cuestionarte.

Shiro dio un paso adelante.

—No estarás solo.

Kratos negó con la cabeza.

—En la prueba, sí lo estará.

Eso cayó pesado.

Yue finalmente habló.

Su voz pequeña, pero firme.

—Papá… ¿tienes miedo?

Todos guardaron silencio.

Carlos la miró.

Podría mentir.

Pero no lo hizo.

—Sí.

No de morir.

Sino de fallarles.

Yue caminó hasta él y abrazó su cintura.

—Entonces no pierdas.

Simple.

Directo.

Shiro sonrió apenas.

—Esa es la mejor motivación que tendrás.

Lucia observó la escena en silencio.

Luego habló con tono definitivo.

—Tienes hasta el amanecer para prepararte.

—¿Prepararme cómo? —preguntó Carlos.

Gojo respondió.

—No entrenes poder.

—Entrena estabilidad.

Merlin añadió:

—Recuerda quién eres. Lo que te define. Lo que no puede ser manipulado.

Natsuki secó sus lágrimas.

—No te atrevas a rendirte.

Carlos respiró profundo.

Miró las ruinas una vez más.

Esta academia no era solo paredes.

Eran recuerdos. Nombres. Promesas.

—No lo haré.

El cielo comenzaba a oscurecer.

El amanecer no estaba lejos.

Y por primera vez desde la posesión…

Carlos no estaba huyendo de su culpa.

Estaba caminando hacia su juicio.

No para que lo perdonaran.

Sino para demostrar…

Que el Dios Nocturno no era el dueño de su alma.

El ambiente todavía estaba cargado… cuando Yue dio un paso al frente.

Sonrió.

No como guerrera. Como hija.

—No se preocupen, chicos.

Su voz era pequeña, pero firme.

—El Dios Nocturno no puede poseer a Carlos.

Karen y Hiko se miraron al escucharla.

—Mamá Karen… tú y Hiko vieron cómo entré en ese portal para salvar a mi padre.

Era verdad.

Lo recordaban.

Esa luz atravesando la oscuridad.

La espada brillando.

—No olviden que yo también soy una Sánchez —continuó con orgullo inocente—. No dejaría que nadie le haga daño a mi padre.

Carlos y Shiro la miraron.

Y sí…

Si no hubiera sido por ella…

Y por la espada separadora de almas…

Todo habría terminado distinto.

Carlos bajó ligeramente la mirada.

La verdad era más compleja.

Él podría haber forzado la ruptura.

Pero no quiso.

Quería saber.

¿Por qué el Dios Nocturno se manifestó solo para conocerlo?

¿Por qué lo llamó por su nombre verdadero?

Su existencia nunca fue normal.

Y eso lo inquietaba más que el juicio.

Yue continuó, más suave.

—El Dios de la Espada fue testigo cuando te salvé.

Eso hizo que algunos levantaran la mirada.

—Él vio algo en mí…

Yue dudó.

—No sé qué fue, papá.

Sus manos pequeñas se aferraron al uniforme de Carlos.

—Pero tengo miedo…

Silencio.

—Tengo miedo de que me abandones.

Eso…

Eso lo partió.

No el juicio.

No la ejecución.

Esa frase.

Carlos se quedó inmóvil unos segundos.

Luego se arrodilló frente a ella.

Sus manos temblaban apenas cuando sostuvo el rostro de su hija.

—No te abandonaré.

Yue lo miró directo.

—¿Me lo prometes?

Carlos respiró profundo.

No como guerrero.

Como padre.

—Te lo prometo.

Su voz fue firme.

—Tu débil padre no perderá. No dejaré que caiga de nuevo. Haré todo lo que esté en mi alcance.

Yue sonrió.

Esa sonrisa que hacía que incluso las ruinas parecieran menos oscuras.

Pero entonces…

Algo se rompió dentro de él.

Un recuerdo.

No de esta vida.

Otro.

Una niña pequeña.

Sentada sola.

Llorando en silencio mientras comía algo simple… como si ese fuera su único consuelo.

La escena era borrosa.

Dolorosa.

Familiar.

Carlos parpadeó.

Su respiración cambió.

—¿Papá?

Volvió al presente.

—Estoy bien.

Pero no lo estaba.

Esa niña…

¿Quién era?

¿Por qué sintió esa punzada en el pecho como si hubiera fallado antes?

Shiro lo notó de inmediato.

—¿Qué viste?

Carlos dudó.

—Un recuerdo… .

El viento sopló más frío.

Merlin frunció el ceño.

—un recuerdo eh…

Lucia tensó la expresión.

—¿El Dios Nocturno?

Carlos negó lentamente.

—No. Esto es… más antiguo.

Miró sus manos.

—No sé qué fue eso.

Pero algo dentro de él sabía una cosa.

Ese recuerdo no apareció por casualidad.

Y no tenía que ver solo con la posesión.

Tenía que ver con su origen.

Con por qué los dioses lo observan.

Con por qué su alma fue elegida.

Carlos abrazó a Yue un poco más fuerte.

—Lo investigaré después.

Pero por ahora…

Tenía un juicio al amanecer.

Y una promesa que cumplir.

La niña llorando seguía en el fondo de su mente.

Esperando.

Y por primera vez…

Carlos sintió que su pasado no era una línea recta.

Era un círculo que empezaba a cerrarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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