Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

The strongest warrior of humanity - Capítulo 184

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. The strongest warrior of humanity
  4. Capítulo 184 - Capítulo 184: Capitulo 184 El riesgo es lo único que habrá
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 184: Capitulo 184 El riesgo es lo único que habrá

La lluvia no se detuvo.

Caía constante… como si el cielo también estuviera cansado.

Emanuel siguió caminando sin rumbo aparente.

Cada paso dejaba una huella oscura en el barro, pero no era agua lo que manchaba el suelo.

Era energía.

Su espada vibró otra vez.

No pedía sangre.

Pedía propósito.

A lo lejos, la silueta de la ciudad apenas se distinguía entre la neblina. La misma ciudad donde alguna vez caminó de la mano de Alicia. Donde jimena lo esperaba en casa con esa sonrisa tranquila que lo hacía sentir invencible.

Ahora todo eso era un recuerdo.

Un recuerdo que ardía.

Cerró los ojos un instante.

La imagen volvió.

Alicia corriendo hacia él. Jimena riendo detrás.

Luego fuego.

Luego gritos.

Luego silencio.

Emanuel abrió los ojos de golpe.

Un pulso oscuro explotó desde su cuerpo y los árboles cercanos se inclinaron violentamente como si una tormenta invisible los hubiera golpeado.

—No… —murmuró.

Su voz no era rabia.

Era vacío.

El monstruo no apareció de inmediato cuando lo perdió todo.

Primero vino el dolor.

Después la culpa.

Luego la pregunta que lo rompió por dentro:

¿Si hubiera sido más fuerte… seguirían aquí?

La espada respondió a ese pensamiento.

Oscuridad líquida recorrió la hoja, extendiéndose como venas negras.

Emanuel la miró.

—Más fuerte…

Sus ojos morados comenzaron a brillar con una luz antinatural.

En ese momento, lejos de allí, Carlos sintió algo.

Un estremecimiento.

Como si una presencia hubiera cruzado un límite invisible.

Freya levantó la mirada al cielo.

—Algo se movió.

Lucia frunció el ceño.

—No fue Astaroth.

No.

Era diferente.

No era una entidad antigua.

Era humano.

Pero ya no del todo.

Emanuel levantó la espada lentamente.

La lluvia no tocaba la hoja.

La evitaba.

—Si el mundo me convirtió en esto…

La energía oscura comenzó a arremolinarse a su alrededor como un torbellino silencioso.

—Entonces que tiemble cuando decida moverme.

Sus pupilas se afinaron.

Por un instante, en el reflejo del acero oscuro, no vio su rostro.

Vio algo más.

Una silueta con cuernos formándose detrás de su sombra.

No era Astaroth.

No era Lucifer.

Era la proyección de lo que podría convertirse.

Y eso fue lo que más lo aterrorizó.

Su mano tembló.

La espada cayó al suelo con un golpe seco.

Respiró con dificultad.

—Alicia…

La lluvia ocultó las lágrimas que por fin salieron.

No quería destruir el mundo.

Solo quería que no le hubieran quitado el suyo.

En la distancia, un trueno retumbó.

Y mientras la tormenta crecía…

El destino comenzaba a entrelazar dos caminos.

Carlos, luchando por no perder su humanidad.

Emanuel, tambaleándose al borde de la suya.

Y en algún punto inevitable…

Ambos tendrían que mirarse.

No como héroe y villano.

Sino como reflejos de lo que uno podría llegar a ser si el dolor gana.

El dolor no siempre grita.

A veces camina en silencio.

Se sienta contigo.

Respira contigo.

Y espera.

Emanuel lo sabía mejor que nadie.

El dolor no es una maldición… pensaba.

Es el precio de haber amado.

Pero el mundo toma esa amabilidad… y la convierte en debilidad.

En el Reino del Imperio fueron responsables.

No fue un accidente.

No fue el destino.

Fue traición.

Emanuel recordó el día que volvió a su pueblo.

El olor a humo.

El silencio extraño.

Y luego…

Sus padres colgados en la plaza.

Balanceándose con el viento.

Sus ojos abiertos.

Aquella imagen lo partió en dos.

Ese fue el día en que cayó a un borde que jamás había conocido.

Un abismo donde la rabia es más fácil que el perdón.

Jimena fue quien lo sostuvo.

Sus manos.

Su voz firme.

Su abrazo cuando las pesadillas lo despertaban.

Y cuando nació Alicia…

Todo cambió.

Su pequeña risa fue una redención.

Una segunda oportunidad.

La vida que él nunca tuvo.

La vida que juró proteger.

Pero el Imperio le dio la espalda.

Lo usaron.

Lo enviaron.

Lo traicionaron.

Y cuando todo terminó…

No quedó nada.

Excepto el silencio otra vez.

Años después, cuando llegó a aquella ciudad, no esperaba nada.

Solo un lugar donde pasar desapercibido.

Y aun así…

Conoció a Carlos.

A Angélica.

A Saleh.

A Rai.

A Alefa.

A Melissa.

Personas imperfectas.

Ruidosas.

Vivas.

Por un momento… se permitió bajar la guardia.

Se permitió recordar cómo era sentirse parte de algo.

La lluvia seguía cayendo.

Emanuel levantó la mirada al cielo gris.

—Parece que fallé… ¿verdad?

Su voz se perdió entre el viento.

Recordó la mazmorra.

La conversación con Carlos.

Las palabras intercambiadas entre sombras y antorchas débiles.

Ese chico hablaba de proteger.

De volverse fuerte.

De no perder a nadie.

Emanuel casi sonrió bajo la armadura.

—No sabes quién soy…

Miró sus manos cubiertas por el metal oscuro.

La armadura no solo ocultaba su rostro.

Ocultaba su pasado.

Ocultaba su culpa.

Carlos nunca supo que el hombre frente a él ya había perdido todo.

Nunca supo que la advertencia que escuchaba venía de alguien que caminó el mismo borde.

Emanuel apretó el puño.

—Tal vez debí decirte la verdad.

Pero si lo hacía…

¿Vería miedo en sus ojos?

¿Desprecio?

¿Lástima?

No.

Era mejor así.

Mejor ser el desconocido.

Mejor ser la sombra.

El viento sopló con fuerza y su capa se agitó.

A lo lejos, una energía familiar vibró.

Carlos.

Aún brillaba.

Aún luchaba.

Emanuel bajó la mirada.

—No cometas mis errores…

Sus ojos morados brillaron débilmente dentro del casco.

—No cargues todo solo.

Porque el dolor…

Cuando se guarda demasiado tiempo…

No solo destruye al hombre.

Lo transforma en algo que ya no reconoce su propio reflejo.

Y Emanuel ya no estaba seguro…

De si aún quedaba algo humano bajo esa armadura.

La lluvia ya no era lluvia.

Era memoria cayendo una y otra vez sobre su mente.

Emanuel se detuvo.

La armadura crujió cuando apretó los puños.

—Además…

Su voz resonó dentro del casco, hueca.

—Aún hay alguien que tiene que matarme.

El nombre salió en un susurro.

Melissa.

Cerró los ojos.

—Espero que hayas sido lo suficientemente fuerte cuando llegue el momento.

Una pausa.

No era un deseo de morir.

Era una sentencia que él mismo había escrito.

—Al menos… podría estar tranquilo si me derrotas.

El viento agitó su capa.

—Después de todo… yo fui quien mató a tu padre.

El recuerdo atravesó su pecho como una lanza.

Henry.

Un caballero de verdad.

Recto.

Valiente.

Leal hasta el final.

—A veces siento que su vida no debió terminar así.

Pero terminó.

Cuando atacó el Reino Platinos del Amanecer.

El mayor error de su vida.

No fue la batalla.

No fue la sangre.

Fue darse cuenta demasiado tarde de que ya no estaba luchando por justicia.

Sino por venganza.

Los rostros volvieron uno por uno.

Mio.

Masha.

David.

Sasha.

Y por último…

Carlos.

El niño de doce años.

Pequeño.

Pero firme.

Detrás de esa espada temblorosa.

Emanuel recordó aquella tarde.

El humo.

Las llamas reflejándose en la armadura oscura.

Y esa voz.

—¡Estoy peleando para detenerte!

El niño lo apuntaba con la espada.

Sin retroceder.

—¡No permitiré que destruyas este reino! Dime, ¿quién te envió?

Emanuel dejó escapar una risa hueca en ese momento.

—¿Enviar? Estás equivocado. A mí nadie me da órdenes. Vine aquí por una sola razón… para destruirlo todo.

Recordaba perfectamente cómo se abrieron los ojos del niño.

—¿¡Destruir!? ¿Por qué? ¿Qué te hizo este reino para que tomes una decisión tan drástica?

—Hay cosas que tú no sabes… Solo eres un niño.

Pero el niño no retrocedió.

—¡Tienes razón! ¡Pero hay cosas que no puedo dejar pasar!

Emanuel sintió algo extraño en ese instante.

No miedo.

No duda.

Era reconocimiento.

El Caballero Oscuro alzó su espada.

—¿Y qué harás al respecto? ¿Enfrentarme tú solo?

—¡Sí! ¡Si tengo que darlo todo por detenerte, lo haré! ¡Incluso si muero en el intento!

Esas palabras…

Aún retumbaban.

—Veamos si tus palabras valen algo, niño. No me decepciones.

El choque de espadas fue brutal.

Pero lo que Emanuel jamás olvidó…

Fue la mirada de Carlos.

No era odio.

Era determinación.

Una determinación que él mismo había tenido años atrás.

—Entonces no hay nada más que decir. Todo lo que ocurra aquí… se irá conmigo a la tumba.

Emanuel abrió los ojos en el presente.

La lluvia se había detenido.

—Fui yo quien cruzó la línea primero.

No Carlos.

No Henry.

No el reino.

Él.

Melissa tenía derecho a odiarlo.

Carlos tenía derecho a querer detenerlo.

Y aun así…

En el fondo más profundo de su ser…

Había deseado que ese niño lo venciera.

Que alguien lo obligara a detenerse.

Que alguien lo salvara de sí mismo.

La espada de oscuridad apareció nuevamente en su mano.

Pero esta vez no vibró con furia.

Vibró con peso.

—Si el día llega…

Su voz fue apenas un susurro.

—No huiré.

Si Melissa lo enfrenta.

Si Carlos descubre la verdad.

Si el pasado regresa para cobrar.

Emanuel no pedirá perdón.

No suplicará.

Pero tampoco se esconderá.

Porque el monstruo que nació del dolor…

Aún recuerda lo que es ser humano.

Y esa será su condena más cruel.

La rabia no explotó.

Se condensó.

Se volvió densa.

Pesada.

Emanuel apretó los dientes mientras miraba las murallas del Reino del Imperio desde la colina nevada.

—¿Qué fue lo que hice mal…?

Su voz no era un grito.

Era una grieta.

Perdí eso… ¿ser feliz?

La imagen de Jimena volvió.

Alicia corriendo entre flores.

Una vida sencilla.

Una vida posible.

—¿Es mucho pedir… haber sido feliz?

Su respiración se quebró un instante.

—Ni siquiera pude protegerlas…

El casco ocultaba su rostro, pero no podía ocultar lo que hervía dentro.

Basura.

Inútil.

Bueno para nada.

Palabras que él mismo se repetía.

Pero la verdad era más cruel.

No fue débil.

Fue superado.

Y el mundo no perdona eso.

La oscuridad que lo rodeaba no era solo magia.

Era duelo sin cerrar.

Era culpa sin absolución.

Una mirada aterradora emergió cuando fijó los ojos en el Imperio.

Había cambiado de identidad.

Nuevo nombre.

Nueva armadura.

Nueva historia.

Pero el dolor no se cambia.

—Necesito respuestas.

Rumores corrían como sombras.

Los mejores caballeros del Imperio… aniquilados.

Sin nombre.

Sin testigos.

Demasiado limpio.

Demasiado silencioso.

—Si fueron ellos…

Su voz bajó.

—Entonces no solo me arrebataron todo.

Están borrando las huellas.

Mientras tanto, en la academia…

El ambiente era igual de tenso.

En la sala de reuniones, el director observaba en silencio.

William y Nicolás permanecían de pie.

—Esto no tiene sentido —dijo William—. Si lo que mencionó el director es cierto…

—Debemos aceptar la posibilidad —respondió el director con gravedad—. Hubo estudiantes que murieron por error. Pero la verdadera pregunta es… ¿cómo apareció el Dios Nocturno?

Un silencio incómodo.

—Lo sé, William —intervino Nicolás—. Pero ahora no es el momento.

Tocaron la puerta.

—¿Quién es?

—Soy yo, profesor William.

Arlette entró con paso relajado.

Demasiado relajado.

—Sé que esto sonará raro, pero necesito ayuda… y vacaciones.

William entrecerró los ojos.

—Solo quedan dos meses para el evento más importante del año.

—Lo sé.

Sonrió.

—Y necesito que Carlos se mantenga lejos de todos a partir de ahora.

El aire se tensó.

—¿Qué estás proponiendo exactamente? —preguntó Nicolás.

—Que lo envíen a una misión más arriesgada.

Silencio.

—Cuando llegue el festival… él tiene que estar listo.

William frunció el ceño.

—¿Sabes cómo lo tomarán los demás?

—Por eso nadie debe saberlo.

El director la observó con atención.

—Te preocupas mucho por él, señorita Arlette.

Ella inclinó la cabeza ligeramente.

—Lo hago porque es amigo de Gojo Akinori.

Pausa.

Y luego…

—Y además es una obsesión que tengo con él.

Sonrió.

No era una sonrisa amable.

Era estratégica.

—Mi familia es famosa por nuestros productos de armas y armaduras mágicas. Saben lo que eso significa para la academia.

William y Nicolás se miraron.

—¿Planeas sobornarnos?

—No exactamente. Solo… colaborar.

Cruzó las manos detrás de la espalda.

—Quiero que envíen a Shiro, a Lucia y a Miguel al Polo Norte. Hay una ciudad abandonada. El hielo está matando personas. Algo lo está provocando.

El director levantó la mirada.

—¿Y Carlos?

—En otra misión.

Separado.

—Escuché que hay un ser llamado Black. No aparece en registros oficiales. Eso me interesa.

Su mirada se afiló.

—Pero lo que más me preocupa son las personas que aún viven ahí.

William suspiró.

—Y Kimberly.

El nombre cambió la expresión de Arlette apenas un segundo.

—Es linda. Elegante. Perfecta.

Su sonrisa volvió.

—Pero su risa… no me agrada.

Una sombra cruzó sus ojos.

—No quiero que me arrebate lo que es mío.

En otra parte de la academia, Carlos observaba el cielo sin saber que decisiones estaban siendo tomadas por él.

El destino se movía.

Emanuel buscando respuestas en el Imperio.

Arlette moviendo piezas en silencio.

Rumores sobre Black.

El Dios Nocturno.

El festival acercándose.

Y entre todos ellos…

Una verdad latente:

No todos están peleando por justicia.

Algunos pelean por culpa.

Otros por obsesión.

Y otros…

Por miedo a perder lo poco que aún no les han quitado.El aire en la sala se volvió más pesado.

Arlette ya no sonreía.

—Por cierto, William… hay algo más grave.

Su voz perdió el tono ligero.

—Escuché lo que ocurrió entre Carlos y Dani.

Bajó la mirada.

Por primera vez no parecía estratégica.

Parecía… preocupada.

—Sus propios hermanos podrían terminar matándolo.

El silencio cayó como una losa.

—Y lo presiento —continuó—. Todo lo que ha pasado… todo lo que este mundo ha hecho… es un peso enorme que él tendrá que cargar.

William frunció el ceño.

—¿A qué quieres llegar?

Arlette levantó la cabeza.

Sus ojos estaban tensos.

—¿Saben de lo que es capaz Kronos?

El nombre no era común.

No era un rumor menor.

Era influencia.

Era política.

Era control invisible.

—Esto se está yendo demasiado lejos —dijo, elevando la voz—. Debemos detenerlo antes de que haga un solo movimiento. ¡No pueden dejarlo pasar por alto!

El director cerró los ojos un momento.

William apretó la mandíbula.

Nicolás desvió la mirada.

—Señorita Arlette… —dijo el director con gravedad— lamento decirte esto.

Pausa.

—Es imposible detenerlo.

Ella dio un paso atrás.

—¿Imposible?

—Está por encima de nosotros —continuó el director—. No por el nombre de sus padres… sino por la red que ha construido.

William añadió con voz tensa:

—Influencia en otros reinos. Tratados. Apoyos militares. Consejeros infiltrados.

—Kronos no ataca de frente —murmuró Nicolás—. Manipula.

Arlette sintió un escalofrío.

—Entonces ¿solo vamos a observar?

El director negó lentamente.

—No. Pero tampoco podemos movernos sin pruebas. Si lo acusamos sin fundamento… perderemos más que la academia.

William la miró fijamente.

—Y si Kronos decide intervenir directamente… no sería solo un conflicto interno.

Sería guerra.

Arlette apretó los puños.

—Carlos no está listo para enfrentarse a algo así.

—Precisamente por eso —respondió el director— debemos mantenerlo fuera del tablero político.

William suspiró.

—Si Kronos está moviendo piezas… Carlos es una de ellas.

El silencio volvió.

Pero esta vez era distinto.

Más oscuro.

Más estratégico.

Arlette caminó hacia la ventana.

Desde allí se veía el patio de entrenamiento.

Carlos estaba abajo.

Entrenando solo.

Golpe tras golpe.

Como si intentara romper algo invisible.

—No quiero que lo usen —murmuró ella.

Nicolás la escuchó.

—Nadie quiere eso.

—No —respondió Arlette sin apartar la vista—. Algunos sí.

En algún lugar lejano, en una sala mucho más lujosa que la de la academia, un hombre observaba mapas extendidos sobre una mesa.

No necesitaba levantar la voz.

No necesitaba ensuciarse las manos.

Las decisiones se ejecutaban solas.

El nombre Kronos no era temor.

Era sistema.

Y cuando el sistema decide moverse…

No empuja.

Arrastra.

En la academia, William habló con firmeza:

—No podemos detenerlo ahora.

Pero podemos prepararnos.

Arlette giró lentamente.

—Entonces háganlo rápido.

Porque si Kronos mueve una pieza…

Carlos será quien reciba el golpe.

Y esta vez…

No será un simple enfrentamiento.

Será algo mucho más grande que una batalla.

Será una guerra donde las espadas no son lo primero que se desenvainan.

Sino las alianzas.

Y en ese tipo de guerra…

Los inocentes son los primeros en caer.Arlette apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Es porque somos débiles…?

Nadie respondió.

Y ese silencio fue peor que cualquier respuesta.

—No importa —continuó, con la voz temblando de rabia contenida—. Si eso es lo que Kronos busca de su hermano menor… entonces lo va a intentar. Karen y Abrán no ven el tablero completo. Pero Kronos sí. Y solo quiere a Carlos como herramienta.

Bajó la voz.

—Y tengo miedo de que esa palabra se cumpla.

—¡Señorita Arlette! —la voz del director golpeó la sala—. Ya es suficiente. Haremos todo lo posible para mantenerlo a salvo.

—¡No me entienden! —explotó ella—. ¡Carlos no quiere que lo ayuden! Él quiere estar solo. Está intentando protegernos a todos, incluso de él mismo.

William frunció el ceño.

Arlette respiró con dificultad.

—Ustedes no saben lo que está viviendo. Esto… lo está desgastando. La guerra, la política, Astaroth, el Dios Nocturno… todo eso lo tiene cargando más de lo que debería.

La sala quedó en silencio.

Ella caminó hacia la mesa y apoyó ambas manos.

—¿Saben cómo terminará esto si Natsuki, Yue o sus propios hermanos deciden intervenir?

No terminó la frase.

No hacía falta.

—Carlos ha hecho amigos —continuó más bajo—. Se ha esforzado. Ha cambiado. No era bueno con su magia, lo saben. Pero ahora…

William desvió la mirada hacia la ventana.

En el patio, Carlos entrenaba solo.

Otra vez.

Golpe tras golpe.

Las vendas en sus manos estaban manchadas.

Su respiración era irregular.

Pero no se detenía.

—Se está matando entrenando —susurró Arlette—. Tiene heridas abiertas. Su cuerpo está al límite. Y aun así sigue.

Nicolás habló por primera vez con un tono más suave:

—Eso no es fortaleza… eso es desesperación.

—No —negó Arlette—. Es determinación.

Respiró profundo.

—Lucia también es un prodigio. No por talento, sino por disciplina. Ellos no nacieron genios. Se hicieron así.

El director cerró los ojos un momento.

—Y eso es precisamente lo que me preocupa.

Arlette lo miró.

—¿Por qué?

—Porque alguien que se construye desde el dolor… puede romperse más fácil si vuelve a perder.

Silencio.

Abajo, Carlos cayó de rodillas.

Se levantó.

Volvió a levantar la espada.

Sus manos temblaban.

Pero no retrocedía.

William habló con firmeza:

—No es débil.

—Entonces actúen como si no lo fuera —respondió Arlette—. No lo encierren en una burbuja. No lo subestimen.

Nicolás cruzó los brazos.

—Tampoco podemos dejar que se destruya solo.

El director miró a Arlette directamente.

—Si Kronos quiere usarlo, no lo hará por la fuerza. Lo hará manipulando sus decisiones. Su culpa. Su necesidad de proteger.

Eso golpeó.

Porque era verdad.

Carlos no huía.

Se adelantaba.

Se ofrecía.

Se sacrificaba antes de que alguien lo pidiera.

—Entonces denle una razón para no hacerlo solo —dijo Arlette finalmente—. Porque si sigue así… no será Kronos quien lo rompa.

Será él mismo.

En el patio, Carlos levantó la espada una vez más.

El viento movió su cabello.

Sus ojos estaban distintos.

No eran los de un niño de doce años.

Eran los de alguien que ya entendió que el mundo no es justo.

Y que aun así…

Decide pelear.

Pero incluso los más fuertes…

Necesitan algo más que determinación para sobrevivir.Necesitan no estar solos

El director se quedó en silencio unos segundos más.

Luego habló con un tono más controlado.

—No vamos a cambiar la decisión… pero tampoco vamos a ignorar lo que dices.

Arlette respiró con dificultad.

—Entonces entiendan algo —dijo sin retroceder—. Carlos no se va a quebrar por un enemigo externo. Se va a quebrar por cargar demasiado.

William miró hacia el patio nuevamente.

Carlos ya no estaba entrenando con movimientos básicos.

Estaba forzando su magia.

La energía se concentraba en su espada, vibrando de forma inestable.

—Está forzando el flujo interno —murmuró Nicolás—. Si sigue así puede dañarse los conductos mágicos.

—Lo sabe —respondió Arlette—. Y aun así no se detiene.

Abajo, una descarga explotó.

El impacto dejó una grieta en el suelo de entrenamiento.

Carlos respiraba agitado.

Sus manos sangraban otra vez.

Pero no retrocedió.

Cerró los ojos un instante.

Recordó las palabras.

Guerra.

Kronos.

Astaroth.

Dios Nocturno.

Hermanos.

Dani.

Todo mezclado.

Todo pesando.

Apretó la espada.

—No puedo fallar…

Lo dijo en voz baja.

Como si alguien pudiera escucharlo.

En la sala, el director finalmente habló:

—Si Kronos realmente está moviendo piezas… entonces la misión que propuso Arlette podría servir.

William lo miró.

—¿Separarlo?

—No. Fortalecerlo.

Arlette levantó la vista.

—Pero bajo vigilancia.

—Exacto —respondió el director—. No podemos permitir que sea manipulado. Pero tampoco podemos quitarle la oportunidad de crecer.

Nicolás asintió lentamente.

—¿Y sobre el Imperio?

El director frunció el ceño.

—Eso es otro asunto. Si los rumores sobre los caballeros aniquilados son ciertos… algo más grande se está moviendo.

Arlette sintió un escalofrío.

Porque en el fondo sabía que no era coincidencia.

Imperio.

Kronos.

Carlos.

Todo estaba conectándose.

En el patio, Carlos volvió a levantar la espada.

Su magia esta vez fluyó mejor.

No perfecta.

Pero más estable.

Recordó lo que Lucia le dijo días atrás:

“Control no es fuerza. Es comprensión.”

Su respiración se reguló.

El brillo alrededor de la hoja dejó de temblar.

La energía se volvió más limpia.

Desde la ventana, William murmuró:

—Está mejorando.

—Siempre lo hace —respondió Arlette sin apartar la mirada—. Incluso cuando nadie se lo pide.

Un silencio distinto llenó la sala.

No era tensión.

Era reconocimiento.

Carlos bajó la espada lentamente.

Miró sus manos ensangrentadas.

No sonrió.

Pero tampoco parecía derrotado.

Solo… decidido.

Arriba, el director concluyó:

—Prepárenlo.

Pero no lo rompan.

Porque si Kronos intenta usarlo…

Lo que enfrentará no será un niño.

Será alguien que ya aprendió a levantarse solo.

Y eso…

Es mucho más peligroso.—Bueno… es hora de irme.

Arlette se detuvo en la puerta un segundo.

—Tengo que reencontrarme con Lucia. Dijo que me enseñaría algo… aunque con sus métodos me da más miedo que emoción.

Intentó sonreír.

No le salió del todo.

—No olviden lo que hablamos.

Salió de la sala.

El pasillo estaba más frío de lo normal.

Respiró hondo.

Su plan sonaba firme cuando lo decía en voz alta…

Pero ahora, sola, la duda la alcanzó.

¿Realmente funcionaría?

Si fallaba, no solo sería una misión más.

Sería abrirle el camino a Kronos.

Y eso no podía permitírselo.

Mientras tanto, en otra parte de la academia…

Kratos y Shirou conversaban en un salón lleno de mapas y documentos.

Sobre la mesa había frascos sellados.

Polvo oscuro en el interior.

—¿Crees que todo esto valdrá la pena? —preguntó Kratos, cruzado de brazos.

Shirou sostuvo uno de los informes.

—Investigamos más sobre la droga del Demonio de la Destrucción.

Su expresión era grave.

—Es difícil entender cómo funciona exactamente. No es solo una sustancia… altera la esencia mágica de quien la consume.

Dejó el documento sobre la mesa.

—Me preocupa la gente. Esto es peligroso.

Suspiró.

—Presiento que este día será imposible…

—¿Imposible?

María apareció apoyándose en la puerta.

—Para ser honesta, Shirou… deberías descansar. Has estado así durante semanas. No puedes seguir empujándote de esta manera.

Shirou bajó la mirada un instante.

Tenía ojeras marcadas.

Sus manos temblaban levemente.

—Lo sé, María… pero no puedo soltar esto.

Levantó el frasco.

El polvo oscuro parecía moverse como si tuviera vida propia.

—Tengo que encontrar la forma de eliminarlo. Si logran expandirlo… todos podrían convertirse en monstruos.

Apretó los dientes.

—Mira lo que pasó con Alan.

El recuerdo fue inmediato.

Alan temblando.

Su piel agrietándose.

La magia fuera de control.

Shirou tuvo que enfrentarlo.

No para matarlo.

Sino para detenerlo antes de que perdiera completamente la razón.

Lo logró.

Pero no salió ileso.

Alan ahora llevaba una cicatriz profunda que cruzaba su rostro.

Un recordatorio de lo cerca que estuvo de no regresar.

Kratos habló con voz firme.

—No fue tu culpa.

—No —respondió Shirou—. Pero pudo haber muerto.

María se acercó.

—Y tú también casi mueres ese día.

Shirou guardó silencio.

Sabía que era cierto.

Pero no podía detenerse.

—Si esto se expande —continuó— no será solo un incidente aislado. Será caos. La droga no solo potencia… corrompe. Saca lo peor de cada persona y lo amplifica.

Kratos frunció el ceño.

—¿Crees que Kronos está detrás?

Shirou no respondió de inmediato.

—No tengo pruebas. Pero alguien con recursos… con influencia… podría distribuir algo así sin dejar rastro.

El aire se volvió pesado.

María cruzó los brazos.

—Entonces no eres el único que debe cargar esto.

Shirou la miró.

—No quiero que nadie más salga herido.

—Eso ya está pasando —respondió ella con suavidad—. Te estás desgastando. Y si caes… perderemos más que una investigación.

Silencio.

En el exterior, el viento golpeó las ventanas.

Algo se estaba moviendo.

Droga.

Imperio.

Kronos.

Misión al norte.

Festival acercándose.

Demasiadas piezas.

Y todos estaban empujándose más allá de sus límites.

Shirou cerró el frasco con firmeza.

—No voy a detenerme.

Pero esta vez su voz no sonó completamente segura.

Porque en el fondo…

Sabía que el tiempo se estaba acabando. Kratos levantó una ceja al escuchar el nombre.

—Freya dijo que esta sería la parte difícil…

Shirou asintió lentamente.

—Sí. Ella fue clara. Dijo que lo complicado no sería descubrir qué es la droga… sino decidir qué hacer cuando sepamos quién está detrás.

María sonrió.

Pero no era una sonrisa seria.

Se acercó a Shirou con esa expresión juguetona que siempre usaba cuando quería incomodarlo.

—Ahora que lo mencionas… últimamente tú y Freya han estado muy pegaditos.

Kratos soltó un leve “oh”.

—Desde que interrumpiste su conversación con Mael —continuó María—. Fue algo muy… impulsivo.

Se inclinó un poco hacia él.

—Algo que haría un hombre se-lo-so.

Shirou parpadeó.

—No fue eso.

—¿Ah no? —María ladeó la cabeza—. Porque recuerdo perfectamente cómo entraste, cómo miraste a Mael, y cómo Freya se quedó callada mirándote.

Kratos se cruzó de brazos, divertido.

—Sí, fue bastante evidente.

—No estaba celoso —respondió Shirou con rapidez—. Solo… no confiaba en él.

María soltó una pequeña risa.

—Claro. No confiabas en él.

Hizo una pausa teatral.

—Pero no te preocupes. Aunque dudo que ella sienta algo por ti.

Silencio.

Shirou no dijo nada.

Pero su expresión cambió apenas.

Un leve rubor.

Una rigidez en los hombros.

Kratos lo notó.

María también.

—Aunque… —continuó ella suavemente— ¿qué pasa si sí es verdad?

Esa pregunta se quedó flotando.

Shirou desvió la mirada.

Freya riendo mientras discutían estrategias.

Freya frunciendo el ceño cuando él se sobrecargaba de trabajo.

Freya poniéndose frente a él cuando Alan perdió el control.

“Si vas a hacer algo imprudente, al menos avísame.”

Recordó esas palabras.

Y cómo lo había mirado.

No con admiración.

No con lástima.

Con preocupación genuina.

—No es momento para eso —murmuró finalmente.

María suspiró.

—Nunca es momento para ti, Shirou.

Kratos habló más serio ahora:

—Los sentimientos no desaparecen solo porque haya problemas más grandes.

Shirou apretó los labios.

—No puedo distraerme.

—¿Y quién dijo que querer a alguien es una distracción? —replicó María.

Él guardó silencio.

Porque en el fondo…

No era miedo a que fuera mentira.

Era miedo a que fuera verdad.

Porque si Freya realmente sentía algo…

Entonces él tendría algo más que perder.

Y Shirou ya sabía demasiado bien lo que era perder.

María dio un pequeño golpe en su hombro.

—Relájate. Solo te estoy molestando.

Pero luego lo miró con más suavidad.

—Solo asegúrate de no ignorar lo que sientes por miedo.

Kratos volvió a tomar uno de los informes.

—Tenemos suficiente caos afuera. No necesitas crearlo también dentro de ti.

Shirou respiró hondo.

Intentó enfocarse en los documentos.

En la droga.

En la amenaza.

Pero, por primera vez en días…

No fue el miedo al desastre lo que le apretó el pecho.

Fue una posibilidad.

Pequeña.

Incierta.

Pero real.

¿Y si Freya sí sentía algo?

Y peor aún…

¿Y si él también?

El ambiente cambió en el instante en que Charlotte entró.

Ya no había bromas.

Ni tensión ligera.

Su expresión era completamente seria.

—Tengo algo que deben saber.

Kratos dejó los documentos.

María se enderezó.

Shirou la miró con atención.

—Fui a la Iglesia Sagrada. Necesitaba respuestas.

Hizo una pausa breve.

—Y encontré una.

El silencio se volvió absoluto.

—Hace mucho tiempo existió alguien… un ser descrito como fragmentos de un Dios Demonio.

Shirou frunció el ceño.

—¿Fragmentos?

—Sí. No era un demonio común. No era un dios común. Era una entidad que combinaba ambos aspectos. Se dice que apareció hace un millón de años y trajo caos a todo lo que tocaba.

Kratos apretó la mandíbula.

—Eso suena a mito antiguo.

—No lo es —respondió Charlotte con firmeza—. Los registros son claros. Los gigantes fueron quienes lograron derrotarlo. Pero antes de morir… dividió su esencia.

María dio un paso atrás.

—¿Dividió… cómo?

—Fragmentó su alma. Su poder. Sus espadas más peligrosas.

Charlotte miró el frasco oscuro sobre la mesa.

—Ese polvo… es parte de esos fragmentos.

El aire se volvió pesado.

—Entonces… —murmuró Shirou— no estamos hablando solo de una droga.

Charlotte negó lentamente.

—Estamos hablando de restos de un Dios Demonio.

Kratos murmuró:

—Es la primera vez que escucho algo así en todos estos años.

—Y no será lo último —continuó Charlotte—. Porque hay otra noticia importante.

Sus manos temblaron apenas.

Pero no retrocedió.

—Tengo magia divina.

María abrió los ojos.

—Eso ya lo sabíamos…

—No —interrumpió Charlotte—. No sabían esto.

Respiró hondo.

—Por error… fui elegida como la próxima sacerdotisa de la Iglesia Sagrada.

El silencio fue más denso que antes.

—¿Elegida? —repitió Shirou.

—Sí. Y eso significa que debo dejar la academia por un tiempo. Necesito entrenar. Aprender el origen real de esos fragmentos. Entender cómo purificarlos.

María dio un paso hacia ella.

—¿Te vas?

Charlotte asintió.

—No es opcional.

Kratos habló con seriedad:

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

Miró el frasco otra vez.

—Pero si lo que enfrentamos es un Dios Demonio fragmentado… entonces lo que viene será lo más difícil que hemos visto.

Shirou bajó la mirada.

Freya.

Carlos.

La droga.

Kronos.

Ahora esto.

—¿Y si alguien está intentando reunir los fragmentos? —preguntó.

Charlotte lo miró directamente.

—Entonces no buscan caos temporal.

Buscan resurrección.

El silencio se volvió frío.

María apretó el brazo de Charlotte.

—No me gusta esto.

—A mí tampoco —respondió ella—. Pero si no entiendo el origen… no podremos destruirlo.

Kratos asintió lentamente.

—Entonces no es una despedida.

—No —dijo Charlotte—. Es una preparación.

Pero en sus ojos había algo más.

Miedo.

No por ella.

Sino por el momento en que los fragmentos comenzaran a unirse.

Porque si el polvo ya estaba circulando…

Entonces alguien ya había empezado el ritual.

Y eso significaba que el tiempo…

Era mucho menos del que imaginaban.

El silencio no se rompió de inmediato.

Fue Shirou quien habló primero.

—Si los fragmentos existen… entonces deben estar dispersos por todo el mundo.

Charlotte asintió.

—La Iglesia cree que algunos están sellados. Otros perdidos. Y otros… activos.

Kratos frunció el ceño.

—¿Activos?

—Objetos malditos. Espadas antiguas. Reliquias que cambian de dueño y dejan tragedias a su paso.

María miró el frasco con el polvo oscuro.

—Y alguien decidió convertir uno de esos fragmentos… en droga.

Charlotte bajó la mirada.

—Eso significa que no solo buscan poder. Están experimentando.

Shirou apretó los puños.

—Alan fue una prueba.

Kratos asintió lentamente.

—Y si fue una prueba… vendrán más.

Charlotte dio un paso atrás.

—Por eso debo irme. La Iglesia no solo me entrenará como sacerdotisa. Me enseñarán rituales de purificación antigua. Sellos gigantes. Lenguas olvidadas.

—¿Gigantes? —preguntó María.

—Sí. Los registros dicen que los gigantes no solo lo derrotaron. Crearon un sistema de contención basado en runas primordiales. Si alguien está rompiendo esos sellos… necesito saber cómo restaurarlos.

Shirou respiró hondo.

—Entonces no se trata solo de combatir.

—No —respondió Charlotte—. Se trata de impedir que vuelva a existir.

El viento golpeó las ventanas otra vez.

Kratos caminó hasta el mapa.

—Si alguien está recolectando fragmentos… debe haber patrones.

Shirou se acercó.

—La ciudad del norte. La droga aquí. Rumores del Imperio.

María los miró con preocupación.

—¿Creen que todo está conectado?

Kratos habló con firmeza.

—Demasiadas coincidencias dejan de ser coincidencias.

Charlotte miró a Shirou.

—Mientras yo esté fuera… tú debes mantener esto bajo control.

Él levantó la vista.

—No soy el líder.

—No —respondió ella—. Pero eres quien no se rinde.

Eso lo dejó en silencio.

María intentó sonreír.

—Y además, alguien tiene que evitar que te consumas trabajando.

Shirou exhaló levemente.

—No prometo descansar.

—Promete sobrevivir —dijo Charlotte.

Un momento pesado.

No era una despedida dramática.

Era peor.

Era real.

—¿Cuándo te vas? —preguntó Kratos.

—Mañana al amanecer.

María la abrazó sin previo aviso.

—Regresa.

Charlotte cerró los ojos un instante.

—Lo haré.

Pero todos sabían que si lo que enfrentaban era realmente la esencia fragmentada de un Dios Demonio…

Nada volvería a ser igual.

Y en algún lugar lejano, en ruinas antiguas cubiertas por hielo y piedra…

Una grieta brilló con una luz oscura.

No era grande.

No aún.

Pero latía.

Como un corazón que llevaba un millón de años esperando volver a latir con fuerza.

Y alguien…

Ya estaba escuchando ese pulso.

La caverna estaba viva.

No por sonido.

Sino por pulsación.

Una masa oscura, suspendida en el centro del abismo, latía con una luz roja profunda.

Un corazón.

No de carne común.

Sino de algo antiguo.

Algo que no debía seguir existiendo.

Laxuz lo observaba con una sonrisa contenida.

—Parece que encontré algo muy interesante… ¿no lo crees, Lucas?

Los abismales detrás de él guardaron silencio. Sus figuras cubiertas por capas negras apenas se movían.

El corazón del Dios Demonio latía más fuerte cuando alguien se acercaba.

Como si reconociera intención.

—Por ahora debemos llevarlo con nosotros —continuó Laxuz—. Este será el siguiente paso.

Uno de los abismales habló con voz grave:

—¿Y después?

Laxuz giró lentamente.

—Después de esto… traeremos a Astaroth a la vida.

El nombre resonó en la caverna.

Oscuro.

Prohibido.

—Esperemos que esté recuperado —añadió—. Como dijo Gabriel… él es el más fuerte de todos.

Se acercó al corazón.

No lo tocó.

Aún no.

—Pero ahora no es el momento.

Lucas permanecía en silencio.

Mirando.

Pensando.

“¿Cómo estarán Gojo y Arlette…?”

Habían pasado años desde aquel templo.

Desde su muerte.

Desde que todo terminó.

O eso creyó.

Lucifer fue quien lo trajo de regreso.

No hubo luz.

No hubo gloria.

Solo oscuridad.

Y una voz.

“Tu historia no termina aquí.”

Desde entonces…

Caminó en las sombras.

Aprendió.

Creció.

Se volvió algo que nunca imaginó.

Más fuerte.

Más frío.

Más distante.

Pero el precio fue alto.

Entró en guerras que no eran suyas.

En pactos que no debía aceptar.

Alcanzó un poder que jamás soñó poseer.

Y aun así…

Se sentía vacío.

Laxuz habló sin mirarlo:

—No estás muy entusiasmado.

Lucas respondió finalmente.

—Solo pienso.

—¿En el pasado?

Silencio.

El corazón volvió a latir.

Más fuerte.

Más profundo.

Lucas levantó la vista hacia él.

Esa energía…

La reconocía.

No como alguien que la estudiaba.

Sino como alguien que había caminado cerca de ella.

Lucifer no lo revivió por compasión.

Lo hizo porque era útil.

Porque alguien como él podía soportar la oscuridad sin quebrarse.

O eso creían.

“Gojo…”

“Arlette…”

¿Seguirían vivos?

¿Lo recordarían?

¿O su nombre se había convertido en un simple recuerdo más?

Laxuz extendió la mano esta vez.

Una barrera abismal envolvió el corazón.

—Prepárenlo.

Los abismales comenzaron el ritual de sellado.

Runas negras se activaron alrededor.

El suelo tembló levemente.

Lucas apretó los puños.

“Alcancé algo que nunca debí imaginar…”

Poder que rivalizaba con entidades antiguas.

Control sobre energías prohibidas.

Pero también entendió algo más.

Ese corazón no era solo un fragmento.

Era una llave.

Y si lo usaban para traer a Astaroth…

El equilibrio entero colapsaría.

Laxuz lo miró de reojo.

—No dudes ahora, Lucas.

Él respondió sin emoción visible.

—No estoy dudando.

Pero en el fondo…

Sabía que cada paso que daban los acercaba a un punto sin retorno.

El corazón brilló una última vez antes de quedar contenido en el sello.

Y en algún lugar distante…

Una presencia abrió los ojos en la oscuridad.

No completamente despierta.

Pero consciente.

Algo estaba reuniéndose.

Algo estaba regresando.

Y esta vez…

No sería un simple caos.

Sería una reclamación.La barrera terminó de cerrarse.

El corazón quedó suspendido dentro del sello abismal, envuelto en runas negras que giraban lentamente como engranajes antiguos.

Pero aun sellado…

Seguía latiendo.

Laxuz observó el resultado con satisfacción.

—Perfecto. Ni la Iglesia podrá detectar esto ahora.

Uno de los abismales inclinó la cabeza.

—¿Lo llevamos al Santuario Profundo?

—No —respondió Laxuz—. Aún no. Primero debemos estabilizarlo. Si reacciona antes de tiempo… perderemos más que esta caverna.

Lucas permanecía inmóvil.

Sentía la vibración en el pecho.

No era sonido.

Era resonancia.

El corazón respondía a algo.

O a alguien.

“Esto no es solo un fragmento…”

Cerró los ojos un instante.

Desde que Lucifer lo trajo de vuelta, su percepción había cambiado.

Podía sentir la estructura de la energía.

Las grietas.

Los hilos invisibles que conectaban acontecimientos.

Y ese corazón…

No estaba incompleto.

Estaba esperando.

Laxuz caminó hacia él.

—Estás muy callado.

—Estoy analizando.

—¿Qué cosa?

Lucas abrió los ojos.

—Si usamos esto para traer a Astaroth… no habrá marcha atrás.

Laxuz sonrió levemente.

—Ese es el punto.

Un silencio pesado cayó entre ambos.

—Gabriel fue claro —continuó Laxuz—. Astaroth no es como los demás. No es un peón. Es una fuerza absoluta.

Lucas respondió con voz baja:

—Y las fuerzas absolutas no obedecen.

Por primera vez, Laxuz dejó de sonreír.

—Por eso necesitamos el corazón.

Los abismales comenzaron a transportar el sello flotante.

Las sombras de la caverna parecían estirarse mientras avanzaban.

En lo profundo…

Algo más reaccionó.

No era el corazón.

Era la conexión.

Muy lejos de allí, en ruinas cubiertas de hielo, una grieta volvió a brillar.

Y en la academia…

Charlotte se detuvo en mitad del pasillo al sentir una presión en el pecho.

Una vibración divina.

Se llevó la mano al corazón.

—Ya empezó…

Mientras tanto, Lucas caminaba detrás del grupo.

Pensamientos cruzaban su mente.

Gojo.

Arlette.

El templo.

El día en que murió.

Lucifer extendiendo la mano entre sombras.

“Vuelve. Aún no has terminado.”

Desde entonces había entrenado.

Había aprendido a dominar energía abismal sin perder la razón.

Había alcanzado un nivel que ni siquiera en vida soñó tocar.

Pero ese poder tenía un costo.

Cada vez que usaba más de lo necesario…

Sentía que algo dentro de él se desvanecía.

No su alma.

Sino su calidez.

Su humanidad.

Y ahora…

Estaban reuniendo piezas de un Dios Demonio.

Lucas habló finalmente:

—¿Y si Astaroth no quiere ser traído de vuelta?

Laxuz no se detuvo.

—Entonces lo obligaremos.

Lucas apretó los puños.

Esa respuesta confirmó su temor.

No estaban preparando un regreso.

Estaban provocando una catástrofe.

El corazón latió más fuerte dentro del sello.

Como si respondiera a la intención.

Como si supiera.

Y en un plano más profundo…

Una conciencia fragmentada comenzó a alinearse.

No completa.

No aún.

Pero suficiente para reconocer una verdad:

Sus piezas estaban siendo reunidas.

Y cuando la última encajara…

No sería invocación.

Sería despertar.

Lucas levantó la mirada hacia la oscuridad del techo de la caverna.

“¿En qué me he convertido…?”

Porque si continuaba por ese camino…

No habría diferencia entre él…

Y aquello que estaban intentando traer de regreso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo