The strongest warrior of humanity - Capítulo 186
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Capítulo 186: capitulo 186 mi enfrentamiento con Shiro
Laxuz se detuvo en seco.
No volteó de inmediato.
Pero su voz bajó de tono.
—De igual manera… no debes recordar eso.
Lucas frunció el ceño.
—¿Recordar qué?
Laxuz giró lentamente, sus ojos brillando con una frialdad distinta.
—Recuerda que Lord Lucifer puede ver tus recuerdos.
El aire se volvió más pesado.
—Si lo haces… si profundizas demasiado en ellos… no habrá forma de que te salves.
Hizo una pausa.
—Y mucho menos a tus amigos.
El corazón sellado latió con fuerza.
Lucas sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Eso… no lo sabía…
Su voz perdió firmeza.
Su rostro se volvió pálido.
No era una amenaza vacía.
No en ese mundo.
No con Lucifer.
Las imágenes cruzaron su mente sin permiso.
El templo.
Gojo riendo.
Arlette discutiendo.
El día que cayó.
La oscuridad que lo envolvió.
La voz que lo llamó.
“Te devolveré la vida.”
Lucas retrocedió un paso.
—¿Desde cuándo…?
—Desde el momento en que aceptaste volver —respondió Laxuz sin emoción—. Tu resurrección no fue gratuita.
El corazón volvió a latir.
Más fuerte.
Como si se alimentara del miedo.
—Él puede ver lo que recuerdas con intensidad —continuó Laxuz—. Si tus pensamientos se centran demasiado en ellos… en protegerlos… él lo sabrá.
Lucas apretó la cabeza con una mano.
Su respiración se volvió irregular.
—Entonces… todo este tiempo…
—Has estado caminando bajo su mirada.
Silencio.
Los abismales continuaron avanzando, como si esa conversación no existiera.
Pero para Lucas…
El mundo se había inclinado.
—No… —susurró—. No pueden tocarlos.
Laxuz lo observó fijamente.
—Entonces controla tu mente.
Lucas sintió el horror hundirse por dentro.
No por sí mismo.
Sino por Gojo.
Por Arlette.
Si Lucifer sabía…
Si podía ver sus recuerdos…
Ellos no estaban a salvo.
Y lo peor…
Era que el simple acto de pensar en ellos los ponía en peligro.
—¿Por qué me dices esto ahora? —preguntó con voz tensa.
Laxuz respondió con frialdad calculada:
—Porque si pierdes el control… te convertirás en un riesgo. Y yo no tolero riesgos innecesarios.
El corazón del Dios Demonio vibró dentro del sello.
Lucas cerró los ojos con fuerza.
Intentó vaciar su mente.
Oscuridad.
Solo oscuridad.
Pero era demasiado tarde.
Porque en algún lugar más profundo que el abismo…
Una presencia sonrió.
No necesitaba palabras.
No necesitaba manifestarse.
Solo observar.
Y ahora…
Sabía exactamente qué nombre hacía temblar el corazón de Lucas.
Gojo.
Arlette.
Y el miedo más grande no era morir otra vez.
Era entender que su regreso…
Podría convertirse en la sentencia de aquellos que aún quería proteger. La caverna quedó en silencio.
Solo el latido.
Lento.
Profundo.
Constante.
Lucas aún tenía la respiración agitada cuando Laxuz se acercó un paso más.
Su sombra cubrió parte de su rostro.
—En fin…
Su voz cambió.
Se volvió más baja.
Más siniestra.
—No olvides que aún eres alguien fuerte.
Lucas levantó la mirada.
Pero esta vez no había duda en los ojos de Laxuz.
Había advertencia.
—No me decepciones.
El tono ya no era consejo.
Era sentencia.
—O de lo contrario te mataré… sin importar el riesgo.
El eco de esas palabras se expandió por la caverna.
—Te lo advierto —continuó—. Si vuelves a recordar una mínima pizca de tus recuerdos sobre ellos…
Se inclinó apenas hacia él.
—Nadie se hará responsable de sus muertes.
El corazón del Dios Demonio dio un latido más fuerte.
Como si disfrutara la amenaza.
Una risa estérica salió del rostro de Laxuz.
No era una risa alegre.
Era torcida.
Casi inestable.
—La culpa será tuya.
Los abismales no reaccionaron.
Estaban acostumbrados a ese tipo de advertencias.
Pero Lucas…
Sintió algo romperse dentro.
No miedo por sí mismo.
Sino una rabia silenciosa.
Una presión que subía por su pecho.
Sus manos temblaron.
Pero no por debilidad.
Por contención.
“Controla tu mente.”
Lucifer podía ver recuerdos intensos.
Pero no pensamientos fríos.
No cálculos.
No decisiones que nacen en silencio.
Lucas bajó la cabeza lentamente.
Cuando volvió a levantarla…
Su expresión había cambiado.
Ya no había pánico visible.
Solo una calma peligrosa.
—No te decepcionaré.
Su voz fue firme.
Neutral.
Casi vacía.
Laxuz lo observó unos segundos.
Buscando grietas.
No encontró ninguna.
—Eso espero.
Se apartó.
—Muévanlo.
El sello flotante comenzó a desplazarse hacia el túnel más profundo.
El corazón latía, pero más estable ahora.
Como si reconociera que el miedo inicial había sido dominado.
Lucas caminó detrás del grupo.
Por dentro…
El conflicto ardía.
No podía recordar.
No podía sentir demasiado.
No podía pensar en ellos con intensidad.
Pero tampoco podía traicionarlos.
“Si mi mente es vigilada…”
Entonces no debía luchar desde la emoción.
Debía hacerlo desde algo más profundo.
Más silencioso.
Más oscuro.
Si Lucifer observaba recuerdos…
Entonces Lucas debía convertirse en alguien que no tuviera nada visible que observar.
Ni nostalgia.
Ni culpa.
Ni amor evidente.
Solo obediencia superficial.
Mientras tanto…
En algún plano invisible…
Una presencia observaba.
No intervino.
No habló.
Pero percibió algo diferente.
El miedo inicial de Lucas se había disipado.
Y en su lugar…
Había nacido algo más peligroso.
Determinación fría.
Y eso…
Era mucho más difícil de controlar que un simple recuerdo.
En el abismo, la decisión ya estaba tomada.
—Tenemos que irnos —dijo Laxuz mientras el sello oscuro envolvía el corazón—. Ya conseguimos lo que buscábamos. En unos días… lo reviviremos.
El latido quedó oculto entre sombras.
El ritual comenzaría pronto.
Y el mundo aún no lo sabía.
—
En la academia…
El choque de la lanza contra el aire era constante.
Carlos no se detenía.
Su respiración era pesada.
Sus manos estaban abiertas y sangraban.
Pero seguía.
Siempre seguía.
Una figura apareció frente a él.
Luego otra.
Carlos detuvo su ataque al reconocerlas.
—Milin… Merlin.
Ambas lo miraban con preocupación.
Milin fue la primera en hablar.
—Eres igual a mi padre.
Carlos bajó un poco la lanza.
Merlin sonrió levemente.
—Kenzo entrenaba así. Como si nada pudiera afectarlo.
Milin lo observó con una calidez nostálgica.
—Aunque, si soy sincera… tú te esfuerzas incluso más.
El viento movió el cabello de Carlos.
El nombre de Kenzo pesaba.
No como carga.
Sino como legado.
—No intento imitarlo —dijo en voz baja.
—Lo sabemos —respondió Merlin—. Pero llevas su misma determinación.
Carlos respiró profundo y cambió el tema.
—Por cierto… ¿cómo está tu brazo? ¿Todo bien?
Milin levantó el brazo herido ligeramente.
—Está sanando.
Carlos apretó los dientes.
—Desde que mi hermano Dani te hizo eso… sentí una rabia que no podía contener.
Su voz se volvió más grave.
—Pero entendí algo.
Merlin lo miró con atención.
—Él ya no era mi hermano.
Silencio.
—El Dios de la Guerra lo había tomado.
Milin bajó la mirada un segundo.
La herida no era solo física.
Carlos continuó:
—Y eso me llevó a una conclusión.
El aire alrededor pareció enfriarse.
—Lucifer está detrás de esto.
El nombre salió con dificultad.
Como si le quemara la lengua.
Su expresión cambió.
Una sombra cruzó su rostro.
Una mirada fría.
Oscura.
Casi peligrosa.
—Y lo más probable… es que Gabriel también.
Merlin dio un paso adelante.
—Carlos…
—No quiero pronunciar ese nombre —interrumpió él—. Pero todo encaja.
Apretó la lanza.
—Control mental. Fragmentos antiguos. Resurrecciones. Guerra sembrada en distintos puntos.
Milin lo observó fijamente.
—Estás pensando como un estratega… no como alguien consumido por la rabia.
Carlos guardó silencio unos segundos.
La ira seguía allí.
Pero estaba contenida.
—Si Lucifer mueve las piezas —dijo finalmente— entonces nosotros debemos movernos antes.
Merlin asintió lentamente.
—Pero sin perderte en el proceso.
Carlos miró sus manos ensangrentadas.
El dolor lo mantenía despierto.
—No me perderé.
Milin sonrió con suavidad.
—Eso mismo decía mi padre.
El viento volvió a soplar.
En el cielo, una sombra cruzó entre las nubes.
Carlos lo sintió.
Una presión lejana.
Como si algo estuviera reuniéndose.
Como si un corazón oscuro estuviera esperando el momento adecuado para latir con fuerza.
Merlin también lo notó.
—El equilibrio se está debilitando.
Carlos levantó la mirada.
Ya no había odio descontrolado en sus ojos.
Había determinación.
—Entonces debemos estar listos antes de que empiece.
Porque si Lucifer realmente estaba detrás de todo…
La próxima batalla no sería solo física.
Sería una guerra de voluntades.
Y Carlos estaba dispuesto a no retroceder.
Ni un solo paso.Carlos bajó la lanza apenas cuando escuchó la voz de Merlin.
—No es eso, Carlos —dijo con seriedad.
Su tono no era de reproche.
Era de advertencia.
Pero a su lado, Milin sonreía.
Demasiado normal.
Demasiado tranquila.
Carlos la miró con atención.
Sabía que esa sonrisa no era completa.
Dentro de ella habitaba algo.
Un ser desconocido.
Una presencia que no entendía del todo.
Y que, si perdía algo verdaderamente valioso…
Podría despertar.
Podría reemplazarla.
El viento movió su cabello.
Por un instante, su aura pareció vibrar ligeramente.
Carlos lo notó.
Y no dijo nada.
Porque entendía ese miedo.
Era parecido al suyo.
La diferencia era que él luchaba contra sombras externas.
Milin… contra algo dentro de sí misma.
De pronto, una nueva presencia se acercó caminando con confianza.
Shiro.
Con los brazos cruzados sobre el pecho, una sonrisa ladeada y mirada provocadora.
—Te veo muy animado, princeso.
Carlos suspiró apenas.
—¿Princeso… otra vez?
Shiro inclinó la cabeza con diversión.
—¿Cómo te va hoy en día? ¿Listo para nuestro entrenamiento?
Carlos levantó una ceja.
—¿En serio planeas entrenarme?
Shiro rodó los ojos.
—Es más que obvio, tontito.
Se acercó un poco más.
—Tengo que probar algo. Ya sabes… mi nuevo poder.
Su expresión se volvió más seria.
—Ese día, cuando luché contra el Dios Nocturno… no tuve tiempo para dominarlo.
Su mirada se endureció.
—Y el tiempo se me estaba acabando.
El silencio cayó un segundo.
—Debido a eso, tengo que hacerlo mejor ahora —continuó—. Siento que todo esto nos está afectando tanto como a ti… y tanto a mí.
Carlos la miró fijamente.
No había burla en sus palabras ahora.
Había determinación.
Y miedo contenido.
Milin cruzó los brazos, observando la escena con una pequeña sonrisa.
—Vaya… qué intenso se puso esto.
Pero Merlin intervino con firmeza:
—Oigan. No nos ignoren.
Ambos voltearon.
—Recuerden que aún estamos aquí.
Shiro levantó las manos en señal de rendición.
—Tranquila, hechicera.
Carlos dejó escapar una leve sonrisa.
La tensión bajó apenas.
Pero solo en apariencia.
Porque todos lo sentían.
Algo estaba moviéndose en el mundo.
Un corazón antiguo preparándose para latir.
Una fuerza que pronto rompería el equilibrio.
Milin dio un paso atrás, observando a Carlos.
Su aura volvió a vibrar suavemente.
El ser dentro de ella… reaccionaba cuando lo miraba.
No con hostilidad.
Sino con reconocimiento.
Eso la asustaba.
Porque significaba que algo en Carlos era similar.
Shiro giró la lanza de Carlos con el pie.
—Entonces, ¿vas a quedarte hablando o vas a entrenar conmigo?
Carlos la miró con una chispa diferente en los ojos.
No rabia.
No desesperación.
Sino enfoque.
—Entrenemos.
Shiro sonrió ampliamente.
—Así me gusta.
Merlin suspiró.
—Al menos intenten no destruir el campo otra vez.
Milin rió suavemente.
Pero mientras todos tomaban posiciones…
El viento cambió.
Por un segundo.
Solo un segundo.
El cielo pareció oscurecerse ligeramente.
Carlos levantó la vista.
Shiro también lo sintió.
Y dentro de Milin…
La presencia desconocida abrió los ojos.
La guerra aún no comenzaba.
Pero algo…
Ya estaba despertando.Shiro giró su muñeca y la espada brillante reflejó la luz del sol.
Carlos la observó con una calma distinta.
—Ahora que lo pienso… —dijo mientras caminaba hacia el centro del campo— puedo usar cualquier arma.
Clavó la mirada en su espada ensangrentada.
—Después de esto… soy yo quien domina las armas.
El metal vibró en su mano.
No necesitó orden.
No necesitó invocación.
La hoja comenzó a deformarse.
Se alargó.
Se curvó.
La empuñadura se extendió como si tuviera voluntad propia.
En cuestión de segundos…
La espada sangrienta se convirtió en una guadaña.
El filo oscuro brilló con un tono carmesí profundo.
Milin abrió ligeramente los ojos.
—¿Una guadaña…?
Carlos la sostuvo con firmeza.
—Solo Melissa y yo usamos guadañas.
El viento levantó polvo alrededor de él.
—Valdrá la pena esto.
Shiro sonrió, divertida.
—Vaya… ahora sí te estás poniendo interesante.
Levantó su espada.
Era una hoja larga, luminosa, de filo impecable.
La espada de la Aurora Celeste.
Su energía no era oscura como la de Carlos.
Era brillante.
Casi pura.
Pero intensa.
Muy intensa.
—No te contengas —dijo Shiro mientras adoptaba postura de combate.
Carlos giró la guadaña una vez.
El filo cortó el aire dejando una línea roja suspendida un segundo antes de desvanecerse.
—No lo haré.
Milin retrocedió junto a Merlin.
—Esto va a doler… —murmuró.
Merlin activó una barrera preventiva.
—Ambos han crecido demasiado.
Shiro fue la primera en moverse.
Desapareció.
El suelo explotó bajo sus pies.
Carlos reaccionó al instante.
Giró la guadaña en un arco amplio.
¡CLANG!
El choque fue brutal.
Luz contra sangre.
La presión levantó una ráfaga que hizo retroceder a Milin un paso.
Shiro sonreía.
—Bien.
Carlos empujó con fuerza.
—No vine a perder.
Ella saltó hacia atrás y giró en el aire.
Su espada descendió en una línea vertical cargada de energía.
Carlos inclinó el cuerpo y desvió el ataque con el mango de la guadaña, usando la curvatura del filo para arrastrar la espada hacia un costado.
Un movimiento preciso.
Control absoluto.
Shiro entrecerró los ojos.
—Así que puedes adaptarte a cualquier arma… ¿eh?
Carlos no respondió.
Se impulsó hacia adelante.
La guadaña giró horizontalmente con una velocidad que partió el aire en dos.
Shiro bloqueó, pero la fuerza la obligó a retroceder varios metros.
Milin observaba en silencio.
Dentro de ella…
La presencia desconocida reaccionaba.
No con miedo.
Con interés.
Carlos había cambiado.
No era solo fuerza.
Era técnica.
Era dominio.
Shiro aterrizó y clavó su espada en el suelo.
—Bien… entonces probemos esto.
Su aura comenzó a expandirse.
La luz alrededor de la hoja se intensificó.
—Mi nuevo poder no es algo que pueda usar a medias.
Carlos sostuvo la guadaña con ambas manos.
—Hazlo.
El aire se tensó.
La presión aumentó.
Merlin reforzó la barrera.
—No se excedan…
Pero ambos ya habían dejado de escuchar.
Dos energías opuestas comenzaron a elevarse.
Oscuridad carmesí.
Luz celestial.
El campo de entrenamiento tembló.
Y en lo profundo…
Algo observaba.
No en la academia.
No en el abismo.
Sino en un plano intermedio.
Como si esas dos fuerzas…
Fueran piezas destinadas a chocar más adelante en algo mucho más grande.
Shiro dio el primer paso.
Carlos sonrió apenas.
Y la verdadera prueba…
Comenzó.El aire vibró.
Carlos desapareció.
—Voltstrike.
Un destello eléctrico cruzó el campo y, en menos de un parpadeo, apareció detrás de Shiro.
La guadaña descendió en un arco mortal directo a su espalda.
Pero Shiro reaccionó.
Giró sobre su propio eje y bloqueó el ataque en el último segundo.
El choque fue brutal.
La presión partió el suelo bajo sus pies.
Carlos no se quedó.
Retrocedió en el mismo movimiento.
—Corte dimensional.
La hoja de la guadaña se volvió más oscura.
No cortó el aire.
Cortó el espacio.
Una línea negra se abrió frente a Shiro, avanzando en múltiples trayectorias imposibles.
Ella apretó los dientes.
Movió su espada con precisión extrema.
Bloqueó.
Desvió.
Giró.
Cada impacto producía una onda expansiva.
Milin abrió los ojos con sorpresa.
—Está cortando dimensiones…
Merlin reforzó la barrera.
—No es solo fuerza… está manipulando el plano mismo.
Shiro logró bloquear el último corte.
Pero la acumulación de energía explotó.
Una detonación ensordecedora sacudió el campo.
El suelo se fracturó.
El polvo cubrió todo.
La barrera de Merlin se agrietó levemente.
Y ambos quedaron envueltos dentro de la explosión.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
De pronto—
¡CLANG!
Un nuevo choque resonó dentro del humo.
Sombras moviéndose a velocidad imposible.
Destellos de luz y rojo carmesí cortando la neblina.
Shiro apareció primero, saliendo de la nube con un giro aéreo.
Su aura estaba más intensa.
Su mirada… concentrada.
Carlos emergió detrás, impulsándose con Voltstrike una vez más.
El suelo se electrificó bajo sus pies.
Ambos chocaron en el aire.
Guadaña contra espada.
La onda expansiva empujó las nubes.
Milin sintió su corazón acelerarse.
Dentro de ella…
La presencia desconocida despertaba lentamente.
No por hostilidad.
Sino por resonancia.
Carlos empujó con fuerza bruta.
Shiro liberó una ráfaga de energía luminosa desde su espada.
Ambos fueron lanzados hacia direcciones opuestas.
Aterrizaron de pie.
Respirando con intensidad.
Pero sonriendo.
—Eso estuvo mejor —dijo Shiro.
Carlos giró la guadaña, la hoja dejando un rastro carmesí en el aire.
—Aún no has mostrado todo.
Ella inclinó la cabeza.
—Ni tú.
El campo estaba destruido.
El aire pesado.
La energía acumulada hacía que el entorno vibrara.
Merlin habló con firmeza:
—Si siguen elevando la intensidad… la academia entera lo sentirá.
Pero ya era tarde.
Ambos habían cruzado un límite invisible.
No era solo entrenamiento.
Era crecimiento.
Era prueba.
Y algo más profundo…
Una sincronía peligrosa entre dos fuerzas que, en otro escenario, podrían destruir ciudades enteras.
El viento se levantó nuevamente.
Y en el instante antes del siguiente movimiento…
Carlos y Shiro desaparecieron al mismo tiempo.
La verdadera velocidad apenas comenzaba. La velocidad de Carlos no hay nadie quien lo superé. Shiro entrecerró los ojos.
Carlos desaparecía una y otra vez.
Voltstrike.
Un destello.
Otro.
Otro más.
Su figura se fragmentaba en múltiples trayectorias eléctricas.
Sus ojos se movían con rapidez, siguiendo las distorsiones en el aire.
Arriba.
Izquierda.
Atrás.
—No intentes confundirme… —murmuró.
Sintió una variación mínima en la presión.
Giró y atacó sin dudar.
Su espada luminosa cortó el espacio donde debía estar Carlos.
Pero no estaba allí.
Una ondulación leve se abrió detrás de ella.
Magia de teletransportación.
Carlos apareció a centímetros de su espalda.
—Te encontré.
El impacto fue brutal.
La guadaña no cortó.
Golpeó.
Con el mango reforzado por energía carmesí.
El sonido fue seco.
La onda expansiva se concentró en un solo punto.
Shiro fue lanzada hacia el cielo como un proyectil.
Milin abrió los ojos con alarma.
—¡Shiro!
Carlos no la siguió.
Solo observó.
Shiro atravesó las nubes.
Dos mil metros arriba.
Su cuerpo giró en el aire, intentando estabilizarse.
Pero la fuerza del golpe había sido perfecta.
Controlada.
Precisa.
Su descenso comenzó.
No como caída libre.
Como impacto inevitable.
La gravedad la reclamó.
Descendió a una velocidad monstruosa.
El aire se partía alrededor de ella.
Carlos levantó la guadaña y apuntó hacia abajo.
No con intención de rematar.
Sino midiendo.
Shiro impactó el suelo.
La explosión fue colosal.
Un cráter se formó en el campo de entrenamiento.
La onda expansiva sacudió la academia.
La barrera de Merlin se activó por completo para contener la destrucción.
El polvo cubrió todo.
El silencio volvió.
Milin contuvo la respiración.
Merlin mantuvo su concentración firme.
Carlos observaba el cráter.
No sonreía.
No celebraba.
Esperaba.
Dentro del cráter…
Una luz comenzó a brillar.
Primero débil.
Luego intensa.
Una ráfaga de energía luminosa dispersó el polvo de golpe.
Shiro se levantó lentamente.
Su ropa estaba rasgada.
Su respiración pesada.
Pero su sonrisa…
Era diferente.
—Eso sí dolió… —dijo mientras limpiaba la sangre de la comisura de sus labios.
Su aura comenzó a expandirse.
Más brillante.
Más pura.
Más peligrosa.
—Ahora sí… me toca a mí.
Carlos ajustó el agarre de la guadaña.
El viento se arremolinó alrededor de ambos.
La distancia entre ellos se volvió insignificante.
Y por primera vez…
El entrenamiento estaba a punto de cruzar una línea que ni siquiera Merlin podría contener.
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