The strongest warrior of humanity - Capítulo 189
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Capítulo 189: Capitulo 189 Una venganza jamás olvidada
—Si tan solo yo…
Sara alzó la mirada hacia el cielo.
Las nubes se movían lentas, indiferentes a todo.
A veces parecía que eran lo único estable en su mundo.
No era solo Hina.
No era solo el dolor de haber tenido que desaparecer de su vida.
Era el peso de los Diez Legendarios Héroes.
Cayeron en batalla.
Uno por uno.
Ahora quedaban cuatro.
Bueno…
Cinco, contándose a sí misma.
Pero ella no planeaba reemplazar al Primer Héroe.
Jamás.
—Ni siquiera me acerco a su nivel… —murmuró—. Ni una pizca de su poder.
Apretó los puños.
Su otra versión se lo había dicho claramente.
Si no controlaba su poder a la perfección…
Morirían en el intento.
Y eso no podía permitirlo.
No ahora.
No cuando el Dios Nocturno había regresado.
No cuando el rey conquistador de mundos aún respiraba.
No cuando Astaroth estaba a punto de volver.
Su mirada se endureció.
—El regreso de Astaroth será una realidad…
Su aura vibró apenas.
—Tengo que detener la resurrección de esa escoria.
Una voz femenina interrumpió sus pensamientos.
—¿Estarías dispuesta a matar a todos tú sola, Sara?
Sara giró lentamente.
La persona que se acercaba tenía pasos firmes.
Mirada aguda.
Presencia dominante.
Miranda Riley
Miranda se detuvo a pocos metros.
Cabello plateado moviéndose con el viento.
Ojos que analizaban cada microexpresión.
—No te veo tan animada… ni tan peligrosa como solías ser.
Sara sostuvo su mirada.
—¿Dime, ocurre algo que no sepa?
El silencio entre ambas fue denso.
Sara desvió la vista un segundo.
Solo un segundo.
—Han cambiado demasiadas cosas.
Miranda ladeó la cabeza.
—Eso no responde mi pregunta.
Sara respiró profundo.
—No quiero matar a todos.
La confesión salió sin adornos.
—Quiero detener esto antes de que llegue a ese punto.
Miranda arqueó una ceja.
—Esa no era tu postura antes.
—Lo sé.
El viento sopló más fuerte.
—Antes creía que eliminar al enemigo era la única solución. Pero vi lo que eso provoca. Lo vi en mi otro yo. Lo vi en el Primer Héroe.
Miranda cruzó los brazos.
—¿Y ahora?
Sara la miró directamente.
Ya no había duda.
—Ahora estoy dispuesta a matar… si no queda otra opción.
Su aura se volvió más densa.
Más estable.
—Pero no por odio.
Miranda observó esa diferencia.
Ya no era la Sara impulsiva.
Era una más contenida.
Más peligrosa precisamente por eso.
—El Dios Nocturno ha vuelto —dijo Miranda con frialdad—. Y Astaroth no es un enemigo que se detenga con palabras.
—Lo sé.
—Entonces responde bien a mi pregunta.
Miranda dio un paso más cerca.
—Si llega el momento… ¿estarías dispuesta a cargar con toda esa sangre tú sola?
El cielo se oscureció ligeramente.
Sara no apartó la mirada.
—Sí.
Pero su voz no tembló.
—Si eso significa que nadie más tenga que hacerlo.
Miranda la observó largo rato.
Luego… una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Bien.
Se dio media vuelta.
—Entonces deja de mirar las nubes como si te fueran a salvar.
Sara frunció el ceño.
—Entrena. Controla tu poder. Supera a tu otro yo.
Miranda giró apenas el rostro.
—Porque cuando Astaroth despierte…
No habrá segundas oportunidades.
El viento volvió a soplar Sara dejó de mirar el cielo
—Yo… tengo miedo, Miranda.
La voz de Sara se quebró.
No era la guerrera.
No era la heredera de un poder imposible.
Era solo ella.
—Mucho miedo. Más de lo que te puedas imaginar.
Miranda no habló.
Esperó.
—No quiero que mi mejor amiga se involucre en esta guerra… y mucho menos su familia. Yo vi cómo sufrió por mi muerte. La vi romperse. No quiero verla llorar otra vez. No quiero verla quebrarse por mi culpa…
El viento sopló entre ambas.
Sara bajó la mirada.
—No otra vez…
Miranda la observó con una dureza que no era crueldad.
Era realidad.
—Sara… aunque las cosas fueran a pasar de otra forma, no podrás evitar esto.
Cada palabra fue clara.
—No hay manera. No hay modo.
Sara apretó los dientes.
—Y eso también aplica para Queen.
El silencio se volvió pesado.
Sara respiró hondo.
—¿Por qué…?
Miranda cerró los ojos un segundo y suspiró.
—¿Para qué te voy a mentir?
Cuando volvió a mirarla, no había suavidad.
—Esa chica morirá.
La frase cayó como una espada.
—Jamás podrías salvarla.
Sara dio un paso atrás.
—No…
—¿Sabes lo que pasó con el Primer Héroe?
La mención dolió.
—Intentó salvarlo todo. Intentó proteger a todos. Y terminó perdiéndose a sí mismo.
Miranda dio un paso al frente.
—Ya fue Carlos.
El nombre golpeó más fuerte que cualquier recuerdo.
—Y si ella sigue siendo quien es… llegará el punto en que tendrá que enfrentarlo.
Sara sintió el aire faltar.
—Ella misma tendrá que matar a la única persona que no quiere lastimar.
El mundo pareció quedarse en silencio.
A lo lejos, una explosión resonó donde Carlos y Shiro seguían entrenando.
Pero aquí…
El dolor era distinto.
Sara cerró los ojos con fuerza.
Imágenes cruzaron su mente.
Hina llorando.
Queen dudando.
Carlos sonriendo.
Su otro yo muriendo entre un cielo rojo.
El Primer Héroe cayendo solo.
Todo conectado por el mismo hilo.
—No quiero que esto se repita… —susurró.
Miranda no suavizó su tono.
—Entonces hazte más fuerte.
Sara abrió los ojos.
Había lágrimas.
Pero no debilidad.
—Si no cambias tu historia… la historia te arrastrará.
Sara respiró profundamente.
—No cambiaré mi historia.
Su voz fue más firme esta vez.
—Pero tampoco permitiré que termine igual.
Miranda la sostuvo con la mirada.
…
No vio miedo.
Vio decisión.
La guerra vendría.
El Dios Nocturno avanzaba.
Astaroth despertaría.
Y tal vez… alguien tendría que matar a quien más ama.
Pero si el destino estaba escrito…
Sara no pensaba obedecerlo sin luchar.Sara guardó silencio mientras escuchaba.
Cada palabra tenía peso.
Cada recuerdo… cicatrices abiertas.
—Me alegra que estés con nosotros, Sara —continuó la voz con firmeza—. Si no te hubiéramos salvado a ti y al resto contra el conquistador de mundos… no estaríamos aquí.
El aire se volvió más denso.
—Tuvimos suerte al huir. Ni yo ni nadie puede derrotarlo. No sé cómo puede existir alguien con ese poder… nadie puede hacerle frente.
Sara no discutió eso.
Porque era verdad.
Lo habían visto.
Lo habían sentido.
—Recuerda esto —prosiguió—: no peleamos para morir como débiles. Peleamos para salvar a los demás. La vida de una persona es más importante que la gloria.
Sara levantó la mirada.
—Y si soy yo la que cae… quiero que tú guíes a los demás. Los que logramos rescatar. Sus mundos fueron destruidos… borrados de la existencia.
El silencio fue profundo.
Solo quedaban dos opciones.
Evitar que el conquistador llegara aquí.
O ir por Carlos… y traerlo con ellos.
Pero había algo que inquietaba.
—Dime algo, Sara… ¿qué está pasando realmente?
Sara cerró los ojos un segundo.
—No lo sé con certeza.
Los abrió lentamente.
—Pero ese chico… me da mala espina.
La confesión fue directa.
—Siento que oculta algo. Algo que nadie más sabe.
El viento movió su cabello.
—He estado vigilándolo últimamente.
Su expresión se volvió más seria.
—Pero tiene aliados demasiado poderosos.
Su tono cambió.
—Cada uno de ellos… está por encima de un Dios.
La memoria de una escena cruzó su mente.
Cabello rubio.
Mirada fría.
Y detrás de ella…
Una criatura imposible.
Emperor
—Esa chica de cabello rubio… junto a esa criatura aterradora.
Sara apretó ligeramente los dedos.
—Ella pertenece a uno de los quince grandes reinos… La Corona del Caos.
La imagen de esa batalla seguía viva.
—La vi enfrentarse al Dios Nocturno.
Y lo que más le perturbaba…
—Se mantuvo de pie ante él.
No cualquiera hacía eso.
No cualquiera sobrevivía.
Volvió a pensar en Carlos.
—Ese chico no es normal. Ni ordinario.
Su voz fue firme.
—Es capaz de superarse incluso cuando todo parece perdido.
Recordaba su aura rompiéndose… y volviendo a levantarse.
Una y otra vez.
—Jamás cae definitivamente.
Había algo en él.
Algo que ardía.
—Esas llamas… lo ayudan a levantarse tantas veces como sea necesario.
Sara bajó la mirada apenas.
—Y eso es lo que más me preocupa.
No era debilidad.
Era resistencia absoluta.
—Si el Dios Nocturno ya intentó manipularlo… y si ese poder sigue creciendo…
Alzó la vista.
—Entonces no sabemos si estamos observando a un futuro aliado… o a algo que superará incluso al conquistador.
El viento sopló con más fuerza.
La guerra se acercaba.
Y en medio de todo…
Un chico que no dejaba de levantarse.
Eso podía salvar mundos.
O destruirlos todos.—Parece que encontramos una mina de oro, Sara…
La voz tenía una mezcla de interés y cautela.
—Pero aun así tengo que irme. Hay asuntos que debo resolver.
Sara la observó sin responder.
—Intenta tomarte el día libre. Considéralo un descanso. Si deseas verla… hazlo.
El tono se suavizó apenas.
—Solo no hables. No digas nada. Limítate a mirarla… sigue siendo tu amiga del alma.
Sara bajó la mirada.
Un descanso.
Después de todo lo que cargaba… sonaba casi irreal.
Pero quizá…
Solo quizá…
Verla de lejos sería suficiente.
La figura se dio media vuelta.
—Regresaré hacia el Caballero Oscuro.
Y desapareció entre sombras.
Mientras tanto…
El Caballero Oscuro ya se había infiltrado en el Reino del Imperio.
Caballero Oscuro
El imperio parecía… normal.
Demasiado normal.
Las calles estaban tranquilas.
Los comerciantes abrían sus puestos.
Los guardias patrullaban como cualquier otro día.
Pero el Caballero Oscuro no confiaba en esa calma.
Caminaba entre los techos, oculto por capas de sombra.
Su presencia era casi inexistente.
Algo estaba mal.
No era visible.
No era evidente.
Era… sensación.
El aire.
La vibración del maná.
Demasiado ordenado.
Demasiado limpio.
Se detuvo en lo alto de una torre.
Desde ahí podía ver el palacio central.
Y entonces lo sintió.
Una pulsación.
Breve.
Oscura.
No provenía del subsuelo.
Ni del cielo.
Venía del interior del propio imperio.
Como si algo estuviera despertando.
Como si una raíz invisible estuviera creciendo bajo la estructura del reino.
El Caballero Oscuro entrecerró los ojos.
—Esto no es político… —murmuró—. Es ritual.
Una bandera imperial ondeó violentamente aunque no había viento.
Y en una cámara sellada bajo el trono…
Un símbolo comenzó a brillar en rojo.
La calma del imperio no era estabilidad.
Era preparación.
Y lo que fuera que estuviera ocurriendo…
No era coincidencia.
Algo no encajaba.
El imperio parecía en calma… pero esa calma no respiraba vida.
Respiraba espera.
Emanuel descendió del tejado sin hacer ruido.
—Algo está pasando aquí… —murmuró para sí mismo—. Pero ahora lo importante es otra cosa.
Su antigua casa.
El único lugar que aún lo conectaba con quien fue.
Con lo que perdió.
Con lo que lo convirtió en esto.
Caminó por calles que alguna vez conoció de memoria.
Ahora se sentían extrañas.
Más pequeñas.
Más frías.
El barrio estaba casi igual.
Las mismas piedras en el camino.
El mismo farol torcido en la esquina.
Pero la casa…
Estaba abandonada.
La madera envejecida.
Las ventanas rotas.
El jardín cubierto de maleza.
Emanuel se detuvo frente a la puerta.
—Todo lo que había aquí… era mi única forma de evitar ser olvidado.
No por los demás.
Por él mismo.
Empujó la puerta.
Crujió.
El interior olía a polvo y tiempo.
Cada paso levantaba recuerdos.
Risas.
Voces.
Promesas.
Y gritos.
Su mirada se endureció.
—Tengo que encontrar algo importante.
Se dirigió directamente a la habitación del fondo.
El lugar donde guardaba lo que nadie más sabía.
Se arrodilló frente a una tabla suelta en el suelo.
Sus manos no temblaron.
La levantó.
Debajo…
Una caja de metal negro.
Sellada con un símbolo que él mismo había grabado.
Un sello que solo respondía a su energía.
La tocó.
El sello se iluminó levemente.
Y la caja se abrió.
Dentro había tres cosas.
Un medallón roto.
Un fragmento de cristal oscuro.
Y un cuaderno.
Sus ojos se fijaron en el cuaderno.
Lo abrió.
Las páginas estaban llenas de su propia letra.
Pero no recordaba haber escrito varias de esas líneas.
Su respiración se volvió más pesada.
—¿Qué fue exactamente lo que hice…?
Las últimas páginas estaban manchadas.
No de tinta.
De algo más.
En la penúltima hoja, una frase destacaba:
“Si estás leyendo esto, significa que ya olvidaste. Y si olvidaste… fue por tu propia decisión.”
El corazón de Emanuel se detuvo un segundo.
Pasó la página.
Otra frase.
“Yo lo acepté. Yo lo invoqué. Y yo pagué el precio.”
El cristal oscuro en la caja comenzó a vibrar.
La habitación se volvió más fría.
Su mirada se tensó.
—¿Qué hice yo… para perderlo todo?
Las imágenes comenzaron a fragmentarse en su mente.
Un círculo ritual.
Sombras.
Un nombre pronunciado.
Un poder que no debía tocarse.
Y luego…
Fuego.
Gritos.
Silencio.
Emanuel cerró el cuaderno lentamente.
Si él mismo había borrado sus recuerdos…
Entonces la verdad era peor de lo que imaginaba.
Y si el imperio estaba activando algo ahora…
Tal vez no era la primera vez que esto ocurría.
Tal vez…
Él había sido el inicio.
Y ahora estaba llegando el final.
Emanuel se quedó inmóvil.
El cuaderno aún abierto entre sus manos.
Y entonces…
Lo recordó.
Todo.
—Ya veo…
Su voz fue apenas un susurro.
Todo empezó cuando conoció a Jimena.
Aquel día en la plaza.
Cuando aún era un plebeyo.
Cuando aún creía que el esfuerzo era suficiente.
Cuando ese chico… lo miró desde arriba.
Desprecio.
Risas.
Humillación pública.
La frase regresó con una claridad brutal.
“Esto no quedará así. Algún día… me lo pagarás. Y me burlaré cuando caigas.”
Emanuel sintió que el aire le faltaba.
Bajó la mirada.
—Ya era demasiado tarde…
Las piezas encajaron con violencia.
La muerte de sus padres.
El incendio que nadie investigó.
La emboscada.
La traición de quienes juraron lealtad.
La ejecución silenciosa de su esposa.
La desaparición de su hija.
No fue el destino.
No fue azar.
Fue ordenado.
Por él.
Por ese chico.
Y ahora…
Ese chico era el rey.
Una lágrima cayó al suelo de madera.
El sonido fue pequeño.
Pero en la casa vacía retumbó como un trueno.
Emanuel lloró en silencio.
Sin gritar.
Sin romper nada.
Solo dejó que el peso lo aplastara.
—Mandaste a matar todo lo que me hacía feliz…
El cristal oscuro vibró más fuerte dentro de la caja.
El símbolo del ritual brilló tenuemente bajo la madera.
Y el odio… volvió.
Más maduro.
Más frío.
—Y ahora eres rey…
Su respiración se estabilizó.
Pero su mirada cambió.
Ya no era dolor.
Era decisión.
—No hay nada más que hacer.
Se levantó lentamente.
El cuaderno quedó en el suelo.
El medallón roto apretado en su mano.
—Que se pudra este reino de porquería.
El aire en la habitación comenzó a distorsionarse.
El símbolo bajo el suelo respondió.
Porque esa fue la noche en que lo invocó.
No por ambición.
No por poder.
Por venganza.
Y ahora entendía.
Él abrió la puerta.
Él trajo la oscuridad.
Y el imperio que hoy parecía tranquilo…
Era el mismo que había construido sobre sangre.
Si lo destruía…
No sería un acto de locura.
Sería consecuencia.
Pero mientras caminaba hacia la salida…
Una sola pregunta lo detuvo.
Si lo destruye todo…
¿Se convertirá en algo distinto al hombre que ordenó matar a su familia?
El silencio no respondió.
Solo el eco de sus propios pasos alejándose de lo que una vez fue hogar.
Emanuel salió de su hogar para irse del reino… pero antes de cruzar las murallas decidió pasar por los caballeros.
Caminaba lentamente.
La neblina lo cubría todo.
No era una bruma común.
Era espesa.
Pesada.
Como si el aire mismo estuviera muriendo.
Los caballeros imperiales lo notaron desde la distancia.
—Oye… ¿qué es eso que se está moviendo?
—¿Por qué hay tanta neblina si hoy es de día?
Uno de ellos tragó saliva.
—No lo sé… sea lo que esté pasando, hay que ir.
Avanzaron.Pero no lograron esquivar ese ataque.Un destello negro perforó el corazón del caballero.
Y en el siguiente segundo…
Explotó en mil pedazos.Silencio.
La sangre cayó sobre la piedra como lluvia oscura.
La neblina no se movió.Solo se hizo más densa.Emanuel siguió caminando.
La neblina lo cubría todo.
El caballero retrocedió un paso.
Sus manos temblaban.
Frente a él… los restos de su compañero aún humeaban en el suelo.
No entendía qué había pasado.
Solo sabía una cosa.
Emanuel.
Ese nombre pesaba más que la espada que sostenía.
Lo miró.
Y lo que vio no fue un hombre.
Fue su propia muerte caminando hacia él.
—¡Muere!
Corrió.
Gritó.
Levantó su espada con todas sus fuerzas.
El filo descendió directo al cuello de Emanuel.
Pero…
Emanuel no se movió.
Ni un músculo.
Ni un parpadeo.
Un destello negro.
Silencioso.
Preciso.
El sonido fue limpio.
Seco.
El caballero sintió frío en el cuello.
Luego ligereza.
Luego… caída.
El mundo comenzó a girar.
El suelo estaba demasiado cerca.
El cielo demasiado lejos.
—¿Qué…?
Su visión rodó por la piedra empedrada.
Vio su propio cuerpo aún de pie por un segundo.
Luego desplomarse.
La sangre brotó como una fuente oscura.
—¿Acaso… el tiempo se volvió lento…?
No.
Era su conciencia apagándose.
—No… espera…
Intentó mover su mano.
No respondió.
—¿Soy yo el que está cayendo muerto…?
La silueta de Emanuel pasó a su lado.
Sin mirarlo.
Sin detenerse.
—¿Quién… diablos… es ese tipo…?
Oscuridad.
La neblina volvió a cerrarse.
Emanuel siguió caminando.
Y las campanas del imperio comenzaron a sonar.Las campanas del imperio repicaban sin descanso.
El sonido se expandía por las torres, por las calles, por el palacio.
Pero en la neblina… todo parecía lejano.
Emanuel avanzaba.
A su alrededor yacían cuerpos inmóviles.
Armaduras partidas.
Sangre mezclándose con la bruma.
En las murallas, los arqueros comenzaron a posicionarse.
—¡Está abajo! ¡No lo dejen avanzar!
Las flechas fueron disparadas en lluvia.
Decenas.
Silbando en el aire.
La neblina se movió.
No como viento.
Como si tuviera voluntad.
Las flechas se detuvieron a centímetros de Emanuel.
Suspendidas.
Temblando.
Un leve movimiento de su mano.
Y todas regresaron.
Los gritos llenaron el aire.
Las torres quedaron manchadas.
Silencio otra vez.
Desde el palacio, una figura observaba desde el balcón más alto.
El rey.
El mismo chico que años atrás lo humilló.
El mismo que prometió hacerlo pagar.
Su rostro ya no era juvenil.
Era frío.
Calculador.
—Así que sobreviviste… —murmuró.
A su lado, el comandante imperial apretó el puño.
—Majestad, permítame encargarme.
El rey no apartó la vista de la neblina.
—No.
Una ligera sonrisa se dibujó en su rostro.
—Quiero verlo acercarse.
Abajo, Emanuel cruzó la plaza central.
Cada paso hacía que el suelo se oscureciera bajo sus botas.
Las enormes puertas del palacio se cerraron de golpe.
Barras de acero descendieron.
Sellos mágicos comenzaron a activarse en las paredes.
Símbolos antiguos brillaron en rojo.
Emanuel se detuvo frente a la entrada.
Alzó la mirada hacia las murallas.
Podía sentirlo.
El poder.
La presencia.
—Saliste de las sombras para convertirte en rey… —murmuró—. Yo salí de la luz para convertirme en tu final.
Colocó su mano sobre la puerta sellada.
El símbolo que había invocado años atrás comenzó a arder en su pecho.
La neblina giró violentamente.
Las puertas temblaron.
Desde dentro, el comandante desenvainó su espada.
—Está rompiendo el sello…
Una grieta negra apareció en el metal.
Luego otra.
El suelo comenzó a resquebrajarse.
Emanuel dio un paso adelante.
Y las puertas explotaron hacia adentro.
La guerra ya no era un recuerdo.
Había llegado al trono.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com