The strongest warrior of humanity - Capítulo 190
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Capítulo 190: Capitulo 190 El Camino de un caballero
El salón del trono vibraba con cada explosión que venía desde el patio.
Gritos.
Metal partiéndose.
Magia rompiéndose como vidrio.
En lo alto, sentado con arrogancia absoluta, el rey habló con una sonrisa torcida.
Adán Soldar
—Parece que al final de cuentas te diste cuenta… —escupió las palabras—. Pero fuiste tan estúpido, maldito plebeyo de mierda. Basura es basura… igual que esa mujer.
Su risa resonó en el salón.
Pero no estaba solo.
A su derecha, recostado en una estructura de sombras que parecía latir como si tuviera vida propia, observaba alguien más.
Robert
Robert no aplaudía.
No gritaba.
Solo miraba.
Abajo, el caballero oscuro avanzaba sin esfuerzo.
Espadas rebotaban.
Magias se disolvían.
Hombres entrenados durante décadas caían como si fueran principiantes.
Robert sonrió levemente.
—Parece que has despertado a un ser no deseado, rey del imperio.
Adán soltó una carcajada.
—Yo no desperté nada. Solo aplasté a un insecto cuando debía hacerlo.
Robert inclinó la cabeza.
—No. Lo que hiciste fue sembrar resentimiento… y regarlo con sangre.
En el patio, un general imperial intentó invocar un sello de contención supremo.
El círculo brilló.
La energía descendió.
Emanuel levantó la mirada.
El sello se agrietó.
Y explotó hacia adentro.
El general fue atravesado por su propia magia.
Robert observaba como quien disfruta una obra maestra.
—Mira cómo camina… no lucha por rabia. No grita. No se descontrola.
La neblina comenzaba a filtrarse por las puertas del salón del trono.
Las antorchas titilaron.
—Camina como un veredicto.
Adán dejó de sonreír por un segundo.
Muy breve.
Muy sutil.
Los pasos resonaron.
Lentos.
Pesados.
Constantes.
La gran puerta del trono crujió.
Una grieta oscura la atravesó de arriba abajo.
Robert apoyó el mentón en su mano.
Divertido.
—Dime, Adán… cuando esté frente a ti… ¿seguirás llamándolo basura?
La puerta estalló hacia adentro.
La neblina inundó el salón.
Y entre el humo… la silueta de Emanuel apareció.
El festín había terminado.
Ahora comenzaba el juicio.La neblina ya cubría los primeros escalones del trono.
Los cuerpos en el patio habían dejado de moverse.
Solo quedaban ecos… y pasos.
Adán sonrió.
Una sonrisa amplia. Arrogante.
Adán Soldar
—¿Crees que ese tipo me daría miedo? —rió con desprecio—. Vamos, Robert… ¿qué te parece si vas tú y lo matas? Después de todo… eres uno de los catorce abismales más poderosos del abismo.
Sentado entre sombras vivas que respiraban como si tuvieran pulso, respondió:
Robert
Robert soltó una risa baja.
Elegante.
Peligrosa.
—Oh, vamos… su majestad. Todo tiene un precio.
Se levantó lentamente. Las sombras que lo rodeaban se estiraron como tentáculos y luego se fundieron bajo sus pies.
—No olvide lo que pasó en el Reino Planitos del Amanecer.
El nombre pesó en el aire.
—Fue un fracaso militar… sí —sus ojos brillaron—. Pero un éxito absoluto al robar las reliquias.
Adán entrecerró los ojos.
—No me des lecciones.
Robert caminó hacia el centro del salón, ajustándose los guantes negros.
—No lo haría… todavía me necesita.
Se detuvo cuando la puerta principal terminó de derrumbarse.
Entre el polvo y la neblina apareció Emanuel.
Silencioso.
Cubierto de sangre que no era suya.
Robert inclinó la cabeza, observándolo con curiosidad genuina.
—Por ahora… iré a divertirme un rato contra ese humano.
La temperatura descendió bruscamente.
El mármol bajo los pies de Robert comenzó a oscurecerse, agrietándose como si algo desde el abismo intentara emerger.
—Majestad… observe bien.
Sonrió.
—Le mostraré la diferencia entre un monstruo creado por odio… y uno nacido en la oscuridad eterna.
La neblina chocó contra la energía abismal.
El aire vibró.
Emanuel levantó la mirada por primera vez hacia alguien que no era un simple soldado.
Y por primera vez…
El ambiente dejó de sentirse unilateral.
Robert dio un paso al frente.
—Veamos, humano… ¿eres consecuencia… o solo arrogancia?
Las sombras detrás de él se abrieron como alas deformes.
Y el suelo explotó bajo sus pies.
El choque estaba por comenzar.
Robert sintió la presión en el aire apenas cruzaron miradas.
Las sombras a su alrededor vibraron.
—Parece que ese tipo sí es alguien fuerte… —murmuró con una sonrisa torcida—. Valdrá la pena enfrentarme.
Se relamió el labio inferior, recordando.
—Después de mi pelea hace unos meses contra el mocoso de Carlos y sus amigos… esto sí es interesante.
En el campo devastado del salón del trono, Emanuel no respondió.
Solo avanzó.
Y entonces—
Desaparecieron.
Un estallido.
El mármol explotó donde estaban.
Aparecieron a diez metros de distancia.
Chocaron.
Sombras contra energía abismal.
Un destello negro.
Un latigazo carmesí.
El impacto lanzó ondas de choque que rompieron vitrales y agrietaron columnas.
Emanuel esquivaba cada ataque con precisión milimétrica.
Retrocedía.
Giraba.
Bloqueaba.
Y contraatacaba con una velocidad inhumana.
Cada golpe que conectaba dejaba una herida mortal.
Pero Robert no caía.
Las heridas se cerraban lentamente, envueltas en energía oscura.
Ambos volvieron a desaparecer.
Aparecieron sobre el techo del salón.
Chocaron otra vez.
Espada contra garra abismal.
El aire explotó.
Salieron disparados en direcciones opuestas.
Se impulsaron al mismo tiempo.
Colisionaron de frente.
El sonido fue como un trueno contenido.
Desde el trono, Adán observaba en silencio.
El espectáculo ya no era divertido.
Era aterrador.
Robert retrocedió unos pasos.
Sonreía… pero sus ojos ya no eran juguetones.
—Qué tipo tan increíble…
Emanuel lo miraba sin emoción.
Esa mirada.
Fría.
Sin odio visible.
Sin duda.
Robert sintió un escalofrío.
Y entonces lo recordó.
Esa misma mirada.
La del primer legendario héroe.
Carlos Tanaka Sánchez
Y la del muchacho que había enfrentado meses atrás.
Carlos.
El mocoso que no debía haber sobrevivido tanto.
—Esa mirada… —susurró Robert—. Maldita sea.
Pero había algo diferente.
Cuando Robert lograba herir a Emanuel…
Emanuel no retrocedía debilitado.
Su aura se intensificaba.
Más densa.
Más pesada.
Cada corte.
Cada impacto.
Lo hacía más fuerte.
Las grietas negras se extendían por su piel como si algo estuviera despertando desde adentro.
Robert amplió la sonrisa.
Ahora sí.
Ahora estaba emocionado.
—¿Te vuelves más fuerte con cada herida…?
Emanuel apareció frente a él en un parpadeo.
Un corte atravesó el torso de Robert de hombro a cintura.
La sangre abismal salpicó el aire.
—Entonces esto será divertido.
El suelo se hundió bajo ellos.
La neblina se convirtió en tormenta.
Y por primera vez desde que comenzó el festín…
Robert sintió algo que no esperaba.
Anticipación real.
Porque si Emanuel seguía evolucionando así…
Tal vez no estaba peleando contra un humano.
Tal vez estaba presenciando el nacimiento de algo peor.
El choque fue tan violento que el cielo pareció partirse.
Ambos desaparecieron del salón en un estallido de presión.
Aparecieron a kilómetros de distancia.
Espada contra garra.
Acero contra abismo.
Cada impacto generaba explosiones que abrían cráteres en la tierra.
El aire ardía.
Las nubes se deshacían.
Emanuel y Robert se movían como relámpagos negros cruzando el horizonte.
Sus auras chocaban como tormentas opuestas.
Una oscura y silenciosa.
La otra profunda y devoradora.
Se miraron.
Y en ese cruce de miradas no había orgullo.
Había reconocimiento.
Amenaza real.
Robert sonrió.
—No aquí.
Extendió la mano.
El espacio se rasgó como tela.
Una grieta oscura se abrió detrás de Emanuel.
En un parpadeo, ambos fueron tragados por la distorsión.
El mundo cambió.
Un terreno desolado.
Cielo rojizo.
Ruinas flotando en el aire.
Un lugar desagradable.
Sin vida.
Sin testigos.
Un dominio aislado donde nadie podría interrumpirlos.
Muy lejos del castillo.
Muy lejos del imperio.
Y, sobre todo…
Muy lejos de la academia.
En la cima de una montaña, bajo el sol de la tarde, alguien detuvo su espada a medio movimiento.
Carlos Tanaka Sánchez
Carlos levantó la mirada hacia el horizonte.
Su expresión cambió al instante.
Seria.
Aterradora.
—…Así que al final decidiste aparecer… caballero oscuro.
A su lado, Shiro bajó la guardia por un segundo.
—¿Qué sucede?
Carlos apretó la empuñadura de su espada.
Esa energía.
No podía confundirla.
Era la misma presión.
La misma sensación de vacío.
Pero más intensa.
Mucho más intensa.
—Se están enfrentando lejos de aquí… pero no lo suficiente.
El viento se volvió pesado.
La montaña vibró levemente.
Carlos respiró profundo.
Quería ir.
Su instinto le gritaba que debía hacerlo ahora.
Pero cerró los ojos.
—No… todavía no.
Su aura comenzó a expandirse lentamente.
—Primero debo terminar esto.
Giró hacia Shiro.
—Una vez más. Sin contenerte.
Su mirada ya no era la de un estudiante.
Era la de alguien que sabía que el mundo estaba a punto de romperse otra vez.No pensaba quedarse atrás.
El cielo rojizo del dominio aislado se agitaba como si respirara.
Fragmentos de piedra flotaban alrededor.
La tierra estaba agrietada, como si aquel lugar hubiese muerto hace siglos.
Emanuel observó el entorno en silencio.
Analizaba.
Cada vibración.
Cada fluctuación en el aura de su enemigo.
Este lugar no es natural…
Sus ojos se clavaron en Robert.
—¿Quién eres realmente…? —preguntó con frialdad—. ¿Un abismal?
Las sombras detrás de Robert se expandieron como alas deformes.
Sonrió con calma elegante.
—Ya veo… así que finalmente conectaste los puntos.
Emanuel apretó la espada.
—Has estado trabajando con ellos… ¿verdad? Tiene sentido. Si no fuera por aquella vez… nada de esto habría sucedido.
Un recuerdo cruzó su mente.
La traición.
Las reliquias robadas.
El reino consumido.
Robert inclinó la cabeza ligeramente.
—Demonio… dime algo.
La voz de Emanuel se volvió más profunda.
—¿Por qué te uniste con ese bastardo?
El nombre no era necesario.
Ambos sabían que hablaba del rey.
—¿Tienes algo en mente?
El viento se detuvo.
El dominio entero pareció inclinarse hacia Robert.
Él cerró los ojos un instante.
—Hay cosas que nadie debe saber…
Los abrió.
Brillaban con un rojo antiguo.
—Pero como se trata de ti… humano caído… te lo diré.
Emanuel no reaccionó ante el insulto.
Solo escuchó.
—Yo solo tengo un objetivo.
Silencio.
Las ruinas flotantes comenzaron a vibrar.
Emanuel sintió un peso en el pecho.
¿Objetivo…?
—¿A qué te refieres…?
Robert extendió la mano hacia el cielo rojo.
La energía abismal se concentró sobre su palma como una estrella oscura.
—Revivir a un viejo conocido mío.
La palabra cayó como una sentencia.
El aire se volvió más denso.
—Así que no te tomes la molestia de seguir preguntando.
Su risa retorcida resonó por todo el dominio.
Autoritaria.
Antigua.
Aterradora.
—Eres increíblemente fuerte, Emanuel.
Dio un paso al frente.
La presión aumentó.
—Ese resentimiento… ese odio… esa culpa…
Las grietas negras en la piel de Emanuel comenzaron a extenderse ligeramente.
—No te dejan vivir tranquilo.
Emanuel no negó nada.
Pero tampoco aceptó.
Su espada descendió un centímetro.
No como debilidad.
Como decisión.
—Si tu objetivo amenaza este mundo… —murmuró— entonces no importa a quién quieras revivir.
La neblina comenzó a brotar otra vez a su alrededor.
Más espesa.
Más violenta.
—Te detendré.
Robert sonrió con auténtico interés.
—Perfecto.
El cielo rojo se partió en dos.
—Entonces pelea no como un hombre herido…
La energía abismal explotó desde su cuerpo.
—Sino como lo que realmente estás destinado a convertirte.
El dominio comenzó a colapsar bajo la presión de ambas presencias.
Y esta vez…
No era solo un combate.
Era el choque entre dos voluntades que querían cambiar el destino mismo.
El viento se extinguió.
El dominio quedó en un silencio absoluto.
Emanuel caminó lentamente, levantando su espada sobre el hombro. Su aura ya no explotaba hacia afuera… ahora se comprimía, concentrándose como un núcleo a punto de colapsar.
Frente a él, Robert dejó que la oscuridad se arremolinara en sus manos.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro espadas emergieron del abismo, flotando a su alrededor como lunas negras.
Robert
Sonrió.
—Interesante elección de postura…
Emanuel no respondió.
Solo avanzó.
Paso.
Paso.
Robert hizo lo mismo.
Cuatro espadas alineadas en cruz.
La distancia entre ambos se redujo a diez metros.
Cinco.
Tres.
Y entonces—
Desaparecieron.
El dominio vibró violentamente.
Un resplandor negro y carmesí estalló en el centro del cielo rojizo.
Aparecieron chocando en el aire.
Espada contra cuatro filos abismales.
Las ondas de choque se expandieron como círculos en un lago invisible.
Chispas negras caían como lluvia.
Robert atacó primero.
Las cuatro espadas descendieron desde ángulos imposibles, cortando el espacio mismo.
Emanuel giró sobre sí mismo, bloqueando dos.
Esquivó la tercera.
La cuarta rozó su costado.
La herida se abrió.
Y su aura se intensificó al instante.
Los ojos de Robert brillaron.
—Ya veo… sigues creciendo.
Emanuel desapareció.
Apareció detrás de él.
Un corte horizontal.
Robert cruzó dos espadas para bloquear.
Las otras dos perforaron el aire buscando el corazón de Emanuel.
Se separaron.
Volvieron a chocar.
Una vez.
Dos.
Diez veces en un segundo.
El dominio comenzó a resquebrajarse por el exceso de energía.
Entonces Emanuel detuvo su movimiento.
Su espada apuntó hacia el vacío.
El aire se comprimió alrededor de la hoja.
La oscuridad comenzó a girar en espiral.
Su voz resonó como un eco profundo.
—Magia de rango 7…
El cielo rojo comenzó a apagarse.
Las ruinas flotantes fueron atraídas hacia el centro del campo de batalla.
La presión era tan densa que el suelo se hundía bajo sus pies.
Robert entrecerró los ojos.
Por primera vez, dejó de sonreír.
—¿Oscuridad…?
La energía alrededor de Emanuel tomó forma de lanzas etéreas que rodeaban su espada principal.
Su aura ya no era solo odio.
Era decisión.
—Ataria… Estocada Ancestral.
El mundo pareció detenerse.
Emanuel avanzó un solo paso.
Pero ese paso cruzó kilómetros en un instante.
Un rayo oscuro perforó el dominio de lado a lado.
El impacto fue silencioso durante una fracción de segundo.
Luego—
El cielo explotó.
Las cuatro espadas de Robert se fragmentaron bajo la presión.
El dominio entero se abrió con una grieta que atravesó el horizonte.
La onda expansiva borró montañas flotantes.
Robert fue lanzado hacia atrás, atravesando capas de roca suspendida.
Su torso mostraba una línea negra que no cerraba.
No sanaba.
Se mantuvo de pie, respirando con dificultad.
Y entonces…
Sonrió.
Lentamente.
—Magia de rango 7…
Levantó la mirada hacia Emanuel, cuya aura seguía expandiéndose.
—Así que por fin estás empezando a mostrar tu verdadero rostro.
El dominio estaba a punto de colapsar.
Pero ninguno de los dos retrocedió.
Porque ahora la batalla había cruzado un límite del que no había retorno.
El dominio crujía como si estuviera a punto de romperse.
Emanuel permanecía de pie entre ruinas flotantes y grietas negras que atravesaban el cielo rojo.
Sus ojos morados brillaban con una intensidad casi sobrenatural. Su cabello rubio se agitaba con la presión de su propia aura. Su rostro estaba herido, cubierto de sangre… pero su determinación era inquebrantable.
—No importa cuántas veces me derriben… —su voz resonó con eco profundo—. Siempre regresaré de las cenizas. De las llamas del infierno.
La energía oscura vibró alrededor de su espada.
—No importa lo que tú y tu patético plan estén preparando.
Frente a él, Robert lo observaba en silencio.
Pero dentro de Emanuel…
Un recuerdo emergió.
No era suyo.
Era un eco grabado en su alma.
Un momento que marcó el rumbo de todos.
Henry Ogawa
—Te lo pido una vez más, Carlos… —dijo Henry, firme a pesar del caos—. Dile a mi hija que la amo. Y a mi esposa… que su caballero murió no por ser débil… sino por ser el más fuerte.
Carlos Tanaka Sánchez
Bajó la cabeza, temblando.
—Lo siento…
Henry colocó una mano sobre su hombro.
—Un caballero tiene un deber que cumplir.
Se giró hacia sus hombres.
—¡Huyan! ¡Esa es una orden!
—¡Capitán, no!
—¡Dije que se fueran!
El silencio fue sepulcral.
Nadie quería dejarlo.
Pero una orden era una orden.
—Todo en la vida debe arriesgarse —dijo Henry—. ¿De qué sirve llamarse caballero si no se da todo?
Carlos gritó con desesperación:
—¡No puedes hacerlo solo, Henry!
Henry sonrió sin mirar atrás.
—Un caballero vive para proteger a los suyos. Ese es el camino que elegí.
El Caballero Oscuro emergió del lago.
Imponente.
Silencioso.
—¿Aún aquí? Pensé que huirías.
—No. Un caballero no huye.
—Dime tu nombre.
—Henry.
Una breve pausa.
—Eres digno de respeto, Henry. El caballero más noble del Amanecer.
Henry cerró los ojos un instante.
Vio el rostro de su esposa.
La sonrisa de su hija recién nacida.
—Viví una buena vida… ahora es hora de dar el último paso.
Espadas alzadas.
Choque brutal.
Fuego.
Viento.
Oscuridad.
—¡Novena Técnica… Espada del Alma!
Una explosión iluminó el lago como si el sol hubiese nacido allí.
Cuando el polvo se disipó…
Henry estaba de rodillas.
Su corazón atravesado.
El Caballero Oscuro lo sostuvo antes de que cayera.
—Peleaste por tu familia y tus amigos. Te ganaste mis respetos. Jamás te olvidaré, Henry.
Henry sonrió.
—El resto… dependerá de ti, Carlos.
Fue dejado suavemente sobre el lago.
El amanecer tiñó el agua de oro.
—Eres el guerrero más fuerte que he conocido. Que descanses en paz.
Sus ojos se cerraron.
Sereno.
El recuerdo se desvaneció.
El presente regresó.
Emanuel apretó los dientes.
Esa historia no era solo un pasado trágico.
Era una advertencia.
Un legado.
Robert inclinó la cabeza.
—Veo que no solo cargas con tus propias heridas…
Emanuel levantó la espada.
—Los que mueren por proteger… no desaparecen.
Su aura se expandió otra vez, más estable, más profunda.
—Se convierten en el motivo por el que seguimos luchando.
El dominio tembló.
El cielo rojo comenzó a fracturarse como vidrio.
Robert sonrió, pero esta vez sin burla.
—Entonces muéstrame…
La energía abismal volvió a arder a su alrededor.
—Hasta dónde llega esa determinación heredada.
Emanuel dio un paso al frente.
Y esta vez…
No avanzaba solo.
El dominio se partía en capas.
Las ruinas flotaban como cenizas suspendidas en un cielo que ya no era rojo… sino oscuro, profundo, inestable.
Emanuel respiró una vez más.
Dentro de su mente, el eco del amanecer seguía vivo.
Henry Ogawa
Henry…
—Espero que tu hija valga la pena —pensó Emanuel, con los ojos cerrados por un instante—. Es la única familia que te queda.
Su aura vibró con una firmeza distinta.
—Si logra superarte… si se vuelve lo suficientemente fuerte… tu legado no será en vano.
Sus dedos apretaron la empuñadura.
—Tu valor como caballero… no desaparecerá.
Sus ojos morados se abrieron con una frialdad peligrosa.
—Una venganza debe pagarse con la misma moneda.
El viento explotó alrededor de su cuerpo.
—Y esa moneda… lo decidirá todo.
Frente a él, las sombras comenzaron a girar como una tormenta viva.
Robert
—¿Terminaste tu discurso interno? —sonrió, pero sus ojos mostraban atención real—. Porque yo no pienso detenerme.
Desaparecieron.
El choque fue instantáneo.
Espada contra cuatro filos reconstruidos en pura energía abismal.
Una explosión atravesó el dominio de lado a lado.
Emanuel giró sobre sí mismo, bloqueando una estocada descendente.
Robert apareció a su izquierda, lanzando un corte vertical que rasgó el espacio.
Emanuel inclinó el cuerpo, dejó que la hoja rozara su hombro… y contraatacó con un tajo directo al cuello.
Robert se desvaneció en sombras antes del impacto.
Reapareció arriba.
Cuatro espadas cayeron como meteoros negros.
Emanuel levantó la suya.
El impacto generó una onda expansiva que borró una montaña flotante entera.
La presión era insoportable.
Pero ninguno retrocedía.
Robert atacaba con precisión quirúrgica, buscando puntos vitales, midiendo cada reacción.
Emanuel respondía con una adaptación casi instintiva.
Cada herida que recibía hacía que su aura se volviera más densa.
Más pesada.
Más peligrosa.
—Te estás volviendo más estable… —murmuró Robert mientras bloqueaba un corte que partió el suelo bajo sus pies—. Antes eras pura rabia. Ahora eres propósito.
Emanuel no respondió.
Se impulsó hacia adelante.
Golpeó.
Choque.
Giro.
Estocada.
Explosión.
El dominio ya no podía soportarlo.
Las grietas del cielo comenzaron a extenderse como telarañas.
Ambos se alejaron unos metros, respirando con dificultad.
La sangre caía al vacío y se evaporaba antes de tocar el suelo.
Robert sonrió con los labios manchados de negro.
—Si esa hija de Henry sobrevive… —dijo con calma inquietante— ¿la convertirás en arma?
Emanuel levantó la mirada.
Silencio.
—No.
Su voz fue firme.
—Ella decidirá su propio camino.
La energía volvió a estallar.
—Pero si el mundo vuelve a arrebatarle todo… yo estaré allí.
Robert desapareció con una carcajada.
Emanuel lo siguió.
Un nuevo choque iluminó la oscuridad como un segundo amanecer.
Y esta vez…
No era solo una batalla entre abismo y oscuridad.
Era una guerra entre dos visiones del legado.
Y solo uno saldría caminando de ese dominio moribundo.
El dominio estaba al borde del colapso.
El cielo se desmoronaba en fragmentos oscuros que caían como ceniza infinita.
Emanuel respiraba con el pecho abierto por heridas que no cerraban del todo.
Sus ojos morados ya no brillaban con rabia.
Brillaban con algo más pesado.
Comprensión.
—Ese legado… —murmuró— es el de un hombre que lo perdió todo.
Un niño que soñaba con ser caballero.
Un niño que creía en justicia simple.
En promesas.
En amaneceres dorados.
Pero la realidad no fue amable.
Henry Ogawa
Henry murió protegiendo lo que amaba.
Murió con una sonrisa.
Logró cumplir su deber.
Su hija vivía.
Su esposa vivía.
Su nombre quedó limpio.
Eso era victoria.
Emanuel… no tuvo eso.
Cada persona que intentó proteger terminó pagando un precio.
Cada promesa rota se convirtió en una cicatriz.
Robert apareció frente a él, bloqueando su espada con una sola mano envuelta en energía abismal.
Robert
—Ahora entiendo —dijo con una calma inquietante—. No luchas por justicia. Luchas porque no soportas haber fallado.
Emanuel apretó los dientes.
Un recuerdo cruzó su mente.
Una sonrisa.
La risa de un niño que quería ser un buen caballero.
Un niño que entrenaba hasta sangrar, soñando con proteger a todos.
Ese niño murió.
En su lugar quedó alguien que aprendió que el mundo no premia la bondad.
—Sí —respondió finalmente—. Perdí todo.
La energía oscura comenzó a arremolinarse a su alrededor como llamas negras.
—Y tú dirás que eso me convirtió en un monstruo.
Robert sonrió.
—¿No es así?
Emanuel dio un paso al frente.
La presión hizo que el suelo se pulverizara.
—No.
Sus ojos se endurecieron.
—Un monstruo destruye porque quiere. Yo destruyo porque no queda otra opción.
El dominio tembló violentamente.
—Henry protegió lo que amaba y murió en paz.
Su espada comenzó a emitir una luz oscura, estable, profunda.
—Yo protegeré incluso si eso significa cargar con el odio de todos.
Robert lo observó en silencio por primera vez sin burla.
Porque esa no era la mirada de alguien perdido.
Era la mirada de alguien que aceptó el precio.
Emanuel levantó la espada una vez más.
—Si convertirme en monstruo es el costo para que otros puedan seguir sonriendo…
Su aura explotó en una onda que partió el cielo restante.
—Entonces cargaré con ese nombre sin arrepentirme.
El choque siguiente no fue solo físico.
Fue ideológico.
Abismo contra sacrificio.
Y en medio del caos…
El niño que quería ser caballero no había desaparecido.
Solo había aprendido que a veces…
Los héroes no visten armaduras brillantes.
A veces caminan cubiertos de sombras para que otros puedan ver el amanecer.
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