The strongest warrior of humanity - Capítulo 192
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Capítulo 192: Capitulo 192 Emanuel corre peligro
El choque entre la Llama Negra de Noctis Eternas y la Marea del Abismo seguía desgarrando el horizonte.
Pero algo cambió.
Robert
Retrocedió un paso.
No por cálculo.
Por instinto.
Este tipo… sí es alguien que debería temer.
Las llamas negras no eran simples llamas.
No eran oscuridad común.
Eran juicio.
Eran negación de existencia.
Un recuerdo cruzó su mente.
Lucifer
Lucifer le había hablado de eso.
De un duelo mental.
De un enfrentamiento donde intentó quebrar a un humano desde dentro.
Carlos Tanaka Sánchez
En aquel enfrentamiento, las llamas de Carlos lo habían consumido.
No físicamente.
Espiritualmente.
Esas llamas…
Robert abrió los ojos con horror.
—No puede ser…
Las llamas negras de Emanuel vibraban con la misma frecuencia.
Pero eran más profundas.
Más antiguas.
—¿Acaso él también…?
Su rostro se tensó.
—¡Maldición!
La comprensión cayó como un martillo.
Ese tipo no es solo un monstruo.
Las llamas avanzaban devorando la marea.
—Está por encima de quien sea…
El abismo detrás de él comenzó a agrietarse.
—No importa cuántas veces lo maten…
Las llamas no se debilitaban.
Se alimentaban.
—Siempre volverá…
Emanuel emergió caminando dentro del incendio oscuro.
Cada paso dejaba una marca ardiente en el vacío.
—¿Qué pasa? —su voz era baja, penetrante.
El fuego se arremolinó alrededor de su espada.
—Te noto muy raro, abismal.
Robert apretó los dientes, intentando recomponer su arrogancia.
—No—
—¿O acaso…? —Emanuel inclinó la cabeza ligeramente— ¿te encontraste con alguien que está más allá de las capacidades humanas?
El silencio fue pesado.
La mirada de Emanuel se volvió siniestra.
No era rabia descontrolada.
Era determinación absoluta.
—Espero que estés preparado.
El fuego negro se comprimió en un punto.
El aire se partió alrededor.
—Porque voy a devolverte cada palabra que me dijiste.
La presión hizo que las alas de Robert crujieran.
—Tu muerte quedará marcada en este lugar.
La voz de Emanuel ya no parecía completamente humana.
Resonaba como si varias sombras hablaran al mismo tiempo.
—Sin prejuicios.
Sus ojos brillaron como eclipses.
—Te mataré sin dudarlo.
Un paso más.
El fuego ascendió como una corona oscura.
—Miserable demonio.
El siguiente movimiento fue invisible.
La Llama Negra se concentró en la punta de la espada.
No explotó.
No gritó.
Simplemente atravesó el espacio.
Robert apenas logró cruzar sus alas para defenderse.
El impacto no generó explosión.
Generó silencio.
Un corte perfecto.
Una línea negra que dividió el cielo.
Y en medio de ese silencio…
en mil años…
El abismo sintió lo que los humanos sienten cuando ven el final acercarse.
Mortalidad.
La implosión cesó. El vacío se congeló en un silencio antinatural.
Donde Robert estuvo, no quedó rastro de carne… pero tampoco hubo paz. Las cenizas negras no se dispersaron; quedaron suspendidas en el aire, vibrando con un hambre eléctrica.
Emanuel, hundido de rodillas, alzó la mirada centímetro a centímetro. El aire se comprimió de nuevo, aplastándole los pulmones.
Entonces, surgió.
Una risa. Astillada. Una frecuencia rota que no venía de una garganta, sino del mismo espacio.
—¿De verdad… creíste… que sería tan simple?
Las cenizas giraron en un torbellino violento. No se reconstruían; se condensaban. No era un cuerpo, era una voluntad maldita que se negaba a apagarse.
Emanuel apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió. Su piel, surcada por grietas de energía abierta, humeaba. Sus músculos eran plomo.
—Te lo dije… —siseó la voz desde la nada—. El abismo no muere.
Una silueta distorsionada, una mancha de realidad rota, se irguió en el epicentro del remolino. Inestable. Monstruosa. Viva.
—No importa cuántas veces me deshagas… —La presión gravitatoria aumentó, hundiendo los pies de Emanuel en la tierra—. Siempre volveré.
El cielo se tragó la luz.
Emanuel respiró, tragando el polvo de la batalla. Su espada yacía en el suelo, fuera de su alcance. Su energía era un eco agonizante. Pero sus ojos… sus ojos estaban fijos, fríos como el hierro.
—Entonces… —Se puso de pie, obligando a sus huesos a sostenerse—. Tendré que borrarte de una forma que ni el abismo pueda recordar.
La silueta soltó una carcajada que hizo temblar el suelo.
No era el final. Era el inicio de algo peor: una guerra de existencias donde morir ya no era una opción. Emanuel lo entendió en ese instante: si el abismo era eterno, él tendría que convertirse en el verdugo de la eternidad.
El aire se volvió sólido. Las cenizas se fusionaron en un rugido negro.
La siguiente decisión no traería la victoria. Traería el destino.
El suelo cedió bajo el peso de la intención de Emanuel.
No fue un terremoto; fue la realidad misma protestando.
Las cenizas de Robert, ahora una masa densa y semilíquida, se lanzaron hacia adelante. No caminaban. Fluían. Como una marea de brea que devoraba la luz a su paso.
Emanuel no retrocedió. Sus dedos, entumecidos y ensangrentados, buscaron la empuñadura de su espada en el suelo. El metal quemaba. Su propia energía, desbocada, reaccionaba a la cercanía del abismo como un animal acorralado.
—¿Lo sientes? —La voz de la silueta vibró dentro de los huesos de Emanuel—. Tu miedo es delicioso. Tu resistencia es… fútil.
La masa negra se alzó, formando un brazo colosal de sombra que cayó como un mazo.
Emanuel rodó. El impacto fragmentó la piedra donde antes estaban sus pies. El estruendo fue sordo, pesado, como si el golpe hubiera ocurrido bajo el agua.
Se puso en pie de un salto, ignorando el grito de protesta de sus costillas.
—No es miedo —respondió Emanuel. Su voz era un hilo, pero cortaba como el acero—. Es náusea. Me das asco.
Cargó.
No hubo elegancia. Fue un choque de fuerzas puras. Su espada, envuelta en las últimas chispas de su esencia, chocó contra la oscuridad sólida. El sonido no fue de metal contra metal, sino un desgarro, como si estuviera apuñalando el tejido del universo.
La silueta de Robert rió, una carcajada que se multiplicó en mil ecos.
—¡Golpéame! ¡Destrúyeme! —gritaba la sombra mientras envolvía la hoja de la espada—. ¡Cada fragmento de mí que borres es una parte de este mundo que se apaga contigo!
Emanuel sintió el frío del vacío trepando por sus brazos. Sus venas se tornaron negras bajo la piel. La oscuridad estaba filtrándose, reclamando el espacio que su energía ya no podía llenar.
—Entonces… —Emanuel soltó la espada.
La silueta se detuvo, confundida por un segundo. El vacío dejó de presionar.
—…si el abismo no muere —continuó Emanuel, hundiendo sus manos desnudas directamente en el pecho de la sombra—, tendré que enseñarte lo que es el olvido.
Sus ojos se encendieron. No con luz, sino con una determinación que quemaba más que cualquier fuego. Las grietas en su piel se ensancharon, pero esta vez no expulsaban energía. Succionaban.
Emanuel no estaba atacando al abismo.
Se estaba convirtiendo en su cárcel.
El aire alrededor de ambos comenzó a colapsar. La silueta de Robert dejó de reír. El torbellino de cenizas intentó alejarse, pero las manos de Emanuel eran grilletes de pura voluntad.
—¿Qué… qué estás haciendo? —La voz del abismo tembló por primera vez.
—Lo que debí hacer desde el principio —susurró Emanuel, mientras su propia piel empezaba a desvanecerse en la oscuridad—. Borrarnos a ambos.
El mundo se volvió blanco. Luego negro. Luego, el silencio absoluto
El blanco se volvió un vacío absoluto. Un no-lugar.
Emanuel sentía cómo sus recuerdos, su nombre y su propia historia empezaban a descascararse, cayendo al abismo como ceniza en el viento. Todo lo que alguna vez fue, se desvanecía.
“Concéntrate”, se obligó a sí mismo. “Si pierdo el hilo de quién soy, este tipo ganará sin mover un dedo”.
Sus pensamientos, antes caóticos, se afilaron. Cada movimiento debía ser calculado. No había margen para el heroísmo ciego
.
“Es peligroso. Mucho”, analizó Emanuel mientras observaba la silueta de Robert retorcerse frente a él, atrapada en su agarre. “Es la primera vez que lucho contra un ‘abismal’… pero hay algo mal en él. Se jacta de ser eterno, de ser el vacío, pero grita cuando lo toco. Un verdadero humano aceptaría el fin. Él… él solo es un parásito con miedo a la nada”.
Emanuel apretó más los dedos, hundiéndolos en la esencia líquida de la sombra.
—”¿De verdad crees que esto es el abismo?” —susurró Emanuel. Su voz no tembló, a pesar de que sus brazos estaban desapareciendo—. “Esto es solo una habitación vacía. Y yo soy el que tiene la llave”.
Robert intentó materializar un rostro, una mueca de puro horror.
—”¡No puedes… sostener esto! ¡Te desintegrarás con conmigo!”
Emanuel esbozó una sonrisa carente de alegría.
“Pobre idiota”, pensó. “Cree que mi cuerpo es lo que me mantiene aquí”.
—”Ese es el problema contigo, Robert” —dijo Emanuel, y la luz en sus ojos se volvió una supernova plateada—. “No eres capaz de entender lo que hace un verdadero humano. No luchamos para sobrevivir… luchamos para que lo que amamos no tenga que vernos morir”.
Emanuel ejecutó su movimiento. No fue un golpe físico. Fue una expansión de voluntad.
El vacío dentro de él se encontró con el abismo de Robert. La colisión fue silenciosa y devastadora. Las grietas en la piel de Emanuel estallaron, pero no salió sangre; salió una fuerza que comenzó a devorar la oscuridad del abismal, centímetro a centímetro.
“Uno… dos… tres pasos más”, calculó Emanuel mentalmente, ignorando el dolor que le gritaba que se rindiera. “Si logro colapsar su núcleo antes de que mis pensamientos se borren por completo… se acabó”.
—”¡Basta!” —aulló la sombra, perdiendo su forma, volviéndose humo—. “¡Detente!”
—”No” —sentenció Emanuel—. “Ya es tarde para pedir permiso”.
El espacio alrededor de ambos comenzó a implosionar hacia adentro, hacia el pecho de Emanuel. Él se estaba convirtiendo en el punto final de una frase que Robert quería que fuera eterna.
“Casi está”, el pensamiento de Emanuel fue una chispa final en la oscuridad inminente. “Ahora”.
Emanuel no empujó; jaló. Usó los restos de su propia existencia como cebo y ancla. El núcleo de Robert, esa singularidad de odio y vacío, no pudo resistir la fuerza de succión que Emanuel había desatado desde su propio espíritu.
El cuerpo distorsionado de Robert se tensó. Ya no era brea fluida; era cristal a punto de romperse. La carcajada de antes se transformó en un alarido de frecuencia pura que no cabía en ningún oído humano.
—”¡¡NOOOOOO!!”
El grito de Robert no salió de una boca, sino del mismo tejido de la realidad que se desgarraba.
Emanuel vio cómo el núcleo, una esfera de negrura absoluta en el centro del pecho de la sombra, comenzaba a vibrar violentamente. Las cenizas que formaban su contorno intentaron desesperadamente dispersarse, pero el agarre de Emanuel era absoluto.
Entonces, ocurrió.
No fue una explosión de fuego. Fue una ruptura conceptual.
Una grieta blanca, incandescente, apareció en el centro del núcleo de Robert. Se expandió en una milésima de segundo, ramificándose por toda la silueta oscura. El vacío no pudo contener la presión de su propia aniquilación.
CRACK.
El sonido fue como si el universo se partiera en dos.
El cuerpo de Robert estalló hacia afuera en una onda de choque de antimateria y luz fría. Millones de fragmentos de oscuridad pura salieron disparados, pero no llegaron lejos. La fuerza de succión de Emanuel, el “olvido” que había creado, los atrapó antes de que pudieran tocar el suelo del vacío.
Emanuel sintió el impacto. Fue como si un tren de carga hecho de hielo seco lo atravesara. Cada fragmento de Robert que consumía, cada pedazo de ese abismo, borraba un recuerdo de Emanuel. Su primer beso… su nombre… el rostro de su madre… todo desaparecía en el estallido.
Robert ya no era una silueta. Era una metralla de agonía que Emanuel absorbía centímetro a centímetro
.
“Duele”, pensó Emanuel, pero la sensación ya no le pertenecía. “Sigue absorbiendo. Que no quede nada de él”.
El remolino de oscuridad se hizo más pequeño, más denso, hasta que solo quedó el núcleo central, esa esfera de odio que se negaba a ceder.
Emanuel, con las últimas fuerzas de una mente que ya no recordaba por qué luchaba, cerró el puño.
El núcleo estalló por última vez, no en metralla, sino en un polvo fino e inerte. Una lluvia de nada que cayó sobre el pecho de Emanuel y desapareció dentro de él.
La risa de Robert se apagó. El abismo se quedó en silencio.
Robert había estallado. Ya no existía. No en el mundo, no en el infierno, no en el vacío. Solo existía como una mancha imborrable dentro de lo que quedaba del alma de Emanuel.
El blanco absoluto regresó. Y Emanuel, sin nombre, sin pasado, sin cuerpo que sentir, comenzó a colapsar sobre sí mismo, un agujero negro que acababa de devorar a su propia sombra.
Emanuel se desplomó sobre la tierra calcinada. Sus pulmones silbaban, intentando filtrar un aire que ya no existía.
“Mierda…”, maldijo en su mente, apretando un puño lleno de ceniza inerte. “Si no hubiera sido por ese demonio de porquería… mi camino estaría despejado. Rey Adán Soldar… ese maldito… juro que caerás. Pero ahora… ahora apenas puedo sentir mis propios dedos”.
El Reino Imperial se sentía como un espejismo a años luz de distancia. La venganza, ese motor que le quemaba las entrañas, parecía enfriarse junto con su cuerpo.
De pronto, el vello de su nuca se erizó. El tiempo pareció dilatarse, volviéndose denso, aceitoso.
Emanuel se quedó paralizado. No era cansancio. Era un miedo instintivo, una alarma biológica que gritaba que lo que estaba a su espalda no pertenecía a este plano. La energía era una marea negra, pesada, aplastante. Algo mucho más antiguo que el abismo de Robert.
—”Oh, vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí?” —Una voz de seda y escarcha acarició sus oídos—. “Un humano con una sed de venganza tan pura… que casi puedo saborearla”.
Emanuel obligó a su cuello a girar. Cada vértebra protestó, pero no apartó la vista. Frente a él, envuelto en una penumbra que devoraba la luz del día, se encontraba una figura imposible.
Era el Dios Nocturno.
Estaba sentado con una elegancia aterradora, rodeado por un abanico de espadas clavadas en la nada detrás de él, como un trono de metal y sombras. Una sonrisa retorcida, inhumana, cruzaba su rostro pálido.
Emanuel le sostuvo la mirada. Sus ojos, inyectados en sangre y cargados de un odio que se negaba a morir, brillaron con una intensidad salvaje.
—”¿Qué mierda eres tú?” —escupió Emanuel. Su voz era un rugido bajo, cargado de una seriedad que habría hecho temblar a un ejército.
El Dios Nocturno soltó una risa seca, un sonido que recordó al cristal rompiéndose bajo una bota.
—”Oh, no seas tan ingenuo, caballero oscuro…” —El dios se inclinó hacia adelante, y las espadas detrás de él vibraron al unísono—. “No es por nada, pero me has dado un espectáculo fascinante. No creí que tú solo fueras capaz de borrar a un abismal. Ese tipo… era uno de los más poderosos de hace diez mil años. Y tú lo trataste como si fuera basura”.
Emanuel sintió que la presión aumentaba. El aire a su alrededor comenzó a chispear con una estática violeta.
“Diez mil años…”, pensó Emanuel, manteniendo la mano cerca de donde debería estar su espada, aunque sus músculos apenas le obedecían. “Este tipo no es un remanente. Es el origen”.
—”¿Y qué quieres?” —dijo Emanuel, forzando a sus piernas a tensarse—. “¿Venir a terminar el trabajo de Robert? ¿O solo quieres sentarte ahí a hablar hasta que me desangre?”
La sonrisa del Dios Nocturno se ensanchó, revelando dientes que parecían astillas de obsidiana.
—”Quiero ver hasta dónde llega ese fuego, Emanuel. Porque si crees que Adán Soldar es tu mayor problema… es que todavía no has visto la verdadera oscuridad”.
El Dios Nocturno se puso en pie. El movimiento fue lento, fluido, como una sombra alargándose al atardecer.
—”Pero en fin… solo quería ver qué tan fuerte eres. Quería saber si serías capaz de resistir un poco más”.
Su mirada se volvió un pozo infinito de malicia. Una presión invisible comenzó a agrietar el suelo bajo sus pies.
—”Veamos qué espectáculo puedes darme, humano”.
Entonces, su aura explotó.
No fue un estallido de fuego, sino una onda expansiva de gravedad pura, densa como el plomo. El impacto golpeó a Emanuel en el pecho como un mazo gigante. Salió disparado hacia atrás, su cuerpo rebotando contra los restos de piedra y ceniza. Cada impacto era un recordatorio eléctrico de que sus costillas estaban al límite y que la lucha contra Robert lo había dejado vacío.
Emanuel clavó los talones en la tierra, levantando una nube de polvo mientras intentaba frenar su trayectoria. Sus músculos temblaban violentamente.
“Maldita sea…”, pensó, escupiendo un coágulo de sangre negra. “Este tipo no es humano. Ni siquiera es un abismal. Es algo que no debería existir”.
Sus ojos recorrieron el entorno a una velocidad frenética, analizando cada ángulo, cada sombra. El Dios Nocturno caminaba hacia él, cada paso dejando una huella de oscuridad que marchitaba la tierra.
“Debo pensar en algo… una forma de librarme de este loco”, razonó Emanuel, sintiendo cómo el frío de la energía enemiga empezaba a entumecer sus reflejos. “Fuerza bruta no servirá. Magia… apenas me queda un suspiro de esencia. Creo que se me acabaron las opciones”.
Emanuel bajó la mirada hacia sus manos. Estaban rotas, cubiertas de la ceniza de Robert y su propia sangre.
“Si voy a morir aquí”, una idea suicida cruzó su mente, “al menos me aseguraré de que este ‘dios’ recuerde mi nombre”.
—”¿Eso es todo?” —provocó Emanuel, obligándose a ponerse erguido a pesar de que su visión se nublaba—. “¿Un empujón? He sentido brisas de verano más fuertes que tu aura”.
El Dios Nocturno detuvo su marcha. Su sonrisa no desapareció, pero sus ojos se entrecerraron, brillando con una luz púrpura que prometía un dolor eterno.
—”Interesante” —murmuró el Dios—. “Aún tienes lengua para insultar. Veamos si tienes cuerpo para aguantar lo que sigue”.
Emanuel rugió, ignorando el dolor punzante de sus fibras musculares desgarrándose. Blandió su espada con un arco desesperado, lanzándose al frente. El acero cortó el aire estancado, buscando el cuello de la deidad.
La batalla escaló en un parpadeo. Chispas de energía oscura y voluntad pura estallaron con cada choque. Emanuel no solo atacaba; estaba forzando a su cuerpo a romper sus propios límites, moviéndose como un rayo negro entre las sombras del Dios Nocturno.
“Más rápido”, se ordenó Emanuel a sí mismo, viendo cómo el mundo se volvía borroso. “Si me detengo un segundo, estoy muerto”.
El Dios Nocturno bloqueó un tajo descendente con la punta de una de sus espadas flotantes, sin esfuerzo, casi con aburrimiento. Pero sus ojos… sus ojos brillaban con una nueva chispa de curiosidad.
—”Este humano… es capaz de volverse más fuerte incluso cuando se está rompiendo. Qué interesante” —comentó el Dios, su voz resonando en el cráneo de Emanuel como un trueno—. “Parece que valdrá la pena luchar contra alguien como tú”.
Emanuel retrocedió un paso, jadeando, pero antes de que pudiera lanzarse de nuevo, el Dios Nocturno ladeó la cabeza, observándolo con una mirada cargada de recuerdos sangrientos.
—”Pero ahora que lo pienso…” —continuó la deidad, y su sonrisa se volvió aún más cruel—. “Me recuerdas mucho al primer héroe legendario. Ese que masacré y torturé hace mil años. Tenía esa misma mirada de perro rabioso antes de que le arrancara el espíritu”.
Emanuel apretó la empuñadura hasta que sus nudillos crujieron.
—”Y no solo eso” —añadió el Dios Nocturno, dando un paso que hizo que el espacio se comprimiera—. “Carlos Tanaka Sánchez… es igual que él. La misma arrogancia, la misma debilidad disfrazada de valor”.
El nombre de Carlos golpeó a Emanuel con más fuerza que cualquier impacto físico.
“¿Carlos?”, pensó, mientras una furia gélida reemplazaba el cansancio. “¿Qué sabe este monstruo sobre él?”.
—”No te atrevas a compararme” —siseó Emanuel, mientras una energía plateada, mezclada con los restos negros del abismo que había absorbido, comenzaba a rodear su hoja—. “Y sobre todo… no te atrevas a hablar de ellos como si los conocieras”.
El Dios Nocturno soltó una carcajada que heló la sangre de Emanuel.
—”Los conozco mejor que nadie, humano. Conozco el sonido de sus huesos al romperse. ¿Quieres saber si tú sonarás igual?”
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