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The strongest warrior of humanity - Capítulo 193

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Capítulo 193: Capitulo 193 un destino más que la verdad

El círculo rúnico bajo los pies de Carlos parpadeó, pero antes de que el transporte se completara, una voz cargada de una calma forzada detuvo el flujo del tiempo.

—”¿Espera un momento, Carlos… a dónde crees que vas?”

Freya estaba apoyada contra el marco de la gran ventana de la academia. Sostenía su mano derecha sobre su costado, una postura que intentaba proyectar indiferencia, pero sus ojos la traicionaban. No estaba allí por casualidad.

Carlos se tensó, con un pie aún dentro de la luz dorada del círculo.

—”Freya, ahora no es el momento”, respondió él, aunque se detuvo.

—”Hay algo que quiero hablar contigo y es sobre… bueno, ya sabes. Aún no hemos resuelto nuestro asunto”, dijo ella, bajando la mirada un segundo antes de recuperar su compostura de hierro. “Recuerdas lo que ocurrió en el restaurante. Quiero disculparme por lo que pasó ese día… pero eso no significa que yo…”

Se hizo un silencio pesado. Shiro y Kimberly intercambiaron una mirada de “esto se va a poner dramático”. Freya suspiró, dejando caer la máscara de orgullo por un instante.

—”Mira, Carlos, te seré honesta. Es sobre Mio”, confesó Freya, y su voz tembló ligeramente. “Me preocupa demasiado. Sé que es tarde, pero no sé si Mio me haya perdonado. Aun así, me sigue hablando después de todo… Ella siempre me cuida. Lo traté mal y fue un error de mi parte. Un error estúpido”.

Carlos suavizó la mirada. Sabía cuánto le pesaba a Freya su relación con Mio, ese vínculo que ella misma había tensado hasta casi romperlo

.

—”Freya”, dijo Carlos con voz firme pero suave. “Mio no es alguien que guarde rencor. Si te cuida es porque, para ella, nunca dejaste de ser importante. Pero si quieres su perdón, no me lo pidas a mí. Ve y búscalo cuando esto termine”.

Kimberly soltó un silbido bajo, rompiendo la tensión.

—”Vaya, Carlos, hoy estás repartiendo consejos de amor y justicia. ¿Te vas a poner una capa también?”, bromeó ella, aunque sus ojos brillaron con seriedad al mirar a Freya. “Escucha, chica de hielo, el trato platino está en marcha. Si quieres hablar con Carlos, tendrá que ser cuando regrese con vida”.

Freya asintió lentamente, apretando el costado de su ropa.

—”Solo… no mueras”, murmuró ella. “Sería muy molesto tener que disculparme con una tumba”.

Carlos esbozó una media sonrisa, la energía rúnica finalmente envolviéndolo por completo.

—”No planeo darle ese gusto al Dios Nocturno”, sentenció Carlos.

El estallido de luz fue definitivo esta vez. Carlos desapareció de la Academia Ryouou, dejando atrás el drama escolar y las disculpas pendientes, directo hacia el caos donde Emanuel estaba a punto de perderlo todo.

El Reino Temporal empezó a parpadear. La realidad se resquebrajaba como un espejo roto bajo la presión de la batalla.

Emanuel cayó sobre una rodilla, usando su espada como un puntal para no desplomarse. El sudor, mezclado con sangre, le nublaba la visión. Cada respiración era un incendio en sus pulmones.

—”Esto no tiene fin…” —jadeó, mirando la figura impecable del Dios Nocturno—. “¿Qué diablos es este tipo? Ni un rasguño… mis mejores ataques no le han hecho nada”.

El Dios Nocturno flotaba a unos pasos, observándolo con una curiosidad sádica. Sus espadas flotantes vibraban, sedientas.

—”Oh, vaya… parece que vas a intentar algo nuevo. Vamos, muéstralo. ¡Jajaja!” —La risa del Dios era un eco terrorífico que hacía sangrar los oídos de Emanuel.

Emanuel cerró los ojos un segundo. “No me quedan opciones”, pensó con una calma gélida. “Mis dudas me están hundiendo, pero valdrá la pena probarlo por segunda vez… aunque me destruya”.

Emanuel dejó de atacar. Soltó la guardia. El Dios Nocturno se tensó, detectando el cambio en el flujo de la energía. De pronto, unas llamas oscuras, densas como el petróleo y calientes como el núcleo de un sol muerto, brotaron de los poros de Emanuel.

“Llamas de la Aceptación”

No era un fuego normal. Era el poder de alguien que ha aceptado su propia muerte para llevarse a su enemigo al vacío. Las llamas envolvieron su cuerpo, devorando los restos de su armadura y fusionándose con las grietas de su piel.

“Sabía que esto ocurriría tarde o temprano”, analizó Emanuel mientras sentía cómo su esencia se consumía para alimentar el fuego negro. “Pero en estas condiciones… con el cuerpo roto y la energía agotada… estoy prácticamente jodido. Si no acabo con esto en el próximo movimiento, no quedará ni mi sombra”.

El Dios Nocturno dejó de reír. El calor de esas llamas era diferente; no quemaban la carne, quemaban la existencia.

—”Así que… has decidido quemar tu propia alma” —dijo el Dios, su voz perdiendo el tono de burla y volviéndose una amenaza pura—. “Es un truco poético, humano. Pero las llamas se apagan cuando no queda nada que consumir”.

Emanuel levantó la cabeza. Sus ojos morados ahora estaban inyectados en ese fuego negro.

—”Entonces me aseguraré…” —Emanuel se puso de pie, y el suelo bajo él se convirtió en lava instantáneamente— “…de que tú seas lo último que mis llamas consuman antes de apagarse”.

En ese instante, una vibración conocida rasgó el espacio a sus espaldas. Un portal dorado y negro se abrió violentamente, y una presión de combate que Emanuel conocía muy bien irrumpió en el campo de batalla.

Carlos acababa de llegar.

Carlos aterrizó en medio del caos, levantando una cortina de polvo y ceniza. Sus ojos escanearon el desastre en un segundo: el cielo roto, el suelo fundido y Emanuel envuelto en esas llamas negras que gritaban sacrificio.

—”Parece que llegué un poco tarde…” —murmuró Carlos, apretando los dientes al sentir la presión asfixiante del Dios Nocturno—. “Algo me dice que esto irá demasiado lejos. No creí que este tipo fuera capaz de destruir reinos enteros él solo… y ahora intenta borrar a Emanuel. Míralo, su ropa es puro

harapo. Tendré que ver qué hago con este Dios de porquería, pero si se trata de eso…”

Carlos no pudo terminar la frase. El espacio a su espalda se onduló y una fragancia familiar, mezclada con un aura peligrosa, se materializó.

Eime estaba allí, apoyada contra la nada, observándolo con una mezcla de reproche y diversión.

—”Oh, vaya… así que estabas aquí”, dijo ella, caminando hacia él con una elegancia que ignoraba por completo al Dios Nocturno que flotaba a unos metros. “Pensé que no ibas a enfrentarlo. Recuerda lo que dijeron ellos… pero claro, eres un imbécil”.

Eime se acercó a Carlos sin previo aviso. Antes de que él pudiera reaccionar, ella lo rodeó con sus brazos desde atrás, pegando su cuerpo al suyo en un abrazo que irradiaba calor y una confianza absoluta.

—”Oye…” —susurró ella al oído de Carlos, con un tono juguetón, travieso y cargado de una intención que no encajaba para nada con el fin del mundo que tenían enfrente—. “¿No quieres repetirlo?”.

El rostro de Carlos pasó del frío de la batalla al rojo vivo en un instante. El impacto de la pregunta y el descaro de Eime en medio de una lucha a muerte lo sacaron de quicio.

—”¡Oye, idiota!”

¡ZAS!

Carlos le soltó un golpe seco en la nuca con mucha más fuerza de la necesaria, logrando que Eime se soltara mientras se quejaba dramáticamente.

—”¡Deja de ser tan atrevida, por Dios! ¡Estamos en medio de una guerra!” —le gritó Carlos, aunque su corazón latía más rápido de lo normal.

El Dios Nocturno, que había estado observando la escena con una ceja levantada, soltó una carcajada seca

—”¿Interrupciones románticas? ¿En mi presencia?” —El Dios extendió una mano y una lanza de oscuridad pura se materializó—. “Realmente, este mundo ha perdido el respeto por sus verdugos”.

Emanuel, aún envuelto en las Llamas de la Aceptación, giró la cabeza hacia Carlos. Su mirada morada estaba borrosa por el dolor, pero ver a su amigo le dio un segundo aire.

—”Carlos…” —jadeó Emanuel—. “Llegas justo… para el final”.

Carlos se puso serio de inmediato, desenvainando su arma mientras el aura de Eime pasaba de juguetona a letal en un parpadeo.

—”No habrá ningún final hoy, Emanuel”, sentenció Carlos, fijando su vista en el Dios Nocturno. “No mientras yo esté aquí para cobrarle la factura a este ‘señor de las sombras'”.

Emanuel, envuelto en el fulgor moribundo de sus llamas negras, clavó la espada en el suelo para sostenerse. Miró a Carlos con una mezcla de cansancio y una chispa de ironía.

—”Dime algo, Emanuel… ¿por qué estás aquí? ¿Y por qué estás peleando contra ese tipo?” —Carlos desvió la mirada hacia la deidad de sombras—. “Además… no pensé que nos veríamos en persona de esta forma, Dios Nocturno”.

El Dios Nocturno flotó un poco más cerca, su silueta recortada contra el cielo herido. Su sonrisa era un tajo de malicia pura.

—”Oh, mira quién lo dice…” —se mofó el Dios, su voz goteando veneno—. “El que ni siquiera fue capaz de salvar a nadie. Un don nadie que ni siquiera sabe qué hacer con su vida, que solo quiere huir de la verdad”.

Carlos apretó los dientes, sintiendo cómo el aire a su alrededor empezaba a vibrar por la furia.

—”Parece que sabes demasiadas cosas sobre mí…” —siseó Carlos—. “¿Acaso este tipo sabe todo lo que viví?”.

“Él lo sabe”, pensó Carlos, mientras el recuerdo del Dios tomando el control de su cuerpo le quemaba la piel. “Lo sabe porque estuvo dentro de mí. Conoce los secretos que ni siquiera me atrevo a decir en voz alta”. Solo Shimizu, Shiro y sus guardianes conocían el verdadero infierno por el que había pasado.

—”Sé lo que piensas, Carlos” —continuó el Dios Nocturno, disfrutando del tormento del héroe—. “Sé que tus guardianes acabarían con el mundo entero si tú caes. Lo sé… porque fue por esa misma razón que Yuki masacró a esos ex amigos en los que tanto confiabas. Por tu debilidad”.

El silencio que siguió fue asfixiante. Emanuel, desde su posición, sintió el peso del pasado de Carlos aplastando el campo de batalla.

—”No hables de Yuki…” —advirtió Carlos. Su voz bajó una octava, volviéndose algo oscuro, algo que ya no sonaba del todo humano—. “Y no hables de lo que tuve que pasar como si fuera una de tus historias de tortura”.

Eime, que seguía al lado de Carlos, dejó de lado las bromas. Su rostro se volvió una máscara de frialdad absoluta. Sus manos empezaron a brillar con una energía carmesí.

—”Carlos tiene razón” —dijo ella, su tono juguetón reemplazado por una promesa de muerte—. “Hablas demasiado para ser alguien que está a punto de desaparecer. No importa cuánto sepas del pasado… no vivirás para ver el futuro”.

Emanuel soltó una carcajada ronca, tosiendo un poco de sangre que se evaporó en sus llamas negras.

—”Vaya…” —murmuró Emanuel—. “Parece que todos tenemos fantasmas aquí. Pero este ‘dios’ cometió un error… Nos puso a todos en el mismo lugar”.

Emanuel se puso de pie, las Llamas de la Aceptación rugiendo con una nueva intensidad, alimentadas por la presencia de sus aliados.

—”Carlos, deja de escuchar sus mentiras” —sentenció Emanuel—. “Si sabe tanto de nosotros, entonces debe saber que nunca nos rendimos cuando estamos acorralados”.

La atmósfera se volvió irrespirable. El Dios Nocturno echó la cabeza hacia atrás, soltando una carcajada que sonó como huesos triturados.

—”¿Crees que ustedes tres podrán contra mí?” —Su silueta se alargó, proyectando una sombra que devoró los restos del suelo—. “Hubo una mujer que se enfrentó a mí hace tiempo. Era fuerte, lo admito. Pero, ¿sabes qué pasó? Perdió en el momento en que creyó que podía ganarme. Déjame recordar su nombre… Ah, sí. El Dragón de la Felicidad”

Carlos se quedó de piedra. El aire se le escapó de los pulmones y el horror le desencajó el rostro. Sus manos empezaron a temblar, no de miedo, sino de una furia que quemaba más que el fuego.

—”¿Qué?” —su voz salió rota, un susurro cargado de veneno—. “¿Tú fuiste quien la mató? ¡¿Cómo te atreviste a matarla, Dios Nocturno?!”

—”Eso es… sigue así, Carlos” —provocó el Dios, deleitándose con el sufrimiento—. “Sé que te duele recordar la masacre en el Bosque Prohibido. Fuiste allí buscando respuestas y lo único que encontraste fue su cadáver… y ese huevo. Te la llevaste y criaste a esa niña como si fuera tuya”.

El Dios Nocturno dio un paso en el aire, descendiendo con una elegancia letal.

—”Esa niña fue un error. Nunca debió mezclarse con nuestro linaje. No tienes idea de lo que has hecho, Carlos. Esa niña será la causante de tu muerte. Y cuando llegue ese momento, todo estará perdido. Los Diez Héroes Legendarios no pudieron ganar aquella guerra… ¿y los dioses? ¿los guerreros? Todos fueron masacrados porque eran débiles. Débiles ante un simple humano que se convirtió en un Dios”.

Emanuel observó a Carlos de reojo. Esa mirada de su amigo… no le gustó nada. Era la mirada de alguien que acababa de ver su mundo arder por segunda vez. En ese instante, Emanuel comprendió la verdad: el “Dragón de la Felicidad” de los cuentos que su hija Alicia leía antes de dormir no era una leyenda. Era real. Y ahora, estaba muerta.

El daño estaba hecho. La cicatriz se había vuelto a abrir, sangrando un odio más oscuro que el abismo.

Emanuel apretó los dientes, sintiendo cómo sus Llamas de la Aceptación se tornaban de un color violáceo, reaccionando a la desesperación de su aliado.

—”Carlos, no lo escuches…” —murmuró Emanuel, aunque sabía que sus palabras eran inútiles—. “El dolor ya está ahí, pero si te dejas llevar por sus palabras, él ya habrá ganado”.

Carlos levantó la cabeza. Su aura ya no era dorada ni azul; era un vacío negro que distorsionaba la luz a su alrededor.

—”Dices que ella será mi muerte…” —dijo Carlos, y el suelo bajo sus pies se convirtió en polvo—. “Pero para que eso pase, primero tendría que quedar algo de este mundo. Y si tú estás en él, voy a encargarme de que no quede ni el recuerdo de tu nombre”.

Eime se movió antes de que el primer pensamiento de locura terminara de formarse en la mente de Carlos.

No fue un ataque hacia el Dios Nocturno. Fue un movimiento hacia su compañero.

Se interpuso entre Carlos y la deidad, plantando sus pies con firmeza en la tierra agrietada. El aura negra de Carlos golpeaba contra ella como olas contra un acantilado, pero Eime ni siquiera parpadeó. Extendió su mano y la apoyó con fuerza en el pecho de Carlos, justo sobre su corazón acelerado.

—”¡Reacciona, pedazo de idiota!” —le gritó, su voz cortando la neblina de odio como un látigo—. “¡Eso es exactamente lo que quiere! Si te conviertes en ese monstruo ahora, habrás matado el recuerdo de ese dragón tú mismo”.

Carlos rugía por dentro, pero el contacto físico de Eime lo ancló a la realidad. Los ojos de ella, usualmente burlones, estaban cargados de una seriedad mortal.

—”Mira a Emanuel” —continuó Eime, sin soltarlo—. “Está muriendo por sostener ese Reino Temporal para darte tiempo. ¿Vas a desperdiciar su sacrificio porque este trozo de basura sabe cómo hablar?”.

El Dios Nocturno ladeó la cabeza, observando la escena con fastidio.

—”Qué tierno. La pequeña protectora intentando salvar al héroe de su propio abismo”.

Eime giró el rostro hacia el Dios, y una sonrisa aterradora apareció en sus labios. No era una sonrisa de alegría, era la promesa de un tormento que haría que el infierno pareciera un jardín de infancia.

—”Tú hablas mucho de linajes y errores, ‘Dios’ de pacotilla” —escupió Eime, mientras su propia energía carmesí empezaba a materializarse en forma de cadenas flotantes a su alrededor—. “Pero se te olvidó algo sobre los humanos que se convierten en dioses: siguen teniendo un punto débil. Siguen teniendo miedo a que alguien les recuerde que una vez sangraron”.

Eime apretó el agarre en la chaqueta de Carlos y lo sacudió.

—”Carlos, usa ese odio. Pero no dejes que el odio te use a ti. Vamos a demostrarle a este bastardo por qué el Dragón de la Felicidad confió en un humano como tú”.

Emanuel, al ver que el colapso mental de Carlos se detenía, soltó un suspiro lleno de sangre.

—”Gracias, Eime…” —susurró—. “Ahora… hagámosle tragar sus palabras”.

La batalla cambió de ritmo. Ya no era un caos de desesperación. Los tres, por primera vez, estaban en sintonía

Eime no soltó a Carlos. Sus dedos se hundieron en su ropa, sosteniéndolo no solo físicamente, sino aferrando su cordura.

—”Sé que Carlos es así porque lo conozco desde que me cuidó de niña”, susurró ella, y por primera vez, su voz no tenía rastro de burla, solo una lealtad inquebrantable. “Nunca dejo de pensar en esos recuerdos. Era frío, sí, pero con nosotros era el hombre más amable del mundo… aunque con los demás fuera un demonio cruel”.

Eime miró al Dios Nocturno con un desprecio absoluto, sus ojos brillando con lágrimas de rabia contenida.

—”Nadie está preparado para ver caer a alguien que nos dio el amor que nadie más nos ofreció. Por eso debemos protegerlo. Yuki pensó lo mismo. Kai, Fer, Erick… todos ellos son fuertes, pero tú, Carlos, fuiste nuestra inspiración. Eres nuestro Señor, y siempre lo serás. Sin importar nada”.

Emanuel, envuelto en sus llamas negras, sintió que el mundo le daba vueltas por algo más que el cansancio.

“¿Su Señor?”, pensó Emanuel, el desconcierto superando por un momento al dolor. “¿A qué se refiere? ¿Acaso Carlos tiene guerreros más poderosos bajo su mando? ¿Es posible que este hombre sea más que un simple aventurero o un héroe fugitivo? Hay algo aquí que se me escapa… algo mucho más grande”.

La carcajada del Dios Nocturno cortó la revelación como un cuchillo oxidado. El sonido era viscoso, lleno de una soberbia que hacía vibrar el aire.

—”¡Jajajaja! Parece que se están divirtiendo mucho ustedes dos”, espetó el Dios, su rostro contorsionándose en una mueca de asco. “Me dan náuseas. Mírense, son patéticos. Tan frágiles, tan débiles… siempre mirándose con esa esperanza estúpida”.

Dio un paso al frente, y la oscuridad a su alrededor se volvió sólida, formando espinas que brotaban del suelo.

—”No importa lo que intenten. Son humanos, y los humanos solo saben huir de la verdad y del destino. Son incompetentes por naturaleza. Yo perdí mi humanidad para convertirme en lo que soy, ¡y no me arrepiento de ninguno de mis errores! Prefiero ser este monstruo que volver a ser una basura sentimental como ustedes”.

Emanuel se puso en pie por completo, sus llamas moradas rugiendo con una nueva frecuencia. La confusión por el título de Carlos se transformó en una determinación fría.

—”Dices que no te arrepientes de tus errores…”, siseó Emanuel, mientras su espada empezaba a vibrar con una nota aguda y mortal. “Pero acabas de cometer el más grande de todos: darnos una razón para no dejar que te vayas de aquí con vida”.

Carlos levantó la mirada. El vacío negro en sus ojos empezó a estabilizarse, filtrándose hacia su arma.

—”Si ser humano es ser débil…”, dijo Carlos, su voz resonando con la fuerza de los guerreros que Eime había mencionado, “…entonces prepárate, ‘Dios’. Porque esta debilidad es la que va a enterrarte”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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