The strongest warrior of humanity - Capítulo 194
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Capítulo 194: Capitulo 194 nunca es tarde para escapar
Carlos apretó los dientes, sintiendo la presión del Dios Nocturno aumentar a cada segundo. El aire se volvía irrespirable y el suelo bajo sus pies vibraba con la sed de sangre de una entidad que ya no conocía límites. Sabía que un choque directo en este estado solo llevaría a una masacre mutua donde nadie saldría ganando.
“Deberíamos pensar en algo… pero esto solo provocará una carnicería”, pensó Carlos, con la frente empapada en sudor. “Presiento que esta vez no la vamos a librar tan fácil, pero al menos debo intentar que nos deje salir con vida”.
Cerró los ojos por un instante y conectó su mente con la de su guardiana.
—(Hey, Eime…) —dijo entrando en telepatía con ella.
—(¿Ocurre algo, Carlos?) —respondió la voz de Eime en su cabeza, clara y afilada como un cristal—. (Sé que ese tipo es peligroso, pero eso no es nada para mí. Puedo despedazarlo si me lo permites).
—(No te confíes demasiado, Eime. Recuerda lo que pasó con Yuki cuando ella intentó enfrentarlo sola. Ese error casi nos cuesta todo).
Hubo un silencio breve en el enlace mental. Eime miró de reojo a Carlos, y aunque su rostro mantenía esa sonrisa desafiante frente al Dios, su mirada se volvió protectora.
—(Lo sé, líder… sé perfectamente lo que pasó) —su tono cambió a uno de determinación absoluta—. (Pero no puedo dejar que usted luche, no en estas condiciones. Tengo una idea: llévate a tu amigo de aquí ahora mismo. Emanuel no aguantará mucho más ese Reino Temporal. Yo me haré cargo de él. No te preocupes… no perderé).
Carlos sintió un nudo en la garganta. Sabía que dejar a Eime atrás era un riesgo suicida, pero mirar a Emanuel —quien apenas se sostenía en pie, envuelto en llamas que consumían su propia vida— le recordaba su responsabilidad como amigo y como “Señor”.
—”¡Eime, no te atrevas a…!” —empezó a decir Carlos en voz alta, pero ella ya estaba liberando una marea de energía carmesí para bloquear la visión del Dios Nocturno.
El Dios Nocturno, al notar la distorsión, soltó una risa gélida.
—”¿Sacrificios? ¿Huidas? Qué predecibles son los humanos cuando el miedo les toca la puerta”.
Eime se plantó frente a la deidad, sus cadenas de energía vibrando con un sonido metálico que desgarraba el espacio.
—”No es miedo, sombra de pacotilla” —escupió Eime hacia el Dios, mientras le hacía una señal imperceptible a Carlos para que se moviera—. “Es estrategia. Y ahora, prepárate, porque vas a saber por qué soy la guardiana de su linaje”.
El Dios Nocturno observó el despliegue de Eime con una mueca de absoluto desprecio. Sus espadas flotantes giraron lentamente, preparándose para la ejecución.
—”¿Esa mocosa cree que puede ganar?” —susurró para sí mismo, mientras sus ojos se clavaban en la figura de Carlos intentando alejarse con Emanuel—. “Qué ingenua. No debería dejarlos ir bajo ninguna circunstancia. De igual modo, me divertiré mucho torturando a esta pequeña guardiana antes de…”
De repente, el Dios Nocturno se calló. Sus palabras murieron en su garganta. Por primera vez en diez mil años, un escalofrío helado recorrió su espina dorsal. Sus instintos, perfeccionados en mil batallas contra dioses y héroes, le gritaron una advertencia ensordecedora.
“Algo anda mal… es como si tuviera que esquivar algo, pero no hay nada en mi visión…”
Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Antes de que pudiera parpadear, una fuerza de impacto inimaginable lo golpeó de lleno en el pecho. No fue un corte, no fue una explosión mágica; fue una masa de poder físico puro que ignoró sus defensas divinas.
El Dios Nocturno salió disparado como un proyectil, atravesando montañas y restos de reinos a una velocidad que rompió la barrera del sonido mil veces. Se estrelló contra el horizonte provocando una explosión colosal que iluminó el cielo de un naranja violento.
Eime, que seguía de pie con los brazos cruzados, dejó escapar una sonrisa de triunfo absoluto.
—”Te dije que no te confiaras, basura de sombras” —murmuró ella.
Desde la neblina de energía carmesí que ella había liberado, emergió una figura que hizo que el aire se volviera denso y difícil de respirar. No era un humano, ni un espíritu, ni un demonio común. Era una criatura de pesadilla, una masa de escamas oscuras, ojos antiguos y una presencia que reclamaba autoridad sobre la misma creación.
Se trataba de Emperor. La criatura suprema de Eime finalmente había sido invocada.
Emanuel, quien estaba siendo sostenido por Carlos, abrió los ojos de par en par, olvidando por un momento el dolor de sus quemaduras.
—”¿Qué… qué es eso?” —logró articular Emanuel, sintiendo cómo el aura de Emperor aplastaba cualquier rastro de esperanza o miedo en los alrededores—. “Esa cosa… emana un poder que está en otro nivel completamente”.
Carlos apretó el agarre sobre el hombro de su amigo, mirando con respeto y temor a la criatura que acababa de enviar a volar a un Dios.
—”Es Emperor” —respondió Carlos, con voz grave—. “Es la razón por la cual Eime es tan peligrosa. Ese monstruo no conoce el concepto de piedad… ni el de límites”.
A lo lejos, el polvo de la explosión empezó a asentarse, y una furia incontrolable empezó a emerger del cráter donde el Dios Nocturno había aterrizado. El juego de “verdugo y víctima” acababa de terminar. Ahora, era una guerra de monstruos.
El Dios Nocturno se puso en pie entre los escombros del cráter, limpiándose un hilo de sangre negra de la comisura de los labios. Sus ojos brillaban con una furia fría y analítica.
—”Mierda… maldita sea… ese monstruo otra vez” —gruñó la deidad, mirando hacia la silueta masiva de Emperor que oscurecía el horizonte—. “No creí que ella fuera capaz de invocarlo aquí. Esas espadas… hay algo en esa criatura que ni siquiera yo puedo entender”.
Eime no le dio tiempo a terminar sus reflexiones.
—”¡Te dije que no te distraigas!” —rugió ella, lanzándose al ataque con una velocidad que distorsionaba el espacio.
Lanzó un golpe cargado con toda su intención asesina, pero para su sorpresa, el Dios Nocturno levantó su mano y detuvo el impacto con un solo dedo. El aire alrededor de ellos estalló por la presión, pero la deidad ni siquiera se movió. Su aura había cambiado; ya no era solo oscuridad, era una densidad física que hacía que el suelo se hundiera por kilómetros.
Eime se alejó de un salto, retrocediendo lo más rápido posible.
“Parece que ahora me va a tomar en serio”, pensó Eime, aterrizando con agilidad mientras Emperor rugía a su espalda. “Sabe que soy el problema principal ahora mismo. Mientras no sepa cómo detenerme, tengo la ventaja… pero debo ser honesta conmigo misma”.
Eime miró de reojo a su invocación.
“Si no fuera por Emperor, no estaría ni cerca del nivel de Yuki o de Emilia. Esas dos sí que dan miedo”.
El pensamiento de Emilia trajo un sabor amargo a su mente. Recordaba a la antigua Emilia: amable, talentosa, una luz en medio de la oscuridad. Pero todo cambió el día que Carlos tomó la decisión que fracturó al grupo.
“Carlos eligió a Yuki como nuestra comandante”, recordó Eime con una punzada de tristeza. “Sé lo duro que trabajó Emilia, el esfuerzo sobrehumano que hizo para ser elegida… fue una decepción fatal para ella”.
Emilia había sido la primera. Antes de que Carlos los salvara a todos de sus respectivos infiernos, ella ya estaba ahí. Ella fue su primer apoyo, su sombra inicial.
“Es entendible que ella y Yuki no se lleven bien. Carlos fue claro con ella, pero Emilia no lo tomó bien. Por el bien de todos, se obligó a cambiar. Se volvió fría, una asesina con una mirada que ignora los sentimientos de los demás”, reflexionó Eime mientras el Dios Nocturno empezaba a caminar hacia ella, cada paso agrietando la realidad. “Si ella apareciera aquí y me hablara, lo más seguro es que se desquitara conmigo. Su frustración no tiene fondo”.
El Dios Nocturno interrumpió sus pensamientos, su voz resonando como mil lápidas chocando entre sí.
—”¿En qué piensas, niña? ¿En tus amigas? ¿En las que son más fuertes que tú?” —El Dios extendió sus brazos y la realidad empezó a teñirse de un rojo pútrido—. “No importa quién venga después. Voy a despedazar a tu mascota y luego te obligaré a ver cómo devoro el alma de tu ‘Señor'”.
Eime apretó los dientes y sincronizó su pulso con el de Emperor.
—”Inténtalo, sombra de pacotilla” —desafió Eime—. “Porque si crees que yo soy un problema, reza para que Emilia nunca llegue a este campo de batalla, porque ella no te daría el lujo de hablar tanto antes de borrarte”.
El aire se volvió una masa sólida de presión. No hicieron falta más palabras; el silencio que siguió fue el preludio de una catástrofe.
Eime y el Dios Nocturno se movieron al unísono, convirtiéndose en dos ráfagas de luz carmesí y sombras absolutas. El choque de sus espadas no produjo un sonido metálico, sino el estruendo de un terremoto. Cada colisión provocaba explosiones destructivas que desintegraban los escombros a su alrededor, creando un vacío de aire donde solo existía la voluntad de matar. Tras un intercambio frenético de cientos de golpes en segundos, ambos se repelieron, alejándose con violencia para recuperar posición.
A kilómetros de distancia, el silencio era diferente.
Carlos aterrizó pesadamente en un valle oculto, lejos del epicentro del desastre. Depositó a Emanuel con cuidado sobre la hierba seca. El guerrero estaba completamente inconsciente; su cuerpo, antes envuelto en llamas, ahora era una cáscara fría y agotada. Había usado hasta la última gota de su esencia vital.
—”Idiota… lo diste todo”, murmuró Carlos, revisando el pulso débil de su amigo.
Se sentó en el suelo, jadeando. El cielo a lo lejos se iluminaba con los destellos de la batalla de Eime, pero en lugar de alivio, una sensación amarga empezó a subirle por la garganta.
“¿Por qué me siento tan frustrado?”, pensó Carlos, apretando sus puños hasta que los nudillos se tornaron blancos. “Logré sacarlo de ahí. Logré salvarlo a tiempo antes de que esas llamas lo consumieran por completo… Entonces, ¿por qué este vacío en el pecho?”.
Miró sus propias manos, que aún temblaban ligeramente.
“¿Es porque tuve que huir? ¿Es porque dejé que Eime se enfrentara sola a ese monstruo para limpiar mi desastre?”.
La frustración de Carlos no era por el fracaso, sino por la impotencia. Como “Señor”, se suponía que él debía ser el escudo de todos, pero hoy, una vez más, la sombra del pasado y las advertencias sobre su linaje lo habían forzado a retirarse mientras otros sangraban por él.
“Salvar a alguien no debería sentirse como una derrota…”, reflexionó Carlos, mirando la silueta de la Academia Ryouou en la distancia y luego el caos en el horizonte. “Pero ver a Emanuel así… y saber que Emilia o Yuki habrían terminado esto sin dudar… me hace sentir que todavía estoy huyendo de lo que realmente soy”.
Carlos se arrodilló junto al cuerpo inmóvil de Emanuel. El silencio del valle se sentía antinatural, roto solo por el eco lejano de las explosiones de Eime.
—”No te me mueras ahora, Emanuel. Todavía tenemos mucho de qué hablar”, murmuró Carlos, cerrando los ojos para concentrarse.
Extendió sus manos sobre el pecho de su amigo. Al principio, no pasó nada. Carlos sentía su propia energía como un río turbulento y oscuro, agotado por la tensión y la huida. Pero entonces, respiró hondo y buscó más profundo, en ese lugar de su linaje que Kimberly y los demás tanto temían.
Una luz tenue, de un dorado pálido mezclado con vetas moradas, empezó a brotar de sus palmas.
—”Maldición… esto consume más de lo que recordaba”, jadeó Carlos.
El proceso de curación..
Primer contacto La energía de Carlos penetró en el pecho de Emanuel, buscando el núcleo de su poder que había quedado seco. Se sentía como verter agua en tierra agrietada por el sol.
La reacción El cuerpo de Emanuel tuvo un espasmo. Las quemaduras de las “Llamas de la Aceptación” eran profundas, marcas que no solo dañaban la piel, sino el alma misma. Carlos sintió el dolor de esas heridas como si fueran suyas, un fuego frío que le recorría los brazos.
El sacrificio El rostro de Carlos se volvió pálido. Su propia aura empezó a parpadear. Curar a un guerrero de nivel legendario mientras uno mismo está al límite es como intentar llenar un océano con tu propia sangre.
“¡Aguanta!”, se gritó a sí mismo mentalmente. “Si él pudo quemar su vida para darnos una oportunidad, yo puedo dar un poco de la mía para traerlo de vuelta”.
De pronto, el pulso de Emanuel dio un salto violento. Una chispa de luz morada brilló en su pecho, conectándose con la energía de Carlos. Las heridas externas empezaron a cerrarse lentamente, dejando cicatrices plateadas.
Carlos soltó un quejido, su visión se volvió borrosa por un segundo y un hilo de sangre corrió por su nariz. Estaba transfiriendo no solo magia, sino su propia fuerza vital.
—”Eso es… respira, idiota…”, susurró Carlos, viendo cómo el color regresaba poco a poco a las mejillas de Emanuel.
Emanuel soltó un suspiro ronco, sus dedos se movieron levemente en la hierba. No estaba despierto todavía, pero el peligro de muerte inmediata había pasado. Sin embargo, Carlos se desplomó hacia atrás, apoyándose en un árbol cercano, sintiéndose tan ligero como una pluma y tan vacío como un cántaro roto.
Había salvado a su amigo, pero ahora Carlos estaba prácticamente indefenso. Y lo peor fue que, en ese estado de debilidad extrema, pudo sentir algo que antes el ruido de la batalla ocultaba: una presencia gélida y familiar se acercaba a su posición desde el bosque.
Estado actual
Emanuel: Estable, pero en un sueño profundo de recuperación. Su alma se está reconstruyendo gracias a la energía de Carlos.
Carlos: Agotado críticamente. Su capacidad de combate ha caído al mínimo.
Entorno: Alguien o algo ha rastreado su rastro de energía durante el proceso de curación.
A kilómetros del valle donde Carlos se debilitaba, el campo de batalla de Eime se había convertido en un escenario apocalíptico. La presencia de Emperor no solo aplastaba el suelo, sino que distorsionaba la gravedad misma.
El Dios Nocturno emergió del polvo, pero ya no lucía impecable. Su túnica estaba desgarrada y una marca de quemadura violácea cruzaba su rostro. Sus ojos, antes burlones, ahora destilaban un odio ancestral.
—”¡Suficiente!” —rugió el Dios. Extendió sus brazos y el cielo se tiñó de un negro absoluto, como si hubiera derramado tinta sobre el universo—. “¡Dominio de la Noche Eterna: Ocaso de los Reinos!”
Miles de espadas de sombra llovieron desde el cielo. Eime, con un movimiento fluido de sus manos, dio la orden.
—”¡Emperor, ahora! ¡Escudo de la Autoridad Suprema!”
La criatura rugió, un sonido que no se escuchaba con los oídos, sino con el alma. Sus escamas vibraron y una cúpula de energía carmesí se expandió, desintegrando las espadas de sombra al contacto. Pero el Dios Nocturno no se detuvo; aprovechó la distracción para aparecer justo frente a la cabeza de la criatura.
—”Una mascota gigante no salvará a una niña estúpida” —siseó el Dios, cargando una esfera de energía nula en su mano.
¡BOOM!
El impacto hizo que Emperor retrocediera, sacudiendo la tierra. Eime sintió el dolor de su invocación en su propio cuerpo; tosió sangre, pero su sonrisa no desapareció.
—”No es una mascota…” —Eime saltó sobre el lomo de Emperor, fusionando su aura con la del monstruo—. “¡Es mi voluntad encarnada! ¡Emperor, devora su luz!”
La criatura abrió sus fauces y, en lugar de fuego, disparó un Haz de Vacío. El Dios Nocturno intentó detenerlo con su dedo, como había hecho antes, pero esta vez su expresión cambió al ver que su piel empezaba a desintegrarse.
—”¿Qué…? ¿Energía de borrado?” —el Dios apenas logró teletransportarse a unos metros, pero el Haz de Vacío le arrancó parte del brazo izquierdo.
—”¡Eso es por Carlos! ¡Y eso por el Dragón de la Felicidad!” —gritó Eime, sus ojos brillando con una intensidad sobrenatural.
El Dios Nocturno, ahora herido y furioso, liberó su verdadera forma. Sus sombras se pegaron a su cuerpo como una armadura orgánica y su tamaño aumentó.
—”¡Voy a borrarlos de la historia!” —gritó el Dios, lanzándose contra Emperor en un choque de titanes.
La batalla entró en su fase más destructiva. Cada vez que el Dios golpeaba a Emperor, Eime respondía con ráfagas de cadenas carmesí que intentaban atrapar el alma de la deidad. El espacio-tiempo se volvía inestable; por momentos se veían visiones de otros mundos siendo destruidos por el paso de estos tres seres.
“Si no termino esto pronto…”, pensó Eime mientras sentía su visión nublarse por el esfuerzo, “Emperor se desvanecerá y estaré a merced de ese bastardo. ¡Tengo que arriesgarlo todo en el próximo choque!”.
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