The strongest warrior of humanity - Capítulo 195
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Capítulo 195: Capitulo 195 Emperor es inmortal
Emperor se enderezó. El impacto anterior, que habría aniquilado a cualquier otra criatura, parecía haber actuado como un tónico. Una sonrisa retorcida y aterradora, una mueca que no pertenecía a ninguna bestia conocida, se dibujó en sus fauces, mirando al Dios Nocturno no como a un enemigo, sino como una experiencia nueva, un juguete que requería una calibración más fina.
La criatura de Eime se adaptó. Su aura carmesí se volvió más densa, absorbiendo la luz del Dominio de la Noche Eterna, y sus escamas brillaron con una frecuencia que hacía vibrar la realidad misma.
Eime, en perfecta sincronía sobre el lomo de Emperor, sintió cómo el poder se desbordaba, amenazando con incinerar sus propios canales de energía.
—”¿Adaptación… en medio del combate?” —murmuró el Dios Nocturno, por primera vez con una nota de genuina preocupación en su voz—. “Eso es imposible para una invocación… a menos que…”
No tuvo tiempo de terminar su pensamiento.
Eime y Emperor desaparecieron.
No fue teletransportación, ni velocidad supersónica. Fue una erradicación instantánea de su presencia en un punto y su reaparición en otro. El movimiento fue tan rápido que el tiempo mismo pareció congelarse por una fracción de segundo.
¡FWOOSH!
Reaparecieron justo frente al rostro del Dios Nocturno. Eime no usó espadas ni cadenas; simplemente canalizó toda la Autoridad Suprema de Emperor en un puño imbuido de energía carmesí. Emperor, simultáneamente, lanzó un mordisco cargado de Vacío.
El impacto fue… apocalíptico.
Una fuerza destructiva, capaz de desintegrar mundos enteros, se desató en un punto infinitesimal. La realidad a su alrededor se fracturó en astillas de colores imposibles. El sonido mismo fue aniquilado, reemplazado por una vibración que hizo temblar los cimientos de la creación.
El Dios Nocturno no salió disparado; su cuerpo absorbió la totalidad del impacto, quedando suspendido en el aire mientras su armadura de sombras se desintegraba y su forma física empezaba a colapsar bajo la presión. Una onda de choque invisible se expandió por el Reino Temporal, amenazando con colapsarlo por completo.
Eime, jadeando, con sangre corriendo por su rostro y sus ojos brillando con una luz febril, mantuvo el puño en su lugar, empujando con cada onza de su voluntad.
—”¡Esto…” —gritó ella, su voz resonando en la mente del Dios— “…es por cada mundo que borraste!”
El ambiente se volvió un vacío absoluto. El sonido, el aire y el tiempo mismo se detuvieron ante la presencia de lo que Emperor estaba a punto de manifestar. El Dios Nocturno, con su cuerpo aún vibrando por el impacto anterior, sintió que el miedo ya no era suficiente; lo que experimentaba ahora era la fascinación ante su propia extinción.
Emperor no rugió. En su lugar, el universo pareció soltar un suspiro de gravedad infinita.
En su mano derecha, la criatura alzó la Espada del Siglo Sin Fin, una hoja que no estaba hecha de metal, sino de los momentos acumulados de civilizaciones enteras; un arma que no corta la carne, sino la continuidad del ser. Pero fue lo que apareció en su mano izquierda lo que hizo que el Dios Nocturno soltara una carcajada de puro éxtasis y terror.
La Lanza Universal.
No era un arma, era un fragmento del código fuente de la realidad. Su brillo era de un blanco tan puro que hacía que la oscuridad del Dios pareciera un simple error de dibujo. Era la herramienta capaz de alterar la lógica de la existencia, de borrar lo que nunca debió ser escrito y de aniquilar incluso a los seres que se creen por encima de la creación.
—”Vaya, vaya… esto es demasiado peligroso”, murmuró el Dios Nocturno, su sonrisa ensanchándose mientras su propia piel empezaba a agrietarse ante la mera cercanía de la lanza. “Una criatura que no solo se adapta, sino que es capaz de matar a cualquier ser sin importar el fenómeno… ¡Eres una anomalía exquisita!”.
Emperor no respondió con palabras. Los destellos comenzaron a brotar de la Espada del Siglo Sin Fin. No eran proyectiles mágicos; eran puntos de “no-existencia” que apuntaban directamente al Dios.
—”Parece que eres demasiado molesto”, sentenció la voz de Emperor, resonando en todas las dimensiones a la vez.
El Juicio Universal
La Ofensiva de los Destellos Emperor lanzó la ráfaga. Los destellos atravesaron el espacio-tiempo, ignorando cualquier escudo. Cada vez que uno tocaba al Dios, un fragmento de su poder divino desaparecía, no como si fuera herido, sino como si nunca hubiera tenido ese poder.
La Respuesta del Dios El Dios Nocturno, sintiendo que su inmortalidad estaba siendo desmantelada, liberó su “Noche Final”, una marea de sombras que intentaba devorar la luz. Pero la Lanza Universal en la otra mano de Emperor simplemente absorbió la oscuridad, convirtiéndola en combustible para su brillo.
El Movimiento Emperor levantó ambos brazos. La Espada para congelar el destino del Dios y la Lanza para borrar su esencia.
Eime, fundida con la corona de Emperor, sentía cómo sus ojos sangraban por la intensidad de la luz universal. Sabía que este era el golpe que reescribiría la historia.
—”¡No importa cuántos reinos hayas destruido!”, rugió Eime. “¡Frente a esta lanza, tu eternidad se acaba hoy!”
El Dios Nocturno extendió sus manos, aceptando el choque con una risa demencial, mientras la punta de la Lanza Universal comenzaba a perforar el centro mismo de su existencia conceptual
El campo de batalla quedó sumergido en un silencio antinatural mientras la Lanza Universal vibraba, lista para el veredicto final. Pero en la mente de Eime, el caos no venía del Dios Nocturno, sino de la voz que acababa de retumbar en su cabeza.
“Espera un momento… él acaba de hablar”, pensó Eime, con los ojos abiertos de par en par mientras sostenía la conexión con Emperor. “¿Cómo es posible? Hace 32 años, cuando me enfrenté a él por primera vez, nunca dijo una palabra. Estuve al borde de la muerte, pero logré matarlo yo sola, sin ayuda de nadie… en aquel entonces, cuando lo de Emilia y Yuki salió tan mal”.
Eime soltó un suspiro mental amargo. Recordar a esas dos peleando siempre era agotador; a veces parecía que disfrutaban más intentando matarse entre ellas que cumpliendo la misión. Pero su prioridad siempre había sido una: su Líder Supremo.
“Aunque sea un tontito, tengo que ayudarlo”, se dijo con una mezcla de ternura y frustración. “Él aún no sabe nada de su verdadero origen… pero mientras luchaba contra este Dios, sentí algo que me heló la sangre. Si este tipo ni siquiera está usando el 1% de su poder, ¿qué pasará cuando lo use por completo? Este mundo simplemente dejará de existir”.
Eime sacudió la cabeza para recuperar el enfoque. Pensar en sus compañeros era lo único que la mantenía cuerda bajo la presión de la Lanza. Inglis, la Reina de la Lucha, siempre tan fuerte y directa. Shalltear, la Helada Vampira del Apocalipsis, con esa elegancia mortal.
—”Y yo… la consentida de Carlos”, murmuró Eime con una sonrisa pequeña y orgullosa, recordando el apodo que Fer le había puesto. “Al menos Kai y él aprendieron la lección después de las torturas que les di por burlarse de mí… Jum”.
El Dios Nocturno, viendo que Eime parecía distraída por un segundo, intentó un movimiento desesperado, pero Emperor, moviéndose por voluntad propia, hundió la Lanza Universal unos centímetros más en el pecho de la deidad.
—”No te distraigas, Eime”, la voz de Emperor volvió a sonar, profunda y ancestral. “Este falso dios no merece más de nuestro tiempo. Si el líder ha de despertar, este estorbo debe ser erradicado”.
Eime apretó los dientes y se puso firme sobre el lomo de la criatura.
—”Tienes razón, Emperor. No importa cuánto poder oculte este tipo en su forma real… no vamos a dejar que toque a Carlos”.
El Momento Crucial
Eime canalizó toda su energía en la punta de la Lanza. Ya no era solo una pelea de poder; era una cuestión de protección. Los recuerdos de las torturas a Kai, de las discusiones con Inglis y de la lealtad hacia Carlos se fundieron en un solo golpe.
—”¡Por haberme llamado consentida y por amenazar a mi Señor!” —gritó Eime—. “¡Impacto de la Realidad Absoluta!”
La escena se volvió un cuadro de horror absoluto en un parpadeo. Eime, que hace un instante sentía la confianza de sus títulos y sus recuerdos, sintió un frío vacío donde antes estaban sus extremidades. El dolor no llegó de inmediato; primero fue el impacto visual de ver sus propios brazos caer, seguidos por esa lluvia tibia y escarlata que empapó el suelo del Reino Temporal.
El Dios Nocturno no era un oponente; era una fuerza de la naturaleza desatada.
Emperor, la entidad que parecía invencible y que acababa de mostrar el don del habla, fue interceptado con una facilidad aterradora. El Dios Nocturno ni siquiera necesitó una postura de combate complicada: un tajo limpio, un destello de oscuridad, y la cabeza de Emperor se separó del cuerpo. Con un giro de muñeca, el Dios golpeó el torso decapitado, mandándolo a estrellarse contra el suelo en una explosión colosal que agrietó la realidad misma, levantando una nube de polvo y energía residual que ocultó todo el campo de batalla.
El Dios Nocturno se quedó de pie, flotando sobre el cráter, con esa sonrisa aterradora que parecía ensancharse con cada gota de sangre que caía. No había rastro del “1%” de poder que Eime temía; esto era algo mucho más profundo y antiguo.
—”¿32 años, dices?” —La voz del Dios Nocturno no salió de su boca, sino que vibró en los huesos de Eime mientras ella caía de rodillas, debilitada por la pérdida de sangre—. “Mataste a un cascarón vacío, pequeña consentida… Aquel día solo querías sobrevivir. Hoy, has decidido morir por un ‘tontito’ que no comprende la magnitud de lo que soy”.
Eime, respirando con dificultad y viendo cómo su visión se tornaba borrosa, solo podía pensar en una cosa.
El Dios Nocturno soltó una carcajada seca, pero se detuvo en seco cuando vio la expresión de Eime. A pesar de los brazos amputados y la sangre que empapaba el suelo, ella no mostraba miedo. En su rostro se dibujaba esa sonrisa peligrosa que solo aparece cuando alguien sabe algo que el resto del mundo ignora.
—”Ese tipo… lo subestimé, mierda”, siseó Eime entre dientes, ignorando el dolor punzante. “Pero aun así… creo que te olvidaste de alguien, dios de mierda”.
El Dios Nocturno entrecerró los ojos, su aura de oscuridad ondeando como llamas negras.
—”¿A qué te refieres con eso, mocosa? ¿Acaso no lo ves? Estás al borde de la muerte. Ese patético Líder Supremo tuyo te abandonó a tu suerte”.
Pero antes de que pudiera terminar su burla, un estruendo metálico y un pulso de energía antinatural sacudieron el cráter. En el centro de la explosión colosal, Emperor se puso en pie.
No fue una recuperación normal. Su cabeza se regeneró en un estallido de fibras oscuras y luz esmeralda. Comenzó a caminar lentamente, pero su silueta ya no era la de un guerrero común. Desenfundó su tercera hoja: la Espada de la Mortalidad, una pieza que parecía latir con el hambre de un vacío eterno.
La Mutación de la Inmortalidad
El cuerpo de Emperor crujió mientras crecía. Sus músculos se expandieron en una mutación perfecta, su piel se tornó de un tono cenizo reforzado por escamas de energía. Sus ojos, antes vacíos, ahora brillaban con una mezcla tóxica de dorado y verde, una mirada que no pertenecía a un ser vivo, ni a un demonio, sino a algo mucho peor que un monstruo.
El aire alrededor de Emperor se volvió pesado, casi sólido. El Dios Nocturno retrocedió un paso, sintiendo por primera vez una presión siniestra y aterradora que superaba su propia divinidad.
—”Parece que subestimé al monstruo que invocaste, niña…” —murmuró el Dios, su sonrisa desapareciendo por completo mientras levantaba sus manos para defenderse—. “Eso no es una invocación… es un error de la creación”.
Emperor no rugió. Simplemente avanzó, cada paso dejando una huella de muerte en la realidad misma. La Espada de la Mortalidad comenzó a emitir un zumbido que silenciaba cualquier otro sonido en el mundo.
El cielo del Reino Temporal se fracturó, tiñéndose de un púrpura agónico mientras el choque de estas dos potencias hacía que la realidad misma chirriara. Ya no era una pelea; era una colisión de conceptos fundamentales: la Divinidad contra la Mortalidad Absoluta.
Emperor, ahora una masa de músculos mutados y escamas esmeralda, se lanzó hacia adelante con una velocidad que distorsionaba el espacio. No corría, se proyectaba. La Espada de la Mortalidad dejó un rastro de ceniza en el aire. El Dios Nocturno, recuperando su orgullo, manifestó dos guadañas de oscuridad pura y recibió el impacto.
El Impacto: Cuando el acero de Emperor chocó contra la energía del Dios, una onda de choque barrió el campo de batalla, desintegrando las montañas lejanas y convirtiendo las nubes en vapor.
La Regeneración de Eime: Mientras ellos luchaban, el aura dorada y verde que emanaba de Emperor comenzó a cauterizar las heridas de Eime. Sus brazos empezaron a reconstruirse con hilos de energía, aunque el dolor era una tortura que la hacía morderse los labios hasta sangrar.
Danza Macabra
El Dios Nocturno desaparecía y reaparecía, lanzando tajos que habrían borrado galaxias enteras, pero Emperor no esquivaba. Recibía los golpes. Cada vez que una guadaña le abría el pecho, la herida se cerraba instantáneamente con un sonido de succión metálica
.
—”¡Muere, error de la creación!” —rugió el Dios, concentrando el 10% de su poder en una esfera de vacío absoluto.
Emperor simplemente levantó su brazo gigante, ahora cubierto de runas que brillaban con una intensidad cegadora. Con un movimiento seco de la Espada de la Mortalidad, cortó la esfera de vacío a la mitad. El vacío explotó, pero Emperor atravesó las llamas negras sin un solo rasguño, su mirada dorada fija en el cuello del Dios.
El Contraataque Siniestro
Emperor soltó un rugido que no era humano; era el sonido de mil almas gritando en sintonía. Su tercera espada se alargó, transformándose en un látigo de hojas dentadas que envolvieron al Dios Nocturno.
Primer Impacto Emperor atrajo al Dios hacia él con una fuerza bruta que dislocó los hombros de la deidad.
Segundo ImpactoUn rodillazo cargado de aura verde impactó en el plexo solar del Dios, haciéndole escupir una sustancia dorada: sangre divina.
El Clímax: Emperor clavó la Espada de la Mortalidad directamente en el suelo.
—”Dominio del Fin: Sepulcro de los Dioses”, retumbó la voz de Emperor, más profunda que el mismo abismo.
Cadenas de energía esmeralda brotaron de la tierra, atrapando las alas del Dios Nocturno y clavándolo al suelo. El Dios, por primera vez en eones, sintió miedo. La sonrisa de Eime se ensanchó mientras sus nuevos brazos terminaban de formarse.
—”Te lo dije, basura…” —susurró Eime, poniéndose en pie con dificultad—. “Mi tontito no es el único que te va a dar problemas. Cuando Emperor despierta esa forma, incluso el destino se arrodilla”.
El Reino Temporal se desvanece ante mis ojos, dejando solo el rastro de una melancolía que el tiempo no puede borrar. Observo a Emanuel desde este plano de luces pálidas, donde el dolor físico ya no existe, pero el peso de verlo romperse una y otra vez me parte el alma de una manera que ni la muerte puede silenciar.
El Lamento de un Alma en Espera
Mis manos, ahora hechas de hilos de luz, tiemblan al intentar rozar su rostro. Él no puede verme, pero yo estoy aquí, envuelta en el humo de una batalla que no parece tener fin.
—”Emanuel… mi caballero, mi único y verdadero amor”, susurro, mientras una lágrima etérea se desliza por mi mejilla. “Veo tus manos manchadas de sangre y tu corazón envuelto en sombras, y me duele saber que te has convertido en alguien que nunca quisiste ser por mi ausencia. Te esfuerzas tanto por encontrar una paz que tú mismo te niegas, cargando culpas que no te pertenecen”.
Aún guardo la esperanza de que encuentres esa carta, Emanuel. En ella está la verdad que tus padres y los míos ocultaron bajo un manto de traiciones. Yo fui ciega, amor mío; no vi el veneno que mi propia sangre destilaba hasta que fue demasiado tarde. Adán Solar no solo me arrebató la vida y nos quitó a nuestra hija; él plantó la semilla de la duda en tu alma para que te destruyeras desde adentro.
El Recuerdo de la Herida Abierta
Cierro los ojos y regreso a ese momento en la academia. Éramos tan jóvenes, tan llenos de vida. Me cautivaste con esos detalles, con esa caballerosidad que te hacía destacar entre todos. Nuestra graduación fue el inicio de lo que creímos sería nuestra eternidad. Pero el destino tenía preparada una crueldad que ningún ser humano debería soportar.
Aún puedo ver la escena de aquella casa, el lugar donde debí conocer a tus padres y celebrar nuestra unión. El olor a hierro me golpeó antes de entrar, y el desastre me heló la sangre. Te encontré allí, de rodillas, llorando con un descaro que me desgarró el pecho.
—”Vi cómo tus ojos se perdían en el horror…”, murmuro, recordando sus cuerpos colgados, sus rostros desfigurados por una tortura que buscaba romperte a ti, no a ellos. “Esa cicatriz que se formó en tu espíritu aquel día es una marca que ningún hechizo ni victoria podrá sanar del todo. Pero quiero que sepas algo, mi vida: a pesar de todo, te elegiría una y mil veces más”.
Una Sonrisa en la Eternidad
Prefiero esta eternidad de espera, habiendo vivido esos momentos de felicidad inquebrantable a tu lado, que una vida larga y vacía sin haber conocido tu amor. Sé que no mataste a aquel joven en el lago del Reino Platinos del Amanecer; sé que tu esencia sigue ahí, luchando contra la oscuridad que te impusieron. Solo querías protegernos, incluso cuando ya nos habías perdido.
Con una sonrisa cálida y llena de una ternura infinita, me quedo aquí, en el límite de tu visión. Soy la mujer que te espera al final de la jornada, la que sabe que, bajo esa armadura de odio y poder, sigue latiendo el corazón del hombre detallista que me dio una hija y una vida que valió la pena defender.
—”Encuéntrame en tus sueños, Emanuel. Encuentra la carta. Pero sobre todo… encuentra el perdón para ti mismo”.
El velo de los recuerdos se vuelve más denso, cargado con el olor a metal y el miedo frío que precede a la tragedia. Jimena observa la escena de su propia caída, reviviendo el momento exacto en que la traición se materializó frente a sus ojos.
La Cobardía de un Rey
—”Adán Solar… ojalá te pudras en lo más profundo del infierno”, sisea Jimena desde el éter, con una voz que vibra con una furia divina. “Toda esta sangre, todo este dolor, solo porque un ‘plebeyo’ te humilló demostrando que su corazón era más noble que tu corona. Fuiste tan cobarde que no pudiste enfrentarlo a él; tuviste que destruir todo lo que amaba para sentirte poderoso”.
Ella recuerda el asco que sintió al descubrir que sus propios padres no eran más que mercenarios de su propia hija, sobornados por las monedas de oro de un rey herido en su orgullo.
El Callejón del Destino
La imagen se aclara. Años atrás, en un rincón que debería haber sido seguro, el sonido de las botas metálicas contra el suelo de piedra anunció el fin.
—”¡Mamá! ¿Qué está pasando? ¿Por qué ellos nos apuntan con sus espadas?”, la voz pequeña de Alicia corta el aire como un cuchillo.
Jimena siente de nuevo el impulso de protegerla, de ocultarla tras sus faldas. Siente la mano pequeña de su hija aferrada a su vestido con una fuerza desesperada.
—”No te preocupes, Alicia… todo estará bien. Esto tiene que ser un error”, susurró Jimena en aquel entonces, aunque su corazón golpeaba su pecho como un tambor de guerra.
Sus ojos buscaron una salida entre el círculo de soldados, pero solo encontró los rostros impasibles de hombres que habían vendido su honor por Adán Solar. Detrás de ellos, la sombra de la traición familiar se sentía como una soga apretándose en su cuello. Ella sabía que Emanuel no llegaría a tiempo. Sabía que esta trampa no era para capturarla, sino para borrar la luz de la vida de su esposo.
El Sacrificio Silencioso
Jimena, en el presente, mira a Emanuel luchando contra el Dios Nocturno.
—”Esa fue la última mentira que le dije a nuestra hija, Emanuel. ‘Todo estará bien’. Y desde entonces, he cargado con ese peso. Pero ahora que sé que Adán fue quien orquestó cada tragedia, desde la muerte de tus padres hasta mi asesinato… mi amor se transforma en una llama que quiero que tú uses”.
La presencia de Jimena empieza a brillar con una intensidad rojiza, reflejando su indignación. En el campo de batalla, una energía cálida pero violenta comienza a rodear a Emanuel, como si el espíritu de su esposa estuviera infundiéndole la verdad a través del aura.
El eco del alma de Jimena se expande por el Reino Temporal, alejándose por un instante de la violencia de la batalla para enfocarse en la única luz que aún brilla en su memoria: Alicia.
.
Una Oración en el Vacío
Jimena cierra los ojos, dejando que la imagen de su hija —la última vez que la vio, pequeña y aterrorizada— inunde su ser.
—”Lograste escapar, pequeña mía… pero ¿a qué costo?”, susurra Jimena, y su voz parece una caricia de viento sobre el campo de batalla. “Sé que eres fuerte. Llevas mi sangre, la sangre de una caballera que nunca se rindió, y la voluntad inquebrantable de tu padre. 19 años… ya no eres la niña que protegí entre mis brazos. Eres una mujer, y sé que el mundo ha sido duro contigo, pero no pierdas la esperanza. Él te encontrará, o tú lo encontrarás a él”.
Un Mensaje para el Desconocido
De repente, la mirada etérea de Jimena se desvía. No busca a Emanuel, ni a Emperor. Su percepción se clava en una presencia que aún no comprende del todo, pero que siente como un eje central en este caos: Carlos Tanaka Sánchez.
—”Carlos…”, pronuncia su nombre con una mezcla de respeto y súplica. “No sé quién eres, ni qué hilos del destino te trajeron a este lugar de sombras. Pero si algún día nos vemos en el mundo de los muertos, en el reino de los caídos o en el rincón más profundo de un sueño… te pido un favor que mi esposo, consumido por su dolor, quizá no pueda cumplir ahora”.
Jimena junta sus manos de luz, como si rezara ante una deidad que no es la que está frente a ellos.
—”Si la encuentras… si alguna vez te cruzas con una joven de 19 años que lleva el peso de un pasado roto en sus ojos… cuídala. Ella es el último rastro de la felicidad que una vez tuvimos. No sé a dónde la llevó el viento después de aquel día sangriento, pero sé que sigue viva. Lo siento en mi esencia”.
El Destino se Entrelaza
Jimena mira de nuevo hacia la batalla. La mención de Carlos parece crear un puente invisible entre el pasado de ella y el futuro de él. La revelación de que Alicia podría estar en algún lugar del mundo, ahora con 19 años, cambia el propósito de todo. Ya no es solo una lucha por venganza; es una carrera por la redención y el reencuentro.
El Dios Nocturno ríe, sintiendo la distracción en el ambiente, pero Emperor no se detiene.
El destino tiene un sentido del humor retorcido y cruel. Mientras en el Reino Temporal la sangre de dioses y monstruos se derrama, en el Reino Platinos del Amanecer, la última pieza del rompecabezas camina bajo el sol, ignorando que es el centro de una tormenta que está por estallar.
La Heredera del Dolor: Alicia
Alicia suspira, ajustando el equipo de aventurera que lleva con una elegancia natural que delata su linaje de caballeros. Es alta, de una belleza que intimida, y su rostro es un mapa vivo de la historia de sus padres: el cabello negro azabache de Jimena y esos ojos hipnóticos, una mezcla heterocromática de morado y verde que parecen ver más allá de lo evidente.
—”Parece que vivir como aventurera no está mal… ¿A quién engaño?”, dice haciendo un puchero que rompe por un momento su aura de guerrera. “Me ha ido fatal. Sigo esperando, sigo buscando… pero este reino me da una paz que no termino de aceptar”.
Se detiene frente a una fuente, mirando su reflejo. No ha olvidado el frío del acero ni los gritos de aquel día. Los rumores de un Caballero Oscuro que pasó por esas tierras hace años la atormentan; sabe que es él, sabe que su padre se convirtió en una sombra, pero el rastro siempre se enfría antes de alcanzarlo.
El Objetivo: La Sangre de los Tanaka
—”¡Oh, vamos, Alicia! Nos asignaron una misión…”, interrumpe Hiro, acercándose con prisa.
—”Sí, sí, ya lo sé, Hiro. Entiendo tu desesperación, así que tranquis, ¿sí?”, responde ella con una frialdad juguetona. “Tengo que averiguar más sobre ese tal Carlos”.
Hiro se detiene, su expresión volviéndose seria.
—”¿Te refieres al hijo de una de las 12 grandes familias? Su padre es el más peligroso de las tres grandes, Josué Tanaka. Escuché que se enfrentó a un Abismal él solo en el desierto y lo aniquiló. Dicen que era un General del Abismo… aunque los rumores son extraños. Algunos dicen que dos mujeres misteriosas hicieron el trabajo sucio y que luego apareció alguien mucho más fuerte”.
Alicia aprieta el puño. En su mente, el nombre de Carlos Tanaka Sánchez no es solo un objetivo para un duelo; es el hilo que la conecta con el mundo de las altas esferas, el lugar donde se esconden los secretos de la desaparición de su padre y la muerte de su madre.
—”Si es tan fuerte como dicen, él sabrá algo”, murmura Alicia, y sus ojos morados y verdes brillan con una determinación que haría temblar al mismo Adán Solar. “Quiero desafiarlo. Quiero ver si la sangre de los Tanaka es tan legendaria como cuentan… o si solo es otra mentira de este mundo podrido”.
En el Reino Temporal:
Mientras tanto, a kilómetros de distancia y en otra dimensión, el Dios Nocturno siente un escalofrío. La “venganza bañada en sangre” de la que hablaba Jimena ya no es solo una profecía; ha tomado forma en una joven que está a punto de colisionar con el heredero de Josué.
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