The strongest warrior of humanity - Capítulo 197
- Inicio
- Todas las novelas
- The strongest warrior of humanity
- Capítulo 197 - Capítulo 197: Capitulo 197 la traición de tu propia invocación
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 197: Capitulo 197 la traición de tu propia invocación
El Dios Nocturno tragó saliva, un gesto humano que delataba su terror, pero ese miedo se transformó rápidamente en una resolución gélida. Su rostro se hundió en una seriedad absoluta: la mirada de una deidad que ha decidido que su oponente es demasiado peligroso para dejarlo respirar un segundo más.
—”Entonces, que así sea”, rugió el Dios, condensando toda la oscuridad del Reino Temporal en la palma de su mano. “¡Prueba el peso de una existencia eterna!”
Emperor se agachó, acumulando energía en sus piernas mutadas para lanzar el golpe final con la Espada de la Mortalidad, pero antes de que pudiera saltar, una presencia lo detuvo..
Desde el suelo, Eime se puso en pie. El sonido de sus huesos recolocándose y la carne regenerándose bajo el aura de Emperor era casi rítmico. Sus nuevos brazos, envueltos en un vapor escarlata, se sentían más ligeros, más fuertes. Una risa retorcida y arrogante escapó de sus labios, una carcajada que desafiaba a la muerte misma.
—”¿Crees que un par de extremidades cortadas me detendrían, basura divina?”, siseó Eime.
En un parpadeo, desapareció.
Ni siquiera Yuki, con sus sentidos agudizados, habría sido capaz de rastrear ese nivel de agilidad. Eime ya no corría; era un borrón cinético que desafiaba las leyes de la física. El potencial oculto de la “Reina de la Lucha” finalmente se desbordó, haciendo que el Reino Temporal temblara bajo la presión de su intención asesina.
La batalla se transformó en una sinfonía de destrucción donde se mezclaron tres
(Emperor): Usando su fuerza mutada, Emperor lanzaba estocadas pesadas que agrietaban el espacio. Cada vez que el Dios Nocturno intentaba retroceder, Emperor clavaba su espada en el suelo, creando pilares de energía dorada y verde que encerraban al Dios en una jaula de mortalidad.
Acrobático Sangriento (Eime): Eime se movía por el aire como si caminara sobre hilos invisibles. Aparecía sobre los hombros del Dios, le clavaba dagas de energía en los ojos y desaparecía antes de que la deidad pudiera reaccionar. Su combate era una danza de humillación y velocidad pura.
Divino del Vacío (Dios Nocturno) Acorralado, el Dios desató su técnica más prohibida: “El Manto de las Estrellas Muertas”. Miles de agujas de gravedad negativa llovieron sobre el campo, obligando a Eime y Emperor a coordinarse por primera vez.
El Clímax del Encuentro..
—”¡Ahora, Emperor!”, gritó Eime, impulsándose en el pecho del monstruo mutado.
Emperor lanzó un tajo horizontal con la Espada de la Mortalidad que cortó las defensas del Dios, mientras Eime, aprovechando la apertura, apareció justo frente al rostro de la deidad. Con una mano regenerada, le sujetó la mandíbula y le propinó un rodillazo cargado con todo su potencial acumulado, haciendo que el cráneo divino crujiera.
El Dios Nocturno salió disparado, atravesando tres dimensiones antes de detenerse, sangrando oro puro.
Eime retrocedió un par de metros, con la respiración entrecortada pero manteniendo esa guardia perfecta que la hacía parecer intocable. Sus ojos, afilados como cuchillas, no dejaban de escanear cada micro-movimiento del Dios Nocturno.
—”Si se trata de sobrevivir, soy la mejor en esto… aunque huir no es lo mío”, murmuró para sí misma, limpiándose un rastro de sangre del labio con el dorso de su mano regenerada.
A kilómetros de distancia, en la comodidad de su trono o quizás simplemente caminando por los pasillos de su mente, Carlos soltó un estornudo violento que hizo eco en las paredes.
—”Mierda… otra vez están hablando mal de mí, maldita sea la desgracia”, gruñó Carlos, rascándose la nariz con fastidio. “Eime… cuando regreses, te juro que te daré un castigo de los que se recuerdan. Directo al calabozo por hablar a mis espaldas”.
El Análisis de la Reina de la Lucha
Eime, ajena al berrinche de su líder, bloqueó un proyectil de sombra con el antebrazo, sintiendo la vibración del impacto recorrer sus huesos. Su mente volaba a mil por hora, analizando la arrogancia de su oponente.
—”Veo que este tipo está tramando algo… ¿A qué hora dejará de jugar y peleará en serio?”, pensó con frustración. “¿O es que solo me ve como un juguete? ¿Un entretenimiento antes de destruirme?”.
Se le escapó un gruñido. La idea de ser subestimada la quemaba por dentro más que cualquier herida física. Estaba a punto de soltar una grosería de esas que harían sonrojar a un demonio, pero se contuvo. No quería perder la compostura, no quería que nadie —y mucho menos Emilia— viera la humillación que estaba sintiendo.
—”Espero que Emilia no sea tan agresiva conmigo después de esto… soy humana, no un robot”, se quejó mentalmente. “Y este dios… esta escoria. Ya me tiene harta con su historia de que mató a todos en la guerra. ¡Supéralo, maldito egocéntrico!”.
El Verdadero Dolor de Eime
Pero lo que más le dolía no era el tajo en su costado o la presión del Dios Nocturno. Era el silencio de Carlos.
—”¡Y para colmo ni siquiera me ha correspondido la confesión que le hice!”, gritó en su mente mientras esquivaba una guadaña de vacío por milímetros. “Ahhh, ¡maldita sea, Carlos! Te voy a matar si no me das un trato especial después de que sobreviva a esta mierda”.
Con esa rabia acumulada —la rabia de una mujer herida en su orgullo y en su corazón—, Eime se impulsó hacia adelante. Ya no era solo una batalla por el mundo; era una descarga de frustración personal.
—”¡Oye, Dios de pacotilla! ¡Deja de jugar y muéstrame ese 100% de una vez, que tengo asuntos pendientes con mi jefe!”, rugió Eime, lanzando un golpe imbuido en una energía rosa neón que distorsionó la cara del Dios Nocturno.
“, sentenció la deidad. “Mi ataque puede destruir una nación entera. No me importa si sobrevives o mueras, humana insignificante. Crees que tú y esa criatura pueden vencerme… pero están muy equivocados”.
La Traición de la Invocación
Eime se preparó para el impacto, esperando que Emperor actuara como su escudo definitivo. Pero entonces, el horror: Emperor dejó de atacar. Su imponente figura se desvaneció en el aire para reaparecer en un lugar que Eime no pudo predecir.
—”¿Qué…? Cómo es posible…”, alcanzó a decir Eime, con los ojos dilatados por el pánico
—”Solo cállate, maldita escoria”, rugió el Dios Nocturno, pero la voz no venía de él, sino que parecía una orden impuesta sobre la voluntad del monstruo.
Emperor apareció detrás de Eime con una velocidad que superaba todo lo visto anteriormente. Sin que ella pudiera siquiera parpadear, sintió el frío acero de la Espada de la Mortalidad. Un tajo limpio le cercenó la oreja mientras el impacto la mandaba a volar por los aires. Pero Emperor no había terminado. Como un rayo de muerte, interceptó su cuerpo en pleno vuelo, cortando sus extremidades con una precisión quirúrgica y cruel.
Eime caía, ahora sí, hacia una muerte segura a manos de su propio protector.
El Titiritero Divino
El Dios Nocturno descendió lentamente, observando el cuerpo mutilado de Eime con una satisfacción sádica.
—”Te lo dije… fue un error usarlo contra mí”, dijo el Dios con una sonrisa gélida. “Yo puedo manipular a quien sea, sin importar si sufre o si disfruta del dolor. Los humanos son tan confiados; creen que cuando tienen la victoria asegurada, el triunfo les pertenece. No siempre es así”.
El Dios extendió su mano hacia Emperor, quien ahora permanecía inmóvil, como un perro fiel esperando órdenes
—”Fue bastante complicado tomar el control de esta masa de odio, pero me sirvió para entender algo: esta cosa vale millones. Me será muy útil para limpiar este mundo de una vez por todas”.
Eime, en el suelo, veía su propia sangre encharcarse. Su conexión con la invocación estaba rota. El “tontito” que ella tanto defendía se había convertido en su verdugo bajo la voluntad del Dios.
La atmósfera, cargada con el olor metálico de la sangre y el ozono de la magia divina, se volvió densa como el plomo. El Dios Nocturno, saboreando cada segundo de su victoria, se alejó con paso elegante, su risa resonando en las paredes invisibles del Reino Temporal.
—”Fuiste una persona maravillosa, niña. Luchaste bien, jamás te olvidaré. Estuviste grandiosa… Bueno, monstruo, acaba con ella”.
Emperor avanzaba con la pesadez de una montaña y la frialdad de una tumba. La Espada de la Mortalidad, envuelta en ese brillo dorado y verde ahora corrompido, se elevó por encima de su cabeza. No había duda en sus ojos, solo la obediencia absoluta al titiritero divino.
—”¡Por favor, detente! ¡Basta! ¡Emperor, te ordeno que te detengas!”, gritaba Eime, con la voz quebrada y el cuerpo incapaz de responder.
—”Jajaja, niña insignificante”, se burló el Dios desde la distancia. “Él no va a obedecer ninguna orden. Estás acabada. Morirás aquí, bajo el acero que tú misma invocaste”.
Eime apretó los dientes, sintiendo la humillación y el miedo recorriendo sus venas. No podía correr, no podía luchar. Cerró los ojos con fuerza, esperando el golpe final que separaría su cabeza del cuerpo. El aire silbó cuando la espada comenzó su descenso mortal…
CLANG.
Un estallido sónico barrió el polvo del suelo. El suelo bajo los pies de Eime se agrietó, pero el dolor no llegó. En su lugar, sintió un aura de una violencia controlada y una elegancia letal que conocía demasiado bien.
—”Oh, Dios mío… no creí que llegaría tan tarde”.
Eime abrió los ojos lentamente. Frente a ella, bloqueando la Espada de la Mortalidad con una sola mano envuelta en una energía carmesí, estaba Emilia. Su mirada era gélida, su postura impecable a pesar del caos, y su presencia irradiaba una autoridad que hizo que incluso el Dios Nocturno dejara de reír.
—”Emilia…”, susurró Eime, entre el alivio y la vergüenza de ser vista en ese estado.
Emilia ni siquiera miró hacia atrás. Sus ojos estaban fijos en el Emperor manipulado. Con un movimiento seco, empujó la espada gigante hacia atrás, obligando al coloso a retroceder varios metros.
—”Me ausento un momento y conviertes el campo de batalla en un matadero, Eime”, dijo Emilia con un tono severo pero con un matiz de protección. Luego, giró levemente la cabeza hacia el Dios Nocturno. “Y tú… escoria divina. Has cometido el error de tocar lo que le pertenece al Líder Supremo. Espero que tu inmortalidad sea tan real como dicen, porque voy a disfrutar destruyéndola”.
El impacto de la gravedad fue tan absoluto que el suelo bajo los pies de Emperor se hundió en un cráter perfecto. La manipulación del Dios Nocturno no fue simplemente “cortada”, fue aplastada por la voluntad bruta de Emilia. El monstruo mutado soltó un alarido gutural mientras las fibras oscuras que lo controlaban se deshacían como hilos quemados.
—”¿Y tú, Eime? ¿Cómo dejaste que ese patético te robara a Emperor?”, preguntó Emilia sin siquiera mirarla, su voz cargada de una decepción que dolía más que las heridas físicas.
Eime no pudo responder; el peso de la vergüenza y el agotamiento la mantenían clavada al suelo.
El Dios Nocturno, al ver cómo su “juguete” era inutilizado en un segundo, no esperó a que Emilia terminara de hablar. Su orgullo herido se transformó en una furia ciega. Su mirada se volvió una rendija de odio puro y, antes de que el polvo de la caída de Emperor se asentara, desató su ataque final.
—”¡MUERAN TODOS!”, rugió la deidad.
Una explosión colosal barrió el Reino Temporal. Fue un estallido de energía divina y vacío que convirtió las rocas en arena y la arena en nada. El sonido fue ensordecedor, una nota única que pareció detener el latido del universo. El terreno quedó reducido a un desierto de cenizas blancas y humo negro que se elevaba hacia el cielo roto.
Cuando el eco de la explosión finalmente se apagó, el silencio que quedó fue sepulcral.
En el centro del cráter:
Una esfera de energía carmesí comenzó a disiparse lentamente. Emilia permanecía de pie, con su ropa apenas chamuscada en los bordes, protegiendo con su propio cuerpo a una Eime inconsciente. Sin embargo, el rostro de Emilia ya no mostraba arrogancia; había una pequeña gota de sangre bajando por su frente.
El Dios Nocturno jadeaba, flotando en el aire, con la mitad de su rostro desfigurado por el esfuerzo del ataque.
—”No puede ser… ¿Cómo… cómo sigues en pie?”, balbuceó el Dios, sintiendo por primera vez que su existencia corría peligro real.
—”Has agotado mi paciencia”, susurró Emilia, y el aire alrededor de ella comenzó a vibrar con una frecuencia que hacía sangrar los oídos. “Carlos me dio una orden: traer a Eime de vuelta. No dijo que debía dejar a su agresor con vida”.
El ambiente se volvió gélido. Las palabras de Emilia no solo cortaron el aire, sino que golpearon el ego del Dios Nocturno con más fuerza que cualquier impacto físico. Ella lo miraba con un desprecio absoluto, como si estuviera observando un insecto que se cree gigante solo por estar parado sobre un grano de arena.
—”Puedes destruir todo lo que quieras, humano que perdió su humanidad”, sentenció Emilia, su voz resonando en el vacío del cráter. “Pero ahora no es el momento para que estés destruyendo reinos. No significas absolutamente nada… solo eres una persona podrida por dentro que ni siquiera vale la pena”.
El Dilema del Dios
El Dios Nocturno apretó los puños, pero por primera vez, su impulso de atacar se vio frenado por la paranoia. Esa mujer no solo era fuerte; hablaba con una seguridad que sugería que conocía secretos que nadie en este plano debería poseer.
“Esa humana parece saber demasiado… y eso no me está gustando”, pensó el Dios, sintiendo un sudor frío. “Si ese mocoso, o Shiro, o alguien más de nuestro origen se enterara de lo que hay allá afuera, de quiénes son los que realmente mueven los hilos… no sabrán con quiénes se enfrentan”.
Miró a Emilia, y por un segundo, la imagen de seres mucho más aterradores que él cruzó por su mente. Sabía que, comparado con lo que acechaba en las sombras de los orígenes, él era apenas un peón.
—”Debería aniquilarla ahora mismo…”, murmuró para sí mismo, con la mano temblando de rabia. “Si la dejo vivir, será un problema. Pero… si desato todo mi poder aquí, Carlos o incluso Josué Tanaka sentirán mi presencia. No quiero llamar la atención de nadie todavía”.
La Retirada de las Sombras
El Dios Nocturno comenzó a desvanecerse en una espiral de sombras, retrocediendo hacia el desgarro dimensional del que había salido.
—”Disfruta tu pequeña victoria, sirvienta de los Tanaka”, escupió con veneno. “Dile a tu amo que el juego apenas comienza.
Con un destello oscuro, la presencia divina desapareció, dejando tras de sí un silencio absoluto y a una Emilia que, a pesar de su fachada de acero, exhaló un suspiro de alivio contenido
Emilia observó el rastro de sombras disipándose en el aire con una mueca de asco. No se movió hasta que estuvo segura de que la presencia divina se había extinguido por completo. Solo entonces, giró sobre sus talones para encarar a Eime, quien comenzaba a recuperar la consciencia entre los escombros.
La mirada de Emilia no contenía rastro de compasión; era un bloque de hielo que pesaba más que la gravedad que había usado contra Emperor.
—”Mírate. Patética”, soltó Emilia, y su voz cortó el silencio como un látigo.
Eime intentó levantarse, apoyando sus brazos recién regenerados sobre la ceniza, pero Emilia ni siquiera le ofreció una mano. Se quedó de pie, impecable, con los brazos cruzados.
El Juicio de la Elegancia Letal
—”¿En qué estabas pensando, Eime?”, continuó Emilia, dando un paso lento hacia ella. “¿De verdad creíste que podrías jugar a la heroína contra una entidad de origen divino usando una invocación que no puedes ni dominar cuando las cosas se ponen feas? Te entregaste en bandeja de plata. No solo casi haces que te maten, sino que permitiste que esa escoria usara a nuestro monstruo como su títere personal”.
Eime intentó balbucear una excusa, pero Emilia la interrumpió con un gesto seco de la mano.
—”No me des explicaciones. Guárdalas para cuando tengas que explicarle a Carlos por qué su ‘Reina de la Lucha’ terminó arrastrándose por el suelo como un gusano herido. Tu arrogancia es lo único que crece más rápido que tu fuerza, y hoy esa arrogancia casi nos cuesta una pieza valiosa”.
La Sentencia
Emilia se agachó lo suficiente para que sus ojos quedaran a la altura de los de Eime, obligándola a sostenerle la mirada
.
—”No eres un robot, lo sé. Eres humana. Pero en este mundo, ser humana no es una excusa para la mediocridad. Si vas a confesarte ante el Líder Supremo y exigir un ‘trato especial’, lo mínimo que deberías hacer es no obligarme a venir a limpiar tus desastres como si fueras una aprendiz de primer año. Me das vergüenza”
Sin esperar respuesta, Emilia invocó una corriente de energía que envolvió a Eime y al exhausto Emperor, forzando la teletransportación.
—”Levántate. No voy a cargarte hasta la base. Camina con lo que te queda de orgullo, si es que todavía tienes algo”.
Emilia mantuvo su postura rígida, pero sus ojos se entrecerraron al mencionar aquel nombre prohibido. El tono de su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente susurrante.
—”No olvides quién fue que te enseñó y quién te entrenó, Eime. Te crié para ser un arma, no para ser una víctima de tus propios sentimientos”, sentenció Emilia, aunque la mención de la Droga del Dios Demonio de la Destrucción hizo que la atmósfera se volviera aún más pesada que antes.
La Amenaza del Apocalipsis Químico
Emilia sacó un pequeño frasco con un residuo violáceo que había recuperado de los restos de la batalla. Lo sostuvo frente a los ojos de Eime con una mezcla de repugnancia y cautela.
—”¿Crees que no sé lo peligroso que es? He visto lo que hace esa mierda. Si esa droga llega a manos de un ejército, no habrá guerra, habrá una extinción. No es solo poder; es una distorsión de la esencia que convierte a los seres vivos en motores de colapso. Si la población deja de existir, no habrá mundo que el Líder Supremo pueda gobernar”.
Emilia guardó el frasco y miró hacia el horizonte, donde el Reino Platinos del Amanecer se veía como una mancha de luz lejana.
—”Ese dios de escoria no solo estaba jugando contigo; estaba ganando tiempo para que la distribución comenzara. Esa droga debe ser destruida antes de que el primer soldado la consuma. Si un solo batallón se infecta con la esencia de la destrucción, el daño será irreversible”.
Una Orden sin Margen de Error
Emilia le dio la espalda a Eime, comenzando a caminar hacia la salida del Reino Temporal.
—”Límpiate la cara y trágate el dolor. Si de verdad quieres que Carlos te vea como algo más que una carga, muéstrame que puedes ser la cazadora que entrené. Tenemos que encontrar el laboratorio principal antes de que el Dios Nocturno entregue el cargamento a Adán Solar o a quien sea que esté financiando esta locura”.
Eime, aún recuperando el aliento, sintió el peso de la responsabilidad. La humillación de la derrota comenzaba a transformarse en un fuego frío de determinación. Ya no se trataba de su orgullo herido, sino de una amenaza que podría borrar todo lo que amaba.
Mientras tanto, en las afueras del Reino Platinos, Alicia ha interceptado una caravana sospechosa que transporta extraños contenedores con un símbolo que ella reconoce de los diarios de su madre.
Alicia se quedó helada. Entre el cargamento de contenedores metálicos y suministros de la caravana, sus ojos, con ese brillo único morado y verde, detectaron algo que le dio un vuelco al corazón: un libro de cuero gastado, con los bordes reforzados y un emblema que ella conocía mejor que su propia vida.
Era el diario de Jimena. El registro de una caballera, de una madre, de una mujer que había sido borrada de la historia por la traición.
—”¿Ese es el diario de mi madre? ¿Por qué esos tipos lo tienen? ¿Con qué derecho…?”, murmuró Alicia, sintiendo cómo una chispa de la furia de Emanuel empezaba a arder en su pecho.
Sin pensarlo dos veces, Alicia salió de su cobertura y caminó directamente hacia el centro de la caravana. Hiro intentó detenerla, pero ella lo apartó con un movimiento firme. Se detuvo frente al hombre que parecía liderar el transporte, un tipo de aspecto rudo con el uniforme de los mercenarios de bajo rango de Adán Solar.
—”Oye, disculpa…”, dijo Alicia, aunque su voz no pedía permiso, sino que exigía una explicación. “¿Por qué tiene usted ese diario? Es de mi madre”.
El mercenario se detuvo y la miró de arriba abajo con una sonrisa burlona. Intercambió una mirada con sus compañeros, quienes soltaron una carcajada cargada de malicia.
—”¿Tu madre, niña? No sabía que las muertas tenían hijas tan bonitas”, escupió el hombre, sujetando el diario con sus manos sucias. “Este libro es basura recuperada de una ‘traidora’. Nos ordenaron llevarlo junto con el cargamento especial hacia el palacio. Si quieres reclamarlo, tendrás que pedírselo al Rey… o quizás puedas comprárnoslo con algo más que palabras”.
Alicia sintió que el aire a su alrededor empezaba a vibrar. No era solo el diario; el olor dulzón y metálico que emanaba de los contenedores cercanos —el olor de la Droga del Dios Demonio— la estaba mareando, despertando un instinto de combate que había heredado de sus padres.
—”No lo voy a repetir”, dijo Alicia, y su ojo morado brilló con una intensidad peligrosa. “Dame el diario ahora mismo”.
El ambiente se volvió gélido en un instante. Los mercenarios, que hace un segundo se sentían dueños de la situación, se tensaron al unísono. David apareció con esa presencia calmada pero inamovible que solo poseen los que han visto demasiadas batallas, colocándose a unos pasos de Alicia.
—”Será mejor que le des el diario a la chica”, dijo David, su voz cortando la risa de los hombres como una hoja de afeitar.
El líder de los mercenarios frunció el ceño, apretando el diario de Jimena contra su pecho.
—”¿Y tú quién te crees que eres para darnos órdenes, entrometido?”
David dio un paso al frente, y la autoridad que emanaba de su figura hizo que los caballos de la caravana relincharan con nerviosismo.
—”Dáselo ahora o tendrás muchos problemas conmigo”, advirtió David con una mirada gélida. “No te pases de listo, o de lo contrario te arrestaré por robo. ¿Entendiste? Ese diario no te pertenece, y mucho menos los secretos que intentas transportar en esos contenedores”.
La Tensión Estalla
Alicia miró de reojo a David. No sabía quién era este hombre, pero sentía que su intervención no era casualidad. El aroma de la Droga de la Destrucción que emanaba de la caravana era cada vez más fuerte, y los mercenarios, viéndose acorralados, empezaron a llevar sus manos a las empuñaduras de sus espadas.
—”¡Esto es propiedad real, idiota!”, rugió el mercenario, perdiendo la paciencia. “¡Si intentas tocarnos, Adán Solar colgará tu cabeza en la plaza!”
Alicia no esperó más. La mención del asesino de su madre fue la gota que colmó el vaso. Su aura, esa mezcla de la elegancia de Jimena y la furia de Emanuel, estalló en un pulso de energía morada.
—”David tiene razón…”, siseó Alicia, sus ojos brillando con una luz sobrenatural. “Ese diario vuelve conmigo hoy. Y si para recuperarlo tengo que pasar por encima de sus cadáveres, que así sea”.
Alicia no esperó un segundo más. El aire a su alrededor se comprimió y luego estalló en una onda de choque purpúrea. No fue un simple ataque; fue una explosión de rabia acumulada por años de orfandad y preguntas sin respuesta.
—”¡Suelta lo que no es tuyo!”, rugió Alicia.
El Estallido de la Verdad
Con un movimiento fluido de sus manos, Alicia invocó una ráfaga de energía cortante que impactó directamente en el centro de la caravana. El impacto fue devastador:
El impacto: Los mercenarios salieron disparados como muñecos de trapo. El líder, que sostenía el diario, fue golpeado por la presión del aire, soltando el libro, que voló por los aires antes de ser atrapado por Alicia con una agilidad asombrosa.
La destrucción: Las carretas de madera se astillaron, y los contenedores metálicos que David tanto vigilaba se abrieron de golpe al chocar contra el suelo de piedra.
Un vapor denso y violáceo comenzó a emanar de los restos de los contenedores. El olor era insoportable, una mezcla de azufre y decadencia que hacía que la hierba a su alrededor se marchitara en segundos.
La Droga Expuesta
David cubrió su rostro con el antebrazo, retrocediendo ante la toxicidad del ambiente.
—”¡Cuidado, Alicia! No respires eso… ¡es la Droga del Dios Demonio!”, gritó David, sacando su propia espada para dispersar el vapor con una ráfaga de viento.
Al romperse los envases, no solo salió el gas. De los contenedores cayeron frascos marcados con el sello personal de Adán Solar y unas notas que detallaban rutas de distribución hacia todos los reinos vecinos. La magnitud de la traición era total: el Rey no solo estaba asesinando personas, estaba planeando envenenar a toda la población para convertirlos en esclavos de guerra sin voluntad.
El Diario Recuperado
Alicia, ignorando el caos y el peligro de la droga, apretó el diario de Jimena contra su pecho. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de emoción. Al tocar la piel gastada del libro, sintió una calidez familiar, un eco de la madre que apenas recordaba pero que siempre había amado.
—”Lo tengo…”, susurró, mientras sus ojos morados y verdes escaneaban los alrededores, viendo a los mercenarios derrotados y la evidencia del crimen de Adán Solar esparcida por el suelo.
David se acercó a ella, mirando con preocupación los frascos rotos.
—”Has hecho más que recuperar un recuerdo, Alicia. Has expuesto el fin del mundo. Pero ahora… Adán Solar sabrá que alguien lo ha descubierto. Ya no hay vuelta atrás”.
Alicia ha recuperado el diario, pero el gas de la droga está empezando a atraer a criaturas del bosque corrompidas por la esencia de la destrucción.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com