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The strongest warrior of humanity - Capítulo 198

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Capítulo 198: Capitulo 198 Alicia que has hecho

El ambiente se volvió gélido. Las palabras de Emilia no solo cortaron el aire, sino que golpearon el ego del Dios Nocturno con más fuerza que cualquier impacto físico. Ella lo miraba con un desprecio absoluto, como si estuviera observando un insecto que se cree gigante solo por estar parado sobre un grano de arena.

—”Puedes destruir todo lo que quieras, humano que perdió su humanidad”, sentenció Emilia, su voz resonando en el vacío del cráter. “Pero ahora no es el momento para que estés destruyendo reinos. No significas absolutamente nada… solo eres una persona podrida por dentro que ni siquiera vale la pena”.

El Dilema del Dios

El Dios Nocturno apretó los puños, pero por primera vez, su impulso de atacar se vio frenado por la paranoia. Esa mujer no solo era fuerte; hablaba con una seguridad que sugería que conocía secretos que nadie en este plano debería poseer.

“Esa humana parece saber demasiado… y eso no me está gustando”, pensó el Dios, sintiendo un sudor frío. “Si ese mocoso, o Shiro, o alguien más de nuestro origen se enterara de lo que hay allá afuera, de quiénes son los que realmente mueven los hilos… no sabrán con quiénes se enfrentan”.

Miró a Emilia, y por un segundo, la imagen de seres mucho más aterradores que él cruzó por su mente. Sabía que, comparado con lo que acechaba en las sombras de los orígenes, él era apenas un peón.

—”Debería aniquilarla ahora mismo…”, murmuró para sí mismo, con la mano temblando de rabia. “Si la dejo vivir, será un problema. Pero… si desato todo mi poder aquí, Carlos o incluso Josué Tanaka sentirán mi presencia. No quiero llamar la atención de nadie todavía”.

La Retirada de las Sombras

El Dios Nocturno comenzó a desvanecerse en una espiral de sombras, retrocediendo hacia el desgarro dimensional del que había salido.

—”Disfruta tu pequeña victoria, sirvienta de los Tanaka”, escupió con veneno. “Dile a tu amo que el juego apenas comienza.

Con un destello oscuro, la presencia divina desapareció, dejando tras de sí un silencio absoluto y a una Emilia que, a pesar de su fachada de acero, exhaló un suspiro de alivio contenido

Emilia observó el rastro de sombras disipándose en el aire con una mueca de asco. No se movió hasta que estuvo segura de que la presencia divina se había extinguido por completo. Solo entonces, giró sobre sus talones para encarar a Eime, quien comenzaba a recuperar la consciencia entre los escombros.

La mirada de Emilia no contenía rastro de compasión; era un bloque de hielo que pesaba más que la gravedad que había usado contra Emperor.

—”Mírate. Patética”, soltó Emilia, y su voz cortó el silencio como un látigo.

Eime intentó levantarse, apoyando sus brazos recién regenerados sobre la ceniza, pero Emilia ni siquiera le ofreció una mano. Se quedó de pie, impecable, con los brazos cruzados.

El Juicio de la Elegancia Letal

—”¿En qué estabas pensando, Eime?”, continuó Emilia, dando un paso lento hacia ella. “¿De verdad creíste que podrías jugar a la heroína contra una entidad de origen divino usando una invocación que no puedes ni dominar cuando las cosas se ponen feas? Te entregaste en bandeja de plata. No solo casi haces que te maten, sino que permitiste que esa escoria usara a nuestro monstruo como su títere personal”.

Eime intentó balbucear una excusa, pero Emilia la interrumpió con un gesto seco de la mano.

—”No me des explicaciones. Guárdalas para cuando tengas que explicarle a Carlos por qué su ‘Reina de la Lucha’ terminó arrastrándose por el suelo como un gusano herido. Tu arrogancia es lo único que crece más rápido que tu fuerza, y hoy esa arrogancia casi nos cuesta una pieza valiosa”.

La Sentencia

Emilia se agachó lo suficiente para que sus ojos quedaran a la altura de los de Eime, obligándola a sostenerle la mirada

.

—”No eres un robot, lo sé. Eres humana. Pero en este mundo, ser humana no es una excusa para la mediocridad. Si vas a confesarte ante el Líder Supremo y exigir un ‘trato especial’, lo mínimo que deberías hacer es no obligarme a venir a limpiar tus desastres como si fueras una aprendiz de primer año. Me das vergüenza”

Sin esperar respuesta, Emilia invocó una corriente de energía que envolvió a Eime y al exhausto Emperor, forzando la teletransportación.

—”Levántate. No voy a cargarte hasta la base. Camina con lo que te queda de orgullo, si es que todavía tienes algo”.

Emilia mantuvo su postura rígida, pero sus ojos se entrecerraron al mencionar aquel nombre prohibido. El tono de su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente susurrante.

—”No olvides quién fue que te enseñó y quién te entrenó, Eime. Te crié para ser un arma, no para ser una víctima de tus propios sentimientos”, sentenció Emilia, aunque la mención de la Droga del Dios Demonio de la Destrucción hizo que la atmósfera se volviera aún más pesada que antes.

La Amenaza del Apocalipsis Químico

Emilia sacó un pequeño frasco con un residuo violáceo que había recuperado de los restos de la batalla. Lo sostuvo frente a los ojos de Eime con una mezcla de repugnancia y cautela.

—”¿Crees que no sé lo peligroso que es? He visto lo que hace esa mierda. Si esa droga llega a manos de un ejército, no habrá guerra, habrá una extinción. No es solo poder; es una distorsión de la esencia que convierte a los seres vivos en motores de colapso. Si la población deja de existir, no habrá mundo que el Líder Supremo pueda gobernar”.

Emilia guardó el frasco y miró hacia el horizonte, donde el Reino Platinos del Amanecer se veía como una mancha de luz lejana.

—”Ese dios de escoria no solo estaba jugando contigo; estaba ganando tiempo para que la distribución comenzara. Esa droga debe ser destruida antes de que el primer soldado la consuma. Si un solo batallón se infecta con la esencia de la destrucción, el daño será irreversible”.

Una Orden sin Margen de Error

Emilia le dio la espalda a Eime, comenzando a caminar hacia la salida del Reino Temporal.

—”Límpiate la cara y trágate el dolor. Si de verdad quieres que Carlos te vea como algo más que una carga, muéstrame que puedes ser la cazadora que entrené. Tenemos que encontrar el laboratorio principal antes de que el Dios Nocturno entregue el cargamento a Adán Solar o a quien sea que esté financiando esta locura”.

Eime, aún recuperando el aliento, sintió el peso de la responsabilidad. La humillación de la derrota comenzaba a transformarse en un fuego frío de determinación. Ya no se trataba de su orgullo herido, sino de una amenaza que podría borrar todo lo que amaba.

Mientras tanto, en las afueras del Reino Platinos, Alicia ha interceptado una caravana sospechosa que transporta extraños contenedores con un símbolo que ella reconoce de los diarios de su madre.

Alicia se quedó helada. Entre el cargamento de contenedores metálicos y suministros de la caravana, sus ojos, con ese brillo único morado y verde, detectaron algo que le dio un vuelco al corazón: un libro de cuero gastado, con los bordes reforzados y un emblema que ella conocía mejor que su propia vida.

Era el diario de Jimena. El registro de una caballera, de una madre, de una mujer que había sido borrada de la historia por la traición.

—”¿Ese es el diario de mi madre? ¿Por qué esos tipos lo tienen? ¿Con qué derecho…?”, murmuró Alicia, sintiendo cómo una chispa de la furia de Emanuel empezaba a arder en su pecho.

Sin pensarlo dos veces, Alicia salió de su cobertura y caminó directamente hacia el centro de la caravana. Hiro intentó detenerla, pero ella lo apartó con un movimiento firme. Se detuvo frente al hombre que parecía liderar el transporte, un tipo de aspecto rudo con el uniforme de los mercenarios de bajo rango de Adán Solar.

—”Oye, disculpa…”, dijo Alicia, aunque su voz no pedía permiso, sino que exigía una explicación. “¿Por qué tiene usted ese diario? Es de mi madre”.

El mercenario se detuvo y la miró de arriba abajo con una sonrisa burlona. Intercambió una mirada con sus compañeros, quienes soltaron una carcajada cargada de malicia.

—”¿Tu madre, niña? No sabía que las muertas tenían hijas tan bonitas”, escupió el hombre, sujetando el diario con sus manos sucias. “Este libro es basura recuperada de una ‘traidora’. Nos ordenaron llevarlo junto con el cargamento especial hacia el palacio. Si quieres reclamarlo, tendrás que pedírselo al Rey… o quizás puedas comprárnoslo con algo más que palabras”.

Alicia sintió que el aire a su alrededor empezaba a vibrar. No era solo el diario; el olor dulzón y metálico que emanaba de los contenedores cercanos —el olor de la Droga del Dios Demonio— la estaba mareando, despertando un instinto de combate que había heredado de sus padres.

—”No lo voy a repetir”, dijo Alicia, y su ojo morado brilló con una intensidad peligrosa. “Dame el diario ahora mismo”.

El ambiente se volvió gélido en un instante. Los mercenarios, que hace un segundo se sentían dueños de la situación, se tensaron al unísono. David apareció con esa presencia calmada pero inamovible que solo poseen los que han visto demasiadas batallas, colocándose a unos pasos de Alicia.

—”Será mejor que le des el diario a la chica”, dijo David, su voz cortando la risa de los hombres como una hoja de afeitar.

El líder de los mercenarios frunció el ceño, apretando el diario de Jimena contra su pecho.

—”¿Y tú quién te crees que eres para darnos órdenes, entrometido?”

David dio un paso al frente, y la autoridad que emanaba de su figura hizo que los caballos de la caravana relincharan con nerviosismo.

—”Dáselo ahora o tendrás muchos problemas conmigo”, advirtió David con una mirada gélida. “No te pases de listo, o de lo contrario te arrestaré por robo. ¿Entendiste? Ese diario no te pertenece, y mucho menos los secretos que intentas transportar en esos contenedores”.

La Tensión Estalla

Alicia miró de reojo a David. No sabía quién era este hombre, pero sentía que su intervención no era casualidad. El aroma de la Droga de la Destrucción que emanaba de la caravana era cada vez más fuerte, y los mercenarios, viéndose acorralados, empezaron a llevar sus manos a las empuñaduras de sus espadas.

—”¡Esto es propiedad real, idiota!”, rugió el mercenario, perdiendo la paciencia. “¡Si intentas tocarnos, Adán Solar colgará tu cabeza en la plaza!”

Alicia no esperó más. La mención del asesino de su madre fue la gota que colmó el vaso. Su aura, esa mezcla de la elegancia de Jimena y la furia de Emanuel, estalló en un pulso de energía morada.

—”David tiene razón…”, siseó Alicia, sus ojos brillando con una luz sobrenatural. “Ese diario vuelve conmigo hoy. Y si para recuperarlo tengo que pasar por encima de sus cadáveres, que así sea”.

Alicia no esperó un segundo más. El aire a su alrededor se comprimió y luego estalló en una onda de choque purpúrea. No fue un simple ataque; fue una explosión de rabia acumulada por años de orfandad y preguntas sin respuesta.

—”¡Suelta lo que no es tuyo!”, rugió Alicia.

El Estallido de la Verdad

Con un movimiento fluido de sus manos, Alicia invocó una ráfaga de energía cortante que impactó directamente en el centro de la caravana. El impacto fue devastador:

El impacto: Los mercenarios salieron disparados como muñecos de trapo. El líder, que sostenía el diario, fue golpeado por la presión del aire, soltando el libro, que voló por los aires antes de ser atrapado por Alicia con una agilidad asombrosa.

La destrucción: Las carretas de madera se astillaron, y los contenedores metálicos que David tanto vigilaba se abrieron de golpe al chocar contra el suelo de piedra.

Un vapor denso y violáceo comenzó a emanar de los restos de los contenedores. El olor era insoportable, una mezcla de azufre y decadencia que hacía que la hierba a su alrededor se marchitara en segundos.

La Droga Expuesta

David cubrió su rostro con el antebrazo, retrocediendo ante la toxicidad del ambiente.

—”¡Cuidado, Alicia! No respires eso… ¡es la Droga del Dios Demonio!”, gritó David, sacando su propia espada para dispersar el vapor con una ráfaga de viento.

Al romperse los envases, no solo salió el gas. De los contenedores cayeron frascos marcados con el sello personal de Adán Solar y unas notas que detallaban rutas de distribución hacia todos los reinos vecinos. La magnitud de la traición era total: el Rey no solo estaba asesinando personas, estaba planeando envenenar a toda la población para convertirlos en esclavos de guerra sin voluntad.

El Diario Recuperado

Alicia, ignorando el caos y el peligro de la droga, apretó el diario de Jimena contra su pecho. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de emoción. Al tocar la piel gastada del libro, sintió una calidez familiar, un eco de la madre que apenas recordaba pero que siempre había amado.

—”Lo tengo…”, susurró, mientras sus ojos morados y verdes escaneaban los alrededores, viendo a los mercenarios derrotados y la evidencia del crimen de Adán Solar esparcida por el suelo.

David se acercó a ella, mirando con preocupación los frascos rotos.

—”Has hecho más que recuperar un recuerdo, Alicia. Has expuesto el fin del mundo. Pero ahora… Adán Solar sabrá que alguien lo ha descubierto. Ya no hay vuelta atrás”.

Alicia ha recuperado el diario, pero el gas de la droga está empezando a atraer a criaturas del bosque corrompidas por la esencia de la destrucción.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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