The strongest warrior of humanity - Capítulo 201
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Capítulo 201: Capitulo 201 Gabriel y Carlos se encuentran
El aire se comprimió hasta volverse una masa sólida de pura intención asesina. La risa de Gabriel, el Abismal más poderoso de todos los tiempos, resonó en el claro del bosque como el crujir de mil huesos secos, burlándose de la misma esencia de los presentes.
—”¡Por favor, no me hagas reír!”, exclamó Gabriel, mientras sus ojos vacíos brillaban con una luz violácea. “¿Acaso planeas hacerlo de nuevo? ¿Acaso olvidaste quién eras antes? No tienes prácticamente nada… solo eres un cascarón vacío. No olvides que tú mataste a todos en aquella lucha por la cual Shiro y tú fueron los únicos sobrevivientes en este mundo podrido”.
El Retorno del Soberano
Carlos no retrocedió ni un milímetro. Al contrario, una sombra de superioridad cruzó su rostro; una calma letal que Gabriel no esperaba encontrar en alguien que supuestamente lo había perdido todo.
—”Jajaja… ¿acaso te crees la gran cosa?”, respondió Carlos, y su voz fue un trueno sordo que cortó la presión del Abismal. “Cuando tan siquiera perdiste contra alguien que ni siquiera fue capaz de usar su poder completo… y aun así fuiste pisoteado sin piedad. Miserable demonio… o debería decirte, Soberano”.
Gabriel detuvo su caminata. Su sonrisa se ensanchó de una forma antinatural, pero una chispa de furia milenaria cruzó su mirada al ser llamado por su verdadero rango.
—”Oh, qué armonía que alguien como tú sepa mi origen…”, siseó Gabriel, sacando las manos de sus bolsillos y dejando que hilos de oscuridad líquida gotearan de sus dedos.
La Herida del Pasado
Carlos dio un paso al frente, y la presión del aura de Gabriel pareció dividirse a su paso como el mar ante una tormenta. La marca en su mano derecha comenzó a emitir un calor blanco, el “horror” que Gabriel tanto temía.
—”No me tomó mucho tiempo, Gabriel. Sé lo que hiciste hace 32 años y, aun así, fracasaste”, sentenció Carlos, clavando su mirada en el Abismal. “Tu patético plan se desmoronó desde que sentiste el verdadero horror de un caballero que demostró lo que significa ser el guerrero más fuerte. Ni tú, ni tu patético ejército de sombras pudieron contra mí”.
Shirou, al escuchar la mención de aquella masacre donde solo ellos dos quedaron en pie, apretó los dientes hasta que sus encías sangraron. El color blanco de su cabello comenzó a emitir chispas de una energía olvidada.
La mirada de Carlos se apartó de Gabriel por un instante eterno, buscando la figura de Shirou. En ese breve silencio, el tiempo pareció detenerse, y el peso de treinta y dos años de culpa cayó sobre sus hombros como una losa de granito
.
—”Recuerdo perfectamente la razón por la cual moriste, Shirou…”, murmuró Carlos, cerrando los ojos mientras sus propios pensamientos lo golpeaban con la fuerza de un huracán.
“Sé que esto fue lo que más me afectó…”, pensó Carlos con una amargura que le desgarraba el alma. “Lo mucho que caíste, al igual que Mío. Ustedes dos significaron todo lo que vieron en mí, y por mi culpa cayeron… o eso pensaba. Nunca supe quién te asesinó, Shirou. Solo te encontré y moriste en mis brazos, amigo mío”.
El Peso del Honor y la Caída..
Carlos apretó el puño con tal fuerza que la energía negra y dorada de su palma comenzó a devorar el suelo a sus pies. El recuerdo de sentir el cuerpo de su mejor amigo enfriándose entre sus manos era el motor secreto de su transformación.
—”Sigo cargando ese peso… por eso me convertí en esto”, continuó Carlos, su voz vibrando con un tono que no pertenecía a los mortales. “Nunca supe lo que significaba tener un mejor amigo hasta que te perdí. Tú siempre estabas ahí, aunque todo saliera mal… fuiste quien me brindó el honor para seguir luchando, levantándome de las cenizas”.
Fue en ese momento de vulnerabilidad extrema donde la rabia regresó, más pura y letal. La imagen de la caída, la traición sistemática de su hermano mayor Kronos y de aquellos amigos en quienes depositó su vida entera, se proyectó en su mente como una sentencia de muerte irrevocable.
—”Pero no debo olvidar mi venganza”, sentenció Carlos, volviendo su mirada gélida hacia Gabriel, aunque sus palabras cruzaban las dimensiones buscando a los traidores. “Tengo que matarlos, cueste lo que cueste”.
La tensión en el aire alcanzó un punto de no retorno. El suelo crujía bajo las botas de Carlos, quien avanzaba con una pesadez que no era física, sino el resultado de décadas de remordimientos acumulados.
“Parece que aún no estoy preparado…”, pensó Carlos mientras acortaba la distancia hacia su enemigo. “O mejor dicho, nunca lo estuve para soportar algo que tal vez no todos puedan cargar. Ese es el peso que creí poder llevar solo”.
Gabriel lo observaba con una mirada que Carlos conocía demasiado bien: los ojos del desprecio absoluto, el odio de aquel que jamás acepta la derrota. Era la mirada de un ser que, a pesar de su arrogancia, no fue capaz de conquistar un reino y terminó siendo humillado por un usuario de poder nocturno.
El Legado de los Pétalos
Mientras caminaba, una visión cruzó la mente de Carlos. Recordó el mundo cubierto de pétalos, esos que se marchitan cada vez que se pierde la vida más valiosa del mundo. Esos pétalos eran los frutos de la vida que aún les quedaba.
—”Papá…”, susurró Carlos para sí mismo, recordando aquella conversación en la terraza bajo la luz de la luna. “Tú mismo me enseñaste que esto no sería tan fácil”.
En ese instante, el aura de Carlos cambió. Ya no era solo oscuridad y arrepentimiento; un brillo etéreo, una luz que parecía nacer del alma misma, comenzó a envolver el filo de su voluntad. Era la Técnica de los Pétalos de Luz del Alma.
El Despertar del 100%
Carlos recordó cada hora de entrenamiento, cada gota de sudor buscando replicar ese brillo de la espada que su padre le mostró. Al desarrollar la técnica, la verdad se le reveló con una claridad devastadora:
—”Entendí una cosa cada vez que la usaba”, dijo Carlos en voz alta, su voz resonando con una frecuencia que hizo que Gabriel diera un paso atrás por instinto. “Vi el potencial oculto. Si lograra usarla al 100%, todos mis enemigos… tú incluido, Gabriel… serían borrados de la existencia por la técnica de mi padre”.
Un pétalo de luz pura se materializó en el aire, flotando entre Carlos y el Abismal. A pesar de su belleza, la energía que irradiaba era tan masiva que el bosque entero guardó silencio.
El aire, que antes quemaba con el odio de Gabriel, comenzó a enfriarse con una serenidad cortante. Carlos no dejó de caminar, pero su voz, ahora suave y cargada de una humanidad que el Abismal no podía comprender, llenó el vacío entre ellos.
—”Y este será el momento en que lo use…”, murmuró Carlos, sintiendo cómo los Pétalos de Luz del Alma gravitaban a su alrededor. “Existen técnicas en mi repertorio capaces de destrozar el planeta entero, Gabriel, pero hoy… hoy seré un poco más tranquilo”.
El Refugio de Natsuki
Carlos ladeó la cabeza, y por un breve segundo, la sombra del Soberano se disipó para dejar ver al hombre que amaba. Miró de reojo a Natsuki, y una sonrisa genuina, aunque melancólica, apareció en sus labios.
—”Me hiciste sentir bien, Natsu, desde que nos conocimos en la ceremonia de las 12 grandes familias”, confesó, ignorando la mueca de asco de Gabriel. “Al principio pensé que me odiarías por ser el hijo de Josué Tanaka. ¿Comprometerme con la princesa de la familia Real? Jamás imaginé que sería tan feliz a tu lado”.
Recordó las veces que ella lloraba al verlo regresar cubierto de sangre y dolor, las horas en la enfermería donde el silencio hablaba más que las palabras.
—”Lamento mucho haberte preocupado siempre”, dijo con firmeza. “Pero te lo dije una vez: si algo les pasara a ti, a mis padres, a mis hermanos o a nuestra hija… me convertiría en un monstruo con tal de protegerlas de cualquier amenaza”.
El Legado de Yue
Al mencionar a su hija, el aura de Carlos se estabilizó en un tono dorado purísimo. Recordó el momento en que Yue rompió el cascarón; cómo el calor del huevo cambió de color al mezclarse con su linaje, sellando un vínculo de sangre que la hacía su viva imagen.
—”Admito que somos felices”, continuó Carlos, soltando una pequeña risa interna. “Aunque Yue heredó mi lado infantil, cuando se pone seria… es peligrosa. Es igualita a ti, Natsuki, cuando te enojas. La chica más peligrosa hereda la costumbre”.
Se pasó la mano por la nuca, recordando con un escalofrío la paliza que Yue le dio solo por burlarse de que su madre pegaba más fuerte.
—”Es un caso perdido, igual que la otra Shimizu”, bromeó ligeramente, refiriéndose a la versión que parecía no envejecer, volviéndose más hermosa con cada batalla. “Ambas son iguales… solo se hacen más bellas mientras el mundo se cae a pedazos”.
El Fin de la Tregua
Carlos se detuvo a escasos metros de Gabriel. El brillo de los pétalos de luz ahora era cegador. La calidez de sus recuerdos con Natsuki y Yue se convirtió en el combustible final para la técnica de su padre.
—”Por ellas, Gabriel… por ese hogar que intentas ensuciar con tu presencia…”, la espada de Carlos emitió un zumbido que desgarró el espacio-tiempo. “Voy a borrarte”.
El silencio que siguió a las palabras de Carlos no fue de paz, sino el vacío que precede a una ejecución. Pero Gabriel, en lugar de retroceder ante el brillo de los Pétalos de Luz del Alma, dejó escapar una risa gélida que cortó el resplandor dorado como un cuchillo de obsidiana.
—”¿Así que vas a usar eso contra mí?”, siseó Gabriel, con una calma que hizo que a Carlos se le helara la sangre. “Pero sabes… yo no vengo solo. Hay dos personas que han estado esperando este momento exacto. Espero que esto quede como un recuerdo bastante interesante”.
El Parpadeo del Destino
En cuestión de un segundo, la realidad se fracturó. Antes de que Carlos pudiera reaccionar, el aire se desplazó con una velocidad que desafiaba las leyes de la física.
Shu apareció en un parpadeo, deslizando el filo de su espada directamente contra el cuello de Carlos, sintiendo el pulso acelerado del Soberano. Casi en el mismo instante, una segunda figura se materializó frente a su rostro, apuntando la punta de su acero directamente a sus ojos.
—”Ha pasado mucho tiempo, Tanaka Sánchez”, dijo Shu con una mirada tan aterradora y siniestra que parecía haber sido forjada en el núcleo del mismo Abismo.
El Regreso del Muerto
Carlos sintió que el mundo se desmoronaba. Al otro lado de la espada que amenazaba su rostro, reconoció los rasgos de alguien que él mismo había visto caer. Ling estaba allí, respirando, con una presencia que distorsionaba el espacio a su alrededor.
—”¿Cómo carajos sigues vivo, Ling?”, alcanzó a decir Carlos, su voz quebrada por la confusión.
—”Parece que el tiempo me dio la razón, Carlos”, respondió Ling con una frialdad mecánica. “Pero sabes algo… al que mataste fue al Ling de este mundo, así que…”
El Horror del Soberano
Carlos retrocedió mentalmente, pero físicamente estaba atrapado entre dos filos letales. Sus ojos se dilataron al procesar la energía que emanaba de Ling. No era solo supervivencia; era una anomalía que no debería existir en esta línea temporal.
—”¡Espera! Eso es… imposible”, balbuceó Carlos, sintiendo cómo la técnica de los pétalos de luz flaqueaba ante el shock. “Esto no tiene que estar pasando… maldición… ¿cómo es que…?”
Gabriel caminó lentamente hacia el círculo, deleitándose con la expresión de terror puro en el rostro de Carlos.
—”Vaya, vaya… ¿qué pasó ahora, Carlos?”, se burló Gabriel, recuperando su tono arrogante. “No te noto muy confiado. Sabes lo que he hecho, ¿verdad?”.
Carlos permaneció paralizado, con el horror grabado en el rostro al ver a Ling con vida. La confianza que le daba el recuerdo de Natsuki y Yue se convirtió en una carga pesada; ahora, con Shu y Ling rodeándolo, el Soberano se encontraba en la posición más vulnerable de su vida.
El aire, que hace un segundo estaba congelado por el filo de las espadas de Shu y Ling, comenzó a vibrar con una frecuencia agónica. Carlos, a pesar de tener el acero rozando su yugular y la punta de otra espada marcando su rostro, soltó una carcajada que descolocó por completo a sus captores.
—”Parece que lo tenías todo planeado desde un principio, ¿o me equivoco, Gabriel?”, dijo Carlos, su sonrisa transformándose en una mueca de arrogancia pura que desafiaba la muerte. “Pero si Shu y Ling usaran toda su fuerza y su magia… admito que me darían más problemas de los que me gustaría”.
El Error del Abismal
Gabriel se acercó, saboreando lo que creía era el final del Soberano.
—”Eres lo más patético que he visto en mi vida”, escupió Gabriel con desprecio. “Ellos te verán morir frente a mis ojos. Disfrutaré cada segundo de tu caída”.
—”Tal vez tengas razón”, respondió Carlos, cuyos ojos brillaron con un destello dorado que no era de este mundo. “Si caigo, al menos ella será quien te borre para siempre”.
Gabriel soltó una carcajada burlona, mirando a su alrededor con superioridad.
—”¿Te refieres a Shiro Shimizu? Jajaja… ¿crees que esa estúpida podrá hacer algo estando sellada bajo mi poder?”.
—”Tienes razón, ella está sellada”, replicó Carlos, ensanchando su sonrisa mientras el suelo comenzaba a agrietarse bajo los pies de Shu. “Pero sabes algo… ella te está escuchando justamente ahora”.
El Regreso
Un estallido de energía blanca y azul fracturó el espacio detrás de Gabriel. La presión era tan masiva que Shu y Ling tuvieron que retroceder instintivamente, liberando a Carlos de su encierro. De la nada, una figura emergió con una elegancia letal, envuelta en un aura que hacía que la oscuridad de Gabriel pareciera una simple sombra.
—”Así que tan confiado, ¿no crees, Gabriel?”, resonó una voz femenina que cortó el viento como una guillotina.
Gabriel se giró, su rostro palideciendo hasta volverse gris.
—”Espera un momento… ¿cómo diablos…? ¿Por qué estás aquí si yo te sellé?”.
Shiro caminó hacia adelante, desenvainando su espada con una lentitud aterradora. Sus ojos reflejaban una experiencia que superaba la lógica humana.
—”Estás en lo cierto, me sellaste”, sentenció Shiro, y cada palabra suya hacía que el aire se volviera pesado como el plomo. “Lo que no calculaste es que tu magia era mi mayor debilidad… pero pude superarlo. Entrené y perfeccioné mis poderes y técnicas durante lo que pareció un millón de años atrapada en ese mundo de sellos. Me sentí muy sola, Gabriel, y por eso tuve que volverme más fuerte para no volver a confiarme”.
La Sentencia de la Más Fuerte
Shiro se detuvo al lado de Carlos, cruzando una mirada de complicidad con su mejor amigo antes de fijar su vista en el Abismal, quien temblaba de pura rabia e incredulidad.
—”¿Lo recuerdas?”, dijo Shiro con una calma glacial. “Tú mismo lo dijiste: ni siquiera puedes vencerme… porque yo soy la más fuerte”.
La calma de Shiro era casi más aterradora que el despliegue de poder de Carlos. Se mantuvo firme, con la mano apoyada en la empuñadura de su espada, mirando a Gabriel como si fuera un insecto bajo un microscopio. Sus palabras, cargadas con el peso de un millón de años de soledad y entrenamiento, resonaron en todo el campo de batalla.
—”Puedo ser tan inútil, pero adivina qué…”, soltó Shiro con una frialdad que hizo que Shu y Ling apretaran sus guardias. “Yo no me voy a entrometer en la venganza de Carlos. Él sabe lo que hace. Y si él desea acabar con todo este mundo, está en todo su derecho. El mundo le dio la espalda; yo sé cómo es realmente”.
El Escudo de la Lealtad
Shiro dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre Gabriel y el agotado pero furioso Carlos.
—”Sé lo que vivió y lo que sufrió porque siempre he estado con él. Para mí, él significa muchas cosas. Él no puede abandonar a los demás; siempre está dispuesto a darlo todo durante la guerra o en cualquier sacrificio… Incluso si eso significa destruirse a sí mismo”.
Gabriel retrocedió un paso, su rostro antes triunfante ahora era una máscara de sospecha y duda. Shiro no solo había regresado más fuerte, sino que traía consigo verdades que él pensaba que estaban enterradas en el caos de la guerra.
El Secreto del Dios Nocturno
—”El mayor misterio aquí, Gabriel…”, continuó Shiro, entrecerrando los ojos, “es por qué el Dios Nocturno se une con el enemigo. ¿A qué costo le hiciste la oferta? ¿Acaso sabes algo que nadie más en este mundo sabe?”.
El silencio que siguió fue absoluto. Hasta el viento pareció detenerse. Shiro clavó su mirada en los ojos de Gabriel, desnudando sus intenciones.
—”Y te voy a advertir algo, y espero que seas claro y firme: dime por qué están fabricando la Droga del Dios Demonio de la Destrucción. ¿Acaso sabes lo que eso significa? Todo lo que conocemos será algo mucho más peligroso que unos simples muertos vivientes. Estás jugando con una fuerza que no puedes controlar”.
La Tensión de la Verdad
Gabriel apretó los dientes, su elegancia desmoronándose ante el interrogatorio de la mujer que se suponía debía estar sellada por la eternidad. Miró a Ling y a Shu, buscando una salida, pero la presencia de Shiro y la determinación de Carlos lo tenían acorralado.
Natsuki, al fondo, sintió un escalofrío. La mención de esa droga cambiaba todo. No se trataba solo de una guerra por el poder, sino de una amenaza existencial que podría borrar la vida misma de la faz de la tierra.
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