The strongest warrior of humanity - Capítulo 30
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30: capitulo 30 – Ecos en el Lago 30: capitulo 30 – Ecos en el Lago La mirada de Mío estaba fija, preocupada.
Observaba a Carlos, su rostro tenso, discutiendo con Freya.
El aire se cargaba con una tensión invisible.
—¿De verdad estás bromeando?
—la voz de Freya cortó el silencio—.
No hablo en serio, tú fuiste quien empezó, insultando y hablando mal de Mío.
Además, no es como si yo fuera la culpable.
—¿Te haces la víctima?
Carlos la observó con frialdad.
—¿Hay algún problema con eso?
El silencio cayó pesado.
Los ojos de Freya se encendieron.
Carlos continuó, con voz baja pero firme: —Por lo que veo… solo eres una mujer arrogante e inmadura.
Freya frunció el ceño, su tono se volvió filoso: —¿Qué dijiste?
Una pausa.
Carlos soltó un suspiro profundo, cansado.
—Supongo que no tienes nada más que decir —dijo finalmente, dándose media vuelta—.
Bueno, nos tendremos que ir.
Natsuki, tú también.
Mío, vienes con nosotros.
—¿Pero… a dónde iremos, Carlos?
—preguntó Natsuki, mirándolo con seriedad.
Carlos bajó la mirada.
—No es nada, Natsuki.
Solo que… no comprendo a la gente.
Simplemente no me caen bien, eso es todo.
El silencio volvió a caer entre ellos.
Las hojas se movían con el viento.
Carlos parecía perdido en sus propios pensamientos.
—A veces siento que todo sale mal —susurró—, aunque no haya razón para actuar así.
¿Está bien sentirme de esta manera?
Su voz se quebró.
—Supongo que… estoy realmente deprimido.
No sé las causas, pero lo que sí sé es que todo lo que me rodea… parece a punto de colapsar por sí solo.
Sus recuerdos comenzaron a despertar.
Las imágenes se mezclaban.
Carlos, sentado sobre el pasto, frente al mar.
El cielo nocturno se extendía, las estrellas temblaban en lo alto.
El rumor de las olas acompañaba su respiración.
—Qué hermosa se ve la vista… —susurró.
Una luz tenue se reflejó en la superficie del mar, envolviéndolo en un resplandor suave.
Pero al inclinarse para mirar su reflejo en el agua, el brillo cambió.
El reflejo lo devolvía empapado en sangre.
Carlos retrocedió, aterrorizado.
No supo cómo reaccionar.
El miedo lo paralizó.
—¿De verdad está bien que yo esté solo?
—preguntó en voz baja, casi como un eco.
El reflejo en el agua parecía observarlo.
Sus propias palabras resonaban dentro de su cabeza.
—¿Felicidad?
¿Amor de una persona?
¿Ser amado por alguien?
No sabía lo que buscaba.
Ni siquiera sabía si seguía buscando.
No tenía nada.
Estaba completamente solo.
Un mundo sin fin, una guerra que jamás podría ganar.
Todo lo que conocía… ya no existía.
El peso del recuerdo lo hundió.
Cayó de rodillas, con la mirada perdida.
Un dolor profundo lo atravesó.
Un vacío imposible de llenar.
La vida no era como uno la deseaba.
Y aunque uno intentara cambiar el futuro… eso no borraba lo que se había perdido.
Carlos apretó los puños.
Golpeó el suelo con rabia, con impotencia.
Las lágrimas caían, silenciosas.
—¿De qué sirve que yo sobreviva si no puedo ni siquiera proteger lo que debía proteger?
—gritó entre sollozos.
El eco de su voz se perdió entre los árboles.
Las ondas del lago temblaron.
Entonces, algo se movió detrás de él.
Una silueta surgió desde las sombras.
La luz del agua la envolvió poco a poco.
Era Shiro.
Su piel era blanca, con destellos azulados.
El cabello largo, lacio, azul como el cielo del amanecer.
Su presencia era serena, pero su mirada… llena de preocupación.
Shiro observó a Carlos, caído en el suelo, llorando desconsoladamente.
Sus labios temblaron.
Quería correr hacia él, abrazarlo, decirle que todo estaría bien.
Pero no podía.
Ni siquiera ella podía pronunciar esas palabras.
—¿Por qué Carlos y yo somos iguales?
—pensó con tristeza.
Ambos lo perdimos todo.
Todo lo que más amamos.
Y aun así… debemos seguir.
Porque la vida sigue.
Y si nosotros no seguimos luchando… este mundo terminará en cenizas.
El reflejo de ambos brilló sobre la superficie del lago: dos almas heridas, bajo un mismo cielo, intentando no romperse.
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