The strongest warrior of humanity - Capítulo 66
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66: capitulo 66 una luz de esperanza 66: capitulo 66 una luz de esperanza No me puedo rendir.
Tengo que ayudar a los demás.
¿De qué sirve esforzarme si no sigo hasta el final?
Solo tengo una razón: ser reconocido por mi propio padre.
Tengo que demostrar lo que valgo; no quiero ser un fracaso.
No puedo permitirlo.
Pero debo seguir.
—No—, una sonrisa extraña se dibuja en mi rostro.
Recuerdo las palabras de mi abuelo: Miguel, si hay algo que quieras alcanzar, si tienes un motivo, puedes lograrlo.
Nunca renuncies a lo que eres.
Muéstrales de qué estás hecho; demuestra tu valor.
No eres un caballero por la armadura, sino por lo que eres como humano.
El tiempo lo confirma.
Hay luz y oscuridad, pero no siempre tenemos suerte.
No te rindas, porque el fracaso abre más puertas de las que imaginas.
Encontrarás el éxito con el paso del tiempo; deja que las cosas fluyan.
Todos ustedes están luchando con todo lo que tienen.
No están solos… ¿me equivoco, chicas?
Lucía aparece en el campo de batalla sosteniendo dos espadas; su mirada es intensa.
—¡Vamos, Lucía, eres demasiado rápida!
—dice Melissa.
—Hay cosas que no entenderías —responde Lucía con una sonrisa malévola—.
Soy la tormenta que trae caos al mundo.
No podemos dejar que ellos carguen con todo.
Minutos antes de la batalla, quedamos fuera de combate; Shirou resultó gravemente herido.
No podíamos abandonarlo, así que Hiko y Mei nos ayudaron para retirarlo de esa masacre.
—¿De verdad está bien dejárselos a ustedes?
—pregunta Mei, una chica de cabello blanco y negro; sus ojos grises no pierden la seriedad.
—Por supuesto —responde Hiko—.
Es mejor que no regresen; gracias por la ayuda, de verdad les agradezco mucho.
—No tienes por qué decirlo —contesta Hiko—.
Todo lo que hacemos es para ayudar.
—Aunque me preocupa que esto no haya terminado —murmuro—.
¿De verdad estarán bien?
—Confía en mí —dice Melissa—.
Por algo quedé entre los primeros en los exámenes.
Hiko suspira.
—En verdad eres alguien sorprendente.
—Se gira hacia Mei—.
Ya es hora de irnos, Mei.
Antes de irse, aseguran que Carlos esté bien.
—Lo tendremos en cuenta —dice Melissa.
—Vaya, contigo, Lucía, das algo de miedo —bromea alguien—.
Vamos, no seas tan miedosa.
—Tenemos cosas que hacer —responde Lucía, implacable—.
Un momento.
—Se vuelve hacia Freya, Mio y Natsu—.
¿Oigan?
¿No les dije que se fueran, ustedes tres?
—¿Apoco?
—dijo Freya con tono burlón—.
¿A dónde tan alterada?
Lucía frunció el ceño, su mirada se volvió filosa.
—Oye, de verdad… te estás ganando una enemiga.
—¿Oh, sí?
—replicó Freya con una sonrisa desafiante—.
Además, yo fui la que se enfrentó a él.
Sé cómo derrotarlo.
—¿Qué mierda?
¿Hasta ahorita lo vienes diciendo?
—Lucía apretó los puños, su voz cargada de furia.
—Tal vez lo hubiera dicho antes, pero no hubo tiempo.
—Pero… —Natsu intervino con el ceño fruncido—.
Tranquila, salvaremos a Carlos.
Confía en nosotros.
—Tengo miedo —su voz se quebró—.
Tengo mucho miedo de que él… Mio se acercó lentamente y la abrazó con fuerza.
—Yo también tengo miedo de que Carlos muera —susurró—.
Pero debemos tener esperanza.
Lucía desvió la mirada, tragando la rabia que sentía.
—Es tal como dijo Mio, no podemos perder la esperanza.
—Sus palabras temblaron—.
Pero tú, Freya… ¿qué haces aquí?
—¿No es obvio?
—Freya la miró con seriedad por primera vez—.
Vine a ayudar.
Después de todo, soy la única que sabe cómo expulsar a Lucifer del cuerpo de Carlos.
El aire se volvió pesado.
El sonido distante de explosiones resonaba desde el campo.
—Este es el plan, chicas —dijo Freya con firmeza—.
Escúchenme con atención.
Mientras tanto, en la distancia, Gojo había acorralado a Lucifer.
Sus golpes eran tan veloces que el aire crujía con cada impacto.
Shiro atacaba al mismo tiempo, su espada desprendía destellos que cortaban el cielo.
Lucifer rugía de furia, cada embate lo hacía retroceder.
El caos estaba a punto de desatarse.
La batalla final apenas comenzaba.
Miguel se perdió por un instante en sus pensamientos.
Los movimientos de esos dos… pensó con asombro.
Están en un nivel completamente diferente.
Es como si estuviera viendo a dos monstruos al borde de una guerra.
El aire se distorsionaba con cada golpe.
—¡Gojo, ten cuidado!
—gritó Shiro, una sonrisa decidida en el rostro.
Ambos se movían con velocidad sobrehumana, intercambiando golpes y miradas que cortaban el aire como relámpagos.
Lucifer los bloqueaba uno tras otro, defendiéndose con fuerza brutal.
Una sonrisa penetrante se dibujó en su rostro; sus ojos ardían con locura.
Estaba disfrutando la pelea.
—Debo reconocerlo… —su voz resonó como un trueno oscuro—.
Tienen lo suficiente para enfrentarme.
En verdad, los felicito por haber llegado hasta el final.
Se merecen mis más sinceros aplausos.
Lucifer levantó su brazo, su aura expandiéndose como una marea negra.
El suelo comenzó a fracturarse bajo sus pies.
Pero antes de que pudiera atacar, un destello verde cruzó el campo.
—¿Qué…?
—murmuró Lucifer, sorprendido.
Miguel apareció frente a él, moviéndose a una velocidad jamás vista.
Su puño, envuelto en una luz verde brillante, lo golpeó de lleno, haciendo que el demonio se estrellara contra el suelo con una onda expansiva ensordecedora.
Era como si la naturaleza misma hubiera despertado en su interior.
Una energía pura, salvaje y abrumadora emanaba de su cuerpo.
Lucifer gruñó, levantándose entre el polvo.
—¡Maldito mocoso!
¿Cómo es que sigues de pie?
Hace unos instantes te dejé bajo tierra.
Miguel lo miró con calma, su expresión dura como el acero.
—Siempre encuentro la forma de levantarme —dijo con voz firme—.
No importa cuántas veces me derriben… siempre regreso.
Lucifer apretó los dientes.
—Ese niño… Shiro gritó—¡Es ahora o nunca, Lucía!
En el cielo, una figura se alzó entre las nubes.
Lucía descendía con ambas espadas envueltas en oscuridad pura.
—Tormenta de Sombras.
—Su voz resonó como un juicio final.
Una ráfaga de energía oscura cayó sobre Lucifer.
El impacto fue devastador: el cielo se iluminó con un resplandor cegador, y una explosión envolvió todo en fuego y destrucción.
La tierra tembló, el aire ardió, y en medio del caos… el rugido de Lucifer se apagó entre las llamas.
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