The strongest warrior of humanity - Capítulo 71
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71: capitulo71 El inicio de mi camino 71: capitulo71 El inicio de mi camino Había pasado un tiempo desde el incidente en la academia.
Carlos ya había cumplido los 14 años, y aunque parecía poco… el peso de los acontecimientos demostraba que todo apenas era el comienzo del verdadero desastre.
Mientras tanto, en el Mundo Abismal, una atmósfera densa y sofocante envolvía la gran cámara del trono.
Las sombras vibraban como si tuvieran vida propia.
Los 14 Abismales más poderosos estaban reunidos.
Sus presencias deformaban el aire, cada uno exudando un poder tan enorme que cualquier humano se volvería cenizas solo con mirarlos.
Lucifer dio un paso al frente.
Su sonrisa… aquella sonrisa siniestra que siempre ocultaba algo más profundo.
—Me alegra verlos aquí, amigos míos —dijo con un tono que helaba la sangre—.
Los mandé llamar porque… he logrado mi objetivo.
Un silencio pesado cayó sobre la sala.
Los abismales se miraron entre sí, sorprendidos.
—¿D-De verdad lo hiciste?
—preguntó Lucas, incrédulo—.
Es difícil creer que, en tan poco tiempo, hayas conseguido EXACTAMENTE lo que querías.
Lucifer soltó una risa baja.
—Lo sé, Lucas… es difícil de creer.
Sobre todo para alguien que siempre duda de mí.
Pero deberías saberlo mejor que nadie… yo nunca fallo.
Y siempre consigo lo que quiero, sin importar lo drásticas que sean las medidas.
Las miradas se tensaron.
—Al igual que ustedes… mi objetivo es Carlos Tanaka Sánchez —continuó Lucifer—.
Tuve la oportunidad de pelear contra él… y controlar su cuerpo por unos instantes.
Los demás guardaron silencio.
Entonces Lucifer dejó caer la bomba: —Y me enteré de algo que les interesará muchísimo.
Sayu, con los brazos cruzados y su mirada fría, intervino.
—¿A qué te refieres, Lucifer?
Él chasqueó la lengua.
—Oh, vamos, mi querida Sayu… deberías entenderme un poco.
Ejem… como decía —alzó la voz, su tono volviéndose grave—.
Lo que vi es preocupante.
Hay personas… criaturas… que son mucho más fuertes de lo que imaginábamos.
Incluso más fuertes que Carlos.
Uno de los abismales, un desconocido envuelto en sombras, preguntó: —¿Dices que además de ese chico… hay otros seres que superan su poder?
—Por supuesto —Lucifer sonrió con malicia—.
Y si los reuní hoy es para advertirles: ni se les ocurra enfrentarse a ellos.
No todavía.
Un murmullo inquieto recorrió la sala.
—Nuestro objetivo principal —continuó Lucifer— es la Reliquia Sagrada de Dios.
Para eso… debemos esperar un poco más antes de movernos.
—¿¡Qué!?
—bufó uno de ellos—.
¿Cómo que esperar?
Lucifer, sabes mejor que nadie que— El aire se cortó.
La sombra de Lucifer se expandió detrás de él como un dios oscuro que amenazaba con devorar todo.
—¿Acaso no escuchaste lo que dije?
—su voz sonó como un trueno contenido—.
Aún no podemos movernos.
Si lo hacemos ahora… arruinaremos nuestros planes.
Y créeme, Laxuz… aunque quieras caos, este no es el momento.
Laxuz apretó los dientes con rabia, incapaz de replicar.
Un hilo de sangre bajó por su labio donde lo había mordido.
Lucifer sonrió satisfecho.
—Tengan paciencia.
El caos llegará… y cuando llegue… ni los cielos ni la tierra podrán detenernos.
Es tal como dice Lucifer.
Una voz calmada, firme y llena de autoridad resonó entre todos: era Gabriel, uno de los abismales más antiguos.
Su presencia silenció incluso a los más impulsivos.
—Solo debemos esperar… ¿pero cuánto tiempo?
—preguntó Gabriel, con la mirada clavada en Lucifer.
Lucifer entrecerró los ojos, disfrutando del peso que tenía ese silencio.
—Sobre eso… —cruzó los brazos con una sonrisa confiada— yo diría que uno o dos años.
Necesitamos preparar un plan, una estrategia que asegure nuestra victoria.
Hasta entonces, movernos entre las sombras será lo más prudente.
Nadie debe saber nada sobre nuestros planes… por ahora.
Un murmullo inquieto recorrió la mesa hecha de obsidiana viva.
Lucifer continuó: —Además, ya he manipulado a varias razas.
Tengo todo a mi favor.
—Oh… qué envidia te tengo, Lucifer —bufó Gabriel con una carcajada suave, casi elegante—.
Tienes a todas las razas bajo tu control.
Es… magnífico, ¿no lo crees?
—Magnífico no es la palabra —Lucifer inclinó la cabeza con una expresión oscura—.
Es solo… necesario.
Y sería bueno que mostraras más respeto ante mí.
Su tono siniestro hizo que incluso la temperatura del salón descendiera.
Gabriel soltó una sonrisa torcida.
—Vaya, vaya… no seas tan dramático, Lucifer.
¿O quieres que revivamos los viejos tiempos?
Un silencio pesado cayó.
Lucifer lo rompió con una risa grave.
—Ni que lo digas.
En aquellos tiempos no existía un ser humano capaz de detenernos.
Ni siquiera los Diez Legendarios Héroes.
El aire se volvió más denso.
Todos recordaban ese nombre.
—El Rey de los Héroes… —dijo Sayu, con su mirada fría temblando apenas—.
Incluso él cayó ante aquel ser… el que ascendió a convertirse en un dios.
—Exacto —respondió Lucifer—.
Fuimos testigos de aquella masacre, de aquella guerra bañada en sangre.
Y no olviden por qué aún seguimos vivos.
La sala se enmudeció por completo.
Incluso laxuz dejó de rechinar los dientes.
Lucifer continuó: —Fue gracias al pacto con el Dios Nocturno y el Dios Antiguo.
Aunque el Dios Antiguo perdió… y el Nocturno desapareció.
Creí que el había aniquilado a todo su clan, pero al parecer cuatro sobrevivieron.
Un destello de interés recorrió a los presentes.
—Por el momento —dijo Lucifer, su sonrisa deformándose en una expresión macabra— solo he encontrado a tres de esas personas.
Sus ojos se iluminaron como brasas.
—Deberíamos ir primero… por ellos.
Regresando a la Academia Ryouou (Clannad) —Oye, Carlos… ¿no crees que deberíamos ir al campo de Ciencia Mágica?
—preguntó Abrán, inclinando la cabeza con curiosidad.
—Tal vez tengas razón, hermano.
¿Pero por qué quieres ir a esa clase?
—Tenía curiosidad —respondió Abrán con una sonrisa ligera—.
La ciencia mágica es interesante, me gusta aprender cosas nuevas… y es divertido, hermano.
Además, después de todo lo que ocurrió, creo que es buena idea distraernos un poco.
—Es verdad… —Carlos suspiró—.
Todo lo que pasó aquel día fue algo que nadie pudo prever.
Pero oye… al menos logramos sobrevivir a esa amenaza.
Por ahora solo quiero descansar… y no ser esclavo de nadie nunca más.
—¿De verdad fue tan peligroso?
—preguntó Abrán, aunque en su voz había un leve temor.
Carlos dejó de caminar.
Entró en sus propios pensamientos, su mirada perdiéndose por un instante.
«En verdad nadie sabía lo que estaba ocurriendo… solo unos pocos alcanzaron a verlo.
Cuando me interrogaron el director de la academia y la comandante angélica… fue lo último que quería: revelar lo que me hizo Lucifer.
Lo que se llevó de dentro de mí… algo me dice que las cosas se pondrán peor.
Mucho peor.» Apretó los puños, tratando de controlar el temblor.
«No sé qué busca realmente… pero tengo claro al menos una cosa: No debo perder la esperanza.» Por ahora debía ir a ver la clase de ciencias que mi hermano tanto mencionaba.
No sabía qué tan interesante podría ser, pero quizá aprendería algo nuevo.
Además, necesitaba estudiar para las siguientes materias; no podía seguir atrasándome.
—Hermano, ya llegamos.
Hay que entrar —dijo Abrán con una sonrisa alegre.
Solté una pequeña risa.
Mi hermano se veía realmente feliz; si a él le gustaba esto, tal vez a mí también podría gustarme.
Pero justo cuando íbamos a entrar, vi a Miguel caminando hacia nosotros.
—Ah, ¿ustedes también van a entrar?
—preguntó Miguel, mirándonos con su típica seriedad.
—Claro —respondió Abrán—.
Mi hermano y yo íbamos a entrar.
Tú eres Miguel Sasai, ¿verdad?
—Correcto.
Y tú debes ser Abrán… el hermano de este tonto.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo que tonto?
Miguel, no sé qué te traes contra mí.
¿Qué te hice?
—pregunté, realmente confundido.
Miguel suspiró, como si responderle le diera flojera.
—Hay cosas que nunca vas a entender, Carlos.
Simplemente… hay cosas de ti que no me gustan.
Eso es todo.
Pero bueno —chasqueó los dedos—, hay que entrar juntos.
—¡Oigan, esperen, no entren sin mí!
—gritó una voz femenina.
Una chica corría hacia nosotros… pero antes de llegar, tropezó y cayó de lleno al suelo.
—¡A-Ahh!
—gritó Mei al impactar.
Parecía haberse torcido el tobillo.
Miguel reaccionó de inmediato y fue hacia ella.
Se agachó y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.
Mei la tomó tímidamente, el rostro completamente rojo por la vergüenza.
—P-perdón… soy una torpe —murmuró ella—.
Tenía prisa y pensé que no llegaría… jeje —soltó una sonrisa nerviosa, aún sonrojada.
Miguel la miró con un suspiro, pero había en sus ojos una leve preocupación.
—Solo ten más cuidado —dijo en voz baja.
Esta chica… de verdad es alguien extraña.
Aunque, en el momento en que la vi caer, corrí hacia ella sin siquiera pensarlo… como si me importara más de lo que debería.
Y no voy a negarlo: es hermosa.
Sus ojos, su mirada, esa sonrisa torpe pero cálida… era como tener a una pequeña diosa frente a mí.
—Tendré cuidado para la próxima vez, muchas gracias… este… ¿quién eras?
—preguntó Mei con una sonrisa confundida.
Miguel se quedó en blanco.
Literalmente cayó sentado al suelo.
—¿D-de verdad… no te acuerdas quién soy?
—murmuró, tocándose la frente.
Luego suspiró—.
Bueno… me presento.
Me llamo Miguel.
—¡Oh!
Mucho gusto, Miguel.
Y perdón por no acordarme de tu nombre —respondió ella, inclinándose un poco avergonzada.
—No… no te preocupes —dijo él, intentando sonar tranquilo—.
Es normal que alguien no se acuerde de los demás.
Yo pude escuchar cómo Miguel suspiraba para sus adentros.
Aunque su expresión seria intentaba ocultarlo, estaba claro que la situación lo había golpeado más de lo que admitiría.
—Me alegro que hayamos tenido esta plática —continuó él—.
Dijiste que ibas a entrar, ¿verdad?
—Sí, es verdad —respondió Mei con una sonrisa que iluminó el pasillo.
Miguel se quedó inmóvil.
No solo se sonrojó… estaba rojo como un tomate.
Esa sonrisa había sido un golpe directo.
«Esta chica es… demasiado adorable.
Me pregunto si alguien como yo tendría alguna oportunidad de salir con ella algún día… No lo sé.
Pero cuando la veo, mi corazón late tan fuerte que no sé cómo comportarme.
Aunque… supongo que ella es uno de los motivos por los que vine aquí.» Miguel bajó la mirada, intentando recuperar la compostura, mientras Mei se acomodaba el cabello sin darse cuenta de lo que provocaba.
«Este chico… me mira raro.
¿Se habrá golpeado la cabeza?» —pensó Mei mientras ladeaba un poco el rostro.
Cada vez que Miguel la veía, ella no podía evitar ponerse nerviosa.
Había algo en su mirada… algo que buscaba en ella, algo que no sabía identificar, pero que despertaba un cosquilleo extraño en su pecho.
Aun así, una sonrisa suave se dibujó en su rostro.
«Espero poder conocerlo mejor…» A unos pasos de distancia… —Oye, oye, Abrán… ¿viste eso?
—susurró Carlos, tratando de contener la risa.
—Sí lo vi, hermano.
Y no seas chismoso —respondió Abrán cruzándose de brazos.
—Oh, vamos, Abrán… ¡esto es increíble!
¡Miguel casi voló hacia ella!
—Carlos no podía dejar de sonreír ante la escena.
Abrán soltó un suspiro largo y lo miró de reojo.
—Hermano… tú también viviste eso con Natsu.
Carlos se congeló.
Un temblor recorrió su espalda.
—No me lo recuerdes… esa mujer sí me da miedo… —Eso no decías cuando estaban juntos en la enfermería —disparó Abrán con una sonrisa malévola.
Carlos quedó paralizado, su expresión era pura tragedia.
—Q-qué más viste… —preguntó él, con una voz tan temblorosa que casi se quebraba.
—No te preocupes, hermano —dijo Abrán con calma—.
Solo te vi llorando… cuando dijiste que darías tu vida para protegernos.
Carlos bajó la mirada.
La sombra de ese recuerdo cayó sobre él como un peso frío.
Sus manos se tensaron ligeramente.
—Hermano… —continuó Abrán con voz más suave—.
No lo dije para que te deprimieras.
Solo que… me dio curiosidad.
Carlos levantó lentamente la vista.
—Cuando dijiste que… si algo nos pasaba… te convertirías en un monstruo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
El pasillo se volvió silencioso por un instante.
Una tensión sutil, profunda, atravesó a ambos.
Carlos apretó los dientes apenas.
Esa promesa… esa oscuridad dentro de él… algo que no debía despertar.
Hay cosas que todavía me preocupaban… pero mi prioridad seguía siendo la misma: volverme más fuerte.
—En fin —dije exhalando—, ya es hora de entrar, Abrán.
—Sí, hermano, vamos.
Entramos a la clase de Ciencia Mágica, también conocida como el área de Herramientas Arcanas.
A diferencia de las clases normales, esta aula tenía un aroma a metal caliente y cristales energéticos; máquinas extrañas, cristales incrustados y mesas llenas de piezas mágicas nos rodeaban.
Esta clase no solo trataba sobre herramientas.
Era investigación, tecnología, expansión del mana, incluso un método para que personas sin afinidad mágica pudieran manifestar energía.
Con los años, esta rama se volvió indispensable, al punto de que experimentaban con estudiantes para medir el avance de la tecnología.
Pensé en voz baja: Si quiero seguir adelante… también debo aprender a crear mi propia espada mágica.
Entender cómo se fabrica.
Cómo se alimenta.
Cómo respira una herramienta mágica.
Un profesor entró con paso firme y enérgico.
—¡Bien!
Me alegra mucho verlos aquí, muchachos.
—Alzó una mano con una sonrisa orgullosa—.
Me presento: soy el profesor Nicolás.
Es un honor tenerlos a todos en mi clase.
En el centro del salón, frente a nosotros, había una estatua humanoide con una expresión rígida.
Su presencia… era extraña.
Mis ojos se abrieron un poco.
Espera un momento… esa mirada… ¿no es una de las esculturas de los 10 Legendarios Héroes?
¿Qué hace algo así aquí?
Nicolás golpeó suavemente la estatua.
—Me imagino que muchos se lo preguntan.
Hoy les enseñaré sobre el uso de esta tecnología.
Señaló la base del monumento.
—Este artefacto mágico… es una de nuestras herramientas de combate y emboscada más avanzadas.
Su función depende de la energía que ustedes le entreguen.
Los murmullos crecieron en el salón.
—Alguien que quiera participar —pidió el profesor.
—Yo, profesor.
—Una mano se alzó con seguridad.
Era un chico de cabello castaño, ojos grisáceos detrás de unos anteojos.
Farid.
Uno de los estudiantes de las 12 Grandes Familias.
Me sorprendió verlo ahí.
Y al verlo bien… No vino solo.
—Yo también, profesor.
—Y yo… Dos manos más se levantaron.
Una chica de cabello oscuro, ojos color café y gesto alegre —también con lentes—: Kimberly.
Y un chico de mirada seria y tímida, cabello oscuro y ojos rojos brillantes: Kevin.
La atmósfera del salón cambió de inmediato.
Los tres juntos… tenían una presencia diferente.
La clase apenas estaba por comenzar, pero algo en mi interior presintió que ese día no sería como los demás.
Ambos pasaron al frente.
Sus miradas… se clavaron en mí.
Los tres me observaban como si quisieran algo de mí, como si esperaran un movimiento, una respuesta… o una señal que solo ellos entendían.
A un lado, Miguel y Mei también me miraban, pero con otra expresión.
—¿De verdad crees que Carlos esté bien?
—preguntó Mei, inquieta.
—No te preocupes —respondió Miguel con su tono distante—.
Él sabe lo que hace.
—Ehhh… —una pequeña sonrisa nerviosa salió del rostro de Mei—.
¿No te llevas bien con Carlos?
Miguel soltó un suspiro cansado.
—Es tal como dices… no me llevo para nada con él.
A veces pienso que tiene una buena familia que se preocupa demasiado por él.
Pero a mí… ni siquiera mis padres vinieron a verme cuando estuve al borde de la muerte.
Quería… por lo menos quería que vinieran.
Que me abrazaran.
Que me dijeran que todo estaría bien.
Bajó la mirada.
Sus manos temblaron apenas.
—Pero cada vez que pienso en eso… solo me hundo más.
La frustración que sentí en ese momento… —tragó saliva— fue algo que deseé que mis padres estuvieran allí.
Pero veo que no les importó.
Y luego, al ver a Carlos… su madre fue la que me dio un abrazo.
Aunque yo no fuera su hijo… ella lo hizo.
No sé por qué.
Solo sé que Carlos tiene una buena madre.
Que siempre se preocupa por los demás.
Y su padre… aunque serio y con esa mirada penetrante… es diferente a mi propio padre.
Mei abrió los ojos sorprendida.
No esperaba escuchar algo así de Miguel.
—Tu padre fue el que me dio un consejo —dijo Miguel con voz baja.
La escena de ese día volvió a su mente: “Muchacho, ¿y tus padres?” Había sido Josué quien le preguntó eso.
Y al ver cómo Miguel bajaba la mirada, él entendió al instante lo que estaba pasando.
—No tienes por qué deprimirte de esa manera —le dijo Josué, firme—.
La vida es dura.
Créeme, yo antes era como tú.
Yo pasé por eso.
Pero aun así seguí adelante.
No abandones tu sueño, ni tus esperanzas, niño.
Tal vez no podamos hacer mucho por ti, pero… —Josué sonrió—.
¿Qué te parece si algún día vienes a buscarme?
Yo te entrenaré.
Te daré algunos consejos.
¿Qué dices?
Esas palabras golpearon el corazón de Miguel como un rayo.
Un vacío se abrió dentro de él… y después, lágrimas.
Lágrimas que ya no podía contener.
Mei se cubrió la boca sorprendida.
Carlos los miraba de reojo, sin entender lo que ocurría.
Miguel se veía roto… pero por primera vez, liberado.
—No te contengas, Miguel —dijo Hina Sánchez acercándose a él con voz cálida—.
Suelta lo que tienes dentro.
Sé que es duro… y en verdad lo siento por todo lo que has pasado.
No puedo ser la solución a tus problemas… pero te lo diré: Nunca estés negativo.
Siempre ve hacia adelante.
No dejes que la oscuridad te hunda.
Tienes un corazón fuerte… de acero.
Solo mira al mundo con una sonrisa.
Miguel apretó los dientes… y dejó que todo el dolor saliera.
Carlos miraba a Miguel.
¿Qué le habrá pasado?
Tal vez tenga problemas… quizá más tarde debería hablar con él y que me cuente qué es lo que le ocurre.
Mei estaba sorprendida.
Yo tampoco sabía qué le pasaba a Miguel.
Lo único que podía hacer era abrazarlo; tal vez un poco de consuelo lo animaría.
Al contrario, siempre siento que debo animar a los demás para que sigan adelante.
Pero luego, recordé lo ocurrido en esa batalla… no podía dejar de pensar en cómo ese chico fue poseído.
Hay cosas que aún no entiendo.
Pero cuando vi a Miguel, sentí algo que me impulsó a ayudarlo.
Aunque Hiko es muy castroso y molesto —siempre me fastidia—, es buena persona… o mejor dicho, es alguien que disfruta hacer un escándalo.
Pero… al verlo así, a Miguel, me preocupa demasiado.
Aun así, las clases empiezan.
—Bien, alumnos —dijo el profesor—.
Como están aquí, podrán fluir su maná en esta herramienta mágica.
Kimberly levantó la mano.
—Tengo una duda, profesor… ¿solo tenemos que fluir nuestro maná en este artefacto?
—Por supuesto —respondió él con confianza—.
Solo deben colocarlo y dejar que el flujo ocurra.
—Ya veo… está bien.
Haré lo que usted dice, profesor.
Kimberly se acercó.
Colocó sus manos sobre el artefacto… y entonces pasó.
Su maná comenzó a fluir, el objeto tembló ligeramente… y una luz dorada estalló desde su centro.
—¿Qué… es esto?
—murmuró Kimberly, con los ojos abiertos de par en par.
El profesor la observaba, asombrado.
Había visto algo que no presenciaba desde hacía años.
El poder del sol.
—Esto… —susurró, maravillado— es magnífico.
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