The strongest warrior of humanity - Capítulo 74
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74: capitulo 74 directo la salida 74: capitulo 74 directo la salida Solo lo miré desde lejos… estaba aislado, como si el mundo entero le pesara en los hombros.
Caminé hacia él con calma.
—Al fin te encuentro —dije con una sonrisa amigable.
Miguel me miró serio, frunciendo el ceño.
—¿Qué es lo que quieres?
—Solo vine a hablar contigo… hace rato te vi y… parecía que no estabas bien.
Quise saber si de verdad lo estás.
No podía ignorarlo.
Algo en él me decía que necesitaba ayuda, aunque no lo admitiera.
—No es de tu importancia —respondió, seco.
—Solo quiero ayudarte… ¿por qué no te dejas ayudar?
Miguel guardó silencio.
Su mirada bajó, como si ocultara una herida que jamás había sanado.
—Tú jamás podrás ayudarme, Carlos… lo que me pasa es algo que nadie puede arreglar.
Cada quien carga sus propios problemas.
¿Qué vas a saber tú… sobre los míos?
Sus palabras me golpearon… pero no retrocedí.
—Tienes razón.
Cada quien carga con algo… pero eso no significa que uno tenga que cargarlo solo.
No puedo dejar que sigas así.
Y por eso… quiero que me acompañes mañana a mi casa.
Es fin de semana.
Creo… que te haría bien salir de aquí.
Miguel permaneció inmóvil unos segundos.
El aire se volvió denso.
Hasta que finalmente dijo, en voz baja: —…Te dije que no aceptaré tu invitación.
Sus ojos aún mostraban dolor… pero había una pequeña chispa.
Tal vez… la chispa de alguien que aún no se había rendido del todo con el mundo.
—Eres alguien molesto —le dije, sin dejar de mirarlo.
Sonó dramático, pero era la verdad.
Aun así… entendía sus puntos, y los respetaba.
Solo quiero que nos llevemos bien.
Yo también necesito un amigo de verdad… alguien con quien compartir aventuras, una vida llena de amistad.
Tal vez… si descubro qué le pasa, cuando por fin lo entienda, haré lo que tenga que hacer.
Su mirada me despertaba curiosidad.
Demasiado tranquilo… como yo.
Tal vez por eso… podamos llegar a ser cercanos.
El día siguiente llegó rápido.
Sábado.
Un nuevo comienzo.
Tenía solo dos días para regresar a mi casa… hablar con mi madre y mi padre, saber qué han averiguado sobre los problemas que están ocurriendo.
Pensaba que iría solo… pero el destino decidió otra cosa.
Nunca imaginé que todos ellos vendrían conmigo.
Suspiré con fuerza.
Gojo, Natsu, Lucia,Shiro, Mio, Melissa, Mei… y Miguel.
Todos… vinieron conmigo.
Esto no estaba en mis planes.
Será un fin de semana demasiado… intenso.
—Es la primera vez que voy a tu casa, Carlos —dijo Gojo con una sonrisa—.
¡Al fin podré ver la casa de este princesa!
Todos se soltaron riendo.
—Eres demasiado divertido, Gojo —agregó Mei.
A decir verdad… yo tampoco creí que ella vendría.
De seguro Miguel la invitó.
Ayer dijo que no vendría, y ahora está aquí.
¿Qué cambió su opinión?
Tal vez… esto sea divertido.
Es la primera vez que traigo amigos a casa.
Aun así… mi hermana me dijo ayer que se adelantaría y llegaría antes que yo.
Se llevó a Yue, obviamente.
Shirou la acompañó.
No es tan tonto como para dejar a mi hermana sola.
Aunque… ahora que lo pienso… él y yo tenemos algo pendiente.
Desde aquella vez que lo apuñalé en el abdomen… mientras estaba manipulado por él.
¿Qué fueron esos recuerdos?
Las últimas palabras que cruzamos… su cuerpo lleno de heridas… traté de ayudarlo… pero fue demasiado tarde.
Él… no logró sobrevivir.
Eso fue en mi vida anterior.
Y aun así… no pude hacer nada.
Sentí un dolor profundo.
Fue él quien me tendió la mano cuando estaba solo… igual que Shiro.
A ambos les tengo un gran aprecio.
Ellos me convirtieron en lo que soy… un guerrero con experiencia para sobrevivir en cualquier situación.
Pero eso… ya es historia para nosotros.
Si tuviera una oportunidad… ¿podría convertirme en alguien de verdad?
La vida no es fácil… nunca lo será.
Solo debo demostrar quién soy… y por qué mi propósito es convertirme en el guerrero más fuerte.
Tal vez los sueños se hagan realidad… pero no siempre salen como uno planea.
Hay personas que solo te ven brillar… y hacen todo por apagar esa luz.
Como si el mundo no quisiera que nadie tenga esperanza… como si caminaran sin rumbo, sin tener lo que alguna vez desearon.
¿Solo voy a mirar lo que pasa?
¿O haré algo… antes de que las personas sigan sufriendo allá afuera?
Porque esto no se trata solo de mí.
Nunca se tratará solo de mí.
También es por ellos… los que no tienen voz… los que son aplastados por el reino… los que se sienten como nadie.
Solo miré a Lucía… recordando todo lo que ella y yo habíamos hablado.
—¿Por qué… me está mirando tanto Carlos?
Lucia se lo preguntaba en silencio, perdida en sus propios pensamientos.
¿Será por lo que hablamos ayer?
Tal vez… todo lo que dijimos sí tenía sentido.
Pero… ¿por qué vine realmente aquí?
No es que esté interesada en él.
Eso quiero creer.
Solo vine porque quería conocer a su familia… eso es todo.
Tal vez… podríamos formar una relación de amistad entre mi reino y su hogar.
Porque, al contrario… nadie sabe quién soy.
Nadie… excepto él.
Ni siquiera le he dicho el nombre de mi ciudad.
Frostglen.
Ese nombre… jamás debe salir de mi boca sin cuidado.
Hay cosas que debo investigar… y si estoy aquí, es por una razón mucho más grande que solo “venir a conocer su casa”.
He escuchado rumores.
Rumores oscuros… Sobre este reino: Platinos del Amanecer.
Dicen que han visto a personas de otras razas siendo esclavizadas.
De forma brutal… Inhumana… Los maltratan como si no valieran nada.
Como si la vida de un ser vivo… pudiera venderse… por monedas.
Lucia bajó la mirada.
Apretó los puños suavemente.
Ese fuego dentro de ella… despertó otra vez.
No puedo seguir ignorando esto.
Si es verdad lo que dicen… debo descubrirlo.
Y si es real… quemaré esas cadenas… una por una.
Solo miré a Carlos… porque es el único en quien puedo confiar.
Además… es mi esclavo.
Debe obedecerme en todo.
No creo que se atreva a revelarse contra mí… ¿verdad?
Pero algo estaba mal.
—¿Por qué siento escalofríos?
—murmuró Carlos para sí mismo.
No es que le tenga miedo a las mujeres… pero ellas siempre terminan siendo un problema.
He visto cosas peores… monstruos reales… pero ser “esclavizado” por Lucia… eso sí me provoca un extraño miedo.
Aun así, ella es una princesa después de todo.
Y si hay algo detrás de todo esto… debo descubrirlo.
En ese momento lo escuché.
Una voz… dentro de mi mente.
“Por favor… alguien… sálvame.” Me quedé helado.
¿Telepatía?
¿Magia mental?
¿Un llamado real?
Alguien está pidiendo ayuda.
—Oigan… ustedes vayan sin mí —dije con un tono firme—.
Me quedaré aquí un momento.
—¿Señor del carruaje… podrá guiar a los demás sin problema?
—Por supuesto, joven amo —dijo Julián, la mano derecha de mi padre.
—Bien… te los encargo.
Lucia me miró con sospecha… pero no dijo nada.
Me adentré en silencio hacia el bosque.
Esa voz… era de una mujer.
Estaba asustada.
Desesperada.
Tengo que averiguar qué diablos está pasando.
Si esto es magia… o algo peor… entonces este bosque… no es un lugar cualquiera.
Maldición… Esto me tomará horas para encontrar la voz de esa mujer.
Solo me queda una opción.
Me senté en el suelo, cerré los ojos… y canalicé mis pensamientos.
Debía encontrar la ubicación.
Usé la Visión del Dragón.
El bosque era enorme… un laberinto silencioso.
Pero entonces vi algo… caravanas.
Había por lo menos veinte carruajes… estacionados como sombras esperando moverse.
Pero lo que vi después… fue lo que me dejó marcado.
Elfos, enanos… hombres bestia.
Todos amarrados.
Tirados como basura.
Tratados peor que animales.
Algo dentro de mí… se despertó.
Algo antiguo.
Mi sed de sangre… mi furia.
Sentí una presencia acercándose a gran velocidad.
Giré mi mirada.
Era Lucia.
¿Cómo diablos supo dónde estaba?
—Carlos… dime qué está ocurriendo —dijo con tono serio.
Suspiré… abrí los ojos lentamente… y le mostré la realidad.
Lucia vio a esas personas esclavizadas… y quedó helada.
—¿Qué esperas, Carlos?
¡Tenemos que ir por ellos!
—Lo sé —respondí con firmeza—.
Pero hay un problema.
Son veinte carruajes… llenos de niños y adultos aterrorizados.
Si atacamos sin pensar… ellos morirán primero.
—Debemos idear un plan —dije apretando los puños—.
No podemos lanzarnos como idiotas.
Tenemos que ser cuidadosos.
Lucia se mordió el labio, inquieta… bajó la mirada.
—Lo siento, Carlos… no sabía en qué estaba pensando.
Tienes razón… no podemos atacar como idiotas.
—No te disculpes —respondí con voz firme—.
Sé que estás preocupada por los niños… por esas personas.
No es fácil ver algo así.
Pero debemos salvarlos.
No podemos permitir que sigan sufriendo… ya no quiero ver más inocentes llorando… como si este mundo fuera una prisión.
Lucia levantó la mirada.
Vi algo diferente en sus ojos… como si una llama despertara dentro de ella.
—Quiero que seas tú quien haga el plan… —continué—.
Yo seguiré tus movimientos.
Porque tú eres la chica más inteligente… y talentosa que conozco, Lucia.
Ella quedó en silencio.
Una sonrisa sincera apareció en su rostro… una que pocas veces había mostrado.
—Gracias… Carlos —susurró en voz baja.
—No hay por qué agradecer —dije mientras la miraba con determinación—.
Todos tenemos derecho a luchar… por aquellos que no pueden hacerlo.
Di un paso hacia adelante y extendí mi mano.
—Vamos, Lucia.
Nosotros dos… iremos por ellos.
El viento sopló entre los árboles.
El bosque estuvo en silencio por un instante… como si todo el mundo esperara nuestra decisión.
Y en ese momento… comenzó el verdadero rescate.
—Pasamos sobre la voz desconocida… estaba pidiendo ayuda.
—Oye… ¿no crees que deberíamos divertirnos un poco con la elfa?
—dijo uno de los guardias, con una sonrisa asquerosa en el rostro.
—No es mala idea… —respondió el otro mientras la observaba como si fuera un objeto—.
Pero recuerda que no podemos hacer eso.
Tenemos una tarea simple que cumplir.
No se te ocurra… desobedecer mis órdenes.
La elfa… temblaba.
Traumatizada.
Una joven de cabello rosado, piel pálida y ojos verde celeste, que parecían hermosos… pero ahora solo mostraban miedo.
Miedo a los humanos.
Miedo… a ser usada.
—¿Por qué nos hacen esto?
—dijo con la voz quebrada—.
¿Qué hicimos mal para terminar así?
Creímos en la paz… creímos que las razas podrían vivir juntas… pero todo fue una mentira.
Sus palabras cayeron como cuchillas congeladas.
A su alrededor… los demás elfos, enanos y bestias… no lloraban.
Sus ojos gritaban libertad.
No querían vivir… querían sobrevivir.
Querían escapar.
—Los humanos… —dijo la elfa conteniendo el llanto— son crueles… ¿acaso no tienen sentimientos?
Antes de terminar… el hombre alto se acercó.
Su sombra cubrió su rostro como un eclipse.
Su mano se enredó en su cabello.
Tiró con fuerza.
Ella cayó de rodillas.
—¡No!
No, por favor… —murmuró temblando.
Quería resistir.
Quería luchar.
Pero sabía que si atacaba… los demás pagarían por su error.
Se dejó arrastrar.
Sola.
Como si aceptara su destino.
Entonces… un niño se levantó.
Un simple niño… con los puños apretados y los ojos ardiendo en coraje.
—¡Maldito bastardo!
—gritó temblando— ¡Déjala!
Ella no tiene la culpa.
¿Acaso crees que puedes hacer lo que quieras porque somos esclavos?!
El hombre lo miró… y sonrió.
Una sonrisa… que no tenía alma.
—Parece que los niños de hoy en día… tienen valor.
Pero escucha bien, mocoso… —sus ojos se volvieron oscuros… como si una bestia lo habitara—.
Será mejor que cierres la boca… si no quieres algo peor.
El aire se volvió pesado.
El niño dio un paso atrás… pero no bajó la mirada.
Y entonces… se escuchó un crack entre los árboles.
Carlos… y Lucia… habían llegado.
—¿Oye… de verdad esto va a funcionar, Lucía?
—preguntó Carlos, con un susurro nervioso.
—Por supuesto —respondió ella sin titubear—.
Solo debemos ser cuidadosos… y ya sabes lo que tienes que hacer.
Carlos la miró unos segundos; quería confiar en ella… pero debía enfocarse en la misión.
Dentro del carruaje, la elfa y el niño escucharon un ruido proveniente del exterior.
El hombre que casi había lastimado a la elfa salió a inspeccionar.
Allá afuera… una figura solitaria se acercaba.
Su presencia era fría… inquietante.
Sus pasos resonaban en la tierra como si cada uno pesara toneladas.
El hombre lo observó detenidamente, pero la mirada del recién llegado decía algo claro: no había humanidad en él… solo desprecio.
La elfa, temblando, se asomó un poco por las grietas del carruaje.
Sus ojos se abrieron con asombro.
Sintió que el aire regresaba a sus pulmones.
—Él… él ha respondido a mi llamado… —susurró, mientras lágrimas silenciosas recorrían su rostro.
El niño frunció el ceño, sin entender del todo… pero los demás esclavos la miraron con esperanza renovada.
—¿Ese hombre… vino por nosotros?
—preguntó una anciana con voz quebrada.
La elfa sonrió, con el corazón latiendo como nunca antes.
—Sí… creo que por fin… podemos ser libres.
El murmullo de emoción comenzó a crecer entre los prisioneros.
El miedo que los había dominado durante días… se mezclaba ahora con una chispa de esperanza.
Aferrados a esa imagen… a ese desconocido que se acercaba con paso firme… Todos rezaron… que no fuera otra ilusión.
Mientras el misterioso hombre avanzaba hacia el frente del carruaje… Lucía tomó otro camino.
Corrió entre la maleza, usando los árboles como cobertura.
Su respiración era profunda, calculada… sabía que cada segundo podía decidir entre la vida y la muerte de aquellos esclavos.
Al llegar a los carruajes secundarios, dos caballeros con armadura del Reino Imperial se interpusieron en su camino.
Desenvainaron sus espadas con una sincronía perfecta.
—Así que… no me darán el paso, ¿verdad?
—dijo Lucía, deteniéndose frente a ellos.
Los caballeros no respondieron.
Solo bajaron sus visores.
Lucía sonrió con desprecio.
—Ustedes… son unos cerdos.
El insulto fue suficiente para que ambos cayeran en su provocación y cargaran contra ella.
Pero Lucía ya lo había previsto.
—Magia combinada: Rayo de fuego.
Un círculo mágico apareció bajo sus pies y una gran explosión de fuego eléctrico estalló alrededor.
La tierra tembló.
Las armaduras de los caballeros se derritieron parcialmente antes de que sus cuerpos cayeran al suelo, inconscientes.
Lucía los observó con una mirada fría… una mirada que jamás había mostrado antes.
Una mirada… dispuesta a matar sin dudar.
Se acercó al carruaje.
Los esclavos retrocedieron asustados… hasta que la puerta fue abierta y la luz del fuego iluminó suavemente su rostro.
—No tienen por qué preocuparse —dijo Lucía con voz firme—.
He venido a rescatarlos.
Un silencio… y luego una pregunta temblorosa: —¿De… verdad somos libres?
—preguntó un hombre bestia de pelaje gris.
Lucía extendió su mano hacia ellos.
—Desde este momento… todos ustedes son libres.
Pero necesito de su ayuda para liberar a los demás.
¿Vendrán conmigo?
El hombre bestia mostró una sonrisa llena de esperanza.
Sus ojos brillaron… como si la fe hubiera vuelto a su corazón.
—Dios aún no nos ha abandonado… —susurró—.
Sí, señorita.
Lo ayudaremos.
Es hora… de salvar a nuestros camaradas.
Los demás asintieron.
Algunos lloraron.
Otros apretaron los puños, renaciendo su voluntad de luchar.
—¡Entonces prepárense!
—dijo Lucía—.
¡Porque esto apenas está comenzando!
Continuará
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