The strongest warrior of humanity - Capítulo 84
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84: capitulo 84 es hora de regresar a casa 84: capitulo 84 es hora de regresar a casa Carlos aún sentía el cuerpo entumecido.
Los restos de electricidad le recorrían la piel como un eco de aquel rayo que lo dejó más tonto de lo habitual.
Flotaba sobre el río, apenas consciente.
Una voz interrumpió el silencio.
—¿Por cuánto tiempo… te quedaste mirándome, Alefa?
—preguntó con algo de vergüenza.
La elfa lo observaba desde la orilla, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba paciencia y burla.
—Unas dos horas.
Flotabas como un globo perdido en el cielo.
Una leve risa escapó de sus labios.
Carlos suspiró… sí, todo le salía mal hoy.
—Ven.
Dame la mano —dijo ella con calma pero con urgencia—.
Tenemos que irnos.
¿O acaso ya olvidaste lo que hablamos?
Él apretó su mano, mirando su rostro sereno.
Lo único bueno de Alefa… pensó es que, incluso en los peores momentos, nunca me deja solo.
La tierra volvió a sentirse firme bajo sus pies.
Y minutos después, todos fueron llegando.
Aparecieron uno por uno.
Rápidos.
Demasiado rápidos.
Carlos los miró boquiabierto.
—¿Ya… llegaron?
Rai avanzó entre el grupo, con paso decidido.
—Te lo dije, sería rápido.
Alefa nos explicó todo.
Irás primero a la vivienda de la elfa, ¿no?
Carlos asintió.
—Sí.
Llamé a los jefes de cada ciudad.
Ella los envió.
Hoy… todos se reunirán con sus familias.
Un murmullo de emoción recorrió al grupo.
Algunos lloraban.
Otros sonreían como si llevaran años sin hacerlo.
Había esperanza… por primera vez en mucho tiempo.
Menos en los ojos de Alefa.
Ella permanecía apartada, con la mirada clavada en el suelo.
Sus manos temblaban ligeramente.
Carlos la observó.
Supo que algo andaba mal.
Entonces, su voz se quebró apenas.
—Así que… nuestro camino termina aquí.
El viento se detuvo.
El murmullo desapareció.
Todos la miraron.
Y por primera vez… no sonó como una guía.
Sonó como alguien que estaba a punto de perder algo.
No te desanimes, Alefa.
Si todo sale bien… podré cumplir con mi palabra.
Además, confía en mí.
La miré con total honestidad.
Ella respiró hondo y, al escuchar mis palabras, logró calmarse.
Me devolvió la mirada, más tranquila.
—Bueno… está bien —dijo con voz suave—.
Confiaré en ti.
Pero dime, ¿cómo planeas llevarnos a todos?
—Para mí eso no es un problema —respondí sin dudar—.
Antes de eso… tú serás quien me dé las coordenadas de tu ciudad.
Sin eso, mi magia no funcionará.
—Bien, te las daré —asintió.
Después de tanta plática, por fin lo logré: un círculo mágico comenzó a formarse bajo mis pies.
Magia de teletransportación.
Dejé fluir mi mana y activé mi visión del dragón para localizar el punto exacto.
Entonces lo vi… el lugar donde debíamos caer.
Lo había encontrado.
—¡Todos entren al círculo!
—ordené.
Ellos se miraron entre sí con dudas… pero al ver mi mirada, no dudaron.
Entraron conmigo.
La magia nos envolvió como un torbellino y fuimos arrastrados directamente al reino de los elfos.
—¡Ah… funcionó!
—grité de alegría.
Pero mi mala suerte apareció como siempre.
Varias sombras salieron del bosque.
Guardias.
Nos rodearon por completo.
—¿Un humano?
¿Cómo supiste nuestra ubicación?
—rugió uno.
Todos blandieron sus espadas.
Conjuros se formaron en el aire, listos para lanzarse contra mí.
Pero Alefa habló en voz baja… aunque con autoridad.
—¡No ataquen, por favor!
Uno de los guardias la miró con atención.
Y entonces… todos la reconocieron.
—Esa niña es… —murmuró uno—.
¿Qué esperan?
¡Arrodíllense ante la hija de nuestro maestro!
Todos quedamos con la boca abierta.
—¿Qué… mierda está pasando aquí?
—susurré sin entender nada.
—Ejem —dijo Alefa, recuperando la postura—.
Bajen sus armas.
Él no es mala persona.
Al contrario… me salvó de ser esclavizada.
—¿Qué?
—exclamó uno de los elfos, furioso—.
¿Cómo se atrevieron esos mugrosos humanos?
—Sé que están molestos —respondió Alefa con calma—… pero no fui la única.
Estas personas también fueron esclavizados.
Me giré hacia ellos y señalé a los demás.
—Ellos vienen de los tres reinos vecinos —dije—.
¿Pero cómo fueron atrapados por los humanos?
Eso es lo que también quiero saber yo.
Silencio.
Miradas tensas.
—Entiendo su angustia —continué—.
Y de verdad lo lamento.
Yo tampoco sabía lo que ocurría… pero puedo contarles todo lo que pasó.
Solo pido algo… ¿Podrían llevarme ante su Rey?
—¿En verdad podemos confiar en él?
—dijo un elfo, frunciendo el ceño.
Pensé rápido.
Solo había una forma de ganar tiempo.
—Tengo una idea —dije—.
¿Qué les parece si… me arrestan?
Todos voltearon hacia mí, sorprendidos.
—¿Qué?
¡Pero Carlos, no…!
—intentaron detenerme.
—Si ustedes desconfían de mí —interrumpí— pueden arrestarme.
Así verán que no soy como los demás humanos.
Yo… soy diferente.
Mi mirada dejó claro que hablaba en serio.
—Muy bien —respondió uno de los guardias—.
Oye, tú… ve y arrestenlo.
—Entendido —dijo el guardia mientras se acercaba a mí.
Cuando me pusieron las esposas… lo sentí al instante.
No podía expulsar ni una gota de mana.
Nada.
En ese momento comprendí algo muy claro: La tecnología de los elfos… está mucho más avanzada de lo que imaginamos.
Caminamos rumbo a la ciudad.
Cada paso que daba… más miradas caían sobre mí.
La gente se apartaba a mi paso, temblaba, susurraba.
Me observaban como si fuera una bestia… no un humano.
Bueno… ya es normal, pensé con amargura.
Que me teman… que me rechacen… Pero esta vez sus ojos no veían a un simple humano.
Ellos… veían a un monstruo.
—Oye… ese chico… ¿cómo terminó así?
—susurró una mujer al pasar.
—¿Será que los humanos rompieron la paz otra vez?
—murmuró otro.
—¿Tendrá que ver con lo que está ocurriendo ahora?
—preguntó un anciano.
Las preguntas flotaban en el aire, como cuchillos invisibles.
Más adelante… la entrada del reino apareció.
Justo en ese momento, una presión insoportable cayó desde lo alto.
Como una sombra… como una mirada que pesaba más que el cielo.
Lo sentí.
Alguien nos observaba.
Levanté la vista… y entonces lo vi.
Un hombre de presencia imponente, alto, cabello plateado y postura firme.
Parecía tener unos setenta años… pero su mirada era más joven que la de cualquier guerrero.
Ese rostro… lo conocía.
—Así que tú eres el chico del que hablaron los caballeros —dijo, sin parpadear—.
El humano… que usó magia de teletransportación.
Algo se quebró dentro de mí.
Ese hombre… El que me enseñó esa magia por primera vez… —No creí… que volvería a verlo —pensé, sintiendo un escalofrío recorrer mi columna.
Él dio un paso hacia mí.
Su voz resonó como un trueno: —Yo soy… el Rey de la Guerra.
No ha cambiado en nada… Sigue siendo igual de fuerte, igual de único.
No existe otro como él.
En los tiempos antiguos, su nombre resonaba en todo el mundo: Saleh Magcaryn, el Rey de la Guerra.
No solo fue reconocido… fue temido.
Enfrentó a criaturas que superaban a cualquier ser vivo, incluso a aquellos que se creían superiores al mismo Dragón de la Felicidad.
Aunque ella sigue siendo la más fuerte… él fue el único que se atrevió a desafiarla.
—Oye, niño… ¿dónde aprendiste la magia de teletransportación?
—preguntó Saleh con una voz grave, penetrante.
Mi mente se quedó en blanco.
No podía decirle la verdad… así que inventé una excusa rápida.
—Yo mismo la estudié… me tomó tiempo dominarla —respondí, con el corazón latiendo fuerte.
Saleh me observó en silencio.
Después sonrió levemente.
—Interesante… muy bien.
Llévenlo al palacio.
A mi hermano… esto le interesará.
Al cruzar las puertas del palacio, sentí otra mirada clavarse en mí.
Fría.
Llena de desconfianza.
En el salón del trono había un hombre de cabello verde y ojos café claros.
Me observaba desde lo alto de su trono con un aire de desprecio.
—Así que tú eres el humano que llegó a nuestro reino… ¿cierto?
—Así es —respondí con respeto.
—Bien.
Te escucharé con más detalle.
Habla.
Le conté todo lo ocurrido… cada palabra… cada hecho.
Su mirada cambió.
Vi algo peligroso en sus ojos.
Sed de sangre.
Pero en cuanto mencioné que había salvado a su sobrina… la tensión se disipó.
—Eso… me tranquiliza —dijo.
Sentí que podía respirar nuevamente.
—Que bueno… no llegamos a nada grave —respondí, casi aliviado.
—Pero… también trajiste a otras razas, ¿verdad?
—Por supuesto.
Les prometí que volverían a ver a sus familias.
Una leve sonrisa cruzó el rostro del rey.
—Este niño… no es como los demás.
Tiene honestidad… y sinceridad.
Se puede ver en sus ojos.
Está dispuesto a proteger a todos… eso es admirable —dijo—.
Me recuerda a mi hermano… cuando fui secuestrado por los humanos.
—Mi rey, quisiera enviar una carta a los otros reinos.
Hay algo importante que decirles… y depende de lo que ustedes decidan —pedí con respeto.
Él asintió con interés.
—Los convocaré.
Hablaré con ellos personalmente.
El salón quedó en silencio.
Y mis pensamientos… me llevaron a él.
A Saleh.
Han pasado muchos años desde aquel día.
Fue mi primer maestro… quien me encontró al borde de la muerte.
Recuerdo cómo apareció… Yo estaba rodeado de enemigos, sin esperanza.
Él caminó entre ellos sin miedo… con una mirada penetrante y su lanza dorada en la mano.
Y en un solo parpadeo… Dos segundos.
Eso fue todo lo que necesitó para acabar con todos ellos.
¿Qué demonios es este tipo?
Me quedé helado.
Fue nuestro primer encuentro.
Yo… un simple adolescente, herido.
Él… el guerrero invencible.
Me miró y dijo con severidad: —Eres débil.
Sus palabras me golpearon como un martillo.
Pero no se fue.
Siguió hablando… con un tono diferente: —Pero todavía no te has rendido.
Tienes voluntad.
Y eso… te hace digno de un guerrero.
Lo miré con esperanza.
—¿Crees que… podría ser tan fuerte como tú?
—pregunté, temblando.
—Tal vez no seas tan fuerte como yo —respondió—.
Pero… no estás derrotado.
Tienes espíritu de lucha.
Yo vi algo en sus ojos… decisión… orgullo… y algo más.
Él sonrió por primera vez.
—Dime tu nombre, mocoso.
—…Carlos.
—Muy bien, Carlos.
Desde este mismo momento… vendrás conmigo.
Y así comenzó todo.
Años de entrenamiento.
Dolor.
Caídas.
Victories.
Fue gracias a él que aprendí la teletransportación.
Cuando me la mostró por primera vez… no pude ni seguirlo con la vista.
Se movió más rápido que el tiempo.
Y me dijo algo que jamás olvidaré: “Si logras dominar esta magia… te dejaré usarla.
Aunque lo dudo.
Pero si confías en ti mismo… lo lograrás.” Suspiré.
El tiempo cambió… y con él, todo lo que creía haber logrado.
Entrené durante años, pero solo consigo usar el 50% Sé que… si completo la otra mitad, podría ocultar lo que realmente soy capaz de hacer.
Nadie sabría cuánto he entrenado… ni cuán lejos estoy dispuesto a llegar.
Pero aún estoy muy lejos de alcanzarlo.
He entrenado mi cuerpo… sí.
Pero no mi mana.
Y eso es lo que realmente importa.
Por eso los problemas siguieron su curso.
Por eso dejé que tantas cosas pasaran.
Y ahora… ya es demasiado tarde.
Caminé por los pasillos del palacio.
La luz se filtraba lentamente por las ventanas, mostrando el polvo flotando en el aire… como si el tiempo mismo estuviera suspendido.
Miré a mi alrededor.
Vi a Rai… y a Alefa.
¿Qué estarán pensando ellos… en este momento?
PUNTO DE VISTA DE RAI Desde que lo vi… no he dejado de pensar en él.
En lo que sucede a nuestro alrededor.
En lo que podría estar por venir.
Me llena de alegría saber que pronto veré a mis padres.
Imagino sus rostros… la preocupación… y luego, la felicidad.
Esa esperanza… es lo único que me sostiene ahora.
Pero también siento rabia.
Una rabia ardiente… que no puedo ocultar.
Los humanos nos hicieron esto.
Nos separaron.
Nos usaron.
Nos encerraron.
¿Quién fue el responsable?
Si ninguna de nuestras razas lo hizo… solo queda lo que dijo Carlos durante aquel enfrentamiento: “El Reino Imperial.” Si es verdad… si ellos están detrás de todo esto… entonces estamos cerca de una guerra.
Una guerra que podría destruirlo todo.
Mi rostro lo refleja: miedo, duda… y una pregunta que me aterra.
¿Realmente podemos ganar… contra el imperio?
Si ese rey sigue moviendo los hilos desde las sombras… ¿todo lo que hicimos… habrá sido en vano?
Pero hay algo más.
Algo que me carcome por dentro.
¿Hay un traidor?
¿En cada reino?
¿Entre nosotros?
Si eso es cierto… entonces la guerra ya ha empezado.
Y nadie lo sabe.
Tal vez… estoy pensando demasiado.
Tal vez solo debo observar… mirar cómo terminan las cosas… aunque mirar a él, es como ver a un caído.
Y no puedo evitar preguntarme: ¿Qué es lo que lo mantiene de pie?
¿Qué lo empuja a seguir adelante… cuando todo parece vencido?
Ayer, cuando llegamos, conocí a toda su familia.
Los sirvientes hablaban bien de ellos… sin miedo, sin traumas, sin esas cicatrices invisibles que todos cargamos.
Me pregunté: ¿En verdad son buena gente?
Hablé con su hermana… es divertida, luminosa… como si ya la conociera desde antes.
Como si hubiera encontrado… una amiga.
Su hermano, Abrán… cuando lo vi leyendo, sentí algo extraño.
Es amable, tímido… pero cuando toma un libro, algo en él cambia.
Es como si el mundo dejara de existir a su alrededor.
Se obsesiona con teorías del mundo… busca respuestas… y aunque suene extraño… creo que tiene razón.
El mundo está lleno de misterios.
Y quizá… debamos explorarlos.
Su hermana me dijo que esa noche solo leyera con él.
Pasamos toda la noche entre libros… —¿Por qué siento escalofríos…?
Lo dije en voz baja.
Leer toda la noche… sí que está loco.
Pero fue la primera vez que paso tanto tiempo con un humano… y no me arrepiento.
Quizá… puedo aprender de ellos.
Confiar en ellos.
Pero en los demás… me cuesta.
Aun así… si Alefa tiene razón… las cosas están yendo mal.
Muy mal.
Pero debemos seguir.
Debemos encontrar la única esperanza que todos necesitan.
No podemos depender siempre de Carlos.
Tal vez… también nosotros debemos luchar por ayudarlo.
PUNTO DE VISTA DE ALEFA Todo parecía ir bien.
Pensé que mi tío haría algo cruel con él… pero por suerte, mi padre no es tan mala persona.
Siempre me habla de las cosas que vivió en su pasado… de lo que perdió… y de lo que aún está buscando.
Él quiere encontrar a un humano con determinación, alguien cuya mirada muestre decisión, alguien que, sin importar si el mundo entero se vuelve en su contra, sea capaz de levantarse, aunque sangre, aunque pierda, aunque el dolor lo consuma por completo… que siga avanzando.
—Ese es el verdadero valor de un guerrero —siempre dice mi padre.
Pero yo… yo nunca lo he entendido del todo.
Tragando saliva, pensé: “Solo espero que no mire a Carlos como su nuevo saco de boxeo… porque si lo veo golpeado todos los días… yo sí saldré corriendo de puro miedo.” Esas traumas ya las tengo grabadas… y no deseo volver a vivirlas.
Me asomé discretamente.
Vi que mi tío estaba hablando con los líderes de las otras razas… incluyéndolo a él.
¿De qué estarán hablando?
¿Qué planean?
¿Algo bueno… o algo peligroso?
Suspiré.
Una expresión aburrida apareció en mi rostro.
Quiero divertirme… pero no sé si a él le gustaría jugar conmigo a algo.
Aunque… si le pregunto directamente… Tal vez… no sea una mala idea.
Me acerqué a él, inclinando el torso con una sonrisa divertida, y mientras giraba un poco dije: —Oye, Carlos… ¿no quieres explorar mi reino conmigo?
No sería mala idea.
Después de todo… hemos pasado mucho tiempo juntos tú y Rai.
¿Qué opinas, Rai?
… ¿Rai?
—¿A dónde carajos se metió este mocoso?
—dije mirando alrededor, con cara de pocas pulgas.
—No debió ir lejos —dije con un tono cálido—.
No te preocupes por él, seguro está explorando el lugar.
Nosotros… deberíamos ir a divertirnos, ¿no?
Alefa me miró de reojo y sonrió.
—Vaya, sí que tienes tu lado infantil, Carlos… —¿Eh?
¿Dijiste algo?
—pregunté desconcertado.
—Nada, nada… Me rasqué la cabeza, incómodo.
¿Por qué me pasan estas cosas?
Hoy fui golpeado, luego un rayo me cayó mientras estaba en el río… ¡ni siquiera estaba nublado!
Resoplé y grité hacia los cuatro vientos: —¡La desgracia me persigue!
Pero solo quedé como un idiota… porque Alefa estalló en carcajadas.
—Ahora mismo eres demasiado gracioso, Carlos —dijo riéndose.
—Sí, sí… gracioso… Si tan solo alguien me hubiera sacado del río cuando estaba inconsciente… —respondí mirando directamente a Alefa.
—A mí no me mires —dijo con tono juguetón—.
Debes saber que los accidentes no existen.
Pero… si lo pensamos bien… tú tampoco debiste hacer una broma como esa, ¿o sí?
—Espera un minuto… —me volteé hacia ella lentamente— ¿cómo sabes de la broma?
Su expresión cambió al instante.
Se puso nerviosa.
—A–p–pues… ¡todo tiene una explicación!
No me mires con esos ojos de maldad, Carlos.
Solo… pasaba por ahí… y cuando escuché un grito… vi cómo salías volando hacia el cielo… Me quedé en silencio.
—No te reíste… ¿verdad?
—No… ¿cómo crees que me voy a burlar de ti?
—respondió intentando mantenerse seria.
La observé fijamente.
—Mientes —dije con firmeza.
Ella infló las mejillas como una niña regañada.
—Está bien… ¡solo me reí un poquito!
Es que saliste volando como si fueras un pájaro… pero cuando caíste justo donde estaba la señorita Lucía… Se acercó y sonriendo dijo en voz baja: —Solo diré una cosa… Eres un pervertido.
Yo me quedé helado.
Pero entonces, Alefa sonrió con sinceridad.
—Aun así… eres alguien divertido.
Aunque lo hagas mal… siempre logras hacerme reír.
—Pero sabes… eso es propio de ti —dijo Alefa con una sonrisa tranquila—.
Pasar tiempo con la gente… ¿no es algo maravilloso?
Sus palabras se quedaron flotando en el aire.
Sí… ella tenía razón.
Alefa era increíble.
No solo divertida… había algo más.
Algo que no podía explicar… pero cada vez que la observaba… la veía feliz.
Como si estar conmigo la hiciera olvidar algo que la dolía por dentro.
—Está bien, Alefa —dije—.
¿A dónde iremos?
—Recuerda que hoy más tarde te van a llamar —respondió ella mientras giraba sobre sí misma—.
Pero eso ya lo sé, tontito.
Al menos… antes de despedirnos… hay que disfrutar lo que queda, ¿no?
Su mirada… cambió.
El brillo alegre desapareció… y lo reemplazó un tono triste.
Una mirada que no quería dejarme ir.
Me detuve.
Sentí un peso en el pecho… y le hablé con sinceridad.
—Está bien encariñarse con los demás… —le dije suavemente— pero eso no significa que este sea nuestro final.
Alefa… debes saber algo: siempre seremos amigos.
Sonreí.
Ella bajó la mirada lentamente.
“¿Amigos, eh?” —parecía preguntarse a sí misma.
Como si esa palabra no fuera suficiente.
Como si hubiera heridas… que no se pueden cerrar con una simple sonrisa.
¿Hacer amigos…?
Eso siempre pensé que era lo más fácil.
Pero existen heridas… que no se pueden sanar.
No con bromas.
No con risas.
Ni siquiera con magia.
Y… sin quererlo… pensé en otra persona.
Angélica.
Ella… siempre estuvo allí.
Siempre que ocultaba algo… ella lo notaba.
Siempre que estaba mal… ella me ayudaba a levantarme.
Hasta aquel día… El día en que morí.
Todo regresó como un rayo en mi mente.
Solo… pude salvarla.
Perdóname, Angélica.
Si muero aquí… al menos vi algo hermoso… por última vez.
Mis ojos se cerraban.
La sangre corría por mi cuerpo.
Ella corría hacia mí… su rostro temblaba de dolor… Yo sonreí… por última vez.
—Adiós… —¡CARLOS!
—gritó Angélica mientras sus lágrimas caían sobre mi rostro— ¡No te vayas!
¡Quédate conmigo!
¡Por favor!
Pero ya no podía escucharla.
Solo pude dejarle un último deseo… Espero que encuentres tu felicidad… Angélica.
Sé fuerte.
Tal vez… nos veamos en otra vida.
Al regresar de ese recuerdo… mis manos temblaban.
Miré al cielo.
Los ojos irritados.
El corazón encogido.
Angélica… ¿Fuiste real?
¿O solo una ilusión del mundo que quedó atrás?
Si algún día llegas a este mundo… estaré aquí.
Esperándote.
—Carlos… —susurró Alefa a mi lado.
Su mirada estaba llena de preocupación.
“¿Estás bien?” Yo… no respondí.
Solo miré el cielo y me hice una pregunta… ¿Qué habrá pasado allá…?
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