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The strongest warrior of humanity - Capítulo 87

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87: capitulo 87 parte dos una prueba que debo pasar 87: capitulo 87 parte dos una prueba que debo pasar El combate había cambiado.

Lo sentía en el aire… en cada hoja que temblaba.

Esto… ya no era solo un duelo.

Cada movimiento de mi cuerpo reaccionaba solo, como si hubiese hecho esto mil veces antes.

Necesitaba tiempo… tiempo para preparar Dragón Celeste de los Mil Dioses una vez más.

Solo un instante… y podría contraatacar.

Pero Saleh también lo notó.

Su mirada cambió.

Ese brillo… ese instinto.

—Algo no está bien con este niño —susurró, casi para sí mismo.

Entonces… sentí algo oscuro detrás de mí.

Una presión siniestra, una luz nocturna que rasgó el aire.

Apareció detrás de mí sin previo aviso, golpeándome con una onda destructiva que sacudió el bosque entero.

Me lancé atrás, evitando lo peor, pero… esa luz… ese poder… —¿Qué fue eso?

¿Una técnica no escrita?

¿O solo una ilusión… creada por mi mente al borde del límite?

Saleh me observaba en silencio… fascinado.

> El chico esquiva mis ataques… como si conociera mis posturas.

Se mueve… como yo.

¿Quién diablos es?

Entre los árboles, Alefa observaba con la respiración contenida.

Yo seguía esquivando.

Era como ver mi propio reflejo peleando contra mí.

Su expresión se volvió seria… fría… como si hubiera descubierto un secreto.

—Eres alguien impresionante, muchacho —dijo con voz grave—.

Pero ya es hora… de que veas una verdadera lanza.

El aire cambió por completo.

Una aura imponente se extendió como una marea oscura, y sentí que el suelo tembló bajo mis pies.

Una presión… tan fuerte que por un momento… casi me faltó el aire.

Pero yo ya lo había previsto.

No retrocedí.

Caminé hacia él… mientras su ataque se reflejaba en sus ojos.

Saleh parpadeó.

Y una ráfaga de viento estalló a mi alrededor.

Su lanza quedó detenida… en mi cuello.

—¿Por qué no atacaste?

—me preguntó con una mirada fría.

—Porque sabía que perdería contra usted, señor Saleh —respondí sin titubear— Y si lo hacía… el bosque habría sido destruido.

Y usted lo sabe mejor que nadie.

Hubo un silencio pesado.

Entonces… él sonrió.

Apenas un poco.

—Lo que dices tiene sentido.

No levantaste tu lanza… porque pensaste en este lugar antes que en tu orgullo.

Niño inteligente… aunque también demasiado arrogante para tu edad.

Sus ojos se movieron… hacia Alefa.

—Además —añadí— mire a su hija.

Ella debe estar traumada.

Alefa lo miró con una expresión… peligrosa.

—Oye, papá —dijo con una voz tan dulce… que casi sonaba mortal— ¿quién te dio derecho a interrumpir mi día con Carlos?

¿Me estabas siguiendo… verdad?

Saleh tragó saliva.

La tensión desapareció… pero el peligro no.

—Vamos, hija… yo solo— —Mírame a los ojos, padre.

—dijo ella, dando un paso al frente.

Saleh dio un paso atrás… como si hubiese visto un fantasma.

Y murmuró con resignación: —Diablos… igualita a su madre salió.

Punto de vista de Carlos —Como sea… me alegro de que no hayas matado a Tanaka con tu ataque —dijo Alefa, cruzándose de brazos.

Saleh soltó una leve risa.

—Además de eso, ¿acaso eres adivina?

—dijo con tono gracioso—.

Pero mira, hija… nadie salió muerto.

Al contrario, solo quería probar algo en él.

Y con eso… me dejó muy claro que… Hizo una pausa.

Sus ojos se fijaron en mí.

Sentí el peso de su mirada.

—Es a él a quien quiero como mi próximo discípulo.

Y no solo eso… Alefa se giró hacia su padre, sorprendida.

—Espera un momento… no me digas que él… Saleh asintió con firmeza.

—Así es.

Este chico será mi representante.

El futuro gran guerrero de la Lanza Lunar.

Me quedé helado.

—Espera… ¿qué dijiste?

Yo… no puedo aceptar eso… —Lo sé, chico —respondió caminando hacia mí—.

Pero tienes algo que nadie más ha tenido.

Tienes aquello que convierte a alguien en un verdadero guerrero digno.

Miré a Alefa… estaba emocionada, como si en ese instante imaginara un futuro en el que ella y yo estaríamos juntos todos los días.

—Entonces… ¿eso quiere decir que yo…?

—preguntó con ilusión.

Saleh sonrió.

—Serás mi discípulo… tal como me lo habías pedido, ¿no?

En la actualidad no hay alguien más fuerte que tú en determinación y decisión.

Eso… es digno de un guerrero.

Pero hay algo que me causa curiosidad… ¿cómo es posible que tú tengas los mismos movimientos que yo, el mismo estilo de lucha?

Eso no es coincidencia… ¿Quién demonios eres realmente?

Tomé aire.

Miré el suelo.

—Yo solo soy un estudiante… que desea mejorar para no depender de los demás.

Saleh soltó una carcajada.

—Eso no te lo creen ni tus padres.

Pero entiendo tu punto.

Niño… hay cosas que tú ni nadie comprende aún.

La situación en este mundo está cambiando.

Debes ser fuerte… no mirar atrás.

Sigue adelante.

Sus palabras… fueron como una enseñanza grabada a fuego en mi corazón.

¿Alguien como yo realmente debía soportarlo todo?

Pero… si quiero ser fuerte… debo intentarlo.

Sin darme cuenta, miré a Alefa con una expresión exagerada.

Saleh me notó.

—Oye… ¿qué le pasa a tu hija?

La veo de muy mal humor… —Ni idea —respondió él—.

Pero cuando se pone así… yo solo huyo antes de que empiece a reclamarme.

—¿Cómo que huyes…?

Cuando levanté la vista… Saleh ya no estaba.

—¿En serio me dejó solo con ella en este bosque?

—suspiré—.

Bueno… no creo que sea tan grave… Me giré hacia Alefa… Y ella se lanzó sobre mí.

Caímos al suelo.

—¡Oye!

¿Estás bien?

—le pregunté, confundido.

Su expresión había cambiado.

Estaba preocupada… por mí.

—Lamento lo ocurrido hoy… —dijo ella—.

No, al contrario… no te preocupes.

Solo tu padre quería saber qué clase de persona eras.

Pero… ¿por qué te lanzaste sobre mí?

—Bueno… eso… eso es porque… —balbuceó, completamente sonrojada.

El atardecer bañaba el bosque con una luz dorada.

El viento sopló suavemente.

Ella estaba… hermosa.

«Una chica sonrojada así… realmente es una hermosa vista…» pensé sin poder evitarlo.

Y sin pensarlo demasiado, dije: —No sabía que eras tan… así, Alefa.

—¡No-no, Carlos!

—respondió desesperada— ¡Eso no es lo que piensas!

Fue solo un impulso… yo solo… estaba preocupada por ti… Bajó la mirada.

El silencio fue… cálido.

El sol iluminó su rostro.

Y fue entonces cuando, con una sonrisa suave, ella dijo: —Solo prométeme una cosa… Si algo llega a ocurrir… ni dudes en llamarme.

Solo quiero que estés bien.

Solo quiero saber… que cumplirás una sola promesa: No morir.

Sus palabras… sonaron como un juramento sellado por el bosque mismo.

El Bosque del Destino… nos estaba observando.

Y comprendí… que no era la única promesa que debía cumplir.

Yo le debía una promesa a alguien más.

Un legado… Una verdad que debía contarse a Melissa.

Lo haré… cuando regresemos a la academia.

Pasamos un buen rato en tranquilidad, conversando sobre la vida… sobre lo que cada uno lleva en silencio.

Pero hubo un detalle que me tomó por sorpresa: cuando Alefa comenzó a cantar.

No sabía que su voz tenía esa calidez… …esa paz.

Las palabras eran suaves, como si el viento las susurrara.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Criaturas misteriosas comenzaron a salir del bosque.

Tal vez atraídas por su voz… Tal vez porque incluso la naturaleza quería escucharla.

Unas aves se posaron sobre mi cabeza y mis hombros sin miedo alguno.

No atacaban.

Solo observaban.

Era la primera vez que me ocurría algo así… y sin darme cuenta, estaba sonriendo.

La noche se convirtió en un escenario… y Alefa, en su estrella principal.

Mis latidos se calmaron.

Mis preocupaciones desaparecieron lentamente.

Su voz… era como una cura invisible a todos mis problemas.

La miré en silencio durante minutos.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Solo sentí paz.

—Ya es tarde… —murmuré—.

Quizás deberíamos regresar al palacio.

Ella se giró hacia mí, un poco nerviosa.

—¿No crees que ya es demasiado tarde, Carlos…?

Miré al cielo.

La luna estaba en su punto más alto.

Sí… ya era de noche.

Los animales comenzaron a retirarse entre los árboles… pero entonces… Un caballo espiritual apareció frente a nosotros.

Su pelaje resplandecía con múltiples colores, como si tuviera un arcoíris atrapado en su cuerpo.

La luz lo envolvía… era casi irreal.

—Increíble… —dije sin pensarlo, con una voz más grave de lo normal.

Alefa se sonrojó al instante, retrocediendo y cubriéndose el rostro con las manos.

—¿Pasa algo?

—le pregunté confundido.

—N-no… no es nada… —giró el rostro hacia otro lado—.

Es solo que… con esa voz tan seria… me matas dos pájaros de un tiro.

No entendí si era un cumplido… o una amenaza.

Pero me hizo dudar: ¿había alguien ya en su vida?

¿Por qué me veía así…?

— Pensamientos de Alefa: > No estoy diciendo que me guste… pero mientras más tiempo paso con él… más nerviosa me pone.

Mi padre fue popular en su juventud… muchas lo buscaban.

Pero solo amó a mi madre.

¿Tendré yo… aunque sea una oportunidad?

Observé a Carlos bajo la luz de la fogata.

Había algo en sus ojos… Una soledad profunda.

Como si el mundo entero dependiera de él… Como si estuviera cargando algo que nadie más podía ver.

—No quiero que siga así… —pensé—.

Nadie debería cargar algo tan pesado.

Recordé entonces las palabras de mi padre… y también su pasado.

Hubo una emboscada.

Sus amigos murieron por culpa de los humanos.

Fue el único que regresó… Cargando las armas de todos.

Esa culpa lo persiguió durante años.

Por eso me prohibía salir del reino.

Y por querer demostrar que los humanos podían cambiar… fui secuestrada.

Si Carlos no hubiera llegado… yo… No quise seguir pensando.

Bajé la mirada en silencio.

Fue entonces cuando el caballo espiritual de colores se acercó a mí y me acarició.

—Eres tan lindo… gracias por darme ánimos.

Lo acaricié con ternura… se quedó a mi lado como si yo fuera su dueña.

Pero la luna aún nos guardaba otra sorpresa.

De entre los árboles apareció otro caballo: uno oscuro, brillante, con ojos azules como la noche antes de la tormenta.

No se acercó a mí.

Fue directo hacia Carlos.

Él lo miró… y el caballo lo miró a él.

Sus almas… parecían reconocerse.

—Así que tú también estás solo contra el mundo… —susurró Carlos con solemnidad—.

Tú y yo somos iguales.

El caballo rugió suavemente.

Su pelaje se encendió como la luna misma.

Yo lo entendí al instante: esos dos… eran iguales.

Ambos solitarios.

Ambos cargando más de lo que deberían.

Fue entonces cuando el caballo oscuro se inclinó ante él.

Y el de colores… hizo lo mismo conmigo.

El bosque quedó en silencio.

La luna brilló más fuerte.

Y por primera vez… sentí que no estábamos solos.

Yo y Alefa nos quedamos inmóviles, mirando aquella luna silenciosa.

No dijimos nada… pero lo entendimos.

En ese instante, los dos lo sentimos: como si el destino nos hubiera cruzado a la fuerza… como si estuviésemos conectados desde mucho antes de conocernos.

Suspiré suavemente y tomé la mano de Alefa.

—Debemos volver… —le dije con firmeza—.

Y para eso… tendremos que montar los caballos.

Alefa abrió los ojos con horror.

—¿E-Espera, Carlos!

¡Yo no sé montar a caballo!

—Ah… bueno… —tragué saliva—.

Yo tampoco.

Se me quedó viendo con una cara que decía claramente: “¿Entonces por qué demonios estás tan tranquilo?” —Pero podemos aprender —añadí, intentando sonar valiente.

—¡¿Aprender?!

¡¿Aquí?!

¡¿En medio del bosque?!

¡Esto es peligroso!

—dijo nerviosa.

Yo sonreí como si todo estuviera bajo control… aunque estaba igual de asustado.

—No te preocupes.

Si tú caes… yo también caigo.

Como en el mismo barco.

Alefa suspiró y rodó los ojos.

—…En serio, contigo no hay remedio.

—Mira —continué—, en los viejos tiempos nuestros abuelos montaban caballos al amanecer, espada en mano, para enfrentarse a la oscuridad.

Unas risas se escaparon de su rostro… pero luego esa sonrisa empezó a cambiar lentamente.

Muy… lentamente.

—Sabes qué, Carlos… —murmuró entre dientes—.

Mejor te doy una paliza por andar de chistoso.

Ahí fue cuando se me congeló la sangre.

Mi cuerpo entero se estremeció.

Una fuerza ancestral… me recorrió la espina dorsal.

—E-Espera… ¿qué estás tramando…?

—pregunté con miedo.

—Solo… darle su merecido a alguien que habla mucho… —respondió con una sonrisa peligrosa.

Y en ese momento lo entendí: Ahora sé por qué Saleh salió corriendo.

Y no quiero ni imaginar cómo será su esposa… …pero seguro es diez veces peor.

Alefa apretó su puño con decisión.

Yo levanté el mío… como si pudiera defenderme.

Mi expresión era la de un niño que odia la palabra “castigo”.

Porque no lo quería admitir, pero… No me gusta ser maltratado.

Y ella lo sabía perfectamente.

Continuará

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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