The strongest warrior of humanity - Capítulo 88
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88: capitulo 88 los caballo espiritual 88: capitulo 88 los caballo espiritual —Vamos, no seas tan cruel, Alefa… —dije intentando sonar valiente.
Una mirada fría se mostró en su rostro.
—Si yo llego a caerme o lastimarme… la culpa será tuya.
¿Entendiste?
—Sí… lo que tú digas —respondí con miedo.
Ella me miró y giró el rostro, enojada.
¿Por qué siempre termino arruinándolo todo?
pensé.
Sea como sea… debo hacer que no se enoje.
—Alefa, no tienes por qué ponerte así… —Lo sé, Carlos.
Pero sabes muy bien que no sé montar a caballo.
¿Y si lo intentamos ahora?
Respiré hondo.
—Solo quiero que me confirmes algo… que no me vas a golpear mientras aprendemos.
Ella cruzó los brazos.
—Está bien… pero a cambio quiero darte algo cuando lleguemos allá.
—Sí, sí… lo que diga la señorita.
Tras nuestra pequeña discusión, nos pusimos finalmente en marcha.
Ella estaba nerviosa, así que solo la apoyé mientras subíamos al caballo.
—Cálmate… no te alteres.
Deja que el caballo avance solo.
No teníamos las herramientas adecuadas… así que usé mi magia de agua para crear una armadura alrededor del caballo.
—Bien… creo que con esto será suficiente, ¿no?
—Entonces… me iré bajando —dije.
Pero Alefa puso su mano en mi playera, deteniéndome con firmeza.
—No te bajes… no ahora.
Así que estás asustada, pensé en silencio.
Bueno… solo será por hoy.
¿Estará bien el caballo oscuro?
Al verlo… parecía entendernos.
De todos modos nos seguiría.
Una sonrisa se dibujó en mi rostro.
—Bien… en marcha.
El tiempo pasó lentamente.
Ya habíamos salido del bosque y el aire de la noche resonaba como un suspiro.
Nos dirigíamos al palacio.
Alefa ya no estaba asustada, pero sí tenía su rostro rojo… como si mi compañía fuera suficiente.
Es algo rara… pero al fin, llegamos a tiempo.
Descendí del caballo primero y le ofrecí mi mano.
Ella la tomó con firmeza.
—Gracias… —susurró.
Ambos caballos nos observaron en silencio, como si entendieran que esta era una despedida.
Antes de irse… crearon dos anillos: uno con colores de arcoíris… y el otro oscuro como la noche y la luna.
—Esto es… —murmuré sin poder comprenderlo.
No sabía cómo explicarlo, pero sentía que ellos sabían que si algo llegaba a pasar… solo debíamos usar esos anillos.
Así que los tomé.
Alefa me miró con timidez.
—Entonces… ¿qué haremos con estos anillos?
—En verdad no lo sé… pero si esto es parte de nuestras creencias… tal vez debamos hacerlo así.
Tomé su muñeca con cuidado y le coloqué el anillo.
Ella hizo lo mismo conmigo.
—Oye… —dijo con nervios y las mejillas sonrojadas— ¿no creerán que tú y yo…?
—No te preocupes.
Estos anillos son para emergencias.
Ellos vendrán a protegernos.
—Bueno… si tú lo dices.
Pero ya que llegamos… quiero que pases conmigo a mi sala… ¿sí?
—Está bien.
Pero recuerda que mañana tengo que hablar con los reyes.
—Lo sé.
Hay que despedirnos de los caballos.
Los caballos comenzaron a alejarse… ocultando su presencia entre la penumbra.
Sus ojos brillaron por última vez entre las sombras… y luego desaparecieron del lugar.
Luego de todo lo que nos había pasado, la curiosidad comenzó a crecer en mi interior.
Era la primera vez que veía caballos espirituales, y aun así sentía que ellos sabían más de nosotros que nosotros mismos.
Alefa caminaba a mi lado… con una sonrisa tranquila, acariciando el anillo que le habían dado.
Parecía feliz, como si ese regalo tuviera un significado oculto.
Ella me pidió que la acompañara a su habitación.
No quise quedarme callado.
—Por cierto… dijiste que querías que yo fuera a tu habitación.
¿A qué se debe esta invitación?
Alefa me miró directamente a los ojos—con una firmeza que me sorprendió.
—Quería que habláramos más… para conocerte mejor.
Asentí.
No tenía problema.
Y en el fondo… yo también quería saber cosas de ella.
Especialmente sobre su padre.
No pude evitar decirlo: —Si hay algo que quieres saber de mí, adelante… pero también tengo curiosidad sobre ti.
Y sobre él.
Quiero saber cómo terminó en tu época —expliqué con seriedad.
Porque el hombre que yo conocí… no era el mismo que ella recordaba.
—El que yo conocí… era frío.
Cruel.
No mostraba ninguna emoción… como si alguien le hubiera arrebatado algo valioso.
Pero aun así… fue mi maestro.
Recordé sus enseñanzas.
Su mirada dura… su silencio.
Y su magia— la teletransportación.
No era un poder común.
Nadie podía dominarlo… excepto él.
Era su carga.
Su don.
Su condena.
Pero un día, decidió probar algo conmigo.
Y todo cambió.
Fui compatible.
Aún recuerdo su voz.
Su sorpresa.
Lo que me dijo cuando vio que su magia… funcionaba en mí.
> —Carlos… eres la primera persona compatible con mi magia de teletransportación.
No entiendo por qué… pero hay algo en ti.
Algo diferente.
Algo que debo investigar más a fondo.
Guardé silencio por unos segundos.
Cuando levanté la mirada… Alefa me observaba con una intensidad inesperada.
Como si… ella supiera más de lo que decía.
Como si… desde el principio hubiera algo que quería decirme.
—Bueno… es verdad.
Sobre mi padre… él vivió una época donde nada le pareció normal.
—Dijo Alefa con curiosidad en sus ojos—.
¿Hay cosas que realmente quieres saber?
—Así es —respondí con voz tranquila mientras caminábamos hacia su habitación—.
Necesito saber la causa de su desgracia.
Quiero entender por qué era tan duro con todos.
Tal vez… hay algo que nunca me dijo.
Algo que se guardó para sí mismo.
Me quedé en silencio unos segundos, perdido en mis pensamientos.
Siempre lo veía entrenar bajo la lluvia… llorando en silencio.
Cada vez que lo observaba, mi mente me gritaba que le preguntara qué le pasaba, pero tenía miedo.
No sabía si él estaba listo para hablar… o si yo estaba listo para escuchar.
—En verdad… ¿por qué las personas sufren tanto?
—susurré—.
Él no fue el único.
Yo también tengo mis miedos… miedo a perder a alguien que me ha enseñado mucho, o a las personas que me rodean.
Eso es algo que jamás podría soportar… y si hay algo que debo hacer… lo haré.
Alefa abrió la puerta de su habitación.
Lo primero que vi fue un desastre total.
Todo estaba revuelto.
Ella se giró hacia mí con una mirada traumada.
—Verás… no quería que vieras esto, Carlos.
—No te preocupes —dije con tono gracioso—.
Ya he visto cosas peores… pero esto está fatal.
—¡Mejor cállate!
—respondió con un tono caprichoso—.
Las cosas pasan, Carlos.
Y te advierto algo: si vuelves a burlarte de mi habitación… mañana amaneces en silla de ruedas.
—Oye, oye… tranquila.
Solo estaba intentando animar el ambiente —levanté las manos en rendición—.
Pero después de lo que dijiste… creo que prefiero no saber cómo terminaría mañana.
—¿En verdad?
—dijo mientras una sonrisa traviesa aparecía en su rostro—.
Vamos, no seas tan miedoso.
Se acercó a mi oído… demasiado cerca.
—Nadie sabrá de nosotros —susurró.
—¿Eh?
—dije confundido.
Una carcajada estalló en su rostro.
—¡Jajaja!
Tranquilo, es una broma.
Solo quería ver tu reacción.
Pero sabes… eres muy inocente.
¿Será porque eres virgen?
Fruncí el ceño.
—Oye… tú también estás en esto.
Y no cambies de tema… ¿acaso no puedo tener cinco segundos de paz?
—Lo sé —dijo ella con una media sonrisa—.
A fin de cuentas… yo también soy virgen.
Se quedó pensativa unos segundos antes de agregar: —Pero no es algo que podría gritarlo a los cuatro vientos.
Mi padre es muy sobreprotector.
Una sonrisa silenciosa se formó en mi rostro.
—Así que andas de protector, ¿eh, Saleh?
Alefa se recostó sobre su cama mientras miraba fijamente el techo.
Su voz fue suave, como si hablara desde lo más profundo de su corazón.
—Sabes… me agradas, Carlos.
A tu lado me siento tranquila.
Siempre has sido una buena persona… y eso es lo que más me gusta de ti.
—Hizo una pausa—.
Lo que pensaba… lo que soñaba… no fue en vano.
De verdad… gracias por haber llegado a mi vida.
Aunque apenas nos acabamos de conocer… ya te siento como parte de mi familia.
Me quedé en silencio.
No entendía a qué se refería… pero algo en mi pecho se sintió pesado, como si me hubiera golpeado una brisa fría.
¿De verdad hice algo bueno?
¿Realmente merecía ese agradecimiento?
¿Por qué… por qué me da las gracias?
Me sentí extraño.
Triste, incluso.
Una sonrisa débil, desanimada, se dibujó en mi rostro sin querer… pero ella siguió hablando.
—Todos tenemos nuestros días buenos y malos —dijo mirando el techo—.
La vida no siempre nos recibe con los brazos abiertos.
A veces… solo nos lanza pruebas que duelen.
Pero el destino… depende de cómo lo construyamos.
De cómo decidamos vivirlo.
Giró su rostro hacia mí, con una mirada calmada pero llena de determinación.
—No dejes que nadie te diga lo que tienes que hacer.
Hazlo a tu manera… porque esta es tu historia.
Tú decides cómo quieres terminarla.
Solo sigue… como lo has hecho hasta ahora.
Sentí que cada palabra entraba directo a mi corazón.
No era un simple consejo… era más que eso.
¿Era… esperanza?
Ella se levantó lentamente de la cama.
Una mirada tierna, cálida… como si hubiera guardado esa emoción desde hace mucho tiempo.
—¿Sabes qué es lo que quiero?
—dijo acercándose—.
Quiero que vivas una vida feliz.
Una vida donde todos, absolutamente todos… estén aplaudiendo tus esfuerzos.
Quiero que entiendas… que nada de lo que hagas será en vano.
Sentí que mi respiración se detenía por un instante.
El silencio que quedó… no era incómodo.
Era profundo.
Como si algo, sin decirlo, estuviera a punto de cambiar.
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