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The strongest warrior of humanity - Capítulo 92

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  4. Capítulo 92 - 92 capitulo 92 la verdad y la decepción
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92: capitulo 92 la verdad y la decepción 92: capitulo 92 la verdad y la decepción —Oigan —hablé al fin, dejando caer sobre ellas una mirada seria e intimidante—.

Ustedes dos… dejan de pelear.

Si sigo contando hasta tres y no se calman, yo mismo haré que una explosión reviente esta habitación.

Decidan.

Melissa me miró con un tono distante.

—¿Y si me niego?

—En ese caso tendrás varios problemas conmigo, igual que tú, Alefa.

Ya basta.

Por favor… no me hagan enojar más de lo que ya estoy.

La verdad, estaba molesto.

Bueno… también porque Melissa me dio un puñetazo, pero era algo que yo mismo debía haber hecho antes.

Respiré profundo.

—Además, Melissa… no fuiste la única invitada.

También traje a alguien más.

La persona que traje se llama Angélica Sawa.

Es una de las comandantes de mi padre, y mi maestra.

La traje porque me prometió que me entrenaría.

—¿Ella está… aquí?

—dijo Melissa, algo asustada.

Era la primera vez que la veía así.

¿Le tenía miedo a esa mujer?

Alela tragó saliva.

—Esa mujer… he escuchado de ella.

¿No es conocida como la Princesa de Hielo?

—¿Cómo sabes eso, Alefa?

—Porque muchos elfos se enfrentaron a ella… y todos cayeron en la palma de su mano.

La única persona que logró enfrentarse a esa mujer fue mi padre… pero jamás se supo quién ganó… o quién perdió.

Angélica caminaba por los pasillos del palacio, su presencia helada retumbando a cada paso, cuando una presión brutal se dirigió hacia ella.

—¿Qué mierda haces aquí… mujer de hielo?

—bramó Saleh.

Angélica levantó el rostro, fría como siempre.

—Ha pasado mucho tiempo desde que no nos vemos, Saleh Magcaryn.

El Rey de la Guerra.

Uno de los últimos oponentes que jamás pudo derrotarme.

Saleh apretó los puños.

—Debes estar bromeando, Princesa de Hielo.

Sabes bien que en el pasado casi destruimos el reino entero con nuestros poderes.

—Y tienes razón —dijo Angélica sin perder su serenidad congelada—.

Pero vine porque mi discípulo me llamó.

Saleh abrió los ojos, incrédulo.

—¿¡Tu… discípulo!?

Eso es imposible.

Ayer mismo lo declaré mi discípulo.

—¿Qué dijiste, bastardo?

—Angélica frunció el ceño—.

¿Quién te dio derecho a robarme a mi único discípulo?

—¿Ahora me reclamas tú?

¡Tú mataste a mis camaradas!

¿Lo olvidaste?

¿Esa batalla desgarradora que tú y yo tuvimos?

Un silencio frío cayó de golpe.

Saleh bajó la mirada, pero no era tristeza.

Era decepción.

Desprecio.

Un dolor que llevaba años oxidándose en su alma.

Apretó los dientes.

—Mejor cállate… no sabes lo que tuve que sufrir.

Tú jamás entenderás lo que sentí cuando los vi morir frente a ti.

Esas heridas… esos gritos… esa escena… no la olvidaré nunca.

Angélica cerró los ojos un instante, luego habló sin suavidad alguna: —Entiendo lo que viste.

Pero mi pregunta es… ¿Hasta cuándo vas a cargar con eso, Saleh?

Un guerrero como tú debería saberlo mejor que nadie.

—Las cosas ocurrieron así.

Lo que viste… lo que perdiste… jamás podrás recuperarlo.

La realidad es fría… igual que yo.

—Hubo guerra y caos en nuestros reinos desde siempre.

Cada quien protegía su hogar, su gente, su nación.

Hay cosas que simplemente no puedo arrepentirme.

Y tú lo sabes, Saleh.

No te culpes a ti solo.

—Tengo que ir a ver a mi discípulo —dijo Angélica con un tono más frío que antes.

Pero en ese instante, Saleh la tomó del brazo izquierdo.

Ella se giró con una mirada tan penetrante que podría congelar un dragón.

—Suéltame —advirtió.

Sin embargo, al mirarlo a los ojos… vio algo que jamás había visto en él.

Culpa.

Odio hacia sí mismo.

La impotencia de no haber sido lo suficientemente fuerte para proteger a los suyos.

El peso que Saleh cargaba era enorme.

Mucho mayor de lo que cualquier guerrero ordinario podría soportar.

Amigos que una vez rieron con él… que bebieron con él… que lucharon a su lado… Y que murieron.

Mientras él seguía vivo.

En verdad te odió demasiado, Angélica… no te va a perdonar lo que tú misma has hecho.

—Lo tendré en cuenta, Saleh —dije, mirándolo directo a los ojos.

No sentía dolor.

Ni culpa.

A mí me enseñaron a matar.

Crecí como una herramienta, no como una persona.

Nunca aprendí a expresar emociones, ni a entender quién era.

Nací en un mundo donde la gente moría a mi alrededor, donde la pobreza devoraba a los más débiles.

Hasta que alguien me recogió y me enseñó a sobrevivir.

A vivir.

A matar para no morir.

Vieron algo dentro de mí que ningún otro vio: que por dentro no tenía un corazón, que estaba completamente vacía.

Pero así me criaron.

Así soy.

Y no puedo cambiarlo.

Esa es mi verdadera naturaleza, aunque nadie pueda comprenderla.

Mi voz se volvió un filo helado: —Así que te lo diré una vez más: suelta mi brazo.

O, de lo contrario, no querrás ver este palacio convertido en un verdadero infierno.

Saleh no retrocedió.

Respondió con la misma furia: —No me amenaces, princesa de hielo.

No querrás que el chico nos vea peleando a muerte.

—Cierra tu maldita boca —rugí—.

Yo conozco muy bien al muchacho, y él sabe que no me ando con rodeos.

En la mente de Saleh, el temor se retorció.

Ese mocoso… ¿de verdad se había enfrentado a esta mujer sin corazón?

Las dudas se clavaron en su pecho.

Pensó en su esposa.

En su hija.

En su hermano.

En lo que podría pasar si Angélica perdía el control.

“No voy a dejar que esta mujer les haga daño —pensó—.

Mientras yo esté aquí… no les pasará nada.” —Está bien —murmuré al fin.

Solté su brazo.

Angélica lo miró una última vez, con esa mirada que podía quebrar a cualquiera.

—Más tarde —dijo— tú y mi discípulo hablaremos.

No has terminado conmigo.

—Nos vemos en la cascada del río Nelly.

Sé puntual, Angélica.

—No te preocupes —respondí con seriedad fría—.

Estaré ahí.

Ella se fue.

Pero dejó atrás un silencio que dolió más que cualquier herida.

Dentro de él, algo se rompió.

Saleh bajó la mirada hacia el collar que siempre llevaba.

Lo abrió con manos temblorosas.

La fotografía tembló bajo la luz… Su hija Alefa.

Su esposa.

Una familia feliz.

Un mundo perdido.

Ese recuerdo lo mantenía vivo.

Porque, en aquel enfrentamiento, él debería haber muerto.

Solo vivió porque tenía un propósito: protegerlos.

Y aun así… el destino le arrebató todo.

El que sobrevive es el que carga la mayor herida.

Así se decía.

Así lo sentía.

Sus ojos se humedecieron, pero no lloró.

El dolor lo hundía, lo consumía.

Pero tenía que seguir.

Y si moría… al menos dejaba a alguien capaz de proteger ese reino.

“Ese chico… será un salvador”, pensó.

“Mi instinto de guerrero me lo dice.

Él me superará.

Él será más grande que todos nosotros.” Una sonrisa rota se dibujó en su rostro.

De vuelta con Carlos, las cosas estaban tensas… pero en calma.

Melissa y Alefa estaban más tranquilas.

Suspiré, aliviado.

—Me alegro de que no se hayan matado a golpes —dije—.

Logré evitar una pelea… pero sé que la siguiente no será tan fácil.

Melissa habló primero: —Lo lamento mucho, Alefa.

Lo que dije… me sorprendió verlos juntos, eso es todo.

—No tienes por qué disculparte —respondió Alefa con una sonrisa temblorosa—.

La verdad… la culpa es mía por no encontrar un lugar donde dormir.

Luego, su mirada se volvió más suave.

—Pero me alegra que tengas a alguien como Carlos.

Es maravilloso… amable.

Pero cada vez que lo veo, siento que está deprimido.

Melissa se quedó rígida.

Pálida.

—¿En verdad?

Yo… no lo sabía.

Siempre lo veía mirando por la ventana, pero… nunca pensé que fuera tristeza.

—Por cierto —preguntó Melissa—, ¿cómo dijiste que te llamas?

—Alefa —respondió ella con serenidad.

—Mucho gusto.

Yo soy Melissa.

Ojalá podamos ser amigas.

—Lo mismo digo —respondió Alefa, tierna.

Entonces yo intervine: —Perdón por interrumpir… pero Melissa, necesito hablar contigo a solas.

Alefa entendió la mirada.

Sonrió nerviosa, se despidió torpemente y salió por la puerta.

Quedamos solo ella y yo.

El silencio se hizo pesado.

—La razón por la que te pedí esto… —dije con voz baja— es porque hay algo que debo confesarte.

Y puede que me odies por ello.

Melissa frunció el ceño, confundida.

—¿De qué hablas, Carlos?

No entiendo nada.

Respiré hondo.

Me ardía la garganta.

—Conocí a tu padre hace un tiempo.

Fui al reino Platinos del Amanecer… cuando apareció esa criatura.

Melissa se quedó helada.

El terror se dibujó en su rostro.

—Q-¿Qué dijiste?… Acaso… ¿tú…?

Seguí hablando, aunque me destrozaba.

—Sí, Melissa… yo vi cómo tu padre dio su vida por nosotros.

Hay una historia detrás… por eso yo… La bofetada llegó sin aviso.

Mi rostro ardió.

—¡¿Cómo pudiste ocultarme esto, Carlos?!

—gritó con la voz rota—.

¡No sabes cuánto sufrí!

Mi padre era mi vida… ¡lo era TODO!

Y tú… ¡tú te quedaste callado!

¡¿Por qué, Carlos?!

¡¿Por qué me hiciste esto?!

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Yo… confié en ti.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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